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lunes, 4 de agosto de 2025

El Autorretrato de Reynaldo Pérez Só y su tardío homenaje

 


Autorretrato de Reynaldo Pérez Só


Estimados Liponautas

Reynaldo Pérez Só, el poeta y amigo, falleció el 30 de julio de 2023. 

El pasado viernes primero de agosto a las 10:00 de la mañana en la Galería Universitaria Braulio Salazar, ubicada en la plaza Prebo de  Valencia; se le rindió un tardío homenaje.



El evento fue organizado por la Dirección Central de Cultura de la Universidad de Carabobo, a través del Área Funcional de Artes Literarias ( que galimatías pesuvista... antes  solo era la Dirección de Cultura y el Departamento de Literatura).




Hay homenajes que tienen sabor a PVC... ¿o será PCV?


Nosotros preferimos hacerle algo simple y un poco más duradero... y silenciosamente contundente.




Compartiremos con todos ustedes unos de sus textos, su Autorretrato. Así podrán leer sus palabras sin intermediario y podrán sazonarlas con su propia emoción. Y escucharán sus versos emitidos por su boca propia... todo esto en una plataforma libre y abierta. Ninguno de ustedes tiene que afiliarse o descargar alguna aplicación para disfrutar de este blog.


Disfruten de la entrada, nosotros tomaremos café acompañando a una Silla en el trabajo mientras la mirada cabalga libre a Caballo...


Atentamente


La Gerencia


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AUTORRETRATO


Reynaldo Pérez Só


Hay ciertas cosas que permanecen en mí desde hace mucho, otras se sujetan a la variación de los tiempos, las circunstancias. Cambio por que todo va cambiando, desde mi cuerpo, la ciudad, las personas, por eso es que la nostalgia nunca ha tenido en mí fuerza, esa gravedad tan querida a no pocos escritores, poetas del pretérito que nunca sus pies tocaron la tierra. No me la he permitido, aun que los recuerdos, la memoria llena de paisajes sean tan seductores para el sueño.


Pero para mi manera de ver mi propia escritura, la poesía, hoy en día, lo ido, ido está y se hace rémora, estorbo en el proceso de vivir y crear poemas más o menos aceptables a mi primera lectura. Esta apreciación se ha venido haciendo tras el esfuerzo consciente de que toda realidad es factible sólo cuando ella es de por sí real, no producto de la imaginación o la memoria, que tampoco, en el presente es real. De esta forma, trato de que el poema esté en contacto, palpable, casi fotográfico con lo que me toca vivir, sin inventar absolutamente nada que no haya sido visto, oído, tocado: sólo las percepcio nes, y éstas deben estar ligadas al asunto real del poema. De aquí que el pasado sea un punto de referencia, únicamente eso. Referencia para sostenerme en mi presente y reconocer los cambios que deba obrar como consecuencia de lo que una vez fue se actual o para explicarme mi situación.


Teófilo Tortolero. Fotografía de Héctor López Orihuela. Tomada de la Revista Auditorio Nº1. 1991


Soy demasiado crédulo, diría. He creído en los políticos y los he seguido alguna vez, para darme cuenta luego, tras pagar con mi sufrimiento personal, que ellos obedecen a categorías bien lejanas a las metas de cualquier hombre normal, verdadero. La inversión de los valores es la ética practicada. Muchas veces esa obediencia la he encontrado entre los poetas, pero a pesar de todo, no pude renunciar a la escritura como fuera con la política incipiente. La poesía, me enseñó el más auténtico de los poetas de mi adolescencia, Teófilo Tortoleroestá en otro país, en la tierra que no pueden pisar los pillos de la palabra, ella es evasiva, cobra caro y de cualquier forma cobra. Quise seguir, de este modo, la otra obediencia o la contraobediencia, afirmar  el espacio en que creo, aunque las reacciones no se han hecho esperar al  exponer mis opiniones, hacerme responsable y no ceder al uso y abuso de la palabra con fines bien vergonzosos de puestos administrativos, burocracia, poder.


José Barroeta. Fotografía de Héctor López Orihuela


Y de nuevo, no es la poesía, son los políticos disfrazados de poetas con igual dirección, la misma solemnidad, parecidos hallazgos. Después, sin embargo, de temporadas de silencio me obligo a regresar, así se mantenga en mí el desprecio por los escribidores de poemas, fabricadores de estupideces líricas que me sirven, gracias a Dios, de ejemplos instructivos de lo que no debería ser mi conducta, el espejo necesario. No combatirlos, sino erradicarlos de mi escritura, una luz negra que indica dónde se inicia el abismo, la mentira, la muerte. Descubrir los casi siempre me es doloroso, pues en al gún momento pretendieron engañar y en un principio, sea por inexperiencia o juventud, nos embaucaron como charlatanes que son que viven de los incautos, en este caso la ingenuidad del poeta joven.

Juan Liscano en 1980


De los escritores, los queridos poetas venezolanos, a quienes les debo, sea por la escritura o por sus formas de vida es tán las palabras, las historias, la mano extendida de Teófilo Tortolero, con sus poemas con olor a humedad en casa vieja y su aroma alquitrana dode las conchas de naranja. José Barroeta fuera de sí, añadiendo pucheros en los versos, tormentas entre bosques. Juan Liscano sobre una hamaca llena de olor a mar, algas verdes cubriendo el cuerpo amoroso de una mujer, siempre salpicada por las aguas. Recuerdo a Ramón Palomares encontrado entre libros viejos, nadie lo mencionaba, y fue hallarme en los sabores de infancia a musgo de piedra, perfume de yerba recién cortada. Rafael Cadenas en sus Falsas Maniobras de cuartos, viajero en blanco entre canales, meandros, de un manglar detenido contra una pantalla también blanca. Ana Enriqueta Terán, catedrales, laberintos, rellenos de esculturas en paredes antiguas. Vicente Gerbasi, verde, oloroso a hojarasca y selva, entre sombras de palabras con puntos de sol. Tantos otros, que se mezclan a las lecturas tradicionales de poetas brasileros, italianos, portugueses, franceses, catalanes, ingleses, americanos. Todavía me tocan los versos en gallego de Rosalía de Castro, Camões, Francisco de Asís, Juan de la Cruz, Garcilaso, Shakespeare, Tu Fu, Bashó, Li Po, Yehudah Ha-Levi, Shelomó Ibn Gabirol...


Estación Alemana (actualmente el parque Humboltd o plaza de los enanitos), en San BlasValencia

Me crié entre montes y quebradas, un pueblo llamado Antímano donde pasaba un tren lento todos los días, el mismo tren que llegaba a la Estación Alemana (actualmente el parque Humboltd o plaza de los enanitos), en Valencia


Visita al Parque Humboldt y Parque de los Enanitos en Valencia, Venezuela
7849 visualizaciones 17 oct 2011


Muy cerca estaba Carapita con sus cabras en rebaño, sus matas de jobo, semeruca, mangos, aguacates y hacia arriba la acequia, misteriosa, siempre llena de agua. También fue la Hacienda de Mamera que me permitió recorrerla entre naranjos, nidos infinitos de colibríes que parecían irreales, pequeños, muy pequeños. Ahí me descubría solo, entre asustado por las serpientes y fascinado por los montes, los frutales, los animales. Luego, viene Tocuyito que hace expresar al poeta, las vacadas, los caballos, el viejo cementerio, las colinas resecas del verano, los olores a cañaveral, los inmensos naranjales, los hornos de tabaco, el lento Torito torciéndose entre guafas y pomarrosas, las lluvias interminables y sus olores a secano, los coloridos mereyes que cambian en invierno, pero antes, las terribles y monótonas cocoas y chicharras quebrando el cielo con su canto. Luego el asfixiante vaho a moho y mangos podridos. De todo esto nace mi respeto al entorno natural, su influencia necesaria en el poema, el silencio atrapado de los bosques, la soledad llena de sol durante los medio días. El es todavía en mí, no un refugio o santuario, sino un espacio vivo en que encuentro a Reynaldo tal como es, una parte más de la creación, natural, vivo, simple. Quizá de aquí venga mi alegría de tener en la casa un gallo que canta, una gallina asustadiza que se envalentona porque atrapa una cucaracha y va de un rincón al otro del patio, orgullosa de su presa, como que su público la estuviese observando, aplaudiendo.

Debe ser cosa genética lo de los idiomas. No me gusta leer poesía sino en su lengua, pues los traductores generalmente son malos poetas y me veo obligado a leer su deficiente poesía, o un poema, aunque excelente, del traductor. Aprendí portugués en 1967 para acercarme a la poesía galaico-portuguesa y a Fernando Pessoa, leído en su totalidad gracias a la Editorial Atica que me hizo llegar a Tocuyito una caja completa de libros del poeta y la obra de Mário de Sá-Carneiro. Esa fue mi curiosidad, luego sigo con las lenguas latinas, el inglés, el alemán, esperanto, japo nés... poder leer, aunque sea con dificultad, un texto en su original vale más que toda la obra traducida. Por otra parte, esas lenguas mantienen un misterio, resonancias que me han podido permitir en castellano descubrimientos, darle a éste el sitio que se merece, sobre todo en mis primeros libros y en Reclamo. Lástima que me sean tan difícil aprenderlas. Sin embargo, estoy seguro, que al poeta leído le hubiese gustado que se le acercara uno con la lengua que lo vio crecer y morir.

Vicente Gerbasi


No he perdido el asombro que me despierta la vida, un milagro continuo y cotidiano. La Creación la siento en todo, en lo bueno y lo malo, por eso acepto los cambios en las personas, los crímenes contra el hombre y la misma naturaleza, la bondad sin retribución, la maldad gratuita. Hago lo que puedo, pero sé de mis límites y reconozco que el libre albedrío de los otros les es propio con sus responsabilidades. Dios no deja nada al azar y permite al hombre incluso la libertad de dañar y dañarse, lo otro es patrimonio del hombre con sus consecuencias. Trato de encontrarme con la vida en el sentido optimista, al menos ante la vida que me toca, de poder hacer, voluntariamente, pero lo que trabajo pertenece a la libertad de buscar ser yo, yo mismo.

Reynaldo Pérez So en París. 1968. Fotografía de Orlando Aponte.


Si me equivoco, empiezo la corrección, por que también existe el arrepentimiento, el perdón, pero por sobre todo, mi propio perdón, pues lo que toca a Dios él lo perdona.




Un sentido religioso hizo que mi poesía des de el primer libro estuviese impregnada de Dios. Sentía que él estaba en la gente, las cosas, los ríos, la mar y los árboles. Hay un poema en Para Morirnos de Otro Sueño que se inicia con una visión a un lado del río Sena, presa de no sé qué cosa, a solas sentí una fuerza despertarse frente a mí, como un ruido y fuego, ahí estaban todos los ríos, todos los tiempos, y la presencia me acompañó hacia el viejo apartamento de Abilio Padrón, el pintor, con una paz extraña, solidaria, como si las cosas no fueran importantes y que mi pequeñez o lo que sintiese estaban en segundo lugar. Pero mi vida religiosa no es el poema, es éste el que brota de esos intentos, los rastros dejados sobre el papel. Hubo tiempos en que sentí que Dios se había alejado de mí, en los primeros años de mi adolescencia, luego debí pasar por el panteísmo, las seducciones de la filosofía oriental, el mundo esotérico.


Pero la Biblia, el Pentateuco, el Libro de Job, El Cantar de los Cantares y Los Proverbios nunca se me apartaron. Hasta que puse orden en mi sitio. Dios no se manifiesta sino mediante la búsqueda activa, personal aunada a un conjunto de seres, hombres, involucrados con su sentido histórico, las tradiciones, los rituales y sobre todo el temor a Dios, el respeto a los padres, el agradecimiento de que se pueda aceptar una voluntad superior a la mía, en lo pequeño y lo grande. Cada día se hace nuevo, bien diferente, se vuelve un regalo, incondicional.


Abilio Padrón

¿Cómo poder pasar un tiempo sin juzgar? ¿Cómo poder aceptar a los otros, con sus defectos, con sus límites? Nada se me hace fácil y este debe ser el propósito, me digo. De este modo voy tratando con lentitud en el tiempo, limando, puliendo, lijando. De pronto tengo la impresión de que el mundo se detiene, que la intención de lograr algún conocimiento es imposible, me doy cuenta, entro en razón de lo pasajero, que la imaginación me está jugando una mala pasada. Recurro desde adentro hacia afuera, quizá me ayude una oración, un cambio de mirada, un estado de aceptación plena, no importa si he llegado a mi máxima capacidad y que desde este sitio sea poco lo que pueda lograr, si se logra. Es entonces cuando de nuevo, partiendo de esta misma imposibilidad que lo posible llegue.


Parece no importarme las opiniones ajenas, cuando estoy seguro, o al menos así lo siento, de que lo que hago, mi conducta sea justa, desde un punto de vista superior, es decir de algo por encima de mí.


Unas veces es una cierta ética, pero más bien es una respuesta de lo encontrado en la moral, ajustada a las palabras de la tradición familiar. Debido a esto nunca he expoliado, ni siquiera al lec tor, he tratado de dar lo que tengo. No soporto el engaño, la traición , las palabras hueras de la poesía que parecen ser y no son, de los poetas que han cimentado su conducta en la fiesta al bufón de turno, la retórica sinónimo de muer te. Tampoco soporto la posibilidad de que me pueda ocurrir. Tal vez por esto me mantengo en guardia. Y nada nuevo es, recuerdo la distancia que mantuve entrando a la adolescen cia, cuando estudiaba en el Luis Razzetti en La Quebradita, durante 

Reynaldo Pérez Só en Barcelona, España 1969. Foto: José Abreu.


dos años no hablé con nadie, no jugué con nadie, sólo lo necesario. Para entonces existían cosas verdaderamente como los árboles, animales, objetos y tantas otras. En la otra banda estaban el mundo hostil, su violencia en los profesores, los alumnos que los secundaban, pero yo tenía los cerros aún vírgenes de Catia, las es ca pa das, solo con mis perros, al Ávila, las salidas semanales para su mer gir me, bucear en Las Salinas, en Arrecife. Hoy quizá no los tenga, pero voy aprendiendo mundos nuevos de un Reynaldo que construyo y me cuesta, más estúpido que inteligente, más emotivo que estúpido, más ingenuo que vivo. Pero con todo me acompaño, cuando no puedo y no veo salidas, hago lo que hace cualquier persona que sabe de sus imposibilidades: pide ayuda. Nunca se me ha negado.

Adhely Rivero, Carlos Osorio y Reynaldo Perez Só frente al departamento de Literatura, el "bunker". Fotografía de José Antonio Rosales(coloreada). 

Imagen tomada de la revista Laberinto de Papel.


Vivo cotidianamente con la presencia de la muerte, no con terror,  pero sí como norte para que la vida tome el lugar exacto: estar con ella, agradecerla, dar lo poco que pueda dar, cuidarla. No de tenerme sino el tiempo necesario, abandonar las rémoras, no asumir el futuro si mi presente no lo resuelve. Evitar que el sueño haga de mí su campo de batalla, sin que permita relacionarme a la vida.



Desconfío de los halagos, frente a ellos, inmediatamente, pongo una coraza. La comunicación se rompe y opto por el silencio. Sospecho del lenguaje florido, la frase preñada de adjetivos y vocablos en estado de diccionario, veo falsedad cuando el apoyo a la persona se logra en base a referencias europeas, frases de moda o atiborramiento de nombres aceptables en el arte y la poesía. Mi silencio a veces se rompe con la ironía o el sarcasmo explosivo, es quizá un gran defecto, por eso para evitarlo, procedo por alejarme, irme adon de me sienta con bien, natural o reunirme con gente que no padezca de la enferme dad del intelecto. Oja lá pu die se so por tar los como se acepta y se oye al enfermo. Parecido efecto tiene en mí cuando se habla de religión boca para afuera, externamente.



El sentido de mi vida está en buscar el sentido de ésta. Me equivoco: no regreso. Miro hacia los lados, me vuelco de afuera para adentro, cumplo con el mismo movimiento al contrario. Sigo, no me detengo en el sufrimiento, de cualquier forma, el mal no tiene mal aspecto y por ahí no es, trato de saltar por encima, en contra corriente.



Sospecho que a Dios no le interesan las almas fáciles, las que son devueltas intactas o con hipotecas, y por mi parte, tampoco. Divido el tiempo en días, y a estos desde el despertar al dormir. Lo tengo como entrega y apertura, como en señanza y aprendizaje. Procuro dar, servir a lo superior al hombre, recibir sin miramientos, sin cuestionamientos. Si surge la poesía, es asunto de Dios, lo demás no interesa. Si pido cosas son como ser un hombre, un hombre bueno y cuesta su trabajo pareciera decirme Dios. Entonces, tomo café y callado me voy caminando a mi trabajo.

 

Valencia, mayo, l997





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El texto Autorretrato de Reynaldo Pérez Só, apareció publicado en el Papel Literario del diario El Nacional en junio de 1997.


Para morirnos de otro sueño
Reynaldo Pérez Só
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Reynaldo Pérez Só (Venezuela)
1261 Visualizaciones desde el 11 jul de 2011 hasta la fecha de publicación de esta entrada.


Homenaje a Reynaldo Pérez Só (8vo Festival Mundial de Poesía 2011)
71 visualizaciones  desde el 28 ago 2013





Comentarios sobre el homenaje a Reynaldo Pérez So



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Reynaldo Pérez Só. Caracas, 1945 – Valencia, 2023. Poeta, ensayista, traductor, editor, profesor y médico. Se desempeñó como Jefe del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la Universidad de Carabobo. Fue co-fundador de la revista Poesía, la cual dirigió durante varios años. Entre sus libros de poesía destacan: Para morirnos de otro sueño (1971); Tanmatra (1972); Nuevos poemas (1975); 25 Poemas (1982); Matadero (1986); Reclamo (1992); Px (1996); Solonbra (1998) y Rosae rosarum (2011). Su vida y su trayectoria literaria fueron reconocidas por el Festival Mundial de Poesía de Venezuela y el Encuentro Internacional POESIA Universidad de Carabobo. Pérez Só es Premio Nacional de Literatura (2019 – 2020).


Tomado de la Revista Poesía.




viernes, 28 de diciembre de 2018

"EL NERVIO POÉTICO" O LA CARNE VIVA DE LA PALABRA






Ricardo Ramírez Requena



La obra de Alberto Hernández es ya ampliamente conocida. Aun así, necesitamos una recopilación de sus artículos y reseñas, una reedición de sus ensayos y en especial una antología seria de su poesía. Sabemos de sus andanzas por Caracas: sus estadías en El Paraíso y sus caminatas hasta Sabana Grande. De sus estudios de posgrado en la Universidad Simón Bolívar y de un tiempo en España. Ha ganado premios y ha sido publicado afuera. También ha sido traducido. Como vemos, ha hecho su labor y los años han dejado obra que leer en el camino. No sé qué más puede pedir un escritor. Su labor se ha realizado en los valles centrales de Venezuela, en donde se ha movido con diligencias entre Maracay y Valencia, y también Caracas. Alberto, como Montejo, pareciera ser un nativo de la antigua provincia de Caracas, más que de los Estados y divisiones ya republicanas. 

Muchos pueden pensar que el premio Anual Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana, ya termina de consagrarlo como escritor. En Venezuela debemos tener cuidado con la manera con que vemos los premios, en especial luego de los sesenta años. Son el destino de mármol de los escritores en estos parajes. Son un final, un capítulo que se cierra. Un acto floral con retreta de despedida. En el caso de Alberto, como en algunos otros, es bueno recordar que este premio es un reconocimiento a una obra singular en su currículum. Una que muestra, más que su consagración, su maestría. Pueden sonar similares, pero no lo son. Son diferentes. 

Una obra que muestre la maestría de un escritor es aquella que concentra más que su atención. Es aquella con la que paga una deuda, aligera, pesos, sostiene pesares. Una obra necesaria para vivir y, ante todo, para continuar escribiendo. Alberto lo hace a diario, de manera constante, parpadeando poco. Escribir es su café de la mañana, su guayoyo de la noche. No hay consagración en él, porque los poetas, a diferencia quizás de los novelistas, no se consagran con una obra, sino con la labor de muchos años. 

Hoy estamos aquí para atestiguar maestría: aquella presente en Alberto Hernández. 

Alberto Hernández. Fotografia de Alberto H Cobo.

En Venezuela hay un arte de la presentación de libros. Este arte nos enseña varias cosas: el texto leído debe invitar a la lectura de la obra que se presenta, no ha recordar las palabras que lo presentan; el presentador debe ejercer el don de la invisibilidad: que brille la obra de la que se va a hablar, incluso más que el autor. Y por último, que no atormente al lector, a quien escucha las palabras, en especial si está de pie. Seré breve. 

Un joven Eugenio Montejo (Caracas,19 de octubre de 1938 - Valencia, 5 de junio de 2008). Fotografía de Héctor López Orihuela

El nervio poético es una propuesta narrativa que trasciende la idea de una novela. Es un conjunto narrativo, donde la prosa y la meditación poética destacan sobremanera. Es un homenaje a Eugenio Montejo y a Pepe Barroeta, pero no desde una perspectiva biográfica: no son memorias, ni recuerdos, ni nostalgias de un poeta que recuerda tiempos hermosos con sus amigos. Alberto Hernández quiere ir a la profundidad del poema, y mostrarnos sin piel la carne de la poesía. Acomete un viaje a través de tiempos y lugares, en donde nos muestra los habitantes del país poético: los dos poetas mencionados, y aquellos que los rodean: Luis Camilo Guevara, Adriano González León, Diómedes Cordero, Caupolicán Ovalles, Rafael Cadenas, Vicente Gerbasi, por mencionar algunos, pero también los fantasmas de muchos poetas: José Antonio Ramos Sucre, Fernando Pessoa y sus heterónimos, en diálogo con Montejo y los suyos, Lautremont. Y los mismos poetas muertos que reciben homenaje: Pepe y Eugenio. Va abriendo el texto como un calidoscopio y haciendo zoom a cada persona, situación o lugar que menciona a través de la obra. No sobran las palabras en este libro: como un poema, están las que deben estar. Van al poeta en cuestión: Montejo, por ejemplo. De ahí, a los lugares que recorrió. De ahí, a sus heterónimos. De ahí, a sus propios poemas. Abre una puerta que abre una puerta que abre una puerta. 

José Barroeta. Fotografía de Héctor López Orihuela



Son lúcidas sus reflexiones constantes a través del libro. Indaga y abre la carne del poema. Por ejemplo:

El pensamiento poético arrastra mucho polvo viejo. Ya las metáforas existían antes de que el mundo apareciera como tal. Una esfera brillante, el ojo del universo: la mirada de Dios y todos los secretos que guarda aún en estos tiempos de tantísimos libros, unos legibles, otros insoportables, como éste, que no es libro y que es insoportable.

Es ese polvo viejo el que inunda cada página de este libro. Memoria, antigüedad. Como las muñecas de Reverón, la poesía es de temer. Es prima hermana de Las Parcas. Sabe lo que los dioses no quieren que sepamos. Y se calla lo que ellos quieren que sepamos. 

Reverón con muñecas. Fotografía de Victoriano de los Ríos, 1949-1954. Colección Fundación Museos Nacionales, Caracas.

Como postales, el libro va contándonos situaciones, épocas, poemas haciéndose. El nervio poético es eso: nos va contando, a través de flashes, de imágenes, cómo es que la poesía se va quitando la ropa sin apurarse. En Mérida, en Valencia. Nos muestra, en el lenguaje de los poetas, como una taquicardia va realizándose. En Caracas, en Puerto Malo. Nos va enseñando como se avanza hacia el morir y de nosotros, qué sobrevive. Ese hueso final. Lo que lo hace literatura, narración, prosa, es el encuentro del cuchillo con el nervio y el salto en nosotros: así es que se hace el poema. 

En el nervio poético leemos también un país, el que nos muestra la poesía. También el país de la enfermedad y el país de la muerte. Leeré tres extractos, que conectan estas ideas que señalo. 

Las paredes son el sarampión de las horas pico. El legado, el legado de un gigante, musitan unas señoras. Viva la gripe aviar, añade un loco egresado de una escuela capitalina. Me mordió un alacrán, chilla una muchachita linda y bella que no usa zapatillas. El país se pudre. La nariz de la vaca se abre y respira el asco de los asistentes. Una música de putas y cabrones viene de la miseria de un cubano que baila en pantaletas. Unas viejas gordas y de tetas colgantes corren para competir en las olimpíadas o en el Miss Venezuela. La res se queda en esqueleto. Las paredes se pudren. El país se pudre. Desde 1960 hasta 2014: el poema defeca, llora, el poema no puede ir al baño. El poema mira el fondo de la letrina. El poema quiere lanzarse a la letrina. El poema ladra como un gato. Una paloma de la paz gruñe como una tortuga. 

El país existe en toda la miseria de la carne podrida.

Acá podemos leer un lenguaje muy presente en la literatura venezolana de los años sesenta a los ochenta. Un lenguaje entre Bacon y Hopper

El segundo extracto, gira alrededor de la enfermedad: 

El cáncer y la poesía simbolizan la totalidad: vida o muerte. 

Se muere de cáncer. Se muere de poesía. Se muere en el cáncer. Se muere en la poesía. No obstante, las palabras se hacen portadoras de su extensión en el tiempo: la eternidad no aparece en vano. Se es eterno en la medida en que se es borrado. Se es eterno en la medida en que la memoria reconstruye el olvido. 

- Nadie muere de cáncer. Se muere de impaciencia, ha dicho un oncólogo dedicado a revelar los secretos de la poesía. 

La poesía recupera el todo y lo hace visible.

El tercero, es lo profético en la poesía, y el mandato de la poesía, en la voz de Pepe Barroeta:

Escucha, recuerda la profecía: Mira tu país, quémalo, arrásalo como sólo tú sabes hacerlo. Pon tus ojos a la disposición de la muerte; no olvides que la herida es lo único real. No olvides mis palabras que por ti se marchan del mundo de los desmesurados, del territorio de los grandes hacedores del fuego y que retornarán avanecidas y desgastadas por la molicie. Escucha siempre el ruido que dejó mi locura sobre las calles; atiende a esos silbos que brotaban de un hombre cuyo espíritu había crecido a punto de volcán. 

Vive de forma que los muertos de infancia se sobrecojan. Vive, pero mira tu país, quémalo, arrásalo con los ojos.

La vida, la tierra, la enfermedad, la muerte. Este libro de Alberto Hernández, no existe para brindarnos sosiego. Nos da las palabras para avanzar a través de la oscuridad. Y nos brinda lucidez y belleza. No mucho más. Pero, ¿querríamos algo más?

Los invito a leer esta obra, justamente galardonada por el jurado del Premio Anual Transgenérico.

Pienso que es un libro que llega a tiempo a sus lectores (no todos lo hacen y lo logran). 

Es, por lo menos, un libro que yo necesitaba, y doy gracias a Alberto por ello.

Tomado de Letralia


De izquierda a derecha: Ricardo Ramírez Requena y Alberto Hernández . Fotografia: Alberto H. Cobo


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Alberto Hernández, es poeta, narrador y periodista, Fue secretario de redacción del diario El Periodiquito. Es egresado del Pedagógico de Maracay con estudios de postgrado de Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar. Es fundador de la revista literaria Umbra y colabora además en revistas y periódicos nacionales y extranjeros. Ha publicado un importante número de poemarios: La mofa del musgo (1980), Última instancia (1985) ; Párpado de insolación (1989),  Ojos de afuera (1989) ganadora del 1r Premio del II Concurso Literario Ipasme; Nortes ( 1991), ; Intentos y el exilio(1996), libro ganador del Premio II Bienal Nueva Esparta; Bestias de superficie (1998) premio de Poesía del Ateneo de El Tigre y diario Antorcha 1992 y traducido al idioma árabe por Abdul Zagbour en 2005; Poética del desatino (2001); En boca ajena. Antología poética 1980-2001 (México, 2001);Tierra de la que soy, Universidad de Nueva York (2002). Nortes/ Norths (Universidad de Nueva York, 2002); El poema de la ciudad (2003). Ha escrito también cuentos como Fragmentos de la misma memoria (1994); Cortoletraje (1999) y Virginidades y otros desafíos.  (Universidad de Nueva York, 2000); cuenta también con libros de ensayo literario y crónicas. Publica un blog llamado Puertas de Gallina. Parte de su obra ha sido traducida al árabe, italiano, portugués e inglés. 

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Ricardo Ramírez Requena

Escritor y librero venezolano (Ciudad Bolívar, 1976). Es licenciado en Letras por la Universidad Central de Venezuela (UCV). Dirige La Poeteca, biblioteca especializada en poesía. Participó en la Semana de la Narrativa Urbana (2010) y fue finalista del Concurso de Cuentos de la Policlínica Metropolitana (2011 y 2013). Textos suyos han sido publicados en España y México. Ha colaborado con publicaciones digitales como Los Hermanos Chang, Prodavinci y Ficción Mínima, así como en los suplementos Literales, del diario Tal Cual, y Papel Literario, de El Nacional. Ha sido profesor en diferentes universidades venezolanas. Ha publicado el poemario Maneras de irse, finalista del I Premio Equinoccio de Poesía Eugenio Montejo, y el diario Constancia de la lluvia, ganador del XIV Premio Anual Transgenérico (2014) de la Fundación para la Cultura Urbana.