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sábado, 14 de abril de 2018

QUEVEDO QUIERE COBRAR SUS HONORARIOS EN ISLANDIA



Francisco de Quevedo.Imagen realizada por  Fernando Barrial.


QUEVEDO QUIERE COBRAR SUS HONORARIOS   
            

Carlos Yusti


                El quehacer intelectual al parecer siempre ha sido un trabajo de jornalero sin jornada, de negro en las plantaciones de la escritura como escribió Lichtenberg. En fin que es un oficio absurdo, como el realizado por Sisífo, y para redondearlo todo, mal remunerado. Que el escritor pase por caja para cobrar por sus escritos tiene sus pro y sus contras.




                Esto del escritor pesetero ( o tarifado) me hunde en una angustia vital como esa especie de desosiego que infecto a Rimbaud y lo precipitó a dejar su escritura y se largó hasta a la Abisinia para comerciar armas y  hacer otros negocios menos transparentes que la poesía.  O sea, todo muy posado y  literaturesco. Sin embargo salgo de este remolino de mal rollo y asumo que muchos escritores de ocasión piensan que si alguna revista literaria, o algún diario, paga sus escritos se esta respetando su faena intelectual. En un mundo donde todo se compra y donde todo se vende no creo que tener precio sea sinónimo de respeto.

                Las argumentaciones sobre el cobro del trabajo literario resulta más bien anacrónica, por no decir irrisoria y posmo. Al parecer muchos escritores confunden su oficio con el oficio más antiguo o con el de los abogados, quienes por escribir dos cuartillas de documentos, redactados en una jerga incomprensible, te cobran sin mucha metáfora un buen dinero. Es lamentable que a un poeta le digan a como tiene el kilo de poesía, que a un escritor le pregunten cuanto cuesta por metros cuadrado lo que escribe.

                Los escritores novicios suelen pecar, en muchas oportunidades, de excesiva inmodestia y cierto pederasta narcisismo. Ingenuamente creen que esa poesía de bar barato sin estrellas y esa prosa municipal espesa en cursilerías, que escriben es lo plus ultra de la prosa nacional; sin mencionar el hecho que por haber ganado  premios literarios, en concursos de tercera, se tengan por un seres superiores,  especie de Dioses, con resaca, de todos los días; que miran por encima del hombro a todo aquel con proterva inclinación hacia la escritura.


Henry Miller

                La historia de los escritores que la han hecho de factótum, para subsistir, es bastante extensa. T. S Eliot era un morigerado empleado bancario, con corbatas fúnebres, pero que escribía una poesía de meditación profunda alejada de los números. Henry Miller hizo de camarero, boxeador, cuidador de retretes, etc., para malcomer y convencido que carecía de talento para la literatura agarró ejemplares de su primer  libro publicado "Trópico de Cáncer" y los envió al azar por correo. Gabriel García Márquez cuando comenzó su carrera de escritor era a lo sumo un gacetillero a destajo. Fungía como redactor jefe de una revista amarillista llena de crímenes y prosa descosida con un sin fin de noticias vulgares y sangrientas. Stendhal comenzó de escritor haciéndola de plagiario inteligente y luego cuando escribió sus propios  libros muchos de sus contemporáneos  los ignoraron por completo. La frase de Stendhal a este respecto es célebre: "Dentro de cien años mis libros serán leídos y lo que es peor todavía, serán comprendidos". Honorato de Balzac era una bestia de la escritura y aunque sus libros se vendían bien jamás pudo vivir con holgura, aparte que era dandy botarate, y sobrevivía a expensa de sus amantes entradas en años y títulos nobiliarios. Jorge Luis Borges estuvo trabajando por muchos años como apolillado y enneblinado bibliotecario en Buenos Aires, luego hubo un cambio gubernamental y el nuevo gobierno lo nombró inspector plenipotenciario de aves y conejos para la municipalidad. Al pobre Borges no le quedó otra salida que escribir su carta de renuncia, agradeciéndoles, por supuesto, la gentileza por el cargo designado. Este singular episodio de Borges fue recopilado en una historieta con guión y dibujos ilustrador, e historietista Lucas Nine. En ella Borges está trajeado al estilo de los detectives del cine policial negro de los años 40 (sobretodo y sombrero), llevando a cabo su trabajo de inspector en un ámbito de aves de corral y gallineros diversos, en una Buenos Aires de la época, a la par realiza divagaciones sobre literatura y se encuentra, de manera fortuita, con otros escritores como Adolfo Bioy Casares, Oliverio Girondo o Witold Gombrowicz. Otro escritor que tuvo trabajos pocos dignos fue Camilo José Cela quien estuvo de empleado de Franco. Trabajó algún tiempo, para comer según sus propias palabras, en el comité de censura. Su trabajo consistía en estampar sellos de aprobación o rechazo a  publicaciones y revistas. Andrés  Malraux   fue   ministro   de cultura en Francia durante el gobierno de Charles de Gaulle. Quevedo, que fue un maromero del trabajo otro, para mitigar los ayunos, escribió con exacta claridad: "El que escribe para comer, ni come ni escribe".

                En nuestro contexto hay infinidad de casos, sin embargo el más singular de todos quizá sea el protagonizado por Rafael Bolívar Coronado, autor de la letra del Alma Llanera y de quien Rafael Castellanos escribió una documentada biografía.


Rafael Bolívar Coronado

                Bolívar Coronado vivió, caso caprichoso, de escritor a tiempo completo. Asumió la literatura como una forma de vida y contra todos los obstáculos.  Comprendió sin amargura que era un don nadie de las letras y por esa razón recurrió a los nombres de escritores consagrados para firmar sus    libros   y   escritos. Sin   empacho  estampó  en  sus escrito los nombres de Codazzi, Ramón Mendoza, Rufino Blanco Fombona, Uslar Pietri, Santos Chocano, Diaz Mirón. También se hizo pasar por copista y vendió unos falsos libros escritos supuestamente durante la Colonia y procedentes de la Biblioteca Hispánica en Madrid. Muchos camelos de esta índole pergeño con gran  virtuosismo Coronado. El   mejor   cuento  de  Uslar Pietri,  que  jamás  este  escribió,  es de Coronado. De esta manera engañosa este escritor y poeta, como el mismo lo escribió, "pudo sacarle las telarañas a las muelas". O sea usurpó con deliberada alevosía el nombre de otros escritores y realizó un sin fin de trapacerías (o chanchullos) para ser escritor. La inmortalidad y toda esas vanas fruslerías de estatuas y academias a Coronado le importaban un bledo ante el hambre real, que le azotaba en las entrañas. Pudo haber destacado en cualquier cargo público debido a su ingenio de pícaro y a su inteligencia de buscavidas, pero se decidió por la escritura a manera de redención. Si uno ha de vivir de las letras que sea al estilo de Coronado, al puro y claro estilo del malandreo   tipográfico  y  la irreverencia sin matices por las bellas letras y sus amuermados escritores consagrados. Su frase es proverbial: “Hizo todo esto para sacarle la teleraña a las muelas”. Coronado infunde una fe fanática al vivir de escritor las veinticuatro horas del día y eso no tiene tarifa.

                 Nuestros jóvenes escritores, con dos o tres libros publicados, ya se venden como autores en la cúspide, se promocionan escritores impertinentes y apenas llegan a chevalier servant de las letras y los maestros literarios del día. 




                En las universidades se gradúan a diario miles y miles de licenciados en letras que  por lo demás no vivirán de su trabajo literario, apenas la harán de profesores de castellano, o en el peor de los casos de covachuelista lamepies de los políticos de turno, corrigiéndole las faltas ortográficas y  políticas.

                Para vivir EN escritor la única regla es escribir mucho, a todo momento y en todas partes, hasta los baños públicos son buena hoja, pero para vivir DE escritor hay que escribir poco y hacer relaciones públicas. Escribir para alabar las bolserías escritas por las diferentes mafias de literatos que pululan en el país y luego enchufarse en los brindis de la Asociación de Escritores y en los premios, lo demás es comprase un lápiz y una libreta para luego, como basto pulpero, sacar las cuentas.

                En lo particular jamás me hubiese imaginado a Quevedo escribiendo plañideras súplicas para que le pagaran sus honorarios. De allí que los ruegos de esos escritores segundones, en plan de polémicos,  exigiendo que les paguen lo que sea,  por su trabajo, creyéndose  por ello sublimes sin notar que hacen el ridículo, me resulten lamentables. Ya lo decía mi querido Umbral, sólo se tiene un prosa singular cuando se es un hombre singular, estos que quieren sus honorarios por servicios prestados son del montón y lo que uno busca cuando escribe es marcar pauta, salir del recuadro y magializar la vida a través de una escritura espuria y aleatoria. Cobrar es fácil, lo difícil es escribir como Quevedo.

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Los dos libreros de Bókin, esta semana, en su mítico establecimiento de Reikiavik, donde el desorden es sólo aparente (Kim Manresa)


CON SÓLO 320.000 HABITANTES

Islandia, la isla de los escritores subvencionados.

Es el país con mejores índices de lectura del mundo, y cuenta con un original sistema de sueldos públicos a sus escritores

XAVI AYÉN, Reikiavik, KIM MANRESA

26/02/2017 01:35 | Actualizado a 26/02/2017 17:38
“Todo el mundo tiene un libro en su estómago”, dicen los islandeses. Y, desde luego, ellos lo tienen: son el país con más escritores del mundo, con más libros publicados y más libros leídos (en las medias por habitante). En este país, el de las sagas medievales, la literatura no es cualquier cosa. Aquí los escritores reciben un sueldo del Estado para que escriban tranquilamente. Y se calcula que una de cada diez personas publicará algo a lo largo de su vida. El 93% de la población lee al menos un libro al año, y más de la mitad compra al menos ocho títulos, lo que hace que las ventas proporcionales –sobre todo, las de novela negra– sean mucho más altas que las de sus vecinos escandinavos.


Hallgrímur Helgason

Si bien, como apunta el pintor y novelista Hallgrímur Helgason (Reikiavik, 1959) –autor de 101 Reikiavik (RBA) y La mujer a mil grados (Lumen/62)– “tenemos muchas horas de oscuridad –en enero algunas zonas cuentan con solo tres horas de sol–, afuera hace mucho frío y algo hay que hacer” , existen muchas causas que explican el papel central de la lectura en la cultura islandesa.


Audur Ava Ólafsdóttir en la terraza del Café Haití de Reikiavik, junto a un ejemplar de su última novela, 'Cicatriz', aún inédita en España.

Jón Kalman Stefánsson (Reikiavik, 1963) está a punto de publicar El corazón del hombre (Salamandra), novela que cierra su llamada Trilogía del muchacho, protagonizada por un personaje innominado, “el muchacho”, que se deslumbra ante las bibliotecas llenas de libros de las casas de los ricos “e identifica no solo la sabiduría, sino la riqueza, con la presencia de libros”. Jón Kalman (en Islandia no hay apellidos, sino patronímicos, es decir, Stefánsson solo nos dice cómo se llamaba su padre) apunta, asimismo, que “vive en nosotros, desde tiempos remotos, la creencia en el poder de la palabra. Hoy vivimos inundados de palabras y, de entre todo ese alud, debemos esforzarnos por distinguir aquellas que realmente dicen algo. Estamos convencidos de que, sin la palabra, no existiría siquiera la vida. En el Génesis, Dios tuvo que usar palabras para que se hiciera la luz. Puedes pasar de ser feliz a infeliz solo por palabras. Aquellos que escriben deben tener fe en el poder antiguo de las palabras, sobreponerse a las dudas que a todos nos atraviesan a veces”.


Jón Kalman Stefánsson

En estos momentos, unos 70 escritores islandeses están cobrando un sueldo, por un período que puede ser de tres, seis, nueve meses o un año y en algunos casos excepcionales alargarse hasta los dos años. De esos 70, solamente quince lo cobran durante un año o más. Cuando las ayudas empezaron, a mediados de los años setenta, se equipararon al salario de un profesor universitario, pero ahora equivalen al de un camarero, según los estándares del país: son 3.230 euros brutos, que se quedan –tras el pago de los elevados impuestos– en unos 2.400 euros netos. Sus perceptores no son estudiantes o aprendices, sino escritores profesionales “que suman a este dinero los ingresos por sus derechos de autor”, aclara Ragnheidur Tryggvadottir, secretaria de la Asociación de Escritores, que añade: “Es la base que permite su profesionalización”. Prácticamente todos los escritores del país –salvo el superventas internacional Arnaldur Indriðason, que ha vendido millones de ejemplares de sus traducciones– lo han disfrutado en alguna ocasión.


Gudmunda María Sigurdardóttir y Sylvia Lind Porvaldsdóttir, dos amigas islandesas, leyendo en una librería Eymundsson para leer y trabajar por las mañanas (Kim Manresa)


La explicación es que es imposible subsistir viviendo solo de las ventas de tus libros en un país de 320.000 habitantes. Arnaldur, el número 1, es el único que alcanza los 20.000 ejemplares vendidos. Los autores cobran, en todo el mundo, un 10% del precio de cada libro. Aquí, un título de gran éxito es el que llega a las 3.000 copias –el equivalente a 460.000 en España–. Si el libro cuesta, pongamos, 20 euros, el autor solamente ingresaría 6.000 euros –menos los elevados impuestos– por el trabajo de varios años. “Se hace imprescindible la ayuda estatal”, opina Guðrún Vilmundardóttir, la editora de Jón Kalman y Auður Ava Olafsdóttir en Benedikt, uno de los nuevos sellos que han nacido últimamente, en este caso como una escisión de Bjartur-Veröld, la segunda editorial del país. “Sin ayudas, solo podrían vivir dos autores, a lo sumo tres”, aclara a su vez Úa Matthíasdóttir, directora literaria de Forlagið, la primera editorial en tamaño, para quien “la identidad islandesa está muy ligada a la literatura y la lengua y, si queremos conservarla, hemos de producir libros islandeses interesantes”. “¡Necesitamos poetas, ensayistas, narradores!”, clama Ragnheidur.

La secretaria de la Asociación de Escritores puntualiza que “muchas de las peticiones, la mayoría, son rechazadas”. El comité que decide a quién se destinan los fondos está formado por tres académicos de la universidad, que a su vez escogen a otras tres personas. “Antes había miembros de la asociación directamente, pero hubo críticas porque en ocasiones miembros de la junta solicitaban las ayudas para sí mismos, y hace un año cambiamos el sistema. No se hacen público los nombres del jurado hasta que no han emitido su veredicto”. En su solicitud, cada escritor debe explicar razonadamente el proyecto en el que está trabajando, el tiempo que necesita para finalizarlo y otros detalles. Es un sistema radicalmente diferente al fenecido suport genèric que hubo en su día en Catalunya, que consistía en que el Govern compraba ejemplares de los libros publicados en catalán, lo que no distinguía entre buenos y malos proyectos.


Ragnheidur Tryggvadottir, secretaria de la Asociación de Escritores Islandeses, en la sede de la institución, que participa en la concesión de ayudas a los creadores (Kim Manresa)

Al principio, existía un consenso social sobre la necesidad de subvencionar a los escritores. Sin embargo, la crisis económica del 2008 hizo que cerraran muchas editoriales y que brotaran algunas críticas –“sobre todo en la prensa sensacionalista”, apunta Guðrún– y “algunas personas se preguntaron en público por qué los escritores debían cobrar un sueldo, es un tema fácilmente manipulable, se dice que hay problemas con las residencias de ancianos y que el dinero va a los escritores, pero es falso porque son cantidades muy distintas”, explica Úa. Incluso hubo algún escritor, como el guionista Stefán Máni, que se opuso públicamente al mecanismo. Las encuestas más recientes señalan que un 54% de los islandeses todavía apoya este sistema único en el mundo, aunque los que se oponen superan el 40%. Por partidos, solo los votantes del derechista Partido de la Independencia y los liberales del Partido Progresista preferirían acabar con estas subvenciones –aunque la cúpula del primero, hoy en el gobierno, no está por la labor– mientras que en los otros cuatro partidos del parlamento –socialdemócratas, verdes, Futuro Luminoso y Partido Pirata– hay una amplísima mayoría a favor del sueldo por escribir. Helgason, de hecho, tilda de “thatcheristas” a los que critican estos salarios temporales. Y los editores extranjeros se preguntan: ¿sería posible un sistema similar en un país más grande? (por ejemplo, en Catalunya).


Halldór Laxness

La riqueza de la literatura que viene de Islandia es difícilmente cuestionable. Junto a autores de novela negra comercial –como Arnaldur o Yrsa Sigurðardóttir– encontramos, entre los traducidos al español y catalán, la revisión entre lírica y épica de los relatos de marineros que realiza Jón Kalman, una suerte de realismo mágico isleño; o los personajes rabiosamente contemporáneos de Auður Ava –hombres sensibles, nuevas familias, mujeres que encaran naufragios sentimentales– ; las singulares visiones histórico-vanguardistas de Sjón –también letrista de Björk–; o a todo un clásico en vida como Guðbergur Bergsson (Grindavík, 1932) , que obtuvo en el 2004 el premio escandinavo de la Academia Sueca, considerado el pequeño Nobel. En su piso frente al impresionante y gélido mar de la capital, el siempre punzante Guðbergur nos dice que la literatura islandesa actual “no me interesa en especial, no son escritores muy originales, es como un remake de autores que ya existieron, los hay que siguen en el siglo XIX con la dura vida de los pescadores”. Bergsson recuerda la década de los ochenta en España, donde vivía junto a su pareja, el editor Jaime Salinas, y dice que “también el gobierno español había tenido ayudas a la creación, es algo normal. Esto empezó en Escandinavia para que los escritores vivieran decentemente. En el siglo XIX, el mismo Hans Christian Andersen recibió una subvención del rey que le permitió iniciar sus viajes por Europa”.


Auður Ava Ólafsdóttir (Reikiavic, 1958), autora de éxito internacional con obras como Rosa candida, La mujer es una isla o Excepción (todas en Alfaguara) también se beneficia de las ayudas. “En mi caso, trabajaba como profesora en la universidad, y lo he dejado después de veinte años para lanzarme al vacío, para ser escritora a tiempo completo. Es una ayuda que sirve para que la gente se atreva a tomar esos pasos. Nuestro mercado es muy pequeño. La sociedad recibe luego diez veces más de lo que ha dado”. Un estudio del profesor Ágúst Einarsson, de la universidad de Bifröst, estima que la industria editorial supone el 1,5% de la economía nacional, según datos del 2014. En cualquier caso, desde que el país se independizó de Dinamarca en 1944, la lengua islandesa –frente a la danesa y el inglés, que hoy todos hablan– es el eje de la identidad nacional, y el premio Nobel a Halldór Laxness en 1955 disparó la autoestima literaria del joven Estado.


Úa-Hólmfríður Matthíasdóttir, directora literaria de Forlagid, lap rincipal editorial del país, en la sede de su empresa en el centro de Reikiavik

Algunos estudios apuntan la posibilidad de que el islandés acabe extinguiéndose. Contra esa posibilidad se erigen también las subvenciones. La editora Úa revela que “muchos niños islandeses están leyendo en inglés porque, por ejemplo, no pueden esperar a que se traduzca el nuevo Harry Potter. Nuestra obligación es que con los libros no acabe sucediendo como con los videojuegos”.


Gunnar Gunnarsson

La sede de la asociación de escritores en Reikiavik es la antigua casa del escritor Gunnar Gunnarsson, fallecido en 1975. Allí, encima del sótano donde se alojan escritores de otros países –que vienen becados a escribir libros sobre Islandia Ragnheidur detalla la historia“del apoyo a los escritores: “En los años 70, el parlamento aprobó una ley sobre subvenciones. Durante muchos años hubo fuertes presiones de otros artistas para poder tener también salarios y, finalmente, en 1992, se aprobó la ley todavía vigente, que extiende esos sueldos a otras categorías de creadores. Originalmente eran tres: escritores, artistas plásticos y compositores. Más tarde se le añadieron fotógrafos, músicos y diseñadores, y esas son las seis categorías actuales. Las condiciones varían en cada caso: para los escritores tenemos un total de 555 mensualidades, a distribuir entre todos ellos, en períodos que van de los tres meses a los dos años”. ¿Se exige a los escritores subvencionados que presenten luego el libro que hayan escrito? “No. No se les paga por un libro, sino para que trabajen, al finalizar deben presentar una declaración detallada donde explican lo que han estado haciendo y, si no la presentan, no pueden solicitar jamás un nuevo salario”.

Puede que sea verdad eso que dicen los islandeses, y que todos tengamos un libro en el estómago. Aunque, a veces, haya que ayudarle a salir.


Tomado de La Vanguardia


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Carlos Yusti en Barcelona, con la estatua de Colon al fondo, al final de la Rambla donde desemboca en el puerto.

Carlos Yusti (Valencia, 1959). Es pintor y escritor. Ha publicado los libros Pocaterra y su mundo (Ediciones de la Secretaría de Cultura de Carabobo, 1991); Vírgenes necias (Fondo Editorial Predios, 1994) y De ciertos peces voladores (1997). En 1996 obtuvo el Premio de Ensayo de la Casa de Cultura “Miguel Ramón Utrera” con el libro Cuaderno de Argonauta. En el 2006 ganó la IV Bienal de Literatura “Antonio Arráiz”, en la categoría Crónica, por su libro Los sapos son príncipes y otras crónicas de ocasión. Como pintor ha realizado 40 exposiciones individuales. Fue el director editorial de las revistas impresas Fauna Urbana y Fauna Nocturna. Colabora con las publicaciones  El correo del Caroní en Guayana y  el Notitarde en Valencia y la revista Rasmia. Coordina la página web de arte y literatura Códice y Arte Literal


 Tomado de Letralia






martes, 11 de octubre de 2016

ESPLENDOR EN LA MISERIA LITERARIA.

Por Joan Antoni Fernández

                    



Estimados Amigos


Hoy tenemos el gusto de hacerles llegar un texto de nuestro amigo Joan Antoni Fernández donde nos muestra un desolador panorama en el mundo de las letras. Muchos asocian la literatura solo con los deslumbrantes nombres de los bestseller porque lo asociamos al éxito monetario. Pero ganar el diario sustento con las letras no es la norma prácticamente en ninguna parte del mundo que conocemos. Esa precariedad no solo se circunscribe al mundo de los escritores.  En el más reciente informe de la AISGE nos dice que el 73 por ciento (72,9%) de los actores y actrices españoles no logran vivir exclusivamente con los ingresos que les reporta esta actividad profesional. En nuestro país sin hacer ningún estudio podríamos elevar ese porcentaje al 99 % sin temor a que esa aumento arbitrario tuviese muchos errores, eso sin mencionar la situación de los escritores que en el mejor de los casos reciben 50 céntimos de bolívar (lo que antiguamente se llamaba un real) por palabra cuando escriben en un periódico. Normalmente las columnas en los periodicos rondan en las 500 palabras. Eso significa que un escritor recibe 250 bolívares fuertes (que mentira más grande la de del gobierno de Hugo Chávez que reconvirtió la moneda vieja quitándole  3 ceros para crear el bolívar fuerte. Una manera de devaluar sin levantar grandes pasiones) una cantidad que no le permite comprar un pan canilla o baguette. 




Ni para pan da escribir en Venezuela.


En Venezuela un país donde la cultura siempre ha sido un adorno para dar un poco de brillo a ciertas gestiones públicas siempre hemos asumido a España como una especie de país de jauja de la cultura visto a lo lejos; pero si aumentamos las dioptrías de acercamiento podremos apreciar las grietas en nuestro paraíso soñado.

Joan Antoni Fernández nos presenta varios casos de escritores que murieron en la pobreza pero quizá el que más nos llame la atención sea el del escritor José María Gironella, que logró ser el primer autor superventas de España y  que fue muy conocido aquí por su trilogía de novelas dedicadas a la Guerra civil Española.


Deseamos saquen provecho de la entrada y que se convierta en un llamado para establecer políticas que aseguren la dignidad de todas las personas en sus días finales.




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ESPLENDOR EN LA MISERIA


                                                          Joan Antoni Fernández



Tal vez tenían razón los camboyanos cuando, tras la cruenta guerra de Indochina, prohibían la entrada en su país tanto a perros como a escritores. En cierta manera ambas formas de vida han ido muy unidas, al menos en España. No hay más que observar las necrológicas para llegar a esta conclusión, la mayoría de escritores acaban sus días como perros. Sólo tras su muerte genios como Cervantes o Valle-Inclán tuvieron un homenaje y el reconocimiento general. Ya lo dijo el poeta Luis Cernuda, otro escritor maldito que llegó a pasar hambre. "Escribir en España no es llorar, es morir", afirmó retocando la famosa frase de Larra.


Valle-Inclán

Semejantes pensamientos me han asaltado al comprar de saldo la última obra de José María Gironella, el otrora padre del best-seller en España y que hace unos años murió en la más absoluta de las miserias. Este último libro salido de sus manos, "El Apocalipsis", apenas ha vendido unos 6.000 ejemplares, hecho sorprendente viniendo de alguien que en su día alcanzó la cifra de 12 millones de ventas (la mitad tan sólo con "Los cipreses creen en Dios"). No es de extrañar que su entierro fuera pagado en parte por el Centro Español de Derechos Reprográficos (Cedro), un organismo que viene a ocupar el lugar dejado por el viejo Montepío de Escritores.




Según datos oficiales, en 2003 existían en España unos 60 autores, tanto de narrativa como de poesía, alguno incluso Premio Nacional de las Letras, todos ellos malviviendo con la ayuda de semejante organismo. La asociación de autores Cedro se gastó 230.000 euros (unos 38 millones de pesetas), sólo en ese año, y en concepto de ayudas puntuales: pago de alquileres o letras vencidas. Incluso, sin querer decir nombres, se sabe que pagaron la factura médica a un "gran escritor" que no tenía dinero ni para ingresar en una clínica. Todos recordamos casos como el de Alberti, a quien se le pidió el Cervantes para que pudiera sufragar gastos y pagar la residencia donde estaba interna su primera esposa. Autores de la categoría de Rosa Chacel o Gabriel Celaya tuvieron que malvender en vida sus extensas bibliotecas y archivos personales para ir tirando. Gente tan divergente como pudieran ser Emilio Romero o el también cineasta Juan Antonio Bardem han tenido que subsistir casi de la caridad de sus amigos.




La lista se hace interminable: Alfonso Grosso, muerto de forma miserable en un psiquiátrico, Lauro Olmo, fallecido en la indigencia, María Zambrano, siempre al borde de la ruina, o León Felipe, cuya biblioteca fue recientemente vendida en 150 millones de los que ni siquiera sus parientes verán un duro... En Hollywood existe un término para definir a cierta clase de gente: los has-been (los que han sido). En España podría reformarse la expresión por "los que han escrito".


Alfonso Grosso

Confesémoslo: la mayoría de nosotros, pecaminosos amantes de la lectura, fervientes obsesos de la letra impresa, hemos sentido el ardiente anhelo de llegar a ser auténticos escritores consagrados. Lo que es peor, algunos soñamos todavía con semejante locura, empecinados en emborronar cuartillas con la vana esperanza de saltar a eso que de forma heurística ciertos pensadores han definido como El Gran Público. Vano intento, aceptémoslo de una vez por todas: el Gran Público ya no existe.


José María Gironella recibiendo el premio Planeta en 1971. Parece que fue profética la entrega de este premio que sería el refleja de su precaria condición en los últimos años de su vida.

Hagamos un repaso histórico. Año 2002: se produce un parón técnico en las ventas de libros, la crisis económica generalizada hace que los editores españoles se replanteen su estrategia comercial. Ya no sirve de nada editar de forma compulsiva con la única meta de ir llenando estanterías, es preciso enganchar al público, crear nuevos lectores. ¿Queréis cifras? Tomad cifras: en 1992 se editaron 39.000 títulos en España, llegando hasta los 60.267 en 2001. Pero, ¿quién demonios puede leer todo eso? Tan descomunal aumento de títulos editados provoca una inflación que el sector no puede digerir. Las tiradas medias han ido rebajándose y los libros no tienen mucho más de un mes de vida en las librerías, siendo desbancados por otros nuevos para ir a ocupar sitio en el almacén del librero. Las ventas han bajado sencillamente porque es materialmente imposible vender tanta novedad. A eso se le llama morir de éxito.




Los libreros, dichosos ellos, todavía no han notado la tendencia y siguen con los estantes llenos a rebosar, las mesas de novedades pletóricas de títulos hasta el punto de tener que renovar cada semana. Cierto librero me decía que suelen recibir una media de 82 (¡ochenta y dos!) títulos nuevos al día, o sea unos 21.000 ejemplares anuales. A ver, seamos sinceros, ¿alguien se ha comprado, ya no digo leído, veintiún mil libros este año? La política del editor (una política importada de EEUU) consiste en ocupar espacio en las estanterías, incluso a codazos, evitando que lo haga la competencia. Resulta más barato editar por los descosidos que promocionar un solo título. ¿Se preocupan las editoriales porque el libro valga la pena? ¿Y qué más da si a pesar de todo vende? Lo malo es que semejante política comercial impide que el libro tenga vida, que llegue a funcionar el boca-a-oreja entre los lectores. ¿Quién no se ha encontrado nunca ante la incómoda situación de ir a buscar un libro recomendado que ya no estaba, desalojado por toda una retahíla de nuevos títulos absolutamente peregrinos?


Rosa Chacel

La solución radica en editar menos y en hacer tiradas más cortas. Al menos, ésa es la tendencia que se está tomando en editoriales como Planeta (editan un 20% menos que hace un año), Edicions 62 (un 15 %), o Proa (un 15%) entre otros grandes. Tusquets y Edhasa, en cambio, mantendrán el mismo ritmo sin incrementarlo. Lo único cierto es que la media de tiradas se sitúa entre los 2.500 ejemplares y muchas veces las tiradas no se agotan, que no todos son éxitos como Cercas o Zafón (catalogados de "auténticos milagros" por sus propias editoriales).




Otro aspecto a tener en cuenta es la diversificación de los géneros que se está produciendo entre el público lector. La no ficción está desbancando a la ficción en lo que parece ser una tendencia irreversible, ya casi no existen esos lectores fieles que consumían una temática muy concreta y unos autores determinados. El propio best-seller se ve amenazado y las ventas de un Stephen King, entre otros grandes nombres, han bajado en picado en los propios EEUU. Los lectores (lectoras en su mayoría) se han vuelto más volubles y mariposean sobre los títulos publicados decantándose en mayor medida hacia temas menos ficticios, más acordes con las problemáticas sociales.


Stephen King

Entonces, ¿dónde podemos encontrar a ese Gran Público que encandilar con nuestra acerada prosa? Me temo que únicamente en el hipotético caso que Steven Spielberg, J.J. Abrams o Guillermo del Toro nos compren los derechos de la novela para hacer una película, sólo entonces tendremos acceso a las grandes masas. Mientras tanto, desengañémonos, si llegamos a publicar lo haremos para minorías. Todo lo selectas que se quieran, pero minorías sin el menor género de dudas.




Hoy en día resulta relativamente fácil ser publicado por cualquier pequeña editorial de las muchas que pululan en el mercado, empresas que lanzan tiradas medias de unos quinientos ejemplares o incluso menos. Dependiendo de la distribución, que ésa es otra, hasta podemos disfrutar de nuestra media hora de gloria en la mesa de novedades de una gran librería. Parientes, amigos y conocidos podrán pasar y extasiarse ante la Gran Obra que hemos publicado. Pero que no se entretengan ni tarden demasiado en marchar, que hay cola y otros autores aguardan turno con su lista de parientes y amigos. Que no decaiga.




No es de extrañar que las nuevas promesas de la literatura, quienes empiezan, la gente sin padrinos,  se lancen a publicar sus obras en formato digital. Intentan llegar así a un público nuevo, a través de Amazon o de alguna otra plataforma parecida. El libro electrónico ha irrumpido con fuerza, dispuesto a quedarse. Es mucho más económico y parece no requerir tantos mediadores entre autor y lector. Y así, el escritor se convierte en algo parecido a un vendedor de seguros, llamando a todas las puertas virtuales para “colocar” de forma machacona su producto.

Y eso no es lo peor: la falta de filtro hace que se publiquen en las redes demasiadas obras a la vez, saturando la oferta. Además, sin control alguno, la mayoría de novelas están sin pulir, y buena parte de ellas son mediocres, cuando no malas. Así, ante semejante avalancha, el público comienza a sentirse perseguido, estafado y saturado.




 Se ha creado un enorme tsunami, capaz de ahogar a la mayoría. Hasta los títulos que más venden son de usar y tirar. Enseguida llega otro que ocupará su puesto con rapidez. No es oro todo lo que reluce, aunque este fenómeno, el de los e-books, requiere un examen mucho más complejo.

Ante un panorama tan desolador uno se pregunta si resulta buena idea intentar abrirse camino como escritor. Aunque la fama llame a nuestra puerta no podemos fiarnos de ella. En este mundo mercantilista cada vez los reinados son más efímeros y quien hoy vende millones tal vez mañana sea olvidado. La conclusión que sacamos a todo esto es que el tiempo de la literatura está tocando a su fin. Con un poco de suerte se puede brillar con intensidad un breve espacio de tiempo, captar la atención durante un instante. Después, de forma inevitable, llegará el olvido.





Cierto, la creación literaria puede provocar un gran esplendor. Pero mucho me temo que hoy en día sólo sea un esplendor en la miseria.


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Richard MontenegroPerteneció a la redacción de las revistas Nostromo y Ojos de perro azul; también fue parte de la plantilla de la revista universitaria de cultura Zona Tórrida de la Universidad de Carabobo. Es colaborador del blog del Grupo Li Pohttp://grupolipo.blogspot.com/. Es autor del libro 13 fábulas y otros relatos, publicado por la editorial El Perro y la Rana en 2007 y 2008; es coautor de Antología terrorista del Grupo Li Po publicada por la misma editorial en 2008 , en 2014 del ebook Mundos: Dos años de Ficción Científica y en 2015 del ebook Tres años caminando juntos ambos libros editados por el Portal Ficción Científica. Sus crónicas y relatos han aparecido en publicaciones periódicas venezolanas tales como: el semanario Tiempo Universitario de la Universidad de Carabobo, la revista Letra Inversa del diario Notitarde, El Venezolano, Diario de Guayana y en el diario Ultimas Noticias Gran Valencia; en las revistas tangibles y electrónicas hispanas Fantastic-Films NeutrónAlfa Eridiani, Valinor, miNaturaTiempos OscurosGibralfaro, Revista de Creación Literaria y de Humanidades de la Universidad de Málaga y en la revista cubana digital Korad y en portales o páginas web como la española Ficción Científica, la venezolana-argentina Escribarte y la colombiana Cosmocápsula.


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Joan Antoni Fernández nació en Barcelona el año 1957, actualmente vive retirado en Argentona. Escritor desde su más tierna infancia ha ido pasando desde ensuciar paredes hasta pergeñar novelas en una progresión ascendente que parece no tener fin. Enfant terrible de la Ci-Fi hispana, ha sido ganador de premios fallidos como el ASCII o el Terra Ignota, que fenecieron sin que el pobre hombre viera un céntimo. Inasequible al desaliento, ha quedado finalista de premios como UPC, Ignotus, Alberto Magno, Espiral, El Melocotón Mecánico y Manuel de Pedrolo, premio éste que finalmente ganó en su edición del 2005. Ha publicado relatos, artículos y reseñas en Ciberpaís, Nexus, A Quien Corresponda, La Plaga, Maelström, Valis, Dark Star, Pulp Magazine, Nitecuento y Gigamesh, así como en las webs Ficción Científica, NGC 3660 y BEM On Line, donde además mantenía junto a Toni Segarra la sección Scrath! dedicada al mundo de los cómics. Que la mayoría de estas publicaciones haya ido cerrando es una simple coincidencia... según su abogado. También es colaborador habitual en todo tipo de libros de antologías, aunque sean de Star Trek ("Últimas Fronteras II"), habiendo participado en más de una docena de ellas (Espiral, Albemuth, Libro Andrómeda, etc.). Hasta la fecha ha publicado siete libros: "Reflejo en el agua", "Policía Sideral", "Vacío Imperfecto", “Esencia divina”, “La mirada del abismo”, “Democracia cibernética” y “A vuestras mentes dispersas”. Además, amenaza con nuevas publicaciones. Su madre piensa que escribe bien, su familia y amigos piensan que sólo escribe y él ni siquiera piensa.


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                                                                                  Actualizada el 07/02/2026
02/03/2024