En este enero de 2026, con Nicolás Maduro bajo custodia de la justicia en Nueva York tras su captura por las fuerzas estadounidenses el 3 de enero, y con Delcy Rodríguez como presidenta interina, la política cultural venezolana exhibe más de dos décadas de estragos.
Lo que el chavismo inició en 1999 con fanfarria de inclusión y soberanía intelectual ha culminado en un desmantelamiento meticuloso, en el que las instituciones no se derrumban con estruendo, sino que se dejan erosionar por la indiferencia presupuestaria, la lealtad ideológica y el éxodo masivo. Rodríguez, figura de continuidad más que de ruptura, administra ahora estas ruinas bajo vigilancia externa. Lo que se ha perdido no es solo una política cultural admirable, sino la idea misma de la cultura como espacio de pensamiento.
De la promesa de inclusión al control del sentido
La llegada al poder de Hugo Chávez inauguró un relato de redención simbólica que sedujo tanto dentro como fuera del país. La cultura debía volver al pueblo, liberarse de supuestos intermediarios elitistas y ponerse al servicio de una nueva épica nacional. En nombre de la inclusión, se redefinieron los contenidos; en nombre de la soberanía, se estrecharon las conversaciones; en nombre del pueblo, se decretó la sospecha contra cualquier forma de autonomía intelectual.
El chavismo no concibió la cultura como un campo de conflicto productivo, sino como pedagogía de la unanimidad. No necesitó prohibir libros ni cerrar museos: bastó con saturar el espacio público de consignas, festivales y celebraciones donde el entusiasmo sustituyó al criterio. La política cultural aprendió que es más eficaz reemplazar que censurar, orientar que prohibir, administrar que discutir. No se trató de errores aislados ni de incompetencias circunstanciales, sino de una transformación deliberada del lugar que la cultura ocupaba en la vida pública. Dejó de ser un espacio de interrogación para convertirse en un dispositivo de legitimación.
Durante décadas, Monte Ávila Editores fue una anomalía virtuosa en América Latina. Fundada en 1968, cuando Venezuela todavía se permitía el lujo de una editorial estatal con estándares internacionales, publicó miles de títulos que tejieron el mapa intelectual del continente. Monte Ávila no buscaba unanimidad; buscaba conversación.
Monte Ávila no ha sido cerrada. Hubiera sido demasiado evidente. Optaron por algo más eficaz: la asfixia progresiva. Presupuestos recortados, distribución internacional colapsada, editores profesionales sustituidos por operadores administrativos. La hiperinflación, la precariedad logística y la emigración masiva aceleraron la agonía. Hoy, Monte Ávila sobrevive como nombre institucional y presencia episódica en ferias como la FILVEN (Feria internacional del libro de Venezuela), donde reediciones obsoletas y tirajes mínimos simulan vitalidad. El rasgo distintivo del autoritarismo cultural contemporáneo no es la hoguera, sino el abandono. Monte Ávilailustra la neutralización perfecta: mantener la marca mientras se vacía la función.
Biblioteca Ayacucho: el canon convertido en museo
La Biblioteca Ayacucho, fundada en 1974, fue una de las empresas culturales más ambiciosas de la Venezuela moderna. No pretendía exhibir grandezas nacionales, sino construir una hipótesis de lectura latinoamericana. Ayacucho no era un altar patrimonial: era una arquitectura intelectual pensada para el debate.
Su destino fue más elegante y más cruel que la censura. Más que destruirla directamente, se desvirtuó su catálogo. Interrupciones en las reediciones, ausencia de actualización crítica, digitalizaciones sin proyecto. La colección que había servido para leer críticamente América Latina quedó reducida a testimonio de un ambicioso proyecto intelectual de lectura latinoamericana.
El Premio Rómulo Gallegos: prestigio en retirada
Durante décadas, el Premio Rómulo Gallegos fue uno de los pocos galardones latinoamericanos capaces de imponer criterios. Ganar el Premio Rómulo Gallegos significaba ingresar a una conversación continental sobre la novela y su tiempo. No otorgaba solo dinero o visibilidad: confería autoridad simbólica y prestigio inobjetable.
Fue fundamental en la creación del boom latinoamericano (Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes lo obtuvieron), y Caracas se convirtió, en gran medida gracias a ese premio, en una capital literaria reconocida. Ese capital se erosionó lentamente. Jurados previsibles, politización del entorno institucional, entregas irregulares, pérdida de resonancia internacional. Desde 2020, el premio dejó de marcar la agenda. No generó escándalo ni entusiasmo: generó algo más degradante, la indiferencia. No es que el Rómulo Gallegos haya dejado de existir. Ha dejado de significar.
Del carisma al agotamiento: la fase Maduro
Con Maduro, el proceso entró en su fase terminal. El colapso económico, la precariedad institucional y la migración masiva vaciaron la cultura de interlocutores internos. Las instituciones siguieron existiendo, pero eran oficinas conmemorativas, sostenidas por la costumbre y la retórica.
La consecuencia más significativa fue la diáspora intelectual. Se publicaron libros, se fundaron editoriales independientes, se crearon revistas y plataformas. Todo ello ocurrió al margen —y a pesar— de la política cultural oficial. Venezuela no dejó de producir cultura; abandonó la tradición que la distinguía.
Las cátedras: prestigio sin interlocución
Las cátedras Simón Bolívar y Andrés Bello nacieron como apuestas estratégicas: Venezuela decidió ocupar espacios de producción de conocimiento en universidades que definen agendas intelectuales globales. Cambridge y Oxford no son vitrinas; son nodos de interlocución.
Ese diseño exigía continuidad, autonomía y una articulación cultural que las alimentara desde Caracas. Lo que ocurrió tampoco fue su clausura formal, sino su desconexión. Sobreviven por la solidez institucional británica, por el gran fondo con que el gobierno venezolano las dotó al fundarlas y por inercia académica, no por una política cultural venezolana consciente. El país que financió pensamiento crítico global perdió la capacidad de incidir en la conversación que lo interpreta.
La persistencia de la mirada
Y, sin embargo, la cultura no desaparece. Se desplaza. Vive en la negativa a aceptar que la cultura sea apéndice del poder. Reconstruir la política cultural venezolana no será un acto solemne ni un decreto bien redactado. El futuro cultural de Venezuela no está en la restauración nostálgica ni en la propaganda renovada. Está en rescatar, con lucidez y sin concesiones, la idea de que la cultura no es un instrumento del Estado, sino su conciencia más incómoda.
Hoy tenenemos el gusto de compartir con ustedes un texto acerca del hecho la imposibilidad de olvidar los desmanes del chavismo escrito por WALTER MOLINA GALDI . Este escritoexpresa lo verdaderamente importante que es la memoria como valor historico, republicano y como herramienta para lograr la justicia y contruir el relato historico apegado a nuestra lacerante realidad vivida o padecida. Un aspecto muy a tomar en cuenta frente a la posición de muchos venezolanos que ocupaban y ocupan una posición social de cierta relevancia en nuestro país que le otorgaban al arte un supuesto sacrosanto valor.
El Presidente Chávez con Dudamel y Abreu el 20 de febrero de 2010. Foto: Prensa Presidencial
Algo que debemos tomar muy en cuenta en esta Venezuela pisoteada, donde es común sobrevalorar cosas como el sistema de orquestas y sus epígonos y a los logros deportivos de algunos a pesar de que tengamos un montón de presos políticos y una población golpeada por innumerables necesidades y donde tenemos un 80% de pobreza en el país. Posturas que nos han generado acusaciones de promotores de odio y cosas parecidas, que generaron un aluvión de quejas y denuncias en Facebook en contra de la página del blog. Después de compartir nuestra postura vimos como mucha gente cambió la manera como recibía nuestras publicaciones. Pero nosotros no cambiaremos nuestra posición. Lo extremadamente curioso es que Facebook, una plataforma creada en un país adalid de la libre expresión se haya prestado para hacer este bulling populista. En cuanto a los venezolanos chavista estamos preparados para creerlos capaces de cualquier cosa...
Imagen creada por Guatafoc
Si hemos resistido a sus ataques físicos, resistiremos a sus ataques digitales.
Ya viene a ser la hora de que los intelectuales en Venezuela comiencen a ser amigos verdaderos de la gente. Aunque más de uno dirá la expresión típica venezolana: Yo con mi arte tengo...
Olvidemos el lamesuelismo intelectual venezolano...
La vida digna siempre será más valiosa y rica que cualquier obra de arte...
Y el Arte definitivo es aquel que permite la forja de esa vida...
Esperamos que la lectura de la entrada los haga reflexionar...
Atentamente
La Gerencia.
Plaza Altamira, campo de batalla de protestas en Caracas
“La memoria es un bien republicano que hoy, más que nunca, debe ser cuidado y cultivado. No se trata de revanchismos sino la petición de nunca olvidar lo vivido, de nunca apartar de nuestra memoria colectiva lo que ha sido y lo que es el chavismo-madurismo y los suyos”.
La memoria, según la RAE, es la facultad psíquica por medio de la cual se retiene y recuerda el pasado. La exposición de hechos, datos o motivos referentes a determinado asunto. Eso se refiere a la memoria individual, sin embargo, en los años ‘40 un psicólogo y sociólogo francés llamado Maurice Halbwachs escribió una serie de ensayos donde desarrolló lo que hasta hoy se conoce como la “memoria colectiva”, que en resumen ‘es el proceso social mediante el cual un determinado grupo, comunidad o sociedad reconstruye el pasado vivido y experimentado’.
En gran parte, de eso están hechas las naciones, de las memorias colectivas. Es lo que somos, y lo que somos incluye lo positivo y lo negativo. En Venezuela, durante las últimas dos décadas quienes han estado en el poder han intentado modificar esa memoria colectiva. Son expertos en ello. Siempre apelaron al pasado para poder cometer los desmanes del presente pero casualmente, hoy, cuando más memoria debe tener el venezolano, la campaña, la propaganda oficial ha cambiado: apelan al olvido.
“No ha sido ‘un mal gobierno’, ha sido una tiranía que condenó a millones de venezolanos al hambre, a la miseria y a crímenes de lesa humanidad que ahora mismo, en La Haya, están siendo investigados”
Al momento de escribir este texto, van casi 24 años desde que el chavismo-madurismo (porque ahora se pelean entre ellos) llegó al poder. Hablamos, pues, de una generación entera, y más. Y lo que ha sucedido, desde luego, no ha sido poco. Y aunque podría confundirse con una pesadilla, lamentablemente ha sido muy real; y eso no puede ser olvidado por más propaganda que “la nueva clase” (Milovan Ðilas dixit) lleve a cabo, y que reúne a los corruptos del chavismo y a lo peor de la élite de los tiempos democráticos.
No podemos olvidar que Venezuela era una democracia antes del chavismo. Sumamente imperfecta, sí, pero democracia, y que Hugo Chávez bajo un autoritarismo populista (de acuerdo con el concepto de la profesora Pippa Norris) acabó con todo eso, abriendo la puerta a lo que hoy vivimos.
No podemos olvidar “el millardito” que el presidente Chávez le pidió al Banco Central de Venezuela (en realidad fue una exigencia) que, como la Justicia y el resto de los Poderes Públicos, terminaría perdiendo su autonomía.
No podemos olvidar lo que le hicieron a la jueza María Lourdes Afiuni. Tampoco lo que le hicieron a Franklin Brito quien murió porque así lo decidió Hugo Chávez. Brito hizo seis huelgas de hambre porque le robaron sus tierras. Él entendió lo que, para su momento, pocos entendieron. Fueron más de cinco millones de hectáreas productivas expropiadas, la gran mayoría están ociosas mientras la pobreza, que cuando llegó el chavismo rondaba el 40%, llegó a tocar el 90%. ¡Revolución!
No podemos olvidar a los jóvenes asesinados en las protestas de 2014, 2016, 2017, y 2019. Y no solo a ellos, las víctimas fatales, sino a los que seguimos aquí, vivos, pero con cada recuerdo bien fresco en la memoria. Y los familiares. Y los amigos. Y los defensores de derechos humanos que, a estas alturas, saben de memoria cada nombre de esos inocentes que perdieron la vida a manos de unos esbirros que hoy siguen libres, porque no ha habido justicia.
No podemos olvidar lo que ha ocurrido y sigue ocurriendo en El Helicoide y en cada calabozo venezolano. Algunos de ellos clandestinos. ¿Cómo podría alguien olvidar una tortura?, ¿cómo podría alguien olvidar una amenaza de muerte? Ahora mismo son casi 300 los presos políticos, a ellos no podemos olvidarlos.
No podemos olvidar que desde el año 2017 esta tiranía indolente decidió suspender el Programa de Procura de Órganos del Hospital J.M. de los Ríos, causando la muerte de más de 70 niños y jóvenes. Fue una decisión política. ¿Cómo podríamos olvidar eso?, ¿cómo podríamos, simplemente, mirar a otro lado?
No podemos olvidar que quienes hoy están en el poder, diseñaron una Emergencia Humanitaria Compleja que obligó a millones de venezolanos a buscar, literalmente, sobrevivir comiendo mangos y yuca. ¿Se acuerdan cuando entre los años 2015 y 2017 había gente que moría por comer yuca amarga, pues era de los pocos alimentos que los venezolanos podían conseguir? No había sanciones para ese entonces, por cierto, vinieron justo después. Porque estas no son las causantes de ningún mal en Venezuela.
No podemos olvidar, por supuesto, la forma en la que esta tiranía rompió a un país, generando la segunda mayor crisis migratoria en el mundo, solo por detrás de la ucraniana que hoy vive una invasión. De acuerdo con datos de la Plataforma de Coordinación Interagencial para Refugiados y Migrantes de Venezuela(R4V), hoy son 7.134.032 de migrantes y refugiados venezolanos en el mundo. Un país fuera de un país. Y a pesar de lo que dice la propaganda oficialista, no solo los venezolanos no están regresando (esto también lo confirma la Encovi 2022), sino que siguen saliendo cientos y cientos cada día. Muchos de ellos atravesando ese infierno llamado la selva del Darién.
Y todo esto pasó mientras al país ingresó más de un billón de dólares. Ni en los 40 años de democracia, es decir, casi en el doble de tiempo ingresaron sumas cercanas a ese monto. Se lo robaron todo, y el resto lo usaron para sus propagandas internacionales y para crear el mayor sistema de control social que haya visto la región.
No se puede olvidar nada de eso porque lo estamos viviendo ahora mismo. No pasó. No “fue”. No es “lo que ocurrió”. Es el ahora. Y no va a dejar de ser así hasta que haya democracia, y exigirlo es el deber de todos los venezolanos que anhelamos la libertad. Lograrlo, además, debe incluir un proceso de reparación dentro de la justicia transicional que debe existir.
Hubo ocasiones en la historia donde se intentó apelar al olvido para evitar condenas. Cuando Raúl Alfonsín decidió juzgar a los militares en Argentina, parte del peronismo abogaba por no hacerlo, por “amnistiar”. Por fortuna y mucha valentía, no ocurrió así. Pero en aquel momento la democracia ya había vuelto; ahora en Venezuela quieren que se olvide no solo lo que ha ocurrido sino lo que sigue sucediendo. Quieren que el grito del torturado no se oiga; que el hambre de los ancianos no importe; que la salud de los niños sin medicina no duela. A eso es lo que algunos, como Maite Delgado, y otros en redes sociales llaman “seguir adelante sin politizar”.
Tal vez esta tribuna sea una gota en el océano, pero la memoria es un bien republicano que hoy, más que nunca, debe ser cuidado y cultivado. No se trata de revanchismos sino la petición de nunca olvidar lo vivido, de nunca apartar de nuestra memoria colectiva lo que ha sido y lo que es el chavismo-madurismo y los suyos. Porque no, no ha sido “un mal gobierno”, ha sido una tiranía que condenó a millones de venezolanos al hambre, a la miseria y a crímenes de lesa humanidad que ahora mismo, en La Haya, están siendo investigados.
No podemos olvidar, ni ahora ni nunca.
*Politólogo de la Universidad Central de Venezuela.
El Presidente Chávez con Dudamel y Abreu el 20 de febrero de 2010. Foto: Prensa Presidencial
Estimados Liponautas
Hoy tenemos el gusto de compartir con ustedes una conferencia de Geoff Baker, titulada ‘Política y El Sistema’ donde hace un acercamiento crítico tanto al entorno y formación de El Sistema cómo al mismo Abreu.
Disfruten de la entrada
La Gerencia.
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Geoff Baker (Royal Holloway), ‘Politics and El Sistema
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Geoff Baker (Royal Holloway), ‘Política y El Sistema’
Red de Investigación de Venezuela
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Resumen
El Sistema, un programa de orquesta juvenil fundado por José Antonio Abreu, político conservador que llegó a ser ministro de cultura durante el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez, no parecía capaz de sobrevivir ileso a la transición al gobierno de Hugo Chávez, sobre todo dada la conocida antipatía de este hacia la música clásica. Sin embargo, el programa no solo sobrevivió, sino que comenzó a expandirse significativamente, recibiendo cada vez más subsidios del gobierno venezolano. Durante la última década, se ha acercado cada vez más a los gobiernos de Chávez y Maduro, operando ahora desde la Presidencia, con Abreu apareciendo de forma destacada en importantes actos estatales y sus orquestas poniendo música.
La política de El Sistema es un tema propicio para el análisis, en particular debido a la negación de las dimensiones políticas del programa por parte de sus líderes nacionales y sus defensores en el extranjero. Preguntas clave incluyen: ¿cómo moldearon la formación política y la ideología de Abreu su programa orquestal? ¿Cómo logró el apoyo de un Chávez escéptico? ¿Cuál es la política de El Sistema hoy en día? ¿Cómo se relaciona un programa creado durante el CAP I (primer mandato presidencial de Carlos Andrés Pérez) y ampliado durante el CAP II (segundo mandadto presidencial de Carlos Andrés Pérez) con los principios centrales de los gobiernos socialistas que financiaron su posterior crecimiento? ¿Qué tipo de críticas políticas se le hacen a El Sistema en Venezuela? Surge una imagen contradictoria de un programa caracterizado por los críticos como un "Estado dentro del Estado", que adopta el vocabulario político dominante pero no sus valores o prácticas, como la promoción de la "democracia participativa y protagónica".
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Geoffrey Baker(Oxford, 1970) estudió literatura e idiomas modernos en la Universidad de Oxford, Master en Musicología (Royal Academy of Music), y doctor en musicología (Royal Holloway Universidad de Londres). Actualmente es profesor de musicología en Royal Holloway Universidad de Londres y Director de Investigación en la organización benéfica de música Agrigento. Es autor de cuatro libros sobre música en América Latina. Su libro Imposing Harmony: Music and Society in Colonial Cuzco (Duke University Press, 2008) ganó el Premio Robert Stevenson de la American Musicological Society. Fue coeditor de Music and Urban Society in Colonial Latin America (Cambridge University Press, 2010). También trabaja en música popular latinoamericana, publicando Buena Vista in the Club: Rap, Reggaetón, and Revolution in Havana (Duke University Press, 2011). Recientemente, se ha centrado en el aprendizaje musical infantil en Cuba y Venezuela. Fue coinvestigador en el proyecto financiado por AHRC "Growing into Music". Recibió un Premio de Desarrollo de Investigación de la Academia Británica en 2010-11 y realizó trabajo de campo en Venezuela; el libro resultante, El Sistema: Orchestrating Venezuela's Youth, fue publicado por OUP (Oxford University Press, 2014). Su nuevo libro sobre la acción social a través de la música en Colombia será publicado en 2021 por Open Book Publishers.
Es investigador asociado en el proyecto financiado por ERC "Music, Digitization, Mediation: Towards Interdisciplinary Music Studies".
Gustavo Dudamel conducts the Simón Bolivár Youth Orchestra of Venezuela at the BBC Proms in 2007
Replanteando la acción social por la música
Por Geoffrey Baker | 24 marzo 2022
“¿Es ético afirmar que un programa fundado para proporcionar formación profesional y ampliar el acceso a la música clásica es de hecho un programa social? ¿Lo es abogar por la inversión de fondos sociales en la formación orquestal con el argumento de que es socialmente transformadora sin contar con buenas pruebas? ¿Lo es ignorar pruebas importantes en contra? ¿Lo es consumir fondos que podrían destinarse a otros programas sociales de eficacia comprobada o a otros programas musicales con buena trayectoria?” Estas son algunas de las preguntas que se formula Geoffrey Baker (Oxford, 1970) al evaluar el proyecto de acción social por la música (ASPM), La Red, de Medellín, y contrastarlo con su principal referente socio-pedagógico: El Sistema, de Venezuela. Las respuestas no gustarán a muchos propagandistas y gestores culturales del norte ni del sur, ya que implican activar lo que autor refiere, es “un ethos de investigación anti-pendejadas”, y comprometerse con la complejidad en la ASPM para su evaluación y justificación.
Replanteando la acción social por la música
Archivo de la Red de Escuelas de Música
Al director de orquesta Zubin Mehta le preguntaron sobre la música y la construcción de la paz. A lo que respondió:
Mire, hace seis años fui con la Orquesta Estatal de Baviera a Cachemira, donde hindúes y musulmanes se sentaron juntos por primera vez a escuchar música. Y sonrieron escuchando a Beethoven y Tchaikovsky. Imagínense, ese era mi sueño cumplido. Pero está claro que no sirvió para resolver el conflicto. No, mi sueño de paz a través de la música no se ha cumplido (Chavarría 2019).
Daniel Barenboim tenía una visión realista de los éxitos y de las limitaciones de su proyecto de la West-Eastern Divan Orchestra. Estaba orgulloso de sus logros, pero también negaba que fuera una “utopía” o “una orquesta para la paz”, afirmando sin tapujos: “No podemos hacer eso” (“20 Jahre” 2019).
Ese equilibrio entre aspiración y realismo es menos evidente en el ámbito de la Acción Social Por la Música (ASPM). El tono lo marca el director titular de El Sistema, Gustavo Dudamel, quien proclamó en 2017: “Con estos instrumentos y esta música, podemos cambiar el mundo, y lo estamos haciendo” (Swed 2017). En las entrevistas el venezolano evita la cautela que muestran sus colegas directores, defendiendo en cambio una visión utópica de El Sistema y de la música en general.
Sin embargo, la brecha entre la retórica y la realidad es flagrante. El telón de fondo de la declaración de Dudamel es un “país al borde del colapso económico, un gobierno cada vez más autoritario que genera una posible crisis constitucional y manifestaciones perpetuas que podrían llevar a una revolución a gran escala” (ibidem). El Sistema es el experimento de ASPM más grande y de más larga duración, sin embargo, lejos de cambiar el mundo, ha visto cómo su país de origen se desmorona a su alrededor. En 2019, Dudamel dio una conferencia en la Universidad de Princeton sobre “la música como libertad”;1 mientras tanto, en Venezuela, los músicos de El Sistema se vieron obligados a actuar en la disputada toma de posesión del corrupto y autoritario presidente Maduro, la última de una larga lista de sometimientos y humillaciones políticas. ¿Dónde estaba su libertad?
Llevamos mucho tiempo debatiendo sobre la música como fuerza para introducir cambios sociales o todas estas cosas y, sin embargo, no se ha traducido necesariamente en esos cambios. Creo que es importante que todos los que trabajamos en el sector cultural seamos capaces de analizar de forma realmente crítica nuestras prácticas para decir, ¿estamos marcando realmente la diferencia que creemos? (Camlin et al. 2020, 166).
Observando Venezuela, el corazón del campo, ¿está la ASPM marcando realmente la diferencia que cree?
De la grandiosidad a la ambivalencia: reencuadrando la Acción Social Por la Música (ASPM)
La persistencia de una narrativa utópica frente a una evidencia tan contradictoria apunta a la ilusión y al exceso retórico como rasgos característicos de El Sistema (Fink 2016). Las declaraciones públicas de Dudamel ejemplifican una grandiosidad que se originó con el político-orador-fundador de El Sistema, José Antonio Abreu, y se extendió por todo el campo (p. ej. Dobson 2016; Rimmer 2020). Aquí, los contrapesos como el realismo de Mehta o Barenboim escasean. La mayoría de los programas muestran los altibajos habituales de la educación musical y de las grandes instituciones, sin embargo, al mundo se ha presentado con afirmaciones exageradas sobre revelaciones y resurrecciones. Niños procedentes de familias estables, con aspiraciones y comprometidas con la educación han sido descritos como jóvenes en riesgo rescatados de una vida de delincuencia, drogas o prostitución; tocar en una orquesta juvenil se ha convertido en “tocar por su vida” y “cambiar el mundo”. Como en el caso del urbanismo social de Medellín, un fenómeno interesante, atractivo, pero complejo y con resultados contradictorios, se ha sobrevendido como un milagro. Las aspiraciones se han confundido con los logros, y una mezcla de propaganda institucional, promoción, periodismo e incluso algunas investigaciones unilaterales han producido una narrativa dominante hiperbólica que está significativamente divorciada de la realidad.
El exceso retórico no se limita a la ASPM. Como señala Waisman (2004), la romantización y exageración del poder de la música europea en América Latina se remonta a los relatos de los misioneros españoles del siglo XVI, que escribían sobre sus propios esfuerzos supuestamente gloriosos para pacificar y convertir a la población indígena. Waisman sostiene que muchas personas se han tomado esas narraciones demasiado literalmente, en lugar de entenderlas como lo que eran: publicidad para los autores y sus órdenes religiosas. Los paralelismos con la ASPM no son difíciles de detectar.
Volviendo al presente, Kertz-Welzel (2016) analiza el idealismo y la romantización en el campo de la música comunitaria. La reciente evaluación de Mantie y Risk (2020) sobre los campamentos de música folclórica para jóvenes llamados Ethno-World reconoció que la gran mayoría de los participantes disfrutaban de su experiencia, pero también subrayó que muchas de las afirmaciones sobre el programa eran significativamente exageradas y demostraban una falta de conocimiento del campo más amplio de la práctica y la investigación de la educación musical. Los investigadores consideraron que el enfoque característico de Ethno-World era “más una consigna conveniente o un eslogan que un enfoque informado de los problemas de la enseñanza y el aprendizaje” (10); y sus afirmaciones de innovación pedagógica apuntan a “una ingenuidad potencialmente inquietante sobre todo lo que se sabe actualmente sobre la enseñanza, el aprendizaje y la facilitación de la música” (11). Existen estrechos paralelismos con la ASPM, en el que los eslóganes de Abreu han ocupado un lugar destacado, se han presentado como novedosas prácticas antiguas (de hecho, ampliamente criticadas) y se han pasado por alto muchos conocimientos actuales sobre la educación musical. Está claro que el aprendizaje de la música puede ser muy agradable para el grupo autoseleccionado que decide seguirlo en esos programas con carácter voluntario; el problema son las afirmaciones grandilocuentes que la acompañan, que a menudo no resisten el menor escrutinio.
Ethno India 2023 - Shri Netar Kapur Scholarship Awardee
El exceso retórico parece ser una característica del campo más amplio de la educación musical, pero es particularmente pronunciado en la ASPM, y no es solo una característica ornamental de este sector; es parte integral del modelo, el combustible con el que funciona. Juan Guillermo Ocampo, el fundador de la Red de Escuelas de Música de Medellín (La Red), motivó a los estudiantes inculcándoles la sensación de que tenían la misión de transformar el mundo a través de la música. Las percepciones de Abreu sobre la música superando la pobreza y la violencia podían estar basadas en ilusiones, pero inspiraron movimientos nacionales e internacionales. El lenguaje extraordinario, los grandes sueños y las promesas extravagantes mantuvieron estos programas en movimiento, generando el compromiso de continuar, la financiación y nuevos participantes para expandirse, y la atención de los medios de comunicación para generar energía. Los principales programas de ASPM suelen tener un responsable o equipo de comunicación. El Sistema tiene una oficina de prensa muy activa. Gran parte de la información que circula públicamente sobre la ASPM comienza como material de marketing producido por profesionales de la comunicación. Su trabajo consiste en generar una historia sencilla y atractiva y difundirla a través de los medios de comunicación convencionales y sociales. Este proceso contribuye a la tendencia general a exagerar los aspectos positivos y minimizar los negativos en el discurso sobre la ASPM. Los comunicados públicos suelen describir las intenciones como logros y llegan a exagerar de una manera tal que terminan por no reflejar las opiniones del personal más reflexivo. Cuando se presentó en una reunión de gestión un artículo de prensa sobre la gira de 2018 de La Red a los EE.UU., los dirigentes se quejaron de que se hablara de que el programa “rescataba” a los niños, un discurso que no podían soportar. Los comunicados pueden incluso no reflejar las opiniones de la persona que los escribió. Un responsable de comunicación de Medellín me dijo: A menudo me pregunto si soy una mentirosa. Reconoció que su trabajo consistía en promover una visión idealizada de La Red que pasaba por alto las verdades menos convenientes.
No todos los escritos sobre la ASPM son tan románticos. Como hemos visto, los informes críticos sobre La Red se remontan a 2006; en el caso de El Sistema, a 1997 (Baker y Frega 2018). En los primeros, el propio personal musical de La Red describió el objetivo del programa como excesivamente utópico y más como un cliché que como una meta realista. En el segundo, la mayoría de los entrevistados de El Sistema estaban desilusionados por las contradicciones entre los valores declarados y las prácticas reales. No solo cuestionaron que el programa intentara siquiera perseguir sus objetivos sociales, sino que lo acusaron de fomentar comportamientos y actitudes contrarios a esos objetivos. Así pues, las diferencias entre la teoría y la práctica de la ASPM han sido conocidas por los participantes y los investigadores durante muchos años, y se han puesto por escrito. Sin embargo, todos estos informes eran internos, por lo que el número de personas ajenas a las organizaciones que lo sabían era mínimo. Lo que faltaba durante estos años no era el análisis crítico, sino su difusión. Quienes produjeron las críticas eran expertos en educación musical en América Latina y científicos sociales insertados en La Red, es decir, personas altamente calificadas y que conocían bien las realidades. Pero no tenían una plataforma pública. Por el contrario, la propaganda institucional, la defensa y los comentarios idealistas de los medios de comunicación tenían vía libre en la esfera pública, propagados por los líderes de los programas, los músicos famosos, los periodistas y otros grandes actores del sector de la música clásica, la mayoría de los cuales estaban muy alejados de la realidad, pero tenían una historia que querían contar y un púlpito desde donde hacerlo.
Hoy existe una amplia cantidad de investigación crítica en circulación pública; hay un estudio extenso cuantitativo sobre El Sistema que revela claramente la endeblez de su teoría del cambio; incluso se cuenta con investigaciones que analizan directamente el exceso retórico (p. ej. Pedroza 2015; Fink 2016; Dobson 2016). Sin embargo, la narrativa dominante apenas ha cambiado. Solo unos pocos periodistas musicales se han apartado de la historia oficial, y son menos los que han profundizado en la investigación. La mayoría de las representaciones institucionales no han cambiado prácticamente nada. No se trata de una cuestión de falta de pruebas, sino de un rechazo colectivo a enfrentarse a ellas. Cuando empezó a publicarse la investigación crítica —no para descubrir problemas desconocidos, sino para redescubrir los conocidos—, ya era demasiado tarde. Para entonces se había construido un edificio global de ASPM, y el exceso retórico era el pegamento que lo mantenía unido. Como sugiere Rimmer (2020), había demasiados grupos poderosos que se beneficiaban de la historia de éxito como para que un relato más realista ganara algo más que un punto de apoyo: El Sistema se había convertido en algo “demasiado grande para fracasar”.
El exceso retórico ha servido no solo como barrera para el debate público y la comprensión, sino también como freno al progreso. El Sistema es un ejemplo de ello: atascado en el tiempo de los años 70, paralizado por su propia mitologización y cegado por la arrogancia gracias a la adulación de los extranjeros. El idealismo también ha conducido a la perpetuación y propagación de los problemas a medida que el campo ha ido creciendo. Gracias a El Sistema, ha habido un resurgimiento de narrativas de salvación a través de la música que se remontan quinientos años pero que han sido problematizadas por estudiosos de la educación musical (p. ej. Gould 2007; Vaugeois 2007; Spruce 2017). La propagación de una historia inflada sobre sus logros solo hace más difícil que Venezuela y otros países dejen atrás esas concepciones colonialistas de la educación musical.
Afirmar que las orquestas resolverán milagrosamente problemas sociales complejos como la pobreza y la violencia es una parodia del trabajo musicosocial, y enturbia la comprensión de la educación musical para el cambio social.
Así entonces, el exceso retórico no puede ser considerado simplemente como un poco de fanfarronería inocua. Como señala Easterly (2006, 18), “la nueva afición a la utopía no es solo una retórica inspiradora inofensiva”, sino que tiene efectos perniciosos para el desarrollo. Tomar al pie de la letra la palabrería de la ASPM ha llevado a muchos a reproducir prácticas problemáticas, a evitar el pensamiento crítico, a mantener expectativas poco realistas y a resistirse al cambio. Las afirmaciones exageradas del campo también están dando forma a las políticas sobre música y acción social en todo el mundo. En 2018, la ONU y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) promovieron a El Sistema como “un modelo de inclusión social para el mundo”, sobre las bases más endebles. En 2019, México anunció la creación de un programa nacional inspirado en El Sistema, a pesar del estudio del BID de 2017 que revelaba que El Sistema no llegaba a los pobres y tenía efectos sociales insignificantes, y a pesar de una investigación periodística muy crítica del predecesor del programa mexicano, Esperanza Azteca, también inspirado en El Sistema (García Bermejo 2018). La fanfarronería derrotó a la investigación y se convirtió en la base de un programa nacional. Cuando el exceso retórico se consagra como política nacional o internacional, hay razones para preocuparse.
Muchos programas de ASPM operan ahora en contextos de financiación difíciles en los que hay perdedores y ganadores. Esperanza Azteca, por ejemplo, ha restado fondos a otros programas musicales ya existentes. El programa de orquestas juveniles de Salinas recibió grandes sumas de dinero público mientras los presupuestos estatales de cultura se reducían. La investigación mexicana informó: “El florecimiento de las orquestas y coros infantiles Esperanza Azteca […] ha ido de la mano de la cancelación de los festivales de teatro, música, danza y cine, la desaparición de las orquestas sinfónicas y la lucha por la supervivencia de los programas culturales comunitarios”. Como decía su titular de forma concisa: “La cultura se asfixia; las Orquestas Aztecas florecen”. El In Harmony Sistema England recibió una inversión considerable en un momento en el que la financiación de la educación musical en general estaba siendo recortada en casi un tercio en Inglaterra (Bull 2016), y lo hizo por motivos cuestionables (Rimmer 2020); Sistema Scotland ha florecido en un contexto igualmente preocupante (Baker 2017). El discurso excesivamente optimista de la ASPM puede, por lo tanto, tener implicaciones para el campo más amplio de la educación musical, desviando potencialmente los recursos y/o la atención de otros programas, incluyendo aquellos que pueden ser más efectivos, eficientes, equitativos o culturalmente relevantes. En México, al igual que en Venezuela (Baker 2014), impactó negativamente en otras artes también al acaparar recursos. Como argumenta Spruce (2017, 723) en un artículo dedicado en parte a los programas inspirados en El Sistema del Reino Unido, “la apropiación de la justicia social para sostener agendas políticas o discursos normativos dentro y fuera de la educación musical ha tenido el efecto de velar o silenciar paradigmas más radicales y potencialmente disruptivos de la educación musical y la justicia social”.
En resumen, el exceso retórico de la ASPM tiene graves consecuencias prácticas. También plantea cuestiones éticas. ¿Es ético afirmar que un programa fundado para proporcionar formación profesional y ampliar el acceso a la música clásica es de hecho un programa social? ¿Lo es abogar por la inversión de fondos sociales en la formación orquestal con el argumento de que es socialmente transformadora sin contar con buenas pruebas? ¿Lo es ignorar pruebas importantes en contra? ¿Lo es consumir fondos que podrían destinarse a otros programas sociales de eficacia comprobada o a otros programas musicales con buena trayectoria? ¿Es el triunfo de la ASPM a expensas de los programas de educación musical y culturales existentes, como en México, algo realmente a celebrar?
Los expertos en desarrollo reconocen que los principales problemas sociales suelen ser “problemas intrincados” (o complejos) (Ramalingam 2013, 265). Además, es “moralmente censurable que el planificador trate un problema intrincado como si fuera un problema sencillo, […] o que se niegue a reconocer la complejidad inherente a los problemas sociales” (Rittel y Weber, citados en ibidem, 269). Sin embargo, muchas de las frases favoritas de la ASPM —“desde el momento en que se enseña a un niño a tocar un instrumento, deja de ser pobre”; “un niño que empuña un instrumento nunca empuñará un arma”; “las orquestas y los coros son instrumentos increíblemente eficaces contra la violencia”—, son el paradigma del tratamiento de los problemas intrincados como si fueran sencillos. Una fórmula simple y universal como la creación de una orquesta no solo es poco probable que sea una solución, sino que puede impedir esfuerzos más realistas de cambio social; incluso podría, como sugieren algunas investigaciones sobre el desarrollo y la ASPM, empeorar los problemas. El pensamiento utópico puede “contribuir a ocultar y naturalizar las relaciones de poder que mantienen el statu quo. El hecho de ignorar cómo la música implica características tanto restrictivas como transgresoras puede reforzar, en lugar de transformar, las estructuras marginadoras que la creación musical supuestamente puede combatir” (Boeskov 2019, 191). La idea de aplicar un único enfoque en diferentes lugares y culturas es ampliamente criticada en los estudios sobre cultura y desarrollo (p. ej. Thompson 2009). Afirmar que las orquestas resolverán milagrosamente problemas sociales complejos como la pobreza y la violencia es una parodia del trabajo musicosocial, y enturbia la comprensión de la educación musical para el cambio social. El exceso retórico no es algo que deba descartarse como una peculiaridad inofensiva.
Tanto si miramos a Cachemira como a Oriente Medio o a Venezuela, la justificación de una visión muy optimista del poder social de las orquestas es escasa, como admitieron incluso directores famosos como Mehta y Barenboim. Las luchas en los dos primeros contextos no están más cerca de resolverse, mientras que Venezuela se ha deteriorado precipitadamente. La investigación crítica sobre la ASPM aumenta cada año, y algunos de los principios fundamentales del campo parecen claramente problemáticos a la luz de los estudios recientes sobre educación musical, justicia social y desarrollo. En Medellín, los otros programas municipales de educación artística les habían restado importancia a la formación técnica y al pensamiento mágico hacía años.
Por lo tanto, hay muchas razones para adoptar un enfoque más ambivalente de la ASPM. Puede que la crítica sistemática sea difícil de vender al mundo de la música en general, al que le gusta mucho más la narrativa del “poder de la música”, pero es un paso necesario. El Sistema ha sido una de las iniciativas de educación musical más difundidas, promocionadas e imitadas del siglo XXI, y es la piedra angular de un campo de ASPM que ahora incorpora a cientos de miles de estudiantes en docenas de países de todo el mundo. Por lo tanto, profundizar en este campo es una tarea importante por derecho propio. Sin embargo, como sugieren Erik Olin Wright y Ruth Wright, la importancia del diagnóstico crítico va más allá de la búsqueda del conocimiento por sí mismo: es el primer paso en la investigación emancipadora o de justicia social, que pretende interrumpir un statu quo problemático y abrir la puerta a mejores alternativas (Wright 2019). La investigación crítica es un cimiento para las posibilidades de transformación.
In Harmony Lambeth... Changing lives in South London
Si las consecuencias de la grandiosidad pueden ser bastante perjudiciales, adoptar una postura más ambivalente puede ser una fuente de cambios positivos. Solo si se afrontan los defectos se pueden abordar seriamente. Criticar la disyuntiva entre mitos y realidades tiene un potencial liberador: puede catalizar la exploración y la experimentación, en lugar de la reproducción de ideas y métodos defectuosos. Puede fomentar la búsqueda de nuevos enfoques de la ASPM que se ajusten más a la investigación en este campo. En la actualidad, los estudios sobre la ASPM y otros campos afines aportan pruebas más que suficientes para sugerir que existe un margen considerable de mejora tanto en lo que respecta a la educación musical como a la acción social. El camino más rápido hacia esa mejora es el cuestionamiento crítico y el debate público, no la retórica grandiosa e idealista.
La ambivalencia no significa desvinculación o destrucción; no es un credo de negatividad. Puede respaldar la acción constructiva; el investigador ambivalente puede convertirse en “un facilitador o un catalizador del cambio” (Ander-Egg 1990, 36). Como señala Sloboda (2019), “el verdadero aprendizaje a menudo solo se produce tras el fracaso, y la comprensión del porqué”. La ambivalencia nos anima a tomarnos más en serio cuestiones como el trabajo en equipo y la voz de los estudiantes, en lugar de asumir que se ocuparán de sí mismos. Abrazar la ambigüedad no es negar el potencial positivo de la música: se trata de cumplir con ese potencial.2
La historia de La Red ilustra este punto. Durante los primeros ocho años, el programa adoptó un enfoque similar al de El Sistema, que prefería la acción a la reflexión. Sin embargo, los informes de 2006 y 2008 revelaron que se habían acumulado muchos problemas como consecuencia de ello. Sus conclusiones subrayan que la actividad musical debe ir acompañada de investigación y reflexión críticas si la ASPM quiere alcanzar sus objetivos sociales. Además, esta documentación y análisis de los problemas constituyó la piedra angular de los esfuerzos por transformar el programa.
La investigación crítica —una etnomusicología o sociología de la educación musical ambivalente—, tiene, por tanto, un papel vital que desempeñar en el replanteamiento y la reconstrucción de la ASPM. Con demasiada frecuencia en el ámbito de la ASPM, a los investigadores se les ha pedido o han estado felices de desempeñar el papel de apoyo, borrando la línea que separa la investigación de la defensa. El reverso de esta moneda es que los investigadores críticos han sido señalados como el enemigo, que debe ser ignorado o descartado. Algunas ramas del campo de la ASPM tienen una visión maniquea de los estudios y de la crítica: “Con nosotros o contra nosotros”. Sin embargo, La Red demuestra que hay otro camino. Desde 2006, el programa ha contratado a profesionales sociales para que hagan preguntas difíciles, no para que den palmaditas en la espalda a los líderes y al personal del programa y les digan lo que quieren oír. El equipo social ha sido visto a veces como una piedra en el zapato, tanto por el personal como por los estudiantes, e incluso por los propios líderes y, sin embargo, quince años después sigue ahí. Cuando llegué al programa, me trataron como un colega y un aliado potencial en un proceso de autocrítica y cambio que el programa ya había iniciado. No tuve que jurar lealtad, ni adherirme a ninguna misión, ni adular a ningún líder. Con una apertura totalmente apropiada para una institución pública, La Red me abrió sus puertas, y desde entonces trabajamos juntos. Fue agradable descubrir que la práctica y la investigación crítica podían ir de la mano.
A la luz de esta experiencia, y también de breves intercambios con representantes de otros programas, creo que es eminentemente posible que la ASPM y los investigadores trabajen juntos de forma productiva. Esto no significa que el investigador tenga que frenar sus facultades críticas. Por el contrario, propongo que un papel importante para los académicos debería ser el de adoptar lo que Belfiore (2009) denomina “un ethos de investigación anti-pendejadas”, y comprometerse con la complejidad en la ASPM de una manera similar a la que Belfiore y Ramalingam han hecho con respecto al impacto social de las artes y la ayuda exterior. Este enfoque tiene un profundo fundamento histórico: el impacto social de las artes ha sido un tema de interrogación crítica durante más de dos milenios (Belfiore y Bennett 2008). Los académicos se encuentran en una posición privilegiada para explorar estas cuestiones, ya que las instituciones de educación superior aún pueden apoyar el trabajo que persigue una comprensión más profunda y no solo objetivos utilitarios.
Los investigadores urbanos han escudriñado críticamente el Milagro de Medellín desde muchos ángulos; han desterrado las patrañas promocionales y las han sustituido por críticas sofisticadas. La investigación sobre historias de milagros musicales no debería ser diferente.
Los estudiosos de la música a veces abogan por un tema en particular, quizás sugiriendo que la importancia de un compositor, obra, escena, género o artista no ha sido suficientemente apreciada. En el caso de la ASPM, sin embargo, con el apoyo abundante de los financiadores, la industria musical y los medios de comunicación, y las creencias generales a menudo excesivamente optimistas, los académicos tienen un papel que desempeñar para inyectar una nota de cautela y realismo. No es un camino hacia la popularidad, pero es un papel importante para los investigadores de la música en una época de posverdad. De hecho, cuanto mayor sean las afirmaciones, más necesario será este papel. Como sostiene Reimerink (2018, 194): “El urbanismo social de Medellín es considerado internacionalmente como una ‘historia de éxito’ en la transformación urbana, lo que hace que la investigación crítica sobre sus logros sea aún más urgente”. Los investigadores urbanos han escudriñado críticamente el Milagro de Medellín desde muchos ángulos; han desterrado las patrañas promocionales y las han sustituido por críticas sofisticadas. La investigación sobre historias de milagros musicales no debería ser diferente. Este “ethos de investigación anti-pendejadas“ también debería tener un elemento público: después de todo, la gente esperaría que se le informara de los inconvenientes y efectos secundarios de un programa de salud pública o de ayuda humanitaria, así que ¿por qué no de un trabajo musicosocial? ¿Por qué la música debería estar exenta de un examen serio, divorciado de los motivos de defensa? Es de interés general debatir las ventajas y desventajas de los modelos existentes y las posibilidades de mejora, sobre todo en los contextos en los que los programas de ASPM se financian con fondos públicos.
Tomar en serio los objetivos de la ASPM e investigar formas de lograrlos con mayor eficacia es un paso constructivo. Que se vea como tal depende de los programas y de sus representantes. Si están firmemente aferrados a una práctica, ideología o marca de educación musical concreta, entonces un investigador crítico puede aparecer como un antagonista. Pero si están comprometidos con la reflexión crítica y el cambio, como lo estaba La Red, entonces el mismo investigador puede aparecer como un aliado que podría contribuir a los procesos internos, y en ese punto comienzan a florecer las posibilidades de colaboración entre la práctica y la investigación. Si su pregunta central es “¿cómo podría funcionar mejor?”, entonces pasar de una historia milagrosa a una evaluación más realista puede ser visto no como un desprecio sino como una contribución. Si la educación artística es tratada como un medio de control y reproducción social, entonces la investigación crítica no tiene lugar en la mesa; sin embargo, si es tratada como “un vehículo para la transformación, la reflexión y la crítica”, como dijo Giraldo (Vallejo Ramírez 2017), entonces los profesionales de la ASPM y los académicos críticos pueden cenar felizmente juntos.
Mis opiniones habían provocado mi excomunión por El Sistema y sus aliados varios años antes, pero aquí, en un programa emblemático de la ASPM, no llamaron la atención. El equipo social de La Red tenía poco tiempo para “tonterías musicales“. En las reuniones y en las conversaciones privadas, yo solía coincidir con los altos cargos de La Red. Me trataban como un analista de los problemas de la ASPM y partidario de soluciones progresistas, más que como un enemigo. Incluso me ofrecieron un puesto de trabajo. A su vez, envié un borrador avanzado de este libro a tres altos cargos (del pasado y del presente) y les invité a aportar sus comentarios críticos antes de finalizar el texto. Algunos otros programas de la ASPM me han tendido la mano, como NEOJIBA, Orquestra nas Escolas (Brasil) y Symphony for Life (Australia). En 2019, me invitaron a formar parte del comité científico de Démos (Francia). El diálogo y la colaboración son posibles si los responsables de los programas lo desean.
Mi experiencia en La Red puso en tela de juicio los binarismos habituales en la ASPM, como el de “interno“ versus el “externo“, la “práctica” versus la “investigación”, y la “defensa” versus la “crítica”. Muchos otros individuos también cruzaban estas fronteras imaginarias. En el equipo social había investigadores críticos que trabajaban dentro de La Red; y había educadores musicales que se interesaban por la investigación. Franco, el coordinador pedagógico, insistía a menudo en que la investigación debía ser una parte integral de la educación musical: una curiosidad o ethos exploratorio que iba de la mano del aprendizaje musical. La Red de Artes Visuales de Medellín es un ejemplo cercano de cómo el pensamiento crítico y la práctica pueden funcionar bien juntos; de hecho, de cómo la práctica puede derivarse de la investigación crítica.
Lo más importante es que la reevaluación crítica de La Red, a partir de 2005, fue dirigida por sus propios empleados, y dos de los artífices de este proceso entre 2017 y 2019 fueron músicos. Un ethos crítico se convirtió en parte de La Red, no en algo ajeno u opuesto a ella, y el debate tuvo lugar no entre los de adentro y los de afuera, los defensores y los críticos, sino entre los partidarios de enfoques contrastados dentro del programa. El punto central de este libro ha sido que, si La Red resultó ser más compleja en realidad de lo que la percepción pública de la ASPM permitía, se trataba de un diagnóstico interno. La dirección del programa era a la vez defensora y crítica de La Red, y mostraba poco interés por las opiniones optimistas de observadores con escaso conocimiento de los retos de la misma. Espero que desvelar estas dinámicas contribuya de alguna manera a derribar algunas de las barreras y dicotomías imaginadas que limitaron la circulación del conocimiento en la ASPM durante la década de 2010.
Los principales problemas de El Sistema fueron descubiertos por primera vez por investigadores latinoamericanos en 1997. Un conjunto creciente de investigaciones sobre programas afines revela que algunos de estos problemas se han encontrado en otros lugares del ámbito de la ASPM. Ahora podemos ver que La Red muestra un panorama comparable. ¿Cuántas pruebas más se necesitan? ¿Cuántas veces necesitan los investigadores encontrar problemas similares en diferentes partes del campo antes de que se tomen en serio? Siguiendo el ejemplo de La Red, es hora de ir más allá de las historias milagrosas y de las narrativas de salvación que han dominado la comprensión del público y buscar debates más críticos y visiones más matizadas e innovadoras de la educación musical con orientación social. Hay tantos músicos como investigadores que ya están involucrados en este proceso, pero muy a menudo separados. Cuando los programas reconocen los problemas y abrazan la reflexión crítica y el cambio, los investigadores pueden contribuir ayudando a desconstruir el mito dominante de la ASPM y a reconstruir algo mejor en su lugar.
Geoffrey Baker (Oxford, 1970) estudió literatura e idiomas modernos en la Universidad de Oxford, Master en Musicología (Royal Academy of Music), y doctor en musicología (Royal Holloway Universidad de Londres). Actualmente es profesor de musicología en Royal Holloway Universidad de Londres y Director de Investigación en la organización benéfica de música Agrigento. Es autor de cuatro libros sobre música en América Latina, el más reciente de ellos: Replanteando la acción social por la música: La búsqueda de la convivencia y de la ciudadanía en la Red de Escuelas de Música de Medellín (Open Book Publishers, 2022), en 2014 publicó El Sistema: Orchestrating Venezuela’s Youth (Oxford University Press).
Este trabajo es un extracto de Replanteando la acción social por la música: La búsqueda de la convivencia y de la ciudadanía en la Red de Escuelas de Música de Medellín (Open Book Publishers, 2022). La bibliografía del texto se encuentra en el libro, que puede descargarse gratuitamente en formato PDF en: https://www.openbookpublishers.com/product/1454. Se publica aquí con expresa autorización de su autor.