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martes, 15 de marzo de 2022

David Foster Wallace: frío, fragmentario, experimental e incisivo






David Foster Wallace. Imagen tomada de La Tercera.





La pesadilla americana


Autor de culto, David Foster Wallace es un perfecto ejemplo de la estética posmoderna: frío, fragmentario, experimental e incisivo. Ahora se publica un libro enorme, el primero desde su suicidio.

 

POR Margara Averbach


Si a una persona con dolor físico le resulta difícil prestar atención a cualquier cosa que no sea el dolor, una persona clínicamente deprimida no puede ni siquiera percibir a ninguna otra persona o cosa como independiente del dolor universal que la digiere célula a célula. Todo es parte del problema y no hay solución. Es un infierno”, escribió David Foster Wallace en La broma infinita, la novela que lo hizo famoso en 1996 (2002, en castellano). Años después, en 2008, la enfermedad que su padre describió como una depresión de veinte años lo llevó al suicidio. Se ahorcó el 12 de septiembre de ese año sin haber terminado El rey pálido, que acaba de traducir Mondadori.  

La broma infinita lo convirtió en un autor importante dentro de su país y en el resto de Occidente. Más allá de gustos personales (siempre respetables en arte), no hay duda alguna de que La broma infinita es una novela enorme en todo sentido: de más de mil páginas, con cientos de voces y personajes, una visión panorámica y negativa que es rasgo característico de Wallace, un afán de ponerlo todo en un único libro al estilo de las novelas río o las trilogías, un manejo ejemplar de las técnicas literarias de vanguardia y la constante apelación a la fragmentación, la polisemia, la pluralidad de voces y puntos de vista que es una de las marcas de la posmodernidad. Sí, Wallace es un autor difícil.

Generación XXI

Según todos los críticos, pertenece a un grupo de escritores del siglo XX y XXI que comparten esas características: todos, parte de lo que se llama “corriente literaria principal” en los Estados Unidos, es decir, todos blancos, todos hombres (no mujeres). Entre otros, Thomas Pynchon, las primeras obras de John Irving, Jonathan Franzen y siguen los nombres. La razón por la que no suele haber mujeres incluidas en estas listas (como mujer la pregunta me parece válida) tiene tanto que ver con la tendencia del canon a dejar a las mujeres de lado como con el hecho de que la del grupo es una literatura masculina en temática e intereses, en las antípodas de la literatura de escritoras blancas como, digamos, Joyce Carol Oates o Annie Proulx. Los escritores que acompañan a Wallace en la lista narran conscientemente con una mirada que se acerca a la del científico: como diría Valle Inclán, contemplan el mundo “desde arriba” y analizan lo que ven con frialdad filosófica y una falta de emociones semejante a la de un investigador frente a la mesa de disecciones. 

Joyce Carol Oates.

Como ellos, Wallace explora su mundo (el de los Estados Unidos capitalistas de fines del siglo XX, principios del XXI) con minuciosidad implacable. Lo que ve es una pesadilla. En La broma infinita, traslada la acción a un futuro cercano y escribe una novela de ciencia ficción en la que las grandes corporaciones manejan incluso la denominación de los años. En ese medio, describe a los pacientes de una clínica para curar adictos por un lado (adictos a todo tipo de drogas, desde las sustancias químicas a la televisión o los libros) y por otro, a los asistentes a una escuela de tenis, dos espejos enfrentados de la misma sociedad enferma. Aquí, la palabra principal es “describe”: aunque parezca que está narrando, gran parte de la escritura de Wallace es la descripción de un estado fijo, un corte en el tiempo. El rey pálido, la novela para la que, según dice el editor, se preparó con un curso de contabilidad e impuestos, y que después abandonó sin acabar, es otra versión del mismo proyecto.

La lección del maestro

En el epígrafe, Wallace menciona a Jorge Luis Borges (como todos en ese grupo de autores, considera su modelo al argentino) y hasta se da el gusto de nombrarlo indirectamente, “a la Borges”: la cita que elige proviene de un libro que se llama “Borges y yo”. Jorge Luis Borges es el maestro de Wallace en muchos sentidos. Se le parece en su deseo de acercar las formas literarias a géneros más cercanos a la ciencia (por ejemplo, en el uso de notas al pie o enumeraciones encabezadas por cifras, una de sus características de estilo), en el placer que siente cuando desarrolla temas filosóficos (no sociales ni políticos), en la complejidad conceptual de lo que se cuenta, en la frialdad, en la introducción de su propio nombre, David Foster Wallace, como parte de la ficción y en la discusión teórica sobre la naturaleza de la literatura y el lenguaje que se desprende del texto.

Por otra parte, como dijo Borges de todos los escritores, Wallace tiene una sola historia. Podría decirse que El rey pálido retoma lo que se contaba en La broma infinita, pero sin trasladarlo al futuro. Y en esta novela, se repite también una de las paradojas de su escritura: que la frialdad y la actitud distante con que narra producen en los lectores una emoción profunda, definible como una insoportable. Ahora que sabemos cómo murió (no cualquiera elige colgarse para morir; no cualquiera elige la asfixia para huir de un mundo asfixiante), esa amargura se cierra sobre cada uno de los fragmentos de este libro, como un puño sobre los fragmentos de un jarrón quebrado, y en ese gesto, sangra y se convierte en angustia. 

En ese sentido, la dificultad en la lectura no se origina solamente en la experimentación, las largas explicaciones sobre impuestos o la fragmentación en cientos de historias sino también en el peso de esa angustia sólida como una montaña, semejante a la que producen autores como J. Coetze o Jelinek, por nombrar a dos Premios Nobel.

Se entiende que algunos digan que David Foster Wallace es un autor para pocos y que otros lo comparen con James Joyce. Tal vez, una manera de leerlo sea usando la fragmentación que él  elige como método: en dosis breves. Los lectores que no aprecien demasiado la frialdad narrativa, grupo al que pertenezco (lo aclaro porque creo que es importante saber el punto de vista general del crítico que habla sobre un autor determinado), o que no quieran digerir explicaciones sobre impuestos o burocracia pueden seguir el consejo que da Wallace en el rarísimo “Prefacio” y saltear esos fragmentos o, directamente, entrar a la obra de este autor y a esta novela en particular eligiendo relatos de dos o tres páginas al azar, como si leyeran una colección de cuentos.

Es cierto que el género novela suele pedir una lectura lineal y completa (salvo experimentaciones como Rayuela de Julio Cortazar, claro), pero eso no es verdad en el caso de El rey pálido, una novela descriptiva y acumulativa. Por otra parte, lo que leemos hoy en la traducción despareja de Javier Calvo no es el libro terminado. Los papeles que componen El rey pálido no estaban en orden ni indicaban, salvo excepciones, cuál debía leerse primero. La edición de Mondadori es la traducción de un trabajo en colaboración entre un autor ausente y un editor, Michel Pietsch, que rastreó y siguió las indicaciones explícitas cuando pudo y tomó decisiones propias cuando no. El orden es una dimensión importante en el análisis de cualquier texto, sobre todo si no hay cronología en la escritura o si lo que se presenta es una visión general de algo a partir de fragmentos sobre diferentes individuos. Pero si uno intentara analizar el orden de El rey pálido, aunque el libro esté firmado y escrito por David Foster Wallace, estaría pensando en el trabajo de Pietsch. Por esas razones, El rey pálido se puede leer fragmentariamente, tomando al pasar ciertas historias y dejando otras de lado…

Wallace las quería todas juntas pero si se las lee por separado, el efecto de angustia y tristeza es casi tan demoledor como el del conjunto. En su “Nota del editor”, Pietsch cuenta que Wallace dijo que el libro tenía que dar una “sensación de tornado”, como si se lanzaran partes de la historia hacia el lector desde un torbellino a alta velocidad. Tal vez, para ciertos gustos, recibir lo que se cuenta, gota por gota y no en una tormenta brutal, haga más fácil la supervivencia.

La burocracia infinita

Desde su angustia disimulada como frialdad, Wallace elige la Agencia Tributaria, equivalente a nuestra AFIP, como foco de su análisis de los Estados Unidos. Así, se centra en el tema de la burocracia, ese lugar de profunda reflexión metafísica en el que se rozan cuestiones como el dinero, la matemática, los formularios absurdos y abstrusos y sobre todo, el aburrimiento.

Como todo autor posmoderno, Wallace proclama sus intenciones y su método desde el texto mismo. Habla de “pequeños cuentos despojados de toda sustancia humana” (es decir, fragmentación y frialdad). Organiza sus cuentos breves alrededor de la vida cotidiana de personajes intrascendentes. ¿Hay algo para contar ahí? Para Wallace, sin duda.

En el comienzo de su libro, alguien recibe un consejo: para parecer inteligente y sabio, lo único que hay que hacer es interrumpir cualquier conversación y preguntar “¿qué te pasa?” El interlocutor, quien quiera que sea, se va a quedar helado y va a negar con miedo que le esté pasando algo o dirá, sorprendido, “¿Cómo te diste cuenta?” porque lo cierto es que “a todos les pasa algo todo el tiempo”.

Ese algo que pasa alrededor de cientos de personajes es la vida. Y en el mundo de Wallace (el de esta novela y el de las demás), la vida es horrible. Por eso la supuesta “falta de sustancia humana” despierta emociones profundas en el lector, sobre todo en ciertos retratos de personas que se dedican a ayudar y lo único que reciben a cambio es rechazo y odio. Dos ejemplos: la historia de Leonard, que siempre trata de ayudar y al que todos evitan; la de Stecyk, que se presenta como vecino en un barrio nuevo y reparte guías locales frente a puertas cerradas con rejas. Wallace tiene la inteligencia de contar esas dos historias con una prosa que lleva a los lectores a sentir el mismo rechazo que otros personajes frente a la bondad. No todos los lectores agradecemos ni compartimos esa visión, eminentemente conservadora de la humanidad y del mundo. Pero la maestría de Wallace para transmitirla es innegable.




Novela quebrada

Como buen posmoderno, el estadounidense juega con las divisiones genéricas y las convenciones literarias: el “Prefacio” aparece con ese título como capítulo 9, en la página 80. En la página 79 de un libro claramente ficcional (y extraño), Wallace se presenta con su propio nombre y define el libro como “una autobiografía sin ficción, con elementos adicionales de periodismo reconstructivo, psicología organizativa, educación cívica elemental, teoría fiscal y demás” (es decir, todas disciplinas de ciencias blandas). Incluso, afirma la calidad de “verdad” de lo que está contando cuando dice que si hay algo que no parece verdadero en el libro, debe considerárselo parte de su defensa legal contra la posible reacción de la Agencia Tributaria por sus supuestas revelaciones sobre mecanismos internos.

El “Prefacio-capítulo 9” desdice así lo que los lectores creían sobre el género del libro pero al mismo tiempo afirma un propósito: El rey pálido es una visión de los Estados Unidos contemporáneos, tal como los ve Wallace: él mismo dice en el “Prefacio” que, al presentar la Agencia Tributaria, está mostrando el “corazón vivo del país”. Desde mi punto de vista, se trata de una visión parcial (hay temas absolutamente ausentes) y para empeorar el problema, el tono filosófico hace que a veces, dé la impresión de que el autor propone su mirada como descripción no de los Estados Unidos blancos ni de los Estados Unidos en general sino de toda la humanidad.

Como siempre en su obra, en El rey pálido, Wallace desnaturaliza lo cotidiano y lo convierte en pesadilla para demostrar que, en realidad, esa es su verdadera naturaleza. En cada cuento breve, por ejemplo el que narra la situación de Lane y su novia (ambos católicos) frente al embarazo de ella, la historia muestra la falsedad humana, la falta de piedad y sinceridad, las traiciones y el sin sentido de la vida y las relaciones. Los personajes parecen resignados: “así eran las cosas”, se dice.

En realidad, el “así eran las cosas” es el núcleo fundamental de toda la obra de Wallace. No hay salida. Ninguna. Esa es la conclusión. El mundo es un lugar de asfixia absoluta. Si uno está dispuesto a entrar en ese mundo, el autor estadounidense es uno de los mejores guías que puede encontrar. Habla en un idioma que parece simple. Nos lleva de cara en cara, de vida en vida para que le creamos. Y le creemos. Le basta con decir, junto con Sylvanshine, uno de los personajes que vuelven cada tanto al centro de la acción, “las criaturas hacían lo que hacían y no se podía hacer nada al respecto” para que la asfixia suba desde el libro y nos domine.










David Foster Wallace, Jonathan Franzen y Mark Leyner entrevistan de Charlie Rose (1996)






Actualizada el 29/01/2024



jueves, 25 de mayo de 2017

Esto es el agua:

Discurso de David Foster Wallace en la ceremonia de graduación del Kenyon College




Amigos de LiPo:


David Foster Wallace fue (es) uno de los escritores norteamericanos más notables de los últimos tiempos. Además de novelista, fue cuentista y filósofo. 

El texto que hoy traemos a nuestra página es el discurso que Wallace leyó en el acto de graduación de los estudiantes de Humanidades de Kenyon College, Ohio, en el año 2005. 

Este discurso es una pieza clásica de referencia, una conversación y una reflexión sobre la vida y la forma en que la vemos. 

Se centra en las cosas obvias, lo que por lo general damos por sobreentendido, pero que en realidad es la base que estamos pisando para impulsar nuestros deseos y proyectos. 

Foster Wallace murió tres años después de esta charla sobre lo obvio. 


Hoy en día seguimos aprendiendo de aquello que nos dijo una vez.

Graciela Bonnet



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Traducción de José María Galán



Saludos y felicitaciones a la generación 2005 del Kenyon College.

Erase dos peces jóvenes que nadaban juntos cuando de repente se toparon con un pez viejo, que los saludó y les dijo, "Buenos días, muchachos ¿Cómo está el agua?" Los dos peces jóvenes siguieron nadando un rato, hasta que eventualmente uno de ellos miró al otro y le preguntó, "¿Qué demonios es el agua?"

Esto es algo común al inicio de los discursos de graduación en Estados Unidos: el empleo de una pequeña parábola con un fin didáctico. Esta costumbre resulta ser una de las mejores convenciones del género y la menos mentirosa, pero si te has empezado a preocupar de que mi plan sea presentarme como el pez sabio y viejo que le explica a los peces jóvenes lo que es el agua, por favor no lo hagas. Yo no soy el pez sabio y viejo. El punto de la historia de los peces es, simplemente, que las realidades más importantes y obvias son a menudo las más difíciles de ver y explicar. Enunciado como una frase, por supuesto, suena a un lugar común banal, pero el hecho es que las banalidades en el ajetreo diario de la existencia adulta pueden tener una importancia de vida o muerte, o así es como me gustaría presentarlo en esta mañana despejada y encantadora.

Por supuesto que el principal requisito en un discurso como éste es que hable sobre el significado de la educación en Humanidades y que intente explicar por qué el título que están a punto de recibir posee un verdadero valor humano en vez de ser una mera llave para la simple remuneración material. Así que mencionaremos otro lugar común al inicio de los discursos, que la educación en Humanidades no es tanto atiborrarte de conocimiento como “enseñarte a pensar”. Si son como yo fui alguna vez de estudiante, nunca hubiesen querido escuchar esto, y se sentirán insultados cuando les dicen que precisaron de alguien que les enseñara a pensar, porque dado que fueron admitidos en la universidad precisamente por esto, parece obvio que ya sabían cómo hacerlo. Pero voy a hacerme eco de ese lugar común que no creo sea insultante, porque lo que verdaderamente importa en la educación –la que se supone obtenemos en un lugar como éste– no vendría a ser aprender a pensar, sino a elegir cómo vamos a pensar. Si la completa libertad para elegir acerca de qué pensar les parece obvia y discutir acerca de ella una pérdida de tiempo, les pido que piensen acerca de la anécdota de los dos peces y el agua y que dejen entre paréntesis por unos segundo vuestro escepticismo acerca del valor de lo que es obvio por completo.




Les voy a contar otra de estas historias didácticas. Había dos personas sentadas en la barra de un bar en la parte más remota de Alaska. Uno de ellos era religioso, el otro ateo y ambos discutían acerca de la existencia o no de dios con esa especial intensidad que se genera luego de la cuarta cerveza. El ateo contó, ‘mirá, no es que no tenga un real motivo para no creer.  No es que nunca haya experimentado todo el asunto ese de dios, rezarle y esas cosas. El mes pasado, sin ir más lejos, me sorprendió una tormenta terrible cuando aún me faltaba mucho camino para llegar al campamento. Me perdí por completo, no podía ver ni a dos metros, hacía 50 grados bajo cero y me derrumbé: caí de rodillas y recé “Dios mío, si en realidad existes, estoy perdido en una tormenta y moriré si no me ayudas, ¡por favor!”. El creyente entonces lo mira sorprendido: ‘Bueno, eso quiere decir entonces que ahora crees! De hecho estás aquí vivo!”. El ateo hizo una mueca y dijo: “No, hermano, lo que pasó fue que de pronto aparecieron dos esquimales y me ayudaron a encontrar el camino al campamento…”.

Es fácil hacer un análisis típico en las Humanidades: una misma experiencia puede significar cosas totalmente distintas para diferentes personas si tales personas tienen distinto marco de referencia y diferentes modo de elaborar significados a partir de su experiencia. Dado que apreciamos la tolerancia y la diversidad de creencias, en cualquiera de los análisis posibles jamás afirmaríamos que una de las interpretaciones es correcta y la otra falsa. Lo que en sí está muy bien, lástima que nunca nos extendemos más allá y nos proponemos descubrir los fundamentos del pensamiento de cada uno de los interesados. Y me refiero a de qué parte del interior de cada uno de ellos surgen sus ideas. Si su orientación básica en referencia al mundo y el significado de su experiencia viene ‘cableado’ como su altura o talla del calzado, o si en cambio es absorbida de la cultura, como su lenguaje. Es como si la construcción del sentido no fuera realmente una cuestión de elección intencional y personal. Y más aún, debemos incluir la cuestión de la arrogancia. El ateo de nuestra historia está totalmente convencido de que la aparición de esos dos esquimales nada tiene que ver con el haber rezado y pedido ayuda a dios. Pero también debemos aceptar que la gente creyente puede ser arrogante y fanática en su modo de ver. Y hasta puede que sean más desagradables que los ateos, al menos para la mayoría de nosotros. Pero el problema del dogmatismo del creyente es el mismo que el del ateo: certeza ciega, una cerrazón mental tan severa que aprisiona de un modo tal que el prisionero ni se da cuenta que está encerrado.

Aquí apunto a lo que yo creo que realmente significa que me enseñen a pensar. Ser un poco menos arrogante. Tener un poco de conciencia de mí y mis certezas. Porque un gran porcentaje de las cuestiones acerca de las que tiendo a pensar con certeza, resultan estar erradas o ser meras ilusiones. Y lo aprendí a los golpes y les pronostico otro tanto a ustedes.

Les daré un ejemplo de algo totalmente errado pero que yo tiendo a dar por sentado: en mi experiencia inmediata todo apuntala mi profunda creencia de que yo soy el centro del universo, la más real, vívida e importante persona en existencia. Raramente pensamos acerca de este modo natural de sentirse el centro de todo ya que es socialmente condenado. Pero es algo que nos sucede a todos. Es nuestro marco básico, el modo en que estamos ‘cableados’ de nacimiento. Piénsenlo: nada les ha sucedido, ninguna de vuestras experiencias han dejado de ser percibidas como si fueran el centro absoluto. El mundo que perciben lo perciben desde ustedes, está ahí delante de ustedes, rodeándolos o en vuestro monitor o en la TV. Los pensamientos y sentimientos de las otras personas nos tienen que ser comunicados de algún modo, pero los propios son inmediatos, urgentes y reales.




Y, por favor, no teman que no me dedicaré a predicarles acerca de la compasión o cualquiera de las otras virtudes. Me refiero a algo que nada tiene que ver con la virtud. Es cuestión de mi posibilidad de encarar la tarea de, de algún modo, saltear o verme libre de mi natural e ‘impreso’ modo de operar que está profunda y literalmente auto centrado y que hace que todo lo vea a través de los lentes de mi mismidad. A gente que logra algo de esto se los suele describir como ‘bien equilibrado’ y me parece que no es un término aplicado casualmente.

Y dado el entorno en el que ahora nos encontramos es adecuado preguntarnos cuánto de este re-ajuste de nuestro marco referencial natural implica a nuestro conocimiento o intelecto. Es una pregunta difícil. Probablemente lo más peligroso de mi educación académica –al menos en lo que a mí respecta– es que tiende a la sobre intelectualización de las cosas, que me lleva a perderme en argumentos abstractos en mi cabeza en vez de, simplemente, prestar atención a lo que ocurre dentro y fuera de mí.

Estoy seguro de que ustedes ya se han dado cuenta de lo difícil que resulta estar alerta y atentos en lugar de ir como hipnotizados siguiendo el monólogo interior (algo que puede estar sucediendo ahora mismo). Veinte años después de mi propia graduación llegué a comprender el típico cliché liberal acerca de las Humanidades enseñándonos a pensar: en realidad se refiere a algo más profundo, a una idea más seria: porque aprender a pensar quiere decir aprender a ejercitar un cierto control acerca de qué y cómo pensar. Implica ser consiente y estar atentos de modo tal que podamos elegir sobre qué poner nuestra atención y revisar el modo en que llegamos a las conclusiones a las que llegamos, al modo en que construimos un sentido en base a lo que percibimos. Y si no logramos esto en nuestra vida adulta, estaremos por completo perdidos. Me viene a la mente aquella frase que dice que la mente es un excelente sirviente pero un pésimo amo.

Como todos los clichés superficialmente es soso y poco atractivo, pero en realidad expresa una verdad terrible. No es casual que los adultos que se suicidan con un arma de fuego lo hagan apuntando a su cabeza. Intentan liquidar al tirano. Y la verdad es que esos suicidas ya estaban muertos bastante antes de que apretaran el gatillo.




Y les digo que este debe ser el resultado genuino de vuestra educación en Humanidades, sin mentiras ni chantadas: como impedir que vuestra vida adulta se vuelva algo confortable, próspero, respetable pero muerto, inconsciente, esclavo de vuestro funcionar ‘cableado’ inconsciente y solitario. Esto puede sonar a una hipérbole o a un sinsentido abstracto. Pero ya que estamos pensemos más concretamente. El hecho real es que ustedes, recién graduados, no tienen la menor idea de lo que implica el día a día de un adulto. Resulta que en estos discursos de graduación nunca se hace referencia a cómo transcurre la mayor parte de la vida de un adulto norteamericano. En una gran porción esa vida implica aburrimiento, rutina y bastante frustración. Vuestros padres y parientes mayores que aquí los acompañan deben de saber bastante bien a qué me estoy refiriendo.

Pongamos un ejemplo. Imaginemos la vida de un adulto típico. Se levanta temprano por la mañana para concurrir a un trabajo desafiante, un buen trabajo si quieren, el trabajo de un profesional que con entusiasmo trabaja por ocho o diez horas y que al final del día lo deja bastante agotado y con el único deseo de volver a casa y tener una buena y reparadora cena y quizá un recreo de  una o dos horas antes de acostarse temprano porque, por supuesto, al otro día hay que levantarse temprano para volver al trabajo. Y ahí es cuando esta persona recuerda que no hay nada de comer en casa. No ha tenido tiempo de hacer las compras esta semana porque el trabajo se volvió muy demandante y ahora no hay más remedio que subirse al auto y, en vez de volver a casa, ir a un supermercado. Es la hora en que todo el mundo sale del trabajo y las calles están saturadas de autos, con un tránsito enloquecedor. De modo que llegar al centro comercial le lleva más tiempo que el habitual y, cuando al fin llega, ve que el supermercado está atestado de gente que como él,  que luego de un día de trabajo trata de comprar las provisiones que no pudo comprar en otro momento. El lugar está lleno de gente y la música funcional y melosa hacen que sea el último lugar de la tierra en el que se quiere estar, pero es imposible hacer las cosas rápido. Debe andar por esos pasillos atiborrados de gente, confusos a la hora de encontrar lo que uno busca y debe maniobrar con cuidado el carrito entre toda esa gente apurada y cansada (etc. etc. etc., abreviemos que es demasiado penoso) y al fin, luego de conseguir todo lo que necesitaba, se dirige a las cajas que, por supuesto, están casi todas cerradas a pesar de ser la hora pico, y las que están funcionando lo hacen con unas demoras colosales, lo que es enojoso, pero esta persona se esfuerza por dejar de sentir odio por la cajera que parece moverse en cámara lenta, quien está saturada de un trabajo que es tedioso, carente de sentido de un modo que sobrepasa la imaginación de cualquiera de los aquí presentes en nuestro prestigioso colegio.

Bueno, al fin esta persona consigue llegar a ser atendida, paga por sus provisiones y escucha que le dicen ‘que tenga un buen día’ con un voz que es la de la muerte. Luego tiene que cargar todas sus bolsas en el carrito que tiene una rueda chueca e insiste en irse para un costado y hace que el camino hasta el auto lo saque de quicio; luego tiene que cargar todo en el baúl y salir de ese estacionamiento lleno de autos que circulan a dos por ahora buscando un lugar libre ¡y todavía queda el camino a casa!, con un tránsito pesado, lento y plagado de enormes 4x4 que parecen ocupar toda la calle, etc. etc. etc.




Todos aquí han pasado por esto, claro. Pero aun no es parte de vuestra rutina de graduados, semana a semana, mes a mes, año a año. Pero lo será. Y cantidad de otras tareas fastidiosas y sin sentido aparente que les esperan. Pero no es este el punto al que me refiero. El punto es que estas tareas de mierda, insignificantes y frustrantes son las que permiten escoger qué y como pensar. Ya que debido al tránsito congestionado, o a los pasillos atiborrados de gente con carritos, o a las larguísimas colas, tengo tiempo para pensar y si no tomo una decisión consiente acerca de cómo pensar, de a qué prestar atención, me sentiré frustrado y jodido cada vez que me vea en estas situaciones. Porque el ajuste natural me dice que estar situaciones me afectan a MI. A MI hambre, a MI fatiga, a Mi deseo de estar en casa y me hace ver que toda esa gente se mete en MI camino. Y ¿quiénes son, después de todo? Miren qué repulsivos son, que caras de estúpidos portan, esa mirada de vacas, no parecen humanos, y que enojosos y groseros son hablando en voz alta por sus celulares todo el tiempo. Es absolutamente injusto e incordiante que me encuentre ahí, entre ESA gente.

Y, claro, además, como pertenezco a una clase de gente socialmente más consiente, gente de Humanidades, me parece terrible quedar atrapado en el tránsito de la hora pico entre esas tremendas 4x4, esos autazos de 12 cilindros que desperdician egoístamente sus tanques de 80 litros de un combustible cada vez más escaso, y puedo asegurar que las calcomanías con los slogans más religiosos y patrióticos están pegados en vidrios de los más enormes, llamativos y egoístas de los vehículos, conducidos por los más horrendos personajes (aplausos y respondiendo a esos aplausos) –este no es un ejemplo de cómo debemos pensar, ojo! –, conductores detestables, desconsiderados y agresivos. Y también puedo imaginar cómo nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos van a acordarse de nosotros por derrochar el combustible y probablemente joder el clima, y pensar en lo egoístas y estúpidos que fuimos por permitirlo y como nuestra sociedad consumista es detestable, etc., etc., etc.

Ya pescaron la idea.

Si yo escojo pensar así cuando me encuentro atrapado en el tránsito o en los pasillos de un supermercado, bueno, a la mayoría nos pasa. Porque este modo de pensar es tan automático, tan natural y establecido que no implica ninguna chance ni elección. Es el modo automático en que percibo la parte aburrida y frustrante de la vida adulta, cuando me dejo ir en automático, inconscientemente, cuando me creo el centro del mundo y que mis necesidades y sentimientos inmediatos determinan las prioridades de todo el mundo, que creo gira a mi alrededor.

La cosa es que, claro, hay otras maneras por completo diferentes de pensar acerca de estas situaciones. En ese transito entorpecido, con vehículos que dificultan mi avance, puede que, en una de esas horrorosas 4x4, haya un conductor que luego de un horrible accidente de tránsito se haya sentido tan acobardado que el único modo de volver a manejar es sintiéndose protegido dentro de uno de esos tanques. O que aquella camioneta que corta mi paso imprudentemente, esté conducida por un padre que lleva a su hijo enfermo o accidentado y se apura por llegar a una guardia médica, o que está en una situación más urgente y legítima que la que yo me encuentro, y que en realidad yo soy el que se mete en SU camino.

O puedo elegir pensar y considerar que todos los que nos encontramos en esa larga cola del supermercado estamos tan aburridos y nos sentimos tan mal como me siento yo y que algunos de ellos probablemente tengan una vida más tediosa y dolorosa que la mía.

De nuevo, por favor, no crean que estoy dando consejos moralistas, o que sugiero el modo en que tienen que pensar ustedes, o que señalo cómo se espera que ustedes piensen. Porque esto que les describo es muy difícil. Requiere de mucha voluntad y esfuerzo y, si son como yo, algunos días no lo lograrán o simplemente se dejarán llevar por la comodidad y falta de ganas.

Pero puede pasar que, si están atentos los suficiente como para darse a ustedes mismos la opción, podrán escoger una manera distinta de percibir a esa gorda, de ojos muertos, sobre maquillada que no deja de gritar a su hijito en la fila. Quizá ella no es siempre así. Quizá lleva tres noches sin dormir sosteniendo la mano de su marido que muere de cáncer en los huesos. O quizá esta señora es la misma que ayer ayudó a tu señora a resolver ese horrendo trámite en el Registro Automotor mediante un simple acto de gentileza. Claro, sí, nada de esto es lo habitual, pero tampoco es imposible. Todo depende de lo que uno elija pensar. Si estás seguro de saber exactamente cuál es la realidad y estás operando en automático como me suele suceder a mí, entonces no dejarás de pensar en posibilidades enojosas y miserables. Pero si en realidad aprendes a prestar atención, te darás cuenta de que en realidad hay otras opciones. Vas a poder  percibir ese atestado, caluroso, y lento infierno no solo como significativo, sino como algo sagrado, consumido por las mismas llamas que las estrellas: amor, comunión, esa unidad mística que hay bien en lo profundo de las cosas.




No afirmo que esta mística se necesariamente verdadera. Pero lo que sí lleva una V mayúscula es la Verdad de que podés decidir cómo te lo vas a tomar.

Esto, yo les aseguro, es la libertad que otorga la educación real. Aprender a cómo estar bien balanceado. Y cada uno decidir qué tiene y qué no tiene sentido. Decidir conscientemente qué es lo que vale la pena venerar.

Y he aquí algo raro, pero que es verdad: en las trincheras del día a día de la vida de un adulto, no existe el ateísmo. No hay tal cosa como la ‘no-veneración’. Todo el mundo es creyente. Y quizá la única razón por la que debamos cuidarnos al elegir qué venerar, cualquier camino espiritual –llámese Cristo, Allah, Yaveh, la Pachamama, las Cuatro Nobles Verdades o cualquier set de principios éticos– es que, sea lo que sea que elijas, te devorará en vida. Si elegís adorar el dinero y los bienes materiales, nunca tendrás suficiente. Si elegís tu cuerpo, la belleza y ser atractivo, siempre te vas a sentir feo y cuando el tiempo y la edad se manifiesten, padecerás un millón de muertes antes de que al fin te entierren. En cierto modo, todos lo sabemos. Esto fue codificado en mitos, leyendas, cuentos, proverbios, epigramas, parábolas, en el esqueleto de toda gran historia. El verdadero logro es mantener esta verdad consiente en el día a día. Si elegís venerar el poder, terminarás sintiéndote débil y necesitarás cada día de más poder para no creerte amenazado por los demás. Si elegís adorar tu intelecto, ser reconocido como inteligente, terminarás sintiéndote un estúpido, un chasco, siempre al borde de ser descubierto. Pero lo más terrible de estas formas de adoración no es que sean pecaminosas o malas, es que son inconscientes. Son el funcionamiento por default.

Día a día nos vamos sumergiendo en un modo cada vez más selectivo acerca de a qué prestar atención, qué percibir como bueno y deseable, sin siquiera ser consientes de lo que estamos haciendo.

Y el mundo real no te va a desalentar en este modo de operar, porque el así llamado mundo real está esculpido del mismo modo, dinero y poder que se regodean juntos en una piscina de miedo y odio y frustración y ambición y adoración al YO. Las fuerzas de nuestra cultura dirigen a estas fuerzas en pos de las riquezas, confort y libertad individual. Libertad para ser los señores de nuestro diminuto reino mental, solitarios en el centro de la creación. Este tipo de libertad es muy tentadora. Pero hay otros tipo de libertad pero justo del tipo de libertad que es el más precioso no vas a escuchar mucho en este mundo que nos rodea, de puro desear y conseguir.

La libertad que importa verdaderamente implica atención, conciencia y disciplina, y estar realmente interesados en el bienestar de los demás y estar dispuestos a sacrificarnos por ellos una y otra vez en miríadas de insignificantes y poco atractivas maneras, todos los días.

Esa es la libertad real. Eso es ser educado y entender cómo pensar. La alternativa es lo inconsciente, lo automático, el funcionamiento por default, el constante sentimiento de haber tenido y perdido alguna cosa infinita.

Yo sé que esto que les digo puede sonar poco divertido y que roza en lo grandilocuente  espiritual en el sentido que un discurso de graduación debe sonar. Lo que quiero que rescaten, del modo en que yo lo veo, es el tema de la V mayúscula de Verdad, dejando fuera todas las linduras retóricas. Ustedes son libres de pensar como quieran. Pero por favor, no tomen este discurso como a un sermón de esos con el dedito apuntando acusatoriamente. Nada de esto tiene que ver con moralidad o religión o dogma ni con las grandes preguntas luego de la muerte.




La V mayúscula de Verdad se refiere a la vida ANTES de la muerte.

Es acerca de los valores que implica la real educación, que no tiene nada que ver con el acumular conocimiento y sí con la simple atención, atención a lo que es real y esencial, tan oculto en plena vista a nuestro alrededor, todo el tiempo, que tenemos que estar constantemente recordándonos a nosotros mismos, una y otra vez: Esto es agua. Esto es agua. Esto es agua.

Es inimaginablemente arduo de llevar a cabo, estar consientes y vivos en el mundo adulto, día a día. Lo que trae a colación otro gran cliché archisabido: la educación ES un trabajo para toda la vida. Y comienza ahora.

Les deseo que tengan más que suerte!

Fuente:


Esto es agua - David Foster Wallace (Subtitulado al español) (Leer descripción)


David Foster Wallace discute lenguaje pretencioso






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Graciela Bonnet


 Nació en Córdoba, Argentina, en 1958. Es Licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela (1984). Ha trabajado 25 años como correctora de pruebas y supervisora de ediciones por contrato para todas las editoriales venezolanas, entre ellas Monte Avila, Planeta, Biblioteca Ayacucho, ediciones de la Casa de la Poesía, Pomaire, Eclepsidra, Santillana, Editorial Pequeña Venecia, La Liebre Libre. Experiencia de tres años como redactora free lance para una editorial de libros de autoayuda. Escritora fantasma (sin firma) realizó investigaciones para crear libros, novelas, tesis y monografías.Es dibujante amateur. En 1997 el grupo editorial Eclepsidra publicó su poemario "En Caso de que Todo Falle." En 2013 editorial Lector Cómplice editó "Libretas Doradas, Lápices de Carbón" En el año 2000 participó del encuentro de Mujeres Poetas en Cereté, Colombia.






Actualizada el 16/12/2023


domingo, 15 de septiembre de 2013

"Esa tristeza sobre la que trata el libro y por la que yo estaba pasando, era un verdadero tipo de tristeza americana".

Una entrevista al escritor estadounidense David Foster Wallace a 5 años de su partida




 

 

Estimados Amigos

 

Hoy compartimos con ustedes esta entrevista al escritor estadounidense David Foster Wallace (21 de febrero de 1962 - 12 de septiembre de 2008), como una manera de recordarlo a 5 años de su partida.

 

Esperamos la disfruten.

 

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traducido por Yomar González
tomado de www.salon.com


por laura miller 

ilustración: harry aung




La apariencia mesurada y de comelibros o nerd de David Foster Wallace contradice abiertamente la imagen –sin afeitar, pañuelo en la cabeza- de sus fotos publicitarias. Incluso un novelista hipster tendría que ser muy serio y disciplinado para producir un libro de 1.079 páginas en tres años. "La broma infinita," la gigante segunda novela de Wallace, yuxtapone la vida en una academia de tenis de élite con las luchas de los habitantes de un centro de rehabilitación, todo en un contexto futuro cercano en el que los EE.UU., Canadá y México se han fusionado, Nueva Inglaterra del Norte se ha convertido en un gran vertedero de residuos tóxicos; y todo, desde los automóviles privados hasta el nombre de los años están patrocinados por empresas. Ambiciosa, llena de jerga y en ocasiones excesivamente enamorada de la prodigiosa inteligencia de su autor, "La broma infinita", no obstante, tiene suficiente lastre emocional para evitar que zozobre. Siempre hay algo raro y estimulante en un autor contemporáneo que pretende capturar el espíritu de su época. (…)

¿Cuáles eran sus pretensiones cuando comenzó a escribir este libro? 

Quería hacer algo triste. Había hecho algunas cosas divertidas y otras algo más densas, intelectuales, pero nunca había hecho algo triste. Y quería que no hubiese protagonistas. La otra banalidad era que deseaba hacer algo realmente estadounidense, algo acerca de lo que es vivir en los Estados Unidos en este fin de milenio.


¿Y cómo es? 

Hay algo particularmente triste al respecto, algo que no tiene mucho que ver con las circunstancias físicas, o con la economía, o con cualquiera de las otras cosas de las que se habla en las noticias. Es más como una tristeza al nivel del estómago. Lo veo en mis amigos y en mí mismo. Una especie de perdición. No sé si es algo que le ocurre sólo a mi generación.

Parte de la prensa que ha escrito sobre La broma infinita aborda el papel que desempeña Alcohólicos Anónimos en la historia. ¿Cómo se conecta AA con el tema de la novela? 

Esa tristeza sobre la que trata el libro y por la que yo estaba pasando, era un verdadero tipo de tristeza americana. Yo soy blanco, de clase media-alta, obscenamente bien educado, he tenido mucho más éxito profesional de lo que legítimamente podía esperar y aún así andaba a la deriva. Muchos de mis amigos compartían todo lo anterior. Algunos estaban profundamente enganchados a las drogas, otros se habían convertido en adictos al trabajo de manera increíble. Iban a bares de solteros cada noche. Se puede representar de veinte maneras diferentes, pero es la misma cosa. 
 


Algunos de ellos terminaron yendo a AA. Yo no pretendía escribir mucho sobre lo de AA, pero sabía que quería tener drogadictos y sabía que debería haber un centro de rehabilitación. Fui a un par de reuniones con estos chicos y pensé que aquello era tremendamente poderoso. Esa parte del libro suponía fuera lo suficientemente vívida para que pareciera real, pero también suponía que encontraría una respuesta a la perdición y a por qué las cosas que haces para mejorar no son suficientes. Tocar fondo con las drogas y el trabajo de AA fue lo más crudo lo que pude encontrar para tratar esos asuntos.

Tengo la sensación de que muchos de nosotros, estadounidenses de grupos sociales privilegiados con poco más de 30 años, tenemos que encontrar una manera de deshacernos de chiquilladas y enfrentarnos a asuntos como la espiritualidad y los valores. Probablemente el modelo de AA no es la única manera de hacerlo, pero me parece uno de los más enérgicos. Los personajes tienen que luchar con el hecho de que el sistema de AA les enseña cosas bastante profundas a través de sus tópicos aparentemente simplistas.




Es un asunto delicado para quienes tienen cierta cultura, para quienes, para ser mercenario, está dirigido éste libro. Quiero decir que esto es caviar para el lector habitual de narrativa. Particularmente sentí rechazo al principio. ¡Algo como One Day at a Time!(*) ¡Del año 1977 y protagonizado por Bonnie Franklin! Pero al parecer, algo importante en lo que respecta a la adicción es que necesitan tanto la droga que cuando se la quitan desean morir. Y es tan horrible que la única manera de enfrentarlo sea construir un muro en medianoche y no mirar por encima de él. Algo tan banal y reductor como One Day at a Time permitió a estas personas caminar a través del infierno, que es en lo que consisten los seis primeros meses de desintoxicación. Fue algo verdaderamente sorprendente. 





La intelectualización y la estetización de los principios y valores en este país es una de las cosas que ha eviscerado a nuestra generación. Mis padres me enseñaron que era realmente muy importante no mentir. Ok, entendido. Digo que sí, pero realmente no lo siento. Así hasta que llego a tener 30 años y me doy cuenta de que cuando le mienta a una persona, a la vez dejaré de confiar en ella. Siento dolor, estoy nervioso, me siento solo y no logro responder por qué. Entonces me doy cuenta: “Tal vez la manera de hacer frente a esta realidad sea no mentir". La idea de que algo tan sencillo y, en realidad, tan poco interesante desde el punto de vista estético -que pasa por encima a criterios interesantes y complejos- pudiera en realidad alimentar y nutrir mucho más que otras cosas, me parece que es algo que nuestra generación tendría que tomar en cuenta.


¿Está tratando de encontrar significados similares en la cultura pop que suele abordar? Ese tipo de cosas puede ser visto como salidas simplemente ingeniosas, o superficiales.
 
Siempre me he visto como una persona realista. Recuerdo que me peleaba con mis profesores sobre este asunto. El mundo en que yo vivo consta de 250 anuncios al día y un número incalculable de opciones de entretenimiento, la mayoría de los cuales están subvencionados por empresas que quieren vender productos. La manera en que el mundo interactúa con mis terminaciones nerviosas está ligada a cosas que unos tíos con parches de cuero en los codos considera pop o triviales o efímeras. Yo uso una buena cantidad de “material pop” en mi ficción, pero lo que quiero decir no es nada diferente a lo que la gente quiere decir cuando escribe sobre los árboles y los parques y la necesidad que tenían hace 100 años de andar hasta el río para conseguir agua. Es sólo la textura del mundo en que vivimos.

¿Cómo es ser un narrador joven hoy en día? ¿Cómo empezar, cómo lograr construirse una carrera, etc.?

Personalmente, creo que es un momento realmente fantástico. Tengo amigos que no coinciden. La ficción literaria y la poesía están realmente marginadas hoy en día. Pero hay una falacia en la que caen algunos, el viejo tópico de que el público es tonto; el público prefiere mantenerse en ese nivel de profundidad; pobres de nosotros, estamos marginados a causa de la TV, la gran hipnosis, bla, bla. Pueden sentarse y organizar esas orgías de lástima, pero por supuesto que es una sandez. Si una forma de arte es marginada es porque no se está comunicando con la gente. Lo más fácil es llegar a considerar que la gente a las que te diriges es demasiado estúpida para entenderlo, pero esa me parece la salida más simple. 



Si el escritor sucumbe a la idea de que el público es demasiado estúpido, entonces hay dos resultados posibles. El número uno es el vanguardismo, donde se tiene la idea de que se está escribiendo para otros escritores y por tanto no se preocupan de hacerlo de manera más accesible o relevante. Se preocupan por que sea estructural y técnicamente innovador, apropiadas referencias intertextuales, que parezca inteligente. En realidad, no se le presta atención a si comunica o no con un lector a quien sí le importa esa sensación en el estómago, que es la razón por la cual leemos. Está también el otro extremo, los retazos de ficción groseros, cínicos y comerciales hechos de manera superficial -esencialmente televisión en páginas de libro- que manipulan al lector y disponen asuntos grotescos de manera puerilmente fascinante. 

Lo raro es que estos dos bandos luchan entre sí cuando en realidad ambos provienen de lo mismo, del desprecio por el lector, de la idea de que la marginación de la literatura actual es culpa del lector. Vale la pena intentar hacer cosas que tengan algo de la riqueza, el desafío, la emoción y la dificultad intelectual de las vanguardias, cosas que permiten que el lector se enfrente a los asuntos planteados en lugar de ignorarlos, y que a la vez sean agradables de leer. El lector nota que alguien le está hablando en vez de estar ensayando varias poses.

Parte de ello tiene que ver con vivir en una época en la que hay muchísimas formas de ocio disponible, ocio real, y en averiguar cómo la ficción va a marcar su territorio en una época así. Se puede intentar encontrar qué produce la magia de la ficción, esa magia que no está en otros tipos de arte y entretenimiento. Se puede intentar averiguar cómo la narración puede conectar con el lector, gran parte de cuya sensibilidad se ha formado con la cultura pop, sin que simplemente se convierta en un poco más de basura en la máquina de la cultura pop. Es increíblemente difícil y confuso y asusta, pero es efectivo. Ninguna otra generación ha enfrentado un ocio comercial tan amplio y tan hábil. Eso es lo que significa ser un escritor hoy en día. Creo que es con mucho el mejor momento para vivir, y probablemente también sea el mejor momento para ser escritor. Esto no quiere decir que sea el más fácil.


¿Qué cree que sea lo especialmente mágico de la ficción? 

¡Oh, señor, esto podría ocuparnos un día entero! Bueno, la primera línea de ataque para contestarle es la soledad existencial en el mundo real. No sé lo que estás pensando, no se cómo es estar dentro de ti ni tú sabes lo que es estar dentro de mí. En la ficción creo que de cierta manera podemos saltar por encima de ese muro. Pero eso es sólo el primer nivel, porque la idea de intimidad emocional o mental con un personaje es una ilusión o artificio creado por el escritor. Hay otro nivel: una obra narrativa es también una conversación; se establece una relación entre el lector y el escritor que es muy extraña, muy complicada y muy difícil de explicar. Una obra narrativa puede o no transportarte y hacerte olvidar que estás sentado en una silla. Hay libros del tipo estrictamente comercial y hay tramas fascinantes que también pueden hacer eso; pero no logran hacerte sentir menos solo.

Hay una especie de despertar, de sorpresa. Alguien, al menos por un momento, tiene el mismo sentimiento o ve algo de la misma manera que tú. No sucede todo el tiempo. Pueden ser breves destellos o llamas, pero se siente de vez en vez. Te sientes acompañado -intelectual, emocional y espiritualmente. Te sientes humano y acompañado, como si estuviera tomando parte de una conversación profunda y trascendente. Y esto sólo ocurre con la ficción y la poesía.

¿Para usted qué escritores logran estas sensaciones?

De los clásicos, hay varios que siempre retornan: "La oración fúnebre" de Sócrates; la poesía de John Donne; la poesía de Richard Crashaw; algunas cosas de Shakespeare; las cosas más breves de Kyats; Schopenhauer; "Las meditaciones metafísicas" y "El discurso del método" de Descartes; "Prolegómenos a toda metafísica futura" de Kant; "Las variedades de la experiencia religiosa" de William James; "Tractatus" de Wittgenstein; "Retrato del artista adolescente" de Joyce; Hemingway -en particular las cosas de Italia de "En nuestro tiempo"; Flannery O'Connor; Cormac McCarthy; Don DeLillo; AS Byatt; Cynthia Ozick –sus cuentos, especialmente uno llamado "Levitación"-; cerca del 25 por ciento de Pynchon; Donald Barthelme, sobre todo una historia llamada "El globo", que fue la primera historia que leí que me hizo querer ser escritor; Tobias Wolf; las mejores cosas de Raymond Carver -la más conocidas-; Steinbeck, cuando no está golpeando su tambor; el 35 por ciento de Stephen Crane; "Moby Dick"; "El Gran Gatsby".

Y, Dios mío, no hay poesía: Phillip Larkin, probablemente más que nadie, Louise Glück, Auden.

¿Y entre sus colegas? 

Está el asunto del "gran hombre blanco”. Hay por lo menos cinco de nosotros que están por debajo de los 40 años, son de raza blanca, miden más de seis pies y usan gafas. Está Richard Powers, que vive sólo a unos 45 minutos de mí y a quien he conocido recientemente. William Vollman, Jonathan Franzen, Donald Antrim, Jeffrey Eugenides, Rick Moody. La persona que más atención me despierta ahora mismo es George Saunders, cuyo libro "Guerracivilandia en ruinas" acaba de salir. A.M. Homes: no creo que sus historias largas sean perfectas, pero cada par de páginas hay algo que acaba por emocionarte. Kathryn Harrison, Mary Karr, a quien se conoce por "El club del mentiroso" (The Liar's Club), pero es también poeta y creo que la mejor poeta entre las menores de 50 años. Una mujer llamada Cris Mazza. Rikki Ducornet, Carole Maso. "Ava", de Carole Masó -un amigo mío lo leyó y dijo que le dio una erección del corazón.


Hábleme de su experiencia en la enseñanza. 

Me contrataron para enseñar escritura creativa, cosa que no me agrada. 

Hay material para emplear dos semanas en personas que no hayan escrito más de 50 cosas aún y siguen estando en fase de aprendizaje. Después de ese tiempo se vuelve más una cuestión de gestionar las impresiones subjetivas de varias personas sobre cómo decir la verdad sin tirar abajo el ego de alguien. 

Disfruto enseñando a nuevos estudiantes, se reciben una gran cantidad de estudiantes de zonas rurales que no están ligados a la cultura y a quienes no les agrada leer. Han crecido considerando la literatura algo seco, irrelevante, sin gracia, como el aceite de hígado de bacalao. Se logra mostrarles cosas algo más contemporáneas –hay uno con el que habitualmente trabajamos en la segunda semana, un cuento llamado "Una muñeca real", de A.M. Homes, del libro "La seguridad de los objetos", y que narra la relación de un niño con una muñeca Barbie. Es brillante, y en una mirada superficial de la historia, resulta demasiado retorcido, enfermo, fascinante y, por tanto, realmente interesante para personas de 18 que cinco o seis años atrás estuvieron jugando con muñecas o fueron sádicos con sus hermanas. Es muy reconfortante ver a estos chicos despertar, darse cuenta que leer literatura es a veces difícil, pero que merece la pena y les puede dar cosas que no podrían conseguir en ninguna otra parte.


¿Cómo ve las reacciones sobre la extensión de su libro? ¿Es la extensión algún tipo de provocación o buscaba un efecto o conclusión en particular? 

Sé que es arriesgado porque forma parte de la cuestión de exigir al lector –exigencias que comienzan desde el aspecto monetario. Otra parte es que las editoriales odian los libros de muchas páginas porque les dejan menos ganancias. El papel es muy caro. Si la extensión parece gratuita, como le pareció a la encantadora señora japonesa del New York Times, entonces a alguna gente se le despierta la ira. Y soy consciente de todo ello. El manuscrito que entregué tenía 1.700 páginas, de estas se eliminaron alrededor de 500. O sea, la editorial no se limitó a comprar el libro y distribuirlo sino que fue editado concienzudamente. Fui hasta Nueva York y todo. Si parece una novela caótica, me parece bien, pero todo lo que hay en ella está puesto a propósito. Estoy en una excelente posición emocional para aceptar todas las críticas respecto a la extensión y si la gente cree que esa extensión es gratuita, es porque el libro falla. En todo caso la gratuidad no es porque no tuviera deseos de trabajar o de hacer los cortes necesarios.

Es un libro raro. No se mueve de la forma en que se suelen mover los libros. Tiene muchísimos personajes. Creo que tiene al menos la intención de ser divertido y fascinante, lo suficiente al menos para ir pasando una página tras la otra. Así que no considero que esté haciendo sufrir al lector, ya sabes, “Aquí tienes esta cosa super difícil y de una inteligencia imposible. Jódete. A ver si es verdad que lo puedes leer”. Sé que hay libros de ese tipo y son libros que me cabrean mucho.

¿Qué le hizo elegir una academia de tenis para contraponerlo al centro de rehabilitación?

Yo quería hacer algo relacionado con el deporte, con la idea de la obtención de una meta que en algo se asemeja a una adicción.


Hay personajes que se preguntan si la obsesión por la competencia vale la pena.

Probablemente ocurre en casi todos los ambientes. Me doy cuenta en algunos de mis alumnos. Eres un joven escritor, admiras a un escritor mayor y deseas llegar a esa posición. Imaginas que toda la energía que ha dejado tu envidia, de alguna manera ha sido trasladada, y queda una sensación de que ser envidiado es una buena sensación si se parte de la base que la envidia es un sentimiento muy fuerte. 

Puedes creer que escribiendo lograrás una imaginaria meta relacionada con el prestigio más que con la escritura en sí. Esa idea de dar todo de ti para alcanzar una especie de anillo de bronce suele ser una típica enfermedad americana, así como creer que ese anillo hará que la gente sienta algo por ti. ¿Y la gente se pregunta por qué se siente alienado, solitario y estresado? 

El tenis es un deporte del que conozco lo suficiente como para encontrarlo hermoso y poder encontrarle algún significado. Lo bueno de esto es que la revista Tennis quiere hacer algo sobre mí. A lo mejor algún día pueda jugar con los profesionales.

8 de marzo, 1996


(*) Serie de TV (1975-1984). 209 episodios. Popular serie norteamericana de los años setenta que trataba de una madre soltera que intentaba sacar adelante a sus hijas y progresar en su carrera profesional.



 Tomado de Nada del mundo real