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martes, 14 de abril de 2026

Cory Doctorow, escritor canadiense de CF: Trump es un perro rabioso y ha empeorado todo de golpe

 





Cory Doctorow: "Trump es nuestra gran oportunidad"

Escritor, periodista y activista por los derechos digitales



El escritor Cory Doctorow en la librería Finestres de Barcelona. PAU DE LA CALLE






Carla Turró

06/04/2026




Cory Doctorow (Toronto, 1971) es una de las voces más lúcidas para hablar de poder y tecnología. Consciente de la importancia de las palabras –es novelista y periodista–, inventó a finales de 2022 un concepto para definir, huyendo de tecnicismos, el proceso que estaban experimentando las plataformas: emmerdificación. Un concepto que se ha popularizado y que da nombre a su último libro, que ha traducido al castellano Capitán Swing.


Has sido una inspiración para Black mirror.


— En el primer capítulo de la nueva temporada una persona tiene un ictus y le ponen un microchip que lo arregla. Pero después, este microchip hace que diga anuncios, y tiene que pagar para no decirlos. Y la situación empeora hasta el punto de que al final tiene que pagar solo por estar consciente. 


Es tu concepto: emmerdificación.


— Primero, las plataformas son buenas con los usuarios; después, atraen a las empresas interesadas en este público, y finalmente, los exprimen a todos para maximizar beneficios. Así lo convierten todo en una gran pila de mierda. 


Ponme algún ejemplo.


— Uber recibió 31.000 millones de dólares de la familia real saudí a través de una empresa de capital riesgo. Perdió los 31.000 millones en trece años. En este tiempo arruinó la mayoría de empresas de taxis. Y cuando tuvo poder de mercado subió precios. Amazon también sube costes; ahora se queda entre 50 y 60 céntimos de cada euro que vende. Y tiene una cosa increíble que se llama nación más favorecida. 


¿Qué es?


— El precio más bajo debe ser en Amazon. Si decides subir el precio porque Amazon se queda cada vez más porcentaje, lo tienes que hacer también en Carrefour, en tu propia fábrica... Si encuentran que está más barato en otro sitio, lo envían al final de todo donde nadie lo ve. ¿Quieres más ejemplos? 



A ver...


— Google. Hay circulares internas que admiten que han empeorado las búsquedas porque, si la gente está más tiempo buscando, pueden mostrar más anuncios.


El problema es que cuesta dejar la mierda, salir del sistema.


— En economía neoliberal hay una teoría que se llama preferencia revelada. Sostiene que lo que es importante no es lo que dices que quieres, sino que lo compras. De manera que si dices que quieres privacidad, pero utilizas Facebook, realmente no quieres privacidad. Creo que esto solo se puede defender si tienes una lesión neurológica que hace que seas incapaz de percibir el poder. Porque, con esta lógica, alguien que se vende un riñón para pagar un alquiler, \u00b¿está revelando que quiere vivir con un riñón?


Conozco mucha gente que odia a Elon Musk y está en Twitter.


— Se quieren más a sí mismos de lo que odian la plataforma. Musk lo sabe. Si no os podéis poner de acuerdo sobre el lugar donde tomaréis una cerveza, ¿cómo os vais a poner de acuerdo para dejar Twitter? Así se mantiene a la gente como rehén. Es un patrón común tanto en el mundo real como en el mundo virtual. Lo veo en la historia de mi familia. 


Explica


— Mi abuela fue una niña soldado en el asedio de Leningrado. Cuando tenía quince años evacuaron a las mujeres y los niños y ella acabó en Siberia, en el ejército. Conoció a mi abuelo y se quedó embarazada. Desertaron. Fueron a Azerbaiyán, donde nació mi padre. Y no volvieron a Rusia ni a Polonia, se marcharon a Canadá. El resto de la familia se quedó en Rusia, a pesar de que fuera obvio que era peor. Ahora, más de setenta años después, mi familia de San Petersburgo está mucho peor que la familia de Canadá. Tienen menos dinero, están preocupados por ser reclutados para la guerra, han tenido más dificultades para ir a la universidad. Pero como no podían marcharse todos juntos, no se marchó nadie. 


¿Cómo nos vamos todos juntos?


— Hay mucha gente que quiere una plataforma mejor y, de hecho, están trabajando en alternativas como Bluesky o Mastodon. Pero es como si hubieras construido viviendas en el Berlín Oeste para la gente del Berlín Este. No importa si eran buenas, antes tenías que derribar el muro. 


Entonces hablemos del muro… ¿Cómo se derriba?


— Cuando cambias de Telefónica a Vodafone, haces algunas gestiones y ya está, ¿verdad? A nadie le importa de qué compañía eres porque no lo tienes que saber para poder hablar. Pues tecnológicamente podríamos hacer que dejaras una plataforma y fueras a otra, y que cualquier cosa que te quisieran decir en Twitter, la pudieras leer en Bluesky. Pero no se ha hecho. Se contempló en la ley de mercados digitales, pero decidieron dejarlo para más adelante. Absurdo. 


¿No es técnicamente difícil?


— Cuando Facebook decidió abrirse a todo el mundo –inicialmente era solo para universitarios americanos–, el problema era que el público general tenía Myspace, y les costaba marcharse. Así que Zuckerberg les hizo un bot. Entonces, podías ir a Myspace, coger todo lo que tenías allí y llevarlo a Facebook. De esta manera, respondías allí y te lo enviaba también a Myspace. No estabas atrapado en una puerta unidireccional. Ahora, hace unos tres o cuatro años, unos adolescentes hicieron lo mismo con Instagram. 



¿Qué hicieron?


— Crearon la app OG. Le proporcionabas el nombre y la contraseña de Instagram y se llevaba toda tu información, pero sin anuncios, sin contenido promocionado, sin coger tus datos. Tuvo tanto éxito que en pocos días estaba en lo más alto de las tiendas de aplicaciones. ¿Qué pasó?


¿Qué?


— Meta envió una queja a Apple y a Google, y ambas retiraron la aplicación esa noche. Todas las empresas tecnológicas están unidas. 


Entonces, la solución es…


— Que sea legal hacer ingeniería inversa en estas plataformas.


Me tienes que explicar qué es eso de la ingeniería inversa.


— Analizar el sistema desde fuera hacia dentro, para entender cómo funciona y cómo cambiarlo. De esta manera, cuando Apple y Google eliminaran una aplicación, como OG, podríamos aplicar ingeniería inversa y volverla a hacer. Y que ellos no pudieran hacer nada. 


O sea, olvidarnos de intentar regular las grandes tecnológicas.


— Exacto. No regular las tecnológicas americanas, sino desregular las empresas tecnológicas europeas para que nos puedan salvar de las americanas. Esta es la oportunidad que tenemos delante nuestra. 


¿La IA ya está jodida?


— Si le preguntas cuáles son los mejores auriculares y te responde unos que son malos, es difícil saber si es un error o alguien ha pagado una comisión. Pasa también con TikTok, son algoritmos, y es difícil saber si alguien hace trampa. De manera que son sistemas propensos a lacorrupción. 


A todo esto se le suma Trump. Un presidente que favorece a los magnates de las tecnológicas.


— No hemos hecho nada sobre las tecnológicas a pesar de las señales de advertencia. Y Trump lo ha empeorado de golpe, no como Zuckerberg, que convertía las plataformas cada día en algo un poco más horrible. Por eso Trump es una oportunidad, porque cuando las crisis se mueven lentamente, es más difícil que algo cambie.  Nos ha demostrado que si dependes de las tecnológicas americanas te puede paralizar el gobierno y puede desactivar el Office 365 para todos los trabajadores europeos. Tiene mucha influencia, es un perro rabioso, y esta es nuestra oportunidad. 


No tienes WhatsApp. 


— Soy vegano de Zuckerberg. Ni WhatsApp, ni Instagram, ni Facebook.


¿Qué haces cuando te despiertas?


— Me preparo un café, me pongo un podcast y me siento delante del portátil. Me comunico sobre todo por correo electrónico, y me va bien. Odio que me interrumpan.


¿Cómo es la vida así?


— Mejor.


https://es.ara.cat/economia/tecnologia/trump-gran-oportunidad_128_5699745.html




Cory Doctorow: How Big Tech made Trump 2.0

7489 Visualizaciones desde el 19 nov 2024nhasta el 12 abr de 2026

https://m.youtube.com/watch?v=W_dZPpIACjc



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James Robinson, premio Nobel de economía: Estados Unidos fue construido por inmigrantes y su identidad se basa en la lealtad a la Constitución



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viernes, 6 de junio de 2025

James Robinson, premio Nobel de economía: Estados Unidos fue construido por inmigrantes y su identidad se basa en la lealtad a la Constitución

 



James Robinson: “Ni Harris ni Trump tienen una política efectiva para lidiar con la desigualdad”


James Robinson,premio Nobel de Economía.



El premio Nobel de Economía reflexiona sobre el futuro de Estados Unidos, donde observa una desconexión de las élites gobernantes y ve la utopía libertaria de Trump y Musk como “un desastre”



BORIS MUÑOZ


02 NOV 2024 - 05:45 CET



En los altos círculos académicos donde se debaten las ideas que marcan la agenda, muy pocos se sorprendieron con el anuncio de los ganadores del premio Nobel de Economía el 14 de octubre. El turco Daron Acemoglu y los británicos Simon Johnson y James Robinson tienen tras de sí una sólida carrera que ha sido reconocida, entre otros, por una larga fila de premios Nobel de Economía con visiones económicas tan distintas como el microeconomista Gary Becker, el neoclásico Kenneth Arrow y crítico de la globalización Joseph Stiglitz.


Por sus casi 600 páginas se podría pensar que Por qué fracasan los países, la obra central de Robinson (Reino Unido, 1960) y Acemoglu, es un intraficable mamotreto de teoría económica. Pero al abrir el libro, los autores llevan a los lectores de la mano a través de la fascinante historia de la colonización del una vez llamado Nuevo Mundo para demostrar cómo instituciones creadas hace más de cuatro siglos siguen marcando el presente de América Latina y Estados Unidos.






El aporte esencial de las investigaciones de Robinson, Acemoglu y Johnson a la economía consiste en desmontar los mitos más comunes sobre las causas que definen el éxito o fracaso de una sociedad. El peso determinante no está en la geografía, la cultura y ni siquiera la historia. Una sociedad tiene mejores oportunidades de escapar de la pobreza con instituciones políticas y económicas más inclusivas o puede descender hacia ella cuando es manejada por una élite extractiva, cerrada y autoritaria, que concentra en pocos los recursos, castra el progreso y la innovación. Es una tesis provocadora y no está exenta de controversias.


Y es sobre eso que quería hablar con James Robinson, hoy profesor de la Universidad de Chicago después de pasar por Harvard, quien, como politólogo, historiador y economista, conoce a fondo los cursos paralelos, pero opuestos, de Latinoamérica y Estados Unidos.


El momento de la conversación es significativo. A menos de una semana de una elección presidencial, Estados Unidos se encuentra en una encrucijada cuyo significado no se puede subestimar. La confrontación política entre el republicano Donald Trump y la demócrata Kamala Harris es también el duelo entre dos versiones de futuro antagónicas: hacia dónde puede llevar uno u otro candidato a un país que sigue siendo la mayor potencia económica y militar y que ha sido considerado por mucho tiempo una de las fuerzas mayores de innovación y prosperidad del mundo moderno.


Pregunta. Considerando sus ideas en Por qué fracasan los países, ¿cree usted que Estados Unidos está en riesgo de ser un país con instituciones más extractivas que inclusivas si no se toman acciones decisivas contra la desigualdad y la polarización?


Respuesta. En los últimos 50 años, los salarios medios y los salarios reales en Estados Unidos se han estancado. La mayoría de la gente no está mejor hoy que hace cinco décadas. Hay una caída en la movilidad social y un enorme aumento en la desigualdad. Eso se ha manifestado en la esfera política. Elon Musk está gastando millones de dólares pagando a sus seguidores para que aparezcan el día de la elección. En América Latina llaman a eso compra de votos. En Colombia, sería normalmente con aguardiente o frijoles. Y el presidente Trump ha tratado de destruir y socavar la fe de la gente en las instituciones. Así que creo que hay un intento muy serio de crear instituciones extractivas, una latinoamericanización general de Estados Unidos. Absolutamente sí.


P. ¿A dónde lleva esto? No creo que lo sepamos.


R. Hace ocho años nos salvamos por la incompetencia de Trump. Piensa en Hugo Chávez. Se necesita mucha preparación para realmente socavar las instituciones, como él lo hizo. Además, no puedes hacer lo que hizo Chávez sin el apoyo militar. Y eso es lo que podría salvarnos en Estados Unidos.



P. Sí, esa es una de las razones. Pero las instituciones son tan fuertes como las personas que las dirigen. Si eliminas el liderazgo de la institución, puedes reestructurarla o destruirla. Eso es lo que pasó en Venezuela.


R. Por supuesto, pero lo que vimos en la elección de hace cuatro años es que el poder político está menos concentrado aquí que en América Latina. Hay mucho poder político en los estados. Son los estados los que controlan cosas como el conteo de votos. El federalismo nos salvó al jugar un papel muy importante en la defensa de la democracia. La gente también estuvo dispuesta a arriesgar sus propias carreras para defender las instituciones porque creía lo suficiente en ellas. En Por qué fracasan los países, hacemos una comparación entre Roosevelt y Perón. Perón quiso ampliar la Corte Suprema y se lo permitieron, y Roosevelt intentó lo mismo y la gente se opuso. Ahí está la diferencia. Si ganara esta vez, Trump podría tener éxito en cambiar las instituciones de este país. Gente como John Kelly, quien fue su jefe de gabinete, luchó contra Trump. Pero Trump ya no va a nombrar otra vez a personas así. La primera vez no sabía lo que estaba haciendo. Ahora se va a rodear de ideólogos que harán más daño.


P. Entonces, ¿cree que Trump va a ganar?


R. Simplemente no lo sabemos. En este momento, honestamente, predecir el resultado de esta elección parece como lanzar una moneda al aire.


P. Las instituciones extractivas pueden llevar a la desigualdad y la falta de oportunidades. ¿Cómo podría impactar la estructura institucional de Estados Unidos una presidencia de Donald Trump o Kamala Harris, ya sea en una dirección más extractiva o inclusiva?


R. No creo que todas las políticas de Trump sean desastrosas. Algunas son miopes e irracionales, pero no creo que sean un desastre para las instituciones. Es bueno tener en cuenta que este país fue construido por inmigrantes, que la mayor parte de su dinamismo tecnológico y rendimiento económico superior durante los últimos 150 años viene por los inmigrantes. ¿Dónde creció Musk, por ejemplo? Sudáfrica. ¿De dónde vino el padre de Steve Jobs? Siria. ¿De dónde es Serguéi Brin? Rusia. El principal factor que Estados Unidos ha tenido a su favor económicamente ha sido esta capacidad de absorber gente de todo el mundo. Por ejemplo, yo y mis compañeros ganadores del premio Nobel. ¿Dónde crecimos? En Inglaterra y Turquía. La expulsión de inmigrantes es desafortunada y mala para las perspectivas económicas a largo plazo del país. Pero no creo que socave las instituciones. Me preocupa mucho más el colapso del sistema fiscal. La bancarrota del gobierno. Hay una enorme falta de inversión en infraestructura básica y servicios públicos en este país. Esto se agravaría en una Administración Trump. Además del colapso de la regulación de la industria en un momento en que necesitamos más regulación, cuando más necesitamos pensar en las consecuencias sociales de nuevas tecnologías como la inteligencia artificial. Y en lugar de regulaciones, con Trump habría una especie de vale todo. Los empresarios podrán hacer lo que quieran. ¿Crees que lo que Musk quiere hacer es en el interés colectivo de la gente en este país? Ni de broma.


P. ¿Cuáles serían las diferencias clave entre la visión económica de Kamala Harris y Donald Trump, y cómo podrían dar forma al futuro de la economía estadounidense?


R. Ambos están convergiendo en algunos temas. El presidente Joe Biden no cambió ninguno de estos aranceles que se impusieron a los productos chinos durante el gobierno de Trump. Los demócratas simplemente han decidido que son demasiado populares políticamente para cambiar de curso. Los demócratas ahora se han dado cuenta de que cometieron un terrible error al relajar la política de inmigración. Económica o humanitariamente, la migración es una cosa. Pero el influjo de inmigrantes que ha ocurrido bajo el gobierno de Biden fue un error político. Honestamente, creo que el partido Demócrata está desconectado de los problemas de este país.


P. ¿En qué sentido?


R. El Partido Demócrata está capturado por las élites educadas de la costa que todavía no entienden a fondo los problemas del medio oeste del país. Por eso fue muy inteligente la nominación de Tim Walz, que es de Minnesota, como vicepresidente de Kamala Harris. Al menos es una persona de clase trabajadora que está más en contacto con estos problemas. Pero creo que muchas de las políticas de Harris serán muy similares a las de una administración Trump, aunque sin el mismo ataque a los inmigrantes. Se pondrá más énfasis en cuestiones básicas relacionadas con la atención médica. Trump intentó eliminar Obamacare antes, así que eliminará la atención médica a millones de personas. Y eso es terrible. Pero las políticas de Harris serían similares en algunas dimensiones. Y cuando no sean similares, serán más sensatas. Serán más empáticas.


P. ¿Cómo afectará el auge de los movimientos libertarios defendidos por figuras como Trump o Elon Musk y que abogan por menos intervención estatal en la vida pública el dinamismo económico y al papel global de Estados Unidos en innovación?


R. No puedes tener una economía dinámica sin un Estado con funciones básicas, sin inversión en bienes públicos, educación, investigación y desarrollo. Si ves la historia del cambio tecnológico, encontrarás que el Estado ha jugado un papel enormemente importante. Así que creo que la visión de una utopía libertaria de mercado libre sin Estado es solo eso, una utopía. No es una sociedad realista. Si quieres ver cómo es una sociedad sin Estado deberías ir a Guatemala. No hay impuesto sobre la renta en Guatemala. Eso no genera prosperidad, pero si mucha riqueza para 13 familias, y tal vez eso es lo que Trump y Musk tienen en mente: que no haya regulación, que no haya impuestos. Puedes hacer lo que quieras. Y si eres de una de esas 13 familias, serás muy exitoso. Pero para el resto de la gente, es un desastre.


P. Conectando con una respuesta anterior, ¿cómo afecta el descontento en la clase media y trabajadora en Estados Unidos con la globalización y el cambio tecnológico la dirección política y económica de Estados Unidos?


R. Ese descontento parece estar generando un tipo de política populista muy personalista, aunque aquí hay mucha mayor fortaleza institucional que en América Latina. Como dije, es difícil hacer lo que hizo Chávez o lo que hizo Perón, sin el apoyo de los militares. Eso limita lo que puedes hacer en términos de crear un sistema muy autocrático. No me parece muy probable que eso suceda en Estados Unidos. Pero la política se ha vuelto extremadamente polarizada. Hay mucho menos compromiso con la democracia. Lo que veremos a partir de ahora es que cada elección en este país va a ser impugnada. No importa quién realmente ganó. Todo va a ir a los tribunales. Va a haber una enorme pelea. No creo que vayamos a saber durante meses quién ganó en noviembre, porque el resultado está destinado a ir a los tribunales estatales y a la Corte Suprema. Los republicanos han llenado la Corte Suprema de ideólogos republicanos también. Algunos miembros de la Corte Suprema, como el juez Roberts, su presidente, consciente de la necesidad de mantener la autonomía de los tribunales, todavía están luchando. Estamos en una especie de momento liminal, donde muchas cosas diferentes podrían suceder. Es muy difícil predecir la dirección del proceso político.



P. ¿Cuáles son las políticas más efectivas para abordar la desigualdad en un país como Estados Unidos, y cuál de los dos candidatos, Trump y Harris, está mejor equipado para implementarlas?


R. No estoy seguro de que ninguno de ellos tenga una política muy efectiva para lidiar con la desigualdad. No veo ningún tipo de impulso político real hacia la redistribución. Ya sabes, hay una larga historia de oposición a la redistribución del ingreso en Estados Unidos. Biden ha enfatizado mucho la política industrial, tratando de recuperar la industria manufacturera. Es una buena idea porque la mayoría de la gente aquí quiere trabajos, oportunidades de empleo, no redistribución del ingreso. Sin embargo, no sé si esa política puede abordar el problema en la escala necesaria. Parece ser una gota en el océano. Biden ha hecho una inversión masiva en infraestructura, por ejemplo. Eso es bueno. Pero toma mucho tiempo cambiar la desigualdad. Nadie tiene ningún tipo de políticas para fortalecer el movimiento laboral, por ejemplo. O para cambiar la distribución del poder dentro del sector corporativo. Tampoco creo que Trump tenga una política coherente sobre nada.


P. ¿Cuáles serían las dos o tres cosas que haría para lidiar con la desigualdad de manera más efectiva en los próximos años?


R. Lo que tendría el mayor impacto más rápido, sería cambiar la legislación del mercado laboral y tratar de cambiar esta cultura de reducción agresiva de salarios con paquetes de compensación corporativa excesivos que surgió en los años ochenta en este país. Eso algo que podrías abordar rápido. En los años treinta, bajo Roosevelt, se movieron velozmente en temas como ese. Si hay apoyo político para hacer que sea aprobado en el Congreso, no lo sé, pero algo así podría tener tracción. El sistema fiscal podría también ser importante. En países con niveles mucho más bajos de desigualdad, como Suecia o Alemania, en Europa occidental, el sistema tributario y la redistribución fiscal son importantes, pero es la desigualdad pre-impuestos la que es dramáticamente menor. Por eso creo que tratar de cambiar la forma en que funciona el mercado laboral tendría más impacto y sería más rápido de hacer.


P. Mirando el panorama electoral actual, ¿qué riesgos y oportunidades ve en las candidaturas de Trump y Harris con respecto a la sostenibilidad de las instituciones inclusivas que han caracterizado a Estados Unidos?


R. El desafío más obvio en estas elecciones es para la democracia. Trump perdió la última elección, pero todavía está diciendo que ganó y muchos políticos republicanos también lo dicen, aunque la evidencia de que perdió es tan abrumadora que no vale la pena discutirla. Ellos están negando la característica fundamental de la democracia. Trump nunca va a admitir que perdió. Y eso va a seguir causando problemas, porque puede llevar a la violencia, como ya sucedió en pequeña escala el 6 de enero de 2021. El potencial de una escalada violenta es muy grande.


P. Si tuviera a Kamala Harris frente a ti ahora mismo, ¿qué consejo le daría para fomentar el desarrollo de Estados Unidos?


R. Una cosa es fomentar el desarrollo de Estados Unidos. Otra, más urgente, es cambiar esta política venenosa que ha surgido. Para eso, hay que priorizar la reconexión con la clase trabajadora estadounidense, con los MAGA, que han apoyado a Trump. Es interesante, no lo entiendo completamente, pero es obvio que Trump percibió los agravios ignorados por las élites políticas tradicionales. Los demócratas deberían dejar de perder el tiempo perdonando deudas estudiantiles y reconectarse con esta base trabajadora que solía ser demócrata. Deben acercarse y entender lo que esa gente quiere, porque esa falta de conexión está destruyendo al país.


P. ¿Qué hace que la clase trabajadora marginada apoye tan fuertemente a Trump? ¿Qué ven en él?


R. Creo que él les proporcionó una interpretación de sus problemas. Es incorrecta, pero no completamente. Su postura agresiva contra China y el comercio internacional explica parte de la dislocación en la vida laboral de la gente, y su ataque contra los oligarcas y élites de la costa este, aunque él mismo pertenezca a ese grupo, señala élites verdaderamente desconectadas. Recuerda el comentario de Hillary Clinton sobre los “deplorables”.


                        Clinton: Trump supporters in 'basket of deplorables...

https://m.youtube.com/watch?v=OZHp4JLWjNw


P. Por último, si pudiera aconsejar a Trump, ¿qué le recomendarías para mantener a Estados Unidos próspero, inclusivo y competitivo?


R. Debería recordar que Estados Unidos fue construido por inmigrantes. Ha prosperado porque se convirtió en refugio para personas de todo el mundo, absorbiendo talento y capacidad global. Abrió sus puertas a quienes sufrieron la hambruna irlandesa, conflictos y violencia. Creó algo único en la historia mundial: mientras hay una identidad étnica inglesa, francesa o alemana, la identidad estadounidense se basa en la lealtad a la Constitución. Eso ha sido crucial. Si lo destruyes, destruyes la esencia del país.




https://elpais.com/us/2024-11-02/james-robinson-ni-harris-ni-trump-tienen-una-politica-efectiva-para-lidiar-con-al-desigualdad.html




Por qué fracasan los países? El nobel James A. Robinson lo explica • FRANCE 24 Español

https://m.youtube.com/watch?v=vgbE1M6xOK8&pp=ygUbamFtZXMgcm9iaW5zb24gcHJlbWlvIG5vYmVs



Economistas ganadores del Nobel advierten que un segundo mandato de Trump impulsaría la inflación

https://m.youtube.com/watch?v=kgWzH176Byo&pp=ygUmcHJlbWlvIG5vYmVsIGphbWVzIHJvYmluc29uIHRydW1wIDIwMjXSBwkJsgkBhyohjO8%3D



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Richard Ford en 2015: Donald Trump, no representa una amenaza. Nunca será elegido



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12/04/2026


martes, 19 de noviembre de 2024

Richard Ford en 2015: Donald Trump, no representa una amenaza. Nunca será elegido

 

Richard Ford en la Biblioteca Jaume Fuster de Barcelona.Foto:Antonio Moreno


Estimados Liponautas

Los escritores suelen escribir bien, así que cuando sus peroratas son dirigidas hacia otra área sus ideas pueden estar tan mal o bien dirigidas como las de cualquier  hijo de la panadera...

Disfruten de la entrada

Atentamente 

La Gerencia

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Richard Ford: "Me reía con Carver de nuestro supuesto realismo sucio"

16 diciembre, 2015 01:00




Laura Fernández





Richard Ford ha resucitado en Francamente, Frank (Anagrama) a su peculiar 'alter ego', Frank Bascombe, el periodista deportivo que luego fue agente inmobiliario y ahora se ha convertido en un jubilado al que le asustan las caídas en el hielo, para hablar del huracán Sandy y todo lo que destruyó, y también de todo aquello que hace de la vida "una imprevisible maravilla".


Como Frank Bascombe, Richard Ford (1944) fue hijo único de padres mayores. Padres que le adoraban. Padres que nunca se tomaron muy en serio nada de lo que ocurría. "Crecí entre un montón de adultos", dice. Todos ellos le fascinaban. Se fijaba, desde niño, en todo lo que hacían y en cómo lo hacían. Trataba de descubrir por qué lo hacían. Luego, toda esa gente empezó a morir. "Empecé a tener que ir a un montón de entierros. Incluido el de mi propio padre, que murió cuando yo tenía 16 años", recuerda. La muerte, la muerte que acecha a Frank Bascombe, temeroso de resbalar, un día, en las escaleras del porche (porque un poco de hielo puede ser tan letal como un francotirador, a una determinada edad, o eso se repite, una y otra vez, el ex periodista deportivo y ex agente inmobiliario, lo más parecido a un álter ego que Ford ha tenido jamás), y no volver a ser el mismo, o no volver a ser en absoluto, está presente, desde el principio, en todo lo que escribe. Y lo está especialmente en ésta, en mucho sentidos, elegíaca antología, o los cuatro relatos que dan forma a una peculiar novela en cuatro partes que Ford quiso titular Let Me Be Frank With You, juego de palabras que en español se ha convertido en Francamente, Frank (Anagrama), y que, en su versión original, apela al artificio que constituye toda novela, por más realista que ésta sea.


"En los 60 hubo una generación de escritores, de la que formaron parte William Gass, Donald Barthelme y Robert Coover, que jugaban con esa idea de lo metaliterario. Yo crecí en esa época, consciente de que la literatura es artificio. Que nadie te está ofreciendo un ojo de la cerradura por el que mirar, sino que tú, como lector formas parte de una experiencia artística e intelectual cuando lees un libro. Así que con el título pretendía invitar al lector a vivir esa experiencia, a jugar a ese juego conmigo", dice el escritor. Está sentado a una butaca negra y sigue con la mirada a todo aquel que pasa junto a él, hasta que éste, sea quien sea, desaparece. Lleva encima una libreta, una diminuta libreta de bolsillo interior de americana, en la que anota frases que podría haber dicho Bascombe si en vez de un personaje "hecho de palabras" ("porque eso es lo que es", dice, "no soy la clase de escritor que considera que sus personajes están vivos, Frank Bascombe no existe", aclara), fuese un tipo de carne y hueso, y tuviese que enfrentarse a: 1) Tipos que regresan para pedirle cuentas por la que casa que les vendió y que ahora se ha llevado el huracán; 2) Curiosas ex inquilinas de la casa en la que vive que regresan para echar un vistazo al lugar en el que crecieron; 3) Ex mujeres que se han retirado a una residencia aquejadas de una enfermedad de la que no podrán escapar y 4) Amigos que en realidad nunca lo fueron y que quieren confesar un desliz antes de adentrarse en el Más Allá.


Para mí, la vida es una especie de carnaval. No me tomo nada demasiado en serio. Ni a mí mismo"


He aquí lo que esconden los cuatro relatos incluidos en Francamente, Frank, el regreso no esperado de Frank Bascombe, el tipo que protagoniza El periodista deportivo, El Día de la Independencia y Acción de Gracias. Ford, que creció en Jackson, Mississippi, en la misma calle que William Faulkner, en la misma manzana que Eudora Welty, que dijo de él que era "un chico inteligente pero un poco salvaje", recuerda que cuando ganó el Pulitzer (por algo que jamás volverá a escribir: una novela larga, muy larga, como El Día de la Independencia), le preguntaron qué le parecía que un tipo de Jackson, Mississipi ganara el Pulitzer y él respondió: "¿Que qué me parece? ¡Ni siquiera soy el único de mi manzana que lo ha hecho!".


Pregunta.- ¿De veras no tenía previsto resucitar a Frank? ¿Por qué tomaba entonces todas esas notas sobre cosas que podría haber dicho?

Respuesta.- Frank ha sido desde el principio una especie de herramienta. Como una voz que está ahí todo el tiempo. Un instrumento que me mantiene alerta. Me obliga a prestar atención a lo que me rodea. Para muchos escritores, lo verdaderamente valioso es el pasado. Para mí lo es el presente. Estar vivo es un milagro, y hay que celebrarlo. Como he dicho, crecí rodeado de gente adulta y llegó un momento en que esa gente empezó a morir. Aquello me enseñó a apreciar lo que tenía: la vida. Todo me parece interesante. Pero no lo que ha pasado, sino lo que está pasando ahora mismo. Para mí, la vida es una especie de carnaval. No me tomo nada demasiado en serio. Ni siquiera a mí mismo.


P.- ¿Fue el huracán Sandy el que le impulsó a hacerlo, en cualquier caso?

R.- Sí. Lo cierto es que jamás pensé que resucitaría a Frank. Pero luego ocurrió lo del huracán Sandy y verdaderamente me impactó. Pensé que, dado que Frank conocía bien Nueva Jersey, podría ser un buen narrador para la historia. Aún no sabía qué quería escribir, pero sabía que tendría algo que ver con las consecuencias del huracán. Los escritores vamos de un lado a otro en busca de algo que contar, y las ideas toman forma en tu cabeza sin que seas consciente de por qué lo hacen. Yo estaba en Nueva York cuando el huracán destrozó la vida de toda esa gente. Fui a la zona, vi lo que había pasado, me quedé sin palabras, y me dije que tenía que escribir sobre eso. Porque de eso va la literatura. La literatura tiene que sacudirte. Tiene que decirle al lector: '¡Eh, un momento! ¡Aquí está pasando algo! Deja lo que estás haciendo y echa un vistazo'.


La literatura tiene que sacudirte. Tiene que decirle al lector: '¡Eh, un momento! ¡Aquí está pasando algo! "


P.- ¿Por qué tomó la forma de cuatro relatos? ¿Por qué no escribir una novela?

R.- No creo que tenga la energía suficiente para sumergirme en una novela como las que he escrito. Tengo 72 años, no quiero embarcarme en cosas complicadas. No sé si voy a seguir vivo mañana. Prefiero ponérmelo fácil. Así que escribí un relato. Y luego escribí otro y cuando tuve un tercero me dije que el número tres no me gustaba y que escribiría un cuarto. Luego mi editor quiso que escribiera un quinto y yo le dije que no podía volver a ese momento. Cada libro tiene un momento. Se genera una atmósfera a su alrededor cuando lo escribes y cuando dejas de escribirlo, esa atmósfera se esfuma. Ya no puedes volver.


P.- Raymond Carver decía cosas maravillosas de usted, y fueron grandes amigos además de contemporáneos, de los dos se dijo que lo suyo era realismo sucio, aunque usted no ha estado nunca a gusto con la etiqueta.

R.- La verdad es que no. Solía reírme con Carver de nuestro supuesto realismo sucio. Fue muy divertido, en realidad. Fue cosa de la revista Granta. Cuando nos juntábamos decíamos: '¿Qué tienen de sucias nuestras historias? No hay sexo, no hay violencia, ¿qué es lo que les parece sucio?'. En cualquier caso, sirvió de algo. Hoy en día aún se habla de Carver.


P.- Ha hablado antes de otros escritores, escritores como Donald Barthelme y William Gass, ¿influyeron en algún sentido en su obra?

R.- Por supuesto. Leerlos me hizo descubrir que el realismo no es realismo en absoluto. El realismo no existe. La novela es artificio y hay muchas maneras de ser verosímil. Una historia crea la ilusión de realidad, pero es sólo eso, ilusión. No hay más verdad en mis historias que en las historias de Barthelme. Ambas son igualmente artificiales. He discutido mucho sobre ello últimamente con Colm Toibin. Para él, sus personajes existen, para mí, no. Son eso, personajes. Están hechos de palabras. Como todo lo que les pasa.


P.- ¿Y qué me dice del sentido del humor en sus historias? ¿Diría que existe un humor sureño?

R.- No sé si existe un humor sureño, aunque sí sé que el humor está presente en la literatura de William Faulkner y en la Flannery O'Connor, pero no es exclusivo de los escritores del sur, por supuesto. En mi caso, procede de muy distintos sitios. Por un lado, del cine. Cuando era niño podía llegar a ver tres películas al día. Y todas eran comedias. Luego están mis padres, que reían mucho, y se lo pasaban en grande. Y luego el lugar en el que crecí, en el que todo era absurdo. Crecer en un sitio en el que te dicen que las cosas son de una determinada manera cuando cada día tú compruebas que son justo lo contrario, es una buena manera de convertirte en un escritor que prefiera el humor, y el absurdo, a cualquier otra cosa.


A los americanos no les interesa la política, lo único que les interesan son los eslóganes"


P.- En Francamente, Frank, hay una presencia constante de la muerte, pero también del pasado, el pasado que simbolizan todas esas casas, el hogar perdido de quienes sufrieron las consecuencias del huracán, pero también del propio Frank, que se refiere a menudo a su pasado en el barrio en el que ahora vive, Haddam.

R.- La casa es tu refugio. El lugar al que vuelves, donde duermes, donde discutes con tu mujer. Es el lugar en el que inviertes más de todo: dinero y energía, sentimientos. Sabemos que estamos aquí de paso, pero nunca pensamos en la posibilidad de que ese refugio desaparezca. Para toda esa gente que perdió su casa en el huracán, todo desapareció. El lugar en el que habían visto crecer a sus hijos de repente ya no existía. Quería reflexionar al respecto, de ahí que en casi todos los relatos la casa sea importante. Y luego está la idea del hogar, que es una idea distinta. Uno puede sentirse en casa en cualquier parte, siempre que esté con alguien querido. La idea del hogar es algo más conceptual que físico.


P.- Bascombe es un demócrata convencido. Hay comentarios políticos en todos y cada uno de los relatos, pero se refiere, obviamente, al ex presidente Bush, y también a Obama, ¿qué cree que opinaría Bascombe o qué opina usted de alguien como Donald Trump?

R.- Oh, no creo que represente una verdadera amenaza. Nunca será elegido. Ni en las primarias de su partido, ni en las generales, en el caso de que llegara a presentarse como candidato republicano. En realidad no le interesa nada relacionado con la política, al propio Trump, sólo está ahí. Y cuando pierda, se irá. Desaparecerá. A menos que quiera quedarse y convertirse en una especie de agitador. En cualquier caso, su sola presencia asegura que los demócratas vuelvan a salir elegidos.


P.- ¿Cree que Hillary Clinton será la próxima presidenta de Estados Unidos?

R.- Creo que no ha hecho nada para serlo, pero lo será si Donald Trump sigue ahí. Si en vez de Donald Trump hubiera tenido otro rival, no le hubiera costado demasiado acabar con ella, pero no ha sido así. En cualquier caso, a los americanos no les interesa la política, lo único que les interesan son los eslóganes. Las pegatinas para el guardabarros del coche, que ahora están muy de moda. Todo el mundo tiene una. O un montón de ellas. Así es como dejan claro lo que opinan del mundo.


P.- ¿Ha cambiado mucho América desde que publicó El periodista deportivo?

R.- Bueno, entonces era 1986. No había internet, no había móviles, no había toda esa comunicación instantánea que tenemos hoy. Donde había pequeñas tiendas de barrio ahora hay sucursales de cadenas. Los viejos edificios se han convertido en aparcamientos para esas nuevas tiendas. Han subido los impuestos. Todo el mundo parece tener más dinero. Al menos, en Nueva Jersey. Pero también ha ocurrido que Nueva Jersey se ha hecho menos distinguible. Cuando yo llegué aquí, en 1976, era un lugar singular, muy distinto al resto, y ahora es como cualquier otra ciudad. Respecto a América, y la forma en que ha cambiado espiritualmente, no sabría decirlo. Estoy cerca de saberlo, pero aún ando preguntándomelo.


P.- ¿Quizá en la próxima novela? ¿Un nuevo Bascombe?

R.- Habrá un nuevo Bascombe, pero no será la próxima novela. La próxima novela la protagonizará un profesor. No sé. Pero, si sigo vivo para cuando la acabe, escribiré un nuevo Bascombe, sí. Y lo ambientaré en San Valentín. Bascombe hará un viaje en una de esas enormes autocaravanas. Será invierno. Uhm. Sí.


@laura_fernandez

    

Tomada de El Español


“Francamente, Frank”, el magistral dominio del arte de perder de Richard Ford





Richard Ford habla sobre su novela "Canadá"



Entrevista mano a mano con el escritor Richard Ford en Libroteca


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EL CULTURAL

Fernando Savater: "Agradezco que los otros escriban mejor que yo"


4 abril, 2017 09:00

Fernando Aramburu



Fernando Aramburu. Dicen que es inevitable preguntarse por el sentido de la existencia. Quizá yo me lo he puesto demasiado fácil al dedicar mi vida entera a cumplirle el sueño a un chaval que, a los catorce o quince años, concibió el capricho de ser escritor. Algo me dice que me vas a comprender, amigo Fernando, si te cuento que aquel niño, aquel adolescente, lo llevo dentro envuelto como el centro de una cebolla en las sucesivas capas de la edad. Me vigila, me pide atención y cuidados. Te diré que aún leo libros de su gusto, para tenerlo complacido. Así y todo, creo que debería guardarle gratitud. Primero, porque me asegura un alto grado de vitalismo, similar al que veo encarnado en congéneres que admiro y, si no me equivoco, también en ti y en no pocos de tus escritos. Después, porque a su modo me sirve de antidepresivo y me libra de la solemnidad, que es una de las actitudes sociales que más me cuesta aceptar. Yo creo que a ti, a menudo, también se te ve el niño que fuiste; ahora quizá menos, porque la vida te ha dado un palo feroz. Tengo entendido que coleccionas o coleccionabas objetos y pequeñas figuras, supongo que sucedáneos de juguetes. La última vez que nos vimos me regalaste las memorias de Salgari, por ti prologadas. No se te olvidó recordarme el final que tuvo este escritor, como agregando el desenlace que el protagonista no había podido relatar. Hace poco murió en mi viejo barrio de San Sebastián la última vecina que, siendo yo niño, me llamaba Fernandito. Sentí con pena que se llevaba a la tumba algo de mí. Tú que estás avezado a racionalizar, confírmame por favor, aunque discrepes, que el fin de la existencia humana es retener la mayor cantidad posible de la propia infancia.


Fernando Savater. En alguna parte dice Borges: “Antes de haber escrito una línea supe que mi destino sería literario”. Ese fue también mi caso, como veo que fue el tuyo. Desde muy pequeño, con ocho o nueve años, cuando me preguntaban qué quería ser de mayor nunca contestaba “quiero ser escritor”. Yo decía con total seguridad: “Voy a ser escritor”. De modo que cuando por fin lo fui de modo digamos oficial, no me sentí nada sorprendido. En cambio, nunca me tomé en serio como profesor o como periodista, tareas con las que siempre me he ganado la vida y que he tratado de desempeñar lo mejor que he podido. Pero sabiéndome siempre, ante todo y como fundamento de todo, escritor. Mejor dicho: lector. Lo que pasa es que yo creía (y en buena medida no he dejado de creerlo) que los lectores se vuelven antes o después escritores necesariamente, como las orugas se transforman en crisálidas y luego en mariposas. Si a uno de verdad le gusta leer, ¿cómo no va a intentar escribir? Es el deber de ser fiel a lo que nos causa placer. Fernando, ¿tú crees que habrá ahora niños así? Supongo que sí, aunque hoy lean y escriban en soportes diferentes, portátiles, tabletas, lo que sea. Como yo siempre he tenido mala letra y todo lo que lleva tinta incorporada chorrea en mis manos (desde el palillero con plumín que mojábamos en el tintero incorporado al pupitre, pasando por la pluma Parker o Inoxcrom, hasta los bolígrafos que misteriosamente revientan entre mis dedos pringados), el gran salto adelante de mi vida profesional fue la máquina de escribir portátil que me regalaron mis padres a los diez años. Era una Remington preciosa, color gris plomo, bastante pequeña pero enquistada en una caja de tamaño algo menor que un catafalco. Creo que es el objeto que más me ha gustado en toda mi vida: la acariciaba con dedos cautelosos y excitados, como mucho después repasé con lúbrica veneración el sexo de las mujeres. Si es cierto, como aseguran los sabios, que la materia ni se crea ni se destruye, algo del metal sagrado que formó ese instrumento que me hizo feliz debe aún ser parte del universo que me rodea. Ya sé que es imposible, que no hay moviola en la vida ni vuelta atrás, pero a veces aún sueño con que la encuentro, con que abro temblando el mamotreto de su caja y allí está ella, como la perla dentro de la ostra. Y estoy seguro (en mi sueño, claro, que es lugar para extrañas certezas) de que entonces yo apretaré con suavidad sus teclas cuadradas y blancas, logrando por fin escribir como nunca he escrito, como siempre quise hacerlo.





FA. Como tantos jóvenes dispuestos a comerse el mundo, yo empecé cultivando deliberadamente la oscuridad. Hubo un tiempo en que me atrajeron el surrealismo, la escritura automática, los textos herméticos escritos bajo los efectos de una locura fingida, hasta que me di cuenta de que estaba malgastando mis limitadas energías en el dudoso arte de no decir nada mediante palabras: un fraude que tuve que admitir tan pronto como caí en la cuenta de que en realidad escribía para otros, para transmitir algo a posibles lectores cuyo tiempo y atención mis textos reclamaban por la mera circunstancia de ser publicados, aunque luego muy poca gente se tomara la molestia de aburrirse con ellos. Antes solía citarse con frecuencia una frase de Ortega y Gasset: “La claridad es la cortesía del filósofo.” Ignoro la procedencia del aserto. Yo encontré la cita en un viejo artículo de periódico de José Ferrater Mora, en el cual este advertía de que no hay que confundir la claridad con la trivialidad. De antemano sé que un libro sobre física nuclear o neurociencia se me va a resistir no por culpa del autor, sino porque llego a la lectura con un pesado saco de ignorancia sobre la espalda. Tú dices que pronto, sin acabar la infancia, tomaste la decisión de convertirte en escritor. Leídos no pocos libros y artículos tuyos, me atrevería a añadir que te propusiste ser de mayor un escritor comprensible. Has practicado con frecuencia la divulgación, eres un promotor incansable de la lectura, has enseñado en la universidad. Se te podrá acusar de lo que sea menos de ser ambiguo y oscuro. Mi impresión es que no pierdes de vista que reflexionas, escribes, disertas, para destinatarios, con independencia de que luego, en casa, te lo puedas pasar estupendamente bien cantando sin público bajo la ducha.



FS. La verdad es que no he practicado nunca el experimentalismo literario, ni como lector ni como escritor. Todos mis referentes han pertenecido siempre a la “línea clara”, como dicen en el cómic (por cierto, también en el cómic me gusta la línea clara…). Nunca he soportado que los arabescos verbales, no digamos las originalidades de puntuación, se interpongan entre el argumento narrativo o los razonamientos filosóficos y yo. Supongo que es porque tengo una mentalidad muy poco estética, que va más a los contenidos que a la forma. Con el transcurso del tiempo, he ido estando cada vez más empeñado en la claridad de estilo, aplicando al mío el método homeopático de las diluciones sucesivas hasta que finalmente ya no queda nada… Siguiendo el consejo irónico de Mme du Deffand, quiero iluminar, no deslumbrar. Yo creía que eso es una muestra de reconocimiento a los lectores hasta que Chesterton, otro de mis preferidos, me sacó de mi error. En su biografía de Robert Browning y hablando de su estilo enrevesado hasta lo enigmático, dice que escribía así porque estaba convencido de que los lectores eran tan inteligentes como él; en cambio, los que escribimos de la manera más clara posible, como Voltaire, en el fondo estamos convencidos de que son tontos y perezosos, de modo que abandonarán la lectura a la primera dificultad. O sea que ya ves. Esta simplicidad me ha llevado finalmente a escribir para niños y adolescentes. Incluso podría decir evangélicamente a mis lectores adultos que, si quieren acercarse a mí y a mi modesto reino, deben hacerse como niños…



FA. Llegados a este punto, compruebo que nuestro camino se bifurca y que tú tiraste para un lado y yo para otro. El ingrediente estético de la escritura supone para mí mucho más que un aditivo o un envoltorio. Para empezar, lo considero territorio conquistado. Lo es para todo el mundo, supongo; pero vamos a decir que los que venimos de la parte más desprotegida de la sociedad hemos tenido que subir un tramo suplementario de cuesta para alcanzar el dominio de la lengua culta, frente a quienes dispusieron en sus años de formación de mayores posibilidades, empezando por una biblioteca paterna, el piano donde tocaba la madre y esas cosas. Esto carecería de importancia, al menos con vistas a los resultados últimos, si no fuera por las consecuencias directas que tiene sobre la escritura. Una de ellas está, en mi opinión, vinculada a la voluntad de estilo, dentro del movimiento que me aleja del habla precaria usada en el medio social en que me crié. Procuro, eso sí, no pasarme de frenada para no dar en los arabescos que justamente repruebas. El sendero que en la mencionada bifurcación no seguí fue el de la intervención social mediante el ejercicio público de la palabra, que es donde yo te sitúo a ti y donde te he buscado a lo largo de los años, ya sea en los libros de análisis y reflexión, ya en los artículos de prensa, con frecuencia para saber qué pensar acerca de algunas cuestiones de actualidad sobre las que me faltaban conocimientos y criterio. Juraría que te has dejado el alma en ello; por cierto, no sin riesgo de tu salud y de tu vida.





FS. Mérito tuyo y regalo para los lectores, Fernando, es tu aplicación estética al texto. Logras la famosa “calidad de página” de la que tanto se habló en su día, pero sin transmitir a quien te lee el esfuerzo que te ha costado conseguirla. No hay preciosismos, que son los que suelen pasar factura al que se supone que debe disfrutarlos. Parece a cada párrafo que el autor rezonga: “Vaya, no creerás que todo esto viene gratis, ¿verdad? Si supieras lo que he sudado… Venga, aplaude. A ver dónde tienes esa corona de laurel…”. Reconozco que la mayoría de los autores españoles que leo, algunos de ellos sin duda excelentes, me dan siempre la impresión de que escriben demasiado lo que escriben, se ensañan y apelmazan escribiendo… Echo de menos a Pío Baroja, qué quieres. O a Bécquer. Uno lee las Rimas y nada parece tan sencillo, tan obvio, casi tan infantil… Pero una vez que visité el Museo Romántico de Madrid (te confieso que buscando la pistola con la que se suicidó Larra) vi algunos manuscritos de Bécquer. Estaban llenos de tachaduras, rectificaciones, arrepentimientos, añadidos… ¡Cuánto esfuerzo le había costado llegar a la definitiva sencillez! Y, sobre todo, cuánto le costó que el distraído lector nunca notase olor a sudor, a gimnasio, en sus páginas. De modo que cuando alguno de mis usuarios me elogia, pero quizá con un punto remoto de displicencia, diciendo: “No, si tú siempre escribes clarito, no te complicas la vida”, yo respiro aliviado. También cuando daba clase me pasaba lo mismo. Los alumnos me decían: “A ti se te entiende todo”, pero con un poco de reproche. Admiraban a los que entendían sólo a medias, porque les resultaban más profundos. Y quizá tenían razón. Cuando traduje Le mauvais demiurgue, no sabía qué hacer con el título. En español, el “malvado” demiurgo o el demiurgo "maligno” me sonaban a novela de ciencia ficción. De modo que me decidí por El aciago demiurgo. Cioran receló del adjetivo, que no conocía (él se preciaba de entender bastante el castellano). De modo que me dijo que esperase un poco hasta darme el visto bueno. Y le preguntó por “aciago” a una criada española que trabajaba con unos vecinos. La mujer le dijo: “¡Sí, como cuando se dice ‘un día aciago’!”. Tuve suerte con la mucama y Cioran me dio ya tranquilo su placet…


FA. Como bien se sabe, tú has tocado en tu carrera de escritor diversos palos. Acabas de mencionar la traducción. Tu escritura ha pasado asimismo por la filosofía, el ensayo, la novela, la literatura confesional, el articulismo, y te has metido, aunque a mí me parece que eres un hombre más propenso a pensar por cuenta propia que a discurrir a partir de las cláusulas consignadas en un programa electoral, en ese fango infestado de caimanes que llaman política española. Más difícil me resulta vincularte con la poesía. La idea se me ha ocurrido a raíz de tu alusión a Bécquer. Al punto me ha venido al recuerdo un detalle relativo a tu libro Mira por dónde, que subtitulaste “Autobiografía razonada”. Abundan en él, entre las numerosas citas, algunas tomadas de poetas célebres. Este o el otro capítulo aparece encabezado con versos de William Blake, Miguel Hernández, Antonio Machado, Jorge Guillén y alguno más. No me sorprendería averiguar que guardas en un cajón un viejo cuaderno con treinta y cinco sonetos. Dudo que un ladrón de libros de poemas que entrara a desvalijar tu biblioteca se tuviera que marchar de vacío. Como diría un entrevistador mexicano: a ver, maestro, platíqueme esto. No se avergüence de reconocer el pecado poético.




FS. ¿Te has fijado en que todos los escritores queremos ser poetas? Si a un autor que ha escrito diez novelas de éxito, ocho dramas premiados, varios ensayos recomendados en la bibliografía universitaria y tres sonetos dedicados a su primera novia, la del pueblo, le preguntas qué se siente ante todo, te contestará bajando púdicamente los ojos: “Yo soy poeta”. Creo que esa preferencia viene de que la poesía es lo más puramente literario de todo, lo que menos se parece a una clase (ensayo), a la crónica que hacemos de lo que pasa (novela), a un cruce de opiniones (teatro)… La poesía realmente no se parece a nada utilitario, todo lo más a los balbuceos obscenos durante el coito o a los delirios enfebrecidos de un moribundo. De modo que su prestigio es enorme… Tranquilo, no es mi caso. Escribí bastante poesía entre los quince y los dieciocho años, y hasta publiqué dos dizque sonetos en uno de mis primeros libros, Apología del sofista (habrás notado que los títulos de mis libros suelen ser mejores que el libro mismo…). Pero descuida, que nunca te diré: “Ante todo, me considero poeta”. En todo caso, me hubiera gustado serlo, nada más. Mis poesías en verso son muy malas. En cambio Criaturas del aire, uno de los libros del que estoy menos descontento, puede considerarse, siendo generoso, una especie de poesía en prosa… En fin, no basta. Las únicas poesías de las que no me arrepiento, pero totalmente privadas, son el poema que cada primero de año escribía a mi mujer. Only for her eyes… Porque lo poético en mi vida fue ella, mi amor por ella, aunque haya sido incapaz artísticamente de ser digno de ese sentimiento.


FA. Pues ya ves. Pasamos y, con suerte, nos será dado dejar unos signos en el borde del camino para el que venga detrás y quiera posar su mirada un instante en ellos. Es curioso lo asentada que está en la tradición española la desconfianza ante dichos signos cuando adoptan la forma del lenguaje articulado. San Juan de la Cruz no creía posible expresar mediante palabras la experiencia mística. Bécquer protestaba del “rebelde, mezquino idioma”. “La palabra, esa lana marchita”, se lee en un poema de Vicente Aleixandre. Góngora fue uno de los pocos que proclamó sin tapujos la perfección. El complejo de inferioridad de quien junta con escasa convicción las palabras no lo veo tan extendido en la tradición alemana. Sin cuestionarse la eficacia del procedimiento, Lutero y Goethe levantaron enormes montañas de escritura. No faltaron pensadores convencidos de poder encerrar el universo en vastos sistemas de teoría filosófica. Thomas Mann tallaba como un orfebre la lengua escrita. E incluso Kafka era un fervoroso cultivador de la precisión y no se habría atrevido a inventar un vocablo que alterara aquel objeto suficiente, el idioma alemán. Tu poema de principios de año no podía ni tenía por qué reemplazar el amor, pero entiendo que te servía para decirlo. No sé tú, pero yo no me habría dedicado ni dos días a la literatura si no tuviera fe en la capacidad expresiva de los símbolos.


FS. Por supuesto, yo también creo en la posibilidad de la comunicación por medio de símbolos, que es en lo que consiste el núcleo de nuestra humanidad. Somos “animales simbólicos”, como bien explicó Ernst Cassirer. Pero en cuanto a la capacidad de comunicar, la diferencia entre unos y otros es enorme. Esa diferencia no se nota a ciertos niveles: es probable que a la hora de pedir un café con leche, la distancia entre Borges o Rilke y yo no fuese demasiado pronunciada, pero se hace enorme cuando se trata de expresar sentimientos profundos. Esa inferioridad ante los grandes autores no me disgusta o humilla, todo lo contrario. Como lo que más me hace disfrutar es la lectura, muy por delante de la escritura, agradezco que los otros escriban mejor que yo. Esos autores que se consideran por encima de cualquiera y leen sólo para encontrar los defectos de sus colegas se parecen a alguien que fuese a los restaurantes para denigrar los platos que le ofrecen y no conociese más que el insulso placer de decir: “¡Esto lo hago yo mejor!”. Por mi parte, prefiero ser espectador y admirador de Shakespeare que ser Shakespeare. Sólo envidié a los mejores cuando quería conmover a mi amada y ahora cuando pienso qué hermoso sería cantarla como es debido. Pero también el esfuerzo, aunque fracase, da por un instante una vislumbre de la perfección…



FA. Por cierto, a ti que tanto te gusta acudir al hipódromo, ¿cómo prefieres la carne de caballo? ¿Muy hecha, poco hecha o al punto?


FS. ¿Comer yo una chuleta de caballo? ¿Me tomas por un caníbal? Antes me tomaría a Donald Trump en salsa agridulce.


Tomada de El ESPAÑOL


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