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miércoles, 25 de julio de 2018

Caracas, ciudad monstruosa





Estimados Liponautas


Hoy tenemos el agrado de compartir un texto de nuestro amigo Héctor Seijas hace un acercamiento a la ciudad de Caracas en su día, el 25 de julioEs un inédito en la red.

Deseamos disfruten de esta propuesta literaria.

Atentamente

La Gerencia.

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Por Héctor Seijas


¡Ciudad monstruosa, noche sin fin! Ésta terrible exclamación, desasosegada, la profiere Arthur Rimbaud y aparece en las Iluminaciones.



El monstruo va por dentro. Nos habita –en este momento lo escucho rumiar desde la prehistoria–. Es un reptil. Sí, estoy seguro de que es un réptil. Y, repito, está adentro de cada uno de nosotros, nos habita. Y algo más –esto lo sostengo sin ser darwinista–: la edad del monstruo se remonta a los orígenes de nuestra especie.

Recorre nuestra espina dorsal y su corazón late como si durmiera un sueño de milenios. Millones de años traslucidos en escamas y garras y colmillos. Y unos ojos amarillos que nos miran desde los confines; desde cada abismo en particular.

Sus pupilas son verticales y posee un doble párpado que lo mantiene en permanente vigilia; desde la noche sin fin.

La temperatura de su sangre es fría. Misma de los glaciares y de las aguas primigenias.

Reposa con las mandíbulas abiertas, a la espera de algún bocado y su lengua es anaranjada, tirando al amarillo; siempre el color amarillo que refulge (como un sol).

El hambre del monstruo es un hambre ancestral, hambre de hambres.

Es capaz de devorar el universo entero.

Aunque puede soportarla sin morir, pues, el hambre es la esencia de su ser.

Y sin embargo palpita, su corazón palpita y palpita y no existe un reloj que pueda medir el tic tac de sus latidos.

Eso que llamamos Historia no le incumbe, dado que no contiene mitologías ni piensa ni manifiesta sentimientos similares al amor o el odio.

No llora, ni ríe.

La soledad del monstruo es inmensa, inabarcable. Lo colma todo a su alrededor y por las noches, que se confunden con los días y que forman una misma sustancia cenagosa, se mueve con sigilo. Se desplaza por el cauce de las venas.

Está allí, siempre ha estado allí. Antes y después del Diluvio.

No posee un nombre que sea único; pero hay emblemas, símbolos que lo identifican. Innumerables representaciones que nos previenen acerca de su poder, semejante a la Bestia del Apocalipsis.

No es comparable a ningún otro animal, porque la zoología no es capaz de clasificarlo, ni la Razón.

Palpita en cada célula y su respiración es tan profunda como un volcán.

Nada, a contracorriente, como un espermatozoide y está facultado para devorar a su presa sin que ésta se dé cuenta.

Tampoco hay un microscopio, por potente que sea, que pueda aislarlo con el ojo del científico y predecir su comportamiento.

Aunque no posee un tamaño específico, puede ser tan minúsculo y ser tan enorme que su presencia se confunde en una sola y única presencia inabarcable: la ciudad monstruosa.

Ah, y se multiplica, el monstruo se multiplica hasta formar una multitud, una legión, un ejército, una horda. Una muchedumbre devoradora cuyo refugio son las cloacas y las esclusas y los albañales y las alcantarillas y las avenidas atapuzadas de basura.

Y puesto que el monstruo es la encarnación masiva de la esfinge. Está en mí y está en ti y está en aquél y en aquél otro. Y es el punto, el vértice, el principio sin final.



Uno de los rostros multiplicados se refleja en las escamas de la cola retorcida. Es una joven madre que ha bajado desde los cerros de Catia a vender y a comprar basura. Como ella, deambula una legión de madres apostadas a la entrada del metro, por la esquina de Capitolio. Y más abajo, hacia el sur de la miseria. Estas madres son jóvenes y flácidas, muy delgadas, y las hay viejas, o que han envejecido prematuramente, que calman el hambre de las criaturas sacándose una teta seca que es chupada por chupar.



Grafitis alusivos reproducen un lema dibujado con plantillas: “El horizonte es de los pobres”. No “el esplendor de la pobreza”; sino la opacidad de la pobreza, la enfermedad de la pobreza, enfermedad de enfermedades.

Una mujer en cuclillas ofrece al menudeo espirales Plagatox, para espantar los zancudos, que rivalizan con otros insectos, como cucarachas, piojos y alacranes, por las escamas del monstruo que dormita: antes del Diluvio, mucho antes.

La noche del monstruo engendra más noche. Comprende el horizonte de los pobres: una selva, impregnada de malos alientos, donde los vientos se han paralizado. Olores fétidos provenientes de las entrañas podridas por la difteria, el paludismo, la tuberculosis. No hay ojos sino membranas que acechan desde cualquier ángulo. Y navajas oxidadas para despellejar perros y gatos que luego son digeridos. Medio hervidos, medio muertos.

Sobre la piel de la ciudad monstruosa, una costra impredecible, cubre de escoriaciones los edificios, los árboles y hasta los espejos, donde nadie se mira, tal como es.  Por los albañales se cuela una espuma sin líquidos. Una espuma seca; tan seca como la teta chupada por chupar, por hacer amagos, por calmar el hambre. Que no perdona. Que no permite pensar.

Ojos como membranas secas. Cerebros sin glucosa. Arterias de cloacas. Alcantarillas colapsadas. A la hora de la hora.

Raudas motos sin placa recorren las avenidas en busca de alguien que está en todas partes y a quien se debe perseguir para cumplir las órdenes dictadas por el hombre gordo, cuyos bigotes ocultan un labio leporino. El mismo que baila acompañado del grupo musical Madera junto con su esposa cuello de tortuga.

Por los lados de Quinta Crespo los hombres sin valor comercian con los huesos robados del cementerio. Éstos serán utilizados para los ritos de la palería. En la India serían los hijos de Kali, la Negra. Diosa-reina de las inmundicias, con sus collares de calaveras y sus muñones rotos. Dueña y señora de los cadáveres que andan por la ciudad monstruosa, pidiendo, gimiendo y escarbando la basura, donde procuran los restos de pellejos, los cartílagos grasientos y las verduras podridas que luego revenderán a otros cadáveres que integran una casta, una prole lumpen, una masa que no duerme ni despierta, únicamente anda, como Lázaro después de la muerte. Y este horizonte de los pobres, donde chapotean las aguas cenagosas de una maldición, ha sido arbitrariamente concebido y propiciado por el hombre gordo que baila el areito de los zamuros. Y por los funcionarios de la muerte. Por la burocracia de la muerte. Que tiene miles de cabezas y un solo estómago que no se sacia.

Los collares de Kali, la Negra, retienen el opaco brillo del cobre, el aluminio y el plomo; aleaciones sustraídas de los aparatos de aire acondicionado que gotean, desde lo alto de las oficinas, segregando las aguas residuales que impregnan las Torres del Silencio, olorosas a sobacos, a orines amanecidos, a locos sin bañar. Estas aguas riegan con su paso subrepticio, lento y persistente, breves matorrales, menudos arbustos, microscópicos líquenes, diminutos hongos y pequeños cactus que avanzan como los peones de un bosque en formación, sobre los muros, sobre los quicios, sobre los cimientos y sobre las vallas oxidadas, en cada entrada y en cada salida de la ciudad monstruosa.

   

El horizonte de los pobres muestra (en primer plano) una secuencia   de imágenes vinculadas a la corrupción que se cierne sobre la ciudad. Semejantes a las que muestra en su película Pier Paolo Pasolini: Edipo Rey. Después que Edipo lo ha transgredido todo, siendo como es, criminal incestuoso y parricida. Tanto las leyes de la sociedad como las leyes de la naturaleza. Caracas es como la ciudad de Tebas, invadida por enjambres de moscas. Mientras el gordo de labio leporino baila  el areito de los zamuros, junto a su esposa cuello de tortuga, acompañado de militares y paramilitares (tontons macoutes), armados con fusiles Kaláshnikov.

Una señora, que ha buscado refugio en la Biblia, ante tanto absurdo cuajado de miseria, previene, arengando a la multitud, con el recitado del profeta Jeremías:

Y si te preguntan: ¿Adónde hemos de ir?, les responderás: Así dice Yavé: El que a la muerte, a la muerte; / el que a la espada, a la espada; / el que al hambre, al hambre; / el que al cautiverio, al cautiverio.

Y prosigue: Yo les daré por regidores cuatro deudos, oráculo de Yavé: la espada para matar, los perros para arrastrarlos, las aves del cielo  y las fieras del campo para devorarlos y consumirlos. Y los haré el terror de todos los reinos de la tierra a causa de Manasés, hijo de Ezequías, rey de Judá, por cuanto hizo en Jerusalén. (15-2)

La señora distribuye revistas Atalaya, en compañía de un grupo de “testigos” vestidos con trajes flux y corbatas oscuras. Siente desprecio por la Babilonia que contiene el horizonte de los pobres. Para ellos las leyendas bíblicas se reiteran (literalmente) en el tiempo de los tiempos. Principalmente la idolatría y el fetichismo: dinero, oro, estatuillas de barro, propaganda, marcas de mercancías y más basura. Cualquier versículo, salmo o línea escogida al azar, lo reitera. Y así lo proclaman, por boca de la señora que, esta vez, vocifera unos versículos de La Biblia, tomados del libro Sabiduría:

Ellos, en medio de una noche realmente impenetrable, / salían del fondo del insondable hades, / durmiendo el mismo sueño. Unos, agitados por prodigiosos fantasmas; / otros, desfallecidos por el abatimiento del ánimo, / sorprendidos por un repentino e inesperado terror. (17-13/14)

Y: visiones de sueño / terriblemente los turbaron, / cayendo sobre ellos temores inesperados. (18-17)



Plegaria de Los Sepulcros Blanqueados

Banco Central de Venezuela $ Ruego por mí. / Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP) $ Ruego por mí. / Carnet de La Patria $ Ruego por mí. / Ley Contra el Odio $ Ruego por mí. / Loto Activo $ Ruego por mí. / Operación de Liberación del Pueblo (OLP) $ Ruego por mí. / Guerra Económica $ Ruego por mí. / Asamblea Nacional Constituyente $ Ruego por mí. / Lotería de Animales $ Ruego por mí. / Ministerio para Servicios Penitenciarios $ Ruego por mí. / Red de Escritores Socialistas de Venezuela $ Ruego por mí. / Guardia Nacional Bolivariana $ Ruego por mí. / Instituto de Altos Estudios del Pensamiento del Comandante Supremo Hugo Rafael Chávez Frías $ Ruego por mí. / Colectivos Paramilitares para la Defensa de la Revolución $ Ruego por mí. / Sistema Masivo de Publicaciones $ Ruego por mí. / Plan Zamora 200 $ Ruego por mí. / Arco Minero del Orinoco $ Ruego por mí. / Ley que Regula el Bono de Alimentación $ Ruego por mí. / Salario Mínimo Mensual $ Ruego por mí. / Casas de Cambio que operan desde Cúcuta $ Ruego por mí. / Ajuste de los precios de la gasolina $ Ruego por mí. / El Mono, la Culebra y el Gato $ Ruego por mí. / Transferencia Bancaria $ Ruego por mí. / Cajeros Automáticos $ Ruego por mí. / Bonos de PDVSA $ Ruego por mí. / Dólar Today $ Ruego por mí. / Pensión del Seguro Social $ Ruego por mí. / Hampa 24 x 24 $ Ruego por mí. / Policía Nacional Bolivariana $ Ruego por mí. / Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) $ Ruego por mí. / Sistema de Control Bancario y Financiero $ Ruego por mí. / Canasta Básica Alimentaria $ Ruego por mí. / La Paloma, la Iguana y la Gallina $ Ruego por mí. / Mijail Kaláshnikov $ Ruego por mí. / Depósito del Bono de la Guerra Económica $ Ruego por mí. / Mercado Negro de Divisas $ Ruego por mí. / Carro de Drácula $ Ruego por mí. / Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN) $ Ruego por mí. / Punto de Cuenta $ Ruego por mí. / Tarjeta de Débito $ Ruego por mí. / Súper Intendencia de Precios Justos $ Ruego por mí. / Tarjeta de Crédito $ Ruego por mí. / Estado Mayor de la Alimentación $ Ruego por mí. / El Águila, el Mono y el Delfín $ Ruego por mí. / El Gallo, la Cabra y el Chivo $ Ruego por mí $ Ruego por mí $ Ruego por mí. A la Hora de la Hora.  


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Héctor Seijas 

Ha publicado: La posibilidad infinita (1989); La flor imaginaria (1990); Cuadernos de pensión (1994); Cruz del Sur, una revista, una librería, una causa (2002); Comprensión de nuestras ciudades (2005); Siete poetas rumanos (2009); Caracas revisited. Una poética de la nocturnidad (2010); Amada Caracas. Antología esencial de la ciudad contemporánea (2014) y El spleen de Caracas. Crónicas en el bajo mundo (2015). Ha colaborado en publicaciones periódicas de larga enumeración. Fue jefe de redacción de la revista A Plena Voz y durante la cuarta república trabajó como docente en barrios de pobreza crítica para el ministerio de la Cultura, la Biblioteca Nacional, el Ministerio de la Familia y otras instituciones. Hasta el año pasado (2015) se desempeñó como cronista en El Correo del Orinoco, pero fue desalojado de allí por una junta interventora. En la actualidad, integra el Ejército de Reserva del Proletariado, a causa del desempleo inducido por el macartismo y la lumpen burocracia que prevalece.  Por ahora. 

P.D.: En busca de editor: Los asesinos del zen. Crónica de los hombres infames (2016).



       20/07/2025

jueves, 3 de mayo de 2018

Los amores sombríos de Javier Solís




Por Héctor Seijas


Mi infancia son recuerdos de viejas películas rancheras, transmitidas en horario vespertino. Una tanda, pues, de filmes protagonizados por charros que ya eran legendarios dentro de nuestra incipiente memoria de adolescentes adictos a la tv. Ellos eran, por orden fantasmal y mítico sentimental: Jorge Negrete, Pedro Infante, Miguel AcevesMejía con su mechón de falsete blanco; el Ruiseñor de las Américas, Pedro Vargas (que no era charro), vestido de impecable traje como de abogado o de bachiller lustrado con brillantina y letras apiladas en algún despacho ministerial del gobierno de MiguelAlemán.

Y uno que me parecía el más dramático, el más barrio adentro, el más vibrante de sentimiento y experiencia de duro trabajador (panadero, carnicero, cargador en el mercado, lavador de automóviles, aficionado al boxeo, al béisbol, a la lucha libre), y el amador más concreto, más urbano, a medio paso de zaino entre el campo y la ciudad de México D.F. y sus charros de plazas y meados.

Éste era el payaso con careta de alegría –de quien se dice que nació en una localidad (Nogales) de Sonora y que luego se vino a la capital–. El loco abrazado de un árbol, ese que aún camina tanteando las sombras de un amor ciego, borracho, perdido en los espesos infiernos del despecho y la desgarradura interior. Un charro con psiquis, y punto y aparte.

Era la tele ni más ni menos el túnel visual por donde penetraba toda la corte de las sombras, muy adentro por los ojos, se nos metía por los ojos.

Y decir la tele era decir Televisa.

En las pantallas donde las estrellas brillaban en blanco y negro, veíamos cada tarde aquellas películas aliñadas con lágrimas furtivas y cierta propensión a la miopía que nos obligaba a una distancia de espejo contra espejo. Tirados cuan largo éramos a ras del piso frente a frente con aquella caja sonora de sombras mexicas asomadas desde los umbrales de Tlatelolco.

“Sombras nada más, entre tu vida y mi vida, sombras nada más, entre tu amor y mi amor”.

La educación sentimental a caballo, a veces con cananas, aperos de faena o de guerra y gruesas notas de reciedumbre herida por una hembra perdida en la noche de Huitzilopochtli.

A contraluz:

Las sombras ofrecen serenatas de cuadrillas enguitarradas colgadas de las madrugadas debajo de los balcones (romeosjulietas) de la casa de la hacienda patriarcal donde una paloma acurrucada despierta cucurrucucú paloma.





Y el eterno caballo cuyo olor (se supone) se confunde con el aroma de las rosas y jazmines del jardín perpetrado por los juglares parranderos que también son los amiguetes del jilguero ataviado a la ranchera con calzones de lana y terminados de cuero, tequila y valor. Hay que darse ánimo para confrontar la ofrenda ritual de la serenata. Y es que un estambre de esa flor puede más que un regimiento de Pancho Villa.

Javier Solís (1931-1966) representa la debacle del Imperio de los sentidos (¿Se acuerdan de aquella película japonesa?), en una época pre-porno, más allá de los prostíbulos del “porfiriato” revisitados por Carlos Monsiváis.

Una tierra de nadie de los corazones sacrificados en medio de la multitud de la capital azteca. Y un charro que tiende a proletarizarse. A sufrir de soledad urbana, de amor de pobre, a quien el mundo se le revela como un “cofre de vulgar hipocresía”.

El charro se inscribe en el PRI y vota por un candidato y busca trabajo en lo que sea y así va siendo la necesidad de amar como los trabajos y los días.

Por ningún lado hay sexo (parejo quiero decir), sino metafísica y espejo negro de la vida. Un charro extraviado en Garibaldi con una pea depre. Puros machos. Hasta que llega Juan Gabriel y estallan los estereotipos y otros astros; otros ídolos agrupados como Maná y Café Tacuba, aledaños al Zócalo.

El caballo quedó atrás, en las praderas que no son verdes sino pixeladas de negro coyote bajo la luna de un México idealizado, una y mil veces por guionistas y novelista y poetas ejidos.

Prorrumpe el vozarrón melodioso y afincado como un aria de barrio donde tendrá lugar un haraquiri espectacular; digno de una de las primeras películas de Akira Kurosawa, también en blanco y negro:

Quisiera abrir lentamente mis venas, 
mi sangre toda verterla a tus pies, 
para poderte demostrar 
que más no puedo amar 
y entonces morir después.”




La biografía de Gabriel Siria Levario mejor conocido como Javier Solís –protagonista citadino de las composiciones de Agustín Lara, Rafael Hernández y Pedro Flores–, puede resumirse en un antes y un después de la música de mariachis. Asume la lírica urbana propia del tango, la milonga y el huapango que desembocan en una síntesis de bolero ranchero. Una ópera de barrio, al igual que la Lupe, tan desgarrada muy adentro como María Callas. Y en este reparto Javier Solís es el dramatis personae de una muchedumbre de sombras que vienen desde Comala (el mismo pueblo de Juan Rulfo), rumbo a la ciudad de México, sombras nada más.



Héctor Seijas 

Ha publicado: La posibilidad infinita (1989); La flor imaginaria (1990); Cuadernos de pensión (1994); Cruz del Sur, una revista, una librería, una causa (2002); Comprensión de nuestras ciudades (2005); Siete poetas rumanos (2009); Caracas revisited. Una poética de la nocturnidad (2010); Amada Caracas. Antología esencial de la ciudad contemporánea (2014) y El spleen de Caracas. Crónicas en el bajo mundo (2015). Ha colaborado en publicaciones periódicas de larga enumeración. Fue jefe de redacción de la revista A Plena Voz y durante la cuarta república trabajó como docente en barrios de pobreza crítica para el ministerio de la Cultura, la Biblioteca Nacional, el Ministerio de la Familia y otras instituciones. Hasta el año pasado (2015) se desempeñó como cronista en El Correo del Orinoco, pero fue desalojado de allí por una junta interventora. En la actualidad, integra el Ejército de Reserva del Proletariado, a causa del desempleo inducido por el macartismo y la lumpen burocracia que prevalece.  Por ahora. 

P.D.: En busca de editor: Los asesinos del zen. Crónica de los hombres infames (2016).



sábado, 7 de octubre de 2017

Malas Juntas





Estimados Liponautas

Hoy tenemos el agrado de compartir un texto de nuestro amigo Héctor Seijas. Es un inédito en la red y por lo tanto nos da un motivo de celebración. 

Deseamos disfruten de esta propuesta literaria.

Atentamente


La Gerencia.

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Por Héctor Seijas

Adquirí el libro sobre Oddun de Ifá, el oráculo, luego de haber visitado por segunda vez al Babalao.


Esperaba pacientemente la confirmación de la palabra empeñada a los caracoles. Pero el convenio, si acaso era tal, acordado con el Babalao, antes de sacrificar el gallo a Changó, consistía en dejarlo todo en manos de los Orishas, de modo que de mi parte la venganza no tendría lugar. Ha corrido agua bajo el puente. Las cosas han cambiado, aunque los nombres siguen siendo los mismos. Pero yo no, ahora ando solo. Solo y escotero, como decía Juan Primito, el personaje de Rómulo Gallegos. Y da pena ajena decirlo, pero a esta edad de la vida, a los 60, debo aceptar que mi abuela tenía la razón en cuanto a las malas juntas. Y sus consejos continúan vibrando dentro de la conciencia como una llamada de alerta. Las palabras de mi abuela retumban, hacen ecos, irrumpen filosas y cordiales, sacadas de un refranero campesino; piedras talladas con el verbo popular: así pues, es mejor estar solo que mal acompañado y el buey solo bien se lame. No lo olvides, remataba, diciendo que no confiaba ni en sus pantaletas, porque las ligas corrían el riesgo de romperse y darse el caso, que pasando por delante del mismísimo altar de la iglesia, podían caérseles en plena misa. Y vaya que mi abuela era una mujer guapa y brava y muy aseada y trabajadora. Ella fue mi ejemplo. Una mujer honesta y trabajadora que me enseñó la noción de estilo un día en que batía un tarro de leche de mala gana y ella me corrigió y tomó la cuchara y me dijo: así, así es que se bate la leche, con estilo, en la vida hay que tener estilo para todo. Dios te guarde abuela por esas enseñanzas que ni qué budismo zen ni que ocho cuartos.

Ella, por cierto, no era que no sabía, sino que no comía con cubiertos, o por lo menos no los utilizaba o los utilizaba al mínimo; ella, que comía con las manos, así como debe comer un hindú o un yanomami, desde hace siglos, como comían los campesinos en tiempos de Homero, así comía mi abuela campesina y sabia con las manos, con un estilo peculiar que hacía gracia y que provocaba verla, sosteniendo un trozo de pan con los dedos índice, pulgar y medio, el mudra de la comunión cristiana, libre de la imposición de los cubiertos.

–Tienes enemigos que jode, dijo el Babalao, al tiempo que rociaba los caracoles con unas gotas de agua como para darles vida y despertarlos y hacerlos cantar.

Un amigo viene y me asegura que la cuestión no es para desgarrarse las vestiduras. En el juego de la vida se apuesta, quieras o no quieras, siempre apuestas, así te hagas el loco; siempre apuestas, hasta desde tu ignorancia y tu indiferencia, y los resultados de las jugadas los conoces después de que la ruleta ha dado unas cuantas vueltas y después de que los dados han sido cargados y rodados y las barajas sometidas a la prestidigitación del jugador avezado; te das cuenta de los resultados, las cifras a favor y en contra. Y en un país de apostadores como el nuestro, donde prácticamente se nace bajo las patas de un caballo pelotero.

Las apuestas alcanzan la épica política y militar y social como un bumerán de largo alcance y las consecuencias son absolutas y relativamente reversibles, por donde se vea. Sucede con los caballos, los políticos y los amiguetes. Y por eso el interlocutor vía email me advierte que después de Hegel, quien firmaba que había visto el espíritu del mundo pasar a caballo cuando Napoleón ingresó a Weimar; cualquier error, cometido por andar con malas juntas queda justificado, porque si Hegel se equivocó con Napoleón, ¿qué quedará para uno que no llega ni a la altura de las sandalias del pensador alemán? A menos que nos creamos las últimas coca-colas del desierto, y, en efecto, esto es lo que acontece mayormente entre algunos que ya no son ni amigos ni pueden serlo ni jamás lo han sido. A quienes, de ahora en adelante, confino al redil de las malas juntas. Aquellos con quienes uno no debe asistir ni al templo, ni al mercado ni a la plaza pública.




Y mucho menos llevarlos a casa. Si no quiere terminar a merced de un Barbarazo. Alguien capaz de asesinarlo por la espalda con una puñalada trapera haciéndole ojitos por otra parte y robándole hasta el queso, la pistola y la metafísica si le dejan.

–Bien lejos contigo, chigüire. Y contigo, bien lejos.

Y viene el tiempo y pasa volando como en una publicidad de aviones y el mundo rueda cuesta abajo como Gardel y los rostros y los nombres se traspapelaron pero continuaron siendo los mismos. Este y aquel y el otro con quienes me vieron en bares de dudosa reputación.

Todos malas juntas que no se las deseo a nadie. Y también las tuve, que se los digo yo, que se las daban de poetas, revolucionarios y dueños de la caja de los machetes. A estos no los quiero ni en pintura porque hasta parecen gente decente.

Así lo leí en el oráculo de Oddun de Ifá:

“Tu mejor amigo es tu peor enemigo”.

Agúzate que te están velando


Héctor Seijas 



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Héctor Seijas 

Ha publicado: La posibilidad infinita (1989); La flor imaginaria (1990); Cuadernos de pensión (1994); Cruz del Sur, una revista, una librería, una causa (2002); Comprensión de nuestras ciudades (2005); Siete poetas rumanos (2009); Caracas revisited. Una poética de la nocturnidad (2010); Amada Caracas. Antología esencial de la ciudad contemporánea (2014) y El spleen de Caracas. Crónicas en el bajo mundo (2015). Ha colaborado en publicaciones periódicas de larga enumeración. Fue jefe de redacción de la revista A Plena Voz y durante la cuarta república trabajó como docente en barrios de pobreza crítica para el ministerio de la Cultura, la Biblioteca Nacional, el Ministerio de la Familia y otras instituciones. Hasta el año pasado (2015) se desempeñó como cronista en El Correo del Orinoco, pero fue desalojado de allí por una junta interventora. En la actualidad, integra el Ejército de Reserva del Proletariado, a causa del desempleo inducido por el macartismo y la lumpen burocracia que prevalece.  Por ahora. 

P.D.: En busca de editor: Los asesinos del zen. Crónica de los hombres infames (2016).


miércoles, 29 de marzo de 2017

La Peste







Estimados Amigos

Hoy tenemos el gusto de compartir un texto de nuestro amigo Héctor Seijas que es un inédito en la red. Por eso se publica hoy miércoles en el blog, recuerden que en el pasado el día de los estrenos cinematográficos en Venezuela. Era otra época y otro país.

Deseamos disfruten de esta propuesta literaria.

Atentamente


La gerencia.

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El tema de las ratas y la ciudad asediada por las ratas cautivó mi imaginación y convirtió mi trashumancia urbana en una especie de alerta latente ante la amenaza velada de estos roedores inteligentes y multitudinarios cuyo número supera la suma global de la humanidad. Puedo si lo deseo realizar un recuento de la historia de mi convivencia con las ratas a lo largo de los distintos domicilios. Ahora viene a mi mente la imagen de una rata electrocutada. Estaba trasparentada en su propia y pulida calavera con los dientes todavía aferrados a un cable de alta tensión. Lo había mordido al olisquear el papel que envuelve el centro del cableado. Y el mordisco la había paralizado en una tensión de chispas que la chamuscaron por completo y la dejaron como un peine de huesos limpios y finos. Los colmillitos deben haber crecido uno o dos milímetros después del chispazo fulminante. Sin duda, una muerte digna de una rata. La otra rata que merece un lugar en esta épica alucinante de nuestras vidas con ratas; era una rata gorda y sarnosa. Una rata gorda, sarnosa y anciana que ya había perdido, a causa del peso; la vivacidad y la rapidez pero en cambio parecía poseer una “cierta” sabiduría, antes de proseguir cualquier empresa peligrosa, como todo lo peligroso que nos rodea. Y así uno se acostumbra a pasarla agazapado, orillando la sombra en medio del tráfago de las aceras convulsionadas. Como aquella rata gorda, sarnosa y vieja que ya había recorrido todos los laberintos fangosos y todavía le restaba aliento para salir a la superficie por las noches y encaramarse en mi catre de estudiante. Lo hizo unas dos o tres veces. Y llegó hasta mi vientre y desde allí quiso seguir hasta mi pecho y fue la primera vez que me levanté espantado y la vi en medio de la oscuridad: gorda y anciana. ¿O fue ella quien me miró a mí? Por poco me habla. Casi me habló. Lo que quiero decir es que me miró con sus ojillos de rata corrida en siete cloacas. Una rata de las alcantarillas sobre mi pecho a medianoche mirándome con unos ojillos de vietnamita. Como si hubiera venido desde los remotos albañales a transmitirme una clave o un presagio; pero de tal modo tan enigmático que no terminaba de entender lo que quiso decirme con su mirada de vieja descreída del mundo y los albañales. La segunda vez –creo que fue la segunda–; dentro de mi memoria evaporada de bencedrinas yo estaba comiendo sobre un tablón que había improvisado para que me sirviera de mesa y a la vez de escritorio. Unas lentejas, el alimento anti-literario por excelencia. Las emblemáticas lentejas. Y de pronto siento que algo gordo roza el empeine de mi pie con asquerosa lentitud. Era ella otra vez, lo supe sin  tener que cerciorarme bajando la vista por debajo de la mesa-escritorio, en donde yo conjugaba el oficio de las letras con la asiduidad de una cocinilla eléctrica. Ni me moví. La dejé que se arrastrara y continuara su trayecto. Puesto que no deseaba interrumpir el almuerzo con las ganas de vomitar. Respiré profundo y contuve el asco. No podía darme el lujo de vomitar porque a mis tripas tan solo habían llegado unos pocos gramos de lentejas con arroz, unas dos cucharadas, antes que la rata gorda y anciana se paseara lentamente con su peso de cloaca moribunda. No la volví a ver. Quizá fuera esa la última vez que compartía con un mamífero terrestre como yo, devorador de lentejas y arroz. Me pregunto: ¿Adónde habrá ido a morir esta rata anciana y solitaria, luego de haberse despedido de mí? Seguramente convivía conmigo por debajo del piso, más abajo del friso superficial, y escuchaba mi respiración y adivinaba mis sueños con solo olisquearme desde abajo, desde su guarida silenciosa y oscura. Ella me conocía desde antes y yo la conocí a última hora. Tuve miedo por la posibilidad de contraer la sarna. Incluso pensé en la rabia. En el caso de que me hubiera mordido o rasguñado mientras dormía. Entonces decidí acudir al dispensario, donde un médico con acento andino me dijo que las ratas, todas las ratas provenientes del río San Pedro, estaban sanas. Que no tenía por qué preocuparme y que en todo caso –me recomendaba– hacer como hacían en su pueblo, donde preparaban una especie de cemento con vidrio molido y que tapara cada uno de los orificios por donde podían salir y así, como roen y roen al roer se tragaban las partículas de vidrio y quedaban secas allá dentro de sus agujeros tapiados. Vaya mundo inmundo de las ratas que no sé por qué me ha llamado tanto la atención. Al punto en que los médicos me han diagnosticado delirios zoomórficos, de acuerdo con lo que me explicó y que yo acerté a comprender de las palabras del Doctor Blanco, el jefe psiquiatra encargado de mi caso. Por órdenes expresas del tribunal que me confinó a este sucio manicomio que a veces imagino como una página arrancada de Los miserables, la novela del gran Víctor Hugo. El Doctor Blanco le hace honor a su apellido. Su presencia es tan pulcra que parece sacado de una caja de detergente. Lo concibo como un agente que pugna por la asepsia, a pesar de la amenaza contaminante. Sus blancas manos están como recubiertas por una segunda piel de látex. Los atuendos de médico son tan blancos como los del doctor Kildare. Libra una lucha sin cuartel contra microbios, ácaros, bacterias, hongos microscópicos y virus virulentos, valga la redundancia. Y, por supuesto, contra personas como yo, ante las cuales guarda la debida distancia para no contaminarse ni siquiera con las palabras. Solo hace preguntas. Muy breves y precisas y casi nunca mira de frente, siempre lo hace sin despegar los ojos de la hoja de vida del paciente, como si allí únicamente fuera capaz de anotar con inigualable letra los enigmas del diagnóstico. Por cierto, las pocas palabras que brotan de la boca del Doctor Blanco también son blancas; redondas como píldoras y asépticas. Yo creo que al final el Doctor Blanco también sucumbió a la peste que se propagó por la ciudad y por el interior del país, llegando incluso hasta las selvas recónditas del Orinoco y el Amazonas. La misma fue avanzando lenta, progresiva y subrepticia, mientras la sociedad sucumbía a lo largo de unas cinco décadas que duró la incubación. Presa del delirio provocado por la cultura cavernaria de las minas (petróleo, oro, diamantes, coltrán). Sucedía cada vez que elevaban los precios de alguno de estos minerales, especialmente el petróleo. El país entraba en una especie de convulsión multitudinaria, dionisíaca, sufragada con petrodólares. Comenzaban a llegar mercancías al país, por tierra, mar y aire. Así como llegaban las mercancías (y las putas y la caña y la droga) a cualquier mina en cualquier parte del mundo. Pero el Doctor Blanco permanecía suspendido, ajeno, dentro de un frasco de formol evaporado. Y no era para menos, tener que ocuparse de una población de locos que superaba las tres mil personas, dispersas en varios manicomios a los cuales acudía el Doctor Blanco, cabalgando horarios y haciendo de tripas corazones. No se puede negar, hay que haber nacido con vocación para soportar a los semejantes que como yo hemos caído por debajo de lo normal, por debajo de lo más bajo, por debajo de nosotros mismos, en un mundo de oscuridad y a plena luz del día. Le pregunto al Doctor Blanco ¿Si es posible que me cure definitivamente? Durante la sesión de psicoterapia semanal que debo cumplir para superar los rigores de este último brote esquizofrénico. Pero el Doctor Blanco únicamente garrapatea en su expediente enigmático y yo estoy del otro lado de su escritorio como si estuviera del otro lado de la luna ¿Y quién se va a poner a conversar con un loco? A menos que la persona también esté loca o sea tan ingenua para enredarse en un palabreo con un loco. Se los advierto. Si es que desean continuar escuchando el relato de esta historia contada por un idiota, como diría William Shakespeare. Por un loco. Es decir, el relato de una historia reciente que concierne a mi país y a los míos y a los que no son los míos y a los vivos y a los que ya están muertos. Pero, se los repito, narrada por un loco. Que soy yo mismo. Aunque a veces también soy otros. Y como uno nunca sabe como comenzar esta clase de historias y mucho menos darle una forma a priori; porque se trata de una historia referida a un país en plena ebullición caótica; he pensado que la mejor manera de resolver este asunto de un modo que no sea literario, ni  mucho menos fastidioso, consiste en ir escribiendo como si estuviera comenzando y a la vez terminando algo. Un presente continúo como la música. Y es que cuando escribo mis ideas comienzan a enfilarse como hormigas dentro de un bosque bien tupido. Poco a poco forman tropas y filas y penetran el bosque donde florecen las orquídeas, las amapolas y las serpientes verdes y amarillas cuelgan de los arbustos. Así es mi mente a veces. Otras es un acantilado y otras un abismo de Prozac. Pero cuando escribo, cuando logro hacerlo en los récipes desechos, experimento rasgaduras de la luz en mi interior que me permiten observar el mundo de los humanos como si se tratara del mundo de las ratas. Es decir, el inframundo humano. Y cuyo anónimo escenario es la ciudad completa y el país completo que miro alrededor, desde mi guarida roída de ideas y pensamientos. En un país lleno de locos. Y de ratas. A veces me pregunto ¿Si será posible aislar la locura en un microscopio y analizarla como se hace con una bacteria o con un gonococo? En una ocasión logré formularle esta pregunta al Doctor Blanco (ese día mi lengua tenía algo de flexibilidad) y lo único que acertó a decirme fue que en todo caso la demencia no era como un tumor o una úlcera que podía verse con rayos x ¿Y entonces como podía probar ante los tribunales que no estaba loco si ni siquiera poseía una radiografía de mi alma? Imposible. Todo dependía de los informes que eran tramitados directamente desde el manicomio al juzgado. No tenía otra salida sino aferrarme a los papeles garabateados con angustia a cualquier hora sin que se notara la rareza de mi ocupación –entre tantos personajes que me rodeaban– cada uno poseído por un tics o por una apariencia grotesca. Como el loco Cabecita, que era microcéfalo, había nacido con la cabeza tan pequeña en relación con su cuerpo robusto. No sé si Cabecita en realidad estaba loco o era que lo habían encerrado al igual que a la mayoría de nosotros por presentar una anomalía que podía infundir temor o peligro a la familia y la sociedad. Y en su caso se trataba de su pequeña cabeza. La gente que no estaba acostumbrada a verlo se sorprendía y luego se asustaba hasta que alguien le calmaba y le decía que no se preocupara que Cabecita era totalmente inofensivo, que no hacía daño y que incluso era de los pacientes más destacados en las labores agrícolas que se realizaban en las adyacencias de los pabellones. Puede decirse que esta ha sido mi cartografía psicodélica. Eso sí, con sus respectivas pausas de libertad condicionada, lo que yo equiparo a las salidas de Alonso Quijano, alias El Quijote