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sábado, 13 de marzo de 2021

Una visión de la escritora Teresa de la Parra. Por IDA GRAMCKO

 








Una visión: Teresa de la Parra*

“No nos quedan sino señales: dos libros, un álbum de fotografías y unas cartas. Y también esos recuerdos de amigos y familiares entre los que asoma, fugazmente, en relámpago, su rostro ya inefable y angélico”


By Papel Literario -August 23, 2020


Por IDA GRAMCKO


Algo conocemos de Teresa de la Parra, algo que no nos basta ni mucho menos porque es tan claro, encantador y tierno, es tan hermosa huella, que solo quisiéramos que su paso hubiese dejado muchas más sobre la tierra. O simplemente que su paso la hollase aún, en viva siembra. Que ella, la mujer, palpitase a nuestro lado, jovialmente quijotesca. No nos quedan sino señales: dos libros, un álbum de fotografías y unas cartas. Y también esos recuerdos de amigos y familiares entre los que asoma, fugazmente, en relámpago, su rostro ya inefable y angélico. ¿Acaso no sonríe aún, irónicamente, a través de la nostalgia como a través de un velo? ¿Acaso no nos está diciendo  —No crean lo que dicen…uno no es nunca una imagen—? Pero como ella, Teresa de la Parra, no puede ser sino esto: una visión, ha de perdonarnos los juicios aventurados que formulamos en torno suyo, no por ligereza, sino por ansia de conocerla. Como decía Rilkela fama es la serie de malentendidos que se crean en torno a un nombre”. Así, la gloria la desfigura y la empaña la ausencia. Pero, ¿cómo hablar de ella, cómo quedarse en silencio? Entiéndase bien, sin embargo, esto de que no nos basta lo que nos dejó en humana y literaria ofrenda. No es que sus obras no sean reveladoras, no es que de ella se dude un instante que es la primera escritora de Venezuela y quizás de Sur América… Es que sin haberla conocido, nos hace falta su presencia y tan grande es lo que nos dejó que nos parece mezquino todo elogio, y cuando meditamos lo que habremos de decir es porque nos preguntamos: ¿será suficiente?


Aunque un escritor se deja conocer a través de lo que nos dice, aunque nos tienda la mano desde la página, presentándose, en amable entrega, precisamente porque ese saludo, epistolar o novelesco, nos anima y enciende, deseamos estrechar los dedos, quisiéramos oprimir las manos, ya exangües, de Teresa.

Uno no es nunca una imagen. Uno vivo es siempre más que la imagen que se deja. Pero tenemos que hablar imaginariamente. Para mí, Teresa de la Parra ha sido siempre una visión; alguien con rumor de alas en los cabellos. ¿Dónde señalar el origen de esta visión? En una fotografía. Teresa de la Parra está sentada en un sillón de terciopelo. Apoya la mano en la mejilla y ambas se funden en tallo y flor de adolescencia. Una corona ciñe su frente. Bajo la gran falda, de gasa o céfiro, los zapatos puntiagudos, las medias blancas, rielan, en las orillas del retrato, en manso oleaje transparente. No detuvo su curso aquella figura que comenzaba a intrigarme, y después de leer las Memorias de Mamá Blanca e Ifigenia, cayó en mis manos otra fotografía de Teresa. Había crecido, ya no era una adolescente. Me dio la impresión de que en el tiempo transcurrido la figura había cumplido años, cultivado sueños, lo mismo que un ser viviente. Esta vez, Teresa de la Parra posaba para uno de esos fotógrafos ingenuos que creían que un paisaje pintado a brochazos sobre un telón daba exacta sensación de naturaleza. Teresa se ampara bajo la sombra de un enorme sombrero y tiene entre las manos un gran ramo de rosas. ¿Qué se hicieron esas rosas? ¿En qué percha de muerte cuelga ya, como un pájaro herido, el sombrero?



Después, conocí las cartas. El género epistolar, íntimo, debió haber sido creado para Teresa, para sus manos conventuales que cuando escribían a los amigos desde el Sanatorio de Leysin, parecían hacerlo sobre cuartillas de nieve. Y volvieron las fotografías, en ronda persistente, y por lo mudas y significativas eran como las escenas de una película silente, de aquellas que mirábamos, cuando éramos niños, con los ojos muy abiertos. ¿Qué poder tienen las películas mudas, qué magia misteriosa, que pese a toda la técnica desplegada y a todo el innegable conocimiento de la película parlante, aún parece que nos llaman, sin hablar, como si nos llamara la infancia desde su silencio? Teresa de la Parra se alzaba en diferentes sitios, en posturas diversas: en Madrid, con mantilla negra, en París, en ese retrato de Freres en que luce sombrero de casco y bufanda pintoresca. Y era siempre una visión, una silueta irreal posada sobre mi mano, un duendecillo travieso que insistía en repetir: —No hagas caso de lo que ves… Uno no es nunca una imagen—. Entonces, ¿qué era? ¿Dónde estaba su voz viva, su dulce acento? Quizá todo aquel proceso que se operó en mí y que consistió  en irrealizarla, en hacerla cada vez más poética, haya sido un espejismo. Pero lo cierto es que Teresa de la Parra volvió a mí en uno de sus últimos retratos, con unas galas extrañas, luminosas, y uno de aquellos larguísimos collares con que gustaba encandilar su cuello. Parecía que la lluvia había caído sobre ella, sobre aquellas cuentas que, en júbilo de lágrimas, bordeaban su garganta excelsa.


Y no se piense que se intenta la interpretación de Teresa de la Parra a través de un vestuario, que se está eludiendo el bulto al amparo de sus antruejos. Estos, en verdad, no fueron sino un medio. Tampoco se diga que tales ropas y veladuras son pasadas de moda o decadentes. Para la insigne escritora, las modas no existieron. Lo que se pone de moda está, de hecho, muerto. Su estampa delicada, grisácea, es eterna. Y todo aquel vestuario encantador con que se nos aparece tiene sentido para mí y para ella. Para mí, porque fui convirtiéndola en hada muy lentamente. Y la convertí en hada porque surgía con galas de otros tiempos, porque lo que es añejo tiene una fuerza milagrosa incomparable con lo presente, es como una aguda punzada que se clava murmurando: ¡acuérdate! Demás está decir que en este plano ya no toman parte diseñadores ni costureras. Lo que toma parte es la pureza, lo que no está en contacto con nosotros, esa vida que es como la vida de una estrella. ¿Y qué sentido tenía para Teresa de la Parra? Una vez, al regresar de Europa, hizo su aparición con sombrero de “pena”. En uno de sus hombros caía, aleteando, el penacho oscuro, como la cola de un cometa. Nada ni


Nadie se le había muerto. Pero aquel sombrero enlutado, penumbroso, casi húmedo, casi gelatinoso en su trémolo, le gustaba extraordinariamente. Parecía absurdo, pero no lo era, como no lo es tampoco que ahora queramos ir en busca de Teresa de la Parra a través de unas señales: retratos, libros, cartas, recuerdos…


La última fotografía que miré fue la que tomaron en Leysin, ya enferma, hablando con un amigo. La habitación en que reposa es la antesala de la muerte. Por las paredes, sin embargo, no corren sombras tétricas. La nieve parece haber entrado en la habitación y subir a su lecho. Ya no la envuelven sábanas sino témpanos. Fue entonces cuando me di cuenta de que desde la primera fotografía que había caído en mis manos, Teresa de la Parra estaba muerta. ¡Tanto la había sentido vivir, crecer, levantarse a través de aquel desfile fotográfico, que me asombraba de pronto saber que nunca oiría su voz, vería su rostro, sentiría su paso. Su enfermedad duró días, meses… Y a mí me pareció sin embargo que su muerte había sido brutal, violenta. Se me moría vertiginosamente, en aquella fotografía blanca, llena de luces de invierno. Se me iba por las orillas de la cartulina, impotente yo para detenerla. Se me murió de un golpe, sin agonía, sin fiebre, y la fotografía se agitaba en mis manos, boreal, blanquísima como un cráneo de espuma y de ausencia.


Ahora, sé, pasadas las primeras impresiones, que Teresa de la Parra no es ya sino un haz levísimo de cenizas bajo la tierra. Ahora es, sin embargo, más que nunca, visión: Mamá Blanca, Ifigenia, doncella con ramo de rosas y adolescente con diadema, dama enlutada, o hada bajo la lluvia, en fin, que es ya un mensaje enviado desde el cielo.


*Artículo publicado en el Papel Literario en la edición del 1 de septiembre de 1947.

Tomado de El Nacional.


IDA GRAMCKO


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Actualizada el 29/03/2024

martes, 26 de febrero de 2013

Sylvia Molloy, escritora argentina : En Venezuela no se puede hablar de la homosexualidad de Teresa de la Parra










En Venezuela no se puede hablar de la homosexualidad de Teresa de la Parra 

La palabra en la boca. 

Una entrevista a Sylvia Molloy



"Había una circulación secreta del deseo, que no se nombraba"

La palabra en la boca.


Una entrevista a Sylvia Molloy




"Cuando fui a Caracas a trabajar sobre sus manuscritos (los de Teresa de la Parra), muchos de los cuales están en la Biblioteca Nacional, visité a Velia Bosch, crítica venezolana a cuyo cuidado estuvo la obra de Parra y que, por eso mismo, se considera un poco dueña de la escritora. Sin embargo, basta cotejar la edición que hizo de los Diarios de Parra con los originales para comprobar que están totalmente recortados." 

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Escritora, crítica y ensayista, el nombre de Sylvia Molloy ha funcionado por décadas casi como un guiño: es la autora de esa novela, En breve cárcel, en la que el amor lésbico enhebra la trama sin instituirse en conflicto. Ella, que en sus ensayos se ha ocupado de la autobiografía como género, devela el modo en que la ceguera de la crítica obtura lo que recién ahora empieza a nombrarse en voz alta.



Por Patricio Lennard



”Cuando era joven –y te estoy hablando de cuarenta años atrás– había un closet tácito. Era un mundo de disimulos que se manejaba mucho más por alusión que por declaraciones. Había códigos que permitían el reconocimiento mutuo, el uso de ciertas palabras, formas de mirar, y las amistades eran muy importantes. Había una circulación secreta del deseo, que no se nombraba. No lo nombrábamos nosotras ni quienes a priori lo criticaban. Yo jamás le oí decir la palabra lesbiana a mi madre, por ejemplo. Decía ‘mujeres raras’, o ‘amores raros’, y lo ‘raro’ –bueno, lo queer– era parte de la percepción que existía entonces.”


De golpe, la palabra en inglés sale de su boca con una pronunciación perfecta, levemente arrastrada. Pero enseguida uno entiende que es mucho más que eso: Sylvia Molloy sí que sabe decirla. Sabe lo que dice cuando a los tapujos de su madre les remacha, en la misma frase, la ambivalencia de ese término en inglés que antes insultaba a los “raros”, a los maricones, y que culturalmente terminaría siendo trofeo de una conquista que excedería lo lingüístico con creces; y sabe decir esa palabra díscola, reivindicatoria, como si la suya fuera una forma definitiva de nombrarla.


No en vano Sylvia Molloy ha sido una pionera a la hora de combatir la elusión, el recato y el silenciamiento que hasta no hace mucho envolvía la homosexualidad, la literatura homosexual y la homosexualidad de ciertos escritores y escritoras, tanto en la crítica como en la historia literaria en Latinoamérica. Una empresa que llevó a cabo como la lectora lúcida que es, pero también escribiendo literatura: su novela En breve cárcel, publicada en 1981, fue una de las primeras que habló sin reticencias ni disimulos del amor entre mujeres en la literatura argentina.


Cuarenta años viviendo en los Estados Unidos y enseñando en las universidades más prestigiosas (Princeton, Yale, y actualmente New York University) han hecho de Molloy una de las voces críticas más influyentes de la escena hispanoamericana, y una pasajera en tránsito en el país donde nació y al que vuelve, al menos, una vez por año. Como ensayista publicó en 1979 Las letras de Borges, un libro que supo abrir un camino novedoso al poner bajo la lupa, además de los textos del autor de El Aleph, su figura de escritor y su mito personal en tiempos en que la “muerte del autor” aún exigía luto a gran parte de la crítica. Algo de lo que se desentendió también en Acto de presencia (editado primero en inglés y luego en español), su admirable estudio sobre la autobiografía en Hispanoamérica, cuya escritura se interpuso en el desarrollo de El común olvido, su segunda novela, que sería publicada en 2002 y en donde la ficción autobiográfica –que en la citada En breve cárcel ostentaba el filtro de una narradora en tercera persona– se encarna en un personaje homosexual: un académico argentino que vive en los Estados Unidos y que vuelve a Buenos Aires con un vago proyecto de investigación que le sirve de pretexto para encontrar un destino final para las cenizas de su madre.


“Una vez se contactó conmigo una persona que estaba escribiendo una biografía de Alejandra Pizarnik, y me dijo que sabía que en algún momento yo había estado muy cerca de ella, o algo por el estilo. Esta persona había leído mi novela En breve cárcel y estaba convencida de que la protagonista estaba basada en Pizarnik”, cuenta Molloy entre toses, maldiciendo el tiempo cambiante de Buenos Aires. “Ahí mismo me dio un ataque de furia, como si me robaran algo, y le contesté que no, quería decirle que el personaje era yo y no Pizarnik, pero me pareció una respuesta críticamente mezquina y recurrí, algo molesta, a la perífrasis. Le dije, pedantemente, que se trataba de ‘material autobiográfico mío’. Y esa situación me llevó a preguntarme de quién es en realidad la vida de uno, el relato de vida de uno mismo.”


A raíz de ese incidente, Molloy empezó a investigar casos de autobiografías escritas por otros: autobiografías por encargo y autobiografías de personajes ficticios. “Me interesé particularmente por una autobiografía escrita por un sobreviviente de Auschwitz, Benjamin Wilkomirski, que había pasado su infancia en los campos. El libro resultó espurio, porque Wilkomirski en realidad no se llamaba Wilkomirski, ni era sobreviviente del Holocausto, ni siquiera judío. Había asumido una identidad imaginaria, se construía a sí mismo –se vivía, habría que decir– como sobreviviente y se reconocía en esa construcción. Eso me llevó a preguntarme acerca de la ‘autenticidad’ del relato, de todo relato de vida. ¿Dónde reside esa autenticidad? Es demasiado fácil denunciar el fraude, decir que Wilkomirski es un impostor y que se trata de una ficción inventada de cabo a rabo, acaso por ansias de protagonismo. Toda esta reflexión personal y crítica, más el llamado de esa mujer que identificaba a la protagonista de En breve cárcel con Pizarnik y no conmigo, más estas autobiografías ‘falsas’ que empecé a desenterrar y con las que me puse a trabajar, me llevaron a empezar una novela con un protagonista al que le piden, justamente, que escriba una autobiografía de otro. En este caso, el personaje escribe por encargo la autobiografía de alguien que no tiene tiempo o no posee talento para escribirse, y lo que comienza como un trabajo por encargo, bien remunerado, con un protagonista algo sobrador que se siente superior a su sujeto, termina atrapando al ‘falso’ autobiógrafo, se vuelve fuente de conflicto y, sobre todo, de resentimiento. No te voy a decir cómo termina la historia porque ni yo misma estoy segura de ello.”

Teresa de la Parra



Decirlo y no decirlo

 


Ese libro que Molloy adelanta en la conversación es un ejemplo de cómo sus preocupaciones teóricas y sus preocupaciones ficcionales casi siempre se cruzan. De ahí que autobiografía y género, homosexualidad y autoficción sean asuntos en los que han perseverado tanto la crítica como la narradora. En breve cárcel, cuya trama gira en torno de un triángulo amoroso de carácter lésbico, fue el primer paso en ese sentido. “La novela salió en plena dictadura, pero no salió en la Argentina porque un par de editoriales de aquí, que tenían interés en la novela, prefirieron pasar y no publicarla”, dice Molloy con aire cansado porque se ve que ya lo dijo antes. “Salió en España por Seix Barral y tardó en llegar aquí, y cuando llegó y la reseñaron se habló bien, pero eludiendo la anécdota lésbica o traduciéndola en términos literarios. Hubo una reseña que decía: ‘La novela trata un tema que tiene prestigiosos antecedentes literarios, desde Safo hasta Lawrence Durrell’, con lo cual reducían la anécdota a una temática y justificaban la novela dentro de una ‘tradición’, pero no comentaban la novela en sí. Otra reseña, recuerdo, me agradecía que no cayera en detalles, no decía pornográficos, pero casi. Apreciaba la discreción con la que trataba el tema; discreción que era problema del crítico y no mío, obviamente.”


Molloy asegura que mientras escribía esa novela no estaba al tanto de la existencia de ningún texto que hubiera hablado del amor entre mujeres de manera tan abierta en la literatura argentina. Aunque por las dudas se ataja y admite la posibilidad de estar cometiendo una gran injusticia al no acordarse de alguna precursora. Pero ¿hasta qué punto el lesbianismo de En breve cárcel rompía con el horizonte de expectativas de la literatura de esos años? “Creo que sí rompía, porque lo lesbiano no aparecía como secreto, ni como patología, ni como algo que se disimula, ni siquiera como fuente de oprobio o de vergüenza, sino como algo que está ahí y de lo que se habla con total naturalidad. La anécdota lesbiana no buscaba llamar la atención sobre sí, ni para escandalizar ni para justificarse, y quizá fuera eso lo que perturbaba. De ahí las reseñas confusas, porque no sabían cómo tomar el texto. Te cuento una anécdota para darte una idea. A los dos o tres años de publicada la novela, en un congreso de literatura, una persona a quien yo conocía bien se me acercó y me dijo que iba a hablar en su ponencia de En breve cárcel y si me molestaba que usara la palabra ‘lesbiana’. Le aseguré que no y fui a escucharla. Ante mi gran sorpresa, no pronunció la palabra ‘lesbiana’ una sola vez. Entonces pensé que se trataba de una maniobra bastante perversa para quedar bien conmigo, una suerte de ‘yo sé de qué se trata y al pedirte permiso te lo hago saber, para que veas que estamos en la misma onda, pero en el momento de leer no digo la palabra en público porque total para qué, si lo importante es que yo sé y vos sabés que yo sé’. Una manera de volver al closet un texto que no se pretendía secreto.”



El mensaje cifrado


Ese pudor de la crítica, ese recato en torno de la homosexualidad que no se origina en los textos sino en los modos de leer y que invita a reflexionar sobre los prejuicios que todavía hoy existen (también) en contextos académicos, en donde se les suele endilgar a los estudios queer un estatuto sectario (después de todo, ¿cuántos son los heterosexuales que realmente se interesan por este tipo de estudios?), habla a las claras de la necesidad de cuestionar una historia de la literatura que durante mucho tiempo ha eludido llamar las cosas por su nombre. “Por eso creo que el trabajo desde el género, desde lo queer, tiene que buscar otras estrategias, porque efectivamente se puede reducir al gueto”, opina Molloy. “El género es una categoría crítica y desde todas las inflexiones del género se puede inquirir otros discursos. Dejar el género de lado es cerrarse a una flexión crítica más, y en ese sentido creo que hay que desautoguetizarse para mostrar la utilidad del género como categoría, para romper con lecturas canónicas y desestabilizarlas.”


jueves, 17 de enero de 2013

"Al llegar a París recibí su carta, amable y gentil, que leí con verdadero placer..." :

Carta de Teresa de la Parra a Enrique Bernardo Núñez, París, 25 de noviembre


Teresa de la Parra (n. París, 5 de octubre de 1889 - m. Madrid, 23 de abril de 1936)







A Enrique Bernardo Núñez

París, noviembre 25

Estimado amigo:

Al llegar a París recibí su carta, amable y gentil, que leí con verdadero placer; mucho me alegro de cuanto en ella me dice; y le doy las gracias por sus datos.






Espero que habrá visto ya en El Nuevo Tiempo el primer capítulo de mi nuevo librito que también remite al Universal.



Veo que la situación Ifigenia en Bogotá está «brava», vale decir muy divertida. Recibí, aunque muy tarde, un folleto, chabacano, pero graciosísimo; ¿quién es ese Carlos de Villena que trata a María Eugenia Alonso con una furia ingenua, como si ni por un segundo se tratase de una ficción? A pesar, repito, de la chabacanería, a mí me ha producido una sensación exquisita, es el comentario vivo y palpitante de nuestras ciudades pequeñas: María Eugenia Alonso viva pasa por la calle, Carlos de Villena detenido, en la esquina al mirar que se aleja la ataca esgrimiendo como energúmeno, naturalmente la moral; pero tal furia no es en el fondo sino la exasperación del deseo ante la mujer bonita, coqueta e inaccesible; en resumen es el homenaje más sincero y menos incómodo que puede recibir una mujer: imagínese usted la furia moralista de Carlos de Villena encauzada por su camino normal y vuelta furia de amor con declaraciones y reclamaciones; ¡qué fastidio para la paciente! A lo mejor Villena es un ungido cura o sacerdote, pero en todo caso es un Sátiro. De ser persona decente y de ser el folleto menos chabacano se prestaría a una respuesta divertidísima de parte de la propia María Eugenia Alonso. Yo que soy en la vida corriente la persona de la paz (me dejo engañar, maltratar o robar con tal de no oír, ni decir una palabra agria), soy muy pica-pleito; cuando se trata de escribir yo misma no me reconozco. Quizás de los pleitos sea la voz lo que me encoge y asusta. Al tener conocimiento del folleto, sin haberlo leído escribí a Arciniegas una carta que no me resolví a enviar, después desarmada por la chabacanería del escrito. Creo que voy siempre a remitírsela a fin de que la publique o no, según quien sea el autor del folleto.

He terminado ya con honra mis «Memorias de mamá Blanca». Las he escrito con cariño y están materialmente muy de acuerdo con mi gusto actual por lo cual les profeso gran afecto. No creo que tengan el escrito de Ifigenia porque ni es propiamente una novela ni se presta a discusión. Veremos cuánto tardan ahora en editarla las tortugas de los editores. Si el libro gusta seguiré en la serie, puesto que termina la obra al cumplir «mamá Blanca» siete años.






























sábado, 6 de marzo de 2010

Una medalla y un poco mas sobre el I Congreso venezolano de Escritores de 1979









Estimados Amigos

Buscando un poco por aquí y allá en la red encontramos unos cuantos datos más sobre el I Congreso venezolano de Escritores. Se realizó en las localidades de Valencia y Puerto Cabello el 5, 6 y 7 de octubre de 1979. 


Fue organizado por la Asociación de Escritores de Venezuela y la figura homenajeada fue Teresa de la Parra. Existe una memoria del evento recopilada y supervisada por Irma De-Sola de Rivera.



En esta entrada pueden ver el anverso y reverso de la medalla conmemorativa y en cuanto poseamos más datos de este evento se los haremos llegar.

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Richard Montenegro

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Richard MontenegroPerteneció a la redacción de las revistas Nostromo y Ojos de perro azul; también fue parte de la plantilla de la revista universitaria de cultura Zona Tórrida de la Universidad de Carabobo. Es colaborador del blog del Grupo Li Pohttp://grupolipo.blogspot.com/. Es autor del libro 13 fábulas y otros relatos, publicado por la editorial El Perro y la Rana en 2007 y 2008; es coautor de Antología terrorista del Grupo Li Po publicada por la misma editorial en 2008 , en 2014 del ebook Mundos: Dos años de Ficción Científica y en 2015 del ebook Tres años caminando juntos ambos libros editados por el Portal Ficción Científica. Sus crónicas y relatos han aparecido en publicaciones periódicas venezolanas tales como: el semanario Tiempo Universitario de la Universidad de Carabobo, la revista Letra Inversa del diario Notitarde, El Venezolano, Diario de Guayana y en el diario Ultimas Noticias Gran Valencia; en las revistas tangibles y electrónicas hispanas Fantastic-Films NeutrónAlfa Eridiani, Valinor, miNaturaTiempos OscurosGibralfaro, Revista de Creación Literaria y de Humanidades de la Universidad de Málaga y en la revista cubana digital Korad y en portales o páginas web como la española Ficción Científica, la venezolana-argentina Escribarte y la colombiana Cosmocápsula.


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Actualizada el 13/03/2026
29/03/2024