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miércoles, 18 de abril de 2018

Antonio Muñoz Molina a Fernando Aramburu: Siempre que falla el hombre, falla su lenguaje por eso la pereza expresiva es un pecado muy grave. Una conversación entre los escritores Antonio Muñoz Molina y Fernando Aramburu





LA PALABRA: “EL HORIZONTE DE MI MEMORIA”

**Alberto Hernández**



Dos escritores se sientan a conversar. Confluyen en el verbo. Y éste se hizo entrevista, parlamento, diálogo, visión, paseo por el idioma. O, simplemente, un regodeo por la vivido y lo que falta por vivir. Desde la Úbeda de su nacimiento, Antonio Muñoz Molina se descubre en una todo de cuando era aquel niño que no se le despega de una crónica. Y Fernando Aramburu, quien hace de entrevistador, se mueve entre el alemán y el español, idiomas con los que piensa, porque 30 años en un país ajeno significan 30 años de casamiento con declinaciones y atributos lingüísticos, sin olvidar la lengua materna. Sin apartarla de artículos, libros o pensamientos. Sin dejarla en la banca mientras el idioma postizo cabalga sobre el lomo de la primera voz.

Antonio Muñoz Molina

Se trata, digamos, de un contrapunteo en el que ambos españoles, dotados de otras lenguas, hablan desde sus gustos, desde sus visiones, de sus alteraciones geográficas y tutelares. Es, entonces, la palabra, mucho más allá de la frontera de todo el contenido de su conversación. En el fondo y en la superficie es la palabra. Es el español, esta lengua tan viperina como rica en musicalidad, contenidos y voces que hace de otras como el alemán y el inglés, lenguas secas y resumidas. Pero también hablan los dos señores de la verbosidad, lo cual implica recogimiento para no abusar de las palabras y no dejar mal la obra en la boca cerrada de los lectores. O en los ojos alterados de quienes se sientan a leerlos.

Fernando Aramburu. Imagen tomada de aquí


En uno de los fragores literarios de Muñoz Molina está “Ardor guerrero (un memoria militar)”, novela en la que el autor se ve (y quiero especular) como un soldado que en 1979 “se incorpora por leva obligatoria al Ejército espalo, destinado al País Vasco”. Se trata de un muchacho que quería ser escritor y termina siendo soldado, hasta que se le cumple su período cuartelario en medio de sobresaltos de la violencia de la época, provocada por ETA.

Pero lo que suscita interés en esta pieza de Muñoz Molina es el viaje por la península, hasta llegar a su destino, mientras la muerte le es asignada por un posterior eco que le dice “Conejo, vas a morir”. Consigna con la que recibían a los reclutas, al contingente de españoles en edad de ingresar al mundo castrense en un país donde Franco representaba el atraso de la vieja Europa.



Esta referencia, que no es gratuita, retrata al joven Muñoz Molina vestido de militar, así como en la foto fue visto de niño en su pobreza por un grupo de turistas, cuando ya él era famoso. El juego temporal, el juego de las imágenes nos conducen a pensar que nada de lo dicho es gratuito, que todo sigue su curso en la medida en que la palabra. La Palabra, se ajusta a la existencia de quien la escribe. Y así ha pasado con este escritor español: escribe para seguirle los pasos al idioma que habla, más allá de que hable otro como el inglés.

Precisamente, al final de esta novela, el narrador dice: “La ventaja de la ficción es que no tolera finales tan innobles”, y sobre esa base se fundamenta esta conversación: la nobleza de un idioma que es capaz de ser muchos por su carácter democrático: hablar español en el downtown en Nueva York justifica los callos en el cuerpo de Don Quijote. Hablamos gracias a la nobleza de una historia cuyo final es noble: la nobleza de la lengua permite que Aramburu y Muñoz Molina registren sus historias como articulistas, novelistas, hombres de mundo, pero también de su afición doméstica para no perder el tiempo de la escritura.



El títulos que nos congrega “La pereza expresiva es un pecado muy grande” alude todo lo anteriormente señalado arriba: la lengua no permite tal pereza. La lengua trabaja, labora con el escritor, lo obliga a mejorar su salud, la salud de la lengua y la salud del escritor. Y ser o haber sido parte de otra cultura hace posible que el idioma uterino siga siendo la fortaleza de sus escritos.

Los ejemplos añadidos en esta entrevista, clásicos, contemporáneos o por venir, nos dan luces de que tanto Aramburu como Muñoz Molina pertenecen a un mundo que seguirá en el empeño de una escritura de la memoria, como toda, pero ahondada por el sitio, el lugar del origen o el lugar donde el origen se convierte en otro sin perder el original.

La música, más que los viajes, forman parte del universo de Muñoz Molina. Quedarse en casa, escribir y leer y no andar colgado de una maleta mientras se espera un avión.  

Un eco cotidiano: dos hombres que conversan sobre sus asuntos. Sobre sus intimidades verbales. 

Allá, en Úbeda, en esa parte animosa de España, está “El horizonte de mi memoria”, como dice para despedirse Antonio Muñoz Molina.


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Antonio Muñoz Molina: "La pereza expresiva es un pecado muy grande"

El lenguaje es el protagonista de la conversación entre los dos escritores. En ella comprobamos que Fernando Aramburu Antonio Muñoz Molina (que acaba de publicar Un andar solitario entre la gente) comparten orígenes y ejercen el agradecimiento. Los dos persiguen la precisión y la contención del lenguaje, "un deber ético y estético", sostiene uno, "siempre que falla el hombre, falla el lenguaje", añade el otro. Y bajan a la arena: "España es muy clasista, y el mundo literario más".


FERNANDO ARAMBURU | 30/03/2018 |  

Antonio Muñoz Molina. Foto: Sergio Enríquez-Nistal


Fernando Aramburu.- La última vez que nos vimos, meses atrás en Segovia, me revelaste un episodio de tu infancia. Unos extranjeros, de paso por tu Úbeda natal, insistieron en fotografiar al niño que entonces eras. Se conoce que vieron en ti un prototipo de la pobreza rural hispana de aquella época. Para rato iba a pensar aquella gente que el rapazuelo de aspecto humilde, andando las décadas, se convertiría en el escritor que hoy eres, miembro de la RAE, premiado con elPríncipe de Asturias, viajero por el mundo y, en fin, hombre de una vasta cultura. 

Yo, que comparto tus orígenes, bien que en versión urbana, siento a menudo que empleas en público palabras que me podría calzar sin problemas. No pretendo mitificar la infancia. Es sólo que entreveo un punto de consideración, ¿de homenaje?, a los orígenes cuando compruebo que, por venir de donde vienes y haberte criado sin lujos, al amparo de gente trabajadora,
 evitas la opinión rotunda y precipitada, te muestras sereno y reflexivo en público, ejerces el agradecimiento, manifiestas tu gusto por los bienes culturales, postulas el sentido artesanal del oficio literario, defiendes soluciones pragmáticas para los problemas sociales, no insultas, no gritas, no te ufanas.

Antonio Muñoz Molina.- Es verdad que hay que tener cuidado con las mitificaciones y la nostalgia que favorece la edad. Te haces mayor y es natural que se embellezca el pasado lejano. También hay una parte grande de lealtad a los que ya no están. Yo recuerdo muy bien cómo era la vida cuando era niño, en la gente trabajadora del campo, en una provincia tan atrasada como Jaén, cuando quedaban todavía huellas del enorme retroceso de la postguerra, y había señales muy visibles de la brutalidad de la dictadura. Pero había también cosas valiosas que desaparecieron muy poco después, y que yo tuve la suerte de conocer de primera mano. Creo que la nuestra es la última generación que conoció aquel mundo. 

Las personas que me educaron carecían de una cultura formal pero me enseñaron cosas que siguen siendo fundamentales para mí. Por ejemplo, la integridad en la dedicación al trabajo. Lo que se hacía tenía que hacerse bien, con una paciencia y una destreza que a mí me irritaban de adolescente, porque no tenían nada que ver con la recompensa inmediata. Y también una actitud escéptica que es muy propia de la gente del campo, y creo que de la gente trabajadora en general: el recelo hacia la palabrería, y más aún hacia los fervores colectivos.
 Tuve la suerte de que me educaran personas discretas, muy formales a la manera popular de antes, muy sobrias, muy conscientes de la limitación de los recursos y las expectativas. Es una ética quizás anacrónica, pero como tantas cosas anacrónicas me parece que en esta época de emergencia ambiental tiene de pronto un gran futuro.


Francisco Umbral

FA.-Permíteme una conjetura. De igual manera que numerosos escritores de clase social acomodada (no todos, claro está), tienden por reacción a los modos expresivos populares, incluso naturalistas o plebeyos, los de origen humilde se implican con frecuencia en lo que pudiéramos denominar la conquista de un estilo literario de gran relieve estético. Francisco Umbral sería un caso paradigmático al respecto, pero hay otros (García Márquez, Luis Landero), entre los que yo incluyo tus novelas iniciales. Todavía en Plenilunio, que releí hace poco, se observa un trabajo minucioso de orfebrería verbal. Los periodos de la oración son largos; la sintaxis, acumulativa; el vocabulario, culto. En vano esperaría el lector de estas novelas tuyas frases sucintas del tipo: “Eran las tres. Llovía”. 

Gabriel Celaya, hijo de un empresario, nos decía que debíamos escribir de modo que nos entendiesen los obreros, y yo, hijo de un obrero, lo contradecía en un bar de la Parte Vieja donostiarra, a finales de los setenta, afirmando que a nosotros no nos gustaba que nos hablasen como esos padres que se inclinan sobre el carrito del bebé y se dirigen a la criatura remedando sus balbuceos e infantilizando el lengaje.
 Nosotros queríamos alcanzar la lengua alta, y disfrutar de Faulkner y Vicente Aleixandre, y escapar de nuestro precario mundo intelectual, y aprender idiomas, y formar nuestros propios criterios, y ganar libertad por nuestra cuenta. No descarto que, por inercia de aprendices, nos pasáramos de largo en más de una ocasión. Algo me dice que estas especulaciones mías, aunque quizá no las compartas, te han rondado más de una vez en el pensamiento.

AMM.- Es una teoría llamativa... Como si hubiera en nosotros una necesidad de mostrar facultades que se nos pondrían en duda, ¿no? España es muy clasista, desde luego, y el mundo literario más. A mí me han llamado cateto más de una vez. El cateto que se da importancia escribiendo de Nueva York, etc. Lo que me temo es que por influencia de las lecturas de nuestra juventud, los barrocos delboom y las traducciones de Faulkner, quizás algunos de nosotros nos dejamos llevar por una propensión a las sobreabundancias verbales, que por otra parte son siempre un peligro de nuestro idioma verboso, no disciplinado por el ensayismo científico, o por el simple escepticismo laico, a la manera deMontaigne. A mí quien me ha influido mucho, porque me gusta mucho, muchísimo, es Proust, pero él nunca cae en la palabrería ni en el amontonamiento barroco. Una frase suya muy larga está construida tan inflexiblemente como una secuencia musical. Yo siento desde hace años una gran necesidad de contención. Creo que la lengua inglesa me hizo consciente de formas de expresión más concisas. Ahora a veces miro una frase que acabo de escribir y la separo con puntos o puntos y coma a propósito. Pero es la lucha constante contra uno mismo, la insatisfacción sin remedio.

FA.- Este asunto de los escritores que viven en contacto estrecho con idiomas que no son aquel en el que escriben me afecta de lleno. Yo resido de manera permanente en Alemania desde hace más de treinta años. Mi lengua de uso cotidiano es el alemán, y mi roce con su literatura y sus medios de comunicación es constante. Al principio me persuadí de que el idioma adquirido podría redundar en perjuicio del materno. Temí que le arrebatara espacio en el cerebro, me expusiera a continuas interferencias (cosa que a veces me sucede) o, en fin, perturbase mi trabajo literario. Hoy veo esta convivencia de los dos idiomas dentro de mí como un incentivo para la escritura. De hecho, he aplicado en no pocos de mis libros recursos habituales de la lengua alemana, como el de componer conceptos nuevos mediante la fusión, en mi caso con barra en medio, de dos o más palabras. Otro trasvase intencionado puesto por mí en práctica de un tiempo a esta parte es el uso frecuente del participio activo. Y, de vez en cuando, calco expresiones típicas del alemán (serrar los nervios, por ejemplo).Estas peculiaridades lingüísticas sacan de quicio a algunos opinantes que me son tradicionalmente adversos, los cuales hacen sus pinitos filológicos, por supuesto desacertados, con los que ponen la guinda a mi diversión. Te cuento todo esto porque me gustaría saber hasta qué punto la lengua inglesa ha influido en tu manera no sólo de escribir, sino de captar, nombrar y describir la realidad, al hacerte tal vez consciente de algunas carencias de la lengua española o de algunas posibilidades para la creación literaria en las que, sin la familiaridad con el inglés, acaso nunca habrías reparado.
AMM.- Mi inmersión en la lengua inglesa ha sido mucho menos completa que la tuya. Mis periodos en Estados Unidos han alternado con otros igual de largos o más en España, y además el español ha sido siempre, aquí o allí, el idioma de mi vida privada y familiar. No obstante, creo que el contacto con el inglés me ha servido para unas cuantas cosas útiles, como escritor y como lector. Lo primero de todo, la cercanía con un idioma mucho menos propenso a las largas duraciones sintácticas y a la proliferación verbal que el español. Culturalmente, no filológicamente, creo, el inglés es una lengua mucho más contenida, más seca, más precisa que la nuestra. Eso se nota mucho en la escritura de no ficción, desde los periódicos a los libros de historia o de divulgación científica, pero también en la literatura. 

Luego está que
 el otro idioma, al mostrarte singularidades que el hablante nativo no advierte, porque forman parte de su instinto expresivo, te hace consciente de esas singularidades equivalentes en tu lengua. Un ejemplo concreto serían los giros, las expresiones, las construcciones verbales en las que con frecuencia hay una gran poesía implícita: vi el cielo abierto, se me cayó el alma a los pies, las paredes oyen, etc. Paradójicamente, un contacto muy importante para mí en Nueva York ha sido con la variedad de las otras hablas españolas de Estados Unidos y de América latina. Eso te enseña la humildad de que la lengua que tú hablas es una variante entre otras muchas, y no la más musical, ni la más flexible. Literariamente, donde más me he detenido a explorar los cruces y las contaminaciones entre el español y el inglés en Estados Unidos fue en mi novela corta Carlota Fainberg, que está escrita en una mezcla burlesca de spanglish y de jerga universitaria.





FA.- Desde hace varios meses publico en el diario El Mundo un artículo dominical. Eres mucho más veterano que yo en estas lides y me pregunto cómo gestionas la actividad. Para empezar, no es lo único que los dos escribimos. En mi caso, no me puedo permitir más de un día y medio para cada artículo, pues necesito horas y espacio mental para la creación literaria. No sé tú, pero yo no tengo problemas para escribir con el ordenador portátil en aeropuertos, aviones, cafeterías o cuartos de hotel. Así y todo, los viajes numerosos me rompen el ritmo de trabajo y a menudo, si están combinados con actuaciones públicas y tareas de promoción, me imposibilitan la escritura. Como detesto trabajar apresuradamente, acostumbro mantener una despensa de artículos, nunca menos de tres, y de ese modo me marcho de casa tranquilo. 

Yo recuerdo a un compañero de letras, durante un festival de literatura, que se tuvo que retirar al hotel a toda velocidad porque se le agotaba el plazo de entrega de su columna de periódico y andaba el hombre angustiado porque no sabía sobre qué escribir. Sería interesante que contaras cómo compaginas el articulismo con la dedicación a géneros literarios que requieren perseverancia y tiempo, como la novela, y de qué recursos, hábitos o mañas te sirves para cumplir a carta cabal con tu compromiso de cada sábado en Babelia.

AMM.- Mi técnica es muy sencilla, y la voy perfeccionando con el tiempo: no viajar, o viajar lo mínimo. Los viajes largos me agotan, me descentran, me quitan el sueño. Los aeropuertos son cada vez más desagradables. Así es que procuro quedarme en mi casa, o viajar en tren, y no ir muy lejos. A mí lo que me gusta de la literatura es leer y escribir, no hacer vida social de escritor. Cuando tengo que promocionar un libro me comprometo al mínimo de obligaciones que sea imprescindible, y grato. Además, no sé escribir artículos por adelantado. Necesito la inmediatez de la entrega. 

Y al mismo tiempo necesito sosiego para preparar el artículo, ya que los que yo escribo en Babelia son más bien crónica que columnas de opinión. Procuro contar algo, un libro, una exposición, un concierto. Al menos un día de la semana está reservado a esa tarea. Y como es una disciplina que tengo muy interiorizada, ese día siempre queda en reserva, incluso cuando estoy escribiendo un libro. A veces la tarea del libro y la del artículo se contaminan entre sí. Más de una vez un tema que he tratado en una crónica se convierte luego en tema de un libro. Y lo que me tiene ocupado en el libro de vez en cuando se filtra a los artículos que escribo. Todo es parte del mismo oficio, claro.


Art Tatum



FA.- Con frecuencia mencionas en tus escritos la música y los músicos. Por cierto, te debo, a raíz de la lectura de un viejo artículo tuyo, el conocimiento del pianista de jazz Art Tatum, de quien yo no había oído hablar hasta entonces. Aprovecho la ocasión para darte las gracias. Otros parecen recriminarte la costumbre de llegar antes y por méritos propios adonde a ellos les gustaría estar; pero no vamos a subir aquí a nadie al escenario. Yo advierto en ti una confianza loable en la capacidad mejoradora del ciudadano que atribuyes al arte, a la educación, al ejercicio del gusto estético; en fin, a la cultura vinculada con el estudio, los viajes, la observación de la realidad, al ingrediente artesanal del oficio literario. 



Pero, claro, una cosa es postular todo esto y otra expresarlo con el “plectro sabiamente meneado”, que decía
 fray Luis de León. Salta a la vista que eres un melómano. Pienso que no es improbable que haya un punto de criterio musical en tu particular manera de modular por escrito la lengua española. Hay en nuestra literatura casas más ásperas, cabañas más coloquiales, perfectamente legítimas por lo demás. Me pregunto hasta qué punto tu afición por la música se refleja en tu escritura. Dicho de otro modo, si concedes importancia a los aspectos sonoros, rítmicos, armónicos, del arte de expresarse en prosa, ya sea en una página de novela, en un artículo de prensa o en una reflexión sobre la sociedad de tu tiempo.
AMM.- Es verdad lo que dices: yo soy por inclinación un “Ilustrado”, a la manera militante de los del XVIII y los de la Institución Libre de Enseñanza, y estoy convencido de que la educación puede hacer mejores a las personas, y ayudarles a desarrollar sus mejores capacidades y a disfrutar más de la vida. Ser culto no garantiza ser justo, ni mucho menos. Pero una formación humanista que favorezca el ejercicio práctico de los valores democráticos y el disfrute de las artes, incluso la práctica amateur de algunas de ellas, creo que puede ayudar a que la vida privada y la vida en común puedan ser mejores. 

Con respecto a la música, aparte de la felicidad que me da, me inspira cosas que influyen en mi trabajo, y que tal vez podría resumir en una frase:
 la música me enseña a buscar el equilibrio entre la fluidez y la forma en la escritura, a entender lo escrito no como un bloque que se moldea, digamos, sino como una corriente que fluye, palabra por palabra, frase por frase, con sus interrupciones, sus silencios, sus quiebros, etc. Quisiera que el lector tuviera la sensación de estar asistiendo al presente en el que sucede la escritura, de estar notando una pulsación, un discurrir no predeterminado. Luego la música tiene algo que es muy útil como lección de humildad para los que trabajamos con palabras y creemos que sin ellas no pueden decirse las cosas. La música es un lenguaje expresivo autónomo, irreductible, una existencia. También puede enseñarnos en la búsqueda de las dos cosas más difíciles que hay en este trabajo: la del comienzo, la del final. Por no hablar de algo que tú has trabajado mucho en Patria, y que puede entenderse en términos musicales, la polifonía, la suma de voces muy diversas.

FA.-En un pasaje de Todo lo que era sólido escribes lo siguiente: “En un país donde se celebra el despechugamiento expresivo y se presume de espontaneidad es muy raro que se llame a las cosas por su nombre”. No es difícil advertir en tus escritos signos de confianza en las posibilidades de construcción personal y social asociadas al conocimiento y dominio de la lengua. Siempre que falla el hombre, falla su lenguaje. Al menos eso es lo que a mí me ha enseñado la experiencia; aunque no ignoro que hay sinvergüenzas que se expresan muy bien y entienden mucho de Química, Derecho o Politología. 

Antonio Escohotado
 gusta de vincular el conocimiento con la libertad, cosa que disgusta a los señoritos revolucionarios, conscientes de que se quedarían sin tarea si cada cual tuviera la llave de su propia liberación. Me estaba yo preguntando qué peso tiene en esta consideración tuya relativa al poder mejorador y, en suma, liberador de la lengua la circunstancia de que seas miembro de número de la RAE. Los años te han convertido en uno de los más veteranos de la institución, por cierto.

AMM.- La precisión en el lenguaje me parece un deber ético y estético. En eso soy discípulo de los escritores claros, los maestros de la naturalidad de nuestra lengua, antes de que la sofocaran la Inquisición y el barroco: Juan de Valdés, Cervantes, Santa Teresa, Fray Luis. También de mi otro maestro, fundador de la prosa reflexiva, Montaigne. Y por supuesto de Flaubert con su obsesión por la palabra justa, y de la poesía, y, como te dije antes, del contacto con la lengua inglesa. Por no hablar de la claridad del habla popular campesina que escuché cuando era niño. Me molestan mucho la verbosidad, la imprecisión, el desaliño, por un motivo práctico: hablar mal y escribir mal es pensar confusamente y engañar. Todo el que se expresa con confusión y oscuridad es que tiene algo que ocultar. De ahí las jergas insufribles de las dictaduras, del lenguaje corporativo, de los grupos ideológicos de vocación autoritaria. La pereza expresiva es un pecado muy grave. Esa manía ya estaba en mí antes de entrar en la Academia. En ella, al trabajar en el diccionario, me hice más consciente todavía del valor de claridad y la precisión, y de la dificultad enorme de definir hasta lo más simple.


Vista de Úbeda desde el nordeste - Juan de la Cruz Moreno Balboa/Turismo de úbeda. Imagen tomada de aquí



FA.- Tengo una vieja duda, Antonio, de la que intuyo que tú podrías sacarme. ¿Qué se ve desde los cerros de Úbeda?

AMM.- Desde los cerros de Úbeda se ven más cerros todavía, casi todos cubiertos ahora de olivares, y se ve también el valle del Guadalquivir, y más allá la Sierra de Cazorla y la Sierra de Mágina. Ese paisaje es el horizonte de mi memoria. 


@FernandoArambur
 




Tomada de El Cultural.es



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Alberto Hernández. Fotografía de Alberto H. Cobo.


Alberto Hernández

Nació en Calabozo, estado Guárico, el 25 de octubre de 1952. Poeta, narrador y periodista. Se desempeña como secretario de redacción del diario “El Periodiquito” de la ciudad de Maracay, estado Aragua

Fundador de la revista literaria Umbra, es miembro del consejo editorial de la revista Poesía de la Universidad de Carabobo y colaborador de publicaciones locales y  extranjeras. Su obra literaria ha sido reconocida en importantes concursos nacionales. En el año 2000 recibió el Premio “Juan Beroes” por toda su obra literaria.

Ha representado a su país en diferentes eventos literarios: Universidad de San Diego, California, Estados Unidos, y Universidad de Pamplona, Colombia. Encuentro para la presentación de una antología de su poesía, publicada en México, Cancún, por la Editorial Presagios. 

En Venezuela ha publicado sus trabajos en la Revista Nacional de Cultura, Imagen, Solar, Poda, et al.

Miembro del consejo editorial de la revista Poesía de la Universidad de Caraboboen “Crear en Salamanca”, página digital de la ciudad castellana. Igualmente, en Cervantesmileshighcity de la ciudad de Denver, Estados Unidos. Y en diferentes blog nacionales e internacionales.

Ha publicado ensayos y textos poéticos en las revistas Turia de España, Arcos de la Frontera, Piedra de molino, España,  en Il foglio volante de Italia, ; ,  entre otras.

Ha participado como conferencista o lector de su obra en varias ediciones de la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo (FILUC), en Venezuela.

En 2012 recibió de manos de las autoridades rectorales la máxima condecoración de la Universidad de Carabobo, la Orden “Alejo Zuloaga”, en el marco del X Encuentro Internacional de Poesía de la UC.


En 2018 fue reconocido en la XVII Edición del Premio Anual Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana por su novela “El nervio poético”.



Ha publicado los poemarios La mofa del musgo (1980), Amazonia (1981), Última instancia (1989), Párpado de insolación (1989), Ojos de afuera (1989), Bestias de superficie (1993), Nortes (1994) e Intentos y el exilio (1996). Además ha publicado el ensayo Nueva crítica de teatro venezolano (1981), el libro de cuentos Fragmentos de la misma memoria (1994) y el libro de crónicas Valles de Aragua, la comarca visible (1999).  Stravagnza (Italia 2012), 70 poemas burgueses (Caracas 2014), Ropaje (Cancún, México. 2012), Los ejercicios de la ofensa (Estados Unidos. 2010)
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18/07/2025

viernes, 6 de abril de 2018

Fernando Iwasaki: Mis éxitos literarios se los debo a mis fracasos amorosos. Entrevista. Parte III/III



 Fernando IwasakiFotografía: Manuel Gutiérrez


IWASAKI: EL CLIMA, EL BETIS, LAS PALABRAS Y HASTA BOLÍVAR CORONADO

**Alberto Hernández**


Vivir en Sevilla, respirar el mismo aire de aquellos 800 años de árabes construyendo almenas y palabras, precisa de muchas oraciones y frases para elaborar un imaginario. Vivir en Sevilla mientras el flamenco crece su alegría en tablaos y esquinas y traduce el gusto por un aire puro. No es de extrañar entonces que un peruano como Fernando Iwasaki, para más señas escritor, tenga en el clima de esa ciudad uno de sus más conspicuos compañeros. Pero también el Betis, el equipo de fútbol de los andaluces, quienes defienden, desde bares y estadios, los nombres que forman parte de la escuadra de goleadores.

El peruano, cruzado de sangres diversas. Un crucigrama genético cuyo ADN se afirma en japoneses, italianos y ecuatorianos, suma a este legado biológico el idioma que habla. También es español porque la lengua así lo dice.



Y desde Sevilla recurre a Eduardo Llosent para hablar de la intemperie literaria de ese lugar donde se pronuncia su rancio ambiente. Por eso, el escritor de apellido nipón afirma: “La ranciedad española se ha convertido en un colesterol bueno”.

Y si el Betis es una referencia, una recurrencia callejera, el calor de Sevilla supera el de Sahara, el tropical americano y el del mismo infierno, si albergamos hipérboles gitanas, que en esa tierra abundan como el salero de sus bailaoras y el cante de quienes descifran su rico pasado.

Iwasaki llegó a esa ciudad con la intención sagrada de meter sus narices en el Archivo de Indias, “mi sueño como historiador”. Y así lo hizo.  Se quedó en España y hasta se enamoró del modo de hablar de los nativos de aquel cosmos donde los morunos dejaron su impronta.

La entrevista que leerán luego de estas palabras, no deja tema suelto. Ni resquicio por donde escapar: clima, fútbol, literatura, política, autores, países, radio, educación. El escritor latinoamericano se extiende y entiende que hay que soltar la lengua para que el lector sepa dónde está ubicado el mundo donde él y otros viven.

De su novela Libro del mal amor, sin permiso del Arcipreste de Hita, una mención obligada en esta conversación, así como la tesis de que hay que leer mucho para poder escribir. Y dejar a un lado la pereza y no formar parte de los zombis que se valen de los subsidios para existir. Un tiro a la meta para criticar el populismo. Y destinar su futuro al sólo hecho de sentirse extraterritorial más allá de la cultura, más allá de todas las sangres que en su cuerpo lleva revueltas. 

Levita, pisa tierra: habla sin mucho afecto de Paul Auster. Prefiere a Coetzee. Pero es más radical cuando dice que se queda con  Kafka, Borges, Proust, Faulkner y Joyce, para que los ignorantes o los sabuesos de la literatura renueven sus gustos o bucen en la gran biblioteca del mundo. No en vano discute sobre verdad, ficción o verosimilitud, y acerca esta opinión sobre los clásicos: “La maravilla de la literatura es que los viejos temas son tan incandescentes que no se apagan nunca”.

Las dos Españas también tienen recadero en sus palabras: la de la península y la de América Latina. La que se luce con tantos acentos y escritores que ayudaron a construir el edificio narrativo de la España actual. La del boom que dejó herencia. 

De su Ajuar funerario, microrrelatos que comenzaron como un juego hasta hacerse un libro de editor, también habla.  Y se despoja del saco para opinar acerca de la realidad audiovisual, las películas y la lectura. Y para él la mejor novela de todos los tiempos: La cartuja de Parma.


Rafael Bolívar Coronado

Y un souvenir para los venezolanos, el reconocimiento de Rafael Bolívar Coronado como un “monstruo” genial  que se encargó de regar obras ajenas, birladas, para demostrarle  al mundo español su capacidad de ser, hasta convertirse en un personaje digno de una novela. 


De todo hay en esta entrevista, que será un grato viaje en los lectores. 


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Fernando Iwasaki: «A nuestros alumnos universitarios les tomaría el B2 de español el primer día de clases»


Publicado por Ángel L. Fernández Recuero, Paula Herrero, y David del Toro.



¿Llegaremos a ver algún día un Premio Nobel de literatura que empezara autopublicándose en Amazon?

Mientras la dinamita continúe explotando… [Risas]

Amazon almacena las posiciones donde los lectores abandonan sus libros, ¿nos llevaríamos una sorpresa si publicasen datos sobre la lectura del Quijote, que además puede descargarse gratis?

Sí, nos llevaríamos una sorpresa, pues me consta que el Quijote traducido al chicano tiene más descargas que el Quijote original.



Primeras líneas de la primera parte del Quijote (capítulo I )traducidas al spanglish por Ilan Stavans:


"In un palacete de La Mancha of which nombre no quiero remembrarme, vivía, not so long ago, uno de esos gentlemen who always tienen una lanza in the rack, una buckler antigua, a skinny caballo y un greyhound para el chase. A cazuela with más beef than mutón, carne choppeada para la dinner, un omelet pa' los Sábados, lentil pa' los Viernes, y algún pigeon como delicacy especial pa' los Domingos, consumían tres cuarers de su income. El resto lo employaba en una coat de broadcloth y en soketes de velvetín pa' los holidays, with sus slippers pa' combinar, while los otros días de la semana él cut a figura de los más finos cloths."

Los lectores leen ya más prensa digital que en papel, aunque en muchas ocasiones no pasan del titular o la noticia breve. ¿Hay que preocuparse, pues, más por la calidad que por la cantidad de lo que se escribe?


De izquierda a derecha: Oudejans, Constant, Guy Debord y Armando. Munich, 1959


Difícil. Por ejemplo, yo tengo un problema con la lectura digital, pues de lunes a viernes leo la prensa en iPad, mientras que los fines de semana sí recibo la prensa en papel. Así, cuando hojeo El País o el ABC me entero de más cosas que cuando los leo en tableta. ¿Por qué? Porque ya tengo entrenada la vista para leer en diagonal y por lo tanto soy capaz de recordar nombres, títulos y datos sin haber leído la noticia completa. Eso no me ocurre con las pantallas y entonces soy más ignorante que antes, porque de lunes a viernes estoy condenado al «papiro digital». Por eso el formato de la plataforma Kiosko y más es más agradecido, porque muestra la página tal como es en papel.




En España, aparta de mí estos premios, a través de relatos de ficción, haces una ácida e hilarante crítica a todo lo que se mueve alrededor de los concursos literarios. ¿Qué te impulsó a escribir este libro? ¿Cómo ves el mundo de los premios? ¿Ya están completamente desenmascarados?

Nunca quise escribir un libro contra los premios. Más bien, siempre sostuve —y creo que lo he podido defender con cierto garbo— que España, aparta de mí estos premios era un libro contra la frivolización, la banalización y lo que Debord llamó la sociedad del espectáculo. Mi libro ridiculizaba todo aquello, pero el mundo de los premios era ideal para cumplir ese cometido, porque en los premios es donde se refugia lo identitario y porque Bolaño había escrito un cuento maravilloso titulado «Sensimi», donde el protagonista era un escritor piel roja que salía a la pradera para cazar los premios búfalo, premios alimenticios que te servían para comer y abrigarte hasta el próximo invierno. Escribí España, aparta de mí estos premios para hacer la caricatura de las identidades y de la sociedad del espectáculo. Dicho lo cual, los premios provincianos son los únicos premios que da gusto ganar, pues son unos premios químicamente puros que han ayudado a numerosos escritores a llegar a fin de mes. Desde Félix Palma hasta Juan Manuel de Prada, pasando por Bolaño y Luis Sepúlveda.


Haruki Murakami.

¿Se merece Murakami el Premio Nobel?

A mí me da igual, pues no tengo una especial predilección por Murakami. Leí Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, Kafka en la orilla y Tokio Blues —porque me encantan los Beatles— pero no me pareció tan bueno como Coetzee. Coetzee es extraordinario. El libro de la correspondencia entre Coetzee y Paul Auster deja a Paul Auster en situación desairada, porque Paul Auster comenta banalidades y lo que responde Coetzee son maravillas.

Comentaste una vez que escribir el libro de microrrelatos Ajuar funerario te tomó varios años. ¿Los microrrelatos se cocinan a fuego lento?

Bueno, además de tardar muchos años en escribirlo no tenía ninguna prisa por publicarlo. A lo largo de ocho años los fui escribiendo, leyendo en público y regalándolos en folios sueltos que después aparecían colgados en internet. Mi amigo Andrés Neuman habló con Juan Casamayor —editor de Páginas de Espuma— y ambos me propusieron publicar aquel libro que ya existía, porque en 1998 la editorial Lengua de Trapo eligió diez micros de Ajuar funerario para una antología que se tituló Líneas aéreas. Por lo tanto, no es que tardara ocho años en escribirlo, sino que no me hubiera importado seguir escribiendo ocho años más. No tengo prisa ninguna. En vida me quedan por publicar dos novelas y luego todo lo que salga será póstumo.
¿El microrrelato hay que dejarlo reposar?

Sí, porque de lo contrario te sale el mismo microrrelato varias veces. Lo primero que escribía era la idea del micro en una libreta. Entonces dejaba pasar una semana y si entendía mis anotaciones, significaba que la idea era potable. Muchos apuntes fueron descartados. Luego escribía una primera versión y a los tantos meses la volvía a revisar para darle un retoque más, y ahí quedaba. Así escribí los microrrelatos de Ajuar funerario.




Te gusta poner en relieve la importancia de los autores contemporáneos, aunque creo que nunca has llegado a mencionar a los que integran la Generación Nocilla. ¿No te interesan?

No es verdad, pues he presentado hasta tres libros de Agustín Fernández Mallo en Sevilla. Y la semana pasada presenté a Manuel Vilas, aunque ahora Vilas juraría por sus muertos que jamás perteneció a la Generación Nocilla. En realidad, pienso que la Generación Nocilla —como tal generación— nunca existió. Agustín Fernández tiene un mundo detrás que no todos conocen y ha sido capaz de darle forma en una serie de libros que han funcionado muy bien. Como suele suceder en estos casos, la prensa metió en el mismo carro de la Nocilla a varios escritores y al final todos resultaron muy distintos, pues Manuel Vilas no tiene nada que ver con Javier Calvo y Javier Calvo no tiene nada que ver con Agustín Fernández Mallo. Ninguno de los tres aceptaría pertenecer a ninguna otra generación que no fuera musical, porque el rock los une más que cualquier otra cosa.


Agustín Fernández Mallo

Tus libros, como los de Juan Bonilla, parecen hipertextuales, cada texto te lleva inexorablemente a descubrir un nuevo autor.

Juan Bonilla, Felipe Benítez Reyes y Andrés Trapiello son tres autores con quienes me identifico, pues nos une la búsqueda de los raros, la curiosidad por el rescate o la posibilidad de dar a conocer alguien que no sea suficientemente conocido. Y todo eso lo aprendimos del poeta, editor y librero de viejo, Abelardo Linares.




¿Y quién fue Rafael Bolívar Coronado?

Un monstruo. Un fenómeno venezolano que escribía simultáneamente con cientos de seudónimos y que se reía de los editores porque falsificó crónicas de indias y se inventó a docenas de poetas apócrifos de Bolivia y Costa Rica que compiló en dos antologías delirantes que le coló a la editorial Maucci. En Venezuela mucha gente tampoco lo conoce porque fue un maldito que estuvo a punto de ser borrado de la memoria literaria, de no ser por la letra de la canción «Alma llanera», que es el segundo himno nacional de Venezuela. Bolívar Coronado fue el autor de aquella canción y sin duda se merece una novela.




¿Cómo surgió tu afición al flamenco?

No me corresponde ponerme medallas que no merezco. A mí me ha caído en suerte el privilegio de dirigir la Fundación Cristina Heeren, que es como dirigir el Sevilla o el Betis. Sé que son legión las personas que darían la vida por gestionar lo que estoy gestionando, pero cuando salgo del trabajo y me voy a mi casa escucho otras músicas. No puedo decir que soy un gran aficionado, porque un verdadero aficionado dedicaría todo su tiempo libre —como decía Perales— a escuchar flamenco, ir a actuaciones o acudir a festivales. No es mi caso. Por eso no sería justo que presumiera de ser un gran aficionado, porque no estaría diciendo la verdad. Dicho lo cual, a mí quien me introdujo en el flamenco fue el guitarrista Eduardo Rebollar en 1985. Diez años después, cuando Cristina Heeren me ofreció dirigir su fundación, en la primera persona que pensé fue en Eduardo Rebollar y así lo fiché como profesor, donde continúa hasta ahora.




Tus viajes con los flamencos por Nueva York y otras ciudades dan para un anecdotario. ¿No piensas recogerlo por escrito?

A mí lo que me encantaría publicar sería un libro titulado Flamencos de película, que no sería una obra de ficción, sino la crónica gráfica de las incursiones de muchos artistas flamencos famosos como extras de películas célebres. ¿Cuánta gente sabe que el gran bailaor Farruco apareció en Lawrence de Arabia como jeque del desierto aliado de los ingleses? Cada vez que se rodaba una película el mánager Pulpón reclutaba de los tablaos a docenas de artistas flamencos que luego salían de indios, piratas, beduinos u odaliscas. Ese es el libro que me gustaría escribir.

Más del ochenta por ciento del público que asiste a los estrenos de la Bienal de Sevilla proviene del extranjero, pero en todo el programa de la Bienal apenas hay artistas extranjeros. ¿Va a dejar el flamenco de ser una expresión artística cerrada para los intérpretes de otros países en los festivales y escenarios andaluces?

A corto plazo no lo creo, pero a largo plazo sí. Pienso que a largo plazo el futuro del flamenco estará fuera de España y que habrá muchos más artistas no andaluces, porque los estudios profesionales de flamenco serán oficiales en el extranjero antes que en Andalucía. Por eso habrá más intérpretes de flamenco nacidos fuera de territorio español, como ya ocurre con el tango argentino y el jazz. Por otro lado, tampoco sería nada nuevo, ya que después de la guerra civil los principales bailaores flamencos fueron mexicanos, argentinos, italianos y guatemaltecos. Pienso en Roberto Ximénez, Paco de Ronda, José Greco y Manolo Vargas.

¿Cuánto le debe Andalucía a los bailaores Shoji Kojima y Yoko Komatsubara?

Muchísimo, pues gracias a su fascinación por el arte jondo empezaron a llevar artistas flamencos hacia Japón. Estoy seguro de que el patrimonio de numerosos artistas flamencos se formó gracias a las galas, tablaos y clases impartidas en Japón. Todavía existe una afición flamenca increíble en Japón, aunque no tan multitudinaria como la que mueve la salsa. En Japón lo que más gusta es la salsa, luego el tango argentino y finalmente el flamenco.




¿Qué necesita el flamenco para ser reconocido mundialmente como el tango o el jazz?

Necesita planes de estudios reglados y titulaciones oficiales. Sería estupendo que tales cosas existieran en Andalucía, pero a estas alturas ya da igual que los promuevan en Francia, Japón, Estados Unidos o México. En uno de esos cuatro países se creará el primer grado universitario en flamenco del mundo, y la pena es que los mejores artistas andaluces no  podrían enseñar en esas escuelas, por carecer de titulaciones universitarias.

Esa carencia es la que intentáis solventar con la fundación…

Nos gustaría que una universidad andaluza considerara la posibilidad de crear un grado en arte flamenco patrocinado por nosotros. Cuando hablo con las autoridades académicas me objetan que no hay doctores en flamenco, pero entonces replico que tampoco hay doctores en cocina y sin embargo existen grados en gastronomía. Lo que pasa es que la gastronomía da mucho dinero, tiene marketing, están los concursos de televisión y Chicote en todos los canales. ¿Por qué el flamenco no puede ser igual? En Valencia incluso hay grados universitarios en heladería artesanal. Doctores congelados tiene que haber, pero doctores en Heladería… lo dudo.




De momento habéis conseguido que haya un instituto que el año que viene empieza.

Sí, comenzamos en enero a impartir clases de cante, baile, guitarra y compás en el bachillerato de Artes Escénicas del IES Carmen Laffón de San José de la Rinconada.


Carmen Linares

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Sí, del todo. Además, bastaría con que ese apoyo institucional se limitara al reconocimiento que proponemos, pues la ausencia de reconocimiento provoca situaciones ingratas, como el malestar del Conservatorio de Sevilla, que se opone a que nuestros profesores impartan clases de flamenco en un instituto público, aunque el cien por cien de la financiación sea privada.


 Miguel Poveda



Me parece muy bien. Soy partidario de que los japoneses canten por soleá, los franceses por alegrías y los alemanes por seguiriya, cada quien en su propia lengua. Después de todo, la música sería siempre la misma. Ni un madrileño ni un argentino —hispanohablantes ambos— podría cantar flamenco con la dicción andaluza sin impostarla. Y ya de los rusos ni hablemos. Los forasteros que quieran cantar flamenco no deberían imitar el rajo andaluz, porque no pasarían de ser andaluces postizos. Conozco cantaores extranjeros muy talentosos, cuyas voces no traicionarían el flamenco si se animaran a romper los moldes.

¿Hay una impronta africana en el flamenco?

Sin duda. Santiago Auserón acaba de defender una tesis doctoral sobre el asunto, además de haber publicado La huella sonora, un importante estudio al respecto. El habla andaluza está llena de africanismos. ¿De dónde viene «mojiganga»? ¿De dónde viene «perendengue»? Todo eso viene de voces africanas transformadas por el español. La España del Siglo de Oro estuvo poblada por negros que todavía habitan en las comedias de Lope y en las Novelas ejemplares de Cervantes. Esos negros andaluces llegaron hasta el siglo XIX, cuando combatieron contra los franceses en las guerras de independencia. Los negros españoles desaparecieron con aquellos batallones de pardos y morenos masacrados por la artillería napoleónica, o se mezclaron hasta difuminarse por los arrabales de Sevilla y Cádiz. La sevillana Hermandad de los Negritos sería otra «huella», como diría Santiago Auserón. ¿Qué ha quedado de la música de los antiguos negros andaluces? Estoy convencido de que en el flamenco encontraríamos la respuesta.


Jacinta Escudos

Para finalizar, recomiéndanos un autor o autora novel hispanoamericano imprescindible y la mejor novela de todos los tiempos según tu criterio.

Para mí, la mejor novela de todos los tiempos sería La cartuja de Parma. Comprendo que es muy antigua y que nos coge bastante a trasmano, pero me continúa fascinando como la primera vez y me sigue pareciendo la mejor novela de amor de la historia. Qué arranque más poderoso, con aquel Fabrizio del Dongo que busca la batalla de Waterloo, sin darse cuenta de que está en medio de la batalla de Waterloo. Y un autor hispanoamericano ¿desconocido aquí?,¿de qué edad?, ¿jovencito él?, ¿jovencita ella?


Carlos Cortés.


Sin edad. Alguien para descubrir.

Me gustaría recomendar a un escritor de Costa Rica llamado Carlos Cortés. Es un escritor de mi edad que ha publicado siempre en Costa Rica. En América Central tiene un gran prestigio, pero al sur de Panamá ya es menos conocido y me da una pena enorme, porque es un escritor extraordinario que merecería tener más lectores. Jacinta Escudos es otra escritora así, salvadoreña en este caso. El Salvador y Costa Rica, dos países que casi no existen para los lectores españoles.

Ahora si terminó la entrevista.


Documentación: Loreto Igrexas

Tomado de Jot Down Magazine.

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Alberto Hernández

Nació en Calabozo, estado Guárico, el 25 de octubre de 1952. Poeta, narrador y periodista. Se desempeña como secretario de redacción del diario “El Periodiquito” de la ciudad de Maracay, estado Aragua

Fundador de la revista literaria Umbra, es miembro del consejo editorial de la revista Poesía de la Universidad de Carabobo y colaborador de publicaciones locales y  extranjeras. Su obra literaria ha sido reconocida en importantes concursos nacionales. En el año 2000 recibió el Premio “Juan Beroes” por toda su obra literaria.

Ha representado a su país en diferentes eventos literarios: Universidad de San Diego, California, Estados Unidos, y Universidad de Pamplona, Colombia. Encuentro para la presentación de una antología de su poesía, publicada en México, Cancún, por la Editorial Presagios. 

En Venezuela ha publicado sus trabajos en la Revista Nacional de Cultura, Imagen, Solar, Poda, et al.

Miembro del consejo editorial de la revista Poesía de la Universidad de Caraboboen “Crear en Salamanca”, página digital de la ciudad castellana. Igualmente, en Cervantesmileshighcity de la ciudad de DenverEstados Unidos. Y en diferentes blog nacionales e internacionales.

Ha publicado ensayos y textos poéticos en las revistas Turia de España, Arcos de la Frontera, Piedra de molino, España,  en Il foglio volante de Italia, ; ,  entre otras.

Ha participado como conferencista o lector de su obra en varias ediciones de la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo (FILUC), en Venezuela.

En 2012 recibió de manos de las autoridades rectorales la máxima condecoración de la Universidad de Carabobo, la Orden “Alejo Zuloaga”, en el marco del X Encuentro Internacional de Poesía de la UC.

En 2018 fue reconocido en la XVII Edición del Premio Anual Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana por su novela “El nervio poético”.



Ha publicado los poemarios La mofa del musgo (1980), Amazonia (1981), Última instancia (1989), Párpado de insolación (1989), Ojos de afuera (1989), Bestias de superficie (1993), Nortes (1994) e Intentos y el exilio (1996). Además ha publicado el ensayo Nueva crítica de teatro venezolano (1981), el libro de cuentos Fragmentos de la misma memoria (1994) y el libro de crónicas Valles de Aragua, la comarca visible (1999).  Stravagnza (Italia 2012), 70 poemas burgueses (Caracas 2014), Ropaje (Cancún, México. 2012), Los ejercicios de la ofensa (Estados Unidos. 2010)