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viernes, 1 de noviembre de 2024

JOSÉ PULIDO recibiendo el premio ANTONIO DI FERRARIIS en MILÁN: Crecí comiendo espagueti, admirando a Fellini, a Marcello Mastroianni y amando a Sofía Loren

 



Estimados Liponautas


Hoy es primero de noviembre, cumpleaños del poeta venezolano José Pulido y compartimos con ustedes su discurso al aceptar en Milán el premio internacional de Verbumlandi Art de Excelencia a la poesía y literatura.

Doble felicitaciones desde está página para nuestro querido amigo José Pulido.

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XI PREMIO INTERNACIONAL DE EXCELENCIA VERBUMLANDIART ANTONIO DI FERRARIIS - PREMIOS - CATEGORÍA LITERATURA Y ACÁDEMICOS EXTRANJEROS

“Por su compromiso con la promoción internacional de la cultura como “arte de la palabra”, pilar fundamental para el progreso y bienestar de la sociedad, a través de la poesía y la literatura.”








Federico Fellini, Marcello Mastroianni y Sophia Loren en el set de 8 1/2 en 1962. Imagen coloreada.





📖 PALABRAS DE AGRADECIMIENTO DEL POETA JOSÉ PULIDO 

Crecí comiendo espagueti, admirando a Fellini, a Marcello Mastroianni y amando a Sofía Loren; viví en un edificio diseñado y construido por italianos; aprendí fotografía con un emigrante italiano que me ayudó a internarme en la Divina Comedia; los domingos busqué pizza y la encontré. Tengo tanto de Italia en mí como de Venezuela y no soy el único: todos los venezolanos lo sabemos. 

Agradezco este gesto de aprecio como un reconocimiento a mi poesía, porque eso es lo que tengo siempre, lo que nunca pierdo, lo que puedo ofrecer de más valor. Italia forma parte de nosotros, de nuestra historia, del paisaje humano y del paisaje urbano.  

Tenemos un vínculo cultural tan fuerte que lo que sucede a Venezuela afecta a Italia y viceversa. Muchas gracias por ese amor gemelo.





Federico Fellini, Marcello Mastroianni y Sophia Loren en el set de 8 1/2 en 1962. Imagen tomada de Reddit




XI PREMIO INTERNAZIONALE D'ECCELLENZA VERBUMLANDIART ANTONIO DI FERRARIIS - INSIGNITI - CATEGORIA LETTERATI E STUDIOSI STRANIERI


🏆 José Pulido Giornalista, scrittore e poeta venezuelano. 

📽️🎖️Premia Francesco Nigri, Hebe Munoz e la Presidente di Verbumlandiart - Regina Resta:

"Per il suo impegno nel promuovere internazionalmente la cultura come "arte della parola", pilastro fondamentale per il progresso e il benessere della società, attraverso la poesia e la letteratura."

🇮🇹 PAROLE DI RINGRAZIAMENTO DEL POETA JOSÉ PULIDO 

Sono cresciuto mangiando spaghetti, ammirando Fellini, Marcello Mastroianni e amando Sofia Loren; Abitavo in un palazzo progettato e costruito da italiani; Ho imparato la fotografia con un emigrante italiano che mi ha aiutato ad avvicinarmi alla Divina Commedia; La domenica cercavo la pizza e l'ho trovata. Ho dentro di me tanto dell’Italia quanto del Venezuela e non sono il solo: lo sanno tutti i venezuelani. 
Sono grato per questo gesto di apprezzamento come riconoscimento della mia poesia, perché è ciò che ho sempre, ciò che non perdo mai, ciò che posso offrire di maggior valore. 
L’Italia è parte di noi, della nostra storia, del paesaggio umano e del paesaggio urbano.  
Abbiamo un legame culturale così forte che ciò che accade in Venezuela si ripercuote anche in Italia e viceversa. 

Grazie mille per questo amore gemello.






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📽️Video de la diretta Instagram cortesia di Carmen Elena. 





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José Pulido. Fotografía de Gabriela Pulido Simne

José Pulido

Poeta, escritor y periodista, nació en Venezuela, el 1° de noviembre de 1945.

Vive en Génova, Italia. 

En 1989 obtuvo el Segundo Premio Miguel Otero Silva de novela, Editorial Planeta. En el 2000 recibió el Premio Municipal de Literatura, Mención Poesía, por su poemario Los Poseídos. Ha publicado cinco poemarios y nueve novelas. Desde el 2018 el Papel Literario de El Nacional creó la Serie José Pulido pregunta y publica las entrevistas que ha realizado a creadores y artistas.

(Ha fundado y dirigido varios suplementos y revistas de literatura. Si se requiere información detallada sobre estas publicaciones, favor solicitarla a este  correo: jipulido777@gmail.com)

Forma parte de la Antología Por ocho centurias, XXI Encuentro de Poetas Iberoamericanos, Salamanca, España, entre otras. Ha sido invitado a festivales en Irak, Colombia, Brasil, Chile, España y Génova. Participó, en 2012, como invitado de los Encuentros de Poetas Iberoamericanos que se celebran en SalamancaEn el 2018 y en el 2019 invitado al Festival Internacional de Poesía de Génova. 

Publicaciones más recientes:

El puente es la palabra. Antología de poetas venezolanos en la diáspora.

Compilación: Kira Kariakin y Eleonora Requena, para Caritas.

Poeti Uniti per il Venezuela, Parole di Libertà  (Poetas Unidos por Venezuela, Palabras de Libertad) publicado por Borella Edizioni, evento respaldado por la Associazione culturale Orquidea de Venezuela, con sede en Milán.

Poemario Heridas espaciales y mermelada casera editado por Barralibro Editores


jueves, 10 de enero de 2019

Amós Oz: Si lees una novela, adquieres una entrada a los pasadizos más secretos de otro país y de otro pueblo.





Discurso del escritor Amos Oz, premio a las letras 2007 en la ceremonia de apertura de los premios Príncipe de Asturias



Estimados Liponautas 

El pasado 28 de diciembre de 2018 falleció el escritor israelí Amós Oz . po esta razón decidimos compartir con ustedes el discurso que leyó al ganar el premio Príncipe de Asturias en el año 2007.

A continuación podrán leer el discurso en una presentación o en formato texto a secas.




La mujer de la ventana

Si adquieres un billete y viajas a otro país, es posible que veas las montañas, los palacios y las plazas, los museos, los paisajes y los enclaves históricos. Si te sonríe la fortuna, quizá tengas la oportunidad de conversar con algunos habitantes del lugar. Luego volverás a casa cargado con un montón de fotografías y de postales.

Pero, si lees una novela, adquieres una entrada a los pasadizos más secretos de otro país y de otro pueblo.


La lectura de una novela es una invitación a visitar las casas de otras personas y a conocer sus estancias más íntimas.

Si no eres más que un turista, quizá tengas ocasión de detenerte en una calle, observar una vieja casa del barrio antiguo de la ciudad y ver a una mujer asomada a la ventana. Luego te darás la vuelta y seguirás tu camino.

Pero como lector no sólo observas a la mujer que mira por la ventana, sino que estás con ella, dentro de su habitación, e incluso dentro de su cabeza.

Cuando lees una novela de otro país, se te invita a pasar al salón de otras personas, al cuarto de los niños, al despacho, e incluso al dormitorio. Se te invita a entrar en sus penas secretas, en sus alegrías familiares, en sus sueños.

Y por eso creo en la literatura como puente entre los pueblos. Creo que la curiosidad tiene, de hecho, una dimensión moral. Creo que la capacidad de imaginar al prójimo es un modo de inmunizarse contra el fanatismo.

La capacidad de imaginar al prójimo no sólo te convierte en un hombre de negocios más exitoso y en un mejor amante, sino también en una persona más humana.

Parte de la tragedia árabe-judía es la incapacidad de muchos de nosotros, judíos y árabes, de imaginarnos unos a otros. De imaginar realmente los amores, los miedos terribles, la ira, los instintos. Demasiada hostilidad impera entre nosotros y demasiada poca curiosidad.

Los judíos y los árabes tienen algo en común: ambos han sufrido en el pasado bajo la pesada y violenta mano de Europa.

Los árabes han sido víctimas del imperialismo, del colonialismo, de la explotación y la humillación.

Los judíos han sido víctimas de persecuciones, discriminación, expulsión y, al final, el asesinato de un tercio del pueblo judío.

Cabría suponer que dos víctimas, y sobre todo dos víctimas de un mismo perseguidor, desarrollarían cierta solidaridad entre ellas. Desgraciadamente las cosas no son así, ni en las novelas ni en la vida real. Por el contrario, algunos de los conflictos más terribles son aquellos que se producen entre dos víctimas de un mismo perseguidor.

Los dos hijos de un progenitor violento no tienen por qué amarse necesariamente.

Con frecuencia ven reflejada el uno en el otro la imagen del cruel progenitor.

Exactamente así es la situación entre judíos y árabes en Oriente Medio: mientras los árabes ven en los israelíes a los nuevos cruzados, la nueva reencarnación de la Europa colonialista, muchos israelíes ven en los árabes la nueva personificación de nuestros perseguidores del pasado: los responsables de los pogroms y los nazis.

Esta realidad impone a Europa una especial responsabilidad en la solución del conflicto árabe-israelí: en lugar de alzar un dedo acusador hacia una u otra de las partes, los europeos deberían mostrar afecto y comprensión y prestar ayuda a ambas partes. Ustedes no tienen por qué seguir eligiendo entre ser pro- íes o pro-palestinos. Deben estar a favor de la paz.

La mujer de la ventana puede ser una mujer palestina de Nablus y puede ser una mujer israelí de Tel Aviv. Si desean ayudar a que haya paz entre las dos mujeres de las dos ventanas, les conviene leer más acerca de ellas. Lean novelas, queridos amigos, aprenderán mucho.

Las cosas irían mejor si también cada una de esas dos mujeres leyese acerca de la otra, para saber, al menos, qué hace que la mujer de la otra ventana tenga miedo o esté furiosa, y qué le infunde esperanza.

No he venido esta tarde a decirles que leer libros vaya a cambiar el mundo. Lo que he sugerido es que creo que leer libros es uno de los mejores modos de comprender que, en definitiva, todas las mujeres de todas las ventanas necesitan urgentemente la paz.

Quiero agradecer a los miembros del jurado del premio Príncipe de Asturias que me hayan otorgado este maravilloso premio.






jueves, 28 de junio de 2018

Mariano Picón Salas: La dolencia de la época es haber hecho de la vida un maratón hacia el dinero



Picón Salas durante el discurso inaugural de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central de Venezuela, 1946.


Mariano Picón Salas, Discurso inaugural de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central de Venezuela

Caracas, 12-X-1946




Trataré de decir en sencillas palabras que no pesen, rehuyendo el discurso engalanado, los problemas que nos plantea y las finalidades que le asignamos a la nueva Facultad de Filosofía y Letras. Una vez me atreví a afirmar en un ensayo que en Venezuela acontecen las cosas mágicamente, y que de pronto ese misterio numen, ese «Dios de Colombia» de que habló Bolívar resuelve o nos lanza cuestiones de tan vívida urgencia que ya no es posible sino enfrentarse a ellas, con rapidez que anhela el saldo de muchos años de olvido y de postergación. Siempre hubo en la historia venezolana, a pesar de la prédica derrotista y desengañada de los sembradores de cenizas, un impulso de ascenso social y espiritual, y por ello lo que yo llamaría la «sorpresa del pueblo», la voz y el reclamo de una patria olvidada y escondida, vino a refutar los cálculos y previsiones mezquinas de quienes hubieran mantenido el país como en eterna minoría de edad, ofreciéndole los bienes de la civilización con la usura del cuentagotas.

Si los profesores que vamos a enseñar en la nueva escuela mirásemos la cuestión desde nuestro solo ángulo, habríamos aconsejado de inmediato la antigua fórmula de las antiguas universidades: limitar la matrícula y sembrar de escollos y trámites el camino que conduce a la inscripción universitaria.

Antigua sede de la UCV en 1911. Actualmente el Palacio de las Academias.

Pero sin que tuviésemos que erogar, como la famosa Universidad de Harvard, más de cien mil dólares para una encuesta previa sobre las necesidades presentes de la educación superior, se nos reveló una realidad que seguramente inspirará más de un trabajo y actitud universitaria en los días que comienzan.

Por vocación yo soy cazador de pequeños hechos sociológicos, me gusta ver saltar la liebre del problema y advertir cómo se resuelve, con este «ahora o nunca» que debe ser el signo de toda generación decidida. Mucha más gente de la que esperábamos llenó los formularios de la Facultad de Filosofía por dos simples razones: primero, porque se siente hoy como nunca la deficiencia de la Universidad puramente profesionalista y se requiere -por sobre la técnica del médico o del ingeniero- lo que yo llamaría una inicial técnica humana que si no ofrece beneficio económico aspira a lo que vale tanto como eso: un arte de vivir y de comprender, un espíritu de fineza en el más estricto sentido pascaliano; y, segundo, porque son estos días laberínticos que vive el mundo, de crisis y socavamiento de costumbres y tradiciones, este estrépito sin finalidad, de este no saber a dónde se marcha que es el terrible signo de la civilización contemporánea. Cuando hablamos de que el excesivo profesionalismo universitario debía corregirse con más amplia fundamentación cultural, y que era necesaria esta Facultad de Filosofía, decíasenos que de surgir, ella, sólo sería el refugio de algunas pocas gentes líricas y descentradas, o de escasos jóvenes a quienes el turbulento entusiasmo de la edad y el gusto de las palabras nuevas, torna -como es explicable un poco pedantes, y que el país tan urgido de técnicos, no hallará mayor provecho social en auspiciarla.

Es decir, se miraba el problema de la formación del hombre con el lente del más angosto positivismo; de un positivismo marchito en todas partes, pero que en Venezuela podía aún esgrimirse como viviente novedad. Hubo, además, en algunos políticos la falsa creencia de que el proceso educativo era separable y divisible en aisladas etapas, y que siendo cuestión primera la lucha contra el analfabetismo de las grandes masas, podría pensarse en la Filosofía y en las Letras cuando todos los venezolanos de todos los sitios escribiesen y leyesen. Pero nadie se preguntaba si al abandonar un aspecto de la educación para desenvolver otro, no se corría el riesgo de que al cabo de algunos años habría más lectores que buena lectura venezolana.

Era exactamente lo mismo que si en el famoso día del Génesis que abrió la historia de la humanidad de acuerdo con la tradición sacra, Jehová se contentase con hacer los pies y el tronco de Adán, reservándose la cabeza para otro sábado de mayor sosiego.

Pero el soplo de Jehová, el soplo de la cultura –podemos decir- metafóricamente dirige a la vez, los pies y la cabeza del hombre. No se trata de procesos aislados o sucesivos sino paralelos y simultáneos. A la educación fragmentadora hay que oponer siempre la imagen de la educación integradora. Y que no era un proyecto vago y nebuloso el de la Facultad, vino a enseñárnoslo con una de sus habituales sorpresas, el pueblo venezolano.

La abundante matrícula, la cantidad de solicitudes, telegramas, cartas que se han acumulado en estos días en nuestra mesa de trabajo, demuestra que estos estudios obedecen a una necesidad nacional y tan auténtica, como cualesquiera otras.

Y aquí rozamos el nervio vivo de un asunto, cargado de especial problemática. ¿Qué es lo que se propone tanta gente que se incorpora a los cursos humanísticos o que pide -cuando tiene sus títulos y certificados en orden- que se le acepte, por lo menos, como oyentes de las aulas? ¿Es que todos desean ser escritores o filósofos con mengua y descuido de otras actividades urgentes en el país como las técnicas e industriales?

No fue menor la sorpresa -y sobre este asunto quiero reflexionar hoy- que nos ha dado la Facultad de Filosofía y Letras. Pensando en estos últimos años en el proceso de crecimiento económico de la nación, en el desborde de negocios que nos trajo la explotación petrolera y la abundancia de divisas, alguien observaba si no era tentativa quimérica hacer un sitio en los estudios universitarios para el pensamiento puro, para las humanidades clásicas, para aquellos altos goces de espíritu que no pueden expresarse en las estadísticas de producción o en los índices de ganancia financiera. La dolencia de la época -como ustedes lo saben- es haber hecho de la vida un maratón hacia el dinero, un pragmatismo esterilizador de otras formas más altas de existencia, que acaso explique por qué hay en este mundo de nuestros días tanto residuo de angustia, tanta nostalgia de felicidad y auténtico equilibrio humano; tan estruendosa quiebra de valores, tanta neurosis.



El hombre mira todo, menos el aseo y armonía de su alma. Sofrosine y Eutimia, dos maravillosas virtudes griegas, huyeron de días en que emerge, sin duda, con ruido de convulsión el perfil de una nueva edad, parece buscarse, asimismo, la explicación integradora, el nuevo hilo de Ariadna que nos conduzca por las tortuosas y contradictorias encrucijadas de nuestra alma individual y de nuestra psique colectiva. No es un problema localizado en las latitudes geográficas; es de todo el universo.

Aun aquellos países como los Estados Unidos que gastaron tanto dinero en educación y que parecían tan seguros de la opulencia material y el rumbo de sus universidades, experimentan una igual crisis; se dan cuenta de que frente a la Universidad que da títulos y ofrece profesiones remuneradas, hay que injertar otra que atienda tanto como al adiestramiento económico a las grandes incógnitas del hombre, a este «¿Cómo?» y a este «¿Para qué?» por el que se clama con desgarrada angustia.

Leed -para que advirtáis lo profundo y universal del problema- el informe de la Universidad de Harvard.

Porque en estos años recientes de guerra, de fascismo, de generales convulsiones, casi nos precipitamos en la inhumanidad y en la infrahumanidad, en el colapso de todos los valores, volvemos a decir la vieja palabra Humanitas buscándole el urgente sentido de completación estética y moral del hombre.

Sabemos que acaso no cabrán en las aulas de la Facultad de Filosofía y Letras todos los alumnos que se han inscrito. La propia técnica de un buen trabajo docente nos obligará a dividirlos en grupos y a distinguir entre los que tienen constancia y aptitudes para la investigación y aquellos que sólo se satisfacen con las conferencias, las clases y las lecturas mínimas. En la más democrática selección humana, los inconstantes deben dejar su sitio a los esforzados; los tardos y perezosos, a los responsables y diligentes.

Pero ha aparecido en la Universidad de Caracas (llamada actualmente Universidad Central de Venezuela) un alto problema público que los directores universitarios no pueden ya sino considerar a riesgo de no cumplir con la esperanza de nuestro pueblo: el de tanta gente que pide al instituto una orientación espiritual, y el estudiantado que advierte que el hombre no sólo vive para el usufructo de una profesión, sino también para comprender el mundo en que se mueve, las ideas que orientan su época; para tener acceso a aquellas altas formas de perfección y casi diría de suma felicidad –la única felicidad que no engaña- que nos dan los grandes libros, los grandes pensadores, las obras de arte.

Con fe en este pueblo venezolano, tan ágil, tan despierto, eterno Anteo a quien no derribó definitivamente ninguna derrota; pueblo que desde todos los rincones de nuestra patria está gritando su enorme anhelo de mejorar y aprender; pueblo al que en los últimos años hemos visto ganar una creciente epopeya de conciencia, iniciamos la tarea.

Nos acompañarán en ella; ofrecerán a la juventud venezolana su mayor experiencia en este género de disciplinas, algunos ilustres maestros españoles. Aquella España de la Junta de ampliación de estudios, de las promociones magníficas que antes de estos diez últimos años de guerra y universal tribulación, buscaban en todas las universidades de Europa: en Upsala como en Marburgo, en Lieja como en Heidelberg, los nuevos métodos y las nuevas formas del pensamiento contemporáneo, constituye para nosotros una obligada escala en el camino de nuestra recuperación cultural.

Juan David García Bacca


Hombres como Juan David García Bacca y como Eugenio Imaz, que ahora son nuestros huéspedes, nos han enseñado con edificante escolaridad, que en la vieja lengua de nuestros padres, es posible decir y ordenar todo lo que el angustiado hombre de hoy sabe acerca del universo.

Eugenio Imaz


Espero que así como hoy visitan nuestras cátedras maestros españoles, mañana puedan hacerla -y es el desiderátum de toda universidad bien organizada maestros de otras lenguas y latitudes. Ninguna nación, ningún instituto de cultura pudo renovarse sin este intercambio de hombres, de técnicas, de conocimientos.

Lo necesitó la Universidad de París de una fecha tan lejana como el siglo XIII para ordenar los grandes monumentos de la escolástica medieval, y el Salema de Federico II de Hohenstaufen para que el Occidente se incorporase a la medicina y la matemática de los árabes; lo requirió la Rusia de Pedro el Grande y el Berlín de los primeros Hohenzollern; lo requieren todavía -con la más ejemplar diligencia- las universidades de los Estados Unidos.

El mejor nacionalismo, el más eficiente, no es el que queda atado a los límites de las colinas o de la frontera acústica de las campanas parroquiales, sino el que abre para los pueblos el camino de la Universidad. Sabiendo qué hicieron y cómo aprendieron los otros, surge el espíritu de emulación, sin el cual todo patriotismo sería narcisista y se ahogaría como el joven del mito en el estanque inmóvil. Quien sólo se ve a sí mismo, ni siquiera se ve, porque nuestro ser define su individualidad en el contacto con los otros. Hasta el espejo es ya, una proyección; un salir de sí.

Amor y amistad, móviles del mundo según el verso dantesco, surgen de este yo que encuentra a un tú con quien compartir y con quien dialogar; de esa completación de nuestro propio ser que se nos había perdido, de acuerdo con el mito platónico. Y como el amor y la amistad, la cultura es también colaboración, debate y encuentro.

Quienes sin visión histórica se amurallan en su nacionalismo cultural-que a veces parece tan sólo justificación de la propia pereza, porque resulta naturalmente más fácil ser el primer matemático de Upata y el primer metafísico de El Hatillo, que serlo de toda Venezuela- olvidan que hasta una empresa tan entrañablemente cargada de nacionalidad como nuestra Revolución de Independencia, se fecundó y fue posible porque a través de una ideología mundial, descubrieron los hombres de entonces sus soterrados derechos.

¿Qué libros leyeron Sanz, Miranda y Bolívar; qué problemática del mundo suscitaron en nuestro gran Precursor y nuestro gran Libertador, las sociedades y el pensamiento de Europa; qué idiomas tuvo que aprender Palacio Fajardo para alegar fuera de las fronteras nacionales, la justicia de nuestra causa? Paradójicamente la primera batalla por nuestra libertad política: la de las ideas, se ganaba en los periódicos de 1810 con citas de Rousseau y Montesquieu, con frases de Locke y de David Hume. Un William Burke, escritor irlandés trasladado a Caracas, era uno de los inspiradores de la Gazeta (de Caracas), primero de nuestros grandes periódicos insurgentes; y en el equipaje de Miranda y en la cabeza milagrosa de Bolívar había muchos planes de reforma social que les comunicara en Londres, en 1810, aquel curioso utopista y legislador, enamorado a distancia de nuestra América, que se llamaba Jeremías Bentham.

En mi pequeño libro de literatura venezolana traté de probar que por conocer también a  Maupassant y a Daudet, y por haber hecho una previa excursión cosmopolita por las literaturas de la generación de 1895, escribieron ya, con tan segura maestría, los primeros cuentos criollos.

Ni siquiera el propio país o el pueblo en donde nacimos pueden entenderse si no se compara con otros; si carecemos de paralelo o de perspectiva. Desde este punto de vista, la «realidad venezolana» no es precisamente la que mira el hombre desde el estrecho valle en que está sumergida su aldea, sino la que resulta de cotejar muchos fenómenos venezolanos con otros de la época y del universo entero.

Que en estos claustros se trabaje con fe y generosidad por esa Venezuela universal; grande no tan sólo por su territorio y su ingente riqueza promisoria y por su heroica historia vivida, sino grande asimismo, por la cultura que debe crear y por la nueva historia que debe hacer, es el más sencillo y también más ardiente voto que se me ocurre ahora. Recuerdo unas frases de Hegel:

«La edad florida, la auténtica juventud de un pueblo, es el período en que el espíritu es todavía activo. Los individuos tienen entonces el afán de conservar su patria, de revisar el fin de su pueblo. Cuando esto se consigue, comienza el hábito de vivir. Así como el hombre perece con el hábito de vivir, así también el espíritu del pueblo se agota en' la costumbre y el goce de sí mismo. Cuando el espíritu del pueblo ha llevado a cabo toda su actividad, cesan la agitación y el estímulo; se vive en el tránsito de la virilidad a la vejez, en el simple disfrute de lo adquirido. Se inicia un opaco presente sin necesidades. El pueblo, renunciando a diversos aspectos de su fin, se contenta con el ámbito menor; no se inician nuevos propósitos, se estanca en la satisfacción del fin alcanzado, se cae en la costumbre donde ya no hay vida alguna; se camina hacia la muerte natural. La vida pierde su máximo y supremo interés, pues el interés sólo existe donde hay lucha y antítesis.»

A la juventud que viene a estas aulas y a los profesores que trabajamos en ellas nos incumbe, pues, la tarea de animar ese cotidiano impulso, ese viviente hacer y rehacer; esa historia que no se empozó porque sigue creciendo y circulando, que Hegel ha llamado la «edad florida de los pueblos».

Facultad de Ingeniería.






martes, 4 de julio de 2017

Discurso de Caracas por Roberto Bolaño


Roberto Bolaño. Caricatura de Ricardo Heredia.



Estimados Liponautas

En este momento donde el premio Rómulo Gállegos carece de fondos (realmente en Venezuela lo más normal en está época-2017- es que nosotros, la gente de a pie, carezcamos de fondos) le traemos este discurso del escritor Roberto Bolaño que recibió el galardón por su novela Los detectives Salvajes.

Deseamos disfruten de la entrada.


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Por Roberto Bolaño 


31 octubre 1999




Siempre tuve un problema con Venezuela. Un problema infantil, fruto de mi educación desordenada, problema mínimo pero problema al fin y al cabo. El centro de este problema es de índole verbal y geográfica. También es probable que se deba a una especie de dislexia no diagnosticada.

No quiero decir con esto que mi madre no me llevara nunca al médico, al contrario, hasta los diez años fui visitante asiduo de consultas y hasta de hospitales, pero a partir de entonces mi madre creyó que ya era suficientemente fuerte como para aguantarlo todo. Pero volvamos al problema. Cuando era pequeño jugaba al futbol. Mi número era el 11, el número de Pepe y de Zagalo en el mundial de Suecia, y fui un jugador entusiasta, pero bastante malo, aunque mi pierna buena era la izquierda y se supone que los zurdos no desentonan en un partido. En mi caso no era cierto, yo desentonaba casi siempre, aunque de vez en cuando, una vez cada seis meses, por ejemplo, hacía un partido bueno y recobraba una parte al menos del enorme crédito perdido. Por las noches, como es natural, antes de dormirme, pensaba y le daba vueltas a mi lamentable condición de futbolista. Y fue entonces cuando tuve el primer atisbo consciente de mi dislexia. Yo chutaba con la izquierda pero escribía con la derecha. Eso era un hecho. Me hubiera gustado escribir con la izquierda, pero lo hacía con la derecha. Y ahí estaba el problema. Por ejemplo, cuando el entrenador decía: pásale al de tu derecha, Bolaño, yo no sabía a qué lado tenía que pasar la pelota. E incluso a veces, jugando por la banda izquierda, ante la voz desgañitada de mi entrenador yo me paraba y tenía que pensar: izquierda-derecha. 

Derecha era el campo de futbol, izquierda era sacarla fuera, hacia los pocos espectadores, niños como yo, o hacia los potreros miserables que rodeaban los campos de futbol de Quilpué, o de Cauquenes, o de la provincia de Bío-Bío. Con el tiempo, por supuesto, aprendí a tener una referencia cada vez que me preguntaban o me informaban de una calle que estaba a la derecha o a la izquierda, y esa referencia no fue la mano con la que escribo sino el pie con el que le pego a la pelota. Y con Venezuela tuve, más o menos por las mismas fechas, es decir hasta ayer mismo, un problema similar. El problema era su capital. Para mí lo más lógico era que la capital de Venezuela fuera Bogotá. Y la capital de Colombia, Caracas. ¿Por qué? Pues por una lógica verbal o una lógica de las letras. La uve o ve baja del nombre Venezuela es similar, por no decir familiar, a la b de Bogotá. Y la ce de Colombia es prima hermana de la ce de Caracas. Esto parece intrascendente, y probablemente lo sea, pero para mí se constituyó en un problema de primer orden, llegando en cierta ocasión, en México, durante una conferencia sobre poetas urbanos de Colombia, a hablar de la potencia de los poetas de Caracas, y la gente, gente tan amable y educada como ustedes, se quedó callada a la espera de que tras la digresión sobre los poetas caraqueños pasara a hablar de los poetas bogotanos, pero lo que yo hice fue seguir hablando de los poetas caraqueños, de su estética de la destrucción, e incluso los comparé con los futuristas italianos, salvando las distancias, claro, y con los primeros letristas, el grupo de Isidore Isou y Maurice Lemaître, el grupo del que saldría el germen del situacionismo de Guy Debord, y la gente a esas alturas empezó a hacer cábalas, yo creo que pensaban que los bogotanos se habían trasladado en masa a Caracas, o que los caraqueños habían tenido un papel determinante en este grupo de nuevos poetas bogotanos, y cuando di por terminada la conferencia, con un final abrupto, tal como entonces me gustaba acabar cualquier conferencia, la gente se levantó, aplaudió tímidamente y se marchó corriendo a consultar el afiche de la entrada, y cuando yo salí, acompañado por el poeta mexicano Mario Santiago, que siempre iba conmigo y que seguramente se había dado cuenta de mi error aunque no me lo dijo por que para Mario los errores y los gazapos y los equívocos eran como las nubes de Baudelaire que pasan por el cielo, es decir que hay que mirar pero no corregir, al salir, decía, nos encontramos con un viejo poeta venezolano, y cuando digo viejo recuerdo ese momento y el poeta venezolano probablemente era más joven de lo que yo soy ahora, que nos dijo con lágrimas en los ojos que tenía que haber un error, que él jamás había oído ni una palabra sobre esos poetas misteriosos de Caracas.



A estas alturas del discurso presiento que don Rómulo Gallegos debe estar revolviéndose en su tumba. Pero a quién le han dado mi premio, estará pensando. Perdone, don Rómulo. Pero es que incluso doña Bárbara, con b, suena a Venezuela y a Bogotá, y también Bolívar suena a Venezuela y a doña Bárbara; Bolívar y Bárbara, qué buena pareja hubieran hecho, aunque las otras dos grandes novelas de don Rómulo, Cantaclaro y Canaima, podrían perfectamente ser colombianas, lo que me lleva a pensar que tal vez lo sean, y que bajo mi dislexia acaso se esconda un método, un método semiótico bastardo o grafológico o metasintáctico o fonemático o simplemente un método poético, y que la verdad de la verdad es que Caracas es la capital de Colombia así como Bogotá es la capital de Venezuela, de la misma manera que Bolívar, que es venezolano, muere en Colombia, que también es Venezuela y México y Chile. No sé si entienden a dónde quiero llegar. Pobre negro, por ejemplo, de don Rómulo, es una novela eminentemente peruana. La casa verde, de Vargas Llosa, es una novela colombiano-venezolana. Terra nostra, de Fuentes, es una novela argentina y advierto que mejor no me pregunten en qué baso esta afirmación porque la respuesta sería prolija y aburridora. La academia patafísica enseña, de forma por demás misteriosa, la ciencia de las soluciones imaginarias que es, como sabéis, aquella que estudia las leyes que regulan las excepciones. Y este sobresalto de letras, de alguna manera, es una solución imaginaria que exige una solución imaginaria. Pero volvamos a don Rómulo antes de meternos con Jarry y notemos, de paso, algunas señales extrañas. Yo me acabo de ganar el decimoprimer premio Rómulo Gallegos. El 11. Yo jugaba con el 11 en la camiseta. Esto, a ustedes, les parece una casualidad, pero a mí me deja temblando. El 11 que no sabía distinguir la izquierda de la derecha y que por lo tanto confundía Caracas con Bogotá, acaba de ganar (y aprovecho este paréntesis para agradecerle una vez más al jurado esta distinción, especialmente a Ángeles Mastretta) el decimoprimer premio Rómulo Gallegos. ¿Qué pensaría don Rómulo de esto? El otro día, hablando por teléfono, Pere Gimferrer, que es un gran poeta y que además lo sabe todo y lo ha leído todo, me dijo que hay dos placas conmemorativas en Barcelona, en sendas casas donde vivió don Rómulo. Según Gimferrer, aunque sobre el particular no ponía las manos en el fuego, en una de estas casas comenzó el gran escritor venezolano a escribir Canaima. La verdad es que 99.9 % de las cosas que dice Gimferrer me las creo a pie juntillas, y entonces, mientras Gimferrer hablaba (una de las casas donde había una placa no era una casa sino un banco, lo que planteaba una serie de dudas, por ejemplo si don Rómulo en su estancia en Barcelona —y digo estancia y no exilio porque un latinoamericano jamás está exiliado en España— había trabajado en un banco o si el banco vino después a instalarse en la casa en donde vivió el novelista), como decía, mientras el poeta catalán hablaba, yo me puse a pensar en mis ya lejanos pero no por ellos menos agotadores, sobre todo en la memoria, paseos por el Ensanche, y me vi otra vez allí, dando tumbos en 1977, 1978, tal vez 1982, y de repente creí ver una calle al atardecer, cerca de Muntaner, y vi un número, vi el número 11 y luego caminé un poco más, unos pasos más, y allí estaba la placa. Eso es lo que vi mentalmente. Pero también es probable que en los años que viví en Barcelona pasara por esa calle, y viera la placa, una placa que posiblemente pone Aquí vivió Rómulo Gallegos, novelista y político, nacido en Caracas en 1884 y muerto en Caracas en 1969 y después, en letras más chiquitas, otras cosas, los libros, los blasones, etcétera, y es posible que yo pensara, sin detenerme: otro escritor colombiano famoso, y eso sólo es posible que lo pensara sin detenerme, insisto, pues la verdad es que entonces ya había leído a don Rómulo como lectura obligatoria no sé si en un liceo chileno o en una prepa mexicana y me gustaba Doña Bárbara, aunque según Gimferrer es mejor Canaima, y por supuesto sabía que don Rómulo era venezolano y no colombiano. Lo que realmente significa poco, ser colombiano o ser venezolano, y en este punto volvemos como rebotados por un rayo a la b de Bolívar, que no era disléxico y al que no le hubiera disgustado una América Latina unida, un gusto que comparto con el Libertador, pues a mí lo mismo me da que digan que soy chileno, aunque algunos colegas chilenos prefieran verme como mexicano, o que digan que soy mexicano, aunque algunos colegas mexicanos prefieren considerarme español, o, ya de plano, desaparecido en combate, e incluso lo mismo me da que me consideren español, aunque algunos colegas españoles pongan el grito en el cielo y a partir de ahora digan que soy venezolano, nacido en Caracas o Bogotá, cosa que tampoco me disgusta, más bien todo lo contrario. Lo cierto es que soy chileno y también soy muchas otras cosas. Y llegado a este punto tengo que abandonar a Jarry y a Bolívar e intentar recordar a aquel escritor que dijo que la patria de un escritor es su lengua. No recuerdo su nombre. Tal vez fue un escritor que escribía en español. Tal vez fue un escritor que escribía en inglés o francés. La patria de un escritor, dijo, es su lengua. Suena más bien demagógico, pero coincido plenamente con él, y sé que a veces no nos queda más remedio que ponernos demagógicos, así como a veces no nos queda más remedio que bailar un bolero a la luz de unos faroles o de una luna roja. Aunque también es verdad que la patria de un escritor no es su lengua o no es sólo su lengua sino la gente que quiere. Y a veces la patria de un escritor no es la gente que quiere sino su memoria. Y otras veces la única patria de un escritor es su lealtad y su valor. En realidad muchas pueden ser las patrias de un escritor, a veces la identidad de esta patria depende en grado sumo de aquello que en ese momento está escribiendo. Muchas pueden ser las patrias, se me ocurre ahora, pero uno solo el pasaporte, y ese pasaporte evidentemente es el de la calidad de la escritura. Que no significa escribir bien, porque eso lo puede hacer cualquiera, sino escribir maravillosamente bien, y ni siquiera eso, pues escribir maravillosamente bien también lo puede hacer cualquiera. ¿Entonces qué es una escritura de calidad? Pues lo que siempre ha sido: saber meter la cabeza en lo oscuro, saber saltar al vacío, saber que la literatura básicamente es un oficio peligroso. Correr por el borde del precipicio: a un lado el abismo sin fondo y al otro lado las caras que uno quiere, las sonrientes caras que uno quiere, y los libros, y los amigos, y la comida. Y aceptar esa evidencia aunque a veces nos pese más que la losa que cubre los restos de todos los escritores muertos. La literatura, como diría una folclórica andaluza, es un peligro.

Rómulo Gállegos por Rayma


Y ahora que he vuelto, por fin, sobre el número 11, que es el número de los que corren por la banda, y que he mencionado el peligro, recuerdo aquella página del Quijote en donde se discute sobre los méritos de la milicia y de la poesía, y supongo que en el fondo lo que se está discutiendo es sobre el grado de peligro, que también es hablar sobre la virtud que entraña la naturaleza de ambos oficios. Y Cervantes, que fue soldado, hace ganar a la milicia, hace ganar al soldado ante el honroso oficio de poeta, y si leemos bien esas páginas (algo que ahora, cuando escribo este discurso, yo no hago, aunque desde la mesa donde escribo estoy viendo mis dos ediciones del Quijote) percibiremos en ellas un fuerte aroma de melancolía, porque Cervantes hace ganar a su propia juventud, al fantasma de su juventud perdida, ante la realidad de su ejercicio de la prosa y de la poesía, hasta entonces tan adverso. Y esto me viene a la cabeza porque en gran medida todo lo que he escrito es una carta de amor o de despedida a mi propia generación, los que nacimos en la década del cincuenta y los que escogimos en un momento dado el ejercicio de la milicia, en este caso sería más correcto decir la militancia, y entregamos lo poco que teníamos, lo mucho que teníamos, que era nuestra juventud, a una causa que creímos la más generosa de las causas del mundo y que en cierta forma lo era, pero que en la realidad no lo era. De más está decir que luchamos a brazo partido, pero tuvimos jefes corruptos, líderes cobardes, un aparato de propaganda que era peor que una leprosería, luchamos por partidos que de haber vencido nos habrían enviado de inmediato a un campo de trabajos forzados, luchamos y pusimos toda nuestra generosidad en un ideal que hacía más de cincuenta años que estaba muerto, y algunos lo sabíamos, y cómo no lo íbamos a saber si habíamos leído a Trotski o éramos trotskistas, pero igual lo hicimos, porque fuimos estúpidos y generosos,como son los jóvenes, que todo lo entregan y no piden nada a cambio, y ahora de esos jóvenes ya no queda nada, los que no murieron en Bolivia murieron en Argentina o en Perú, y los que sobrevivieron se fueron a morir a Chile o a México, y a los que no mataron allí los mataron después en Nicaragua, en Colombia, en El Salvador. Toda Latinoamérica está sembrada con los huesos de estos jóvenes olvidados. Y es ése el resorte que mueve a Cervantes a elegir la milicia en descrédito de la poesía. Sus compañeros también estaban muertos. O viejos y abandonados, en la miseria y en la dejadez. Escoger era escoger la juventud y escoger a los derrotados y escoger a los que ya nada tenían. Y eso hace Cervantes, escoge la juventud. Y hasta en esta debilidad melancólica, en este hueco del alma, Cervantes es el más lúcido, pues él sabe que los escritores no necesitan que nadie le ensalce el oficio. Nos lo ensalzamos nosotros mismos. A menudo nuestra forma de ensalzarlo es maldecir la mala hora en que decidimos ser escritores, pero por regla general más bien aplaudimos y bailamos cuando estamos solos, pues éste es un oficio solitario, y recitamos para nosotros mismos nuestras páginas y ésa es la forma de ensalzarnos y no necesitamos que nadie nos diga lo que tenemos que hacer y mucho menos que tras una encuesta nuestro oficio sea elegido el oficio más honroso de todos los oficios. Cervantes, que no era disléxico pero al que el ejercicio de la milicia dejó manco, sabía perfectamente bien lo que se decía. La literatura es un oficio peligroso. Lo que nos lleva directamente a Alfred Jarry, que tenía una pistola y le gustaba disparar, y al número 11, el extremo izquierdo que mira de reojo, mientras pasa como una bala, la placa y la casa donde vivió don Rómulo, que a estas alturas del discurso espero que ya no esté tan enojado conmigo, ni se le vaya a aparecer en sueños a Domingo Miliani para preguntarle por qué me dieron el premio que lleva su nombre, un premio para mí importantísimo, soy el primer chileno que lo obtiene, un premio que dobla el desafío, si eso fuera posible, si el desafío por su propia naturaleza, en aras de su propia virtud, ya no estuviera previamente doblado o triplicado. Un premio, según lo anterior, sería un acto gratuito y ahora que lo pienso, pues es verdad, algo tiene de acto gratuito. Es un acto gratuito que no habla de mi novela ni de sus méritos sino de la generosidad de un jurado. (Entre paréntesis: hasta ayer no conocía a ninguno.) Esto que quede claro, pues como los veteranos del Lepanto de Cervantes y como los veteranos de las guerras floridas de Latinoamérica mi única riqueza es mi honra. Lo leo y no lo creo. Yo hablando de honra. Puede que el espíritu de don Rómulo no se le aparezca en sueños a Domingo Miliani sino a mí. Estas palabras están escritas ya en Caracas (Venezuela) y una cosa está clara: don Rómulo no se me puede aparecer en sueños por la simple razón de que no puedo dormir. Afuera cantan los grillos. Calculo, a ojo de buen cubero, que serán unos diez mil o veinte mil. En el canto de uno de esos grillos tal vez está la voz de don Rómulo, confundida, dichosamente confundida, en la noche venezolana, en la noche americana, en la noche de todos nosotros, los que duermen y los que no podemos dormir. Me siento como Pinocho. -


Tomado de Letras Libres



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