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miércoles, 1 de enero de 2025

Las entrelineas de Salvador Garmendia




Diez distancias con Salvador Garmendia

MARZO 1, 2017

POR ANTONIO LÓPEZ ORTEGA


I

Tengo la impresión de que estuve con Salvador dos días antes de su muerte. Y digo «impresión» porque no estoy seguro. Comparto con Alejandro Rossi la idea de que la memoria que construimos es selectiva. Es decir, no la hacemos con lo que recordamos, sino con lo que elegimos recordar. Con esa elección me ubico con Salvador la tarde de un miércoles de 2001 en el Celarg. Asistíamos a la presentación de un libro de Javier Lasarte llamado Verano, y Javier me había pedido que dijera unas palabras. Yo llegué un poco antes de la hora, pero también Salvador. Estábamos parados en el vestíbulo sin saber muy bien qué hacer. Le pregunto a la Negra Maggi cómo están y algo me refiere sobre la salud de Salvador: algún chequeo pendiente, alguna dolencia. Les sugiero que nos acerquemos a una de las mesas del café y nos tomemos algo. Nos sentamos en una mesita enclenque, con tope de latón. Y allí comienza a hablar Salvador, con sus frases escritas, con sus palabras escogidas, como si las pescara en el aire. Los gestos de sus manos recuerdan las artes de un acordeonista que toca sin instrumento. Pero quiero regresar a una sensación que no es fácil de evocar y que podría resumir de esta manera: cuando Salvador hablaba, su discurso era escrito, que no oral. Es decir, hablaba como si estuviera escribiendo en voz alta.


Pedimos tres cafés y yo insistí en pagar. Quería de verdad obsequiarles ese momento y agradecerles la compañía. Nos paramos porque ya el acto iba a comenzar. Me tuve que colocar en una pequeña tarima junto a Javier para que el público que estaba de pie nos pudiera ver. Y allí comienza un momento de extrañeza que no se me borra, que se me reproduce en recuerdos y sueños: cada vez que yo levantaba mi vista de las líneas que leía para conectarme con el público, veía el rostro de Salvador al fondo, casi en línea recta, mirada contra mirada, fijeza escultural. Yo tenía el recurso de la página para apartarme de esa fijeza, pero Salvador no y creo que no le importaba. Durante todo el acto me sostuvo la mirada casi como un reto. Y yo en el recuerdo he vuelto a ver su rostro como un punto de luz que se va alejando, sumiendo entre tinieblas. Dos días después del acto me llegaba la noticia de su deceso, y yo pensaba en el rostro que se alejaba, que se hundía hasta desaparecer.


II


Antes de mi viaje a París en 1979, escritor risueño que huía de la Escuela de Letras con una beca de estudios, no fui un buen lector de Salvador. Creo que Velia Bosch en el Instituto Escuela nos obligó a leer Los pequeños seres y a analizar Los habitantes. Pero fueron lecturas desinteresadas, hechas en medio del desánimo, que la obra de Salvador no merecía. La memoria me hace trampas y me convence de que esos años fueron también los del «escándalo» (lo pongo entre comillas) alrededor de «El inquieto anacobero», publicado por primera vez en el «Papel Literario» de El Nacional. He vuelto a analizar esa pieza, para el Canon del cuento venezolano que han preparado Luis Barrera Linares y Carlos Sandoval, y me he reencontrado con un relato más bien risueño, excelentemente construido, con un despliegue de oralidad que parece grabada, tal es su fidelidad con los hablantes. El escándalo, en verdad, hablaba de una sociedad pacata, por no decir de unas autoridades alarmistas, acosando a un gran escritor que lo único que había hecho era cumplir con su imaginario y su oficio. Por la seguidilla de noticias, se deduce que al pobre Salvador lo han debido fastidiar esas citaciones o esos otros oficios nada literarios donde se mencionaba su nombre no como autor y sí como indiciado de una causa fantasmal. Pero qué gran y penetrante retrato de la sociedad venezolana del momento, la de los 70, postulaba el conjunto de relatos de El inquieto anacobero: generales revoltosos, empresarios corruptos, políticos inmorales, mujeres que se ofrecían a cualquier postor, músicos nocturnos y una cierta bohemia decadentosa que vendía sus fueros por un puñado de bolívares. En síntesis, una sociedad borracha de dinero que, al verse en el espejo, para expiar las culpas, inventaba persecuciones y buscaba culpables para seguir en la inconsciencia.


III


A Salvador lo vine a leer de manera cabal, ordenada y entusiasta, tal como leí a tantos venezolanos –a Picón Salas, a Guillermo Sucre, al maestro Rosenblat, a María Fernanda Palacios, a Eugenio Montejo, a Alejandro Oliveros, a Sánchez Peláez, incluso a Simón Rodríguez– en París, cuando cursaba la carrera de Estudios Hispánicos en La Sorbona. Y lo vine a hacer, digamos, de atrás para delante. Así, en flamante edición Seix-Barral, impresa en Barcelona, me llegaba a París un ejemplar de El único lugar posible, de 1986, un libro que leí deslumbrado y que todavía me sigue deslumbrando. ¿Qué era este libro? ¿Era una novela? ¿Era un conjunto de relatos? A lo sumo, me atrevería a decir, eran unas narraciones: abiertas, envolventes, inteligentes, soberbiamente bien escritas. Era el Salvador de la madurez plena, con un dominio de autor consagrado, cansado quizás hasta de la novela como género, que necesitaba experimentar a sus anchas, que comulgaba con las corrientes en boga. Yo recorría esas líneas y sentía que me cacheteaban, que me decían: «Lee esto, mira esta proeza, fíjate en este giro», como quien dicta un taller de escritura y transmite sus secretos. Yo, que también leía cuasi embelesado en esos años a Severo Sarduy, sobre todo al Severo de De donde son los cantantes, me decía: «Éste es nuestro Severo local, esto es alta experimentación, esto es vanguardia plena»; y lo era, con creces, sin que yo hallara algo equivalente en nuestro traspatio local. Salvador se me presentaba como nuestro gran narrador, como nuestro gran representante en las lides iberoamericanas que sobrevivían al boom. Era nuestro estandarte, la carta mayor de nuestro secreto juego de póker, nuestro embajador plenipotenciario.


IV


De regreso a Caracas, en 1985, y después de siete años de ausencia, sin reconocer del todo la nueva escena cultural y con un sentimiento de extravío en mi propio suelo que me duró más de lo que yo hubiera querido, comencé a trabajar en el Fondo Editorial de Fundarte y a colaborar con algunas publicaciones locales, entre ellas la revista Imagen, que me encargaba sobre todo entrevistas a escritores. Llegó el día en que, para fortuna mía, me encargaron la de Salvador, quien para entonces estaba de vuelta de su larga estancia en España como consejero cultural. Yo me frotaba las manos diciéndome que era la oportunidad para conocerlo, estrecharle la mano, quizás abrazarlo, decirle abiertamente que lo admiraba, y preparar el cuestionario más enjundioso, más acabado, de pichón de escritor que todavía estaba en sus veinte. La cita, recuerdo, fue en una casa de Santa Eduvigis. Toqué la puerta y me abrió sonriente la Negra Maggi. Me condujo por un pasillo hasta una especie de terraza llena del verdor de plantas y helechos colgantes. Y allí, sentado en una poltrona de cuero, me esperaba Salvador. Pasamos toda una tarde conversando, o más bien escuchándolo, y al final, después de repasar las veinte preguntas de mi farragoso cuestionario, tuve un atrevimiento de scholar afrancesado. Le pregunté, de manera algo presuntuosa: «¿Qué le falta a la narrativa venezolana?». Y su respuesta, la respuesta de aquella tarde de helechos, todavía me deslumbra. Salvador me dijo, sin ningún asomo de duda: «A la narrativa venezolana le falta subjetividad, a la narrativa venezolana le faltan personajes que encarnen esa subjetividad». Esa frase se me volvió como un talismán: la llevaba a todas partes, la sopesaba, la acariciaba. Se volvió, por ejemplo, guía de mi trabajo crítico, pero también pretexto de mi trabajo de creación. El efecto más inmediato, y ésta debe ser la primera vez que lo reconozco en público, fue sobre un prospecto de novela que llevaba entre manos y que años después terminó llamándose Ajena. En un momento de tranca severa, cuando pensaba que el manuscrito en ciernes iría a parar a la basura, se me ocurrió inyectarle una dosis intravenosa de subjetividad y crear la figura de una adolescente enamoradiza que se deshace en el afán de escribirle cartas sucesivas a su amante que se ha ido. Más subjetividad que esa –el diálogo muy íntimo entre seres que se amaban–, imposible. Salvador nunca lo supo, pero sus palabras se convirtieron en la tabla de salvación de una novela cuyo máximo mérito quizás estuvo en ser finalista del Premio Rómulo Gallegos en 2003.


V


Entre 1988 y 1992, gracias a la clarividencia de Joaquín Marta Sosa, para entonces presidente de Venezolana de Televisión, se pudo producir un programa llamado Entrelíneas que tuve el privilegio de conducir. Fue uno de los pocos espacios de la televisión venezolana dedicado a libros y escritores. Se produjeron en total poco más de doscientos programas y, si no me equivoco, esas viejas cintas producidas en formato U-matic reposan en los archivos de la Universidad Nacional Abierta. Pues hace pocas semanas, para sorpresa de propios y extraños, alguien se hizo de uno de esos archivos y lo colgó en la red. Resultó ser un programa de Salvador, en ocasión de la publicación de su libro Cuentos cómicos. He vuelto a ver esas imágenes, veinticinco años después, y he redescubierto a Salvador con todavía más hondura y clarividencia de la que percibía aquella primera vez. Su discurso pausado, sus ideas pescadas al voleo y luego encauzadas con un propósito fijo, sus opiniones sobre el oficio, sus devaneos para dar cuenta de una poética son elementos que vale la pena repasar. He allí al escritor absolutamente maduro, que viene de vuelta de todo, que escoge bien sus palabras, que se sabe siempre en aproximación a algo. Y llega un momento en el cual ni siquiera tiene sentido preguntarle algo o conversar. Y llega un momento en el que lo único que procede es escuchar como se escucha a los grandes maestros, celebrar ese momento de intimidad, agradecer las lecciones que se suceden y aspirar a que puedan volverse propias.


VI


En 1986, para mi fortuna, me tocó ser editor de Salvador. Una tarde me llevó el manuscrito de Hace mal tiempo afuera y yo lo leí en una sola sentada. Era, por supuesto, un libro maravilloso. Había cuentos de diferente extensión, había una total libertad estilística, había intereses diversos. Jocosidad y ocurrencia, inteligencia y penetración, poesía y meditación. Un libro caleidoscópico, que también se desentendía de los marcos genéricos. Narrativa en estado puro, narrativa que husmea y genera sentido, narrativa que repasa y se observa a sí misma. Salía de mi embelesamiento de lector y me transformaba en un editor entusiasta. ¿Un libro de Salvador en mis manos? ¿Una novedad de este calibre para el fondo? El trabajo de producción se habrá tomado varios meses, pero a la vuelta de algunas hojas del calendario, ya escogíamos la fecha de presentación o lanzamiento. Debo compartir, sin embargo, la fase más provechosa de esta empresa, que fue la de tener sucesivas e inesperadas visitas de Salvador durante todo el proceso. ¿Venía el maestro a revisar un boceto de portada? ¿Venía a corregir pruebas? ¿Venía a reclamar retrasos? Si estos pudieron ser los argumentos de los inicios, al cabo de pocas semanas descubríamos que el maestro venía a conversar, a diseccionar el mundo, a dilatar los sentidos sin dejar de aguzar la vista. Tardes de café con Salvador para evitar la somnolencia, tardes de café con Salvador para reordenar el mundo.


VII



Es difícil admitirlo, pero estos son tiempos en los que nuestros autores no están en las librerías. Buscamos Cantaclaro, de Gallegos, y no la conseguimos; buscamos alguna novela de Pocaterra y nos contestan «¿Pocaqué?»; buscamos una edición de Cubagua y la confunden con un manual turístico. Tampoco Salvador escapa a esta mengua: ¿quién consigue un ejemplar de Día de ceniza? ¿Quién se jacta de tener una reliquia bibliográfica llamada Anotaciones en un cuaderno negro? Se nos ha vuelto una normalidad retener los nombres de algunos autores, pero ninguno de sus libros. Si éste es el statu quo, ¿para qué alterarlo? Ésta es una pregunta que deberíamos hacerle a Fundavag porque de golpe no es que rellene un vacío, sino que ha rebasado de continente nuestros pobres contenidos. La edición que nos presenta de los cuentos completos de Salvador es una afrenta, un despropósito, porque nos obliga a pensar, a salir de nuestras limitadas casillas, a cuestionarnos, a revalorizar un autor, a reconsiderarlo, a verlo de otra manera. Dejaré de lado lo más obvio, aunque no menos importante: la hermosa y cuidada edición empastada, las mil quinientas páginas de textos, las fotos variables de Nelson Garrido con Salvador riéndose desde todos los rincones, el diseño de Waleska Belisario, los celos y cuidados de la Negra Maggi por establecer una impecable edición de textos, la compañía de Alberto Márquez con una introducción llena de claves y revelaciones, el desvelo de Federico Prieto por la criatura que ahora lo ha convertido en un ser insomne. Hasta allí, todo bien, todo convenido. Pero vayamos ahora a las otras consideraciones, que tienen más que ver con los campos de percepción. Y, desde allí, la primera pregunta: ¿habíamos tomado conciencia de la importancia o peso que tiene Salvador como cuentista? Porque esta edición nos está diciendo que, sin duda, el cuento fue el género al cual le guardó mayor fidelidad, incluso mucho más que a la novela, que de alguna manera el último Salvador abandona en pos de una mayor porosidad genérica o experimentación textual. Salvador escribió cuentos al comienzo, en medio y al final de su carrera sin distingos de temas, obsesiones, constantes, enfoques o visiones. Es un maestro indiscutible del género, es un renovador, es un inquisidor. Es también, aunque la expresión no sea exacta, un estilista, un velador de la forma, un monstruo de la variación. En este sentido, hay una reflexión en el prólogo de Alberto Márquez que también quisiera hacer mía y que podría describirse de esta manera: cuando Salvador narra, se abre un vértice expresivo que nos lleva, simultáneamente, a dos destinos: uno, obviamente, es el de la historia, pero otro es el de ver cómo se narra esa historia. Hay una conciencia interior que se deleita fundiendo calidad formal no como barniz sino como tejido sanguíneo. El alma de un relato es, a la vez, cuerpo y alma de ese relato. Y Salvador convierte esa concepción en su poética. No habíamos visto venir el caudal de la obra cuentística de Salvador, enumerábamos sus títulos y siempre agregábamos unos cinco o seis títulos de narrativa «complementaria», pero ahora el problema es que lo que considerábamos una marginalia y se nos convierte de pronto en el mero centro de la apuesta narrativa de Salvador, desde el cual también debemos reconsiderar o reevaluar lo que ahora es complemento. ¿No debemos invertir los patrones y preguntarnos si las novelas de Salvador son más bien excrecencias de su cuentística, desarrollos de cuentos inacabados o, mejor, ejercicios de rienda suelta a relatos que no pudieron contenerse en sus fronteras iniciales? En el cuento siempre encontró resolución inmediata para sus obsesiones narrativas, que no en la novela, porque, a partir de El único lugar posible, Salvador rompe con la novela, dinamita ese género proteico, lo hace explotar en mil pedazos, y se deleita con esa fragmentación a partir de la cual comienza a crear todo tipo de derivaciones, todo tipo de afrentas expresivas. En cambio, con el cuento, y esto es con todo la esencia de contención que es consustancial al cuento, mecanismo de relojería en el cual siempre estamos esperando que la alarma suene, Salvador no llegó a sentir limitaciones. Sencillamente aceptaba las reglas de juego y emprendía el viaje con su escritura prodigiosa, con su escritura envolvente. Nunca fue para él una cárcel expresiva, sino una caja de resonancia. Nunca fue para él un coro cerrado, sino un horizonte infinito.


VIII


Tiendo a creer, y esto es una temeridad decirlo, que entre nosotros los escritores venezolanos nos leemos mal, o en todo caso no suficientemente. Como tenemos, por ejemplo, a Victoria de Stefano del otro lado de la línea telefónica, o a Elisa Lerner viviendo a tres cuadras, o a Rafael Cadenas a la mano si nos vamos a comprar hortalizas a La Boyera; como escuchamos sus voces, sus risas, sus opiniones; como los vemos en ferias reunidos para hablar de Salvador Garmendia; como ahora tenemos el pretexto perfecto de decir que sus libros no se consiguen, entonces nos despreocupamos si no hemos leído sus últimas ediciones o si se nos escapa algún título de los inicios o si no leímos quizás la mejor entrevista que alguien le habrá hecho a alguno de ellos y habrá publicado en alguna revista extraviada. Pero basta que alguno de estos maestros tiemble y se nos vaya para lamentarnos como infantes y salir corriendo a buscar lo que antes decíamos no haber encontrado. Pues bien, y es hora decirlo, no leímos bien a Salvador mientras estuvo con nosotros, y menos al Salvador de los últimos años, que es el más experimental, el más novedoso, el más osado, el que más apostó a la expansión cualitativa de nuestra narrativa. Así que lo único que lamento de esta monumental edición de sus cuentos, porque en principio nada habría que lamentar, es que hayamos tenido que esperar hasta su muerte para editarlo y valorarlo como merece. Un monstruo de las letras venezolanas, un coloso que hablaba con una lengua celestial. Octavio Paz recordaba en Los hijos del limo que, en cuanto a aportes narrativos universales, la primera mitad del siglo xx pertenecía por derecho propio a los novelistas rusos y la segunda mitad a los narradores hispanoamericanos. Siguiendo esa misma línea de pensamiento, y quizás incidiendo en otra temeridad, diría que, si Gallegos es nuestro narrador por antonomasia en la primera mitad de centuria, entonces la segunda mitad le pertenece, también por derecho propio, a don Salvador Garmendia. No encuentro un narrador más completo, más abarcante, más versátil y más renovador que este barquisimetano de Altagracia. Y si estamos de acuerdo con esta tesis, que algunos podrán considerar disparatada, entonces tendremos que preguntarnos si su principal aporte no estuvo en la cuentística, lo que a su vez nos llevaría a la conclusión de que el cuento podría ser la figura genérica dominante de nuestras últimas décadas.


IX


Revisando viejos archivos en estas últimas semanas, como si un sobre la hubiera escupido de sus entrañas, ha caído en mis manos una vieja foto de una cena en casa con amigos escritores. La imagen me hizo recordar que en los años 90 la Negra Maggi y Salvador vivían en Sebucán y Nela y yo en Santa Eduvigis. La cercanía propiciaba esas cenas, que fueron varias, y a mí me maravillaba invitar a Salvador por el solo hecho de escucharlo. Eso sí, tenían que ser cenas tempraneras porque eran épocas en las que Salvador se levantaba a escribir a las cuatro de la mañana y también se ejercitaba trotando en el Parque del Este o por la principal de Sebucán. Más de una vez, yendo en carro hacia el trabajo, me lo encontraba en ropa de jogging, con su barba legendaria de gnomo recrecido. Ese contraste entre modernidad y tradición era enteramente suyo. Pero volviendo a las cenas, la estrategia de hacerlas tempraneras respondía a que en muchas ocasiones, a la altura del postre, Salvador se nos dormía y quedaba bamboleándose en la silla con el riesgo de que su cara terminara en el plato. Así que los comensales vecinos, con elegancia quieta, aplicaban palancas invisibles para sostener al coloso en su silla, de manera tal de ilusionarnos e imaginar que Salvador seguía con nosotros o que escuchaba alguno de nuestros seguramente aburridos cuentos, cuando en realidad perseguía a alguna ninfa o sospechaba de algún demonio entre las nebulosas de su sueño tempranero. La foto rescatada traía a un grupo variopinto, síntoma de la época, en el que pude distinguir a Maritza Jiménez, Cristina Policastro, Stefania Mosca, Verónica Jaffé, Rafael Castillo Zapata, La Negra Maggi con Salvador y los anfitriones. Todos estamos posando frente a la cámara, seguramente ya bebidos y comidos, todos sonrientes, y para variar Salvador se reserva como el último de los espacios, el más profundo, para desde allí reír y abrazar a dos de las muchachas, una en cada brazo, y celebrar como un bufón de la corte.


X


Mientras sigo leyendo la presentación de Javier Lasarte lo sigo viendo al fondo de la sala, tal como también estaba al fondo de la foto, su rostro reduciéndose entre sombras, su cara encogiéndose hasta sólo ser boceto, pero siempre sosteniéndome la mirada, con un gesto de animosidad, o de desafío, él seguro de lo que hace, o convencido de hacia dónde va. «No te preocupes, Antonio», creo que me dice, o es el consuelo que me doy para que el rostro no se borre del todo, para quedarme con un pedazo de boca u oreja, la boca por la que pasaron tantas palabras, la oreja que recogió tanta frase extraviada. «¿Adónde vas, Salvador?», ahora le pregunto, y por respuesta sólo obtengo otra sonrisa, o quizás una última burla, o regodeo de palabas, o sentencia absurda para afirmarse del todo, para decirme que sigue siendo el que fue, para confesarme que los abandonados somos nosotros, ahora que lo perdemos para siempre mientras se va hacia la inconsciencia, de la que también venimos. «Una última frase, Salvador, un último gesto, por favor», y él sigue sonriendo, apenas ojos entre las sombras, apenas un esbozo de labio que se mueve. Y me parece escucharlo cuando me dice a modo de conclusión o de balance: «La belleza de los sapos sólo la entienden los sapos». Se ha ido Salvador pero ahora regresa. Busquemos al sapo que ahora salta entre nosotros.




(*) A propósito de la edición de Cuentos completos (i, ii y iii) de Salvador Garmendia por Fundavag Ediciones, Caracas, 2016.



https://cuadernoshispanoamericanos.com/diez-distancias-con-salvador-garmendia/2/

Salvador Garmendia - Entrelíneas (1991)




Salvador Garmendia - Pregonero Mayor de la Navidad Caraqueña (1991)



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24/12/2025

lunes, 29 de julio de 2024

Ida Gramcko en el Programa "Entrelíneas": Yo ya no creo en la inspiración, ni en el inconsciente. El poema es un trabajo consciente

 


Estimados Liponautas

Hoy tenemos el gusto de compartir con ustedes esta entrevista realizada a Ida Gramcko (1924-1994) por el programa televisivo Entrelíneas, conducido por Antonio López Ortega. En el programa podrán disfrutar del respaldo a una exposición homenaje al Premio Nacional de Literatura 1977 Ida Gramcko hecha por la Biblioteca Nacional. Esta exposición homenaje fue hecha en 1990, por lo que deducimos que el programa fue transmitido en septiembre de 1990


Entrelíneas, fue un programa producido por el Instituto Autónomo Biblioteca Nacional y hecho en el Centro Au.diovisual de la Universidad Nacional Abierta. Fue transmitido por VTV y la Televisora Nacional Canal 5 de 1988 a 1992. Semanalmente se emitía un episodio (aproximadamente 216 episodios totales) y era un programa dedicado al mundo del libro.

Ahora copiaremos la manía de otro portal cultural venezolano que  colocan hasta el nombre de la fotocopiadora que usaron.  Y nos haremos autobombo por la magnífica labor que venimos haciendo desde hace años.Toda la labor de transcripción, montaje y selección de fotogramas ha sido hecha, como siempre se ha hecho, por nosotros. Y no podemos negar que somos muy buenos haciendo lo que hacemos...


Entrelíneas. Plantilla:


Instituto autónomo Biblioteca Nacional


Conducción:

Antonio López Ortega.


Producción ejecutiva:

Mercedes Coello

Luna Benitez


Consejo asesor:

Virginia Betancourt

Gustavo Luis Carrera


Consejo de programación:

Antonio López Ortega.

Francisco Pereira

Norma Arocha

Mercedes Coello


Dirección general:

Annabella Maso


Dirección de arte:

Nela Ochoa


Dirección de Campo:

Carlos Camacho

Carlos Rojas


Dirección de estudio:

Carlos Rojas


Dirección técnica: 

Castillo Rizo



Producción:

Alberto Márquez


Asistente de arte:

Oscar Ikatti


Post-produccion:

Alberto Cova


Cámara:

Salvador García

Vinicio Morales

Federico Roig


Asistentes de cámara:

Harold Barreto

Bernardo Caripe


Iluminación:

Eduardo Alvarado

Víctor Echeverría

Jaime Hermoso


Sonido:

Néstor Díaz

Héctor Márquez

Orlando Márquez


Música original de Miguel Noya


El programa fue hecho  en el Centro Audiovisual de la Universidad Nacional Abierta.


Disfruten de la grabación.


Atentamente


La gerencia


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Programa Entrelíneas ~ Homenaje a Ida Gramcko





Muy buenas noches amigos de entre líneas la Biblioteca nacional viene desarrollando desde hace ya bastante tiempo un programa de celebración a los Premios Nacionales de literatura. Ya van en lo que serían los dos últimos años aproximadamente 10 entregas de este interesante premio. En este mes de octubre y con con una inauguración a partir del mes de septiembre se dedicó la exposición a Ida Gramcko, una de nuestras escritoras más sobresalientes y también diría yo, más desconocidas, más periféricas . 

A través de una presentación del poeta Alfredo Chacón y también de Víctor Pereira, se compiló un excelente catálogo con una cronología, con una bibliografía y también con documentos iconográficos de Ida.


Con motivo pues de este nuevo evento, nos desplazamos hasta su casa, hasta su estudio, hasta su lugar habitual, su lugar íntimo. El lugar de una escritora perseverante, tenaz que no ha cesado de escribir y que se ha desenvuelto con igual Libertad en el campo de la poesía, del ensayo, del teatro e incluso de la reflexión del pensamiento. Veamos pues los de Ida, en su estricta intimidad, en su casa, sobre la poesía y sobre el acontecer poético.



En primer término yo, agradezco enormemente este homenaje a la gran creadora de la Biblioteca Nacional Virginia Betancoutr, a Eduardo Liendo y a los que hicieron la presentación como Alfredo Chacón y Víctor Pereira. Pero siento que este homenaje principalmente o esencialmente me compromete más no solo con mi propio oficio que es la creación, sino precisamente con la receptividad de los lectores, de los que me han leído y tendrán la paciencia de seguirme leyendo. En ese sentido pues me compromete el homenaje que me hace la Biblioteca 

Básicamente es otorgar sentido a la vida y otorgar sensibilidad a la vida. Porque fíjate bien, Hablando nosotros diariamente hemos ido degradando el vocabulario. Yo me acuerdo que el profesor Rosenblat, decía que nuestro lenguaje cotidiano era una degradación del canto.

El hombre empezó por cantar, por danzar a sus ídolos en lo primitivo. Es decir hay que renovar, limpiar, despejar de nuevo el idioma. Y en este sentido yo, digo también que es el lenguaje original del Hombre porque lo primero que hubo en esto que llamamos mundo fue el canto y la danza y los ritos primitivos. Entonces lo primero que hizo el hombre fue cantar. Entonces en ese sentido yo creo que tenemos que renovar un poco retomar la actitud original y volver a fundar las cosas, volver a crear el mundo. Claro que no en un sentido geográfico. Crear el mundo como diálogo, como comunicación. Crear el mundo significativo. Precisamente yo creo que ocupa el lugar de La Rebeldía, de la subversión. Aquel lugar al que no convence lo tecnológico. Yo no tengo nada contra la técnica y creo que debe utilizarse pero la poesía vuelve por los fueros de la de la humanidad, de la sensibilidad, de la imaginación. Yo, por ejemplo soy una gran lectora de buena ciencia ficción y todo lo que es tecnológico. En ese sentido me atrae mucho pero creo que la posición del hombre básicamente es de humanización, de rescate de los valores más profundos. Porque fíjate que hoy en día con lo tecnológico el consumidor es el que está en primer lugar. Cualquier cosita nueva que aparece que sea muy curiosa y muy divertida y muy juguetona dispara el deseo de comprar, el afán de comprar es completamente casi neurótico. Entonces claro habría que retomar la la la las ideas del hombre, las sensaciones del hombre ante objetos más más generales o más frescos o más o menos en ese sentido menos maquinales, menos mecánicos. Entonces sí creo que la poesía y todo el arte en general tiene digamos indirectamente la función de revivir un mundo como el primer mundo, como el jardín del Edén en donde todo se nombraba por primera vez.


Claro que no lo podemos hacer exactamente como lo hacían los primitivos, porque somos personas que usamos teléfonos, tenemos televisor pero puede el artista retomar en un momento dado esa actitud primigenia de descubrimiento, de asombro ante las cosas. 




Después de estos interesantes comentarios es importante ver la mención, oír mejor dicho la mención de los organizadores de esta exposición. Veamos pues la intervención de Eduardo Liendo, escritor y novelista reconocido quien fue el responsable por Biblioteca Nacional de la Organización de esta exposición 



Hay materiales muy diversos. En primer lugar están expuestos todos sus libros, algunos son prácticamente curiosidades porque no se han reeditados desde hace algunos años.

Esta es una muestra hemerográfica muy interesante porque están trabajos periodísticos de Ida Gramcko desde la década del 40. Ida además de ser una extraordinaria poeta tiene la calificación de ser una de las primeras reporteras que ha tenido este país. Y algunos de esos reportajes como el que ella hizo sobre Teresa de la Parra, la gran escritora nuestra. A Juan Liscano le hizo un extraordinario reportaje, a Manuel Segundo Sánchez, a Aquiles Nazoa. Como les decía no son cosas recientes sino trabajos, artículos de la década del 40 y del 50. Esa labor en ella ha sido ininterrumpida. Después hay un registro fotográfico muy amplio de la vida, de la existencia de la poeta Ida Gramcko que es una mujer excepcional. Porque Ida Gramckco es uno de esos seres humanos que tienen un proceso muy interesante de autoconstrucción.

Ida Gramcko es una mujer que no fue tempranamente a la escuela. Ella confiesa que prácticamente aprendió a leer leyendo los avisos de los letreros en las calles de la ciudad. Ella es una autodidacta, fundamentalmente, hasta cierto momento de su vida. Es posteriormente, después de su su juventud cuando ella hace la libre escolaridad de la escuela y del bachillerato, se inscribe en la universidad, adquiere la licenciatura en filosofía, pasa a ser docente de la universidad. Creo que da filosofía del arte y mitología en la Universidad Central y entonces es como otra parte de su vida 


Yo me di cuenta de que en muchos aspectos la gente cree que la obra de arte es una improvisación y creen todavía en la inspiración, en el trance y en el rapto. Yo creo que un creador es básicamente, no un Bohemio, sino un obrero y tiene por lo tanto que trabajar y que luchar mucho. Entonces haber estudiado desde el sexto grado, estudié en libre escolaridad y luego filosofía bueno fue una vía para entrar en conocimiento de una serie de autores que yo, en esa época conocía pero no muy a fondo. Entonces me preparé pues en ese sentido y creo que cada día estoy en el mismo temple preparándome, creo que básicamente el artista debe ser una persona enterada no solo de los de los libros o de los filósofos y de los pensadores. Sino de todos los problemas que hay en el mundo. 




Habría que agregar a esto que Ida fue también una de las primeras diplomáticas  mujeres. Incluso no solamente en Venezuela sino en el Continente. Fue agregado de negocios de Venezuela en Moscú en los años 40 y además es una escritora polígrafa, tiene obra teatral, tiene obra ensayística, todo su trabajo periodístico que es sumamente interesante y su obra poética que según la crítica es la que más la califica como creadora 



Tuve la gran oportunidad de conocer era al poeta venezolano francés Roberto Ganzo, que es considerado en Francia como un gran poeta y él en verdad me abrió muchos Horizontes en ese sentido poético. Él tradujo mi libro La Vara mágica al francés. Luego en Moscú, el que era el jefe de la editorial del estado que se llamaba Fedor Kelin, que era un Ruso blanco que se quedó con la revolución. Era un visitante asiduo a mi apartamento, a mi hotel y él también me tradujo al ruso La vara mágica y me pidió una obra de teatro para títeres o muñecos para niños  y yo se la hice. No sé qué pasó con eso porque vino La dictadura, yo me vine apresuradamente y las cosas quedaron. Así no que volví a saber de él. Era un tipo cultísimo que hablaba español perfectamente. Esas dos experiencias fueron muy positivas Pero además el contacto con lo que eran los bailes populares, las danzas populares soviéticas, el teatro para niños, el teatro para títeres donde montaban cuentos de hadas de una manera extraordinaria. Todo eso me sirvió de acicate también para escribir lo que hice posteriormente.



Por último a manera de complemento final, vamos a vamos a ver qué dice la crítica. Alfredo Chacón reconocido poeta e investigador literario y quien conociera a Ida Gramcko en su juventud. Un conocimiento que fue aparentemente determinante. Igualmente una de sus contemporáneas Elizabeth Shön quien compartió con ella los primeros albores de esta vocación. Veamos sus comentarios:



 Es verdad yo la conozco muy íntimamente y tan íntimamente que La tempestad (durante la filamación de la participación de Shön se desató un aguacero. Nota del editor)nos ha ayudado de fondo porque a ida uno de los músicos que más la conmueve es Wagner, y cuando usted público escuche los truenos piense que es la tempestad de Wagner, que no es otra cosa. Porque las dos, los dos son muy afines y no solamente en el sentido de que ella le gusta. Sino que Ida en su poesía es muy wagneriana porque ella es muy fuerte, muy cargada, muy exuberante como es Wagner. Así que no les asuste que esto ocurra. 


Richard Wagner - Ride of The Valkyries


Yo conocí a Ida desde muy niña y a mí una de las cosas que más me gustaba era verla caminar. Porque cuando ella iba por la calle, ella no caminaba, ella flotaba. Ella iba así como que la llevara el viento y indudablemente que es un fenómeno como poeta. Es un fenómeno y creo que es un fenómeno mundial, porque no es nada más que en América, es en el mundo entero. Ella nació siendo poeta y eso le trae como consecuencia que se diferencie tanto de los demás poetas. Porque los demás poetas buscan el lenguaje, luchan con el lenguaje, a veces hasta tienen un brollo, vamos a decirlo en estas palabras, con el lenguaje, Ida no.  Ida cuando tenía 4 años, ella se sentaba en su cama y llamaba a su mamá y le decía mamá, mamá búscame un lápiz porque tengo una cosa aquí, en la cabeza que quiero decir, que quiero decir, que quiero decir. Entonces su mamá venía y ella le dictaba el poema porque ella no sabía escribir. Quiere decir que para ella el lenguaje vino con ella. No fue adquirido, no fue buscado sino está en ella y como yo no he visto en ningún otro poeta 



Yo empecé a aprender a leer en los letreros de las calles. O sea que cuando llegué a un colegio de monjas donde no estuve sino un año, que ya fui muy pequeña ya yo sabía leer y escribir. Y hay una anécdota muy hermosa Que muchísimos años después yo estaba en Caracas, una mujer, una persona me dijo que yo había escrito en el pizarrón del colegio uno de mis primeros poemas, el poema decía: 

en esa mata de verdosas hojas 

como un alma blanca surge 

un lirio encantador 

es como tu niña y guirnalda 

donde en el monte que floreció 


Eso era poemas además escritos con letra manuscritas. Entonces yo estoy escribiendo desde que tengo prácticamente 3 años y claro ya mi desenvolvimiento posterior porque no tuve sino un año en ese colegio fue completamente de autodidacta, hasta que vine a estudiar ya entrada en años 




Y lo más asombroso de su obra es que lleva una unidad interior increíble. Es como un solo río y de ese río se desbordan cascadas, se desbordan arroyos, se desbordan piedras, se desbordan sombras, es algo verdaderamente único. Por ejemplo en Umbral, ella creo que umbral lo hizo cuando tenía 13 años de edad 12 años de edad, una especie de Mozart. Ella dice así:


No, no no puede ser ni puedo tampoco ser 

yo misma hasta que no haya saboreado toda,

toda la hiel amarga y el alcíbar


esto en una criatura de 12 años en Puerto Cabello es un fenómeno. Porque Puerto Cabello en aquella época, era una cosa de ignorancia sobre lo que era la poética, sobre incluso sobre lo que eran los problemas humanos. Y ya esa edad Ida lo estaba dando. Después en  La vara mágica que es un libro bellísimo. (Truenos) no no se preocupen que este es Wagner que nos está acompañando Hay un poema que se llama La Cenicienta ella dice algo que la Define totalmente,Define totalmente su obra y al definir su obra se define ella también, porque nunca el escritor o el artista está separada de su obra 


porque la vida siempre es ser algo

ser la rosa o la Fuente ser la casa o el árbol


 y asombra que después que ella hace cantidades de libros entre los cuales se cuenta a "Poemas" que uno de los libros fundamentales de la literatura universal ella dice que: el alma es un poético proyecto.  Es decir, ella tiene la sensación de que para ser poeta no se requiere de eso que llamamos inspiración, sino que hay un desarrollo, hay incluso una voluntad, hay una incluso también una predisposición para llevar a cabo todo lo que está por dentro y por eso es que ella pone: Es un poético proyecto.



Si, se trata pues de lo paradojal que pudiera haber entre lo reflexivo y lo sensible. Es decir yo, no creo que lo que básicamente importe en un ensayo sea lo racional sino lo consciente. Hay que diferenciar razón de consciencia. Hay una toma de conciencia de ciertos problemas de arte o una toma de conciencia de una visión del mundo determinada que uno va a dar. Entonces eso que podríamos llamar lucidez o conciencia también yo creo que es necesario para la poesía. Porque si la poesía es básicamente sensibilidad, imaginación e intuición también creo que ya es el momento en que el autor tome conciencia de lo que está haciendo. Yo no creo ya en inspiración, ni en raptos y ahora ni en eso que está tan de moda que es el inconsciente. Todo el mundo dice: Yo no tuve la culpa porque eso fue el inconsciente. Evidentemente que el inconsciente aportó material, pero el trabajo posterior, que es el del poema es un trabajo consciente 


Por una parte Ida fue desde muy joven una reportera, fue una reportera fundadora del diario El Nacional. Ycomo tal rindió una labor enorme no solamente sobre figuras de la vida literaria y cultural sino sobre figuras de la vida nacional en general. Cuya relectura a través de una edición suficientemente bien concebida y realizada sería espléndida. Ida ha sido desde siempre desde ese momento una brillante articulista en varias secciones de la prensa venezolana sobre todo del Nacional durante largos y continuos años. Allí hay un seguimiento atento, demorado y realmente inteligente. Además volcado en una escritura de una espléndida calidad estilística todo lo que ha sido la cultura venezolana desde los años desde los fines de los años 40 en adelante, sobre todo los años 50, sobre todo fines de los años 40 y años 50.

Además Ida es una pensadora de la poesía como decía, cuya obra en ese sentido debe ser también reunida para que pueda ser vista como tal. 

Otra fase importantísima de la vida literaria de Ida es la de dramaturgo. Ida Gramcko fue uno de los autores que irrumpió en el teatro venezolano en los años 50 y además a través de una forma muy poco usual del teatro hispánico en general contemporáneo como es el teatro en verso 



Yo empecé, es decir ya desde que Fedor Kelin me pidió la obra yo usé un cuento de Hadas, "La hija de Juan Palomo" un cuento español para hacerlo en teatro. No sé si lo hicieron en títeres o lo hicieron teatro para niños.  Y luego yo cuando vine a Venezuela empecé a tomar en cuenta leyendas venezolanas: Belén Silvera, posteriormente María Lionza, La mujer del catei, La Rubiera que también es una leyenda e hice obras de teatro basadas en el mito pues venezolano y claro todo eso contribuyó no a despertarme porque a mí ya me interesaba mucho ese aspecto que llaman popular porque arte es arte en cualquier aspecto pero en verdad fue un incentivo muy grande 



Lo que ocurre con Ida, es que hoy en día me da la impresión que este tipo de poesía, que es una poesía que tiende a buscar y a ahondar en lo que es la vida, en lo que es el pensamiento, en lo que es el amor, en lo que es la muerte sobre todo. Es una poesía que pareciera no llegarle a a las personas y yo creo que verdaderamente lo que necesita hoy el hombre en este día,  es casualmente investigar, indagar esos temas. Porque son los temas fundamentales de él mismo, no son abstracciones, son fundamentos de él mismo.   Ida funda en el mundo un un universo poético, quizás uno de los más grandes universos poéticos que tiene nuestra América y lo que a mí  me duele, es que hoy en día Ida no tenga el mismo lugar que que tiene un Vicente Huidrobo, un Pablo Neruda, un César Vallejo porque ella está dentro de esa categoría



En cada uno de los géneros sí se encuentran necesidades distintas de expresión. Porque. por ejemplo. a mí me parece que la poesía es un fenómeno mucho más sintético, mucho más condensado que la prosa que se extiende y se despliega. Es decir, en el teatro tú puedes utilizar, es lo que se utiliza personajes y los personajes con su drama particular singular. O sea hay un despliegue un desarrollo digamos de vida más figurativa y lo mismo sucede con la prosa. Claro que un ensayo también hay pensarlo mucho meditarlo y condensarlo Pero no es lo mismo trabajar en poesía, que en un artículo o que en un teatro, no. Hay un elemento humano que se da menos, más desplegado, menos sintetizado en esos otros géneros 



Recordemos pues una vez más la exposición dedicada a Ida Gramcko, nuestro premio Nacional de literatura 1976, dentro de la serie de exposiciones bibliográficas, hemerográficas, sonoras y fotográficas  de premios nacionales de literatura. Esta exposición, estará abierta a público durante todo el mes de octubre en la propia sede de Biblioteca Nacional, de bolsa a San Francisco.

Y ya que estamos situados en el campo de la poesía y del ensayo hagamos algunos comentarios editoriales de las últimas novedad que hemos recibido. Monte Ávila Editores dentro de su colección pensamiento filosófico ha editado dos libros uno de Heidegger, Martin Heidegger, poeta y mejor dicho filósofo fundamental de este siglo: Shelen y la libertad humana y por otro lado también en esta colección pensamiento filosófico Dieter Henrich Hegel en su contexto, otra traducción en este caso llevada por Jorge Díaz

Las uvas del racimo de Javier Sologuren, el poeta peruano en esta hermosa colección Tierra Firme. Sologuren establece acá toda su obra de traducción de poetas algunos bastante desconocidos. Como su mismo nombre lo indica Las uvas del racimo viene a ser una Selección rigurosa del trabajo de traducción llevado a cabo por Sologuren desde muchísimos años, otro poeta fundamental de Perú

La edición en Fondo de Cultura, también en la colección Tierra Firme, del Alfabeto del mundo de Eugenio Montejo, uno de nuestros poetas más fundamentales. Cabe decir que Montejo José Balza y algunos otros más son de los pocos autores y que habría mencionar también a Juan Nuño son de los pocos autores venezolanos publicados por la editorial mexicana.

También la Antología de la poesía hispanoamericana, la contraparte podemos decir del libro de Julio Ortega, esta vez abordada por Juan Gustavo Cobo Borda con una selección, un prólogo Y por supuesto las notas bibliográficas.

La muerte del estratega compendio de narraciones, prosas y ensayos de Álvaro Mutis en Fondo de Cultura económica uno de los poetas colombianos fundamentales residenciados ya desde hace un tiempo en México y de los más importantes también  en España, donde Mutis ha tenido una resonancia tremenda en los últimos años

Vamos a darles pues las gracias a ustedes por su asistencia y e los esperamos muy cordialmente el próximo viernes en este mismo espacio Entrelíneas a esta misma hora y por este mismo canal. Muchísimas gracias por su atención, muy buenas noches y hasta la semana que viene




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