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domingo, 24 de diciembre de 2023

La Festividad de H. P. Lovecraft

 


Estimados Liponautas

Hoy compartimos con ustedes el tradicional relato navideño. Este Año le toco a Howard.

Esperamos lo disfruten.


Atentamente


La Gerencia.



*******


H. P. Lovecraft: La festividad


Efficiunt Daemones, ut quae non sunt, sic tamen quasi sint, conspicienda hominibus exhibeant.

LACTANCIO.


(«Hacen los demonios que aquellos que no existen, pero que casi existen, aparezcan para observar a los hombres»).




Me hallaba lejos de mi hogar, y sufría el encantamiento del mar oriental. Escuchaba su rítmico golpear contra las rocas, y sabía que se encontraba justamente detrás de la colina, en la que los sauces retorcidos se agitaban contra el cielo claro en el que brillaban las primeras estrellas del atardecer. Caía la tarde. Y, obediente al mandato de mis padres, que me habían convocado a la vieja ciudad de la costa, continué mi camino sobre la nieve fresca que cubría aquel solitario camino que se arrastraba hacia arriba, hacia el punto en el que Aldebarán parpadeaba, brillante, entre los árboles; hacia la muy antigua ciudad que nunca había visto, pero con la que había soñado muy a menudo.


Era el solsticio de invierno que los hombres llaman Navidad, aunque en lo más oscuro de su mente tienen el conocimiento de que dicha fiesta es más antigua que Belén y que Babilonia, más vieja que Menfis y que la misma humanidad. Era el solsticio de invierno, y al fin me encaminaba a la antigua ciudad costera en la que los de mi pueblo habían habitado, celebrando la Festividad en los viejos tiempos en los que tal celebración estaba prohibida; y en la que habían ordenado a sus descendientes que celebrasen la festividad una vez por siglo, para que no se perdiese la memoria de los secretos primitivos. La mía era una antigua raza, vieja ya incluso cuando se colonizó esta tierra, hace trescientos años. Eran gente extraña, gente venida de manera furtiva de las tierras del sur, de los jardines de orquídeas que olían a opio; y hablaban otra lengua antes de aprender la que utilizaban los pescadores de ojos azules. Y ahora se hallaban dispersos, unidos sólo por la práctica de los rituales de unos misterios que ningún viviente podía ya comprender. Yo era el único que volvió aquella noche a la vieja ciudad de pescadores, como mandaba la leyenda, porque el recuerdo es patrimonio tan sólo de los pobres y de los olvidados.


Entonces, más allá de la cima de la colina, vi a Kingsport extenderse, helada a la luz del atardecer; la nevada Kingsport, con sus antiguas veletas y sus campanarios coronados de agujas, galerías y chimeneas, muelles y pequeños puentes, sauces y camposantos; laberintos interminables de calles estrechas, retorcidas y empinadas, coronadas por la iglesia que el tiempo no había derribado; incesantes dédalos de viviendas de estilo colonial, apiñadas o esparcidas por todos los ángulos y a todos los niveles, como fragmentos desordenados de un juego de construcción; la antigüedad agitaba sus alas grises sobre los aleros blanqueados por el invierno y sobre los techos de pizarra; y las farolas y pequeñas ventanas que se encendían una por una en el atardecer helado, uniendo sus luces a las de Orión y otras estrellas arcaicas. Y el mar se golpeaba contra los malecones putrefactos; el mar inmemorial, lleno de secretos, del que habían surgido en tiempos antiguos los habitantes de Kingsport.


Junto al lugar más elevado del camino se alzaba un montículo aún más elevado, helado y azotado por el viento, y vi que era un cementerio marcado por lápidas negras, que surgían vampíricas de entre la nieve, como si se tratase de las uñas putrefactas de algún gigantesco cadáver. El camino, en el que no se veía huella ninguna de paso, estaba completamente solitario; a veces creí escuchar un sonido distante y horrible, como el de un cadalso que agitase el viento. En 1692 habían ahorcado a cuatro de mi estirpe por brujería, pero no sabía el lugar exacto de la ejecución.


Al descender por el camino hacia la vertiente que da al mar, intenté escuchar los alegres sonidos que suelen llenar un pueblo al atardecer, pero no los oí. Entonces me acordé de la fecha sagrada, y pensé que aquellos viejos puritanos que aún habitaban el pueblo bien podían tener costumbres navideñas desconocidas para mí, basadas en silenciosa oración y recogimiento hogareño. Así que, tras esta reflexión, no intenté ya escuchar ruidos de fiesta, ni busqué compañeros para mi jornada; y seguí mi camino, pasando frente a las granjas poco iluminadas, junto a los sombríos muros de piedra en los cuales se balanceaban al viento salado las enseñas de antiguas tiendas y tabernas de marineros, y los llamadores grotescos de los portales flanqueados de columnatas brillaban a la luz de las pequeñas ventanas cubiertas de cortinas, a lo largo de las callejuelas desiertas y sin pavimentar.


Había visto planos de la ciudad, y sabía dónde encontrar el hogar de los de mi estirpe. Se decía que yo sería reconocido y que se me daría la bienvenida, porque las leyendas de los pueblos tienen larga vida; así que me apresuré a atravesar Back Street y Circle Court, y crucé la nieve fresca que cubría el único pavimento empedrado del pueblo, hacia el lugar donde nace Green Lane, detrás del edificio del Mercado. Los viejos mapas y planos eran válidos todavía, de manera que no tuve dificultades; aunque debieron mentirme en Arkham cuando me dijeron que había trolebuses que llevaban a ese lugar, porque no vi ni un solo cable eléctrico. En cualquier caso, la nieve debía haber ocultado los raíles. Me felicité de haber ido a pie, porque el pueblo blanco me había parecido muy hermoso desde la colina; y ahora estaba ansioso por llamar a la puerta de los míos, la séptima casa en la acera de la izquierda de Green Lane, provista de un antiguo tejado puntiagudo y de un segundo piso saledizo, construida toda antes de 1650.


Cuando llegué brillaban luces en el interior de la casa y vi, a través de las ventanas con cristales en forma de diamante, que debía haber sido conservada en un estado muy similar al primitivo. La parte superior colgaba sobre la estrecha callejuela de suelo cubierto de hierba, y casi se unía a la parte colgante de la casa de enfrente, de manera que casi me encontraba en un túnel; el bajo umbral de piedra estaba completamente limpio de nieve. No había acera, pero muchas de las casas tenían puertas altas, a las que se llegaba por una doble escalera de piedra provista de barandas de hierro. Era un escenario extraño, y siendo extranjero en Nueva Inglaterra no había yo visto nunca su igual. Aunque su aspecto me gustase, lo hubiese apreciado más aún si hubiese habido huellas en la nieve, alguna gente en las calles, y si algunas cortinas no hubiesen estado echadas.


Cuando hice sonar el arcaico llamador de hierro, estaba algo asustado. En mí se había hecho un cierto terror, quizá a causa de la extrañeza de mi herencia, y el frío del anochecer, y lo raro del silencio que reinaba en aquella vieja ciudad de curiosas costumbres. Y cuando se respondió a mi llamada me asusté por completo, porque no había oído ningún sonido de pasos antes de que la puerta se abriese con un crujido. Pero mi temor no duró mucho: el hombre, envuelto en una bata y calzado con zapatillas, que me había abierto, tenía una cara dulce que me tranquilizó; y aunque me dijo por señas que estaba mudo, escribió una antigua y calurosa fórmula de bienvenida con un estilete en una tablilla encerada que consigo traía.



Me invitó por gestos a entrar en una habitación baja, iluminada por velas, cuyo techo exhibía macizas vigas; estaba amueblada con espesos, pesados y escasos muebles de oscura factura, del siglo diecisiete. El pasado parecía revivir allí, pues no faltaba ni uno solo de sus distintivos. Había una chimenea cavernosa, y frente a ella una rueca en la que una mujer vieja y encorvada, envuelta en una bata suelta y con la cabeza cubierta por un profundo gorro, tejía dándome la espalda, indiferente a la festividad silenciosa. El ambiente estaba impregnado por una indefinida humedad, y quedé asombrado al darme cuenta de que no había fuego en la chimenea. El escaño de alto respaldo estaba frente a la hilera de cortinas que había a la izquierda, cubriendo las ventanas, y parecía estar ocupado, aunque no pude estar seguro de ello. No me gustó nada todo aquello, y de nuevo se apoderó de mí el temor. Este miedo se hizo más fuerte por la misma causa que anteriormente lo había hecho disminuir: porque cuanto más miraba el suave rostro del viejo, más me aterraba aquella suavidad misma. Los ojos no se movían en absoluto, y la piel tenía un parecido demasiado grande con la cera. Finalmente, me convencí de que no se trataba de un rostro, sino de una máscara terriblemente bien hecha. Pero las blandas manos, curiosamente enguantadas, escribieron genialmente sobre la tableta, diciéndome que debía esperar un rato antes de ser conducido al lugar en el que la festividad había de celebrarse.


Indicándome una silla y un montón de libros, el anciano abandonó la habitación; y cuando me senté para leer, vi que los volúmenes eran blanquecinos y mohosos; entre ellos estaba el extravagante «Maravillas de la Ciencia», de Morryster; el terrible «Saducismus Triumphatus», de Joseph Glanvil, publicado en 1681; el escandaloso «Daemonolatreia», de Remigio, impreso en Lyon en 1859, y, lo peor de todo, el inmencionable «Necronomicon», obra del árabe Abdul Alhazred, en la traducción prohibida, al latín, de Olaus Wormius; un libro que yo nunca había visto, pero del que había oído murmurar cosas terribles. Nadie habló conmigo, pero pude escuchar el crujir de las enseñas en el viento del exterior, y el zumbido de la rueca en la que la anciana continuaba su silenciosa labor. Pensé que tanto la habitación como los libros que en ella había eran enfermizos e inquietantes, pero porque una vieja tradición de mis padres me había convocado a extrañas celebraciones, estaba resuelto a esperar acontecimientos raros. De modo que intenté leer, y pronto me encontré tembloroso, absorto en algo que encontré en aquel maldito «Necronomicon»; un pensamiento y una leyenda demasiado odiosos para una mente sana y consciente me asaltaron, cuando me pareció oír, con desagrado, cerrarse una de las ventanas que estaban frente al escaño, después de haberse abierto furtivamente. Parecía haber seguido a un chirrido que no era el de la rueca de la vieja. Pero podía haber sido una ilusión auditiva, porque en aquel momento la vieja tejía con fuerza, y sonaba un viejo reloj. Después de aquello, me abandonó la sensación de que alguien ocupase el escaño, y me hallaba leyendo con atención y entre escalofríos cuando el viejo volvió a la habitación, calzado con botas y envuelto en un antiguo traje flotante, y se sentó en aquel mismo escaño, de manera que yo no podía verle. La espera me había puesto nervioso, y la lectura del libro blasfemo hacía redoblar mi nerviosismo. Sin embargo, cuando dieron las once, el viejo se levantó, se deslizó hacia un baúl pesado y tallado que había en un rincón, y sacó de él dos capotes provistos de capuchas; vistió uno de ellos y envolvió en el otro a la anciana, que había cesado en su monótono tejer. Entonces, ambos se dirigieron a la puerta de la calle; la mujer se arrastraba, medio paralizada, y el viejo, tras haber tomado el libro que yo estaba leyendo, me llamó por gestos en tanto que cubría con la capucha aquella máscara o rostro inmóvil.


Salimos a la tortuosa red de callejuelas de aquella ciudad increíblemente antigua, que no iluminaba la luna; salimos mientras las luces desaparecían una tras otra detrás de las ventanas cubiertas de cortinas, y la Estrella del Perro miraba de reojo a la multitud de siluetas embozadas y encapuchadas que salían de todas las puertas y formaban monstruosas procesiones en estas y aquellas calles, pasando frente a la crujientes enseñas y las veletas antediluvianas, los tejados nevados y las ventanas de cristales romboidales; atravesando empinadas callejuelas en las que las casas ruinosas se desmoronaban abrazándose, deslizándose por patios abiertos y cementerios, donde la luz de las linternas formaba miríadas de constelaciones borrachas.


Seguí a mis guías sin voz entre aquellas muchedumbres calladas, golpeado por codos que parecían ser preternaturalmente blandos, apretado por pechos y estómagos anormalmente pulposos; pero sin ver nunca un rostro, sin oír una sola voz. Hacia arriba, hacia arriba, hacia arriba siempre, se deslizaban las fantasmagóricas columnas; y me di cuenta de que todos los caminantes convergían al acercarse a una especie de foco de enloquecidas avenidas, en lo alto de una elevada colina situada en el centro del pueblo, donde colgaba una iglesia grande y blanca. La había visto ya desde lo alto del camino, cuando miré a Kingsport al anochecer, y me había hecho estremecer, porque me había parecido que Aldebarán se balanceaba por unos momentos sobre el fantasmagórico campanario.


Había un espacio abierto en torno a la iglesia; era, en parte, un camposanto con espectrales columnas, en parte una plaza a medio pavimentar que el viento había limpiado de nieve casi por completo, circundado por casas insanamente arcaicas provistas de tejados en punta y galerías colgantes. Sobre las tumbas bailaban fuegos fatuos, que descubrían sórdidos paisajes, aunque eran extrañamente incapaces de proyectar ninguna sombra. Más allá del camposanto, donde no había casas, pude ver el brillo de las estrellas sobre el puerto, aunque la ciudad era invisible entre las sombras. Sólo de vez en cuando la luz de una linterna se balanceaba horriblemente a través de las avenidas serpentinas, encaminándose al grueso de la multitud que ahora se deslizaba, siempre en silencio, al interior de la iglesia. Esperé hasta que la multitud se hubo introducido por el oscuro portal, y hasta que todos los rezagados la hubieron seguido. El viejo me tiraba con impaciencia de la manga, pero yo estaba decidido a ser el último. Al cruzar el umbral del templo repleto de oscuridad desconocida, me volví una vez a mirar al mundo exterior, a la enfermiza fosforescencia del camposanto, que brillaba sobre el suelo pavimentado de la cima de la colina. Y entonces me estremecí. Porque, aunque el viento había dejado poca nieve, quedaban algunos retazos de ésta sobre el camino cerca de la puerta; y en aquella rápida ojeada hacia atrás mis preocupados ojos creyeron ver que no llevaba la nieve huellas de pasos, ni siquiera de los míos.


A pesar de todos los portadores de luz que en ella habían entrado, la iglesia estaba escasamente iluminada, porque la mayor parte de la multitud había ya desaparecido. Se habían precipitado por la nave lateral, entre los altos bancos, y penetrado por la trampa que conducía a la cripta, que bostezaba de forma abominable, abierta ante el púlpito. Seguí torpemente a la muchedumbre por los gastados peldaños al interior de la cripta oscura y sofocante. La cola de aquella fila sinuosa de caminantes nocturnos me parecía muy horrible, y adquirieron un nuevo matiz de horror cuando los vi bullir en el interior de una tumba venerable. Entonces me di cuenta de que el suelo de la tumba tenía una abertura, por la cual se deslizaba la muchedumbre; y un momento más tarde, descendíamos todos por una ominosa escalera de piedra mal desbastada; una escalera estrecha, en espiral, húmeda y peculiarmente maloliente, que se retorcía sin fin hacia abajo en las entrañas de la colina, entre monótonos bloques de piedra goteante y paredes de ladrillo que se desmoronaban. Era un descenso silente y desagradable, y observé tras un horrible intervalo que la naturaleza de los muros estaba cambiante, como si estuviesen de pronto tallados en piedra. Lo que más impresión me causó era que las miríadas de pisadas no hiciesen ningún ruido ni despertasen ecos. Tras incalculables minutos de descenso vi algunos pasadizos, como galerías de mina, que llevaban, desde el pozo de misterio nocturno donde me hallaba, a desconocidas madrigueras de tinieblas. Pronto se hicieron numerosos en exceso, como impías catacumbas de amenazas innominadas; y su pungente olor de podredumbre aumentó hasta hacerse casi insoportable. Yo sabía que debíamos haber atravesado la montaña, más allá incluso de la tierra misma de Kingsport; y me estremecí al pensar que una ciudad fuese tan antigua y estuviese horadada con tal maldad subterránea.


Entonces vi la fantasmal fosforescencia de una pálida luz y escuché el ruido insidioso de unas aguas que no habían visto nunca el sol. Y me estremecí de nuevo, porque no me gustaban las cosas que la noche había traído, y deseé amargamente que ningún antepasado me hubiese convocado a aquel rito primigenio. Cuando el pasadizo y los peldaños se ensancharon percibí otro sonido, la evanescente y delgada burla de una débil flauta; y de pronto se extendió ante mí el paisaje ilimitado de un mundo interior: una vasta y fungosa playa iluminada por un geyser de llama verduzca y enfermiza, y bañada por un amplio río oleaginoso que brotaba de abismos terribles e insospechados y se precipitaba en los más negros golfos del océano inmemorial.



Semidesvanecido, ahogándome, contemplé aquel impío Erebo de titánicas toperas, fuego leproso y aguas fangosas, y vi a las muchedumbres encapuchadas formar un semicírculo en torno al geyser resplandeciente. Era el rito del Solsticio de Invierno, más antiguo que el hombre y destinado a sobrevivirle; el rito primitivo del solsticio y de la primavera prometida después del invierno; el rito del fuego y de las siemprevivas, de la luz y de la música. Y en aquella gruta estigia yo les vi practicar el rito, y adorar la enfermiza columna de fuego verde, y arrojar a las aguas puñados de vegetación viscosa que brillaba, verde, bajo la luz clorótica. Vi todo esto, y vi una cosa amorfa agazapada lejos del fuego que soplaba ruidosamente en una flauta; y cuando la cosa tocaba la flauta creí escuchar malévolos revoloteos apagados en la oscuridad, donde no podía ver. Pero lo que más me aterraba era aquella columna llameante, vomitada como un volcán desde las profundidades inconcebibles, que no proyectaba sombras, como lo haría una luz normal, y que vestía la piedra nitrosa de una capa de verde-gris desagradable y venenosa. Y en toda aquella visible combustión no había calor ninguno; sólo la viscosidad de la muerte y de la corrupción.


El hombre que me había guiado hasta allí se encaramó entonces hacia un punto colocado directamente detrás de la horrible llama, e hizo rígidos movimientos ceremoniales frente al semicírculo al que se enfrentaba. En ciertos puntos del ritual, la muchedumbre se inclinó en señal de obediencia, en especial cuando alzó por sobre su cabeza aquel aborrecible «Necronomicon» que había llevado consigo; y yo participé en todas las fórmulas del ritual, porque había sido convocado a aquella festividad por los escritos de mis antepasados. Luego el viejo hizo un signo en dirección al tocador de flauta, tan sólo a medias visible en la oscuridad, que cambió su débil melodía en aquel momento, sustituyéndola por otra ligeramente más fuerte, en otra clave; precipitando de ese modo un horror impensable e inesperado. Ante aquel horror, casi caí sobre la tierra cubierta de liquen, transido por una angustia que no es de este mundo ni de ningún otro, sino de los locos espacios de entre las estrellas.


Saliendo de la negrura inimaginable que se extendía más allá del brillo gangrenoso de aquella llama fría, de las llanuras tartáreas a través de las cuales rodaba, sombría, la aceitosa corriente, no oídos e inesperados, surgió de pronto, rítmicamente, una horda de cosas híbridas y aladas, que ningún ojo sano podría comprender completamente, que ningún cerebro sano podría recordar por completo. No eran cuervos, ni topos, ni zánganos, ni hormigas, ni vampiros, ni cadáveres humanos descompuestos; eran algo que no puedo ni debo recordar. Aleteaban débilmente, moviéndose con sus pies palmeados y con sus alas membranosas; y cuando alcanzaron la muchedumbre de los celebrantes, las figuras encapuchadas los tomaron y montaron sobre ellos, y se alejaron, jinetes en sus horribles monturas, a lo largo de aquel río sin luz, al interior de pozos y galerías de pánico donde manantiales de veneno alimentan terribles cataratas imposibles de descubrir.


La vieja mujer que hilaba se había alejado con la muchedumbre, y el viejo se quedó atrás tan solo porque yo me negaba a tomar uno de aquellos animales y a cabalgar como los demás. Cuando me puse en pie, vi que el amorfo flautista se había alejado fuera de mi vista, pero que dos de las bestias esperaban pacientemente a nuestro lado. Cuando me vio retroceder, el anciano sacó su estilete y sus tabletas y escribió que él era el verdadero delegado de mis antepasados, los que habían fundado la adoración del Solsticio en aquel antiguo lugar; que había sido decretado que yo debía volver, y que todavía quedaban por llevarse a cabo los ritos más secretos. Todo esto lo escribió con una caligrafía muy antigua, y al ver que yo dudaba aún sacó de su túnica flotante un anillo de sello y un reloj, marcados ambos con las armas de mi familia para probar la veracidad de sus aseveraciones. Pero era aquélla una horrible prueba, porque yo sabía por los viejos papeles que aquel reloj había sido enterrado con mi re-tatarabuelo en 1698.


Entonces el anciano echó hacia atrás su capuchón y señaló el parecido familiar patente en sus rasgos, pero aquello tan sólo me hizo estremecer, porque estaba seguro de que aquella cara era tan sólo una diabólica máscara. Los animales aleteantes rascaban con impaciencia los líquenes, y vi que el anciano estaba tan impaciente como ellos. Cuando una de las cosas empezó a contonearse y a intentar alejarse, se volvió con rapidez para detenerla; de manera que la rapidez de su movimiento desencajó la máscara de cera de aquello que debiera haber sido su cabeza. Y entonces, porque aquella visión de pesadilla me cerraba el paso a la escalera por la que había descendido, me sumergí en el oleaginoso río subterráneo que burbujeaba en algún sitio hacia las cavernas del mar; me sumergí en aquel pútrido jugo de los horrores internos de la tierra antes de que la locura de mis gritos atrajese sobre mí a todas las legiones del pudridero que debían ocultarse en aquellos pestíferos golfos.


Me dijeron en el hospital que me habían encontrado, medio helado, en el puerto de Kingsport, de madrugada, adherido a la madera flotante que el azar envió para salvarme. Me dijeron que había tomado la bifurcación equivocada del camino de la colina la noche anterior, y caído por los riscos en Orange Point; esto lo dedujeron por las huellas que hallaron en la nieve. No podía yo desmentirlo, porque todo estaba del revés. Todo estaba equivocado: por las amplias ventanas se veía un mar de tejados, de los cuales sólo era antiguo uno de cada cinco, y se escuchaba el sonido de los tranvías y de los motores de los automóviles en las calles. Insistieron en que aquello era Kingsport y yo no pude discutirlo. Cuando empecé a delirar al oír que el hospital estaba cerca del viejo cementerio de Central Hill, me enviaron al Hospital de St. Mary, en Arkham, donde podría ser atendido mejor. Me gustó aquel lugar, porque los médicos tenían mucha amplitud de miras, e incluso me apoyaron con su influencia para obtener una copia cuidadosamente guardada del objetable «Necronomicon» de Alhazred, de la biblioteca de la Universidad Miskatonik. Dijeron algo sobre una «Psicosis», y se mostraron de acuerdo en que yo debía liberarme de cualquier obsesión embarazosa que tuviera en la mente.


De modo que leí aquel horrible capítulo, y me estremecí doblemente, porque en verdad no era nuevo para mí. Lo había leído antes, digan lo que digan mis huellas en la nieve: y el lugar en el que lo había leído era más conveniente que lo olvidase. No había nadie —durante las horas de vigilia— que me lo pudiese recordar; pero mis sueños están llenos de terror a causa de frases que no me atrevo a mencionar. Sólo me atrevo a citar una frase, puesta en el mejor inglés que puedo extraer del latín increíblemente bajo:


«Las cavernas interiores, ‘’escribió el Árabe Loco”, no están al alcance de los ojos que ven; porque sus maravillas son extrañas y terribles. Maldito el suelo en el que viejos pensamientos viven con nuevos y extraños cuerpos, y maldita la mente que no mora en una cabeza. Sabiamente dijo Ibn Schacabao, que feliz es la tumba donde no ha sido enterrado ningún brujo, y feliz en la noche aquella ciudad en la que los brujos sean sólo cenizas. Porque dice un viejo rumor que el alma de los retoños del diablo no se aleja rápidamente de su envoltura putrefacta, sino que engorda e instruye al gusano que roe; hasta que de la corrupción se forma una horrible vida, y los blandos cavadores de la tierra se transforman con arte para hostigar, y se hinchan monstruosamente para convertirse en una plaga. En secreto se excavan grandes agujeros allí donde los poros de la tierra debieran bastar, y aprenden a andar cosas que debieran contentarse con reptar.»


(Octubre de 1923)


Ficha bibliográfica

Autor: Howard Phillips Lovecraft

Título: La festividad

Título original: The Festival

Publicado en: Weird Tales, enero de 1925

Traducción: Eduardo Haro Ibars


Tomado de Lecturia



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viernes, 24 de agosto de 2018

Unos mal intencionados comentarios sobre El color que Cayó del Cielo de Howard P. Lovecraft.







España es un país de pandereta por lo que es obligación ser pirata: me he descargado El Color que Cayó del Cielo de freeditorial.com. En inglés original: The Colour Out of Space el cuento está libre de derechos y descargable aquí.

Este cuento lo escribió Howard Philips en Marzo de 1927 cuando contaba 37 años y estaba en pleno esplendo creativo, por desgracia sólo faltaban 10 años para su prematura muerte.



Este cuento fue el único que publicó en Amazing Stories al pensar Philips que contenía más ciencia ficción que lo recomendable para su amada Weird Tales, pero como quiera que el “rata” de Hugo Gernsback le costó aflojar el pago, nunca más volvió a tratar con el luxemburgués, que según los muy chovinistas americanos es el padre del moderno concepto de Ciencia Ficción y dio nombre a unos premios que inspiraron a nuestros Ignotus y por tanto con los mismos defectos.

En mi copia no aparece el traductor, los piratas somos legión e indocumentados. Este cuento ha sido traducido 7 veces (habrá más, pero me cansé de buscarlas). La primera vez en Argentina en 1957 con el título: El color que cayó del cielo por Francisco Porrúa (bajo el seudónimo de Ricardo Gosseyn). Porrúa desarrolló una inmensa tarea como editor frente a la imprescindible editorial Minotauro. La otra traducción argentina de 1994 es de Elvio Gandulfo que mantuvo el mismo título. El escritor catalán, Antonio Ribera Jordà lo tradujo en 1973 como El color surgido del espacio. En 1980 también tituló así su traducción Aurelio Martínez Benito, incluso Babel 2000 (sic) le puso este mismo título a su traducción de 2003. En 1999 el español José Antonio Álvaro Garrido (que firma sus obras de ficción como León Arsenal) tituló El color fuera del espacio a su traducción y finalmente Juan Antonio Molina Foix tituló su traducción como: EL color del espacio exterior. Mucho ruido para tan pocas nueces, al menos Lovecraft goza del favor de los editores que lo reeditan una y otra vez.



De todos es conocido que el bueno de Howard era un xenófobo y aquí una pincelada en pleno cuento:

“… No me estuvo raro que los extranjeros no quisieran permanecer allí, …”

Cosa curiosa, ya que el narrador es un casi “basura blanca” descendiente de puritanos ingleses. Un foreigner recién llegado a ojos de un verdadero nativo, pero ya sabemos que los Howard Lovecraft y Donald Trump de los USA tienen unos terribles problemas con la pertenencia y la antigüedad.



¿Y el cuento? Pues está muy bien. Como ha servido de modelo de películas, novelas y otros cuentos, a ojos de hoy no parece original, cuando es el responsable de todo. Soy pirata pero educado, como voy a fusilar muchos textos y soy amigo de alguno de sus editores, los voy a citar: H. P. Lovecraft: El caminante de Providence de Roberto García Álvarez editado por GasMask en Abril 2016. Página 438:

“… El gran ciclo de relatos de 1926-27 se cierra con The Colour Out of Space [El color del espacio exterior], escrito en marzo de 1927. Se trata de uno de los mejores relatos de Lovecraft, que aúna horror y ciencia ficción y que, incluido en los Mitos de Cthulhu, lleva la acción desde las calles de Arkham hasta las granjas cercanas a la mítica ciudad. El narrador del texto comienza hablando de una zona totalmente estéril que día tras día se va ensanchando. Con el testimonio de uno de los habitantes más viejos del lugar, logra descubrir que ese lugar está maldito y yermo desde que en 1882 cayó allí un meteorito. A partir de ese momento, una enfermedad extraña comenzó a diezmar a todo ser vivo de la zona. Los Gadner, la familia de granjeros más próxima al lugar, comenzaron a enloquecer y morir uno a uno. En el interior del meteorito se ocultaba una criatura gaseosa de un color no propio de este mundo que es la responsable de todos esos desastres. Pero la desaparición de los Gadner y el abandono de su granja no suponen el fin de la pesadilla; el progreso de las grandes ciudades hace que todo aquel lugar vaya a quedar bajo las aguas de un nuevo pantano que proveerá a los incautos urbanistas. ...

Cualquiera diría que la enfermedad descrita es algún tipo de radiactividad… difícil pues los efectos mutagénicos de la radiación fueron identificados por primera vez por Hermann Joseph Muller en 1927 desde la Universidad de Texas (en 1946 le valió el Nobel de Medicina) a miles de kilómetros de Providence y de la Miskatonic University tan querida por Howard.

Llegué a Lovecraft de la mano de la antología: Los Mitos de Cthulhu que Rafael Llopis hizo para Alianza Editorial en 1969. En esta selección como bien avanza en el prólogo:

“… he seleccionado todos los cuentos de Lovecraft que, pertenecientes a dicho ciclo, fuesen inéditos en castellano. …”

Y como ya hemos visto este cuento, de esquivo color, se publicó en castellano en 1957. Rafael Llopis no dedica comentarios específicos al cuento, ni en el ensayo introductorio, ni en los cuatro capítulos que le dedica al maestro de Providence: del XXXVIII al XLI en su docto ensayo Historia Natural de los cuentos de miedo (1974) Ediciones Jucar. Eran otros tiempos, el fandom no era lo que es ahora y no había reconocimiento alguno al género. Quiero destacar dos pinceladas de Llopis, la primera es para ubicarnos, para no perder la referencia de donde estamos y a que hemos venido. Página 230:

“… Lovecraft, como tan a menudo sucede, fue en vida un escritor minoritario que ha alcanzado la popularidad treinta años después de muerto. …

Esto lo dijo en 1974, han pasado 44 años desde entonces. Para que te tomaran en serio había que decir cosas cripticas (o no) como estas. Página 231:

“… Acaso la primera contradicción en importancia sea entre su materialismo y su idealismo. “¡Idealismo y materialismo, ilusión y verdad!”, escribe Lovecraft en uno de sus ensayos. Pero esta frase, en la que se declara explícitamente materialista, es a la vez un grito de dolor implícito por su incapacidad para creer en la realidad de sus sueños. De esta contradicción nace toda la obra lovecraftiana, que no es sino racionalización materialista de contenidos arquetípicos y numinosos. …

Ahí queda eso. Hay algunas perlas de igual o superior calibre, pero como botón de muestra creo que es suficiente.

Lo cierto es que el cuento lo acabo de leer por primera vez gracias al Club de Lectura de Literatura Fantástica en Málaga para el encuentro del viernes 29 de Junio de 2018, dedicado a Los Mitos de Cthulhu. A mí me ha gustado, capta la atención del lector y te lleva a donde le da la gana llevarte. Pero mejor vuelvo a ceder la palabra a Roberto que se explica bastante mejor que yo:

 “… Lovecraft hablaba del texto como un “estudio de la atmósfera” y, en efecto, el relato no tiene ninguno de los habituales artificios de Lovecraft y además está contando con un estilo directo y llano. Su interés por la atmósfera del relato, por el ambiente y el escenario, hacen que no necesite recrearse en los aspectos sanguinolentos de la historia,  y aún así logra crear la atmósfera de aislamiento y opresión necesaria para que el lector se imagine, sin mucho esfuerzo, estar presente en la Nueva Inglaterra rural donde tienen lugar los hechos. …

Es absolutamente imposible no percatarse que la película Aniquilación (Annihilation, Alex Garland 2018) por muy basada en la trilogía de Jeff VanderMeer que esté, no es que beba de este cuento es que se abreva sin pudor ni recato. El bueno del VanderMeer me parecía un sujeto de escaso criterio desde su muy gráfica, pero escasa de enjundia Biblia Steampunk. Jeff abandera el movimiento weird, que en su peor versión está siendo emulado por nuestro fandom. El amigo Jeff además lidera un revisionismo que denigra al maestro de Providence. Pero voy a ceder de nuevo la palaba, esta vez a Alberto López Aroca, editor de Ulthar que en el volumen de Abril de 2018 introduce un ensayo de Joshi sobre la trilogía de Jeff VanderMeer:

… El siguiente artículo del gran S. T. Joshi es una crítica a la Trilogía de Southern Reach de Jeff VanderMeer, que recientemente ha tenido adaptación cinematográfica. Considerando que VanderMeer es uno de los mayores detractores de Lovecraft, y que Joshi es el mayor investigador lovecraftiano en activo, saltan chispas, hay spoilers, disecciones y opiniones sin pelos en la lengua. …

Vive Dios que Joshi acumula argumentos y deja en evidencia la baja calidad de la obra de Jeff, pero ese no es nuestro propósito, sino evidenciar que la novela y la película en mayor medida se inspiran en el cuento que nos ocupa.

Escuchemos a Joshi:

… Es evidente que VanderMeer ha hurtado elementos claves del trabajo de William Hope Hodgson y de H. P. Lovecraft.  (…) En cuanto a Lovecraft hay varios préstamos obvios de las características específicas de sus cuentos. Se pueden identificar cuatro de esos préstamos:

1     Una indicación al principio del relato, cuando “la frontera [del Área X] está avanzando… un poco cada año”, es claramente un préstamo de “The Colour Out of Space” (1927) donde un meteorito que transporta a una entidad extraterrestre (o a un conglomerado de entidades) aterriza en la propiedad de un desventurado granjero; y aún cuando la entidad en apariencia vuelve al espacio al final del cuento, los efectos permanecen: “la plaga se expande, poco a poco, quizá una pulgada por año” …

Pero el préstamo es mayor, el cuento describe una naturaleza alterada, bajo mal funcionamiento, que me llevó a especular con la radiación como causante, evidentemente en la trilogía y película uno de los elementos más impactante es el comportamiento aberrante de una naturaleza alterada a lo Lovecraft. Joshi referencia tres préstamos más a: In the Mountains of Madness (1931), “The Dunwich Horror” (1926) y “The Shadow Out of Time” (1934-35).

Y claro la crítica final de Joshi a Jeff por una práctica que se ha extendido sin respetar fronteras:

… Resulta divertido darse cuenta de que entre los personajes de VanderMeer hay una mujer negra (Grace Stevenson), un hombre hispano (John Rodriguez), un homosexual (Saul Evans), y una lesbiana (Grace Stevenson). Todo muy apropiado según los cánones de la corrección política multicultural. El único problema es que estos personajes son tan intercambiables entre sí que sus características étnicas o sexuales no tienen relevancia en el conjunto de sus personalidades, y no influyen en las acciones que su autor fuerza mecánicamente a que realicen. En especial, las escenas con Saul y su amante son tan humillantemente envaradas y torpes que más parecen una parodia del amor homosexual. …

Y la puntilla:

… Como otros muchos detractores de la superioridad moral, VanderMeer sabe que ahora está de moda desacreditar a Lovecraft por toda clase de negligencias personales y literarias imaginables, pero es evidente que no está por encima del robo de elementos fundamentales del revolucionario trabajo de Lovecraft cuando le conviene. …



¿Qué más puedo añadir? Tantas similitudes… En fin, Lovecraft era un montón de istas, pero es nuestro ista lo que no le impedía escribir como Dios.
by PacoMan


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by PacoMan 

En 1968 nace. Reside en Málaga desde hace más de tres lustros.

Economista y de vocación docente. En la actualidad, trabaja de Director Técnico.


Aficionado a la Ciencia Ficción desde antes de nacer. Muy de vez en cuando, sube post a su maltratado blog.

Y colabora con el blog de Grupo Li Po


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