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sábado, 22 de octubre de 2022

HENRY MILLER: El pueblo estadounidense es el más desasosegado y el más insatisfecho en la Tierra


Imagen tomada de Infomag.



EXTRA

Noviembre, 2011



ENTREVISTA A HENRY MILLER



Por Néstor Lacorén



A veces las condiciones que el azar o el destino imponen para que ocurran ciertos hechos, es increíble. Cuándo en 1964, recién llegado a New York, subí a la terraza del 662 de la Avenida Driggs, en Brooklyn, para tomar fotos de Manhattan, fué la primera vez que este singular personaje, se apareció. Caía mucha nieve, y este hombre flaco y desgarbado, parecía estar en el centro de un círculo creciente de color blanco, que se agrandaba sin fin acercándose. Le pregunté quién era, y me dijo: “I’m Henry Miller, I was born in this house, I just came to pick up some books”. Emocionado, solo atiné a extender mi mano para estrechar la de él: “Hablas castellano?”, le pregunté. “También hablo francés”, contestó en español, con acento neutro. Yo tenía veinte años, había leído su “Trópico de Capricornio” y su “Trópico de Cáncer”, y lo admiraba.

 



-Mi nombre es Néstor y soy argentino.

HM-Tu país es muy lindo. Que haces aquí?

-Estoy enamorado de una chica.

HM-Eso está muy bueno!

-No te ofendes si te digo que por lo que he visto, tu país no me gusta mucho.

HM-Para nada! El que no se da cuenta, que en dos breves centurias ya nos estamos yendo prácticamente por el caño del desagüe y ahí nos jodemos, es un tonto. Y nadie se va a entristecer por eso, ni siquiera a esos que hemos ayudado a sobrevivir. En el breve instante de nuestra historia nos la hemos ingeniado para envenenar al mundo con nuestras ideas de progreso, eficencia y mecanización.

-Si mi amigo Bill el dueño del edificio, te escucha hablar así se ofenderá mucho.




HM- El padre de Bill, es el tejano, que le compró la casa a mi padre, y lo estafó. En todo caso el ofendido tendría que ser yo.

-Bill es un patriota, un nacionalista, y un héroe de la guerra de Corea.

HM-Los atacantes que vinieron del viejo mundo también se creían héroes, y fueron vistos como dioses por los aborígenes del continente. Pero muy pronto los indios se desilusionaron. Y aprendieron a tenernos miedo y odio, nosotros los caras pálidas, fuimos quienes les enseñamos a los salvajes a arrancarles la cabellera a los enemigos. Tal parece que fuimos concebidos entre la violencia y el odio, como si hubiéramos nacido para saquear, violar y asesinar.

-Vuestra historia no describe nada de eso, es más ni lo menciona.

HM-Nuestros libros de historia barnizan las crueldades, las abominaciones y la conducta inmoral de nuestros líderes. Casi todos aquellos hombres que forjaron nuestra gran democracia, fueron esclavistas. Ellos pusieron los nombres república y democracia, pero nunca la tuvimos; ni siquiera ahora.

-Comparados con los líderes de América Latina, los vuestros parecen casi decentes.

HM-Estás bromeando? O eres un cínico? Hace algún tiempo ví en un cuadro enmarcado las fotos de todos los vicepresidentes que hemos tenido, el cual puede haber servido para una exposición de la cursilería, algunos de ellos parecían criminales; otros imbéciles; y los demás simplemente idiotas. Y a decir verdad; los presidentes no parecían mejores.

-Negar que tuvieron algunos presidentes fuera de serie, como Lincoln o Washington tampoco es justo de tu parte.

HM-El nombre de Lincoln es muy reverenciado,aunque, en mi opinión, el fue con mucho el responsable de la guerra interna de secesión, él tuvo el poder para evitar la confrontación entre los del norte y los del sur. Aquella Guerra civil, como casi todas las de su tipo, fue una atrocidad, de la cual el país no se ha recuperado del todo.


Participar en la primera guerra mundial fué, dicho sea con dulzura, un gran desatino. Nada más vean ahora dónde esta aquel gran enemigo de la humanidad. Guerra y Guerra, desde mi más tierna infancia recuerdo todo aquello de la guerra: entre España y Estados Unidos, la guerra ruso-japonesa, Vietnam, y así sin cesar. Como Jean Giono dijo en su libro Refus D’Obeisance (El Rechazo a la Obediencia), el capitalismo se alimenta de guerra, no puede existir sin la guerra.

-Los capitalistas hacen cosas increíbles para la humanidad, como llegar a la luna.

HM-El viaje a la luna llamó por un momento, la atención al público. Sin embargo, hoy existe la sensación de que eso, el experimento, no tenía ningún buen propósito. El Pentágono se encargará de cosechar los beneficios. Muy pronto no habrá necesidad de uniformes, entrenamientos ni disciplinas militares. Nos quedaremos sentados, dondequiera que nos encontremos y desde ahí manipularemos las fuerzas más mortíferas.


Cuando digo que nos estamos yendo por el caño del desague, incluyo a todos nuestros imitadores a lo largo del mundo. Todos vamos a caer juntos. Y de ese holocausto tal vez solo sobrevivirán los primitivos y algunas especies de bestias salvajes. Sólo entonces, posiblemente, podamos ver que emerge una nueva humanidad.

-O sea que en tu opinión, la humanidad no esta en camino hacia tiempos mejores.



HM-No, para nada, nosotros los estadounidenses por ejemplo, desde los primeros tiempos hemos tenido nuestros gángters asesinos y politicos corruptos. Cuándo hubo un tiempo bueno, limpio, feliz? Según mis cuentas, nunca.

-Disculpa Henry, no creo que tu país, domine a todo el mundo por casualidad. No hay nadie capaz?


HM-Nadie, no solo los vicepresidentes fueron un montón de imbéciles y don nadies, sino también casi todo el país. Cuántos grandes escritores, grandes pintores, grandes músicos, hemos producido en estos siglos? Es más fácil acordarnos de haraganes famosos! Hace un tiempo tuvimos el circo de Watergate.


Al observar la reacción de la gente, uno puede suponer que nuestros políticos solo cometen errores triviales y que nunca cometieron ningún crimen. Muchas veces actuamos como si tuviéramos la convicción de que el mal puede ser erradicado de una vez por todas. Cuando Lincoln publicó su proclama de emancipación, pensamos que le habíamos puesto fin a la esclavitud. No habíamos imaginado los ghetos del norte, con problemas raciales más atroces que los del sur. Junto con los esclavos negros creamos también a los blancos, esclavos de la era de la máquina.



-Aún hoy, a pesar de lo que tu dices, cuando Estados Unidos habla todos escuchan.

HM-No creo que nos presten tanta atención, ya que está claro que, con toda nuestra palabrería sobre el progreso, tenemos una mente estrecha, somos prejuiciados y tenemos sed de sangre como siempre ha sido. Sólo con referirnos a la situación militar, especialmente el Pentágono es suficiente para sentir escalofríos. Esta guerra de Vietnam es una vileza, Tamerlane y Atila no son nada comparados con nuestros monstruos de los últimos días, armados con bombas nucleares y de napalm. Si Hitler fué un genocida, que somos nosotros?.



Nosotros hemos estado cometiendo genocidios desde el principio! A la carga con todo aquél que no esté de acuerdo con nosotros! Así ha sido contra indios, negros, y mexicanos. Y de pronto ahí está la televisión y el cine, y ahí está toda la violencia y brutalidad que es parte de nuestro amadísimo “progreso”. Y todavía nos preguntamos por qué, como nación y como pueblo nos estamos desmenuzando.

-Henry amigo mio, sigo insistiendo que los Estados Unidos es el país que hoy por hoy, “exporta” más democracia.y civilización que ningún otro en el mundo.

HM-Me pregunto, seriamente, si hay algo de la “civilización” estadounidense que sea digno de elogio. Y no encuentro nada. Las prisiones son antros de vicios. Las escuelas tienen asentaderas para aprender basura. Hoy los maestros le tiene miedo a los alumnos. Cada quién le teme a algo, en cadena, y así hasta llegar a los gérmenes. Ya se han vuelto muy comunes las conversaciones sobre enfermedades venéreas y la cultura de la droga, entre adolescentes. Igual pasa con la adicción por las drogas y el alcohol.

Somos una nación de adictos. Si hasta la abuelita se emborracha! Corrupción es la palabra que nos califica! Dónde están nuestros héroes? Hay que buscarlos entre los rangos deportivos. Nuestros verdaderos héroes, han sido asesinados y encarcelados.

-Seguramente que tu también tienes tus héroes preferidos.

HM-Como cualquier otra inmundicia, yo también tengo mis héroes, mis ídolos. Ellos forman un abigarrado grupo: John Brown, Ferry Harpers, Aguinaldo, el rebelde Filipino que luchó contra nosotros hasta su muerte; Charlie Chaplin, Martin Luther King, Louis Amstrong, Charles Lindberg, el general Robert E. Lee, Laurel and Hardy y miles más.

-Pero entonces amas a tu país! Ves algo positivo en él? O simplemente lo odias?

HM-Aunque mis palabras puedan sonar amargas y desagradables, yo no odio a los Estados Unidos ni a los estadounidenses. Entre los pueblos civilizados del mundo descubro al estadounidense como el más desosegado, el más insatisfecho, el idiota que puede cambiar al mundo a su imagen y semejanza. En el proceso de mejorar al mundo, como él tontamente lo imagina, lo está envenenando y destruyendo.

El poeta Walt Whitman se dió cuenta de todos esto hace más de cien años; él se refirió a nosostros como una nación de lunáticos. !Walt Whitman bien podría haber sido el más grandioso estadounidense que haya existido! Aquí te repito las propias palabras de Whitman, escritas hace como cien años: “Adelante mis queridos estadounidenses, conduzcan sus caballos más allá, !exicitación! !dinero! !politicos! Abran todas sus válvulas y dejen que prosiga columpiándose y exprimiendo a los demás. Muy pronto ustedes estarán bajo ese momento, que no podrán detener aunque quisieran”



Hay ciertos diálogos cuyas formas exigen la brevedad. Mi primer contacto con un escritor real, cómo Henry, fué intelectualmente valioso, más a nivel personal algo me llevó a dudar. Sospecho que las enseñanzas de mi madre, sobre tener códigos, y nunca fingir imparcialidad, me hizo desconfiar, de los principios de ciertos sajones, y Henry no fué la excepción. Súbitamente, los dos cesamos de hablar.

Mirando su cara avejentada, sentí que la situación se tornaba absurda, y tuve ganas de irme. Henry dándome la espalda se acercó al borde de la terraza, y empezó a orinar hacia la acera. Yo fingí estornudar y toser al mismo tiempo, y decorosamente me puse a orinar a su lado. “Podríamos ser amigos”, me dijo en voz muy baja. Yo asentí. Concentrados y en silencio, continuamos meando.

Néstor Lacorén Green Point, Brooklyn, 18 de Diciembre, 1964


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sábado, 13 de agosto de 2022

Henry Miller: Hay que ser artista para poder hablar contra el arte





Henry Miller, Pablo Picasso y las aguas reverberantes

Traducción: Hernán Mario Cueva



En el dominio del arte, la mayor alegría, el mayor triunfo, se logra cuando, al advertir que se dominan los medios, se los abandona deliberadamente, con la simple esperanza de descubrir una verdad escondida en lo más profundo de uno mismo. Esta liberación de la maestría, que no proviene sino de la más severa disciplina, es como el premio a la paciencia. Entonces, se haga lo que se haga, se diga lo que se diga. se tiene razón y nadie se atreve a criticar. Muy a menudo presiento todo esto al contemplar una obra de Picasso. La gran libertad y la espontaneidad que revela Picasso nos parecen surgir de ese impacto, esa presión, ese sostén de todo su ser que, durante tanto tiempo, estuvo sometido a la disciplina del espíritu. El menor gesto sin valor aparente es tan preciso, tan real, tan válido, como el efecto más estudiado. Tal lo que yo sé y nadie podría convencerme de lo contrario. Picasso, en eso, no hace más que demostrar una sabiduría de la vida que el sabio practica a nivel más alto.




Esta mañana me desperté a las cinco; el cuarto estaba todavía en sombras y yo reposaba tranquilamente, meditando el ensayo que debía escribir cuando me levantara. Pero al mismo tiempo, a medida que la luz aumentaba, observaba, como si me hallara ejecutando un dúo, la lenta metamorfosis de los colores de una pintura mía que se hallaba junto a la cama. Tuve, en ese momento, la extraña sensación de imaginar lo que ocurriría si la luz continuaba aumentando hasta más allá de la plena luz del día. Pensaba tanto en la desconocida gama de colores como de formas ... Y después, ¡qué mundo conjetural exploré! En ese instante pude situarme, por así decir, en un porvenir que acaso se realice alguna vez. Vi no sólo lo que yo quizá pueda hacer un día, sino también (y es lo más importante) que la anticipación es un presagio de la cosa misma. De pronto me di cuenta de lo que había sido mi lucha para expresarme por escrito. Repasé ese período en que las visiones más intensas, más exaltadas, de la palabra escrita o hablada me poseían, aunque precisamente en ese momento yo no pudiera expresarme sino con balbuceos. Hoy comprendo que mi firme deseo fue el único responsable de cualquier progreso que yo pueda haber realizado y de cualquier maestría que yo pueda haber adquirido. La realidad está siempre allí y está precedida por la visión, Y si la mirada se mantiene fija, la visión se cristaliza en hechos o en gestos. Imposible escapar a ello. Poco importa el camino recorrido: tarde o temprano, todos los caminos llevan al final. "Todos los caminos conducen al Cielo", dice el proverbio chino. Si se pudiera plenamente aceptar eso, se llegaría más pronto. No habría que conformarse con el grado de progreso resultante de todos y cada uno de los esfuerzos, sino con concentrarse en mantener la visión bien viva, en conservarla pura e inflexible. El resto no es sino un juego de prestidigitación en la oscuridad, un procedimiento verdaderamente automático, y no menos sonámbulico, pues lo acompañan penas y dolores.




Desde las 23.30 de esta noche me siento en éxtasis por el descubrimiento del color ocre. ¡Maravilloso! Lo pongo en el cielo y obtengo el alba, lo pongo en la hierba y obtengo una luz dorada. Desde el atardecer voy de una acuarela a la otra (idéntico tema, tratamiento diferente). En cada una de ellas hay un árbol (siempre el mismo árbol, como el que puse delante de San Agustín) y agua: ¿charco, arroyo, lago, playa? Y también colinas: tan verdes como las colinas de Irlanda. Me he valido de un verde de vejiga en la creencia de que obtendría un matiz ligeramente dorado; pero obtuve un verde irlandés. Un poquito de azul de Prusia casi en la cumbre de las colinas: relucen con todo el mineral que está oculto en ellas y que custodian los siete enanitos. Al tratar de obtener el reflejo de las colinas en el agua, insistí tanto que ahora el agua contiene toda clase de azules y de verdes. Antes de salir hacia el cine para ver al querido Raimu (única figura humana de la pantalla), di un baño a la más pequeña de las acuarelas. Efecto sorprendente. Y ahora lamento haberla retocado. Todo había tomado un matiz celeste, como al amanecer. En los lugares donde los colores se habían borrado no quedaba ya papel blanco sino algo así como un espacio barrido por el viento donde los colores se hacían esperar aún. Se podía ver que la mano del hombre había pasado por allí: como el soplo de Dios sobre la superficie de las aguas. El árbol había sido deshojado por el frío. Era maravilloso; pero, como un idiota, pensé que todo el mundo podría ver que yo lo había lavado y que no se trataba de un pase de prestidigitación. Finalmente, obtuve una barca, con la forma y el resplandor, de adelante hacia atrás, que eran menester para hacerla flotar con el sol y la marea. En esa pequeña acuarela logré crear la ilusión de dos damitas sin ponerles pelo, ni ojos, ni nariz (por primera vez en mi vida). Esta vez puedes imaginar el rostro de cada una de ellas. Lo sabes: tienen rostro. ¡Un triunfo de primer orden! Pero lo mejor de todo es la tierra: salpicada de ocre, de modo que brilla de manera celestial; y no es tanto la tierra como "esta tierra" de los tiempos fabulosos anteriores a la invención de la máquina. (En las leyendas épicas griegas, cuando se piensa en batallas y en pourparlers entre semidioses, uno se imagina una tierra y un suelo muy diferentes de lo que nos muestran Utrillo y Cezanne, por ejemplo. Sin duda alguna, la tierra era por aquel entonces más dorada. Cuando un hombre se desplomaba, herido, sentía afinidad con esa tierra. No había agujeros de obuses ni espacios de hierba comida o desteñida por los gases. Moría a pleno sol, en una orgía de ocre amarillo, de hierba verde, de amarillo cromo y de tierra oscura. O a la luz de la luna, realmente plateada, que asumía proporciones tremendas. Veía los troncos de los árboles: negros como el carbón y moteados de plata. En el espeso follaje se le ofrecían matices primaverales en los que se distinguían trazas de rojos y naranjas. A veces, mientras se lee un libro, se vuelven a ver todos esos colores. Suele ocurrirme también que los vea en el cine, en un filme en blanco y negro. Esta noche, al ver a Raimu encolerizado, de espaldas a la ventana que daba a la costa, advertí los más maravillosos verdes y amarillos, un follaje como paja y árboles con la corteza lastimada. Y vi el sillón, el canapé y el empapelado de Matisse; entre tanto, los personajes se desplazaban en una dimensión distinta de la del decorado: no obstante sus ademanes violentos y. trágicos, estaban lejos de resultar tan convincentes como el sillón, la ventana entreabierta, las colinas escarpadas, las hojas de palmera semejantes a peces-espada, los olivos esmirriados y la bahía calma y ascendente.




Y te diré algo más curioso aún. Cuando hube realizado las dos terceras partes de mis pinturas regresé al estudio para mirar esa pintura, hecha por un niño, que yo había recortado de un libro. Comprendí enseguida que la criatura sabía de pintura mucho más de lo que yo sabré nunca. Aunque había colocado sobre el lado que no correspondía la sombra del largo cuello de cisne, no había menoscabado para nada la verosimilitud. Cuanto había trazado con su pincel era absolutamente fiel a su visión. A menudo, yo me olvido de poner la sombra: hasta que voy a una galería de pintura y advierto allí que la mayoría de las cosas tienen sombra. El niño tiene clara conciencia del ambiente en el que están inmersos los hombres y las cosas. Los niños grandes como yo, que a menudo no son sino adolescentes de cabeza hueca, olvidan siempre el ambiente, así como los sabios olvidan a los enanos que, según Fred, viven en los metales. Cuando escribo, estoy consciente de todas esas cosas: pero cuando tomo el pincel, la idea de hacer algo me absorbe hasta tal punto que pierdo todo sentido de la realidad. Mis creaciones (si puedo llamarlas así) flotan o se debaten en un vacío sensual. Esta noche me he acercado más que nunca a esa realidad. Y todo por obra del pincel; habitualmente, soy muy impaciente al usarlo. Pensé largamente cada detalle: la sensación de agua, el aspecto de las colinas y dónde y cómo comienza la curva de una barca. Y recordé de qué forma el viento, cuando azota la tierra, aplasta el follaje del árbol, cual si fuera a arrancarlo. Creo que, antes de quedarme sin aliento, logré poner un poco de todo eso en mis dos acuarelas. Sin embargo, cuando las comparo con la obra del niño, distan de ser tan buenas, tan honestas, tan reales como ésta. El niño no ha sumergido sus acuarelas en un baño: de eso estoy seguro. Y el sendero que trazó en el césped es un sendero; el mío apenas si está untado en el suelo. Pero de todos modos doy gracias a Dios por sus atenciones. Las cosas me han salido mejor que nunca y puedo irme a la cama con la conciencia tranquila.




Anoche, antes de dormirme, ordené a mi subconsciente que al despertar recordara el último pensamiento que se me había cruzado por la cabeza. Y resultó: era comunicarte la impresión que me causó un cuadro (de Suzanne Valadon, creo) reproducido en "Paris-Soir". Al mirar esa cabeza me asaltó un pensamiento que se reitera cada vez que estudio cabezas. Era una cabeza que sólo los pintores pueden darnos: no es posible hallar nada semejante ni en literatura ni en escultura.

Era (o es, pues se trata de un fenómeno eterno en pintura) un rostro dictado por la lógica del pincel. De arriba hacia abajo estaba acortado y de un lado a otro, proporcionalmente ensanchado. En las figuras de Braque, esto se aprecia de manera prototípica. Las cabezas son moldeadas por la pintura para adaptarse a las exigencias de la tela. La cabeza se esboza como una escultura, creando así una gracia y una belleza muy diferentes de las que nos son familiares en la vida. Habitualmente, los rasgos tienen la tosquedad de una piedra achatada. Al ver esa cabeza en la columna A Travers les Galeries sentí gran alegría, en parte a causa del reconocimiento de un principio, en parte a causa del descubrimiento de un elemento que por lo general está ausente de mis cuadros. Si hubiera que hacer un rostro semejante a la acuarela, supongo que habría que utilizar un papel humedecido. Tengo la intención, a título de ensayo. de tratar de hacerlo al pastel, utilizando los dedos para lograr esa calidad explosiva de la estructura ósea, las cavidades y las circunvoluciones frontales. Son los alrededores de la mandíbula lo que más me atrae: se trata de algo difícil de describir. pero es como si la mandíbula estuviera situada en el mismísimo fondo de un montículo de carne que va ensanchándose. Lo que me obsesiona es la carnal voracidad de la boca y no la facilidad verbal o los deseos de besar que provoca.





En cierta ocasión, Reichel hizo una al óleo, de estilo alemán medieval, en verde oliva oscuro, y con una carne morena y terrosa que no cesa de atormentarme. El rostro estaba tan extendido que asumía apariencias de batracio. Sin embargo, es un rostro "de todos los tiempos", según tú decías de los caballos de Shakespeare. Hay algo más con respecto a esas cabezas (que yo llamaría "cabezas posmedievales"). Cuando un paisaje les sirve de fondo (siempre tengo la impresión de que eso las realza asombrosamente: como si se quisiera mostrar L'Homme dominant la Nature, el rostro refleja instintivamente las curvas y los ritmos de la naturaleza. La cabeza de los tiempos modernos, absolutamente aislada, da miedo, pues no pertenece al Hombre, carece totalmente de relaciones. Es el símbolo del cerebro trabajando en el vacío. Ello basta para justificar tu admiración por ese pintor francés cuyo nombre se me olvida, ¡ése que acabó pintando con un muñón! (Renoir). Todas sus mujeres tienen esa calidad de la que hablo. Con las mujeres de Picasso llegamos a las flores de la edad de la máquina: aún cuando ellas pertenezcan a la época "clásica" del pintor. Sus macizas madonas son las aves rapaces del espacio. Y hete aquí que ahora él les acuerda un perfil con ojos dobles. Ignoro la razón plástica o estética para esas apariciones, pero creo entrever su razón metafísica: sus mujeres, nuestras mujeres, no tienen, por así decirlo, cuerpo "celestial". Puesto que son íntegramente físicas, se tornan síntesis atómicas, intangibles conglomerados de electrones, carentes de dimensiones reales. Labradas con hacha se diría, no por ello son menos impalpables y sin substancia. Los planos descubiertos por Cezanne se metamorfosean en abstracciones de carnes einsteinianas. Sin parte delantera, sin parte posterior, carecen también, claro está, de laterales. Dalí caía siempre hasta la tubería interior. Picasso, más escorpiano, busca un substrato más sólido, pero le gusta alcanzarlo a golpes de hacha, lo mismo que un loco: sus figuras no se yerguen sino sobre un plano, un plano de cartón-piedra. Y tan acostumbrados estamos a esa verdad de cartón-piedra que ya no vemos allí nada anormal. Pero basta tomar un poco de distancia y mirar con los ojos de un Renoir para comprobar la enorme diferencia.

Esto es, por el momento, cuanto tengo que decir acerca de los rostros "ensanchados". Salgo enseguida a dar un paseo por el parque Montsouris, para estudiar el lago, los cisnes y el césped.




Mientras me paseaba por el bulevar Saint Michel, estudié las reproducciones exhibidas en los escaparates: más que nada, las órbitas y los labios. Me topé con un hermoso conjunto de mujeres de Renoir y descubrí esa boca sonriente, de comisuras ascendentes, que realza la redondez de todos sus rostros de mujeres. La boca como vagina. ¡Decididamente, son bocas-Renoir! Y paso a los rostros antiguos: de todas las escuelas y de todas las edades. Estudio el modelado de muchos modernos: el autorretrato de Cezanne, esa cabeza jibosa, con un mechón casposo que cae sobre el grasiento abrigo negro.... un retrato repelente desde cualquier punto de vista. Es ridículo hacer retratos que tengan tan poco carácter y con tales atavíos. Sin embargo, las órbitas me interesan. De técnica muy simple (lo que no me impide fracasar cada vez que intento pintarlas). En esta ocasión fui un poco más lejos: vi que esos juegos de sombras descendían hasta el globo del ojo o, por lo menos, hacia la cuenca. Al volver a casa, en subterráneo, iba tan absorbido por esa carne que cubre la órbita, que me pasé de estación ... Hay varias partes del rostro humano que también son misteriosa y sensualmente fascinantes: el hundimiento de la base de la nariz, la parte que está por debajo de la nariz, el lóbulo de la oreja ... Si uno se concentra en eso, se pierde en la introspección. La carne que hay por debajo de la ceja de una mujer puede resultar cautivante. ¡Cuánto lugar ocupa el ojo!. Dicho sea de paso, acabo de advertirlo. De ahora en adelante daré más importancia a la órbita. Observo asimismo, en mis exámenes microscópicos, que cuanto menos se toque la oreja mejor es. Todo e! color, tan vivido, del rostro, muere en los múltiples recovecos de la oreja, y a menos que se elijan cuidadosamente los colores, la oreja se torna monstruosa. El matiz mismo de la sangre, ese matiz en reflujo, por así decirlo, parece concentrarse en el lóbulo de la oreja. ¿No es cierto?

Deducción trivial: pero más vale tarde que nunca. Y entonces, al pensar en las incontables maneras de pintar un rostro, me pregunto si nunca te habrá dado vueltas en la cabeza la idea de dar charlas sobre los rasgos de una fisonomía, comparar e! punto de vista de uno con la técnica de otro. Las bocas de Da Vinci con las de Rubens, Renoir, Cezanne, Picasso, etcétera. Los ojos de Boticelli con los de Cimabue, Giotto o Van Gogh. Quién sabe qué podría decirse sobre el tema concentrándose en un rasgo aislado del rostro y disecándolo, en vez de considerar la expresión, que es una cualidad del alma y, a la postre, imposible de analizar. Con los escritores es distinto: estoy siempre consciente de los trucos de cada uno, se trate de gesto, conversación, ensueño, exclamación, etcétera. El tartamudeo de Herr Peeper Korn, pongamos por caso. ¡Qué trabajo monumental! ¡El sentido último del tartamudeo! Como si Thomas Mann, al esculpir esa figura humana, no se hubiera concentrado en ese detalle sino para revelarnos mejor el secreto del carácter del hombre.

Sí: ¡me gustaría oírte dar una charla sobre el rostro! Me pregunto si antes que yo, otros se han sentido cautivados por las órbitas y los lóbulos. Sin duda.




Balzac dice en algún sitio, creo que a George Sand, que escribió tales y cuales malos libros: uno para aprender francés, otro para estudiar el arte de la descripción, el de más allá para aprender a manejar el diálogo. Sin duda algunos anatomistas como Rembrandt, Rafael y Rubens deben haber disecado a menudo la figura humana para poder observar durante mucho tiempo nada más que un detalle que les estorbaba y los intrigaba. Basta con concentrarse de esa manera y los descubrimientos, que se logran no cesan de asombrarnos. Lo sabes bien: hay ciertas cosas que uno puede estar mirándolas toda la vida sin verlas jamás. Tal manera de ver; es, en cierto sentido, un no ver, ¿comprendes lo que quiero decir? Se trata de una búsqueda en la cual, vendados los ojos, no se desarrollan sino los sentidos táctiles, olfativos y auditivos; y siempre ocurre así cuando se ve por primera vez. Y entonces, un día, por extraño que pueda parecer, uno ve de pronto en qué consiste, por ejemplo, un coche. Se ve el coche, en el coche y no ya ese clisé que uno se había habituado a considerar un coche por el resto de sus días, simple comodidad para ahorrar tiempo. Para un artista, el desarrollo de esa facultad en el dominio que fuere es lo que detiene la aguja más larga y le permite vivir plena y libremente. No sigue ya a la muchedumbre y "crea el tiempo que le es necesario para ver lo que lo rodea. Si continuara avanzando con los demás, proseguiría con ellos sordo y mudo. Es esa detención voluntaria lo que le acuerda ese movimiento celestial que le permite ver, sentir, oír, reflexionar, ¿no crees?.

dijo Henry miller




Hay un cuento de meadero que podría aplicarse a mi. Se trata de un profesor universitario que sale de un mingitorio en el momento en que otro se dispone a entrar. Cuando los dos se cruzan, el que entra observa que el primero tiene un lápiz en la mano. "¡Ajá!", le dice: "¿así que usted es de ésos que escriben en las paredes de los urinarios?" Y el otro responde: "¡Oh, no! Yo me limito a corregir las faltas de ortografía."

... no estoy de acuerdo con esos intelectuales y críticos puntillosos que pretenden que en materia de literatura erótica, el lector debe mantenerse perfectamente impasible y al margen de todo pensamiento impuro. ¿Por qué diablos un lector no habría de tener pensamientos impuros?...

Podría perfectamente reprochárseme que exagero la importancia de la libertad del individuo. Personalmente, pienso que he devuelto a la sexualidad su justo lugar en la literatura, salvado ese factor esencial de la existencia del olvido, por decirlo así. La obscenidad como la sexualidad, tiene en la literatura un lugar que le corresponde por derecho, con los mismos títulos que en la vida.

La primera vez que leí a Freud, hace treinta o treinta y cinco años, lo encontré muy estimulante. Todo el mundo, yo incluido, sufría su influencia. Pero hoy en día no me interesa para nada. Al escritor le conviene retozar donde más le plazca: todo lo que constituye un aporte importante para un artista no puede dejar de ser, para él, un alimento. Pero lo que se refiere al análisis freudiano me aburre hoy casi tanto como hablar de los analistas, que son personas a las que hallo mortalmente aburridas.

La virtud particular del artista consiste en ser, a la vez, observador y partícipe. Yo no atravieso la existencia como un escritor ocupado en tomar notas mentalmente o en una libreta, aunque tengo conciencia de que siempre pienso utilizar ciertas cosas en el futuro No puedo impedirlo, está en mi naturaleza. Pero no afronto la realidad con el espíritu y el desapego de un investigador. Cuando participo, lo hago como ser humano. Sucede que soy, simplemente, más consciente de lo que ocurre con la mayoría de la gente.

Sólo un hombre que se ha bañado en arte, si se me permite decirlo así, puede ver defectos en el arte. Hay que ser artista para poder hablar contra el arte.

... nada es eterno, excepto el ciclo sin fin de la creación y de la destrucción, ciclo en el cual usted y yo y cada uno de nosotros deja, para lo mejor o para lo peor, su propia marca, única pero infinitesimal. Después de todo, no somos sino hombres y mujeres, y el más bajo no es muy distinto del más encumbrado. Ser humano, verdaderamente humano, es suficiente para mí.



Fragmentos de entrevista a Henry Miller publicada en "Playboy" en setiembre de 1964.

Tomado de Mágicas ruinas


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Entrada actualizada el 13/11/2022.




sábado, 19 de marzo de 2022

"la muerte creadora" en "La sabiduría del corazón" de Henry Miller.


Henry Miller.




"la muerte creadora"
por Henry Miller.
      

La sabiduría del corazón, Buenos Aires, Sur, 1966.


"No quiero que el Destino o la Providencia me traten bien. Soy esencialmente un luchador." Lawrence escribió esto hacia el final de su vida, pero decía ya al comienzo de su carrera: "Tenemos que odiar a nuestros predecesores inmediatos para liberarnos de su autoridad".
 
Los hombres a quienes debía todo, los grandes espíritus de quienes se alimentaba y nutría, a quienes tuvo que rechazar para afirmar su propia fuerza, su propia visión ¿acaso no eran como él hombres que iban a la fuente? ¿No los animaba a todos ellos la idea que Lawrence proclamó una y otra vez: que el sol no envejecería nunca, ni la tierra se tornaría jamás estéril? ¿Acaso no eran, todos ellos, en su búsqueda de Dios, de esa "guía que falta dentro de los hombres", víctimas del Espíritu Santo? 

D. H. Lawrence en Mexico en 1923.



¿Quiénes fueron sus predecesores? ¿Con quiénes reconoció estar en deuda, reiteradamente, antes de ridiculizarlos y desenmascararlos? Con Jesús, desde luego, y con Nietzsche, y Whitman, y Dostoiewsky. Con todos los poetas de la vida, los místicos, que al censurar la civilización fueron quienes más aportaron al engaño de la civilización. 

Dostoiewsky tuvo una tremenda influencia sobre Lawrence. De todos sus antecesores, incluido Jesús, el que le resultó más difícil de quitarse de encima, de superar, de "trascender", fue Dostoiewsky. Lawrence siempre había considerado al sol como origen de la vida, y a la luna como símbolo del no-ser. La Vida y la Muerte: constantemente tuvo ante sí estos dos polos, como un marinero. "Quien más se acerque al sol", decía, "será conductor, aristócrata de aristócratas. O quien, como Dostoiewsky, más se acerque a la luna de nuestro no-ser". Los intermedios no le interesaban. "Pero el ser más poderoso", concluye, "es aquel en camino hacia la floración todavía desconocida". Veía al hombre como un fenómeno estacional, una luna creciente y menguante, una semilla brotada de la oscuridad original para volver a ella. La vida breve, transitoria, eternamente fija entre los dos polos del ser y el no-ser. Sin la guía, sin la revelación, no hay vida sino sacrificio a la existencia. Interpretaba la inmortalidad como ese deseo vano de existencia sin fin. Esta muerte viviente era para él el Purgatorio en el cual el hombre lucha incesantemente. 

Por extraño que parezca hoy decirlo, la finalidad de la vida es vivir, y vivir significa estar consciente, gozosamente, ebria, serena, divinamente consciente. En ese estado de conciencia divina, se canta; en ese reino el mundo existe como poema. Sin por qué ni por lo tanto, sin dirección, sin meta, sin lucha, sin evolución. Como al chino enigmático, lo arrebata a uno el espectáculo siempre cambiante de los fenómenos pasajeros. Ése es el estado sublime a-moral, del artista, de quien vive sólo en el momento, el momento visionario de lucidez total, previsora. Una cordura tan diáfana, tan álgida, que parece locura. Mediante la fuerza y el poder de la visión del artista, se destruye ese todo sintético que se llama el mundo. El artista nos devuelve un universo vital, que canta, vivo en todas sus partes. 

En cierto modo, el artista siempre obra contra el movimiento tiempo-destino. Siempre es a-histórico. Acepta el Tiempo absolutamente, como dice Whitman, en el sentido de que cualquiera sea la forma en que gire (con la cola en la boca) es un rumbo; en el sentido de que un momento, todo momento, puede ser la totalidad; para el artista no hay más que presente, el eterno aquí y ahora, el momento infinito que se ensancha y es llama y canto. Y cuando logra establecer este criterio de experiencia apasionada (que es lo que significa el "obedecer al Espíritu Santo" de Lawrence), entonces, y sólo entonces, afirma su calidad de hombre. Sólo entonces encarna su pauta de Hombre. Obediente a todo impulso, sin distinción de moral, ética, ley, costumbre, etc. Se abre a todas las influencias, todo lo nutre. Todo es jugo para él, hasta lo que no comprende; en particular lo que no comprende. 

Esa realidad final que el artista llega a admitir en su madurez es ese paraíso simbólico del vientre, esa "China" que los psicólogos alojan en algún punto entre la conciencia y el inconsciente, y la unión con la naturaleza, la seguridad y la inmortalidad prenatales de las cuales ha de arrebatar su libertad. Cada vez que nace espiritualmente sueña con lo imposible, lo milagroso; sueña con poder quebrar la rueda de la vida y la muerte, evitar la lucha y el drama, el dolor y el sufrimiento de la vida. Su poema es la leyenda en la cual se refiere los misterios del nacimiento y la muerte; su realidad, su experiencia. Se entierra en su tumba de poema para lograr esa inmortalidad que se le niega como ser corporal. 

La China es una proyección hacia el dominio espiritual de su condición biológica de no-ser. Ser es tener forma mortal, atributos mortales, es luchar, evolucionar. El Paraíso es, como el sueño de los budistas, un Nirvana donde ya no hay personalidad y, por lo tanto, no hay conflicto. Es la expresión del deseo del hombre de triunfar sobre la realidad, sobre la transformación. El sueño del artista que sueña lo imposible, lo milagroso, es simplemente resultado de su incapacidad de adaptarse a la realidad. Por lo tanto, crea una realidad propia -en el poema-, una realidad adecuada a él, una realidad en la cual puede vivir sus anhelos inconscientes, sus deseos, sus sueños. El poema es el sueño hecho carne, en dos sentidos: como obra de arte, y como vida, que es obra de arte. Cuando el hombre llega a ser plenamente consciente de su fuerza, su papel, su destino, es artista, y desiste de su lucha contra la realidad. Se convierte en traidor de la raza humana. Engendra la guerra porque ha llegado a estar en permanente desacuerdo con el resto de la humanidad. Se sienta en el escalón del vientre de su madre con sus recuerdos de casta y sus anhelos incestuosos, y se niega a moverse. Vive cabalmente su sueño del Paraíso. Transmuta su experiencia real de la vida en ecuaciones espirituales. Desdeña el alfabeto corriente, que a lo sumo puede dar una gramática del pensamiento, y adopta el símbolo, la metáfora, el ideograma. Escribe en chino. Crea un mundo imposible valiéndose de una lengua incomprensible, un engaño que encanta y esclaviza a los hombres. No es que sea incapaz de vivir. Al contrario, su gusto por la vida es tan poderoso, tan voraz, que lo obliga a matarse una y otra vez. Muere muchas veces a fin de vivir innumerables vidas. Así se venga de la vida y adquiere su poder sobre los hombres. Crea la leyenda de sí mismo, la mentira dentro de la cual se constituye en héroe y dios, la mentira por la cual triunfa sobre la vida. 

Tal vez una de las mayores dificultades de la lucha con la personalidad de un creador radica en la profunda oscuridad en que se alberga, a sabiendas o no. En el caso de un hombre como Lawrence, nos hallamos ante alguien que exaltó la oscuridad, ante un hombre que encumbró al máximo esa fuente y manifestación de toda vida, el cuerpo. Todo esfuerzo por aclarar su doctrina implica una vuelta a los problemas eternos, fundamentales, que le hicieron frente, y una renovada lucha con ellos. Lawrence constantemente lo lleva a uno a la fuente, al centro mismo del cosmos, a través de un laberinto místico. Su obra es enteramente símbolo y metáfora. El Fénix, la Corona, el Arcoiris, la Serpiente Emplumada, todos estos símbolos están centrados en la misma idea obsesiva: la resolución de dos opuestos en forma de misterio. A pesar de la progresión de un plano conflictual a otro, de un problema vital a otro, el carácter simbólico de su obra se mantiene constante e inmutable. Es hombre de una idea: que la vida tiene una significación simbólica. Es decir, que vida y arte son uno. 

En su elección del Arcoiris, por ejemplo, se manifiesta su intento de exaltar la eterna esperanza del hombre, en la cual se apoya su justificación como artista. En todos sus símbolos, el Fénix y la Corona particularmente, pues estos fueron sus símbolos primeros y más eficaces, observamos que sólo estaba dando forma concreta a su verdadera naturaleza: ser artista. Porque el artista que hay en el hombre es el símbolo imperecedero de la unión entre sus yoes conflictuales. Hay que dar un sentido a la vida por el hecho evidente de que carece de sentido. Hay que crear algo, como intermedio curativo y estimulante, entre la vida y la muerte, porque la conclusión a que apunta la vida es la muerte, y el hombre instintiva y persistentemente cierra los ojos ante ese hecho concluyente. El sentido del misterio, que se halla en el fondo de todo arte, es la amalgama de todos los terrores innominados inspirados por la realidad cruel de la muerte. Entonces hay que vencer a la muerte, o disimularla, o cambiarla. Pero en el intento de derrotar a la muerte el hombre inevitablemente se ha visto el ligado a derrotar a la vida, pues las dos están inextricablemente relacionadas. La vida marcha hacia la muerte, y negar la una significa negar la otra. El firme sentido del destino que revela todo creador se apoya en su conciencia de la meta, en esa aceptación de la meta, ese marchar hacia una fatalidad, igual a las fuerzas inescrutables que lo animan y lo empujan. 

La historia toda es el testimonio del fracaso insigne del hombre en desbaratar su destino; dicho con otras palabras, el testimonio de los pocos hombres de destino que, por haber reconocido su papel simbólico, hicieron la historia. Todos los engaños y evasiones de que el hombre se ha alimentado -la civilización, en suma- son fruto del artista creador. La naturaleza creadora del hombre es la que se ha negado a dejarlo caer en esa unidad inconsciente con la vida que caracteriza al mundo animal del cual el hombre se ha zafado. Así como el hombre reconstruye las etapas de su evolución física en su vida embrionaria, así también, al ser lanzado fuera del vientre, repite, en el transcurso de su desarrollo de la niñez a la ancianidad, la evolución espiritual del hombre. En la persona del artista se recapitula toda la evolución histórica del hombre. Su obra es una gran metáfora, que revela mediante la imagen y el símbolo todo el ciclo del desarrollo cultural a través del cual ha pasado el hombre desde el ser primitivo hasta el ser civilizado infructuoso. 

Cuando ahondamos en las raíces de la evolución del artista, redescubrimos en su ser las diversas encarnaciones o aspectos de héroe con que el hombre siempre se ha representado a sí mismo: rey, guerrero, santo, mago, sacerdote, etc. El proceso es largo y tortuoso. Todo él es una conquista del miedo. La interrogación por qué lleva a la interrogación adónde y cómo. La huida es el deseo más profundo. Huida de la muerte, del terror innominado. Y la forma de huir de la muerte es huir de la vida. Esto lo ha manifestado siempre el artista a través de sus creaciones. Al vivir adentrado en su arte adopta como mundo un reino intermedio dentro del cual él es todopoderoso, un mundo dominado y regido por él. Ese mundo intermedio del arte, ese mundo en el cual se mueve como héroe, sólo ha sido factible debido al más profundo sentido de frustración. Paradójicamente, surge de la falta de fuerza, de la sensación de incapacidad para oponerse al destino. 

Esto, entonces, es el Arcoiris, el puente que el artista tiende sobre el abismo de la realidad. El brillo del Arcoiris, la promesa que anuncia, es el reflejo de su creencia en la vida eterna, su creencia en el nacimiento perpetuo, la juventud, la virilidad, la fuerza continuas. Todos sus fracasos son nada más que el reflejo de sus choques humanos y débiles con la realidad inexorable. El motivo es el impacto dinámico de una voluntad que conduce a la destrucción. Porque con cada fracaso real recae con mayor intensidad en sus ilusiones creadoras. Todo su arte es el esfuerzo patético y heroico por negar su derrota humana. En su arte logra un triunfo real, puesto que no es un triunfo ni sobre la vida ni sobre la muerte. Es un triunfo sobre un mundo imaginario creado por él mismo. El drama está enteramente en el dominio de la idea. Su guerra con la realidad es reflejo de la guerra que se libra dentro de él mismo. 

Así como el individuo, cuando llega a la madurez, la revela aceptando la responsabilidad, así también el artista, cuando reconoce su verdadera naturaleza, su papel predestinado, está obligado a aceptar la responsabilidad de la hegemonía. Se ha conferido a sí mismo poder y autoridad, y debe obrar consecuentemente. No puede tolerar nada más que los dictados de su propia conciencia. Así, al aceptar su destino, acepta la responsabilidad de prohijar sus ideas. Y así como los problemas con que tropieza cada individuo son únicos para él, así también las ideas que germinan en el artista son únicas y han de ser vividas. El artista es el signo del Hado en sí, el signo mismo del destino. Porque cuando por vivir su lógica de sueño se realiza mediante la destrucción de su propio yo, está encarnando para la humanidad el drama de la vida individual que, para probarse y experimentarse, ha de admitir la disolución. Pero a fin de lograr su propósito, el artista está obligado a retirarse, a apartarse de la vida utilizando sólo la experiencia suficiente como para ofrecer el sabor de la lucha real. Si elige vivir anula su naturaleza propia. Tiene que vivir vicariamente. Para poder desempeñar así el monstruoso papel de vivir y morir incontables veces, según la medida de su capacidad para la vida. 

En cada nueva obra el artista vuelve a representar el espectáculo del sacrificio del dios. Porque detrás de la idea del sacrificio está la idea esencial del sacramento: se mata a la persona que encarna el gran poder a fin de que su cuerpo sea consumido y se redistribuyan los poderes mágicos. El odio al dios es el más fundamental del culto al dios: se basa en un deseo primitivo de conseguir el poder misterioso del hombre-dios. En ese sentido pues, el artista siempre es crucificado: para ser devorado, para ser despojado del misterio, para quitarle su poder y su magia. La necesidad del dios es este anhelo de una vida mejor: es lo mismo que el anhelo de muerte. 

Se puede representar al hombre como un árbol sagrado de la vida y la muerte, y si además consideramos que ese árbol representa no solamente al hombre individual sino a todo un pueblo, a una cultura íntegra, tal vez empecemos a percibir la relación íntima entre la aparición del tipo de artista dionisiaco y el concepto del cuerpo sagrado. 

Y siguiendo con la imagen del hombre como árbol de la vida y la muerte, bien puede comprenderse cómo los instintos vitales, impulsando al hombre a expresarse cada vez más por medio de su mundo de forma y símbolo, por medio de su ideología, por último lo obligan a prescindir de los aspectos puramente humanos, relativos, fundamentales de su ser -de su naturaleza animal, de su mismo cuerpo humano-. El hombre trepa por el tronco del vivir para dilatarse en un florecimiento espiritual. Desde un microcosmo insignificante, pero recién separado del mundo animal, el hombre con el tiempo se extiende sobre los cielos bajo la forma del gran anthropos, el hombre mítico del zodiaco. El propio proceso de diferenciación del mundo animal al cual pertenece todavía hace que cada vez vaya perdiendo más de vista su humanidad total. Sólo en los límites últimos de la facultad creadora y cuando su mundo de formas no puede ya tomar mayores dimensiones arquitectónicas, comienza a comprender de pronto sus "limitaciones". Entonces lo asalta el miedo. Es entonces cuando verdaderamente experimenta la muerte -la gusta de antemano, por así decir-. 

Entonces los instintos vitales se convierten en instintos mortales. Lo que antes parecía todo libido, impulso incesante de creación, ahora se ve que encierra otro principio: la admisión de los instintos de muerte. Sólo en la cima de la expansión creadora llega a humanizarse verdaderamente. Entonces siente las raíces profundas de su ser, en la tierra. Enraizado. La supremacía y la gloria y la magnificencia del cuerpo se afirman por fin con toda su energía. Sólo entonces asume el cuerpo su carácter sagrado, su verdadero papel. La triple división de cuerpo, mente, alma, se torna unidad, trinidad sagrada. Y con ella viene la comprensión, de que no puede exaltarse un aspecto de nuestra naturaleza sobre los demás, salvo a expensas de alguno de ellos. 

Lo que llamamos sabiduría de la vida llega aquí a su apogeo- cuando se adivina ese carácter fundamental, sagrado del cuerpo-. En las ramas más altas del árbol de la vida se marchita el pensamiento. La grandiosa florescencia espiritual en virtud de la cual el hombre se elevó a proporciones de dios, perdiendo así contacto con la realidad -porque él mismo era la realidad-, ese gran florecimiento de la Idea se convirtió entonces en una ignorancia que se expresa como el misterio del Soma. El pensamiento vuelve a recorrer el tronco religioso que lo ha sostenido y, ahondando en las raíces mismas del ser, redescubre el enigma, el misterio del cuerpo. Redescubre el parentesco entre la estrella, la bestia, el hombre, la flor, el cielo. Una vez más se advierte que el tren o del árbol, la columna misma de la vida, es la fe religiosa, la aceptación de la propia naturaleza arbórea -no un anhelo de alguna otra forma de ser-. Esta aceptación de las leyes del propio ser es la que preserva los instintos esenciales de la vida, aun en la muerte. En el ascenso, el imperativo, la obsesión única, era el aspecto individual del propio ser. Pero una vez en la cima, cuando se han sentido y percibido los límites, se revela la gran perspectiva y se reconoce la semejanza de los seres circundantes, la interrelación de todas las formas y leyes del ser -la afinidad orgánica, la totalidad, la unidad de la vida-.
De modo que el tipo más creador -el tipo de artista individual- que más alto ha brotado y con mayor diversidad de expresión, tanto que parecía "divino', ese tipo creador de hombre, para conservar en él los elementos mismos de la creación, tiene pues que convertir la doctrina, o la obsesión de individualidad, en una ideología común, colectiva. Ése es el verdadero sentido del Maestro-Modelo, de las grandes figuras que han dominado la vida humana desde el principio. Al llegar a la cumbre más alta de su floración, no han hecho más que recalcar su humanidad común, su innata, enraizada, ineludible calidad de humanos. Su aislamiento, en las alturas del pensamiento, es lo que les causa la muerte. 

Cuando consideramos una figura olímpica como Goethe, vemos un árbol humano gigantesco que no afirmó otra "meta" excepto el despliegue de su propio ser, excepto la obediencia a las leyes orgánicas profundas de la naturaleza. Eso es sabiduría, la sabiduría de un espíritu maduro en la cumbre de una gran Civilización. Es lo que Nietzsche llamaba la fusión de dos corrientes divergentes en un ser: el tipo soñador apolíneo y el dionisiaco extático. Tenemos en Goethe la imagen del hombre encarnado con la cabeza en las nubes y los pies bien plantados en el suelo de la raza, la cultura, la historia. El pasado, representado por el suelo histórico, cultural; y el presente, representado por las condiciones cambiantes del tiempo que componen su clima mental; se nutrió tanto del pasado como del presente. Fue profundamente religioso sin necesidad de adorar a un dios. Se había hecho un dios. En esta imagen del Hombre ya no cabe el conflicto. Ni se sacrifica él al arte, ni sacrifica el arte a la vida. La obra le Goethe, que fue una gran confesión -"huellas de la vida", decía él -es la expresión poética de su sabiduría, y salió de él como cae de un árbol una fruta madura. Ninguna situación era demasiado noble para sus aspiraciones, ningún detalle demasiado insignificante para su atención. Su vida y su obra asumieron proporciones grandiosas, una amplitud y majestad arquitectónicas, porque tanto su vida como su obra tenían la misma base orgánica. Con excepción de da Vinci, él es quien más se acerca al ideal de hombre-dios de los griegos. En él se dieron el ocio y el clima más favorables. Tenía sangre, raza, cultura, tiempo: todo. Y todo lo alimentaba. 


En ese momento excelso en que aparece Goethe, en que el hombre y la cultura están en la cúspide, todo el pasado y el futuro se despliegan. Allí se entrevé el final; en adelante el camino desciende. Después del olímpico Goethe aparece la raza dionisíaca de artistas, los hombres de la "época trágica" que profetizó Nietzsche y de los cuales él mismo fue ejemplo magnífico. La época trágica, en que se siente con fuerza nostálgica todo lo que más está negado para siempre. Otra vez se revive el culto del Misterio. El hombre debe volver a representar una vez más el misterio del dios, el dios cuya muerte fecunda ha de redimir y purificar al hombre de la culpa y el pecado, ha de liberarlo de la rueda del nacimiento y el devenir. El pecado, la culpa, la neurosis, todos son una y la misma cosa, el fruto del árbol de la ciencia. El árbol de la vida se torna así en árbol de la muerte. Pero es siempre el mismo árbol. Y de este árbol de la muerte es de donde ha de volver a surgir la vida, de donde la vida tiene que renacer. Lo cual, como lo atestiguan todos los mitos del árbol, es precisamente lo que ocurre. "En el momento de la destrucción del mundo", dice Jung, refiriéndose a Ygdrasil, el fresno del mundo, "ese árbol se convierte en la madre tutelar, el árbol de la muerte y la vida, preñado.". 




En este punto del ciclo cultural de la historia es cuando tiene que aparecer la "transvaluación de todos los valores". Es la inversión de los valores "espirituales", de todo un completo de valores reinantes. El árbol de la vida conoce entonces su muerte. El arte dionisiaco de los éxtasis reafirman entonces sus derechos. Sobreviene el drama. Reaparece lo trágico. Gracias a la locura y el éxtasis se representa el misterio del dios, y en los celebrantes ebrios se despierta el deseo de morir -morir creadoramente-. Es la conversación de ese mismo instinto vital que impulsó el árbol del hombre hasta su expresión plena. Es salvar al hombre del temor a la muerte para que pueda morir. 

Avanzar hacia la muerte. No retroceder hacia el vientre. Salir de las arenas movedizas, del flujo estanco. Es el invierno de la vida, y nuestro drama consiste en alcanzar un espacio firme para que la vida pueda avanzar de nuevo. Pero ese espacio firme sólo puede procurarse sobre los cadáveres de quienes están deseosos de morir. (*)









 
(*) Fuente: Henry Miller, La sabiduría del corazón, Buenos Aires, Sur, 1966. 

Tomado de DDOOSS



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Entrada actualizada el 13/11/2022.