Desempacando mi biblioteca
Desempacando mis libros. Una charla sobre coleccionar libros
Estoy
desempacando mis libros. Si, lo hago. No están aún en los estantes, no
han sido tocados todavía por el moderado tedio del orden. No puedo
marchar de arriba a abajo pasando revista por sus filas ante la
presencia de alguna audiencia amigable. No debes temer que esto suceda.
En cambio, debo pedir que te unas a mí entre el desorden de las cajas
recién abiertas, el aire saturado de aserrín, el suelo cubierto de papel
rasgado. Únete a mí entre las pilas de volúmenes que ven de nuevo la
luz después de dos años de tinieblas, para que te alistes a compartir
conmigo un poco del sentimiento –ciertamente no un sentimiento elegiaco,
pero si uno de anticipación- que despiertan estos libros en el
coleccionista genuino.

Ya que este es quien ahora te habla, y en
un escrutinio más cercano se mostrará hablando solo sobre sí mismo. ¿No
será acaso presuntuoso de mi parte si con el propósito de parecer
convincentemente objetivo, enumerara para ti las secciones o las
piezas-trofeo de mi biblioteca, si te presentara su historia o incluso
su utilidad para algún escritor potencial? Yo, por mi parte, tengo en
mente algo mucho menos oscuro, algo más palpable que eso; lo que
realmente me ocupa es darte alguna idea sobre la relación entre el
coleccionista de libros y sus posesiones, sobre el coleccionar más que
sobre la colección. Si hago esto desarrollando mi exposición acerca de
las variadas maneras de adquirir libros, es algo totalmente arbitrario.
Este
o cualquier otro procedimiento funciona solamente como un dique en
contra del torrente de recuerdos que surge ante cualquier coleccionista
al contemplar sus posesiones. Toda pasión limita con lo caótico, pero la
pasión del coleccionista limita con el caos de los recuerdos. Más que
eso: la oportunidad, el destino que antepone el pasado ante mis ojos
está conspicuamente presente en la confusión cotidiana de estos libros.
Pues, ¿qué otra cosa es esta colección más que un desorden al que el
hábito ha acomodado al punto de hacerlo parecer algo ordenado?

Todos
habrán oído ya sobre personas a las que la pérdida de sus libros los ha
convertido en desvalidos, o sobre aquellos que para adquirirlos se han
vuelto criminales. Estas son precisamente las áreas en las que cualquier
orden se evidencia como un acto de equilibrio de extrema precariedad.
‘El único conocimiento exacto que hay’, dijo Anatole France, ‘es el
conocimiento sobre la fecha de publicación y el formato de los libros’. Y
claro, si existe la contraparte a la confusión de una biblioteca, está
en el orden de su catálogo.
Por lo tanto, hay una tensión
dialéctica en la vida del coleccionista de libros entre los polos del
orden y el desorden. Naturalmente su existencia está también ligada a
muchas otras cosas: una extraña relación de pertenencia, algo acerca de
lo que tendremos más qué decir en adelante; también, una relación con
los objetos que no enfatiza su valor funcional, utilitario –esto es, su
utilidad- sino que los estudia y los ama como la escena, el escenario de
su destino. El más profundo encanto para el coleccionista está en
encerrar los artículos individuales dentro del círculo mágico en el cual
quedan fijos una vez que la última emoción, la emoción de su
adquisición pasa sobre ellos. Cada cosa recordada o pensada, todo lo
consciente, se convierte en el pedestal, en el marco, la base, el
candado de sus propiedades. El periodo, la región, la manufactura, los
dueños anteriores – para un verdadero coleccionista todo el trasfondo de
un artículo se agrega en una enciclopedia mágica cuya quintaesencia es
el destino de sus objetos.
En este contexto, entonces, es que se
puede entender cómo los grandes fisionomistas –y los coleccionistas son
fisionomistas del mundo de los objetos- se hicieron grandes intérpretes
del destino. Solo es necesario observar a un coleccionista manipular los
objetos en sus estuches de vidrio. Al sostenerlos en sus manos, parece
estar viendo a través de ellos hacia su pasado distante como si
estuviera inspirado. Suficiente del lado mágico del coleccionista –su
imagen antigua, como podría llamársele.

“Habent sua fata
libelli”: estas palabras pueden haber sugerido una declaración general
acerca de todos los libros. Así, libros como “La divina comedia”, “La
ética” de Spinoza, y “El origen de las especies” han tenido sus
destinos. Un coleccionista, sin embargo, interpreta el refrán latino de
forma diferente. Para él, no solo los libros sino los ejemplares de los
libros tienen sus destinos. Y en este sentido la parte más importante
del destino de una copia es su encuentro con ella, con su propia
colección. No exagero al decir que para el coleccionista verdadero la
adquisición de un libro viejo es su renacimiento. Esta es su faceta
infantil, que en el coleccionista se mezcla con un elemento de vejez. Ya
que los niños pueden lograr renovar la existencia de una cosa de mil
maneras infalibles. Entre los niños, coleccionar es solo uno de los
procesos para renovar la existencia de los objetos; otros procesos
incluyen pintarlos, recortar sus figuras, decorarlos con pegatinas –todo
el rango de modos infantiles de adquirir, desde tocar las cosas hasta
darles nombre.
Renovar un viejo mundo –este es el deseo más
profundo del coleccionista cuando adquiere nuevas cosas, y ese es el por
qué de que un coleccionista de libros viejos esté más cerca de lo
esencial del coleccionar que el coleccionista de ediciones de lujo.
¿Cómo los libros pasan la barrera de la colección y se hacen propiedad
del coleccionista? La historia de las adquisiciones es el objeto de las
reflexiones siguientes.
De todas las maneras de adquirir libros,
escribirlos uno mismo es considerado el método más digno de alabanza. En
este punto muchos de ustedes recordarán con placer la inmensa
biblioteca que Wutz, el pobre maestro de escuela de Jean Paul, adquirió
gradualmente al escribir él mismo, todos los trabajos cuyos títulos en
catálogos de ferias de libros le resultaran interesantes; después de
todo, no podía costearse comprarlos.

Los escritores son personas
que escriben libros no porque no puedan comprarlos, sino porque están
insatisfechos con los libros que pueden comprar pero que no les gustan.
Ustedes,
damas y caballeros, podrían considerar esta como una definición
caprichosa del escritor. Pero es que todo lo dicho desde el punto de
vista del coleccionista verdadero resulta caprichoso.
De los
modos comunes de adquirir libros, el más apropiado para el coleccionista
sería el de pedir un título en préstamo sin que este tenga su
correspondiente devolución. El auténtico prestamista de libros de
categoría, que consideramos aquí, demuestra ser un verdadero
coleccionista no tanto por el fervor con el que guarda sus tesoros
prestados, ni por el oído sordo que presta a cualquier recordatorio de
la legalidad proveniente desde el mundo cotidiano, sino por su fallo al
leer cualquiera de estos libros. Si mi experiencia ha de servir de
evidencia, un hombre está más dispuesto a devolver un libro prestado,
que a leerlo. ¿Y la no-lectura de libros, ustedes objetarán, debe ser
característica de los coleccionistas? Estas son noticias para mí, usted
podría decir.
No son noticias en absoluto. Los expertos me apoyarán
cuando digo que es la cosa más vieja del mundo. Sea suficiente aquí con
citar la respuesta que Anatole France le dio a un filisteo que admirando
su biblioteca terminó con la pregunta de rigor:
-‘¿Y usted ha leído todos estos libros, Monsieur France?’
-‘Ni la décima parte. ¿Supongo que usted no usa su vajilla china todos los días?’
Incidentalmente
he puesto a prueba el derecho a tal actitud. Durante años, por lo menos
durante el primer tercio de su existencia, mi biblioteca consistió en
no más de dos o tres repisas que crecían tan solo unas pulgadas cada
año. Esta fue su época militante, en la que ningún libro era incluido
sin la certificación de haber sido leído. De esa manera yo nunca hubiera
adquirido una biblioteca lo suficientemente extensa para ser digna de
ese nombre, de no ser que hubiera recurrido a algún tipo de inflación.
De repente las prioridades cambiaron; los libros adquirieron valor real,
o a cualquier precio, se hicieron difíciles de conseguir. Al menos así
parecía ser en Suiza. A última hora envié mis primeros pedidos grandes
de libros desde allí y de esta forma me fue posible conseguir tales
artículos irremplazables como “Der blue reitter” y “Sage von Tanaquil”
de Bachofen, que podían aún en ese tiempo obtenerse directamente de los
editores.

Ahora bien -podrías decir- después de explorar todas
estas maneras secundarias de adquisición deberíamos finalmente
dedicarnos a la forma principal en la cual se adquieren los libros, es
decir, la compra de libros. Esta es sin duda la forma obvia de adquirir
libros, pero para un coleccionista no es una forma muy cómoda. La compra
realizada por un coleccionista de libros tiene muy poco que ver con la
compra de libros que hace el estudiante de sus textos en una librería,
con la compra del hombre de mundo que busca un regalo para su mujer, o
la del hombre de negocios que busca alguna lectura para matar el tiempo
de su próxima travesía en tren. Yo he realizado mis más memorables
compras en viajes, estando de paso.
La propiedad y las posesiones
pertenecen a la esfera de lo táctico. Los coleccionistas son personas
con un instinto táctico; su experiencia les ha enseñado que cuando al
atracar en una ciudad desconocida, la más pequeña tienda de antigüedades
puede servir de fortaleza, la más remota papelería puede ser una
posición clave. Cuántas ciudades se me han revelado en las marchas
emprendidas en la búsqueda de algún libro.

Por ningún motivo las
compras importantes deben hacerse siempre ante la presencia de un
comerciante. Los catálogos juegan un papel fundamental. Y aún cuando el
vendedor puede estar ampliamente familiarizado con algún libro que se
pueda pedir por catálogo, el ejemplar individual siempre sigue siendo
una sorpresa y su pedido una apuesta. Hay dolorosos desengaños, pero
también hallazgos felices.
Recuerdo, por ejemplo, que alguna vez
pedí un libro con ilustraciones coloreadas para mi vieja colección de
libros para niños solo porque incluía cuentos de hadas de Albert Ludwig
Grimm y fue publicado en Grimma, Thuringia. Grimma era también el lugar
de publicación de un libro de fábulas editado por el mismo Albert Ludwig
Grimm. Con sus dieciséis ilustraciones mi ejemplar de este libro de
fábulas era el único ejemplo extenso del trabajo temprano del gran
ilustrador alemán Lyser, quien vivió en Hamburgo a mediados del siglo
pasado. Pues Bien, mi intuición ante la consonancia de nombres fue
correcta. En este caso descubrí una vez más la obra de Lyser, firmada
con su nombre de pila Linas Märchenbuch, una obra que ha permanecido
anónima para sus biógrafos y que merece una referencia más detallada que
la que introduzco yo aquí.

La adquisición de libros no es de ninguna
manera una cuestión solamente de dinero o de conocimiento experto. Ni
siquiera ambos factores juntos pueden ser suficientes para establecer
una verdadera biblioteca, esta siempre será en cierta medida
impenetrable y al mismo tiempo típicamente única.
Cualquiera que
compre por catálogo debe tener un talento natural además de las
cualidades que ya he mencionado. Fechas, nombres de lugares, formatos,
dueños anteriores, encuadernaciones, y cosas por el estilo: todos estos
detalles deben decirle algo –no como hechos aislados, a secas, sino como
un todo armonioso; dependiendo de la cualidad e intensidad de esta
armonía el coleccionista debe ser capaz de reconocer sin un libro es
para él o no.

Una subasta requiere un conjunto distinto de
cualidades en el coleccionista. Para el lector del listado de libros
ofrecidos, el libro mismo debe hablarle, o posiblemente sus dueños
anteriores si es que el origen del ejemplar ha sido establecido. Un
hombre que participe en una subasta debe prestar igual atención al libro
y a sus competidores, además de mantener una cabeza fría para evitar
dejarse llevar por la competencia. Es un hecho frecuente que alguien
resulte comprometido en una costosa transacción solo por haber seguido
subiendo el valor de sus ofertas –más para afirmarse a sí mismo que para
adquirir el libro. Por otra parte uno de los mejores recuerdos de un
coleccionista es el del momento en el que rescata un libro al que nunca
le haya dedicado ni uno solo de sus pensamientos, ni mucho menos una
sola de sus miradas deseosas, solo porque haberlo encontrado solitario y
abandonado en algún mercado y decidió comprarlo para darle su libertad
–en el mismo modo en que el príncipe compra a una hermosa joven esclava
en “Las noches de Arabia”. Verás, para un verdadero coleccionista de
libros, la libertad de todo libro está en algún lugar de sus estantes.
Hasta
este día, “Peau de chagrin” de Balzac se destaca entre las largas filas
de los volúmenes en francés de mi biblioteca, como un recuerdo de mi
más emocionante experiencia en una subasta. Esto sucedió en 1915 en la
subasta Rümann organizada por Emil Hirsch, uno de los más grandes
expertos en libros y de los más distinguidos comerciantes. La edición en
cuestión apareció en 1833 en París, Place de la Bourse. Al tomar mi
copia, veo no solamente su número en la colección Rümann, sino incluso
también la etiqueta de la tienda donde el primer dueño compró el libro
hace noventa años por la octava parte de su precio hoy. Dice: ‘Papeterie
I. Flanneau’. Una buena época en la que era aún posible comprar una
edición con tales lujos en un comercio de papelería.

Los grabados de
acero en este libro fueron diseñados por el más destacado artista
francés y llevados a cabo por los más notables grabadores. Pero debo
regresar ahora a la historia acerca de cómo conseguí este libro. Había
ido con Emil Hirsh para una inspección anticipada de los libros,
habiendo manipulado más de cuarenta o cincuenta volúmenes; ese libro en
particular había despertado en mí los más ardientes deseos de quedármelo
por siempre. Llegó el día de la subasta. Como el destino lo dispuso
está copia de “Peau de chagrin” fue precedida por un conjunto completo
de sus ilustraciones impresas separadamente en papel de la India. Los
participantes se sentaron a lo largo de una mesa; en la diagonal al
frente mío se sentó el hombre que fue el centro de atención de todas las
miradas en la primera oferta, el famoso coleccionista de Munich, el
Barón von Simolin. Él estaba ampliamente interesado en este conjunto de
ilustraciones que tenían varias ofertas rivales; en breve, hubo una
acalorada competencia que produjo la más alta oferta de toda la subasta
–muy superior a los tres mil marcos. Nadie parecía haber esperado
semejante suma, y todos los presentes estaban muy emocionados. Emil
Hirsch permaneció tranquilo, ya sea que quisiera ahorrar tiempo, o que
estuviera motivado por alguna otra consideración, prosiguió con el
siguiente artículo, sin ninguna persona que le prestara atención
realmente. Anunció el precio, y con mi corazón palpitando acelerado y la
fuerte convicción de mi incapacidad para competir contra cualquiera de
esos grandes coleccionistas ofrecí una suma algo mayor. Sin despertar el
interés de los demás participantes, el anfitrión siguió la rutina de
costumbre –‘¿alguien da más?’ y luego los tres golpes de su mazo, con
una eternidad que pareció separar a cada uno del siguiente- para
finalizar le agregó el recargo de subasta al precio final de la venta.

Para
un estudiante como yo la suma era aún considerable. Lo que pasó la
mañana siguiente en la tienda de empeño lo he excluido del relato, y
prefiero ahora hablar de otro incidente al que quisiera describir como
lo negativo de las subastas. Sucedió el año pasado en una subasta de
Berlín. La colección de libros ofrecidos era una miscelánea en cuanto a
la calidad y a los temas, y solo un número de libros raros sobre
ocultismo y filosofía natural eran dignos de notar. Ofrecí por algunos
de ellos, pero cada vez me percataba de un caballero en la primera fila
que parecía solo estar esperando por mis ofertas para oponerse con las
suyas, evidentemente dispuesto a superarme. Después de que esto se
repitió varias veces, había ya perdido cualquier esperanza de adquirir
el libro que más me había interesado de ese día. Se trataba del raro
“Fragmente aus dem Nachlass eines jungen Physikers” [Fragmentos póstumos
de un joven físico] que Johann Wilhelm Ritter había publicado en dos
volúmenes en Heidelberg en 1810. Este trabajo nunca ha sido reimpreso,
pero siempre he considerado su prefacio, en el que el autor-editor
cuenta la historia de su vida en el tono de un obituario para su amigo
sin nombre supuestamente muerto– que es realmente idéntico a él- como el
más importante ejemplo de prosa personal del romanticismo alemán. Justo
cuando el artículo salió tuve una idea, resultaba simple: ya que mi
oferta inevitablemente entregaría el artículo en las manos del otro
hombre, no debería hacer ninguna oferta. Me controlé y permanecí en
silencio. Lo que esperaba resultó: ningún interés, ninguna oferta y el
libro fue descartado. Hice sabiamente en dejar pasar algunos días, y
cuando aparecí en el establecimiento después de una semana, encontré el
libro en la sección de ejemplares de segunda mano y me beneficié de la
falta de interés al adquirirlo.
 |
| Walter Benjamin por David Levine |
Una vez que te has aproximado a las
montañas de cajas con el propósito de sacar los libros y traerlos a la
luz del día –o mejor, de la noche – cuántas memorias se acumularán en
ti. Nada resalta más la fascinación de desempacar los libros que la
imposibilidad de detenerse. Empecé al medio día, y llegó la media noche
antes de que pudiera llegar hasta las últimas cajas. Ahora pongo mis
manos sobre dos volúmenes encuadernados con tapas desteñidas que,
estrictamente hablando, no pertenecen en ningún caso al estante de
libros: dos álbumes con imágenes pegadas que mi madre había ensamblado
de niña y que yo he heredado. Son las semillas de una colección de
libros para niños que sigue creciendo aún hoy, aunque ya no en mi
jardín.
No existe una sola biblioteca que no tenga creaciones sacadas
de ideas decorativas poco comunes. No es necesario que sean álbumes de
recortes o álbumes familiares, libros de autógrafos o portafolios que
contengan panfletos o tratados religiosos; algunas personas se sienten
ligadas a volantes y promociones, otros a facsímiles de escritura a mano
o a copias tipografiadas de libros imposibles de conseguir, y por
supuesto los periódicos pueden demarcar la periferia de la colección en
una biblioteca. Pero para regresar a aquellos álbumes: de hecho la
herencia es la forma más consistente de adquirir una colección. Puesto
que la actitud de un coleccionista hacia sus posesiones se deriva de su
sentido de responsabilidad hacia su propiedad. Y esta es la actitud de
un heredero, en el más alto sentido, la más distinguible característica
de una colección siempre será su carácter hereditario.
Deberás saber
que al decir esto me doy cuenta plenamente de que mi discusión del clima
mental del coleccionar confirmará a cualquiera de ustedes en sus
convicciones acerca de que está pasión, desde el principio de los
tiempos, produce desconfianza hacia el personaje del coleccionista. Nada
está más alejado de mis propósitos que el cuestionar tus convicciones o
tus desconfianzas. Pero una cosa debe tenerse en cuenta: el fenómeno de
coleccionar pierde su significado cuando pierde su propietario. Aun
cuando las colecciones públicas tienden a ser menos objetables
socialmente y más útiles académicamente que las colecciones privadas,
los objetos adquieres su valor solo en estas últimas. Sé que el
personaje acerca del que estoy discutiendo aquí tiene sus días contados y
que he estado representándolo ante ti, un poco a modo ex officio, pero
como lo puso Hegel, solo en el ocaso el búho de Minerva alza su vuelo.
Solo en su extinción es comprendido el coleccionista.
Ahora estoy
en la última caja a medio vaciar y hace tiempo ha pasado ya la media
noche. Otros pensamientos me ocupan, diferentes de aquellos de los hablo
aquí – no pensamientos, sino imágenes, memorias. Memorias de las
ciudades en las que encontré tantas cosas: Riga, Nápoles, Munich,
Danzig, Moscú, Florencia, Basel, París; recuerdos de los suntuosos
cuartos de Rosenthal en Munich, del Stuckturm en Danzig donde el ya
fallecido Hans Rhaue residía, del polvoriento ático de libros de
Süssengut al norte de Berlin; recuerdos de los cuartos en los que estos
libros han sido alojados, de mi cuarto de estudiante en Munich, de mi
cuarto en Bern, de la soledad de Isetwald en el lago de Brienz, y
finalmente de mi cuarto de infancia, la antigua ubicación de tan solo
cuatro o cinco de los ahora miles de volúmenes arrumados a mi alrededor.
¡Oh dicha del coleccionista, dicha del hombre de placer! De ningún otro
se ha esperado tan poco, y nadie ha tenido un sentido mayor del
bienestar que aquel hombre que ha sido capaz de llevar su existencia
tras la máscara del ratón de biblioteca de Spitzweg. Porque dentro de él
hay espíritus, o al menos pequeños geniecillos que se encargan de que
para el coleccionista –y me refiero aquí al verdadero coleccionista, el
coleccionista que es como debería ser- la pertenencia sea la más íntima
relación que pueda tener con los objetos. No es que estos cobren vida
junto a él; sino que es él quien vive en ellos. Así que le he construido
una morada hecha de libros como ladrillos, lo he hecho ante ti, y ahora
él desaparecerá en ella como le es propio.
De la versión en inglés “Unpacking my library” traducida por Harry Zorn del original en Alemán de Walter Benjamin.
Traducción libre: Felipe Beltrán