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viernes, 10 de mayo de 2024

Ursula K. Le Guin: Las mentiras no son siempre agradables ni la verdad cierta

 

Le Guin pronunciando un discurso en 2014 en la Universidad de Oregon. Fotografía de Jack Liu
 



Estimados Liponautas

Hoy tenemos el gusto de compartir con ustedes una entrevista a la escritora, ya desaparecida, Ursula K. Le Guin, donde nos habla de su acercamiento en sus obras al Anarquismo.

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La Gerencia


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Baile verbal: una entrevista con Ursula K. Le Guin

Doctor Peligro

EXPEDIENTES DESCLASIFICADOS | INCLUIDO EN AGENTE PROVOCADOR Nº9

Rescatamos una maravillosa entrevista que la gran Ursula K. Le Guin concedió a un periódico revolucionario y en la que nos habla sobre imaginación, utopía, anarquismo, Virginia Woolf y eso de «escribir como una mujer»



Por Paul J. Comeau. Publicada en Fifth Estate N.º 382, primavera de 2010 


Traducción de Raquel Duato


 


El pasado 22 de enero nos dejaba una de las grandes escritoras vivas. Ursula K. Le Guin falleció en su casa de Portland (Oregón, EE. UU.) a los 88 años, dejando huérfanas a miles de almas lectoras admiradoras de su universo. Aunque es sobre todo conocida como escritora de ciencia ficción y fantasía, no se le escapaba ningún género: poesía, libros infantiles, cuentos o ensayo. Feminista y taoísta, en sus novelas aparecen a menudo ideas anarquistas, lo que la hizo especialmente popular entre el movimiento libertario.


Desde pequeña se interesó de manera especial por la mitología y las leyendas, sin duda influida por el ambiente familiar, ya que sus padres eran antropólogos. La rama dorada, de James Frazer, y las revistas de ciencia ficción de la época fueron sus lecturas predilectas.



Construimos el mundo y lo intentamos comprender con historias. La imaginación y la narración al poder para construir nuestro universo. La pequeña Ursula, tal vez sin saberlo, lo sabía, y con solo 11 años envió su primer relato a la revista Astounding Science Fiction. Fue rechazado, pero eso no fue para nada un hecho importante en el resto de su historia. 

Ursula K. Le Guin. Fotografía: William Anthony


Su obra dio un giro a las convenciones de la ciencia ficción y la fantasía. En 1966 publicó su primera novela de ciencia ficción, El mundo de Rocannon, y dos años más tarde apareció Un mago de Terramar, primer libro de una serie. En 1969 publicó La mano izquierda de la oscuridad, historia que transcurre en un planeta donde las personas no son ni hombres ni mujeres: «Eliminé el género para ver qué pasaba», dijo. El libro fue un gran éxito y el crítico Harold Bloom afirmó que Le Guin, más que Tolkien, había elevado la fantasía a la categoría de alta literatura. 

Aparte de estas, algunas de sus obras más celebradas son La rueda celeste (1971), El nombre del mundo es Bosque (1973), Los desposeídos (1974), donde investiga el sistema político como elemento portador del bien y del mal, Cuatro caminos hacia el perdón (1997) o Lavinia (2008). Fue la primera mujer galardonada con el título de Gran Maestra de la Asociación de escritores de ciencia ficción y fantasía de Estados Unidos. En 2014 le dieron la medalla por la Contribución a las Letras Estadounidenses en la ceremonia del Premio Nacional del Libro, y ella la aceptó pero en nombre de todos sus colegas escritores y escritoras de fantasía y ciencia ficción que, según argumentó, habían sido excluidos de la literatura durante mucho tiempo y apartados de los honores literarios. Generosa, icono de la literatura y eterna, como sus historias.

Fifth Estate (2011)



Aquí reproducimos la entrevista realizada por Fifth Estate a Ursula K. Le Guin donde esta habla sobre las influencias en su vida y su obra, algunas de las ideas tras su famosa novela Los desposeídos, qué es necesario hacer para cambiar la percepción del anarquismo en la imaginación popular y qué inspiró su última novela, Lavinia.

Fifth Estate (1968)




El periódico se fundó en 1965 en Detroit en medio de un clima prerrevolucionario que iría aumentando hasta el final de la década. Aunque en sus orígenes estaba muy influenciado por la contracultura de la época, fue evolucionando durante los setenta y ochenta hacia posturas claramente primitivistas, luditas y anarcosituacionistas. En 1975, se refundó el colectivo editorial, que declaró que a partir de entonces comenzaba una nueva época en Fifth Estate, por lo que en agosto se publicó el primer número de aquel año cero. Los editores se hacían llamar Eat the Rich Gang, un grupo de afinidad semisecreto formado por veteranos activistas y gente joven. Conocidos teóricos anarquistas como John Zerzan o Fred Perlman, entre muchos otros, han sido habituales colaboradores del periódico. En 2008, Marius Mason, miembro del colectivo, fue detenido y condenado a más de veinte años de prisión por terrorismo.

Ursula K. Le Guin. Fotografía: William Anthony

 

En Los desposeídos, el filósofo Odo afirma: «El verdadero viaje es el regreso». ¿Qué relación tiene esta afirmación con tu vida en el momento en que la escribiste y qué relación tiene con tu vida actual?


Ursula K. Le Guin: No lo sé. Por supuesto, lo que escribo tiene su origen en mi vida y trato de ser sincera respecto a mis percepciones de la vida, pero no escribo para «expresarme». Mi ficción es experiencial pero no confesional. A decir verdad, rara vez tengo alguna idea de qué «relación» tiene lo que digo en mis libros conmigo personalmente. Una afirmación como «El verdadero viaje es el regreso» no es una conclusión razonada a la que se llega tras un tiempo de reflexión. Se trata de una experiencia no verbal expresada en palabras, dando por supuesto que es una experiencia compartida, que otras personas, al leer las palabras, podrían reconocer esa experiencia.

Hay un momento en Los desposeídos en el que Shevek, el protagonista, se da cuenta o acepta que su «propia función en el organismo social» es «derruir muros». ¿Hasta qué punto tu carrera como escritora ha consistido en un esfuerzo similar al de «derruir muros»?


Bueno, he derruido algunos. Unos exclusivamente en el ámbito de la literatura (intentando lograr que los críticos y profesores dejaran de marginar la literatura de género, en particular, la de ciencia ficción y la fantástica) y otros con una mayor intención social, como la decisión de hacer que la mayoría de mis protagonistas fueran personas de color, sin decir mucho al respecto, de forma que los lectores blancos tuvieran que imaginar su piel marrón si deseaban identificarse con mis personajes. También he escrito relatos polémicos y satíricos que tratan de forma bastante directa temas como la misoginia, la homofobia, la persecución y opresión doctrinaria, etc. Todo con el objetivo de derruir muros.

Ursula en una imagen de finales de los años setenta

Mi metáfora para esto en mi obra es «dejar las puertas y ventanas abiertas». La casa que construyo en una historia tiene muros, de lo contrario no sería una casa, pero las puertas no están cerradas con llave y las ventanas no tienen las persianas bajadas. Construyo casas con muchas corrientes de aire. No es necesario el aire acondicionado porque el viento sopla en su interior y las atraviesa.

Piotr Kropotkin. Por Nadar. Fotografía coloreada


En una entrevista anterior, describiste Los desposeídos como «una novela utópica anarquista. Sus ideas proceden de la tradición anarquista pacifista, Kropotkin, etc.». ¿Podrías hablarnos un poco más sobre los antecedentes/ideas/inspiraciones de la novela?


Necesitaría muchas horas para responder. Dediqué dos años a leer. Leí todos los libros anarquistas disponibles en Portland a principios de los 70. Eran muchos porque existían varias librerías universitarias y una tienda anarquista donde había textos que pueden conseguirse fácilmente ahora, pero en esa época no. Después de tanto tiempo, diría que probablemente mis mayores influencias fueron Kropotkin y los Goodman, en especial Communitas.

 

¿La cultura de la ciudad de Shantih en El ojo de la garza se inspiró en ideas y material de referencia similares?


 Sí. Pero más concretamente en Gandhi.

Gandhi leyendo en su casa en 1946. Fotografía de Margaret Bourke-White, LIFE MAGAZINE. Fotografía coloreada



 ¿Cuándo descubriste el anarquismo? ¿Qué te atrajo hacia él?


 Tenía el germen de la historia en la cabeza pero no podía imaginar quién era mi protagonista, ese físico. Solo sabía que, de algún modo, no estaba de acuerdo con su sociedad. Empecé a leer utopías, las leí y eso me llevó hasta Gandhi. Entretanto, el debate de los biólogos sobre el altruismo frente al comportamiento egoísta me había guiado hasta los estudios de animales de Kropotkin y esto despertó en mí el deseo de leer más de Kropotkin. Quedé fascinada por toda la literatura pacifista-anarquista y me zambullí en ella. Hasta que, en un momento dado, se me ocurrió pensar: a) Nunca se ha escrito una novela utópica anarquista; b) ¡De eso trata la historia de mi físico!


Y así nació Los desposeídos.



¿Cómo se ha desarrollado o cómo ha cambiado con el tiempo el anarquismo en relación con tu propia vida?


 No lo sé. Yo no puedo vivir una vida anarquista, y nunca pretendí hacerlo. Cuando leí sobre el anarquismo y me enamoré de él, era una mujer de mediana edad, un ama de casa de clase media con tres hijos y ningún deseo de ser ninguna otra cosa, siempre que pudiera escribir mis libros. ¿Qué relación tiene el anarquismo con mi vida? Solo como libertad de la mente, de la imaginación. La misma libertad que leer Lao Tzu me brindaba muchos años antes. 

Ursula fotografiada en 1988 por Marian Wood Kolisch


Con frecuencia se incluye Los desposeídos en listas de lecturas recomendadas anarquistas. Si tuvieras que crear tu propia lista de lecturas recomendadas, ¿qué obras incluirías?


Lo siento, pero estoy demasiado alejada de la literatura que conocía muy bien décadas atrás. Si intentara dar nombres, me dejaría la mitad de los más importantes. Y sin duda habrán surgido nuevos que ni siquiera conozco.  Aunque, en mi opinión, Los desposeídos es la mejor descripción de una sociedad anarquista «en la práctica», la imaginación popular sigue describiendo a los anarquistas como personas que lanzan ladrillos y bombas. 

¿Qué crees que debe hacerse para cambiar la percepción del anarquismo en la imaginación popular?


Si las personas que no lanzan ladrillos ni bombas, y no se visten de un modo extraño a propósito ni cuestionan ni atacan las ideas de los demás con agresividad, se identificaran a sí mismas, sencilla y claramente, como anarquistas, podría iniciarse entonces el cambio… De igual modo que muy, muy despacio, la percepción de las feministas como mujeres que odian a los hombres y queman sujetadores ha tenido que cambiar y desaparecer cuando mujeres corrientes, esposas, madres, abuelas, están dispuestas a identificarse como feministas. Pero es un proceso tan lento. ¡Se requiere tanto tiempo!


Solía encogérseme el corazón cuando un pequeño grupo de anarquistas autoproclamados se unían a una de las manifestaciones contrarias a la guerra o a la homofobia en Portland. Eran agresivos, hipócritas y no aceptaban la voluntad de la mayoría de los manifestantes en temas como no hacer enfadar a la policía y pedir represalias. Siempre eran ellos los que aparecían en las fotografías de los periódicos porque personificaban el estereotipo negativo.


Nos enfrentamos a algo un tanto nuevo: los medios de comunicación religiosos, de derechas y reaccionarios. Cuando «liberal» se ha convertido en una palabra que se enseña a temer a los niños, ¿cómo vas a hacer que el anarquismo sea aceptable? 


En alguna ocasión, has hablado del proceso continuo que ha supuesto para ti aprender a escribir como una mujer. Incluso describiste al narrador masculino de La mano izquierda de la oscuridad como «una extensión deliberada del autor para los lectores varones que (o eso pensaba yo en ese momento) rechazarían un personaje central andrógino, especialmente en un libro escrito por una mujer». ¿Podrías explicar qué significa «escribir como una mujer»?


Me temo que no puedo, porque cada mujer escribe como una mujer a su propio modo. De hecho, creo que somos más variadas y menos predecibles en diversos aspectos que los escritores varones. Una breve descripción de mis principales fases en el proceso sería: 


1. Leer a Virginia Woolf


2. Leer a las nuevas escritoras feministas de los años 60, 70 y posteriores.


3. Leer poesía y ficción escritas por mujeres.


4. Pensar en los motivos que me llevaron a creer que debía escribir como los hombres y sobre los temas que ellos lo hacen.


5. Pensar seriamente: si no hago eso, entonces, ¿sobre qué escribo?


6. Volver a leer a Virginia Woolf.


7. Probar suerte.


8. ¡Bien! ¡Funciona!



Imagina por un momento que estuvieras escribiendo La mano izquierda de la oscuridad hoy en día, ¿qué diferencias habría respecto a la novela que escribiste hace 40 años?


Bueno, obviamente, podría beneficiarme de los 40 años que otras personas han pasado pensando y cuestionando la construcción del género, algo de lo que no se había dicho ni una palabra cuando escribí el libro. Sería un clima tan diferente a la casi total ausencia de tales pensamientos y debate cuando escribí el libro que soy incapaz de imaginar la situación. ¿Por qué escribiría un libro así ahora? Lo importante fue escribirlo entonces.


Jorge Luis Borges


En la introducción para la reedición de 1976 de La mano izquierda de la oscuridad, comentas que «la verdad nace de la imaginación». Esto me recuerda a dos afirmaciones que Kurt Vonnegut hizo en Cuna de gato: «En este libro nada es cierto», y más tarde «Todas las cosas ciertas que voy a decirles son mentiras descaradas». ¿La ficción, o todo el arte en realidad, está diciendo la verdad en forma de mentiras agradables?


Podría decirse que sí. Aunque las mentiras no son siempre agradables ni la verdad cierta. Borges tiene cosas aún más interesantes que decir sobre este tema que Vonnegut.



En tu última novela, Lavinia, el personaje que le da título es un personaje secundario sin ningún texto en el poema épico de Virgilio, La Eneida. ¿Puedes explicar un poco cómo ha sido la experiencia de crear una voz para este personaje? ¿Es cierto que aprendiste latín para leer a Virgilio en su idioma original?


Lavinia empezó a «hablarme» antes de que acabara mi muy lenta lectura de La Eneida. Me refiero a que empecé a pensar en ella: ¿Quién era? ¿Qué opinaba sobre tener que casarse con ese extranjero? ¿Cómo era su vida, la de la hija de un rey en la Edad de Bronce en esa parte de Italia? Ella hizo lo que los personajes de las novelas hacen cuando empiezan a cobrar vida en la mente de uno. Estaba ahí todo el tiempo. (Shevek, de Los desposeídos, estuvo en silencio en mi mente durante aproximadamente tres años, esperando). En cuanto le pedí a Lavinia que me hablara de sí misma, empezó a hacerlo, con su propia voz, de ahí el uso de la narración en primera persona. Me limité a escuchar y a escribir. (Vale, lo admito, también investigué un poco sobre la época).  Respecto al latín, había estudiado en el instituto y luego en la universidad, pero no lo suficiente para leer a Virgilio, que no es sencillo. Deseaba leerlo en latín. Se puede decir que es uno de esos poetas que tienes que leer en su propia lengua. Con mis más de 70 años, estaba claro que era una cuestión de ahora o nunca. Así que saqué mis viejas gramáticas y memoricé todas esas condenadas declinaciones y conjugaciones de nuevo. Mereció la pena.


Gracias por el tango, un abrazo. Ursula


Tomada de Agente Provocador



Los mundos de Úrsula K. Le Guin - Tráiler | Filmin






LIBROS_ANARQUISMO_La literatura de Ursula K. Le Guin y el anarquismo






Extractos de entrevistas sobre Ursula K. Le Guin al respecto de "La rueda del cielo"







Ursula K. Le Guin: Una pionera de la ciencia ficción y la fantasía (Documental)





jueves, 23 de septiembre de 2021

Lucía Ciccia: No tenemos ningún cerebro que esté exento de cultura.




Lucía Ciccia. Imagen tomada de Twitter.




28 de agosto de 2017

Lucía Ciccia, contra la ciencia que reafirma estereotipos de género

“Las neurociencias respaldan la jerarquía de los sexos”

Es becaria del Conicet en el Instituto de Investigaciones filosóficas. Su tesis doctoral apunta a desmitificar la pretendida rigurosidad de las neurociencias y demostrar cómo en la actualidad buscan representar el andamiaje biológico para legitimar la opresión de la mujer.


Por Mariana Carbajal



Lucía Ciccia patea el tablero de las neurociencias. Sabe que se puede ganar varios enemigos con su tesis doctoral que está a punto de defender, sobre todo entre médicos famosos, grandes vendedores de libros, que afirman que los cerebros de la mujer y del varón son distintos, y que por esa razón ellas, por ejemplo, son más intuitivas y mejor preparadas para la multifunción y ellos más propensos a la acción, entre otras diferencias, que –según esa óptica– vendría marcada desde el nacimiento. Después de analizar cientos de experimentos publicados, sobre los que se basan esas afirmaciones, llegó a la conclusión de que se tratan de estudios de baja “fiabilidad estadística”, porque utilizan apenas un puñado de participantes, entre 12 y 20, y generalmente los experimentos no suelen replicarse. “No se puede generalizar de esa manera a partir de sólo uno o dos estudios con tan bajo número de muestra. No hay un dimorfismo sexual cerebral. No hay consistencia en las características de un cerebro para decir que pertenece a uno u otro sexo. Si hay diferencias, pueden ser consecuencia de nuestra práctica cultural, pero no son innatas. Además, la variabilidad existente en los cerebros de un mismo sexo es tan grande que invalida agruparlos de acuerdo a hombres y mujeres para hacer un experimento”, señala en diálogo con PáginaI12, entre el murmullo de la tarde del bar Varela Varelita, de Palermo. “Con distintos métodos de comparación y formas de argumentación, según los avances tecnológicos y científico-técnicos de la época, a partir de la ciencia moderna,  el cerebro operó como el  fundamento biológico predilecto para legitimar la opresión de la mujer. Hoy las neurociencias representan la autoridad científica capaz de respaldar la histórica categorización binaria y jerarquizada de los sexos”, advierte Ciccia.

Es becaria del Conicet, y su lugar de trabajo el IIF-Sadaf, Instituto de Investigaciones filosóficas-Sociedad Argentina de Análisis Filosófico. Su tesis doctoral “La ficción de los sexos: hacia un pensamiento neuroqueer desde la epistemología feminista”, tiene como madrinas  a la investigadora Diana Pérez y la filósofa feminista Diana Maffía, en el Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género (IIGGE) de la UBA. Ya entregó su tesis, y espera defenderla. Lleva más de tres años leyendo sobre la historia del estudio del cerebro, por un lado, y cientos y cientos de papers, sobre neurociencias, por el otro.

¿Cuál es la relación del patriarcado con la ciencia?

–A lo largo de la historia, las prácticas políticas que implicaron la violación sistemática de los derechos de las mujeres y la imposición de una norma de conducta sexo-específica requirieron de un sustento científico capaz de legitimarlas. En consecuencia, las investigaciones orientadas al estudio de las diferencias biológicas entre los sexos siempre buscaron “corroborar” la inferioridad de la mujer, como un universal, que a su vez, utilizando tal sesgo como justificación, era excluida de la producción misma del conocimiento científico.

Claro, es importante resaltar que en la antigüedad, la ciencia era casi exclusivamente patrimonio masculino...

– A lo largo de la Edad Media, la Iglesia Católica garantizó esa continuidad. Finalmente, con la institucionalización de la ciencia a partir del siglo XVII, las mujeres quedaron oficialmente excluidas de la producción de conocimiento científico hasta finales del siglo XIX, cuando se reglamentó el ingreso de la mujer a las universidades. Como sostiene Evelyn Fox Keller, hoy no es la ausencia relativa de mujeres lo que hace a la ciencia esencialmente masculina, sino la actividad científica misma. Es decir, la naturaleza de su metodología.

¿Siempre el discurso científico sostuvo la existencia de una incapacidad innata en la mujer?

–Si, Pero los argumentos para fundamentarla fueron cambiando de acuerdo al marco científico en el cual se desarrollaron. No obstante, tal como sostiene Diana Maffía, es factible identificar  un método en común utilizado por las ciencias, a fin de legitimar la superioridad masculina. Ese método implica: 

A. señalar diferencias biológicas y psicológicas naturales e inevitables entre los hombres y las mujeres. 

B. jerarquizar esas diferencias de modo tal que las características femeninas son siempre e inescapablemente inferiores a las masculinas. 

C. justificar en tal inferioridad biológica el status social de las mujeres.

¿Qué investigó en su tesis?

–Siguiendo la línea de análisis de Maffía, exploré cómo las diferencias biológicas entre “hombres” y “mujeres” fueron construidas históricamente para legitimar el punto B. Específicamente, me centré en la  nueva cosmovisión de los sexos que comenzó a instalarse a partir del nacimiento de la ciencia moderna, durante el siglo XVII. Propongo que ese punto de inflexión, el cual significó abandonar la teoría Hipocrática-Aristotélica-Galénica respecto a los cuerpos, implicó centralizar las diferencias en el órgano que era común a “ambos sexos”: el cerebro. Al convertirse en un objeto de estudio, medible y pesable, fue la piedra angular para garantizar no sólo la  subordinación de la mujer, sino también una organización jerárquica regida en términos de raza y de clase. De esta manera, sobre el cerebro se respaldó la polarización de los roles sociales, que era necesaria para la sociedad precapitalista, en vías de industrialización. 

. Imagen: Guadalupe Lombardo




¿Sostiene, entonces, que las ciencias del cerebro fueron centrales para respaldar el rol que la mujer debió ocupar en el orden social emergente?

–Exacto. En mi investigación describo cómo los discursos protofeministas de los siglos XVII y XVIII, y posteriormente los de las tres olas del feminismo intentaron ser neutralizados por los postulados provenientes de las ciencias del cerebro. De esta manera, la frenología surgida en el siglo XVIII –según la cual cada instinto o facultad mental radica en una zona precisa del cerebro que se corresponde con un determinado relieve del cráneo–, contribuyó a las justificaciones biológicas que legitimaban la clasificación jerárquica y binaria de los cuerpos, adjudicando roles sexo-específicos: la mujer pertenecía por naturaleza al ámbito privado, mientras que el hombre estaba hecho para conquistar el espacio público. Considero que la profundización de esa dicotomía, ocurrida durante la segunda mitad del siglo XIX, coincidió con el triunfo definitivo de la teoría de la “localización cerebral”. 

¿Qué dice esa teoría?

–Significó asignar funciones específicas a áreas cerebrales determinadas. El cerebro, que hasta ese entonces había sido un órgano inclasificable, comenzó a estudiarse más allá de las mediciones antropométricas planteadas por la frenología, y posteriormente por la craneología, posibilitando la modernización de los argumentos cerebrales para justificar la incapacidad mental de la mujer. Sumado a esos hechos, hacia finales de ese siglo, el descubrimiento de la “neurona” como unidad funcional, revolucionó la forma de concebir los cerebros, y sembró los cimientos de las actuales neurociencias. En definitiva, con distintos métodos de comparación y formas de argumentación, según los avances tecnológicos y científico-técnicos de la época, propongo que, a partir de la ciencia moderna,  el cerebro operó como el  fundamento biológico predilecto para legitimar la opresión de la mujer. En consecuencia, sostengo que son las neurociencias quienes hoy representan la  autoridad científica capaz de respaldar la histórica categorización binaria y jerarquizada de los sexos. 

Frenología. Imagen tomada de Letras Históricas.



¿Cómo se metió con este tema?

–Mi formación de grado es licenciatura en Biotecnología. Empecé una investigación en la Facultad de Medicina. La idea era descubrir el rol de un receptor que estaba asociado a déficit cognitivos en pacientes con trastornos psiquiátricos, particularmente esquizofrénicos o esquizofrénicas, y que tiene que ver con la capacidad de adaptarse a cambios en el ambiente. No se sabía qué hacía específicamente ese receptor. Se tenía alguna idea pero nada concreto. Pero me llamó la atención que me dijeran que solo use roedores machos para evitar las fluctuaciones hormonales en las hembras.

¿Tienen fluctuaciones hormonales los ratones hembra?

–Si,  debido al ciclo de ovulación, y se considera que tal fluctuación  introduce variables en los ensayos conductuales. Tan es así que hay estudios en Neurociencias abocados a estudiar en humanos habilidades para test cognitivos que se basan en la fase folicular tardía y temprana, que son dos períodos distintos de la etapa de menstruación, donde los niveles de estrógenos varían.

   –¿Por qué?

   –Porque los niveles de estrógenos se asocian a desempeños diferentes para ciertos test, igual que la testosterona. Hay  test que muestran una de las diferencias más consistentes entre los sexos, y son los asociados con una capacidad cognitiva llamada habilidad viso-espaciales. En líneas generales tiene que ver con cómo el cerebro procesa la información del entorno para moverse a través del espacio. Se vincula a  la capacidad de abstracción. Ese test muestra una de las diferencias más consistentes entre los sexos con el desempeño masculino superando al femenino y se lo relaciona con los niveles  de testosterona: mayor testosterona, mejor desempeño.

  –¿Entonces es cierta la afirmación que sostiene que a las mujeres nos cuesta más que a los varones leer un mapa, por ejemplo? 

–La lectura de mapas tiene que ver justamente con esta tarea. Se dice que tiene una correlación positiva con los niveles de testosterona.

¿Y qué hay de verdad?

–Es un tema controversial, los resultados son contradictorios, porque los experimentos en Neurociencias se caracterizan por tener pocos números de participantes: 10, 12, 15, 20 personas. 

¿Tan pocos?

–Hay excepciones que pueden llegar a tener grupos grandes, de hasta 500 incluso. Pero en líneas generales los números son bajos, por la complejidad de los estudios, porque a veces faltan sujetos experimentales, dependiendo de qué se quiera evaluar puede ser difícil conseguir participantes, y por razones de infraestructura. Pero sí, se caracterizan por ese número, bajísimo.

Vamos a retomar este punto, pero nos quedaron los ratones…

–Para evitar la fluctuación hormonal se usaban solo machos. Si se usan solo machos para descubrir la función de un receptor, lo que uno piensa, entonces, es que no hay diferencias en los cerebros entre machos y hembras y entre hombres y mujeres. Porque la idea es extrapolar esos resultados a humanos. Cuando empiezo a indagar en las investigaciones que tienen que ver con diferencias cerebrales en hombres y mujeres, en la base de datos que se llama PuBMed –una de las más grandes disponibles a través de la Biblioteca Nacional de Medicina de los EEUU–, al poner  en el buscador “human brain + sex difference” (cerebro humano + diferencias sexuales), aparecen más de 8000 artículos con ese título. Es decir, cientos de investigaciones que en teoría prueban las diferencias cerebrales punto a punto entre hombres y mujeres. Por ejemplo: el procesamiento de las imágenes eróticas con distintos patrones de activación neuronal, del humor, del miedo, emociones, capacidades cognitivas, conductuales.

¿Qué grado de seriedad tienen esos estudios si se hacen con 15 o 20 personas?

–Hay un problema: cuando hay un bajo número de muestras, si bien se puede replicar el estudio, eso no significa aumentar el número, porque son dos experimentos distintos. Es incorrecto estadísticamente. Aunque es lo que suele hacerse y no está bien. Uno tiene que reportar las veces que se hizo el experimento y con qué número de participantes lo hizo. Pero como los números son bajos, lo que se suele hacer es realizar dos veces, o más, el experimento para aumentar el número de la muestra, y reportarlo como un único estudio. No es correcto. Pero por lo general, sólo se hacen una vez, no se replican. Esto se debe a que la replicabilidad es algo que lleva tiempo, y que “no dará” un resultado novedoso porque ya se hizo una vez, y sólo estaría chequeando un resultado. Para publicar, no se valora la replicación de experimentos. Por eso los equipos de investigación no suelen realizarlos. Lo que se exige en las revistas científicas  es mostrar diferencias significativas en un estudio novedoso. Por eso la fiabilidad estadística en general no es buena.

Lo que usted afirma podría descalificar a muchos de los libros que se están vendiendo hoy en librerías y que se basan en experimentos de neurociencias para reafirmar diferencias cerebrales entre varones y mujeres…

–No sé lo que dicen esos libros puntualmente, pero afirmar en términos concluyentes que el cerebro de la mujer es más emocional que el del hombre es falso. En primera instancia porque no podemos hablar del cerebro como un todo. ¿Qué quiere decir que es más emocional? Hay múltiples estructuras, circuitos, áreas, y distintos tipos de emociones, no una sola, homogénea, que se correlaciona con un único patrón de activación neuronal. El cerebro es mucho más complejo que una relación lineal “estímulo-respuesta”.

Volvamos a los ratones…

–Primero empecé a indagar la fiabilidad de las investigaciones que, basándose en el dimorfismo sexual genético-hormonal-genital, proyectaban ese dimorfismo en los cerebros. Es decir, dos tipos diferentes de cerebros correspondientes “con su sexo cromosómico”. Aclaro que considero polémica esta clasificación binaria para nuestro cuerpo en general, siendo un parámetro normativo para marginar aquellos cuerpos que no se ajustan a tal norma. Lo interesante de esas investigaciones era que aunque afirmaban un dimorfismo sexual cerebral, ese hecho no se reflejaba en los ensayos básicos con roedores: se cometía el sesgo de no evaluar a las hembras. Y me di cuenta de que no se trataba de un error metodológico, que no se daban cuenta de que no usaban hembras, sino que era el sesgo de usar al macho como índice de referencia.

¿El universal?

–Como el hombre es el universal, el macho es el índice de referencia. Hoy en los ensayos preclínicos en general se usan machos. De hecho en 2014, en Estados Unidos, el Instituto Nacional de las Salud sacó un anuncio obligando a introducir el sexo como variable biológica, en los ensayos preclínicos, a menos que estadísticamente se demostrara lo contrario.

A ver… Usted señala que es necesario utilizar hembras y machos en los experimentos en ciencia básica, pero a la vez afirma que de los estudios no surge que haya diferencias entre los cerebros de mujeres y varones, ¿no es contradictorio?

–Es muy buena la pregunta. El primer punto era: si hay un dimorfismo cerebral en humanos, acá no lo estamos registrando y es un problema.  Es decir, si hay tanta búsqueda exhaustiva de diferencias cerebrales entre hombres y mujeres con fines clínicos, ¿por qué esas diferencias no se ven registradas en los ensayos preclínicos? El segundo punto era que las hipótesis de las que partían las investigaciones que afirmaban tales diferencias, reproducían los clásicos sesgos sexistas y androcéntricos que servían para legitimar la lectura jerárquica y binaria de los sexos. Si no era válido afirmar la existencia de un dimorfismo cerebral, ¿cómo repercutía este hecho en la práctica clínica?  Lo que estoy investigando ahora son las consecuencias clínicas de esta división.

Finalmente dejó la ciencia básica y los roedores…

–Sí. Mi tesis se basa en la revisión crítica del discurso neurocientífico de la diferencia sexual y el impacto que tiene en la investigación biomédica y en la práctica clínica, por ese vacío del cual estamos hablando entre el ensayo preclínico y el ensayo clínico y a su vez es lo que plantea: si no hay un dimorfismo sexual cerebral, entonces, por qué sería un problema no usar hembras en los ensayos preclínicos.

¿Y cuáles serían esas consecuencias?

–El problema es que en primer lugar los ensayos preclínicos no son solamente cerebrales: hay ensayos preclínicos que tienen que ver con cuestiones farmacológicas, la metabolización de fármacos, que sí es válido –considero– como una aproximación a la contribución del sexo, usar como un recurso metodológico la clasificación binaria entre machos y hembras. Porque en grandes rasgos podemos decir que pueden haber dos tipos de hígados, por ejemplo, para el procesamiento de fármacos. Ahora, ¿es válido afirmar lo mismo para el cerebro? El cerebro no es un órgano aislado. Se puede pensar que, si es válido clasificar los sistemas fisiológicos restantes de manera binaria como recurso metodológico para la práctica clínica, al ser parte del mismo cuerpo ¿por qué no el cerebro también? Podemos decir: si en los sistemas fisiológicos restantes se pueden dividir en dos, el cerebro también. El problema es que nuestra especie se caracteriza por la alta plasticidad cerebral…

¿Qué significa eso?

–Es la capacidad de incorporar experiencia. Eso se refleja en nuestro cerebro. Tan es así que un tipo de genitalidad no predice un tipo de cerebro: hoy no podes mirar un cerebro y decir si es de hombre o de mujer.

¿No se pueden identificar?

–No, porque hay un montón de estructuras, de solapamientos, entre lo que categorizamos como hombre y mujer, y es más, en un cerebro no hay una consistencia lógica. Es decir, no hay estructuras o áreas que sean características sólo  de “hombre” o de “mujer”, sino que los cerebros son mosaicos: combinaciones de estas estructuras que hoy se etiquetan como “de hombre” y “de mujer”.

Hay médicos especializados en neurociencias con gran despliegue mediático que afirman que las mujeres tienen más facilidad para la multifunción por las características de los cerebros femeninos. ¿Podríamos también pensar que nos adaptamos a la multitarea porque fuimos asignadas históricamente al ámbito de lo doméstico, que es muy distinto a considerar que es una predisposición natural por nuestra característica cerebral?

–¡Exacto! Dije antes que una alta plasticidad cerebral nos caracteriza como especie, y que tenemos la capacidad de incorporar información y experiencia individual que impacta en nuestro cableado neuronal y que nos vuelve un cerebro singular. No hay un cerebro igual a otro. Ahora bien… sí hay estereotipos normativos de género.

¿Qué impacto tiene el estereotipo de género en nuestra estructura cerebral?

–Yo sí creo que las conductas normativas que reproducimos y producimos en tanto mujeres y hombres, que son los únicos sexos inteligibles hoy según el discurso científico –aclaro que entiendo los términos hombre y mujer en tanto categorías biológicas–, pueden repercutir en nuestra arquitectura cerebral. Es decir, el aprendizaje de nuestras prácticas de género puede reflejarse en nuestros cerebros, y podemos cometer el sesgo de pensar que existen diferencias entre “sexos”, cuando en realidad se trata de diferencias de género, son aprendidas, son programaciones culturales. Por eso podemos hablar de conductas que tienen capacidad de agenciamiento individual y de cambio. En definitiva, si nosotras viéramos cerebros de mujeres y de varones y encontráramos diferencias en respuestas asociadas con tareas  multifunción, puede ser que tales diferencias fueran consecuencia de nuestra práctica cultural, y no causas biológicas.

¿Hay cerebros que no tengan influencia de ningún tipo social, para poder estudiar y determinar si es causa biológica o consecuencia cultural?



–Esa pregunta es clave y la respuesta es que no. Mi hipótesis es igualmente verdadera que cualquier investigación que diga que es causa genética hormonal. Porque no tenemos ningún cerebro que esté exento de cultura. Las mayores diferencias, las más consistentes, son las asociadas a las áreas de reproducción, a la química y a la mecánica, hablamos de erección, y de eyaculación y de ciclo de ovulación. Son las dos estructuras cerebrales que presentan las diferencias más consistentes en humanos, pero incluso en ellas existen solapamientos.

–¿Qué quiere decir?

–Que ni siquiera en esas áreas estamos exentos de la práctica cultural y social. Solamente podemos tener una aproximación de la contribución que tiene la constitución genética hormonal en nuestro cableado neuronal, siendo dicha contribución indisociable de nuestra práctica social y cultural. No podemos ver el cerebro y decir “hasta acá es biológico” y “hasta acá es cultural.”

¿Por qué desde la neurociencia se reafirman los estereotipos de género?, ¿qué intereses hay detrás, dado que esas investigaciones tienen tan poca fiabilidad estadística, según usted misma afirma? 

–Las personas que hacen ciencia no son muchas veces consientes de estos sesgos que se reproducen. Muchas y muchos realmente piensan que esa es la verdad, que existen dos cerebros y que nuestra biología determina capacidades y conductas sexo-específicas. Sin embargo, clasificar los cerebros de acuerdo a una categorización binaria puede dar falsos positivos. Es decir, agrupar los cerebros según el criterio hombre-mujer puede, o no, resultar en diferencias, dependiendo del azar, de “qué cerebros” que participen de un estudio. Salvo ciertas excepciones, no es válido incorporar el sexo como variable biológica en los estudios cerebrales en humanos, y en roedores sólo en condiciones muy específicas, debiéndose controlar una multiplicidad de variables. En mi tesis planteo la urgencia de reconceptualizar el régimen sexual binario, a fin de habilitar la producción de nuevas metodologías que posibiliten un mejor acceso  a la comprensión de cómo afecta nuestra biología en la vulnerabilidad y prevalencia de desórdenes y enfermedades neuronales. En este sentido, propongo comenzar desde una perspectiva cerebral, pero también sugiero la necesidad de extendernos a todo el organismo. La clasificación binaria responde a un régimen patriarcal que “produjo” dos sexos ideales con fines prescriptivos y normativos, y nosotros debemos transformar esa categorización, en términos de salud, en aproximaciones biológicas como recurso metodológico al servicio de nuestros sexos reales. También sostengo que en la actualidad, el género debe indefectiblemente incorporarse como variable en la investigación biomédica y la práctica clínica

Tomado de Pagina 12



COVID-19 y Género, Reflexiones desde el CIEG Dra. Lucía Ciccia