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jueves, 12 de febrero de 2026

El caos de Venezuela ha provocado una poderosa narrativa que se publica en el extranjero porque no puede hacerse en el país

 


Estimados liponautas


Hoy compartimos con ustedes este artículo que refleja la actual vida escritural y editorial de Venezuela. UN país plagado de contradicciones económicas y duramente oprimido donde el desempeño de la labor de los escritores y de los editores y los de cualquier persona que pretenda enrriquecer el acervo cultural común de nuestro país. Un país donde el salario mínimo es de 0,40 dólares es el menos indicado para hacer labor cultural. La pobreza sistemática hizo que millones de venezolanos abandonaran el país y entre ese lote emigraron algunos escritores que pudieron asimilarse a sociedades extranjeras y lograr las condiciones necesarias para poder escribir y publicar. Ellos tuvieron suerte, hay que recordar la cantidad inmensa de venezolanos que murieron buscando un lugar bajo el sol que les permitiera florecer su vida. 


Esperamos que disfruten de la entrada.


Atentamente


La Gerencia


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Venezuela: la literatura del caos


La descomposición política y social que atraviesa el país inspira una narrativa poderosa que, paradójicamente, solo puede publicarse y conseguirse en el extranjero




Javier Lafuente

JAVIER LAFUENTE

17 MAY. 2019 - 18:15 VET



Las calles de Caracas son, en su mayoría, escenarios de una vida que ya no es. No hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que, en muchos lugares en los que ahora se sobrevive, no hace tanto se gozó. De que la decadencia que atrapa el paisaje urbano no es sino un manto de la ostentación de un pasado próximo. Y así, el dolor, la dificultad, la descomposición, la falta de aliento se convirtieron en relato. Desde la novela, el cuento, la poesía, cada vez más autores confrontan una realidad oscura, violenta. Todos se acercan a un mundo que se vino abajo: Venezuela.


Un grupo de mujeres que emprende un club de lectura en una ciudad sin nombre sacudida por la violencia, gobernada por el Alto Mando; el miedo de una hija a que roben a su madre pese a que esta está ya enterrada; el amor entre una espía de la CIA y uno de la inteligencia cubana; un barrio caraqueño donde aparece un hombre cuyo apellido coincide con uno de los máximos exponentes de la poesía rusa, al que Stalin confinó en Siberia. Los escenarios, los personajes, las tramas son innumerables, pero los rasgos en común entre las obras que proliferan apenas varían. Ni la lejanía de los que viven fuera del país ni la cercanía de los que lo sufren son obstáculo para que la cotidianidad sea ajena a los autores. “Desde hace años, Venezuela es una emergencia permanente. No lo digo en plan metafísico. Se trata de una angustia concreta que va desde conseguir medicinas o comida hasta regresar a casa en una ciudad sin luz. Es casi imposible que todo esto no toque la escritura. Creo que, para muchos de nosotros, la realidad se ha vuelto una herida incomprensible. Tratar de escribirla es una forma de ordenar esa locura, de organizar incertidumbre y el dolor que produce”, explica Alberto Barrera Tyszka, que tiene los pies en México, donde reside desde hace años, pero a quien le cuesta despegar la cabeza de Venezuela, su país, al que está permanentemente conectado.


Desde la novela, el cuento, la poesía, cada vez más autores confrontan en sus obras la oscura realidad del país

Barrera publicó a finales del pasado año Mujeres que matan (Literatura Random House), “una novela sobre el contagio veloz e irracional de la violencia”, en palabras del autor, donde un grupo de mujeres se enfrentan a distintas formas de agresión oficial. Las páginas de Mujeres que matan ahondan en la descomposición que ya describió en Patria o muerte (Premio Tusquets 2015), y que, en cierta manera, tuvieron su preludio hace 14 años en Hugo Chávez sin uniforme. Una historia personal (DeBolsillo), escrito junto a Cristina Marcano, acaso la biografía definitiva del mandatario fallecido; el tótem de la revolución bolivariana, del denominado socialismo del siglo XXI, a quien no pocos ven como el origen de la descomposición, que se ha perpetuado con su sucesor, Nicolás Maduro, en el poder. “Todo se vino abajo en el momento en que estalló la ilusión de modernidad, que era un espejismo, y entramos en barrera en este cuento del socialismo inclusivo y soberano, que ha sido la mayor estafa de un grupo de corruptos que llegaron tarde al saqueo de la corona. Le debemos este sainete a la izquierda de los años sesenta que se quedó resentida porque se dejó pacificar con dinero. Y a unos políticos de la Cuarta [República] que no estuvieron a la altura de la deuda social que arrastraba el país”, describe el editor y periodista venezolano Sergio Dahbar.



Chávez aún vivía cuando Karina Sainz Borgo decidió dejar Venezuela, donde nació en 1982, para instalarse en Madrid hace 13 años. Antes de eso ya tenía intención de escribir sobre un país que, dice, ya no existe y al que después de lidiar durante años con el desarraigo ha escrito una suerte de carta de amor en La hija de la española (Lumen), su primera novela, uno de los fenómenos literarios del año, publicada en 22 países. “Yo no reconozco al país y el país no me reconoce a mí”, dice Sainz Borgo. La novela es el retrato de una mujer de 38 años tras la muerte de su madre, de cómo se enfrenta sola a una ciudad donde la violencia, otra vez la violencia, lo marca todo. “La destrucción ha sido tal que disolvió el relato. Para que haya una catarsis tiene que quedar por escrito”, explica la autora.


No todos los autores abarcan Venezuela desde fuera. El poeta Igor Barreto sigue viviendo en Venezuela, desde donde ha reflexionado sobre la pobreza en su apabullante El muro de Mandelshtam (Bartleby). Lejos de espantar la crisis de su país, Barreto ha tratado de aprender de ella, como un método quizás de supervivencia. “Es una circunstancia para conocer mejor al ser humano. Es imposible conocer el carácter de una persona o un país si no entra en crisis. He podido conocer mejor a Venezuela”, afirma, cuando trata de explicar lo que denomina una “relación íntima con este proceso de marginalización”. “Yo creo, siento, que tengo una gran fortuna al poseer un lugar. El lugar es el templo. Yo no me iría nunca de Venezuela porque es el lugar del que puedo hablar muy bien, donde ser testigo de las cosas que ocurren y pensar en ellas”, apostilla el poeta.


Varios venezolanos acarrean agua ante una pintada en una calle de Caracas que pregunta: “¿La normalidad es un privilegio?”. 

FEDERICO PARRA (AFP / GETTY IMAGES)


Barrera Tyszka, Sainz Borgo, Barreto, también Moisés Naím, que ha publicado Dos espías en Caracas (Ediciones B), son apenas algunos de los nombres que afloran en una lista que se termina por volver ingente. “Pienso en Victoria de Stefano, en Ana Teresa Torres, en Eduardo Liendo, Israel Centeno, Juan Carlos Méndez Guédez, en Fedosy Santaella. En gente más joven como Rodrigo Blanco, Eduardo Sánchez…, y por supuesto quedan muchísimos nombres por fuera”, aporta Barrera: “Es un proceso irremediable, en cierta forma vallejiano: “Un hombre pasa con un pan al hombro / ¿Voy a escribir, después, sobre mi doble?”.


La novedad, si así pudiera llamarse, radica en que la narrativa ha cobrado fuerza en los últimos años. Tradicionalmente no ha sido el género más aventajado si se compara con el cuento o la poesía, de mayor raigambre, con exponentes fuera y dentro de Venezuela como el eterno Rafael Cadenas. “Siempre he sentido que en el país ha habido, y hay, enormes poetas y pintores. Y que la narrativa debía esperar. Pareciera que le ha llegado el tiempo”, considera Sergio Dahbar. “Es muy difícil que surja una narrativa que no exprese lo que pasa en el país. Si lees un cuento de un joven que vive en un barrio horrible donde matan a la gente y ese joven trabaja en un canal de televisión como escenógrafo y le piden que diseñe un barrio bonito porque la televisión debe mostrar el lado chévere de Venezuela, te das cuenta de que finalmente la literatura termina por registrar el horror múltiple de esta sociedad. Pareciera que la gravedad los ha convocado. Comienzan a aparecer autores que pegan duro en el exterior con libros que tienen público y de alguna manera han encontrado la voz de la tribu. Semejante hipótesis, de confirmarse, es una gran noticia”.


Cauta a la hora de hablar de una narrativa venezolana como género en sí mismo se muestra Karina Saiz Borgo: “Antes de identificar un fenómeno necesitamos un periodo más largo, es un proceso que apenas comienza”. Un recorrido que, si depende de los acontecimientos que se suceden vertiginosamente, tiene visos de prolongarse en el tiempo, al menos hasta ver un país reconstruido.


Los grandes sellos se han ido y muchos escritores, correctores, diseñadores, traductores e impresores han emigrado

Venezuela, país cuya cotidianidad no cesa de aportar paradojas, encuentra en la literatura una de las más dolorosas. La eclosión de una narrativa poderosa coincide con un momento en el que prácticamente solo puede publicarse y conseguirse fuera de Venezuela. Dentro del país, la industria editorial casi ha desaparecido. Las grandes firmas se han ido. Muchos escritores, correctores, diseñadores, traductores, dueños de imprentas… se han ido. “Es un sentimiento extraño, de alguien que se va quedando solo en una casa donde antes había mucha gente, actividad, emoción, sana competencia, profesionalismo… Editar en Venezuela es hoy por hoy un atrevimiento, una osadía, un gesto de fe”, asegura Sergio Dahbar. No quiere que sus palabras suenen a victimización. “No es ese el caso. Pero hay algo de impresionante en la idea de que sigues aferrado a un oficio artesanal y de alguna manera prehistórico, pero que al mismo tiempo sabes que es muy valioso y que apunta a darle valor a los otros que se han quedado contigo y que están como tú luchando contra las adversidades”.


Cualquiera que llegue ahora a Caracas y pregunte por una librería será observado, probablemente, con resignación por su interlocutor, que le hablará con orgullo, eso sí, de las librerías de Sabana Grande, de que no hace tanto podía haber pasado por Suma, Alejandría, Noctua, de que las sucursales de las grandes cadenas —Nacho, Tecniciencia—, de las que ahora o no quedan nada o son actos de resistencia, se contaban por decenas. Y le dirán que ya no es cuestión de cómo costear el alquiler del local, ni de lo imposible que resulta meter libros, no ya distribuirlos. Que quién puede comprarlos. El salario mínimo de un venezolano es de 40.000 bolívares, unos siete dólares, la mitad o un tercio de lo que puede costar un libro. “Esto te habla de un aislamiento importante”, asegura Karina Sainz Borgo: “El autoritarismo, en todas las partes del mundo, achica tu mundo, te obliga a renunciar a las preguntas más complejas”.


LECTURAS



Mujeres que matan

Alberto Barreda Tyszka

Literatura Random House, 2018

240 páginas. 16 euros




La hija de la española

Lumen, 2019

Karina Sainz Borgo

224 páginas. 19,90 euros



El muro de Mandelshtam

Igor Barreto

Bartleby Editores, 2017

140 páginas. 15 euros




Dos espías en Caracas

Moisés Naím

Ediciones B, 2019

384 páginas. 19,90 euros



"Mujeres que matan" en Bibliofonías CANIEM

37 Visualizaciones desde el 5 sept de 2019 hasta la fecha de publicación de la entrada.

https://m.youtube.com/watch?v=fU5Ckb36OxQ



El Cuestionario de la Guantera: Karina Sainz Borgo

1562 visualizaciones desde el 7 dic de 2020 hasta la fecha de publicación de la entrada.

https://m.youtube.com/watch?v=rzxFeeAEeCs


IgorBarreto lee MANDELSHTAM HABLA DE RIMBAUD y CANTO LIII.

68 visualizaciones desde el  14 nov de 2017 hasta la fecha de publicación de la entrada.

https://m.youtube.com/watch?v=C2r1SGwJwmM



Dos espías en Caracas, una historia casi de ficción

207 visualizaciones desde el 20 jun de 2019 hasta la fecha de publicación de la entrada.

https://m.youtube.com/watch?v=S09VNeJwTAo






Conversaciones Sergio Dahbar

85 Vistas desde el 3 may 2021 hasta la fecha de publicación de la entrada

https://m.youtube.com/watch?v=q2C__vG3PMI&pp=ygUNU2VyZ2lvIERhaGJhcg%3D%3D





https://elpais.com/cultura/2019/05/17/babelia/1558104168_878914.html




lunes, 26 de agosto de 2024

Alberto Barrera Tyszka: Llevado por la estupidez en 1989 le di la Bienvenida al tirano Fidel Castro

 



Hay que hacerse una pregunta: ¿Quien pagó ese remitido en dos periódicos de circulación nacional?

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Bienvenido, Fidel


“Firmar el remitido de Bienvenida a Fidel, en 1989, fue un lamentable error. (…) -llevados por la efusión polarizante, por la vanidad, por la estupidez- nos hicimos cómplices de una dictadura; que resiste el peso de su propio fracaso, reinventando permanentemente su débil mentira, y demostrando que la melodramatización de la política es altamente rentable”.


ALBERTO BARRERA TYSZKA | 30 JULIO 2023

El 1 de febrero de 1989, en un desplegado a página completa del periódico El Nacional, apareció un remitido que destacaba en gran tamaño dos palabras: “Bienvenido, Fidel”. En tres días más, estaba por realizarse lo que después se llamó “La coronación”: un fastuoso y enorme evento que celebraba el comienzo de la segunda presidencia de Carlos Andrés Pérez. Se habían convocado a diversas personalidades internacionales, casi todos los mandatarios del continente habían confirmado su asistencia. La posibilidad de que también llegara Fidel Castro, sin embargo, había desatado una polémica. Existía cierta presión, en diferentes ámbitos, cuestionando su presencia en la cumbre. El remitido público era una expresión de solidaridad con el dictador cubano.


Fue un texto breve pero desbordado: “Nosotros, intelectuales y artistas venezolanos al saludar su visita a nuestro país, queremos expresarle públicamente nuestro respeto hacia lo que usted, como conductor fundamental de la Revolución Cubana, ha logrado en favor de la dignidad de su pueblo y, en consecuencia, de toda América Latina. En esta hora dramática del Continente, sólo la ceguera ideológica puede negar el lugar que ocupa el proceso que usted representa en la historia de la liberación de nuestros pueblos. Hace treinta años vino usted a Venezuela, inmediatamente después de una victoria ejemplar sobre la tiranía, la corrupción y el vasallaje. Entonces fue recibido por nuestro pueblo como solo se agasaja a un héroe que encarna y simboliza el ideal colectivo. Hoy, desde el seno de ese mismo pueblo, afirmamos que Fidel Castro, en medio de los terribles avatares que ha enfrentado la transformación social por él liderizada y de los nuevos desafíos que implica su propio avance colectivo, continúa siendo una entrañable referencia en lo hondo de nuestra esperanza, la de construir una América Latina justa, independiente y solidaria”.


El manifiesto estaba firmado por 911 intelectuales y artistas. Yo fui uno de ellos.


Nadie me pagó por hacerlo. Nadie tampoco me obligó. Nadie puso mi nombre sin consultarme. No firmé bajo engaño. Yo tenía 28 años y había publicado un libro de poemas. Fidel llevaba tres décadas en el poder y ya había dado contundentes muestras de su condición de tirano. Había encarcelado, torturado y asesinado a adversarios y disidentes; había perseguido y encarcelado a los homosexuales; buscaba suprimir cualquier tipo de diversidad. Había militarizado la sociedad y concentrado en su persona todo el poder. Había cancelado -hasta como hipótesis en el imaginario colectivo- cualquier posibilidad de alternancia gubernamental… Ya había ocurrido el famoso caso Padilla. Ya había sucedido el éxodo del Mariel, en el que por fin pudo escapar de Cuba Reinaldo Arenas. La perestroika había sacudido a la Unión Soviética el año anterior y en unos meses más, en ese mismo 1989, caería derribado el Muro de Berlín… ¿Acaso todo esto no era suficiente?, ¿qué más se necesitaba saber para negarse a firmar ese remitido?


Hay quienes todavía sostienen que, en el fondo, la invitación de Carlos Andrés Pérez respondía a una estrategia geopolítica: lograr que Fidel regresara al circuito diplomático continental y, de esta manera, poder hacer una mejor presión internacional para comenzar a flexibilizar el régimen cubano. Por supuesto que nada de esto se vio en el evento. El espectáculo fue otro.


Un elegantísimo Fidel Castro, de impecable traje y corbata, fue la sensación de la cumbre. La crónica de la época destaca que “hasta las señoras del Country Club querían tomarse fotos con él”. Como si fuera una estrella de rock, los medios de comunicación lo seguían a todos lados, a veces con infantil fascinación. Castro declaró que tanto él como su equipo de seguridad habían tenido muchas dudas sobre su asistencia, dadas las continuas amenazas que recibía y la cantidad de planes que siempre estaban en marcha para asesinarlo, pero que la lectura del manifiesto de bienvenida firmado por tantos intelectuales lo llevó a tomar la decisión de viajar a Venezuela. Formar parte del remitido, entonces, podía incluso en ese momento, ofrecer cierto prestigio, una fugaz ilusión de celebridad.


Nada de esto tenía -para los venezolanos- la dimensión de gravedad y de tragedia que tiene hoy día. El tema comenzó a ser percibido, a ser analizado y debatido, de otra manera una década después, a partir de 1999, cuando Hugo Chávez asumió la Presidencia y comenzaron los cambios, entre ellos un tipo de relación oficial muy distinta entre Venezuela y Cuba. En esos primeros años, a medida que Chávez empezaba a desmantelar el Estado y a imponer su proyecto autoritario y militarista, en el contexto de una polarización política cada vez más encendida, la sociedad también empezó a buscar explicaciones, a hacerse otras preguntas, a revisar de otra manera su propia historia. Dentro de esos análisis, el viejo remitido de 1989, y quienes lo firmamos, pasamos a ser de pronto casi cómplices y responsables directos de la destrucción del país, de la llegada del “castrochavismo” a Venezuela. 



La anécdota me sirve ahora para resaltar nítidamente las diferencias de recepción y vivencia de un mismo suceso, por una misma sociedad en dos circunstancias culturales y emocionales distintas. También es útil para despachar temprano una de las más socorridas fórmulas con las que se pretende resolver este dilema: asegurar que los intelectuales o artistas que apoyan -a veces de forma incomprensible- causas o movimientos claramente autoritarios lo hacen porque reciben un sueldo: son oportunistas tarifados, se han vendido sin pudor y sin gracia, solo son unos farsantes mercenarios. Obviamente, hay casos así. Pero esta sentencia no sirve para contestar a la interrogante central: ¿por qué un grupo de intelectuales y artistas, sin que nadie nos pagara nada, firmamos un alborozado manifiesto de adhesión pública a un impresentable tirano caribeño? La realidad -por suerte para todos- suele ser más rara y más compleja que una simple receta, que la ecuación que sostiene frecuentemente la polarización política.


Creo que, de entrada, es imprescindible cambiar la noción que tenemos de los intelectuales. Hay que dejar de pensar en esa antigua figura del intelectual que -como decía Foucault- pretendía ser “conciencia y elocuencia” de la tribu. Los intelectuales solo pueden ser percibidos así en sociedades donde nadie lee y donde no existe el debate ciudadano. Es más saludable pensar que los intelectuales son tan irracionales como todos los demás, que no siempre saben mirar y entender la realidad, que en política se equivocan con la misma frecuencia que cualquier otra persona.


El siglo XX -a partir del nazismo, del fascismo y por supuesto de la experiencia soviética- produjo agudas y luminosas reflexiones sobre la relación entre los intelectuales y el totalitarismo. Obviamente, las experiencias son distintas cuando se piensa y se actúa desde adentro, bajo la amenaza, el control y la violencia institucional, que cuando se hace desde afuera de un sistema totalitario. Si se está adentro, el tránsito entre la irremediable necesidad de sobrevivir y el disimulo oportunista que termina convertido en devoción puede ser sutil, ligero, muy eficaz. Serguéi Dovlátov, un extraordinario escritor que logró salir de la Unión Soviética gracias a Joseph Brodsky, resumen este trayecto de la siguiente manera: “Había decidido vender mi alma a Satanás y acabé regalándosela”.


El caso de los intelectuales que desde afuera genuinamente establecen una relación de fervor con este tipo de antiguas o modernas tiranías es más complejo. Este sometimiento voluntario suele justificarse por la existencia de una utopía o por el deslumbramiento ante el poder y el magnetismo de un líder. Leszek Kolakowski propone también otra característica para analizar el problema: la dualidad del intelectual entre su sentido de superioridad e independencia de pensamiento y su aislamiento y su necesidad de ser parte de una colectividad. El intelectual requiere constantemente ser reconocido, necesita demostrar que es un intelectual, legitimarse con la validación pública. No hay nada mejor para superar esta contradicción -según sostiene el académico polaco- que apoyar “la causa de los desvalidos”.


En este sentido, Cuba, al inicio, ofreció un relato muy tentador: en una pequeña isla del Caribe, los desvalidos se rebelaron en contra de un tirano apoyado por el poderoso imperio norteamericano. De inmediato, gran parte de la intelectualidad del planeta celebró y se congregó alrededor de esta ilusión revolucionaria. Y eso no estuvo mal. El problema está en lo que tardaron -tardamos, y todavía algunos tardan- en liberarse y salir de ese espejismo.


No deja de ser paradójico que sea en 1971 -ya con una década de consolidación violenta del modelo autoritario fidelista- cuando se da la primera crisis importante de buena parte de la intelectualidad del mundo con el régimen cubano. La detención del escritor Heberto Padilla y su posterior “autocrítica” -tras 38 días de prisión- marcó un referente insoslayable. Esa confesión pública -que puede verse ahora en un reciente y fascinante documental de Pavel Giroud– muestra de manera nítida lo que debe ser un artista en una revolución: Padilla renuncia a sí mismo, se avergüenza y reconoce que bajo su disfraz de “escritor rebelde” solo había un traidor, “a mí -dice- me importaba mucho más mi importancia literaria que la importancia de la revolución”; reniega de sus libros, los tacha de “derrotistas”, “amargados”, “resentidos”… acusa a algunos de sus ex amigos, denuncia a la prensa extranjera, ensalza a los soldados y a los gloriosos miembros de los cuerpos de seguridad del Estado; y -por supuesto, no faltaba más- habla del generoso líder, único y verdadero creador de la revolución: “Y no digamos las veces que he sido injusto con Fidel, de lo cual nunca realmente me cansaré de arrepentirme”. Así es el intelectual que el autoritarismo desea y tolera.


Sorprende que aun después de este caso, que supuso la crítica y el alejamiento de grandes apoyos del proceso cubano (Sartre, Calvino, Alberto Moravia, Marguerite Duras, Susan Sontag, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Vargas Llosa…), Fidel lograra todavía mantener cierto prestigio. Escritores como Gabriel García Márquez, Julio Cortázar o Augusto Monterroso, manteniendo un leve espíritu crítico en algunos momentos, siguieron siendo leales a la revolución, anclados casi siempre en el argumento emocional que se sustenta en la desigual batalla de los desvalidos que se defienden de los ricos y de los poderosos.


Esta misma narrativa es la que sostiene el relato del bloqueo y suele tener una eficacia asombrosa. Resiste el peso de su propio fracaso, reinventando permanentemente su débil mentira, y demostrando que la melodramatización de la política es altamente rentable. Todavía para mi generación fue muy difícil entender y asumir que podíamos y debíamos estar en contra del bloqueo pero también en contra de la Revolución.


Firmar el remitido de Bienvenida a Fidel, en 1989, fue un lamentable error. Y no porque eso haya tenido algún tipo de consecuencia concreta en todo lo que ocurrió después en Venezuela, sino porque -llevados por la efusión polarizante, por la vanidad, por la estupidez- nos hicimos cómplices de una dictadura. Atendimos el espejismo de un lenguaje y obviamos el horror de los hechos. Todo esto es cierto. Pero, como contraparte, también es cierto que el dilema entre la tragedia de la realidad y las alternativas para transformarla sigue sin resolverse. Para nosotros, la esperanza sigue siendo un enorme problema político. 


En una mesa redonda, a propósito del “destino de los intelectuales”, realizada en Nueva York en 1985, George Steiner dijo lo siguiente: “Creo que desde hace tiempo, desde la Revolución Bolchevique, se ha desatado un movimiento de esperanza entre los intelectuales, se han abierto numerosas ventanas a la esperanza: varias de ellas se debieron a esa Revolución, otras a la Primavera de Praga y el régimen de Dubcek, y otras más a Cuba y al Chile de Allende. A posteriori es muy fácil decir que, en cada ocasión, uno fue rematadamente estúpido y que era previsible que todo acabara en catástrofe, tiranía y corrupción (…) Lo que ahora me interesa es saber qué pasará con la propia naturaleza del pensamiento, con la epistemología del pensamiento, si no abrimos más ventanas”. Casi cuatro décadas después, cercados por la polarización, encerrados en tiempos de corrección política y cancelaciones, estas dudas siguen teniendo una pertinencia impresionante. Steiner proponía un ejemplo fabuloso: “Supongan ustedes que un estudiante se presenta a cualquiera de nosotros, como ya ha sucedido, y nos dice ahora: Han enterrado a gente viva en San Salvador. Ya no puedo soportarlo. Soy un ser humano y debo hacer algo (…) Díganme ustedes qué harían si alguien les dijera: Sé que de unirme yo a la izquierda todo acabará, si ganamos, en brutalidades estalinistas de la peor especie; y que de unirme a la derecha el resultado será un coronel fascista más, o un generalísimo, o cualquier otra cosa por el estilo. No tiene caso hacer nada, ¿verdad?, ¿responderían acaso que estamos obligados, para madurar, a aceptar el principio freudiano de la realidad?, ¿qué no hay elección posible porque, gane la izquierda o la derecha, todo acabará sin remedio en atrocidad?”.


Nada de esto justifica el remitido que firmé dándole la bienvenida a un tirano. Intento, si acaso, complejizar ese momento, no excusarlo. Pienso en él con la distancia de los años y con la evidencia de un presente sin desenlaces posibles, en un país donde lo que más escasea es la ilusión. ¿Qué podemos hacer entonces con la indignación, con las genuinas y desesperadas ansias de cambio?, ¿dónde ponemos la esperanza?



Tomado de La Gran Aldea


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Alberto Barrera TyszkaEscritor, poeta y guionista

Estudió Letras en la Universidad Central de Venezuela. Después de trabajar en agencias de publicidad y periódicos, terminó escribiendo guiones para la televisión. Ha publicado novelas, cuentos, poemarios y libros de no ficción. Es coautor, junto a Cristina Marcano, de Hugo Chávez sin uniforme, primera biografía del líder venezolano. Ha ganado el Premio Herralde de novela (2006) y el Premio Tusquets de novela (2015). Su libros están traducidos a varios idiomas. Es colaborador de El País y de Letras Libres, columnista de The New York Times en español y del portal Prodavinci. Vive entre México y Venezuela.


https://premioggm.org/persona/alberto-barrera-tyszka/


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martes, 25 de septiembre de 2018

Los Náufragos Venezolanos




Estimados Liponautas

Hoy compartimos con ustedes esta nota redactada por el escritor venezolano ALBERTO BARRERA TYSZKA y que les servirá para entender mejor la situación que se vive en Venezuela.

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Los náufragos de la revolución


 26 de agosto de 2018



Una venezolana aguarda frente a una oficina de migración de Colombia el 20 de agosto de 2018.
CreditLuis Robayo/Agence France-Presse — Getty Images

CIUDAD DE MÉXICO — Las imágenes se multiplican con aterradora velocidad. Cada día hay un reportaje nuevo, con distintos y difíciles testimonios. La tragedia ha dejado de ser solo venezolana. A cada momento, con cada paso, sus límites se extienden. ¿Cuántos kilómetros hay que caminar para llegar desde Venezuela a Colombia, a Ecuador o a Perú

¿Cuánta desesperación hay que tener para emprender un viaje de ese tipo?


Según la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR), el actual éxodo venezolano es uno de los movimientos masivos de población más grandes en la historia de América Latina. ¿A dónde fue el famoso Plan de La Patria, ideado por Hugo Chávez, que anunciaba que en 2019 Venezuela debía ser una gran potencia económica? Lo que antes parecía un sueño pintoresco del país más rico de la región ahora parece una epidemia amenazante. Durante muchos años, la llamada Revolución bolivariana hizo diplomacia con la billetera. Repartió dinero y negocios sucios por la región. Ahora los hijos de Bolívar no exportan dólares sino miseria. Ambos fenómenos, la corrupción y el éxodo masivo, están relacionados y no se pueden analizar de manera aislada. Son flujos distintos pero forman parte de un mismo viaje.


Se trata de un avasallante flujo migratorio que introduce nuevas variables de todo tipo, desde económicas hasta sanitarias y culturales, y produce cambios fundamentales en la ya frágil y compleja realidad latinoamericana. Basta un dato como ejemplo: el porcentaje de venezolanos que asisten a los centros médicos del estado fronterizo de Roraima, en Brasil, ha aumentado de 700 en 2014 a 50.000 en 2017. En los primeros tres meses de este año, ya se había atendido a 45.000. El problema ha alcanzado tal dimensión que ya no se trata solo de un asunto de solidaridad sino de capacidad. Los países vecinos han apoyado de manera generosa a los inmigrantes, pero cada vez tendrán menos posibilidades de ayudar sin ponerse ellos mismos en riesgo, sin terminar, de algún modo, afectados por la crisis.Las recientes decisiones de los gobiernos de Ecuador y Perú, intentando regularizar el tránsito de venezolanos por sus fronteras, así como los brotes de xenofobia que ocurrieron en Pacaraima en Brasil, encienden focos de preocupación pero también confirman que la región comienza a vivir las consecuencias de una crisis para la que no estaba preparada.


Contextos de este tipo son fértiles para el surgimiento de la intolerancia y de la xenofobia. Ya se sabe: no es fácil ser inmigrante, menos aun para los venezolanos, quienes en general no habíamos tenido nunca esa experiencia. Nuestra idiosincrasia, más bien, acostumbró a nuestros vecinos a vernos como un país lleno de riquezas y oportunidades, dispuesto siempre a recibir a extranjeros. Estamos aprendiendo, de manera vertiginosa y abrupta, a ser otros. Y con frecuencia nos equivocamos. Todavía no hemos digerido bien que venimos de una fantasía que se ha hecho pedazos. Hay que ponderar también que no es fácil recibir un desembarco multitudinario de extranjeros de forma repentina. Se calcula que en la primera semana de agosto entraron diariamente a Ecuador más de 4000 venezolanos. Es una suma inmanejable. Una nueva emergencia para cualquier gobierno de la región.


El 21 de agosto de 2018, un vendedor de fruta en Caracas muestra una moneda de un bolívar soberano, que equivale a los cien billetes de mil bolívares que sostiene en la mano izquierda. CreditMeridith Kohut para The New York Times

Pero los náufragos de la Revolución bolivariana no están a la deriva por decisión propia. Fueron expulsados. Arrojados al mapa continental por un gobierno inescrupuloso que prefiere trasladar la crisis a sus vecinos antes que asumir sus responsabilidades. Los inmigrantes son víctimas no solo de una política equivocada, sino también de una élite que se ha enriquecido a costa de empobrecer al país, una élite corrupta que blanquea el dinero de la nación en diferentes lugares del mundo.

El gobierno venezolano ha rechazado cualquier intento de apoyo o de presión de la comunidad internacional. Su arrogancia y su crueldad han sido criminales. Basta recordar que, apenas hace un año, la hoy vicepresidenta Delcy Rodríguez aseguraba que “en Venezuela no hay hambre, en Venezuela hay voluntad. Aquí no hay crisis humanitaria, aquí hay amor”. Y también, un año antes, en la asamblea de la Organización de los Estados Americanos (OEA), ella misma aseguró, “con total responsabilidad”, que en el país no había “crisis humanitaria”. El chavismo ha pasado años negando tercamente la realidad. Incluso la ha frivolizado. En medio de estadísticas salvajes de desnutrición y muerte, Nicolás Maduro se atrevió a bromear : “La dieta de Maduro te pone duro sin necesidad de viagra” dijo, jocosamente, en un acto público en 2016. Vistas desde hoy, todas esas declaraciones resultan todavía más groseras y brutales. Nada ha cambiado. Maduro hoy se burla de quienes salen a trabajar en el exterior limpiando pocetas (inodoros). Es un discurso que se enuncia desde la riqueza, desde aquel que considera que servir a otros es humillante. Así como banalizó el hambre, así también ahora trivializa la migración. La comunidad internacional tiene que establecer una relación más directa entre la migración y la corrupción. Así como los países necesitan regular la entrada de extranjeros y proponen requisitos y exigen papeles, de la misma manera deberían comportarse frente a los capitales. Las naciones le piden más documentos a los refugiados que a los dólares. Son más estrictos con las víctimas que con sus verdugos. Aunque ya se han dado pasos, tal vez sea necesario realizar un organizada y definitiva búsqueda de todo el dinero saqueado a Venezuela durante estos años. Esta semana, ante un tribunal de Miami, el banquero Matthias Krull aceptó haber lavado 1200 millones de dólares para compañías dirigidas por el Estado venezolano. Esa solo es la pequeña punta de un inmenso iceberg. La ONU ha advertido esta semana que se trata de la mayor crisis del hemisferio y que corre el riesgo de salirse de control. Promover la solidaridad y la tolerancia y desactivar la xenofobia son tareas urgentes. Pero también es necesario seguir presionando al gobierno en Venezuela y actuar de maneras más decisivas en contra de la migración de capitales, en contra de quienes, en buena medida, desde la gestión pública y desde la empresa privada, son también culpables del naufragio.


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Alberto Barrera Tyszka es escritor y colaborador regular de The New York Times en Español. Su novela más reciente es “Patria o muerte”.


Tomado de New York Times