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viernes, 25 de mayo de 2018

Las migrañas por W. H. Auden




De izquierda a derecha: Oliver Sacks en 1964, la portada de su libro Migrañas y W.H.Auden.

Estimados Amigos


Hoy tenemos el gusto de hacerles llegar un texto de W.H. Auden sobre las migrañas y que formó parte de Migraña el libro de Oliver Sacks.


Deseamos disfruten del texto.



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W. H. Auden


Ofrecemos un texto singular de Wystan Hugh Auden, a quien Joseph Brodsky —que acaba de morir y de quien incluimos un poema en este mismo número— consideraba “el más grande poeta del siglo XX”. Además de sus virtudes literarias, este ensayo contiene un señalamiento médico incuestionable: Ios pacientes de migraña han sido “investigados, drogados, pero no oídos”.

W. H. Auden murió en 1973. “Migrañas” aparece en la antología 30 Years of The New York Review of Books, y fue originalmente un comentario al libro Migraine de Oliver Sacks (University of California Press 1971).

En la sombra, lejos de la luz del día,
La melancolía suspira sobre la cama triste,
El dolor a su lado, y la migraña en su cabeza.
—Pope



Joseph Brodsky

EI propósito principal del Dr. Sacks al escribir este libro fue sin lugar a dudas iluminar a sus colegas acerca de una queja sobre la que saben muy poco. Como dice el Dr. Goody en el prólogo:

La actitud general que los médicos tienen hacia la migraña ve en esta dolencia sólo una forma de cefalea, que no incapacita y que ocupa más tiempo profesional del que merece… El doctor, esperando no estar de guardia la próxima vez que el paciente busque ayuda, se limitará a recetar algunas tabletas y a repetir el tan común como poco elegante cliché que aconseja “a aprender a vivir con esto” … Muchos médicos no ocultan su satisfacción cuando un paciente, desesperado, acude a la medicina experimental o alternativa, y casi apuestan que los resultados serán además de desastrosos, muy caros.

Estoy seguro de que cualquier persona que tenga un mínimo de interés en la relación entre el cuerpo y la mente encontrará, como yo, fascinante este libro, a pesar de que no lo entienda todo.

Se ha estimado que la migraña aflige al diez por ciento de la raza humana, y el porcentaje puede ser más alto aún, ya que, probablemente, sólo aquellos que sufren ataques severos acuden al médico. Aunque uno haya tenido la buena fortuna de no haber experimentado nunca un ataque, como es mi caso, siempre sabemos de un pariente o un amigo que sí los ha padecido, de tal manera que podemos comparar las características y síntomas de un paciente migrañoso con las detalladas descripciones del Dr. Sacks.

A diferencia de las enfermedades contagiosas y las patologías genéticas como la hemofilia o la histeria, la migraña es ejemplo clásico de una enfermedad psicosomática en donde los factores fisiológicos y psicológicos juegan un papel equivalente. Podemos decir que como organismos biológicos los hombres somos prácticamente lo mismo, es decir, nuestros cuerpos tienen un repertorio limitado de síntomas. Esto hace posible diagnosticar un caso de migraña y distinguirla de, digamos, la epilepsia o el asma. Pero como somos personas conscientes que podemos decir “yo”, cada uno de nosotros es único. Esto significa que no hay dos casos idénticos de migraña; un tratamiento que tiene éxito con un paciente puede fallar con otro.

Una migraña es un evento físico que también puede ser desde su origen, o después, un evento emocional o simbólico. Una migraña expresa necesidades fisiológicas y emocionales: es el prototipo de una reacción psicofisiológica. De ahí que el entendimiento de este mal deba basarse, simultáneamente, en la neurología y en la psiquiatría. Finalmente, no se puede concebir la migraña como una reacción exclusivamente humana, debe ser considerada como una forma de reacción biológica hecha a la medida de las necesidades y del sistema nervioso de los hombres.

La primera parte del libro del Dr. Sacks consiste en una serie de observaciones clínicas detalladas. Distingue entre tres tipos de migraña, la migraña común, llamada también “dolor de cabeza”, migraña clásica, en la que, como en los ataques epilépticos, aparece frecuentemente una distorsión del campo visual, y la neuralgia migrañosa o migraña intermitente, llamada así porque los ataques son continuos y separados por intervalos breves. Aunque encuentro estas descripciones muy interesantes, no me siento calificado para discutirlas.

Mencionaré, sin embargo, dos curiosas observaciones que hace el Dr. Sacks. Nos dice que la “Nightmare Song” en Iolanthe hace referencia a no menos de doce síntomas de la migraña, y que las visiones de la monja medieval Hildegard de Bingen eran claramente auras visuales causadas por la migraña clásica.


La segunda parte está dedicada a responder dos preguntas: ¿qué circunstancias liberan un ataque de migraña?, y ¿existe una personalidad específica para el paciente migrañoso? Las evidencias desconciertan de tan diversas. Aunque la migraña puede llegar a ser un padecimiento presente en varios miembros de la familia, el Dr. Sacks cree que esto se aprende probablemente del ambiente familiar, es decir, no es una herencia genética, puesto que muchos pacientes no tienen antecedentes de este padecimiento en su historia familiar.

Aunque por lo general se acepta que la migraña clásica ataca más a los hombres jóvenes, esto puede variar, y el primer ataque de migraña común puede ocurrir después de los cuarenta años, entre mujeres, por ejemplo, que empiezan su menopausia. La migraña clásica y la neuralgia migrañosa tienden a ocurrir, por razones que se desconocen, a intervalos regulares que varían entre dos y doce semanas; la migraña común parece depender más de situaciones externas y emocionales. Algunos casos se parecen a las alergias: un ataque puede ser causado por luces brillantes, ruidos fuertes, malos olores, clima inclemente, alcohol, anfetaminas. Otros sugieren un origen hormonal: la migraña no es infrecuente entre mujeres en su periodo de menstruación, pero son muy raros durante el embarazo.

Tal diversidad de casos produce, naturalmente, una diversidad semejante de teorías que intentan explicar las causas básicas de la migraña. Los médicos obsesionados con etiologías meramente somáticas buscan soluciones químicas o neurológicas, mientras que algunos psiquiatras buscan sólo respuestas psicológicas. El Dr. Sacks piensa que cada uno de ellos tiene sólo la mitad de la razón. Las teorías psicologistas más aceptadas son las de Wolff (1963) y Fromm‑Reichmann (1937).

Las personas que padecen migrañas son retratadas por Wolff como ambiciosas, exitosas, perfeccionistas, rígidas, ordenadas, precavidas y emocionalmente bloqueadas, sujetas, de vez en vez, a arrebatos y depresiones que tienen que tomar una forma somática indirecta. Fromm Reichmann también llega a una conclusión lapidaria: la migraña, dice esta autora, es una expresión física de hostilidad inconsciente contra unos padres amados conscientemente.

Las experiencias del Dr. Sacks con sus pacientes le han llevado a concluir que si muchos son, como Wolff dice, hiperactivos y obsesivos, hay otros más bien letárgicos, desorganizados, desaliñados, y que si, como Fromm‑Reichman dice, Ia mayoría de los ataques de migraña son una expresión somática de emociones violentas, las más de las veces furia, éstas pueden ser una reacción a una situación de vida intolerable de la que el paciente está bien consciente, e incluso podrían ser una respuesta auto‑punitiva.


Hildegard de Bingen

Encontramos, en la práctica, que la furia repentina es el detonante más común, aunque el pánico puede ser igualmente poderoso para pacientes más jóvenes. El júbilo repentino (como en un momento de triunfo o en un golpe de buena suene inesperado) puede tener el mismo efecto. Tampoco se puede afirmar que todos los pacientes migrañosos son “neuróticos” (a no ser que se acepte que la neurosis es la condición humana universal), puesto que en muchos casos las migrañas pueden reemplazar una estructura neurótica, constituyéndose en una alternativa a la desesperación y al alivio neuróticos.

En la tercera parte, el Dr. Sacks discute los factores fisiológicos, biológicos y psicológicos en la migraña. Sus teorías sobre su base biológica es lo que encuentro particularmente interesante y sugerente. En el mundo animal existen dos reacciones posibles a una situación amenazante o de peligro, o se le enfrenta o se le rehuye. Cita la descripción que hace Darwin de lo segundo:

La imagen de miedo pasivo, como la describe Darwin, es una de pasividad y postración, asociada con una actividad visceral y glandular ( …una fuerte tendencia a bostezar… palidez mortuoria… gotas de sudor en la piel. Todos los músculos del cuerpo se relajan. Los intestinos son afectados. Los músculos del esfínter dejan de actuar y no retienen más el contenido del cuerpo…’”). La actitud general es de humillación, de acobardamiento, de hundimiento. Si la reacción pasiva es más aguda, puede haber pérdida súbita del tono muscular y pérdida de la conciencia.

El Dr. Sacks cree que, a pesar de la asociación entre la migraña y la furia, es precisamente de esta reacción pasiva, adaptada a la naturaleza humana, de la que la migraña se deriva biológicamente. Todo esto me parece a mí muy probable. Antes de que pudiera inventar armas, el hombre primitivo debió ser una de las criaturas más indefensas, desprovisto como estaba de colmillos, garras, pezuñas o veneno e incapaz de moverse tan rápido como muchos de sus depredadores. Me parece poco probable, entonces, que la agresión o la furia pueda ser un instinto biológico básico del hombre como lo es en los depredadores carnívoros. La agresión humana debe ser una modificación secundaria de lo que fue originalmente un sentimiento de terror y de impotencia. Como ha dicho Coleridge: “En toda perplejidad hay una porción de miedo, lo que dispone a la mente para la ira”.


Coleridge


El Dr. Sacks concluye este capítulo relacionado con los enfoques psicológicos y la migraña afirmando que pueden ocurrir tres tipos de eslabonamiento psicosomático: primero, una conexión psicológica inherente a ciertos síntomas y efectos; segundo, una equivalencia simbólica fija entre ciertos síntomas físicos y estados mentales, análogos al uso de expresiones faciales; tercero, un simbolismo arbitrario e idiosincrático que une a los síntomas físicos y las fantasías. análogo a la construcción de síntomas de la histeria.

La última parte está dedicada a los problemas de la terapia. Como en todos los casos de desórdenes funcionales, la relación personal entre doctor y paciente es de suma importancia. “Toda enfermedad es un problema musical”, dijo Novalis, “y toda cura una solución musical”. Esto significa, como el Dr. Sacks dice, que, no importa qué método de tratamiento escoja el médico, o se vea obligado a escoger, hay sólo una regla básica: uno siempre tiene que oír al paciente. Porque, si alguna queja, tan común como legítima, tienen estos pacientes además de sus migrañas, es que sus médicos no los oyen. Han sido, sí, observados, investigados, drogados, pero no oídos.


Novalis

El Dr. Sacks reconoce que existen drogas, especialmente el tartrato de ergatomina y el methergin, que son capaces de aliviar el dolor de un ataque agudo, medicina que sólo un desalmado le negaría a un paciente, a no ser que existan otras condiciones fisiológicas que contraindiquen su uso; sin embargo, las considera paliativos peligrosos que no pueden producir una cura definitiva.

Su preferencia, nos dice, es la psicoterapia. pero afirma esto con ciertas reservas. No piensa, por ejemplo, que la única solución a la migraña sea el psicoanálisis concienzudo y a fondo, para el que muy pocos pacientes tienen dinero o tiempo. Más aún, algunos pacientes consideran que el enfoque psicoterapéutico es inaceptable.

Los pacientes severamente afectados deberán atenderse regularmente, en intervalos que van de las dos a las diez semanas. Las primeras entrevistas deben ser largas y minuciosas, de tal manera que queden claros, para el paciente y su médico, la situación general y los detalles de las tensiones específicas involucradas: al mismo tiempo quedarán puestos los cimientos de la autoridad del médico en su relación con el paciente. Las consultas posteriores pueden ser más cortas y más focalizadas, y estarán dedicadas a la discusión de los problemas más recientes como los experimenta el paciente en relación con su dolencia. Una atención médica superficial es desastrosa, y una causa importante de la supuesta migraña es “intratable”.

También recomienda llevar dos calendarios, uno para la migraña y otro que registre los eventos cotidianos, lo que podría revelar algunas circunstancias capaces de provocar estos ataques.

La “cura”, en su opinión, consiste en encontrar para cada paciente en particular el mejor modus vivendi. Esto puede significar, en algunos casos, dejar que el paciente se quede con su migraña.

Intentar la erradicación de migrañas severas y recurrentes en un paciente patológicamente indiferente o en una personalidad histérica podría forzar al migrañoso a encarar ansiedades intensas y conflictos emocionales que serían todavía menos tolerables que las migrañas. Los síntomas físicos, paradójicamente, pueden ser más misericordiosos que los conflictos que éstos esconden y expresan simultáneamente.


Karl Marx en 1861

Estos pacientes estarían de acuerdo con Marx: “El único antídoto para el sufrimiento mental es el sufrimiento físico”.


Tomado de la página Nexos 




miércoles, 9 de mayo de 2018

Oliver Sacks: Sexo, drogas, motos, neurología y una autobiografía.







Sexo, drogas, motos y neurología. De eso, básicamente, va 'En movimiento', las memorias del escritor y neurólogo. Y que nadie se asuste porque las drogas y el sexo explican el gran hallazgo de su carrera: el feliz reencuentro entre la literatura y la medicina

LUIS ALEMANY. @Ynamela

 Madrid

ACTUALIZADO 12/11/2015 09:02


Vamos a empezar por lo que en realidad importa de En movimiento: las motos, las drogas, la homosexualidad  y la halterofilia. Si alguien dijera que las memorias de Oliver Sacks (recién editadas por Anagrama) van  de todo eso, que hablan de un mozo musculoso que recorre California vestido de cuero, subido a una Norton  de 600 centímetros cúbicos, notablemente colocado de anfetas y con un amigo muy guapo agarrado a la  espalda... Si alguien dijera algo así no agotaría toda la verdad, pero sí una parte 
importante. 

Suena muy beatnik, ¿verdad?

Por eso, lo primero que hace el neurólogo más leído y admirado de  la historia en sus memorias es hablar de la primera moto que tuvo y de las vueltas que daba con ella por  Inglaterra. Lo siguiente es el recuerdo de un diálogo con su padre, aún en Londres, el verano antes de entrar en Oxford. "¿Qué tal, Oliver? No parece que te interesen mucho las chicas". "Bueno... Las chicas es tán bien". "¿Y los chicos?". "Los chicos están mejor". Y entonces le decía Sacks a su padre: "Papá, mejor  no le cuentes mucho de esto a Mamá". 

Sacks con sus padres y sus hermanos, Michael y David, durante una visita a la casa familiar en 1940, en la época del internado en Braefield. Otro hermano mayor, Marcus, no aparece porque ya estaba en la universidad. Imagen tomada del libro El tío Tungsteno. Imagen tomada de aquí

Esa charla sencilla y ligera es como el violín que marca el tono a  la orquesta. Todo en En movimiento tiene ese sonido jocoso y despreocupado, casi de autoparodia. "He vivido a cierta distancia de la vida", dice Sacks en las últimas páginas del libro. Hasta los capítulos más sórdidos de su vida, hasta las descripciones de trastornos que harían que la mayoría de nosotros volviésemos la cabeza para no mirar en el autobús, se narran con un "bueno, nada es para tanto". 

Oliver Sacks.Imagen tomada de aquí


Seguimos  con la homosexualidad. En algún momento de los años 50, cuando Sacks estaba viviendo en Los Ángeles, se  fijó en un muchacho que levantaba pesas a su lado en la playa. Se hiceron amigos primero, inseparables de spués. Se fueron a vivir juntos, aunque dormían en camas separadas. Les gustaba la lucha grecorromana y combatían en el jardín. Se daban masajes desnudos. Recorrían la Costa Oeste en moto. Pero el chico hacía como que no pasaba nada en especial entre ellos dos. No lo decía nunca pero era evidente que no tenía muy  clara la idea de acostarse con un hombre. Un día, durante un masaje, Sacks no pudo controlar su cuerpo. Se  le escaparon unas gotas de semen sobre la espalda de su amigo. El no-amante se lo tomó mal y se fue para  no volver. 

¿Qué podría hacer Sacks con ese recuerdo sino contarlo con una mezcla de humor y ternura, 60 años después?

Olivers Sacks. Imagen tomada de aquí


Londres, Oxford, Canadá, California, Nueva York


Y así, desde el principio de la historia. Los padres  de Sacks eran dos médicos judíos en Londres. Buenos médicos a la antigua, queridos por sus pacientes, cultos  y sensatos, con cierto sentido narrativo de su oficio. Sus dos hermanos mayores tomaron ese mismo camino. El  tercero, el más especial de la camada, tuvo un episodio temprano de esquizofrenia y se deslizó hacia una  vida de píldoras y apatía. La mezcla de todos esos antecedentes llevó a Sacks a dirigir su vida hacia la  Neurología. Entró en Oxford y no le fue mal, aunque sus intereses eran demasiado diversos: la Literatura,  la Economía, la Historia... A veces dudaba de si había elegido bien, de si de verdad la Medicina era lo  suyo. 

Oliver Sacks durante una firma de su libro Un antropólogo en Marte (An Anthropologist on Mars), publicado en 1995. Foto: Corbis / Andrew Murray. Imagen tomada de aquí


Acabó con Oxford. Probó con la investigación pero tendía a ser caótico. Se desencantó. Se dedicó a  la práctica clínica en Londres. Se compró una moto. Viajó a Ámsterdam y por primera vez se acostó con un  hombre. Esa noche, Sacks estaba inconsciente después de haber bebido litros de ginebra. No debe de ser una  experiencia muy alentadora, pero a su protagonista le sirvió para romper el bloqueo.



Sacks posa con su motocicleta Norton Jubilee 250cc en 1956.Imagen tomada de aquí
























Y, entonces, de vuelta  a Inglaterra, llegó la crisis y el aburrimiento. El Ejército estaba a punto de llamarlo a filas y Sacks pensó que era el momento de dar una vuelta por Canadá, de pensar qué hacer con su vida. Llegó a la Costa Oeste, bajó hasta California y encontró la manera de trabajar en un hospital judío de San Francisco. Después se instaló en Los Ángeles. Allí nació el médico beatnik que trabajaba como un reloj de lunes a viernes y  que pasaba los sábados y domingos en alguna galaxia muy lejana.

Lo que cuenta Sacks en sus memorias es que  la afición a las anfetaminas (y, en menor medida, a los opiáceos y los ácidos) fue la consecuencia de su  desamor. Después de un par de desengaños, llegó a la conclusión de que un hombre homosexual no podría construir  una vida emocional más o menos estable. Ni siquiera en California. En consecuencia, pasó los años 60, casi  al completo, de subidón. Primero los fines de semana, luego todo el tiempo. Se marchó a Nueva York y allí,  un día, fue a una fiesta en la que repartían fenciclidina, un compuesto nuevo llamado por los íntimos Polvo  de ángel. Sacks llegó tarde a la fiesta y eso le cambió la vida. Los invitados que habían llegado pronto  compartían un momento de esquizofrenia insoportablemente desdichado. Nuestro psiquiatra pidió hora para  el psicoanalista, dejó las anfetaminas y empezó de nuevo.



Dar con la tecla 

Todo este relato es importante  porque ayuda a explicar la tecla con la que dio Sacks, la que lo convirtió en una persona importante  para miles de pacientes y millones de lectores.

En otras palabras: como sus padres fueron los médicos  que fueron; como estudió en Oxford; como fue un hombre de acción; como pasó sus ventitantos en California  en la época de la contracultura; como tuvo amantes y decepciones; como transgredió todos los límites y  tuvo la suerte de volver de ellos de una pieza... como ocurrió todo eso, Oliver Sacks desembarcó en los  años 70 preparado para hacer algo tan obvio, que parece mentira que a nadie se le hubiera ocurido antes.  Estaba preparado hacer literatura a partir de la experiencia clínica y, a la vez, divulgar la medicina a
 través de la literatura. 



El primer libro de Sacks se llamaba Migrañas, lo escribió casi de un calentón en  unas vacaciones en Londres y un jefe envidioso se lo quiso robar. El segundo se llamaba Despertares, y llegó, por primera vez, a lectores que no eran médicos. Cuando lo terminó, Sacks emprendió 35 años de celibato  aparentemente despreocupado. El tercer libro, Con una sola pierna, tocaba tierra por primera vez: la experiencia  personal, las emociones, el miedo... los terrenos propios de la literatura estaban ahí. Y el cuarto,  El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, dio con el molde, ya para siempre.

Robin Williams y Oliver Sacks. Imagen tomada de aquí


El hombre que  confundió a su mujer con un sombrero era una colección de casos clínicos, extravagantes o no, narrados  con delicadeza, humor y cariño. Ahora, uno de los encantos de las memorias de Sacks consiste en comprobar que el médico trataba a sus pacientes igual que escribía sus relatos. 


 
Un Milagro - Despertares

Sacks no fue nunca un  antipsiquiatra insensato que soltara a una pandilla de paranoicos en el Bronx y vamos a ver qué pasa con  ellos. Al contrario, era un médico prudente y trabajador, cuya gran audacia consistía en que trataba a  sus pacientes con respeto y amable curiosidad, por muy chiflados que fueran sus problemas. 

Retrato oficial del doctor Sacks cuando era residente en la Universidad de California en Los Ángeles. La fotografía, tomada en el laboratorio de neuropatología, es de 1964. Imagen tomada de aquí

La paradoja es que, pese a ello, Sacks pasó por años de condena, décadas en las que su figura fue marginal dentro  de su profesión. En los años 70, el neurólogo inglés no tenía un hospital en el que atender ni un equipo  con el que trabajar. Iba corto de dinero y, a menudo, lo pasaba mal para encontrar fondos con los que  producir sus documentales y sus libros. Si su suerte cambió, no fue por la comunidad médica sino por el  mundo de la literatura. Un día llegó una carta de Harold Pinter, otro día un guión cinematográfico  basado en Despertares en el que andaba envuelto Robert De Niro, después el libreto de una ópera de  cámara de Michael Nyman... 

Oliver Sacks Y Billy hayes. Imagen tomada de aquí


Pero eso, igual que los desengaños amorosos, aparece narrado en En movimiento  sin dramas, con un regusto risueño. Los éxitos y las decepciones se van deslizando hasta que Sacks  conoció, en otoño de 2008, a Billy, un escritor de Seattle. En Nochevieja de ese año, Billy le dijo  que le quería. Entonces, Sacks, que se trataba de cáncer desde 2005, rompió su larga abstinencia sexual  con lágrimas en los ojos. Después, escribió dos libros más, incluidas estas memorias y vivió como un  caballero hasta el 30 de agosto de este año.



Descarga pulsando aqui las primeras 17 páginas de En Movimiento.


Tomado de El Mundo


Actualizada el 10/12/2022.

domingo, 16 de junio de 2013

Oliver Sacks, médico y escritor : "Quiero libros que me pertenezcan, libros cuya paginación íntima se me haga familiar y querida."

Elogio y defensa del “viejo” libro.








07/01/13


¿Qué hace un lector devoto cuando su vista, edad mediante, ya no es la misma? El neurólogo Oliver Sacks analiza su propio caso y la renuencia a los soportes tecnológicos. 









Acabo de publicar un libro, pero no lo puedo leer porque, como millones de otras personas, tengo problemas en la vista. Tengo que usar una lupa, y eso resulta lento y engorroso porque el campo es muy limitado y no se puede abarcar una línea completa, mucho menos un párrafo, de una sola mirada. Lo que necesito es una edición en letra grande, que pueda leer (en la cama o en el baño, donde hago la mayor parte de la lectura) como cualquier otro libro. Algunos de mis libros anteriores existían en ediciones de letra grande, algo invalorable cuando me pedían que hiciera una lectura en público. Ahora me dicen que la versión impresa no es “necesaria”, que tenemos e-books, que nos permiten aumentar a nuestro antojo el tamaño de la letra.




 
Pero no quiero un Kindle, un Nook ni un iPad, cualquiera de los cuales podría caerse en el baño o romperse, y que tienen controles para los cuales necesitaría una lupa. Quiero un libro de verdad, de papel impreso, que tenga peso, que huela a libro, como los libros de los últimos 550 años, un libro que pueda guardarme en el bolsillo o poner con los demás en la biblioteca, donde pueda divisarlo en momentos inesperados.




Cuando era chico, alguno de mis familiares mayores, así como un primo que tenía problemas de vista, usaban una lupa para leer. La aparición de los libros de letra grande en la década de 1960 fue para ellos un regalo del cielo, como para todos los lectores que veían mal. Florecieron las editoriales especializadas en ediciones en letra grande para bibliotecas, escuelas y lectores, y siempre se las podía encontrar en librerías o bibliotecas.



En enero de 2006, cuando mi vista empezó a declinar, me pregunté qué podría hacer. Había audiolibros –yo mismo he grabado algunos–, pero era un lector por antonomasia, no un oyente. Soy un lector empedernido desde que tengo memoria, y con frecuencia recuerdo de forma casi automática números de página o el aspecto de párrafos y páginas. Quiero libros que me pertenezcan, libros cuya paginación íntima se me haga familiar y querida. Mi cerebro necesita lectura, y la respuesta reside, para mí y con toda claridad, en los libros de letra grande.




Pero ahora cuesta mucho encontrar en las librerías libros de calidad impresos con letra grande. Lo descubrí cuando hace poco fui a Strand, una librería famosa por sus miles de estanterías que visito desde hace cincuenta años. Sí, tenían una (pequeña) sección de letra grande, pero consistía sobre todo en novelas baratas y manuales. No había recopilaciones de poesía, teatro ni biografías. Tampoco ciencia. No estaba Dickens, ni Jane Austen, ninguno de los clásicos, nada de Bellow, Roth ni Sontag. Salí frustrado, y también furioso: ¿las editoriales pensaban que los discapacitados visuales eran también discapacitados intelectuales?

Memoria y experiencia

Leer es una tarea de gran complejidad, en la que intervienen muchas partes del cerebro, pero no es una habilidad que los seres humanos hayan ido adquiriendo en el transcurso de la evolución (a diferencia del discurso, que tiene raíces mucho más profundas).La lectura es un avance relativamente reciente, cuyos comienzos se remontan tal vez cinco mil años en el tiempo y que depende de una pequeña zona de la corteza visual del cerebro. Lo que ahora llamamos el área visual de formación de palabras (VWFA por la sigla en inglés) es parte de una zona cortical que evolucionó hasta reconocer formas básicas en la naturaleza, pero que puede reutilizarse para el reconocimiento de letras o palabras. Ese reconocimiento elemental de formas o letras es sólo el primer paso. A partir de esa área visual de formación de palabras deben hacerse conexiones de doble vía a muchas otras partes del cerebro, entre ellas las responsables de la gramática, los recuerdos, asociaciones y sentimientos, de modo tal que letras y palabras adquieran sus significados específicos. Cada uno de nosotros forma vías nerviosas únicas relacionadas con la lectura, y cada uno lleva al acto de leer una combinación única, no sólo de memoria y experiencia, sino también de modalidades sensoriales. Algunos pueden “escuchar” los sonidos de las palabras a medida que leen (a mí me pasa, pero sólo cuando leo por placer, no cuando leo con fines de información); otros pueden visualizarlas, de forma consciente o no. Algunos pueden tener una aguda conciencia de los ritmos acústicos o los énfasis de una frase; otros son más conscientes de su aspecto o su forma.




En mi libro El ojo de la mente , describo a dos pacientes, ambos escritores, que pierden la capacidad de leer como consecuencia de una lesión cerebral en la VWFA (Área de formación visual de la palabra), que está cerca de la parte posterior del hemisferio izquierdo del cerebro (quienes padecen ese tipo de alexia pueden escribir, pero no leer lo que escriben). A pesar de ser editor y un amante del texto impreso, uno de ellos se volcó de inmediato a los audiolibros para “leer”, y empezó a dictar sus propios libros en lugar de escribirlos. La transición le resultó fácil; de hecho, pareció algo natural. El otro, un escritor de novelas policiales, estaba demasiado habituado a la lectura y la escritura como para abandonarlas. Siguió escribiendo (en lugar de dictar) y descubrió, o ideó, una extraordinaria nueva forma de “lectura”: su lengua empezó a copiar las palabras que tenía delante, trazándolas en la parte posterior de los dientes. Leía, en efecto, mediante el recurso de escribir con la lengua empleando las zonas táctil y motriz de la corteza. También pareció ocurrir de manera natural. Al recurrir a sus fortalezas y experiencias individuales, el cerebro de cada uno encontró la solución adecuada, la adaptación a la pérdida. 




Nuevas formas de leer

Para alguien que nace ciego, sin imágenes en absoluto, la lectura es una experiencia esencialmente táctil, a través del relieve de la impresión en Braille. Los libros en Braille, al igual que los libros con letra grande, son cada vez menos en la actualidad, a medida que la gente recurre a los audiolibros, más baratos y abundantes, o a los programas de voz digital. Pero hay una diferencia fundamental entre leer y que nos lean. Cuando es uno el que lee, ya sea por medio de los ojos o de un dedo, es libre de avanzar o retroceder, de releer, de reflexionar o fantasear en medio de una frase: uno lee según su propio tiempo. Que nos lean, o escuchar un audiolibro, son experiencias más pasivas, sujetas a los caprichos de otra voz y que se desarrollan en el tiempo del narrador.




Si avanzada la vida nos vemos obligados a aprender nuevas formas de leer –de adaptarnos a una menor visión, por ejemplo–, cada uno debe hacerlo a su manera. Algunos podremos pasar de leer a escuchar; otros seguirán leyendo mientras les sea posible. Algunos podrán agrandar la letra en sus lectores de libros electrónicos; otros lo harán en sus computadoras. Nunca he adoptado ninguna de esas tecnologías. Por ahora, por lo menos, me atengo a la anticuada lupa (tengo una docena, de diferentes formas y potencia).

La escritura tendría que ser accesible en la mayor cantidad posible de formatos: George Bernard Shaw decía que los libros eran la memoria de la humanidad. No debería permitirse que desapareciera ningún tipo de libro, ya que todos somos individuos y tenemos necesidades y preferencias muy específicas, preferencias que llevamos grabadas en todos los planos del cerebro, en redes y configuraciones nerviosas individuales que crean una relación profundamente personal entre autor y lector.

(c) The New York Times, 2013.

Traduccion de Joaquin Ibarburu.

* Sacks es un escritor y neurólogo inglés. Profesor de neurologia clinica en la Escuela de Medicina Albert Einstein y profesor adjunto de neurología en la Universidad de Nueva York. Escribió, entre otros, “Despertares” y “Musicofilia”.



Tomado de la revista Ñ