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sábado, 16 de mayo de 2015

Los Ricos también lloran, pero los Pobres lloramos más.




Verónica Cástro en la presentación de Los Ricos también lloran




Las élites también lloran, pero  la masa lloramos más.



Parece ser que los licenciados en las mejores universidades mundiales (todas en los EE.UU. o casi), los que van a ganar los mejores sueldos y ocupar los puestos más deseados sufren cosas tan vulgares como: miedo, inseguridad, angustia y timidez… vaya igualito que el resto de los mortales, eso sí con la cartera más llena.



Algo, que por cierto ya sabíamos desde que en 1979 la telenovela mexicana de éxito mundial Los ricos también lloran  lo contaran a 150 países en 25 idiomas, pero merece la pena recordar que los pobres lloran más... y con más motivos.





Si quisiera ser políticamente correcto, diría a estos atribulados licenciadoslo que les decía la profesora de Danza; Lydia Grant (interpretada por Debbie Allen) a sus alumnos de la Escuela de Arte de Nueva York: “La fama cuesta y es aquí donde vais a empezar a pagar”. Obviamente hablo de la serie de televisión Fama (1982 a 1987, creada por Sherry Coben, basada en la película del mismo nombre dirigida por Alan Parker en 1979). Y si ese día me hubiera levantado con peor talente, tiraría del repertorio del premio Nobel de Literatura, Camilo José Cela y los despacharía con un contundente: ¡Que se jodan!.


Camilo José Cela

Parece razonable aceptar que  las universidades dan una formación que es útil a sus estudiantes para poder ocupar trabajos con mejores sueldos que los que no han estudiado. Lo que ya no es tan evidente es que el conocimiento que imparten las universidades más prestigiosas sean tantas veces mejor, como las veces que su elitista precio lo es respecto al precio de las universidades más “normalitas”. Podría decirse que son las relaciones que se entablan con los otros alumnos y profesores las que explican ese diferencial en los precios de las matrículas, lo que los ingleses llaman networking. Dicho en español:“pagar para que te escojan los amigos”.






En 1972 Michael Spence presenta su tesis doctoral sobre teoría de la señalización, en 1973 publica un artículo sobre la señalización en el mercado de trabajo en la prestigiosa Quaterly Journal of Economics, basado en su tesis doctoral. En 1974 publica un libro generalista sobre el la teoría de señalización, obra de obligada referencia en esta materia. En 2001 obtiene el premio Nobel de economía (junto a Akerlof y Stiglitz) por estos brillantes estudios, en concreto por sus análisis de los mercados con información asimétrica. De estos brillantes trabajos me centraré en su análisis del mercado de trabajo




Las empresas desean contratar trabajadores, prefieren contratar a los trabajadores más productivos. En el mercado laboral hay trabajadores productivos y otros aún más productivos (a partir de ahora los más productivos).  En los procesos de selección de personal las empresas no pueden detectar que candidatos son los más productivos y cuales no lo son, solo consiguen identificarlos cuando ya llevan un tiempo trabajando para ellas. Si las empresas pudieran distinguirlos estarían dispuestas a pagar un salario alto a los candidatos más productivos y otro más bajo a los demás. El problema es que al no poder distinguirlos tiene que ofrecer a todos los candidatos el mismo sueldo:el bajo. Spence introduce los títulos universitarios como la señal que permite distinguir a los candidatos: los más productivos tendrán títulos universitarios, los demás candidatos no. Para que la señal funcione se requiere que los candidatos menos productivos no estudien y si estudien los más productivos. Si todos los trabajadores estudiaran las empresas se encontrarían en la misma situación de partida: incapaz de identificar a los candidatos más productivos, siendo inservible la educación como señal diferenciadora de productividades. Supongamos que efectivamente se produce esta diferenciación del comportamiento de los futuros trabajadores: los más productivos estudian y los menos productivos no estudian y por tanto las empresas les pagan un salario más alto a los candidatos que tienen un título académico porque son los trabajadores más productivos. Para que esto sea posible, los más productivos estudian porque su mayor productividad "congénita" les permite una mayor facilidad para estudiar, para aprobar y obtener el título. A los más productivos les compensa realizar el esfuerzo de estudiar y así obtener el premio de un mayor salario cuando empiecen a trabajar. Para los menos productivos, a pesar de saber que si obtienen el título tendrían un mayor salario, no les compensa realizar el tremendo esfuerzo que les supone sacarse la carrera, debido a su menor facilidad de estudiar originada en su menor productividad congénita. Se contentan con no estudiar (y ahorrarse el esfuerzo) y  ganar un sueldo bajo.


Michael Spence


Luego la teoría de la educación de Spence funciona como señal diferenciadora de la mayor productividad congénita. Nótese que no se requiere, no se necesita, que la formación obtenida incremente la productividad de los candidatos. Algo que tiene una cierta lógica, en un mundo de cambio tecnológico acelerado la vida útil de cualquier conocimiento práctico para las empresas es ínfimo, lo requerido es la capacidad de actualización permanente, curiosidad, cierto amor por lo nuevo. Atributos que los candidatos difícilmente van a aprender en ninguna facultad, atributos que deben tenerse de forma congénita, atributos que pueden identificarse con esa mayor productividad que requiere el modelo de Spence


No parece demasiado difícil, ni arriesgado extraer algunos corolarios a esta brillante y sencilla teoría.


1.- Cuanto mayor esfuerzo requiera estudiar, cuanto más injusticias y sufrimiento se padezcan mejor señal diferenciadora es el título académico y más poderoso el networking entablado con los compañeros de aula. Por un lado este sufrimiento arbitrario está acrecentando el coste, el esfuerzo de los menos productivos deberían realizar, lo que les ratifica en su decisión de no estudiar (reduciendo el número de candidatos con título) y por otro lado muestra a las empresas lo dóciles que son los titulados, la capacidad de sacrificio que han mostrado y que la empresa podrá usar en su beneficio. 


2.- Si la diferenciación lleva suficiente tiempo funcionando: los más productivos estudian y los otros no, puede llegar un momento en que se asimile título académico-productividad alta- salario alto, hasta el punto que se olvide la productividad en la cadena lógica de razonamiento. Es decir se asocie título académico a sueldo alto, e incluso las empresas y la administración pública dejen de chequear que efectivamente el candidato con título académico posee y aplica una productividad alta en su trabajo, dándose por descontada la alta productividad con la mera tenencia del título académico. Algo así como el síndrome del funcionario: estudiar, esforzarse, darlo todo hasta aprobar la oposición pública (señal que requiere la administración para la contratación del candidato) y una vez obtenida la plaza esforzarse poco o nada en su desempeño. 


3.- Si todos los candidatos tienen una carrera universitaria, esta deja de ser una señal útil. Se requiere otra señal, un refinamiento que realice la diferenciación: el máster. Es decir profundizar en la idea original del esfuerzo y sacrificio, si ya no son suficientes 5 años de estudios se amplían a 6 o 7 años, para acrecentar el coste de emitir la señal y reducir el número de candidatos que emiten la señal adecuada.


4.- Ante el riesgo de exceso de candidatos con título académico, otra alternativa es dificultar el acceso a la educación universitaria a una parte de los candidatos.  Externamente se observa que unos candidatos tienen título y otros no, luego un análisis simplista podría concluir que  la señal del título académico sigue siendo efectiva. Esta segregación, a una parte de los candidatos, puede basarse en el sexo de los candidatos, su religión, su capacidad económica, su residencia (rural o urbana), su orientación sexual, su raza, su color de piel y un largo etcétera de opciones de segregación.


Existen más variante pero suelen conjugar las ya descrita, por ejemplo la última reforma del ministro Wert del sistema universitario público español del 30 de Enero de 2015. En España el título universitario público está muy subvencionado, es decir la matrícula que paga el estudiante es una parte pequeña del coste de su formación. Se podría considerarse que hay muchos candidatos con títulos universitarios (grado). Luego la señal diferenciadora deja de ser funcional, sobre todo en una situación de poco empleo como se caracteriza esta eterna crisis económica. Solución, acortar a 3 años el título académico (grado), esto de hecho facilita la obtención del título de grado, no parece ninguna solución. Ahora bien, se permite que los máster o posgrados sean de dos años (en lugar de uno) y recordemos que los posgrados públicos no están subvencionados o tan subvencionados. Como muchos candidatos van a obtener sus grados con facilidad, la única forma de diferenciarse es obtener un máster. Es decir, se destruye la capacidad del título de grado como señal diferenciadora efectiva, con el terrible efecto desincentivador a medio y largo plazo: "¿para que estudiar si no sirve de nada? y lo que sirve no me lo puedo pagar". Como los máster públicos no serán tan baratos como el grado, muchos candidatos con el título de grado no podrán pagárselo y los que si puedan hacerlo es posible que decidan cursar un máster privado:  "total por la diferencia de precio, hago uno privado y tendré compañeros/amigos con mayor proyección de futuro". Finalmente la nueva ley si reducirá el número de candidatos que emiten la señal diferenciadora: tener un máster. Se ha segregado a una parte de los candidatos por su situación económica y se ha generado un importante negocio para las Universidades Privadas: se retrocederá en el tiempo, a cuando estudiar era cosa de ricos.



Ahora lloremos las penas de los licenciados en las mejores universidades.



by PacoMan


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Universidad de Harvard

La educación de élite produce "borregos excelentes", según un profesor de Yale


Son “súper personas”, el nombre que les dio James Atlas, editor de The New York Times Magazine y presidente de Altas & Company. Tienen varias carreras, practican deporte como si fuesen profesionales, pueden hablar en varios idiomas, manejan a la perfección un instrumento musical, han ofrecido ayuda en los rincones más desfavorecidos del planeta, y han convertido sus hobbies en una provechosa afición. Han estudiado en las grandes universidades, y el futuro está en sus manos. Tiene que estarlo, con tan brillante currículum. Pero también están llenos de miedo, inseguridad, angustia y timidez. Apenas muestran preocupaciones intelectuales y desconocen qué quieren hacer con su vida, más allá de ganar dinero a espuertas, seguir el camino que profesores y padres han construido para ellos, y conseguir la aprobación de los demás.

William Deresiewicz

Esta es la paradoja que late en la vida de los universitarios de los centros de élite americanos, mantiene el profesor de Yale William Deresiewicz, que ha expuesto su tesis en un ya célebre artículo publicado en The New Republic y en su libro Borregos excelentes: la mala educación de la élite americana y el camino a una vida plena, publicado por Free Press. Deresiewicz ha comprobado con sus propios ojos y ha vivido en su propia piel la frustrante experiencia del estudiante de Harvard, Yale o el resto de centros de la Ivy League, que los convierte en esos “borregos excelentes” del título: “Son excelentes porque cumplen todos los requisitos para entrar en una facultad de la élite, pero es una excelencia muy limitada. Son chicos que cumplirán todo aquello que les mandes, y que lo harán sin saber muy bien por qué lo hacen. Sólo saben que volverán a pasar por el aro”. No se trata de un nombre inventando por el escritor. Al contrario, fue el concepto con el que uno de sus alumnos se describió a sí mismo.

Universidad de Yale

Ganado para alimentar la máquina

Desde los años 60, asegura Deresiewicz, los valores que rigen los grandes centros educativos han cambiado por completo aunque, en apariencia, sigan defendiendo la excelencia y el auxilio de los más desfavorecidos. “Auto exaltación, estar a servicio nada más que de ti mismo, una buena vida pensada sólo en términos del éxito convencional (riqueza y estatus) y ningún compromiso real con el aprendizaje, el pensamiento, y con convertir el mundo en un mejor lugar” son los valores que, según el profesor, rigen el comportamiento de sus alumnos. Pero ellos no son los culpables, sino las víctimas. Entre la larga lista de responsables, Deresiewicz señala a los institutos privados, a los ambiciosos padres, al sistema de admisión, a las grandes marcas universitarias, a los empleos donde estos serán contratados y, en general, a la mentalidad de clase media-alta.





Cada vez que ven que la luz roja se enciende, tienen que pulsan el botón, pero hay un momento en el que dejan de decirles lo que tienen que hacer


El producto –es decir, los nuevos licenciados– parece perfecto. Pero, debajo de esa imagen homérica y dinámica del que algún día se convertirá en CEO de una gran empresa se encuentra latente una gran inseguridad. Esta se caracteriza, sobre todo, por una enfermiza aversión al riesgo. “Por definición, nunca han experimentado algo que no sea el éxito”, explica Deresiewicz. Y está en lo cierto. Los requisitos académicos y personales para ser admitido en cualquiera de estos centros son tan elevados que conseguir menos que un sobresaliente no es una opción. Por ello, “al no tener margen para el error, evitan los posibilidad de cometerlo”. Uno de sus alumnos miró a su profesor como si fuese un alienígena cuando le sugirió que quizá dedicar menos tiempo para el estudio le serviría para reflexionar sobre lo que ha aprendido. Otro manifestaba sentirse completamente inseguro ante la posibilidad de verse obligado algún día a comer solo.


Algo que se refleja en las estadísticas de salud mental de los estudiantes, que se encuentran en su momento más bajo de los últimos 25 años. “Es casi como un experimento cruel con animales”, explica en una entrevista con The Atlantic. “Cada vez que ven que la luz roja se enciende, tienen que pulsar el botón”. Entre todos esos requisitos se encuentran la música o participar en una organización caritativa, algo que Deresiewicz explica que no hacen para los demás, sino para sí mismos y sus currículos. “La experiencia ha sido reducida a su función instrumental”. Por ello, durante cuatro años, los que aspiran a matricularse en una gran universidad se dedican exclusivamente a tachar de su lista todos esos hitos que deben haber alcanzado, pero nunca llegan a reflexionar sobre si realmente desean ser ricos y poderosos.

El terrible mundo real

Una vez llegan a la universidad, esta no plantea ningún problema. No tienen más que seguir el camino preestablecido y todo irá bien. Además, los cursos no son muy exigentes, recuerda Deresiewicz. Se ha llegado a un “pacto de no agresión” entre profesores y estudiantes, por el cual los alumnos son “clientes” que reciben altas calificaciones a cambio de un esfuerzo mínimo. Mientras tanto, los profesores siguen profundizando en sus proyectos de investigación, lo que realmente garantiza que reciban incentivos económicos.


Es después de abandonar los estudios cuando la realidad se presenta amenazadora. “Por supuesto que están estresados”, recuerda el profesor. “Nunca han tenido la posibilidad de encontrar su propio camino. El problema es que hay un momento en el que dejan de decirles qué tienen que hacer”. Delirios de grandeza y depresión son dos de los grandes problemas a los que tienen que enfrentarse. El primero, ocasionado por el hecho de que sus padres les hayan dicho que son los mejores y los más listos desde su infancia, un refuerzo positivo que desaparece en el momento en que se dan cuenta de que, como decía David McCullough, no son especiales. Han dejado de medir su valía de forma realista, lo que provoca que su autoestima se desmorone a la primera de cambio.


Wall Street se dio cuenta de que las facultades están produciendo licenciados muy listos y completamente centrados en el trabajo, que no tienen ni idea de lo que quieren

Irónicamente, las personas que tendrían la posibilidad de hacer todo lo que quisieran, terminan siguiendo carreras muy similares. Que son justo aquellas en las que son necesarios trabajadores y líderes que sigan caminos preestablecidos, que se muevan únicamente por las ansias de dinero, estatus e influencia, y que no cuestionen el estado de las cosas. Es el caso de la bolsa americana. Como señala una cita del periodista de Newseek Ezra Klein que reproduce Deresiewicz, “Wall Street se dio cuenta de que las facultades están produciendo una gran cantidad de licenciados muy listos y completamente centrados en el trabajo, que tienen una gran resistencia mental, una buena ética de trabajo y ni idea de lo que quieren”.



En última instancia, recuerda el autor, se trata de lucha de clases. Pero no entre las clases bajas y las altas, sino entre los diversos escalones de las élites, a los que cualquier otro camino les parece una excentricidad. Como recuerda el periodista, el número de estudiantes de la mitad menos rica de la sociedad se ha reducido en la educación de élite desde el 46% de 1985 al 15% actual. Y como explicaba el fundador del Proyecto Minerva Ben Nelson, los habituales métodos de selección de los estudiantes de las universidades de élite no hacen nada más que dar preferencia a los más ricos, puesto que ellos son los que tienen el dinero para contratar a los mejores profesores y enrolar a sus hijos en las clases de música, fútbol americano, matemáticas, francés, béisbol, viajes al extranjero, economía y literatura que necesitan para garantizarse su puesto en la élite.

 Tomada de El Confidencial


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by PacoMan



En 1968 nace. Reside en Málaga desde hace más de tres lustros.



Economista y de vocación docente. En la actualidad, trabaja de Director Técnico.



Aficionado a la Ciencia Ficción desde antes de nacer. Muy de vez en cuando, sube post a su maltratado blog.


Y colabora con el blog de Grupo Li Po 


Enlaces relacionados:




































































29/11/2025


miércoles, 24 de octubre de 2012

Robert Darnton, director del sistema de bibliotecas de Harvard, a Boris Muñoz: "Encuentro que el contacto físico con libros antiguos es una verdadera inspiración"






"Encuentro que el contacto físico con libros antiguos es una verdadera inspiración" 

Una entrevista a Robert Darnton, director del sistema de bibliotecas de Harvard





Boris Muñoz entrevista al historiador Robert Darnton, director del sistema de bibliotecas de la Universidad de Harvard. Una conversación sobre el futuro del libro y la lectura.


 23 de Abril, 2012



Robert Darnton es hombre de contrastes. Cuando se le ve caminar por el campus de Harvard University, casi siempre entre su oficina y alguna de las bibliotecas, parece evidente que es un profesor convencional; un viejo caballero que va siempre de traje y corbata cargando carpetas y archivos. Hay muchos académicos de Harvard que visten así, pero cuando quieren distinguirse aun más usan corbata de lazo, como si toda la mística profesoral y el debido respeto a la Liga de la Hiedra se concentraran en esa prenda. Eso les confiere autoridad pero, para ser honesto, también un aire monótono con aroma a naftalina. En cambio, el brillante, acucioso y prolífico historiador del libro, vive en una realidad formada por planos dinámicos y extremos que se retroalimentan entre sí alejándolo de lo convencional. Mientras en el pasado busca pistas y amarra cabos para entender cómo se ha desarrollado el libro y la cultura libresca, en el presente tiene que vérselas con el desafío de mantener vivo y en buena forma el gigantesco sistema de bibliotecas de Harvard, compuesto por más de 60 bibliotecas y más de 16 millones de volúmenes que, de acuerdo con la propaganda harvardiana, puestos uno tras otros equivalen a más de 30 kilómetros, distancia crece minuto a minuto debido a la incesante producción de nuevo conocimiento. Sin embargo es por el futuro que Darnton muestra una preocupación inusual.

-Por fin lo lograste! –exclama Darnton cuando sale a mi encuentro en la escalera de la vieja casa donde está la oficina del director de la Biblioteca de Harvard, junto a uno de los arcos del yard que da hacia Massachusetts Avenue. Su expresión es inesperadamente cálida considerando el seco estándar de Nueva Inglaterra.

-Google Maps me perdió a propósito para que llegara tarde –respondo sobreponiéndome a 10 minutos de retraso.
  
Era cierto que al buscar la dirección de la oficina, Google Maps me había enviado al extremo opuesto del campus, al lado del gimnasio Hemenway.


-No es ese justamente el lugar más intelectual de esta universidad –añadió con cuidada dicción.

La oficina de Darnton es más pequeña y menos tecno de lo que cabría imaginar. Tampoco está desbordada de libros, como se supondría en un caso como el suyo. Pero, sí, hay muchos libros. Llaman la atención los volúmenes empastados de mediano formato colocados en la pared del fondo. Se ve que han pasado por muchas manos a través de varios siglos. “Es mi colección de libros franceses del siglo XVIII”, dice alcanzando un tomo. Luego me pone en las manos una octavilla o panfleto de trescientos años. Temo que se desintegre al tacto, pero el papel donde el libelo está impreso es grueso, fibroso, firme. Los libros de la oficina de Darnton no tienen el aire muerto de los libros en una biblioteca. Están a su manera vivos y esa vivacidad se debe a que siguen transmitiendo significados, pese a su avanzada edad.

Predeciblemente, nuestra conversación girará en torno a los libros, pero no en un sentido tan predecible. Por ejemplo, a pocos meses de su lanzamiento ya se han vendido millones de Ipads, artilugio con el que Macintoch espera competir con otros lectores electrónicos como el Kindle de Amazon y el Nook de Barnes and Noble. En su doble condición de historiador del libro y director de una de las mayores bibliotecas del mundo, no hay nadie mejor calificado que Darnton para hablar de los desafíos que enfrenta el libro hoy, cuando ya no debe vérselas solo con la radio y la televisión, sino con aparatos que buscan imponer una nueva forma de leer.

-Hace pocos días usted confesó que ya no lee tantos libros como antes porque debe responder toneladas de correo electrónico. En una cultura cada vez más inclinada a lo digital eso no es extraño. Sin embargo, también dijo que para una lectura de placer prefiere la página impresa. ¿Podría profundizar en esa idea? Quiero decir, la lectura como placer y los libros como objetos de placer.

-Mi respuesta me pone en el peligro de sonar muy anticuado. Y quiero evitar ese riesgo asegurando que como director de la Harvard University Library estoy comprometido con iniciativas digitales de las formas más variadas. De hecho, acabo de crear el Laboratorio de la Biblioteca para ponernos a la cabeza de las diversas técnicas para sacar el mejor provecho de las tecnologías modernas. De modo que soy un entusiasta de los medios electrónicos de información. Dicho esto, debo confesar que soy un amante de los libros antiguos. Mira a tu alrededor… Tengo mi propia colección de libros franceses del siglo XVIII. Me encanta el papel viejo… tócalo. ¿Puedes sentirlo? Se siente diferente. Huele diferente. Cuando lees un libro del siglo XVIII tienes una maravillosa sensación de contacto con el pasado. Así que confieso también que padezco de algo que los franceses llaman “passeism”, una fascinación por el pasado que me vuelve un “passeist”, alguien fijado en el pasado. Al mismo tiempo trato de ser un futurista, lo que puede sonar como una contradicción extrema, pero es divertido e interesante. Gran parte de mis investigaciones tienen que ver con el rol del libro como fuerza de cambio en los inicios de la Europa moderna. Para entender eso hay que estudiar el libro como un objeto físico: en panfletos, en octavillas, en volúmenes. Cada una de estas formas comunica un significado a través del papel, de la tipografía, en el diseño de la página y también por medio del frontispicio, las notas al pie, los apéndices. Todas esas técnicas que son conocidas como paratexto. En mi último libro The Devil in the Holy Water or The Art of Slander (El demonio en el agua bendita o el arte de la difamación), un tratado de 700 páginas sobre los libros que atacaban figuras públicas como ministros, funcionarios y sus amantes en la Francia de Luis XIV hasta Napoleón, creo demostrar que esos libros eran best-sellers aun cuando estaban prohibidos. En mi trabajo voy a los archivos y leo los expedientes policiales, leo los libros prohibidos en sí mismos. No son libros caros, puesto que no son considerados alta literatura, pero como fueron grandes éxitos se pueden encontrar en las librerías de viejo a precios módicos. Todo este rodeo es para responder la pregunta: encuentro que el contacto físico con libros de un pasado remoto es una verdadera inspiración. Trato de meterme en la mentalidad de las personas que leían esos libros hace 300 años. No hay una máquina del tiempo que haga esto posible, pero si pescas las pistas en los mismos libros puedes comenzar a captar la actitud de los lectores. Luego buscas otras informaciones en diarios y marginalia, para confirmar las hipótesis que puedas tener. Así que sí, amo los libros como objetos físicos.


-No es un cliché comparar esta clase de pasión con el fetichismo.

-No sé si sabes que hay un fabricante francés de libros electrónicos comerciales que hizo una investigación entre los lectores jóvenes de Francia y lo primero que encontró es que a la gente le encanta el olor de los libros. Así que inventaron una suerte de banda que le pegas al aparato para leer los libros y desprende un olor a libro viejo mientras lees en la pantalla. Puede sonar ridículo pero es un ejemplo del apego que la gente tiene al códice –una invención contemporánea al nacimiento de Cristo. En lo personal, soy de los que creen que el códice como forma, es decir, como objeto que puedes hojear, pues está hecho de páginas, a diferencia del pergamino que es un libro que desenrollas, es tan estupenda que ha sobrevivido más de dos mil años en muy buena forma. De ahí el placer de leer libros: el sentido de contacto con el pasado y también la conveniencia de las cualidades físicas del códice.

-Hay un placer añadido en coleccionar libros. Eso es algo que aun no resuelve el formato electrónico.

-Los coleccionistas de libros son una especie muy particular. Aunque puede que en un futuro la gente coleccione mensajes electrónicos y e-books, algo que dudo bastante, creo que esa consideración no constituye un argumento fuerte contra los libros electrónicos, las publicaciones académicas electrónicas y otras fuentes de información. Insisto en la compatibilidad del libro impreso y el libro electrónico. Hay quienes argumentan que estamos en la era de la información y que todo debe ser digital. Eso es falso; no todo es digital ni debe serlo. No toda la información está disponible on-line y, paradójicamente, cada año se publican más libros que el año anterior. Así que aunque creo que estamos en un periodo de transición hacia un futuro que será marcadamente digital, en nuestro presente la comunicación sigue definida, en buena medida, por lo impreso. Y pienso que eso es muy bueno, porque cada forma tiene ventajas específicas.

-Me gusta mucho una idea que leí en uno de sus libros: las bibliotecas de investigación, es decir las bibliotecas universitarias, son lugares para preservar el pasado y acumular las energías del futuro. Sin embargo, vivimos en un mundo en que cada día el conocimiento llega más por vía electrónica mientras se aleja de esos santuarios. ¿Cómo entender el papel de las bibliotecas en el mundo actual?

-Me temo que no estoy de acuerdo con que el conocimiento nos llega solo on-line. Quizás no dijiste “solo”, pero ese es mi punto. Vivimos en una era de medios mezclados, no solo de la mezcla de lo electrónico y lo impreso, sino de muchas otras mezclas como el sonido y la imagen. Por ejemplo, una biblioteca de investigación como la de Harvard, gasta millones de dólares en películas, grabaciones y recursos electrónicos. En nuestro mundo la información adopta distintas formas y las bibliotecas deben almacenar esa diversidad de soportes de la información para ofrecer el servicio que tienen pautado. Eso no significa que las librerías van a dejar de comprar libros. Más allá de este tema, los formatos de información digital plantean serios problemas de preservación: los textos electrónicos son muy frágiles y su conservación es muy ardua. Un libro es una grandiosa máquina de conservación. Hasta que no resolvamos el problema de la conservación de los textos electrónicos, vamos a tener que imprimir los textos electrónicos importantes para estar seguros de que sobrevivirán. Pienso que el mundo impreso y el mundo electrónico conviven en el mismo medio ambiente de información y que debemos operar en el frente analógico y en el frente digital al mismo tiempo.

-Qué piensa usted del contraste que hay entre las bibliotecas como lugares de la memoria y una sociedad marcada por la velocidad y la obsolescencia.

- Una de las debilidades de la sociedad estadounidense es su escasa profundidad del conocimiento del pasado. Los estadounidenses tienden a vivir en el futuro. En el contexto actual de la velocidad de las cosas, se puede decir que esa tendencia trae ventajas y desventajas. Muchos estadounidenses carecen de una educación adecuada en historia, por lo cual, al analizar los asuntos del presente, les falta la profundidad que generalmente ofrece el conocimiento histórico. No soy de la clase de historiador que piensa que se pueden aprender lecciones del pasado, al menos lecciones que se puedan aplicar. Pero si creo que el conocimiento da perspectiva. Y ése es el papel crucial de las bibliotecas, pero lo desempeñan y desempeñarán no solo apilando libros, sino también ofreciendo recursos electrónicos de investigación. A menudo la gente no comprende que las bibliotecas son canales por donde llega toda clase de servicios y recursos electrónicos. Cuando una persona recibe un mensaje electrónico da por descontado el resto del proceso sin preguntarse cómo sucede. Esto pasa gracias a las bibliotecas. No solo porque proveemos los servicios electrónicos, sino también porque ayudamos a la gente a orientarse en este confuso mundo. La sensación de confusión crece todo el tiempo y necesitamos tener guías que nos ayuden a encontrar la información relevante para llegar donde queremos. Eso les da tanta o más relevancia que la que tuvieron en el pasado.

NACIDOS DIGITALES

-Leer es un acto muy distinto para las generaciones pasadas que para generaciones que nacieron en la era digital.

-No tengo mucho talento para predecir el pasado. Tampoco intención alguna de ser un profeta del futuro. El pasado nos ha enseñado, sin embargo, algunas cosas sobre la naturaleza de la lectura. Solemos dar por hecho el acto de la lectura y asumimos que siempre ha sido lo que nosotros hacemos al pasar la vista sobre un texto. Pero, en realidad, la lectura es un fenómeno largo y complejo. Siempre está en movimiento. Por eso, en cierta medida, los chicos que están acostumbrados a la pantalla desde que nacieron, desarrollarán diferentes hábitos de lectura. Aunque no sé cuáles son esos hábitos, sé que hay estudios que sugieren que los jóvenes están perdiendo la familiaridad con la lectura de “tapa a tapa”, es decir, la lectura de un libro de principio a fin. Su umbral de atención suele ser más corto y tiendo a pensar que la información que consumen les llega en nuggets, en vez de mediante formas más extensas de información y también por otras vías diversas del libro. Si la lectura se convierte en una forma más entre una extensa gama de la información, esos jóvenes están en peligro de perder una habilidad importante. Eso es un problema. No estoy seguro de cómo lo resolveremos, pero creo que hay esperanza. No trato de sonar como un Jeremías porque creo que parte de la solución viene del avance tecnológico. Por ejemplo, la máquina que hace libros expresos por demanda, una máquina que permite bajar un libro de internet e imprimirlo en cuatro minutos. Es un libro de tapas blandas con un precio bastante accesible, que suele ser menor de 10 dólares. Así que puedes imprimir cualquier libro disponible en una base de datos que tiene millones de títulos. Esto implica el uso de tecnología para ampliar las posibilidades de lectura del libro en una de sus formas más tradicionales, tanto en las bibliotecas como en las librerías.

-Usted es un promotor apasionado de la Ilustración. ¿Por qué, a su juicio, la Ilustración es un concepto importante para el futuro?

-Podemos tomar la palabra “Ilustración” de dos formas diferentes. Un sentido describe un periodo concreto de la historia que se refiere esencialmente a la época de los enciclopedistas en Europa y por supuesto, no podemos revivir la historia de manera simplista. Pero hay una segunda manera de entenderla como un conjunto de ideales que, de una forma u otra, permanecen vigentes. Entre otros, la idea de una comunicación abierta y libre. Los líderes de la Ilustración creían en la palabra impresa como una fuerza liberadora. Pensaban que si uno podía expresar argumentos racionales, los imprimía, los hacía circular y promovía su lectura, se estaría promoviendo la libertad de la gente, de los prejuicios que con frecuencia asociaban a la creencia irreflexiva en sistemas ortodoxos, como el catolicismo. Pero su afán de libertad trascendía la religión católica. También creían necesaria la liberación de las desigualdades del ser humano: el hombre sobre la mujer, nobles sobre burgueses, terratenientes sobre campesinos. El mundo de la modernidad temprana estaba asediado por las desigualdades. La ilustración fue un desafío contra el sistema de privilegios en el acceso al conocimiento y la cultura. Con frecuencia, los pensadores de la ilustración estaban en desacuerdo entre ellos, sin embargo, creían en el efecto liberador de la cultura impresa. Yo creo que es posible adaptar esa idea al mundo electrónico. Lo verdaderamente importante de la cultura electrónica es que permite el acceso masivo a todo tipo de conocimiento. Con esto, no quiero negar la existencia del llamado digital divide. Mucha gente en los países en desarrollo y en Estados Unidos, no tiene acceso a Internet. Pero el potencial para poner a todo el mundo en contacto con el conocimiento está ahí. Y creo que en los próximos 10 años veremos una expansión del acceso a lugares donde hasta ahora la tecnología no ha llegado, mediante centros de acceso que permitirán alcanzar toda la literatura mundial. Este es un ejemplo de cómo, en un mundo en el cual sigue existiendo la desigualdad, el acceso a la cultura puede ser democratizado. Personalmente, tengo gran esperanza en la función democratizadora de la tecnología y ese es, a mi juicio, uno de los ideales de la Ilustración.

-En un ensayo “E-Books and Old Books” (“Libros electrónicos y libros viejos”), usted dice que la profecía de McLuhan sobre la muerte del libro no se hizo realidad, sino al contrario: cada vez se imprimen más libros. Sin embargo, aparatos como el Kindle o el I Pad, introducen un cambio sustancial y masivo en la lectura y en la idea de libro como objeto material. ¿No se nos acerca el futuro de McLuhan, aun cuando cada año se impriman más títulos? ¿Puede el libro como objeto prevalecer en esta nueva-nueva era de la información?

-Ciertamente, el libro puede prevalecer. Será parte de un amplio rango de medios, pero, desde luego, esto siempre ha sido así. En mis investigaciones sobre el siglo XVIII en Europa, he encontrado que los libros eran importantes vehículos de la Ilustración, pero que las canciones eran igualmente importantes, por no mencionar el chisme y otras formas del intercambio oral. Hoy tenemos comunicación por Twitter, por blogs y todo tipo de medios diferentes del libro tradicional. Eso no tiene sentido discutirlo. ¿Pero es éste el futuro de McLuhan? No lo creo. McLuhan se concentraba en la televisión y en la noción de “medios calientes” versus “medios fríos”. El mundo digital, que no existía cuando McLuhan escribió La galaxia de Gutenberg, puede ser considerado un mundo de medios fríos en vez de un mundo de medios calientes, si uno quiere usar las categorias empleadas por McLuhan. Con esto quiero decir, que es un mundo que involucra a un lector que lee un texto, no importa si ese texto es un twitt o no. Eso es muy distinto al tipo de contenido que McLuhan pensó que sería la relación entre la pantalla televisiva y el espectador. De hecho, muchas formas de la comunicación actual son interactivas. Por ejemplo, la Web 2.0, que es la comunicación mutua a través de Internet, es, pienso, muy diferente de lo que él tenía en mente. McLuhan es, sin duda, muy entretenido de leer, pero muchos de mis estudiantes no tienen idea de quién es. Sus libros siguen siendo muy interesantes, pero, por otra parte, el avance tecnológico lo ha dejado simplemente fuera de onda.


-Como director de una de las bibliotecas más importantes en el mundo, usted estuvo cerca del Google Books Search, el proyecto para crear la más grande biblioteca digital en el mundo. Pese al entusiasmo general alrededor de esa iniciativa, usted alertó acerca de distintos aspectos que harían peligrar el libre acceso al conocimiento y la información. ¿Podría explicar brevemente cuáles son los problemas con ese proyecto?

-Veníamos hablando del potencial democratizador de la tecnología. En ese sentido, una de las cosas que más admiro de Google es exactamente esa. Su ambición es digitalizar, de acuerdo con lo que ellos mismos dicen, todos los libros del mundo. Obviamente, no pueden hacer eso, pero sí pueden digitalizar millones de libros. En este momento, tienen 12 millones de libros en su base de datos y todos los días siguen escaneando libros. Dentro de un año podrían alcanzar 20 millones. Eso significa que aunque no puedan poner a disposición todos los libros del mundo, pueden ofrecer toda la literatura en inglés que está disponible en los Estados Unidos. Las literaturas en otros idiomas podrían seguir esta tendencia. Es una idea noble, sin duda. Lo que me preocupa es que Google es una compañía comercial cuya primera misión es hacer dinero y responder a sus socios. No hay nada malo con eso. Pero el objetivo de las bibliotecas es muy diferente. Eso lleva a una contradicción entre lo que se supone que haga una biblioteca y el propósito esencial de una compañía como Google. El asunto es si podemos resolver esta contradicción a través de algún tipo de compromiso.

-¿Cuál es la manera de resolver esa contradicción?

-Espero poder persuadir a Google de tomar su base de datos digital, compuesta por millones de libros y transformarla en la National Digital Library. Por supuesto, debido a los derechos de autor, esto no lo podríamos hacer con libros que están actualmente en circulación, pero esta iniciativa incluiría todos los libros que son de dominio público y quizá muchos libros que están protegidos por derecho de autor pero que están fuera de circulación. Incluso, creo que habría la posibilidad de colocar publicidad en estos libros digitales, pues de esto es de lo que realmente viven compañías como Google. Esto podría hacerlo sin lastimar a nadie, y ganándose el respeto y la admiración del público por su contribución al bien común. Sin embargo, Google no está listo para dar este paso y, de hecho, el acuerdo al que llegaron con los autores y los editores es apenas una forma de dividir la torta: 35% para Google, y el restante 65% para los editores y autores. ¿Pero qué hay de los lectores y las bibliotecas? Hasta ahora no forman parte del acuerdo. Así que si el acuerdo, como está, es aceptado por la corte donde ahora se discute –y pienso que no lo será-, Google Books Search puede determinar el futuro de los libros digitales. Esa es una apuesta muy alta. Por eso necesitamos garantías para evitar que se imponga un precio excesivo al acceso a las bases de datos digitales, pero también para protegernos de violaciones contra nuestra privacidad. Ya Google ha acumulado una inmensa cantidad de información sobre nosotros como individuos que puede explotar. Imagínate cuando también sepa exactamente qué leemos. Ese es un poderoso elemento adicional cuando es llevado a la escala de una población entera. Y ese es solo uno de los muchos aspectos lamentables del acuerdo. No hablo por Harvard University, sino por mí. El acuerdo tiene potencial real de democratizar el conocimiento, pero también podría crear un privilegio con el cual es posible abusar de una posición monopolística dentro del mundo de la información. Y ése es un asunto demasiado importante, una potencial fuente de conflicto. Por eso, siento que necesitamos resolverlo.

-¿Es la democratización del conocimiento, en su opinión, un objetivo alcanzable en un mundo controlado en buena medida por las corporaciones privadas?

-Pienso que sí es alcanzable, aunque puedo ser ingenuo, ya que soy historiador y no un hombre de negocios. Cuando me ha tocado proponerle un proyecto a alguna empresa o institución, siempre me preguntan, “bueno, ¿dónde está su plan de negocios?”. Yo repondo que soy un académico y no un empresario. Sin embargo, sé que tienen derecho a formular esa pregunta porque muchos de esos proyectos son grandes, complejos y costosos. El presupuesto anual de la biblioteca de Harvard –que en realidad es una red con más de 60 bibliotecas– supera los 150 millones de dólares. Es una operación enorme, de modo que hay que llevarla de la manera más efectiva y económica posible. Así que me tomo muy en serio el hecho de que la realidad esté inmersa en el mundo de las corporaciones, pero eso no significa que no haya maneras concretas de hacer avanzar el bien común, a pesar de todos los intereses comerciales que lo rodean. Mi objetivo es crear esa Biblioteca Nacional Digital en los Estados Unidos que pueda poner todos los libros a disposición de todos los ciudadanos. Espero que llegue a ser una biblioteca internacional y forme parte de una red de bibliotecas que ponga el conocimiento a disposición de todos. Suena utópico, lo sé. Pero creo que podemos crear la National Digital Library si persuadimos a Google, y algunas fundaciones importantes de este país, de unirse en una coalición para digitalizar las grandes colecciones de libros, como la de Harvard o la Biblioteca Pública de Nueva York o la Librería del Congreso de Estados Unidos; que financien la digitalización gradual de las colecciones completas pero haciéndolo de manera cuidadosa y apropiada, porque hasta ahora Google lo ha hecho como si fuera un bulldozer cometiendo muchos errores. Esto puede llevar 10 años, pero será algo para toda la humanidad. Estoy además seguro de que no será algo excesivamente costoso. Se puede hacer, lo que falta es la voluntad.

-En su caso, parece ser cierto que es un entusiasta de la tecnología. Incluso tiene un libro electrónico.

-He publicado un libro electrónico (e-book), he estado blogueando un poco, he experimentado con artículos electrónicos, y en este momento particular estoy escribiendo dos libros electrónicos. Uno de ellos me ha tomado largo tiempo y tiene que ver con la publicación e intercambio de libros en la Francia del siglo XVIII. El otro ya está listo y será publicado este otoño por Harvard University Press. Es un libro acerca de canciones y poemas callejeros de París. En el fondo, es un estudio de la comunicación en sociedades orales. En las calles del París del siglo XVIII la gente tomaba la letra de las canciones del repertorio conocido y todos los días improvisaba nuevas letras para esas canciones viejas. Todo el mundo llevaba en su mente el mismo repertorio de canciones, de modo que cualquiera podía fácilmente escribir un verso relacionado con los temas de actualidad. Tengo pruebas de esto porque la gente escribía los nuevos versos de las canciones en papeles y luego los transcribía en unos cuadernos de notas llamados cancioneros. Hay miles de estas canciones improvisadas en cancioneros que están disponibles en las grandes bibliotecas de investigación de París. Muchas de esas canciones, por ejemplo, hablan de crisis políticas, en particular de la crisis de 1749 cuando cayó el gobierno. Una de las cosas más peculiares era el sonido, es decir, el efecto musical de las canciones. Todas estaban escritas de acuerdo con la melodía, pero como esas melodías desaparecieron hace tiempo de la memoria colectiva de los franceses, nadie había escuchado las canciones. Sin embargo, gracias a una biblioteca especializada en música se pudo dar con las anotaciones musicales y reconstruir la melodía. Ahora, en París, una amiga mía, Elaine DuLavaud, que es cantante de cabaret, ha grabado las canciones con la música original. Con esto, el lector del libro podrá ir a su versión on-line y escuchar las canciones mientras lee la letra en francés y mi versión en inglés. Este es un pequeño ejemplo, bastante sencillo, de como los medios impresos se pueden combinar con medios electrónicos de nuevas maneras. Es como si pudiéramos escuchar el pasado, por así decirlo.

-Su idea de un libro electrónico es la de un objeto que tiene muchas capas y que, en ese sentido, puede amplificar la lectura tradicional.

-Si, el otro libro que estoy preparando es mucho más complejo en ese sentido, pues invita al lector a navegar a través de las notas y otras capas de significados e información. El lector puede sumergirse en niveles muy distintos de lectura. Por ejemplo, puede leer en un dispositivo como el Kinddle o el IPad y acompañar esa lectura con una versión impresa en una máquina de impresión por demanda de un libro que contenga lo que le interesó a él, no a mí. Pienso que la tecnología electrónica puede darle al lector un poder que lo vuelve mucho más activo a la hora de construir un argumento histórico.

-En ese sentido, usted parece un seguidor de Jorge Luis Borges y su biblioteca de Babel.

-Borges pensó en estas cosas hace mucho tiempo y se adelantó varias décadas a un fenómeno que apenas nosotros comenzamos a comprender.

-¿Qué hace a los libros un artefacto de cultura tan duradero?

-Parte de su indiscutible permanencia viene del hecho de que el libro es una máquina. Viene de la tecnología del códice. Es decir, es una máquina que comunica palabras de una manera muy efectiva, tanto antes como después de la invención de la imprenta. Los materiales con que ha sido hecho le dan una tremenda resistencia al tiempo. Este libro que tengo en mis manos tiene 300 años y está en estupendo estado. Aunque el empastado pueda deteriorase más rápidamente, sus páginas aguantarán 300 o 400 años más, lo que indica que los libros son el producto del desarrollo de una tecnología muy eficiente. La gente no piensa en eso y cree que los libros están ahí y punto. En segundo lugar, los libros pertenecen a nuestra cultura, están metidos en sus entrañas a tal punto que somos su hechura, somos culturas del libro. Hay que recordar que el códice acompañó la expansión del cristianismo, de modo que el libro está con nosotros desde el surgimiento del cristianismo. No estamos conscientes de cuán profundamente arraigados están los libros en nuestras vidas. El auge de la comunicación electrónica pareciera haber eclipsado esa familiaridad, dándonos lo que yo llamo una falsa conciencia sobre la naturaleza de la información y de la denominada sociedad de la información. Yo sostengo que toda sociedad ha sido una sociedad de la información. Solo que la información se transmitía en otras formas.



Boris Muñoz


 Tomado de Prodavinci



25/06/2024