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viernes, 27 de marzo de 2026

Consuelo Saizar Guerrero: De la Cultura en Venezuela solo quedan las cenizas

 


El país que financió pensamiento crítico global perdió la capacidad de incidir en la conversación que lo interpreta.





19 de ene. de 2026


El archivo de las cenizas: la degradación cultural de Venezuela


Por Consuelo Sáizar de la Fuente

En este enero de 2026, con Nicolás Maduro bajo custodia de la justicia en Nueva York tras su captura por las fuerzas estadounidenses el 3 de enero, y con Delcy Rodríguez como presidenta interina, la política cultural venezolana exhibe más de dos décadas de estragos.


Lo que el chavismo inició en 1999 con fanfarria de inclusión y soberanía intelectual ha culminado en un desmantelamiento meticuloso, en el que las instituciones no se derrumban con estruendo, sino que se dejan erosionar por la indiferencia presupuestaria, la lealtad ideológica y el éxodo masivo. Rodríguez, figura de continuidad más que de ruptura, administra ahora estas ruinas bajo vigilancia externa. Lo que se ha perdido no es solo una política cultural admirable, sino la idea misma de la cultura como espacio de pensamiento.


De la promesa de inclusión al control del sentido

La llegada al poder de Hugo Chávez inauguró un relato de redención simbólica que sedujo tanto dentro como fuera del país. La cultura debía volver al pueblo, liberarse de supuestos intermediarios elitistas y ponerse al servicio de una nueva épica nacional. En nombre de la inclusión, se redefinieron los contenidos; en nombre de la soberanía, se estrecharon las conversaciones; en nombre del pueblo, se decretó la sospecha contra cualquier forma de autonomía intelectual.


El chavismo no concibió la cultura como un campo de conflicto productivo, sino como pedagogía de la unanimidad. No necesitó prohibir libros ni cerrar museos: bastó con saturar el espacio público de consignas, festivales y celebraciones donde el entusiasmo sustituyó al criterio. La política cultural aprendió que es más eficaz reemplazar que censurar, orientar que prohibir, administrar que discutir. No se trató de errores aislados ni de incompetencias circunstanciales, sino de una transformación deliberada del lugar que la cultura ocupaba en la vida pública. Dejó de ser un espacio de interrogación para convertirse en un dispositivo de legitimación.




Monte Ávila: la neutralización sin escándalo

Durante décadas, Monte Ávila Editores fue una anomalía virtuosa en América Latina. Fundada en 1968, cuando Venezuela todavía se permitía el lujo de una editorial estatal con estándares internacionales, publicó miles de títulos que tejieron el mapa intelectual del continente. Monte Ávila no buscaba unanimidad; buscaba conversación.


Monte Ávila no ha sido cerrada. Hubiera sido demasiado evidente. Optaron por algo más eficaz: la asfixia progresiva. Presupuestos recortados, distribución internacional colapsada, editores profesionales sustituidos por operadores administrativos. La hiperinflación, la precariedad logística y la emigración masiva aceleraron la agonía. Hoy, Monte Ávila sobrevive como nombre institucional y presencia episódica en ferias como la FILVEN (Feria internacional del libro de Venezuela), donde reediciones obsoletas y tirajes mínimos simulan vitalidad. El rasgo distintivo del autoritarismo cultural contemporáneo no es la hoguera, sino el abandono. Monte Ávila ilustra la neutralización perfecta: mantener la marca mientras se vacía la función. 




Biblioteca Ayacucho: el canon convertido en museo

La Biblioteca Ayacucho, fundada en 1974, fue una de las empresas culturales más ambiciosas de la Venezuela moderna. No pretendía exhibir grandezas nacionales, sino construir una hipótesis de lectura latinoamericana. Ayacucho no era un altar patrimonial: era una arquitectura intelectual pensada para el debate.


Su destino fue más elegante y más cruel que la censura. Más que destruirla directamente, se desvirtuó su catálogo. Interrupciones en las reediciones, ausencia de actualización crítica, digitalizaciones sin proyecto. La colección que había servido para leer críticamente América Latina quedó reducida a testimonio de un ambicioso proyecto intelectual de lectura latinoamericana. 




El Premio Rómulo Gallegos: prestigio en retirada

Durante décadas, el Premio Rómulo Gallegos fue uno de los pocos galardones latinoamericanos capaces de imponer criterios. Ganar el Premio Rómulo Gallegos significaba ingresar a una conversación continental sobre la novela y su tiempo. No otorgaba solo dinero o visibilidad: confería autoridad simbólica y prestigio inobjetable.


Fue fundamental en la creación del boom latinoamericano (Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes lo obtuvieron), y Caracas se convirtió, en gran medida gracias a ese premio, en una capital literaria reconocida. Ese capital se erosionó lentamente. Jurados previsibles, politización del entorno institucional, entregas irregulares, pérdida de resonancia internacional. Desde 2020, el premio dejó de marcar la agenda. No generó escándalo ni entusiasmo: generó algo más degradante, la indiferencia. No es que el Rómulo Gallegos haya dejado de existir. Ha dejado de significar. 


Del carisma al agotamiento: la fase Maduro

Con Maduro, el proceso entró en su fase terminal. El colapso económico, la precariedad institucional y la migración masiva vaciaron la cultura de interlocutores internos. Las instituciones siguieron existiendo, pero eran oficinas conmemorativas, sostenidas por la costumbre y la retórica.


La consecuencia más significativa fue la diáspora intelectual. Se publicaron libros, se fundaron editoriales independientes, se crearon revistas y plataformas. Todo ello ocurrió al margen —y a pesar— de la política cultural oficial. Venezuela no dejó de producir cultura; abandonó la tradición que la distinguía. 




Las cátedras: prestigio sin interlocución


Las cátedras Simón Bolívar y Andrés Bello nacieron como apuestas estratégicas: Venezuela decidió ocupar espacios de producción de conocimiento en universidades que definen agendas intelectuales globales. Cambridge y Oxford no son vitrinas; son nodos de interlocución.


Ese diseño exigía continuidad, autonomía y una articulación cultural que las alimentara desde Caracas. Lo que ocurrió tampoco fue su clausura formal, sino su desconexión. Sobreviven por la solidez institucional británica, por el gran fondo con que el gobierno venezolano las dotó al fundarlas y por inercia académica, no por una política cultural venezolana consciente. El país que financió pensamiento crítico global perdió la capacidad de incidir en la conversación que lo interpreta. 


La persistencia de la mirada

Y, sin embargo, la cultura no desaparece. Se desplaza. Vive en la negativa a aceptar que la cultura sea apéndice del poder. Reconstruir la política cultural venezolana no será un acto solemne ni un decreto bien redactado. El futuro cultural de Venezuela no está en la restauración nostálgica ni en la propaganda renovada. Está en rescatar, con lucidez y sin concesiones, la idea de que la cultura no es un instrumento del Estado, sino su conciencia más incómoda.


https://www.opinion51.com/consuelo-saizar-2601-las-cenizas/



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El poeta Armando Rojas Guardia a Yoyiana Ahumada Licea: La poesía en Venezuela tiene el empeño y la tarea contracultural de oponerse a la barbarie.




JUAN CARLOS MÉNDEZ GUÉDEZ a Rafael Arráiz Lucca: Creo que los militares venezolanos deberían tener mayor participación política de que la que tienen.




La Cuba sin mascarilla



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Boves, Castro y Chávez: LOS ANTIHÉROES por Pedro Berroeta



¡Dios santo, cómo aprendí lavando pocetas, Nicolás!



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Kafka, la calle y la policía



MANIFIESTO DE AMANTES DE LA CIENCIA FICCIÓN EN VENEZUELA CON MOTIVO DE LOS RECIENTES HECHOS OCURRIDOS EN EL PAÍS DESDE EL MES DE ABRIL DE 2017



Yuri Valecillo y la cacería de brujas en la escenografía de las ciudades




El Plan revolucionario de lectura en Venezuela fue un gran fracaso avalado por muchos escritores

ESCRITORES CON PIEL DE LECTORES/ Richard Montenegro



La Gran Fiesta de los Libros. Por Luis Britto García



CRÓNICAS INVERTIDAS SOBRE PARAÍSOS ARTIFICIALES.

UNA RESEÑA DEL LIBRO "FANTASMAS" DE LUIS LAYA.

Por José Carlos De Nóbrega




La Oposición venezolana rechaza la Ley de Cultura



William Osuna, poeta venezolano: Ofrecemos un reto: imponerle la paz con canto y poesía en nuestro idioma y en otras lenguas a un sector de la derecha fascista venezolana.




Don Pedro Berroeta, escritor venezolano: "Aquí lo que ha faltado es gobernar con el ejemplo. Ha faltado austeridad".








miércoles, 25 de marzo de 2026

En contra de la Enshittification de Internet y a favor de las comunidades organizadas alrededor de intereses compartidos

 


DESIGN BY JASON SPEAKMAN. Imagen tomada de aquí.






EDITORIAL


La estafa de lo transaccional


Escrito por Ángel L. Fernández Recuero




Antes de que existiera internet, existían las sociedades científicas. Los hombres —y algunas mujeres, cuando se les permitía entrar— que poblaban la Royal Society o la Académie des Sciences del siglo XVII no publicaban sus hallazgos para monetizarlos ni construían una audiencia pensando en sponsors futuros ni en colaboraciones con marcas de telescopios. Publicaban porque el conocimiento, en su concepción del mundo, era un bien que se multiplicaba al compartirse. Antes de las KPI las personas eran felices.

Newton y LeibnizImagen tomada de aquí


La correspondencia entre Newton y Leibniz, por muy envenenada que estuviera de rivalidad y acusaciones apenas disimuladas de plagio, respondía a una lógica que hoy resulta casi incomprensible. La del trabajo intelectual con una dimensión inherentemente comunitaria. La de la idea que no termina de existir hasta que circula, hasta que alguien más la lee, la refuta o la mejora. El ego estaba ahí, desde luego, con peluca y alianzas. Pero operaba dentro de un marco donde el reconocimiento se ganaba contribuyendo al acervo común, no extrayendo valor de él ni convirtiéndolo en marca personal con newsletter semanal.



Esa misma lógica, traducida al lenguaje digital y accesible a toda la ciudadanía, fue la que animó a ese primer internet que tan bien se narra en la serie Halt, catch and fire Los grupos de noticias de Usenet, los primeros foros, las listas de correo temáticas, la cultura del hipertexto en sus años formativos y el IRC, todo aquello funcionaba sobre el mismo principio que había sostenido a las sociedades científicas durante siglos. Se compartía porque compartir era el mecanismo por el que el conocimiento crecía. Se enlazaba porque el enlace era un gesto de generosidad intelectual y no una estrategia de SEO para dopar nuestro pagerank. Se comentaba porque la conversación era, en sí misma, el objetivo y no un medio para aumentar la retención.


Halt and Catch Fire - Tráiler | Filmin

https://m.youtube.com/watch?v=oKxZP-bP5Ww



No había algoritmo que premiara la viralidad ni panel de analítica que midiera el alcance de tu brillante comentario sobre sistemas operativos. No había métricas que convirtieran la atención en divisa negociable. Había, simplemente, gente que encontraba en ese espacio algo que no encontraba en ningún otro lado. Una comunidad organizada alrededor de un interés compartido, sin porteros, sin intermediarios, sin nadie tratando de venderle nada o, al menos, sin que eso fuera el centro del asunto.


Tiempo después, en un momento difícil de fechar con precisión pero fácil de reconocer en retrospectiva, ese espíritu forjado en la red primigenia empezó a cambiar. No fue una revolución con manifiesto y fuegos artificiales. Fue una lenta infiltración de lógica contable en espacios que hasta entonces funcionaban con una gramática distinta. La del intercambio simbólico, la del regalo, la de la comunidad que comparte porque compartir es, en sí mismo, el punto y no porque haya un plan de monetización al final del túnel.


Aquello que los primeros teóricos de la web llamaban con cierta ingenuidad «economía del don» tenía sus limitaciones, sus jerarquías implícitas y sus propias vanidades —como bien saben los que se topaban con un wikipedista con mal café—. No era el Edén digital pero tenía algo que el ecosistema actual ha perdido casi por completo: altruismo. Los foros, los blogs, las primeras redes sociales funcionaban sobre una moneda que no era el euro ni el dólar sino el reconocimiento, la pertenencia, la reputación ganada a pulso en una comunidad de iguales que, como todas, podía ser insoportable y fascinante al mismo tiempo.



Subías algo porque querías compartirlo. Enlazabas porque te parecía interesante. Comentabas porque tenías algo que decir y porque, milagro, alguien podía responder con argumentos y no con .un avatar sonriente de tu cara con el pulgar levantado. La idea de que ese gesto pudiera medirse en un panel de métricas y convertirse en ingreso recurrente habría sonado, entonces, a ciencia ficción distópica o a capítulo rechazado de Black Mirror.



La transformación que se ha dado a lo transaccional tiene nombre y apellidos. Se llama «creator economy» y ha conseguido algo tan notable como colonizar el lenguaje del activismo cultural para describir lo que en realidad es la más clásica de las relaciones laborales precarizadas, pero con filtro. El influencer, el creador de contenido, el newsletter writer, el podcaster con Patreon, todos ellos han interiorizado que su presencia en línea es un activo económico que hay que gestionar con la misma frialdad con que un empresario gestiona su cuenta de resultados. Y con la misma ansiedad.


La audiencia ya no es una comunidad. Es capital. Los seguidores no son interlocutores. Son clientes potenciales, miembros de un tier, objetivos de conversión. Cuando alguien habla de su «embudo de ventas», de su «ARPU», de la «retención» de sus suscriptores, no está describiendo una relación humana ni una conversación estimulante sobre el Principio de Peter. Está describiendo un entramado de extracción. Y lo peor no es que esa infraestructura exista, sino que haya sido vendida como emancipación. Como si monetizar tu tiempo libre fuera libertad y no, precisamente, la abolición de la última frontera donde el tiempo era tuyo y no una oportunidad de negocio.


La llamada «sharing economy» completó el trabajo por el otro flanco. Uber, Airbnb y su progenie prometieron un mundo de intercambio entre pares, de recursos compartidos, de comunidad horizontal, casi de fraternidad con tarifa dinámica. Lo que entregaron fue algo bastante más banal. Mercados de trabajo precario gestionados por algoritmos, donde cada gesto de «compartir» se factura, se puntúa y se convierte en materia prima para el negocio de una empresa que cotiza en bolsa. La retórica cooperativa fue el envoltorio. La extracción de valor, el producto. El abrazo, con comisión.


Pero quizás el giro más profundo, y el más silencioso, es el que ocurre cuando ni siquiera hay transacción visible. Cuando algo es «gratis». Porque en el ecosistema actual, gratis no significa sin coste. Significa que el coste es opaco y diferido, como esas condiciones que nadie lee pero que todos aceptan con entusiasmo automático.


Cada like, cada comentario, cada segundo de atención sostenida alimenta modelos algorítmicos que generan beneficio para la plataforma de maneras que el usuario no ve, no entiende y, en la mayoría de los casos, no ha consentido de forma informada. El usuario cree que está participando en una comunidad vibrante cuando en realidad está trabajando gratis y feliz en su ignorancia.




Este proceso tiene un nombre que se ha popularizado en los últimos años. Se le llama Enshittification (mierdificación en la lengua de Cervantes) El término fue acuñado hacia 2022 y 2023 por Cory Doctorow, escritor de ciencia ficción, periodista y activista canadiense-británico especializado en derechos digitales y enemigo acérrimo de los oligopolios tecnológicos. Doctorow, vinculado durante años a Boing Boing y a organizaciones como la Electronic Frontier Foundation, lo utilizó para describir el ciclo por el cual las grandes plataformas digitales se vuelven progresivamente peores para todos los actores implicados a medida que priorizan la extracción de valor económico. Primero son generosas con los usuarios para crecer. Después favorecen a los clientes que pagan. Finalmente, cuando ya tienen suficiente poder de mercado, exprimen a ambos lados y degradan el servicio mientras maximizan beneficios. Eligió una palabra deliberadamente malsonante para romper la neutralidad del lenguaje empresarial y dejar claro que no se trata de pequeños fallos, sino de un modelo diseñado para producir esa degradación.




Frente a todo esto, sobreviven algunas aldeas irreductibles que merecen ser nombradas no como curiosidades arqueológicas sino como prueba de que otro modelo es posible y, de hecho, lleva décadas funcionando con dignidad tozuda. Un digno ejemplo es Menéame, el agregador de noticias ideado por el bitólogo Benjamí Villoslada y su amigo Ricardo Galli, que ha cumplido veinte años sin haber sido comprado, vendido ni rediseñado para optimizar el engagement hasta la extenuación. Este portal sigue operando con una lógica de votación colectiva que recuerda más a una asamblea de lectores que a un producto tecnológico de Silicon Valley con quinoa en la nevera.


QuinoaImagen tomada de aquí.


No hay algoritmo opaco decidiendo qué ves. Hay usuarios que votan lo que les parece relevante y una comunidad que, con todas sus peleas internas, sus ironías excesivas y sus sesgos propios, sigue siendo reconocible. También está Reddit, en sus subforos más especializados conserva todavía destellos de aquella cultura original, aunque la empresa lleve años intentando aplanarlos en favor de la monetización con la delicadeza de una excavadora. Los wikis temáticos, los foros de hardware, los espacios de fanfiction, ciertas comunidades de jugadores de rol por texto, todos ellos son territorios contralgorítmicos donde la participación sigue midiendo su valor en moneda simbólica y no en conversiones trimestrales.


Lo que tienen en común estos espacios es significativo. Son feos. Son difíciles de usar. No tienen aplicación móvil optimizada ni notificaciones diseñadas para crear dependencia con la precisión de un laboratorio conductista. No tienen un equipo de producto trabajando para maximizar el tiempo de sesión con gráficos ascendentes en pantalla gigante. Y precisamente por eso sobreviven como espacios donde ocurre algo parecido a una conversación real, donde el conocimiento acumulado en un hilo de diez años tiene más valor que el post viral de esta mañana que ya nadie recuerda.


Son, en ese sentido, los herederos directos de las sociedades científicas del XVII. Comunidades organizadas alrededor del interés genuino, sin porteros que cobren entrada y sin la obsesión constante por convertir cada interacción en flujo de caja.


Debemos también poner de manifiesto que hay una dimensión de este problema que va más allá de las malignas plataformas y los modelos de negocio basados en algoritmos opacos. Tiene que ver con algo más profundo de la cultura contemporánea y es que vivimos en una sociedad que publica más libros que lee, que produce más contenido del que es capaz de consumir. El narcisismo no es una patología individual que algunos usuarios padecen por exceso de selfie. Es la estructura misma que el ecosistema transaccional ha construido y premiado sistemáticamente durante dos décadas con eficiencia admirable.


La lógica del creador de contenido es, en el fondo, la lógica del escritor que publica su libro sin haber leído los de los demás —ahora con la IA puede que ni el suyo—, del conferenciante que solo asiste a las charlas donde habla él, del intelectual que tiene opiniones sobre todo y curiosidad por nada porque la curiosidad no escala bien. Lo que las plataformas han hecho es industrializar ese impulso y hacerlo rentable. Han construido una infraestructura perfectamente diseñada para premiar la emisión y penalizar la recepción, para recompensar el publicar y no el leer, el hablar y no el escuchar, el producir y no el pensar.


El resultado es un ecosistema de púlpitos saturado de voces que publican en substack obligadas a revisar las métricas para ser víctimas del autoengaño. Miles de podcast que no son más que conversaciones entre amigos que se quieren hacer los interesantes. Teselas infinitas de fotografías para conforman un album de nuestro superyo. Todos son espacios donde la atención es el recurso más escaso y nadie quiere gastarla en los demás porque todos están demasiado ocupados reclamándola para sí mismos con la convicción íntima de que lo suyo es imprescindible para el destino de la humanidad.


Esto no es un accidente. Se trata de diseño, de la evolución del conductismo al neurohacking. Una plataforma que premiara la lectura profunda, la conversación sostenida, el cambio de opinión razonado, no tendría métricas que vender ni titulares sobre crecimiento exponencial. No generaría el tipo de engagement que los anunciantes compran con sonrisa corporativa. La economía de la atención necesita producción constante, no reflexión. Necesita reacciones, no argumentos. Necesita que todos sean emisores todo el tiempo, porque los receptores no generan datos suficientemente valiosos ni titulares para inversores.


Lo más revelador es lo que ha pasado incluso con los espacios de resistencia. La gratuidad ya casi nunca es inocente. Cuando alguien da algo gratis en internet en 2025, la primera pregunta que se hace el receptor, entrenado por años de exposición al ecosistema, es «¿qué quiere a cambio?». El regalo se ha vuelto sospechoso. La generosidad necesita explicación, nota al pie y modelo de negocio adjunto. Dar sin esperar algo a cambio se ha convertido en una postura que requiere justificación, casi en un acto de rebeldía que debería cotizar en bolsa.


Eso es lo que se ha perdido, y es más de lo que parece. No es nostalgia por una web que tampoco era el paraíso que la memoria tiende a construir ni por unas sociedades científicas que excluían a la mayoría de sus contemporáneos con elegancia protocolaria. Es la constatación de que cuando toda interacción se piensa como potencial transacción, algo se rompe en la textura misma de lo social.




Los miembros de la Royal Society no necesitaban un algoritmo para saber que valía la pena compartir lo que habían descubierto, aunque algunos necesitaran reconocimiento y retrato oficial. Lo sabían porque habían leído a los que vinieron antes, porque participaban en una conversación que los superaba y que esperaban que los sobreviviera, algo difícil de medir en términos de conversión pero sorprendentemente eficaz para producir conocimiento duradero. Esa humildad, la de quien sabe que forma parte de algo más grande que su propio perfil y que su siguiente publicación patrocinada, es exactamente lo que el ecosistema transaccional ha hecho todo lo posible por exterminar con método y financiación. Y lo está consiguiendo con notable eficiencia



https://www.jotdown.es/2026/02/la-estafa-de-lo-transaccional/








jueves, 26 de febrero de 2026

Invitación a la charla sobre el jardín musulmán, dictada por el prof. Guillermo Cerceau este sábado 28/02 a las 4:30 p. m.

 





En el marco de su estudio sobre la relación entre el espacio, la imaginación, el ambiente y el bienestar social, el escritor e investigador Guillermo Cerceau disertará sobre el jardín musulmán: una réplica del paraíso hecha por los hombres para honrar a Dios, cuyos principios de construcción pueden ayudarnos a pensar el cambio climático, la relación con la naturaleza y la convivencia pacífica de la humanidad.


Fecha: Sábado 28 de febrero de 2026

Hora:4:30 p. m.

Lugar: Sede del club de jardinería, calle 130 c/c ave. 110 Urbanización Prebo 2,Valencia.









Características del jardín islámico
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JARDINES árabes e hispano árabes
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Guillermo Cerceau (Argentina, 1957) es investigador independiente, escritor y conferencista. Desde 1973 ha vivido fuera de su país, principalmente en Venezuela, Estados Unidos, Bélgica y Holanda. Ha publicado varios títulos de ensayos, entre ellos Equivalencias, Teoría de las despedidas y Oculta tu rostro. En los últimos años ha producido una serie de intervenciones-conferencias enfocadas en tres áreas:

1) La teoría de la imagen, fija o en movimiento, entre las que se encuentran Mutaciones del cuerpo femenino, Fotografía e inteligencia artificial y La imagen cinematográfica y la creación en Gilles Deleuze.

2) La dimensión social de la tecnología, que ha incluido Pensamiento algorítmico, Inteligencia artificial y control social, Interfaces para la acción colectiva.

3) La ciudad contemporánea: Las ciudades inteligentes: utopías del capital, Las ciudades sumergidas, El color como marca de identidad urbana.


Su más reciente libro es Fotografías imaginadas y otros encuadres (Caobo, 2019), una meditación personal sobre el sentido de la fotografía.

 

Tomada de Caobo


Enlaces relacionados:


































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domingo, 15 de febrero de 2026

Paolo Crepet: Ahora los jóvenes miran al futuro sin una perspectiva a largo plazo

 

Paolo Crepet. Imagen tomada de aquí 



Entrevista a Paolo Crepet: su nuevo libro sobre juventud, escuela y familia

El psiquiatra: «Hoy en día, los padres hacen lo mismo que sus hijos. Es la fraternidad la que crea un caos en roles que deberían restablecerse».
   

¿Cuál es la peor actitud hoy en día? Permanecer inmóviles ante las cosas que sabemos por experiencia que están mal.

La lección viene del psiquiatra y ensayista Paolo Crepet, quien advierte: «El mundo no ofrece nada agradable fuera de casa. Así que los niños, incapaces de encontrar la alegría y la voluntad de emprender, permanecen encerrados en sus hogares».


Es un retiro, o mejor dicho, un confinamiento. Necesitamos animarlos; no podemos simplemente darles la pasta en la habitación. Un padre no puede fomentar este comportamiento. Necesitamos llenar sus vidas de significado, para que puedan construir su propia historia e identidad, como lo hicieron las generaciones anteriores.


El tema de las redes sociales ha adquirido un tono dramático en la familia. ¿Cómo podemos abordarlo?

Las redes sociales están cambiando. Hubo un tiempo en que existía Facebook, ahora existen Instagram y TikTok. Pero pronto también quedarán obsoletas. Su vida está destinada a ser efímera, porque capturan la vida en el presente. Desafortunadamente, esta dinámica también se ha vuelto común entre los jóvenes, quienes miran al futuro sin una perspectiva a largo plazo. No tiene sentido que los adultos culpemos a las redes sociales si no actuamos con una visión de futuro.

¿Esta distancia entre padres e hijos es un problema de diálogo?

Si somos tan lacónicos y la comunicación se da por WhatsApp, no deberíamos esperar una gran comprensión. Las palabras se escriben, el razonamiento tras la comunicación no se da. Pero también es cierto que es realmente difícil cambiar de familia. Deberíamos empezar por la escuela. Tomemos el caso de los niños introvertidos o los que se aíslan. Si asisten a una escuela que ofrece actividades recreativas por la tarde, como danza, teatro u otras actividades, tienen más posibilidades de superar su malestar.

Hablemos de la escuela. ¿Qué papel debería tener?

Los padres recibimos una educación que ya no se encuentra en las escuelas actuales. Deberíamos preguntarnos por qué se destruyó una escuela excelente, que ha dado resultados tangibles. En mi humilde opinión, debería haber sido cambiada, mejorada y no destruida. La escuela también nos enseñó a reconocer la derrota, a afrontar los momentos de dificultad y decepción. Necesitamos recuperar el sentido del tiempo, escapar de la prisa del momento. Creo que esta generación perdida busca razones para soñar y volver a tener esperanza. Necesitamos palabras, conflictos sanos y visiones apasionadas.

Hablando de trabajos, cuando miras el lugar público promedio hoy en día, notarás dos cosas: los carteles de "se busca" y la alta edad promedio del personal...

Hoy hablamos de trabajar cada vez menos, de la semana laboral reducida. Trabajamos menos, pero al final ganamos aún menos. Esta suposición se basa en la ilusión de que lo que recibimos como herencia es más que suficiente para las generaciones futuras. Los adultos debemos aclarar que esto es un malentendido. Los jóvenes viven por reflejo; no lo cuestionan, lo aceptan. En esta situación cómoda, donde se les sirve con reverencia, ellos ya están aplastados. Además, tengamos en cuenta que encontrar trabajo y querer trabajar son dos cosas diferentes. Estamos abordando superficialmente la crisis que enfrenta el mundo laboral. La semana laboral reducida es un símbolo de las nuevas generaciones que se retiran de la participación social. Esta imagen debería ser aterradora, especialmente en el noreste, el corazón productivo del país. En cambio, se acepta.




¿Es “Take the Moon” una especie de manifiesto para las generaciones más jóvenes?

No se trata solo de querer hacer algo. Hoy en día, el mundo es mucho más fácil. Desde los auriculares de Apple hasta la inteligencia artificial, muchas innovaciones están revolucionando la vida de las nuevas generaciones, pero ciertamente no para su propio beneficio. De hecho, hay jóvenes que creen que el mejor trabajo ahora mismo es ser youtuber o influencer. Pero ¿quién permitió que esta creencia se arraigara? Si escribo estos libros, es porque creo que hay una solución, y está en la crianza.

¿Qué deben hacer entonces los padres?

Ofrecer una visión de futuro y no ceder a las ideas de las masas. Conquistar la luna significa demostrar que eres único. Es innegable que los adultos tenemos la responsabilidad de dar ejemplo: profesionales, políticos, directores ejecutivos. Reflexionar es responsabilidad de todos. Intentar encontrarle sentido a la situación, comprender lo que está sucediendo. Por ejemplo, preguntarles a tus hijos si tienen un plan de vida. Es una pregunta que vale la pena hacer, pero que los padres suelen evitar por miedo a la respuesta. Yo tendría más miedo de no preguntarla.

Su último libro se publicó recientemente y ya se está vendiendo muy bien. ¿Qué mensaje transmite?

Conozco a tanta gente y me pregunto qué podrían querer de mí. Sin duda, guía, esperanza, quizás incluso una luz que encienda los corazones de jóvenes y mayores. Hay sed y hambre de palabras, de pensamiento. Buscan herejía en un mundo codificado. Solo puedo decirles lo que me he dicho a mí mismo durante años: "Toma la luna". Sé ambicioso, busca tu singularidad.

Hay que mantener la frente en alto y seguir soñando. El peligro reside en la calma emocional, en la resignación, en quienes siembran pereza y confusión como si fuera la regla del marketing más vanguardista de la existencia. Oponerme a todo esto es mi deseo, mi misión, la razón por la que sigo vagando por las calles y los teatros. Busco libertad, pasión, valentía. Todo lo demás es aburrimiento.








Ospite: Paolo Crepet | Lo Specchio | RSI Info