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domingo, 18 de enero de 2026

Armando Rojas Guardia, novicio, rebelde y beatnick: Los "carnets" de un poeta sin carnet


Armando Rojas Guardia. 1984. Fotografía de Vasco Szinetar.


Estimados amigos

Hoy tenemos el gusto de hacerles llegar esta entrevista hecha por Eloi Yagüe al ya desaparecido poeta venezolano Armando Rojas Guardia (Caracas, 8 de septiembre de 1949-Ib., 9 de julio de 2020) que fue publicada en la ya hace mucho desaparecida publicación mensual Clave. Una publicación patrocinada por el, también desaparecido, gracias al ChavismoConsejo Nacional de Cultura - CONAC de distribución gratuita y que venía encartada en el diario El Nacional. El texto fue tomado del número 34, Año II publicado el 22 de enero de 1984 en las páginas 12 y 13. 



Es necesario resaltar que este material es inédito en la red y que forma parte de la labor que venimos realizando de manera silenciosa desde hace algún tiempo de difundir material cultural venezolano, una labor que debería ser realizada por los entes culturales estatales y privados porque ellos poseen los medios financieros y materiales para cumplir con tal labor. En Venezuela el registro histórico en cualquier aspecto siempre es dejado de lado tanto por las individualidades del mundillo cultural, generalmente más abocados a la promoción personal, como por las instituciones culturales en Venezuela. Y mientras tanto nosotros venimos dando nuestro grano de arena cada vez que es posible para favorecer la difusión de la memoria cultural nacional, sin alharaca pero de forma contundente. Con verdadero espíritu crítico y tratando de alejarnos de las reuniones típicas de dantas literarias que suelen abocarse a la periódica labor de rubricarse loas recíprocas y para sobarse los lomos. Creemos que ya hemos ubicado el termino adecuado para denominar esa tierna e inmarcesible actividad criolla: el Dantismo Literario, mote inspirado en el dandismoaunque se podría reducirse a una sola palabra para aumentar su contundencia verbal y simbólica: Dantismo

En Venezuela usualmente labores (recopilación, transcripción y divulgación) como las que nosotros venimos  realizando calladamente se convierten en moneda de cambio para ganar reconocimiento y ser invitados a eventos "culturales" tales como las Ferias del Libro, eventos generalmente patrocinados por el régimen venezolano para dar la sensación de que no pasaba nada en Venezuela. Siempre nos hemos preguntado cual es la pertinencia de estas Ferias en Venezuela, eventos donde los escritores presentan libros impresos en el extranjero (generalmente tercerizando en una plataforma que defiende los derechos fundamentales de los trabajadores como Amazon) porque para la gran mayoría de los escritores es imposible costear una impresión en Venezuela. Y también porque en ningún de estos eventos se menciona la terrible situación en que vivimos los venezolanos. Porque mientras a la mayoría de los venezolanos los machaca una realidad filosa y horadante, muchos escritores sumergen la cabeza en un mundo lleno de virtudes y algunas autoridades universitarias compran apartamentos en Europa y mandan a sus hijos a estudiar en universidades privadas en esa península asiática mientras destruyen las bibliotecas de las universidades que regentan:

 Queremos dejar claro que no criticamos la edición de libros en Venezuela. A pesar de que  el gobierno actual venezolano tiene capacidades asombrosas como:

a) Hacer morir de mengua los pacientes en los hospitales porque entre otras cosas fue incapaz voluntariamente de sostener el sistema de salud convirtiéndose en el privatizador máximo de este rubro.

b) Producir  un inmenso número de presos políticos, como bledo en el campo, que existen en el país.

c) Provocar un soslayamiento intelectual voluntario de una realidad que anula nuestros derechos fundamentales en los trabajadores culturales más diversos. 


d) El empeño de romper records como medida propagandística que no mejoran la realidad de mayoría de la población venezolana. Los venezolanos saben de que tipos de records estamos hablando.

Creemos que los escritores pueden construir su torre de marfil particular que les permita conformar mundos alternos donde su creatividad tenga un libre juego pero eso no los exime de convertirse en voceros críticos de una realidad asfixiante que machaca a los venezolanosSabemos que nuestra postura ha tenido consecuencias para nosotros en el mundillo cultural venezolano que el mejor de los casos, obviaremos los peores, se ha manifestado como el distanciamiento de entes privados o de individuos manteniéndose con una vinculación que podría llamarse "políticamente correcta". Pero de lo que nunca nos podrán acusar de que hemos sidos zalameros del régimen o de sus extensiones que en Venezuela suelen llamarse enchufados.

Como es usual compartiremos esta entrada en Facebook y etiquetaremos a personas relacionadas con el mundo cultural venezolano. Y ustedes mismos, asiduos y queridos lectores, podrán comprobar el grado de complacencia o de contrariedad con lo aquí expresado de muchos personajes culturales o intelectuales de la realidad nacional sólo por el numero de veces que esta entrada sea compartida o comentada en esta plataforma. Y cada uno de ustedes podrán medir directamente en que medida nosotros estamos cerca de describir la verdad circundante que hace tiempo tomó nuestra casa.



Creemos que este es el primer fragmento de etsa publicación del Consejo Nacional de Cultura (CONAC) publicado digitalmente en la red. Hurgamos en ella y no conseguimos mención alguna a este órgano divulgativo del CONAC y tampoco conseguimos imagen alguna del mismo. Le agradecemos al escritor y divulgador Richard Montenegro que nos facilitara el material perteneciente a su hemeroteca familiar.

La única imagen que acompañaba al texto es la que abre la entrada, una fotografía de Armando Rojas Guardia tomada por el fotógrafo venezolano Vasco Szinetar. El resto de las imágenes fueron tomadas de diversas fuente y el montaje es nuestro procurando una visión agradable que permita la fácil lectura de la entrada y dando el respectivo contexto y respaldo para que el lector eventual pueda ubicarse en el tema, tiempo y espacio necesario para digerir provechosamente la entrada.


En este momento nos preguntamos: ¿Cuanto tiempo duro Clave?. Si alguien puede brindarnos la información estaremos muy agradecidos

Esperamos que disfruten realmente de este hallazgo y aprovechamos la ocasión para agradecer la compañía tanto de los lectores habituales, de los que nos abandonaron como de los eventuales.

Atentamente


La Gerencia



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Después de años sin publicar, este joven poeta, uno de los más importantes de la "generación de los 80", irrumpe con su primer libro de ensayo "Carnets y su segundo de poesía: Yo supe de la vieja herida 


Para quienes siguen de cerca la trayectoria de Armando Rojas Guardia, el poeta que se dio a conocer con Del mismo amor ardiendo (Caracas, 1979,  Monte Ávila Editores) no resulta sorprendente la aparición, en el transcurso de este año, de su primer libro de ensayo - Carnets -, que será editado por Fundarte.




La razón es que Rojas Guardia quién nació en Caracas en 1949, se ha convertido a la vuelta de pocos años en uno de los poetas más sólidos de su generación y, simultáneamente, en uno de sus más reflexivos miembros, sosteniendo una intensa labor de investigación crítica sobre la literatura venezolana, plasmada hasta los momentos en trabajos publicados en diferentes medios fundamentalmente la prensa y revista literarias, bajo los cuales subyace una madura y coherente visión del hecho literario.

Fundarte. Imagen tomada de aquí.



Es Carnets un libro singular: en él se entrecruza lo autobiográfico con lo ensayístico y está compuesto por apuntes a la manera de un diario vital, nada sistemático (Rojas Guardia confiesa una "desconfianza instintiva contra los sistemas"), pero sí muy intenso. Allí se pueden encontrar desde fragmentos de cartas hasta párrafos íntegros, textuales de Nietzche, Camus, Kafka o los Evangelios. "Consiste básicamente - explica- en reflexiones sobre la experiencia interior ligada al erotismo, a la religiosidad, a la locura y a la política. La fuente principal es el material extraído de mis diarios".

Rojas Guardia considera que no contamos con libros-testimonio de los escritores, en los que los autores expliquen como resolvieron determinados problemas literarios e incluso vitales. Carnets apunta en este sentido, aunque en ningún momento debe considerarse como un libro acabado, sino como un peldaño, el resultado de la reflexión sobre una etapa existencial determinada y no completamente cerrada.

Así pues, el ensayista en este caso deviene no por incursión, sino por decantación. "Cada vez me apasiona más el ensayo", señala.

Como una de las razones que motivan este ejercicio, se encuentra la necesidad de fundamentar una ruptura estética con la generación de poetas precedentes de la llamada "generación de los 70". Durante un tiempo, la actividad teórica y crítica de Rojas Guardia estuvo asociada a la génesis y esplendor del Grupo Tráfico, que se planteó como una toma de posición divergente frente a lo que el propio Rojas Guardia califica como la "moda textualista", signada por la factura de una poesía fuertemente afrancesada,equivalente al cinetismo en las artes plásticas.

"En su mejor versión - señala Rojas Guardia - , esta corriente surge de los avances más radicales de la poesía de la modernidad y la contaminación literaria de los estudios semiológicos y lingüísticos. Creo que en nuestro país ha habido una influencia avasallante de la poesía francesa y una especie de olvido de otro universo distinto que es la poesía en lengua inglesa, sobre todo la norteamericana".

Desde "Tráfico" se lanzaron obuses contra ese textualismo y a favor de una poesía que retomara la calle, lo cotidiano, el habla coloquial, en suma, una  poesía más emparentada con los postulados de la generación beat norteamericana de los años cincuenta (Kerouac, Ginsberg, Burroughs, Corso, Ferlinghetti). Indudablemente los jovenes militantes de Tráfico debieron documentar previamente sus andanadas contra los "setentistas" para, según Rojas Guardia "no repetir acríticamente sus parametros, según los cuales la modernidad en Venezuela empieza con José Antonio Ramos Sucres, sigue con Gerbasi y termina con ellos".

Grupo literario Tráfico. De izquierda a derecha: Rafael Castillo Zapata, Alberto Márquez, Igor BarretoYolanda Pantin, Armando Rojas Guardia y Miguel Márquez. Foto: Vasco Szinetar.
Imagen tomada de Pinterest.


En tal sentido, ARG tuvo notable participación y se destacó en la defensa de los postulados del grupo mientras este duró, aunque reconociendo los aportes de aquella generación que se propuso "modernizar" la poesía en Venezuela y acabar con el "soneteo", según expresión de Juan Sánchez Peláez, uno de sus más conspicuos representantes.

Otra de las preocupaciones de Rojas Guardia ha sido observar la dinámica de los jóvenes escritores en el país. "Yo tengo la sospecha - afirma - de que en las últimas promociones literarias hay mucha gentebque no sabe redactar una cuartilla en castellano. Se usa el poema breve, la ruptura de la sintaxis y espacios en blanco como refugio de la ignorancia y en ocasiones hasta de la estulticia".



Sin embargo, reconoce el aporte de por lo menos tres poetas jóvenes formalistas, que considera trabajan seriamente, como son Salvador Tenreiro, Lourdes Sifontes y Alberto Guaura, aunque en general lamenta el desdén con que los jóvenes escritores consideran la literatura española, especialmente la clásica, cuyo conocimiento resulta fundamental, pues remite a los orígenes de nuestro idioma.


Como parte de su trabajo de investigación, Armando Rojas Guardia ha llegado ha reivindicar a varios poetas venezolanos, tales como Rodolfo Moleiro y Luis Enrique Mármol, que permanecían relegados debido a los criterios estéticos dominantes.


YO SUPE DE LA VIEJA HERIDA

A los tres años Armando, hijo de poeta, ya sabía que significaba esta palabra, a quién designaba: "a un hombre que se relaciona amorosamente con las cosas". El pequeño Armando recitaba a los animales y a las plantas, repitiendo inconscientemente la actitud franciscana. "Olvidé esto - señala - hasta los 15 años, cuando se superpusieron otras vocaciones, entre ellas la religiosa". 

A esa edad, leyendo a García Lorca, Armando se quedó encandilado con un flash que le decía: "tu destino es ser poeta".

De ahí en adelante se trató de hacer unequilibrio sobre una cuerda floja: "conjugar esa vocación poética con la religiosa", según él mismo dice. En 1967 entro al noviciado jesuita dejando, simultáneamente, de escribir. Cuatro años duró esa experiencia, cuyos alcances aún se prolongan.

- Descubrí que mi literatura se nutría de mis propias máscaras, de mis mentiras de mi narcisismo. Manoseaba al yo y se nutría de mis desechos existenciales. De ahí la necesidad del silencio y de trascender el lujo escénico de la palabra, para estar totalmente desnudo frente a Dios.

Tras esos cuatros años de escaso contacto con la poesía, Rojas Guardia rompe con su formación religiosa. El motivo más inmediato ( o aparente) fue la asunción de un compromiso político con el socialismo. Pero posteriormente afloraron otras razones mucho más profundas y difíciles de aceptar, entre ellas, la más importante la conciliación con el cuerpo. "Me sentía como una nube en pantalones", explica Rojas Guardia. Y entonces, "bajó al infierno" para buscar ese cuerpo que había olvidado. Cuando subió, tenía unas palabras que reflejaban culpa y miedo, pero no por eso dejó de escribirlas: "Veo la literatura íntimamente ligada a mi historia pasional. He descubierto que la literatura sirve a mi afán de sinceración conmigo mismo. Me di cuenta que la palabra es más ambivalente y ambigua de lo que pensaba. Es oropel y también desnudez, sobre todo si uno la asume no como matemética formal, sino como una de las más grandes experiencias existenciales".

Yo supe de la vieja herida (en proceso de publicación por Monte Ávila) constituye el reflejo poético del proceso de reasunción de la sexualidad, de una manera cnflictiva. Uno de los amigos de Rojas Guardia que tuvo acceso a al poemario mecanografiado señaló que en él no hay sensuaidad gozosamente asumida, sino conflictuada, tensa. El mismo título semeja un bolero del más agudo despecho. El tono general, al igual que en Del mismo amor ardiendo, tiene que ver con "el espectro católico de la confesión" (Foucault dixit) y la desnudez del texto es una forma de expiar los pecados de la carne. Pero no es una catarsis, como lo demuestra el oficio poético que se despliega lúcido y sereno (amargo en ocasiones) por sus páginas.

"Una poesía contaminada de humanidad, aquello que quería Pavese que cuando leas sepas que un hombre te habla", rige el último libro de Rojas Guardia y revela la concepción que su autor guarda de la escritura "un arma de conocimiento de mí mismo, a la que no siento necesidad de renunciar"




Nota: Armando Rojas Guardia, (1949-9/7/2020). Era filosofo, poeta, ensayista. Su trabajo reconocido internacionalmente fue traducido a diversos idiomas. Fue uno de los fundadores del grupo Tráfico (1981). Entre sus libros publicado en Venezuela: Del mismo amor ardiendo (1979), Poemas de quebrada de la virgen (1985), Yo que supe de la vieja herida (1985), Hacia la noche viva (1989), La nada vigilante (1994), El esplendor y la espera (2000), Patria (2008), Mapa del desalojo (2014). Entre sus ensayos: El Dios de la intemperie (1985), El calidoscopio de Hermes, (1989), Diario merideño (1992), Crónica de la memoria (1999), La otra locura (2017), El deseo y el infinito (diarios 2015-2017) y Proserpina (2015). Premio del Consejo Nacional de Cultura de Venezuela (1986-1996). Premio de ensayos de la Bienal Mariano Picón Salas (1997). Miembro de la Academia del idioma español, (2016-2020).


Tomado de El Nacional.



miércoles, 30 de julio de 2025

Julio Miranda en mis recuerdos

 


Imagen tomada de aquí



En el umbral y más allá (75 años de Julio Miranda)

POR Miguel Ángel Campos




Conocí definitivamente a Julio Miranda (27 de junio de 1945, La Habana, Cuba - 14 de septiembre de 1998, Mérida, Venezuelacierta tarde en una plaza de Mérida acosada por el musgo, allí nos refugiamos de la llovizna armados de un vaso de café caliente de la panadería de enfrente. Antes, alguna vez lo vi en Maracaibo a mediados de los ochenta y lo encontré nuevamente en el hoy liquidado restaurante El Paladar en ocasión de los premios de la primera Bienal Mariano Picón Salas (1991). Ambos habíamos sido premiados, él con su primer libro de relatos El guardián del museo (1993); Julio me recibió con uno de esos chistes que eran casi solo para sí. Entonces mis viajes a Mérida se hicieron más frecuentes y por lo común acordábamos vernos fuera de la diligencia del día. Su conversación se hacía solaz, le daba un tinte diferente a las imágenes de una ciudad capaz de agobiarme al tercer día, pero a la que ya nunca dejé de ir. Él, con su particular necesidad de ciudad –podría decirse–, le hacía contrapeso. Así su presencia merideña, testimonio de conciliación, era como un alivio para quienes como yo sufren con algunas monotonías de la naturaleza.

Mariano Picón Salas cerca de 1940.

La ciudad elegida o electora no parecía el mejor lugar para alguien de vida tan poco reposada, pero refugio y exilio fueron como dos necesidades donde lo andino podía encajar sin mayor complicación; después de todo un cubano taciturno como él tenía la potestad de serlo cuando quisiera, pues su cubanidad no era por cierto un atributo que se nutriera de lo pintoresco. Su voz pausada y más vehemente de lo aparente era ajena a toda infatuación (pienso en el esfuerzo de los maracuchos por identificarse cuando hablan fuera de su casa). Por lo demás, el hombre que escribía abundantemente resultaba más bien parco en la conversación, no se quedaba mucho tiempo en una tertulia y usaba su humor como entrada o salida, de pronto Julio ya no estaba, se lo podía encontrar entonces en su casa frente a la máquina. Andaba por las calles como quien anda por el mundo armado de una dosis de cosmopolitismo, antídoto eficaz contra aquellas, esa posibilidad de quedarse mucho tiempo viendo el paisaje hacerse pueblerino. Solía tratarme con cierto aire paternal y eso me encantaba, pero en una ocasión fue al grano y como solicitando misericordia: lo había invitado a un seminario de traducción y me llamó para decirme que se iba a Buenos Aires a un evento reactivado a última hora, la razón era de peso: nunca había ido a aquella ciudad y siempre quiso conocerla. Era más que un estilo, la franqueza como gestión; por lo demás, el evento de Maracaibo resultó casi un fiasco y respiré aliviado de saber a Julio paseando por la calle Corrientes.


Su disciplina era la compensación de un desamparo desde el cual parecía retar la vida imprevista, pero él no ignoraba ni el desamparo ni la magnitud de las tareas. Se defendía con el encierro y volviendo permanentemente a un plan de trabajo capaz de hacer de la soledad una rutina próspera, evitaba así la dispersión y los riesgos naturales en quien también eligió vivir de la literatura y para ella, así como no estar siempre un paso más allá. En alguna dedicatoria se refiere a sí mismo como la “fábrica de papel manchado JEM”; era una manera de ironizar sobre un oficio cuya esperanza era también abismo, y justamente por eso lo defendía como la acción más sagrada —su honestidad no podía ser juzgada sino desde la solemnidad. Cuando Julio olfateaba algo raro en un concurso o, por ejemplo, tenía que vérselas con situaciones incómodas en la comisión de alguna gestión editorial era fácil saber el desenlace: renunciaba sin mayor algazara; en tales trances para él no cabía el diálogo. Era una manera de expresar su opinión sobre la literatura, o de encarecerla, y estaba hablando desde otros intereses, comprometiendo así convicciones ancladas en un lugar elegido para una vida nada provisional. Un estilo humano ante todo, y eso supone sólo esa clase de valoraciones que hacen del individuo alguien más allá de una personalidad. La honestidad vendría a ser así una posibilidad para mostrar las elecciones más trascendentes. Seguramente tenía pocos amigos pero la suya era una amistad a toda prueba, como en esos niños capaces de sacrificar sus mejores juguetes. Puedo dar testimonio del hombre afectuoso, lleno de un instinto para el intercambio, solícito y tierno frente a las circunstancias más sencillas, el protocolo se hacía pedazos en sus grandes maneras y en la entrega de quien sabe cuánto vale la pena atesorar emociones.


La ineficacia irresponsable lo hacía lamentarse sólo por un minuto, inmediatamente estaba armando nuevos planes y tal vez más de los que podía ejecutar en las condiciones del medio. Libros entregados a las editoriales, estudios solicitados, antologías actualizadas una y otra vez, todo era una acumulación de expectativas desplazadas por las del día, la morosidad de los indiferentes no lo detenía y se hacía su propio camino. El ritmo de nuestra actividad literaria era casi anacrónico para sus hábitos y su disciplina, el contraste resulta más agudo si se toma en cuenta el ejercicio irregular de nuestros escritores o que una regularidad como la suya hace ver como tales. A algunos le parecía como si Julio estuviera pendiente de todo, pero en realidad se limitaba a ejercer su disposición de cronista, de observador de un tiempo que se fuga sin esperar testigos, y si esto resultaba profesional, era sobre todo su método de ser consecuente. Reparar en los ritmos de aquellos tiempos nos permite tener hoy valoraciones y balances ejecutados en su momento, de otra manera hubiera sido imposible, en todo caso sus adelantos fijaron un rumbo. Proceso a la narrativa venezolana (1975) y Poesía, paisaje y política (1992), al menos, son dos conclusiones de largo alcance en relación a esa tarea de organizar el panorama de tendencias fuera del acuerdo académico. Por supuesto, esto supone a menudo la disidencia, le conquista malquerencias, también la novedad cuando subvierte el canon y por ello a menudo esos trabajos son leídos con recelo. Fijó juicios y anotó estilos, recensó y catalogó hasta la estadística una literatura siempre aquejada de insuficiente crítica.



Cuando a su vez le tocó organizar eventos para confrontar y difundir el trabajo intelectual, respondió como un excelente anfitrión, pendiente de los invitados y cuidadoso del desarrollo de la programación, hacía de la responsabilidad la verdadera vedette, procuraba enmendar seguramente las frivolidades y la escasa consideración hacia el esfuerzo creador, habitual en la burocracia cultural y en los creadores mismos. Por lo demás, alguna magia tocaba aquello donde se sumergía, seguro de respirar bajo el agua. Así, en una oportunidad le pedí un seminario de cine y literatura en la Universidad del Zulia. Como siempre, las carencias y el bulto escudado de directores y decanos nos puso en aprietos. Pocos inscritos y deudas por pagar, y la institución lucrándose del esfuerzo personal y pretendiendo saldar todo con la regalía del dudoso prestigio académico. A última hora fluyeron los participantes, hubo dinero suficiente para pagarle sus honorarios, pues al otro día se iba a Caracas. De ese seminario quedan la imagen del expositor inmutable, sostenida por la devoción ante un público tal vez interesado pero que no emparejaba, y tres casetes: estos darían un libro novedoso en la bibliografía venezolana.


Retengo otra imagen suya, aquella más permanente del que aparece viniendo desde el fondo pero mira por encima, hacia el paisaje de la distancia. Escandaliza la mezquindad de la gente de cine, o tal vez sea crasa ignorancia, pues nadie parece haber reparado en como Julio dedicó al menos siete libros a situar e interpretar el cine venezolano. No conozco ni un homenaje, ni una actividad discreta para enfatizar esta labor vindicadora de una actividad tan poco atendida por la investigación. Catalogó y ordenó el cine venezolano y se quedó esperando por las novedades, y si podemos entender que se encerrara para escribir con puntualidad inglesa, resulta difícil, en cambio, explicarse cómo hacía para ver miles y miles de pies de película, acción esta sujeta a un tiempo más objetivo y subordinado. Y sin embargo sólo conseguimos silencio, y en el mejor de los casos desconocimiento, por parte de quienes han visto su disciplina enaltecida y puesta en el debate por un cinéfilo que nos mostraba sus descubrimientos desde la perspectiva del intelectual ilustrado, así sus análisis desbordan los intereses del cine. Cuando en una oportunidad, recién fallecido Julio, le propuse a alguien vinculado con la promoción y administración de un fondo cinematográfico en Maracaibo, la edición de un libro inédito o una antología de sus trabajos, me confesó no saber quién era Julio Miranda. Casualmente, la última vez que nos vimos él andaba en diligencias de un festival de cine previsto para comienzos del año siguiente, ignoro si llegó a hacerse. Hablaba con fervor y preocupación sobre aquella tarea, los fondos de las instituciones responsables no terminaban de llegar y había adquirido compromisos personalmente con gente del exterior. Pero como contrapartida me refería casi con indiferencia, esa tarde en la plaza merideña, un incidente ocurrido en la Alianza Francesa la semana anterior: tuvo un desmayo brusco al cual no le dio mayor importancia. Cualquier cineasta venezolano culto no podría obviar, desde la apatía que convierte en hojas inertes aquellas provenientes de la “fábrica de papel”, los hallazgos desplegados en esos bocetos lineanos, digamos Cine y literatura: seis textos, seis films (1991), imprescindibles para la vida civil de un arte cuyas versiones se disuelven en la muchedumbre. Ya no digamos, sus investigaciones temáticas: El cine que nos ve (1989), Imagen documental de Caracas (1994). Otros, no el seguidor de una huella, pueden ignorar una línea escrita en la ternura de quien escapa durante horas hacia la conciencia absoluta. Con él era necesario evitar para siempre esa displicencia colándose desde la molicie que sumerge o que a muchos pierde hasta ahogarlos.


Resplandecen las palabras derramadas sobre el papel y secadas luego con mirada de gozo, lo que quede será tan sólo el vínculo con los atentos del día y también con aquellos aptos para esperar en los tiempos benévolos. Nació el 27 de junio de 1945, nos dejó en 1998, y estos veintidós años que ha faltado deben valuarse, como dicen los economistas, en precios actuales, pero a él no le faltó tiempo, adelantó tareas y nos dejó la sensación de haber compilado el futuro. La suya era la escritura de un sediento, pero esa sed era la condición natural de un humedal, árboles y plantas acuáticas eran solo el paisaje visible de un mundo subterráneo. La humedad propiciaba el diario renacer, la purificación no venía del fuego sino de esa fe que lo hacía siempre estar lleno de pudor, no tanto una manera de vivir como de ser.




https://prodavinci.com/en-el-umbral-y-mas-alla-75-anos-de-julio-miranda/



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Julio Miranda, el parapoeta invisible que cantó rock urbano con aroma de cazón



Julio E. Miranda y su Vida del otro









miércoles, 2 de julio de 2025

Julio Miranda, el parapoeta invisible que cantó rock urbano con aroma de cazón


Julio E. Miranda realizador en Radio Exterior de Bélgica, Bruselas 1972.
Fotografía de Demetrio E. Brisset.




"porque sería bueno tener un país


cuando nada fuera exilio"





Julio Miranda, en el Salón de relegados


Salón de relegados XXXIV: Julio Miranda

Por Papel Literario

Abril 29, 2022




Por FEDERICO PACANINS


Julio Miranda nació en La Habana el 27 de junio de 1945 y falleció en Mérida, Venezuela, el 14 de septiembre de 1998. Luego de visitar  Estados Unidos, España, Francia, Bélgica, Italia e Inglaterra, llegó a Venezuela en 1968, donde se residenció, desarrolló una extensa obra literaria y, treinta años después, murió a los 53 años de edad.


Julio Miranda / Vasco Szinetar©



Su trabajo literario lleva el signo del emigrante que acopla oficio y tono —no exento de esa gracia corrosiva propia de la idiosincrasia cubana— a la nación que lo adopta y le da residencia creativa permanente. Miranda así abarcó la crítica de artes –con especial foco en el cine y la literatura—, la poesía, la narrativa, el ensayo, la traducción y la crónica. Unos cuarenta libros publicados evidencian la prolífica actividad desarrollada en el país, apuntalada por los títulos siguientes: Proceso a la narrativa venezolana (1975), Maquillando el cadáver de la revolución (1977), Parapoemas (1979), El poeta invisible (1981), Vida del otro (1982, Premio Conac de Poesía 1983), Anotaciones de otoño (1987), Así cualquiera puede ser poeta (1991), El cine que nos ve (1991), Sobrevivientes (1992),  Palabras sobre imágenes: 30 años del cine venezolano (1994), y los libros de cuentos El guardián del museo y Ciudad con nombre de mujer (premios de las Bienales de Literatura Mariano Picón Salas).


Ofrecemos a continuación cinco de sus Parapoemas, un fragmento de El poeta invisible, el Canto del bobo de Rock Urbano, y los cuentos “Guiso de cazón” e “Isla tan dulce”, de su libro Sobrevivientes.


De Parapoemas (1979)


estábamos la revolución y unos amigos conversando


entonces la revolución se levantó y se fue


mis amigos acabaron sus vasos


se levantaron y se fueron



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yo acabé mi vaso


mi vaso se levantó y se fue


luego escribí muchos poemas



muchos



*****


en aquellas  tabernas


donde una vez bebimos


otros repiten nuestros gestos


con precisión paródica


 


nadie nos ve: pasamos


como pájaros transparentes


su juego de máscaras limita


con la ilusión de ser impenetrable


*****


el viejo no recuerda si es actor


o simplemente un tonto


 


aún sabe


un par de trucos con antorchas


pero al hacerlos siempre


se le queman las manos


 


y ya no quiere


ella ríe desnuda


al borde de la cama


cuando me acerco le brotan en el cuerpo flores y hojas enormes, se pone verde, avanzo entre árboles gigantes por galerías que la lluvia sacude, me ensordecen pájaros invisibles, fieras rugen, monos me lanzan frutas, encuentro un enano con una campana que me hace señas indicándome el camino. Lo sigo, salgo a un claro y allí se ríe desnuda


al borde de la cama


huele a eucalipto


tiernos alces roncos cantan



*****


evitando en lo posible el dudoso recurso de comparar mi vida


a un cigarrillo que arde inútilmente


porque el cigarrillo no arde inútilmente


y yo sí


De El Poeta invisible (1981)


 


sabes que no hay exilio


cuando todo es exilio


 


por qué dices entonces:


¿sería bueno tener un país?


 


porque sería bueno tener un país


cuando nada fuera exilio




De Rock urbano  (1989)


 


Canto del bobo


 


rompí el televisor


buscando las muñecas


que bailaban dentro


 


tan bonitas


 


solo había


alambres


vidrios


pinchos


 


ninguna


mujer pequeñita


 


no llores hijo —dice mi madre


bobo de mierda —grita mi padre


carajito sabio —sonríe mi hermano


 


yo no entiendo


no siempre


entiendo


¿la vida es así?


De  Sobrevivientes  (1992)


Guiso de cazón


—Le das primero un hervor para que no se te quede como un chicle. ¡Niña! Atiende, pues. Deja la miradera por la ventana. ¿Qué se te perdió ahí fuera?


—Nada, mamá, es que están asaltando a una señora.


—¡Ah, pues, gran novedad! ¿Entendiste lo del hervor?


—Sí, mamá. Hervirlo un poco…


—Y luego lo vas esmechando, como la carne, ¿ves? A ver, esméchalo.


—Está caliente, mamá.


—Esmecha, pues. ¡Qué niña tan fina que me ha salido! ¿Tú te crees, mija, que yo voy a durar una eternidad en esta taguara? ¡Aprende, pues!


—Sí, mamá. Lo esmecho. Mamá, le están pegando a la señora.


—Suerte tiene si no la pinchan. A ver, ¿y qué le echamos?


—Ajo, cebolla, pimentón, perejil…


—En ese orden, okey. ¿Y el cazón?


—Bueno, cuando ya esté todo doradito.


—Remuévelo, que no se te queme. Ponle sal. ¿Y los tomates? ¿Ah, ya picaste los tomates?


—Ya voy, mamá. Está gritando, mamá.


—¿Los tomates, niña?


—Tú sabes quién, mamá, la señora.


—Bueno, tiene derecho, ¿no? Ve echando el cazón. ¿Lo esmechaste bien?


—Sí, mamá. Estará herida, mamá.


——¡Coño, cómo te pareces de entrépita a tu padre, que Dios lo tenga en la mierda! Remueve el guiso.


—Sí, mamá. ¿Y si se muere, mamá?


—La entierran, mija. ¿O te la quieres traer para acá y ponerla en una vitrina, eh?


—No juegues con eso, mamá.


—Los limones, quítales las pepas, exprímelos y ten el jugo a mano.


—¿Le ponemos cilantro, mamá?


—¿Cuántas veces te he dicho que el cilantro va al final, porque si no pierde el gusto?


—Sí, mamá. Ya no se oye a la señora, mamá.


—Con tal que se la lleven antes de que abramos. Santíguate, niña.


—Sí, mamá. ¿Le echo el limón?


—Ve echándole. ¿Cómo está de sal?


—Está bajo.


—Déjalo así, que le ponga el que quiera.


—Ahí suena la sirena.


—Bueno, monta el arroz y vete a hacer la tarea. Baja cuando te diga, eh, para ayudarme a servir. Y recuérdate, que ya te lo he dicho muchas veces, ¡no guabinees entre las mesas, que esos hombres son unos desgraciados!


—Sí, mamá. ¿No vas a probarlo?


—A ver, sí. ¡Coño, te quedó bueno! Pero ¡monta el arroz de una vez, pendejita!


—Sí, mamá.


Isla tan dulce


El tipo quería volver a Cuba.


—Ya he visto tres asesinatos —decía—. ¡En una semana!


—Pero tú vives en la Lecuna. Eso no es toda Caracas. Mírame a mí. ¿Yo estoy muerto? ¡Yo no estoy muerto!


El argumento parecía no convencerlo. Quizás yo estaba algo muerto, es verdad. Pero no tanto.


***


Lo conocí recién llegado. Un cubano vestido de cubano antiguo, todo de blanco, sorbiendo su café con la cabeza proyectada hacia delante para que ni una gota le cayera encima. Él inició la conversación, siguiéndome la mirada:


—Pura plusvalía carnal, miermano.


Y desarrolló el tema. Yo alabé, recíproco, la belleza de las cubanas. “Pero todas son milicianas, viejo”, replicó. “Si no estás integrado no quieren nada contigo”.


—Bueno, aquí lo que quieren es desintegrarte —le dije—.


—Ya sería un cambio.


***


Días después, como a las cien cervezas, me confesó que estaba sexualmente famélico. “Es un problema lingüístico. No pienses mal, chico, nada de eso. Es que no entiendo a las venezolanas, no sé lo que me dicen, lo que me piden que les haga. Y cuando lo entiendo, vaya, que ese vocabulario no me excita. ¿Tú no conoces alguna cubanita por aquí? Mira que yo cumplo. Le hago trabajo voluntario y todo”.


El tipo me caía simpático. Le di el teléfono de Caridad, una mulatica nerviosa y complaciente. Se fue de lo más contento.


***


No esperaba encontrármelo en el Museo del Teclado. “Me aburría y, total, crucé la calle”, se disculpó. Tocaba el grupo Cuero Quemao, unos muchachos de ahí mismo, de Marín. Al tipo se le iban los pies. Nada sorprendente. Lo bueno fue después: al empezar el foro inevitable, cuando me levantaba para irme, pidió la palabra. Yo casi le tapo la boca, temiendo que dijera cualquier barbaridad. Pues no. Comenzó elogiando al grupo, “tan nuestro”. Analizó “la rigurosa estructura musical” del Sóngoro cosongo. Recitó, mimando, “Sensemayá, la culebra”. Habló de los tambores batá, del “sufrimiento de  nuestros hermanos de Regla”, de la “inescrupulosa comercialización de nuestra idiosincrasia afrolatina”, de Santa Bárbara y Changó. Terminó citando a Martí, sazonado para la ocasión: Cuba y Venezuela son… De un pájaro las dos alas… Aplaudieron hasta rabiar. Casi lo alzan en hombros. Se le acercó una funcionaria del Museo: le contrataron un taller. Invitó al Cuero Quemao a tomarse unos tragos. Llevaba a la cantante del grupo por la cintura.


***


Les cambió el nombre: pasaron a ser El Son Sonoro. Como su empresario les consiguió una gira por el interior, pagada por la Cantv, mientras ellos chancleteaban por el país, él meditaba por las mañanas y hacía contactos por las tardes. Las noches eran de Caridad, “mi azabache”, “mi reina piel canela”, “las tres mulatas de fuego en un solo cuerpo”, decía.


Bautizó al mismo grupo con una segunda denominación: Combo Experimental Caraqueño. Así tuvo un subsidio para cada nombre: el primero del Conac, éste de Fundarte. Los otros seguían girando. Dictó un curso en el Ateneo: “Estructuras rítmicas de nuestra identidad”. Hubo que rechazar gente.


***


Lo perdí de vista. Me llamó cuando lo del “psicoson”, para que escribiera el folleto. “Yo tengo la labia pero me faltan letras”, decía humilde. “Dale ahí”. Prácticamente me lo dictó”; yo le iba dando forma, sobre la marcha. Seguía asombrándome. “Lo mío es Jung y Jahn”, repetía. Había leído mucho, un par de libros diarios, uno con cada ojo, supongo. “¿Pero lo del Museo?”. Le quitó importancia: “Yo era vecino del viejo Fernando Ortiz. Tomábamos café juntos”.


La nueva técnica terapeútica gustó. Una charla introductoria, un pensamiento-guía para la jornada; luego el psicosón en parejas: discos del Benny, Celia Cruz. Para terminar, sauna indiscriminada, a voluntad: había voluntad. Y dinero. “Barato no es”, admitía. “No todos pueden tenerlo todo”.


***


No paraba de evolucionar. Abrió el Centro de Investigaciones Psicomusicales y algo le cayó de la Unesco. Se tomó sus primeras vacaciones, fue a Brasil, vivió tres meses con un pai de santo. Volvió iniciado. Echaba los caracoles. Solo juraba por el panteón Yoruba. “Eso es más rico que las categorías junguianas, viejo. Hay que ir a las raíces”.


***


Se le veía cansado, tan multidisciplinario. “Es un destino”, lo asumía.


Pero también las jevas. Había superado la barrera lingüística y roto con Caridad.  “Las mujeres son como el café, tú sabes”. Pensé que se refería a alguna negra. “Óyeme: no estás en nada. Perdóname que te lo diga, pero tu señora madre te hizo mucho daño. Yemayá te domina. Sacúdete. Te estoy hablando de hombre a hombre, casi como un padre”. Me explicó el enigma: “A las mujeres hay que menearlas porque tienen el azúcar abajo. No lo olvides”.


No lo olvido, pero da igual.


***


Se compró una quintota Palos Grandes arriba, casi en la Cota. Me invitó al open house, selectísimo. Aparte, me anunció que preparaba una velada en el Teresa Carreño, “¡imagínate!”. Las Hijas de Ochún atendían a todos, infatigables, sonrientes, místicamente voluptuosas. “Mis discípulas”, dijo, picando el ojo.


—¿Y Cuba? —me atreví a preguntarle.


—¡Isla tan dulce!


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