Mostrando entradas con la etiqueta Joos Heintz. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Joos Heintz. Mostrar todas las entradas

martes, 22 de noviembre de 2016

Joos Heintz: El filósofo cartonero e investigador del Conicet








Estimados Amigos

Hoy tenemos el gusto compartir otra entrada sobre Joos Heintz ,Un personaje bastante peculiar para los estándares de Venezuela pero del cual muchos investigadores universitarios locales deben aprender.

Deseamos disfruten de la entrada.


*******



Es filósofo, investigador del Conicet y cartonero

Joos Heintz es matemático y doctor en Filosofía recibido en Zurich. Por ideología y un pasado marginal que no puede olvidar, sale todas las semanas a cartonear por las calles de Buenos Aires.


Para entender la vida de Joos Heintz, un matemático suizo que hace 23 vino a trabajar a la Argentina como investigador, es necesario desprenderse de cualquier prejuicio y permitirse leer entre líneas cada uno de los sucesos de una vida casi de novela. Es que su particular historia rompe de lleno con lo que cualquiera tildaría como “normal”. Joos tiene, por así decirlo, una doble vida: alterna sus clases de matemática en UBA y sus investigaciones en el Conicet con largos recorridos al borde de la vereda pateando la calle como cartonero.

Sí, y a pesar de que es difícil creer que un hombre de 61 años con un doctorado en Filosofía en Zurich y un profesorado en Matemática en Frankfurt pueda ser cartonero , ésa fue su elección. Claro que no lo hace por necesidad, sino como razón de vida y por el peso de un pasado que lo agobia: “Yo fui excluido del sistema y nunca en la vida voy a olvidar lo que se siente ser discriminado y marginado en la calle. Por eso tengo esa necesidad de acompañar a los que hoy están en esa situación”, cuenta con dolor en cada palabra y sigue: “Aunque debo reconocer que desde que me alejé de ese mundo, siempre me hizo falta. La marginalidad es parte de mi vida y no vine a vivir a Latinoamérica para ser un burgués”, dice en un pintoresco acento que esconde las huellas de un pasado europeo, pero que hoy está salpicado por un porteño que se le escapa en cada palabra.

Al lado del camino.

 A pesar de que hoy tiene el pasar económico solucionado –cobra un sueldo como profesor en la UBA y otro en euros por clases que da en una universidad española– no tuvo una vida muy envidiable. Su padre debió escapar de Alemania y refugiarse durante la Segunda Guerra Mundial (su abuelo murió después de ser torturado por la SS), así que desde los seis años vivió casi como un paria.

“A esa edad las cosas empezaron a pudrirse”, se lamenta cuando recuerda que vivió en la calle con su madre después de que sus padres se separaran, y hasta pasó días sin comer. Incluso, un informe psiquiátrico le prohibió ir al colegio normal, por lo que tuvo que estudiar por su cuenta para poder ingresar a la facultad.

Como si fuera poco, pasó varios años en un conventillo alemán lleno de extranjeros, donde había desde linyeras hasta narcos. “La casa era muy famosa porque sólo en el tiempo que estuve hubo dos asesinatos”, se ríe pero mira, en el fondo, con un poco de vergüenza.







—¿Por qué decidió salir a cartonear?

—Después de la crisis empecé a visitar asambleas barriales y me invitaron. Me pareció una buena forma de ayudarlos, de darles una mano. También para estudiar un movimiento que es muy complejo y diferenciado. No es una masa amorfa de incultos todo iguales como se dice. Hay gente con profesiones y hasta gente que está integrada a la comunidad como yo.

Aunque Joos está casado hace 17 años con Ana Godel, nunca tuvieron hijos.

Ella es una artista plástica argentina que conoció en Europa mientras estaba exiliada durante la última dictadura. Quisieron casarse dos veces, una en Suiza y otra en Dinamarca, pero por cuestiones legales no tuvieron suerte. Así que terminaron uniéndose acá cuando terminaban los años 80. Ana es su más cómplice compañera y es la que mejor cocina su comida preferida: la musaka, una especie de lasaña de origen turco que en vez de tener masa, está hecha con berenjenas, tuco y salsa blanca. Aunque, hay que decirlo, también es la misma que lo regaña cada vez que sale a cartonear.

Problemas en casa.

Por sus tareas como investigador superior del Conicet y como docente de “Especificación y Complejidad en el Cálculo Científico” en la UBA, cada vez tiene menos tiempo para hacer todo el recorrido entero que involucra recolectar cartones. Por eso, ya no se sube más al Tren Blanco tres veces por semana ni pasa muchas horas en la calle. De todos modos, sale cuando puede, siempre y cuando Ana no se enoje demasiado.

—¿Tiene conflictos en casa cada vez que sale?

—Mi mujer está en contra de esto y es lógico. Yo estoy en constante conflicto entre dos clases. La clase media que odia a la baja y viceversa. Aunque mi mujer tiene mucho entendimiento, no deja de ser de clase media.

—¿Y usted de qué clase es?

—Cuando era chico fui expulsado varias veces del sistema y me pudrí. Es muy difícil volver a ingresar y en el fondo me siento ajeno a las clases sociales. Por eso, antes de que me vuelvan a expulsar y marginar, preferí irme yo sólo.

Una vida marginal.

 “Cuando llueve y siento las gotas, me cago de miedo pensando que se les puede desmoronar la casa a los que viven en la calle”, dice Joos con un nudo en la garganta y lamentándose por la falta de solidaridad que hay entre los argentinos, algo que no existía allá por los 80, cuando vino de su Suiza natal para trabajar como investigador académico. “La clase media es muy xenófoba en la Argentina”, dispara.

En su claro intento por vivir al margen de la clase media, Joos decidió no mirar más televisión, de vez en cuando escucha radio y casi no lee diarios locales. “La mayoría no se puede leer”, dice y aclara que por eso se informa con Al Jazeera, el canal de noticias musulmán, y con su par alemán Der Spiegel, los únicos que cree independientes.





Tomado del Diario 26


jueves, 23 de agosto de 2012

“El talento para la matemática no existe, uno tiene que tener ganas o no, pero matemática puede aprender cualquiera, hasta yo”.

Entrevista al matemático, lingüista y antropólogo cultural Joos Ulrich Heintz






De chico fue considerado “infradotado”. Terminó en un reformatorio y allí, a los 16 años, escribió su primera obra de teatro. Doctor en matemática, lingüista y antropólogo cultural, Joos Ulrich Heintz, de origen suizo, es investigador del Conicet y docente en la UBA. Su obsesión es vincular la ciencia con el desarrollo: fue cartonero y manejó una planta recicladora de la Ceamse.


Por Verónica Engler


–¿Cuándo comenzó su afición por la matemática?
–En el primario fui un desastre y en el secundario también, odiaba la matemática. Creo que el talento para la matemática no existe, uno tiene que tener ganas o no, pero matemática puede aprender cualquiera, hasta yo (se ríe). Si yo tengo algún talento es para los idiomas, me resulta muy fácil aprender idiomas, trabajar con textos, lo hice toda mi vida. A los once años empecé a escribir literatura, no me perfilaba para nada como científico, sino como escritor y actor.
–¿Y cuándo se produce el cambio?
–Hasta los dieciséis años mi vida era un despelote descomunal, hubo épocas en las que no comía todos los días y estuve más de un año sin casa. De pequeño yo tenía un comportamiento que no parecía normal para los chicos. Entonces, tanto los vecinos como la familia y mis padres pensaban que yo era infradotado, por lo que me querían mandar a una escuela especial para chicos con problemas mentales. Pero mi madre empezó a tener dudas del diagnóstico de mis vecinos (se ríe), y fue a ver al maestro que me estaba asignado. El estaba especializado en chicos difíciles, y le dijo que íbamos a probar que fuera a una escuela normal. Ese maestro me salvó la vida. Yo muy rápidamente aprendí a leer, lo que me permitió cierto grado de independencia, y en los primeros años de la escuela empecé a desarrollar mis propios intereses que, en la primaria, era sobre todo historia.
Joos Ulrich Heintz .Imagen de Dafne Goentinetta
–¿Qué pasó entonces, después de que aprendió a leer?
–Cuando tuve nueve años empezó otra etapa problemática, porque mis padres se divorciaron. Antes iba a la escuela con un diagnóstico psiquiátrico de que yo era infradotado, pero de alguna manera ese diagnóstico no tuvo consecuencias. Después, por mal diagnóstico se pensaba que yo tenía una epilepsia, porque tenía como ausencias, algo menos grave que las convulsiones, y como no encontraban una causa orgánica, buscaban por el lado psiquiátrico. Entonces terminé en un reformatorio a los once años. Ahí escribí mi primera pieza de teatro y estudié filosofía. Contacté por teléfono a un profesor de filosofía de la facultad que me recomendó obras de Platón y Schopenhauer. Pero en el reformatorio estuve pocos meses, porque me escapé y logré volver a casa con mi madre. Después cambió toda mi situación, porque varias personas leyeron esa pieza de teatro que había escrito, algunos escritores conocidos de mi madre, y entonces pasé de ser un infradotado a convertirme en niño prodigio. Con dieciséis años recién empecé a hacer una vida más o menos normal. Nos mudamos a un lugar fuera de la ciudad (de Zurich), donde hice el secundario. Y ahí tuve que recuperar todo lo que había perdido. Entonces, yo entré por los idiomas, no por las matemáticas. Pero también tuve que estudiar matemáticas, y en paralelo también física, que me interesaba mucho por la filosofía, porque quería entender los principios newtonianos. Busqué libros en la biblioteca sobre el tema y encontré dos obras de Einstein, que me costó leerlas. Entonces me di cuenta de que me faltaba entender matemática, y encontré un curso donde se hacían todas las demostraciones, y así empecé a entender, porque antes la matemática se daba sin demostraciones. Eran reglas que se enseñaban, que había que replicar ciegamente y sin argumentación. Cuando terminé el secundario estudié filosofía. En ese momento, en la universidad había que estudiar tres carreras, para mí la primera era filosofía y la segunda matemática, pero la filosofía se daba de manera desastrosa y estaba cada vez menos motivado. Entonces empecé a cursar cada vez más materias de matemática y me obligaron a cambiar de facultad. Al final terminé con matemática, antropología cultural y física, en tercer lugar.
–¿Y cómo llega a la antropología cultural?
–Lo que más me interesaba eran los campesinos, pero yo sabía que no tengo la mente para ese estilo de vida, y menos los medios, porque en ese tiempo en Suiza para dedicarte al campo tenías que haber heredado una chacra. Llegué a la antropología cultural por los campesinos, porque durante tres años había ido a una escuela rural. En Suiza yo sufrí terriblemente la xenofobia de los suizos, porque la clase media suiza es xenófoba como la argentina, y no te perdonan los padres extranjeros, mi padre era de Francia y mi madre una prusiana de Alemania. Encima, cuando yo hablaba tenía un acento fuerte, pero medio indefinible. En ese ámbito rural, los campesinos ni siquiera eran verdaderos campesinos ni agricultores, eran pastores. Ellos me trataban bien, porque ellos también venían de otra cultura, y no eran xenófobos, eso nunca me lo olvidé, y era gente muy pobre. En esa zona fui de la primera generación que no pasó más hambre. Ellos tenían otra mentalidad, y eso me fascinó, por eso estudié antropología cultural enfocado en dos cosas: el campo, y dentro del campo las culturas de pastores. Y también me especialicé en temas de pobreza, pero siempre ligado al campo. Más tarde aprendí turco y me relacioné con turcos de clase baja o de clase media baja, que eran o campesinos o villeros. Empecé en Suiza y seguí en Alemania, donde convivía con ellos.
–¿Se fue a Frankfurt para trabajar en la universidad?
–Sí, a fines de los años ’70. Tenía un cargo de colaborador científico en matemática. Y después, a principios de los ’80, vine a la Argentina con Ana Godel (su esposa, artista plástico y argentina) y luego volvimos a Alemania, y ya tuve un cargo de profesor adjunto. Cuando yo llegué a Frankfurt empecé a vivir en un conventillo con población inmigrante, en la que el idioma de comunicación era el turco, pero en realidad la comunidad era multinacional, se componía de yugoslavos, macedonios, kurdos de diferentes estados, y ciudadanos turcos. Después alquilé un departamento que pronto convertí también en conventillo. Había mucha gente con problemas, inmigrantes, la mayor parte eran refugiados precarios, gente que había pedido asilo, a algunos los invitaba a vivir al departamento.
–En el año 1987 ya se radica definitivamente en Argentina e ingresa como investigador en el Conicet. Para esa época crea el grupo Noaï Fitchas, que luego se convertirá en TERA (Turbo Evaluation and Rapid Algorithms). ¿Me puede contar cómo fueron esas experiencias grupales? ¿Cuáles eran los temas de investigación?
–Con Noaï Fitchas realizamos aportes en álgebra conmutativa y geometría algebraica computacional que impulsaron y aglutinaron una corriente internacional de investigación en cuestiones de complejidad de cálculo simbólico. A partir de 1991, el grupo fue reorientando paulatinamente sus actividades científicas hacia el logro de resultados tecnológicamente relevantes e incorporó nuevos temas teóricos. El resultado fue su transformación en el grupo internacional TERA, de investigación y desarrollo de software para la simplificación y resolución de sistemas de ecuaciones polinomiales y algebraico-diferenciales. Este grupo llegó a contar con catorce investigadores permanentes y quince becarios o tesistas en cinco países (Argentina, España, Francia, Alemania y Canadá). El grupo TERA estuvo dirigido por Marc Giusti (en París), Bernd Bank (en Berlín) y por mí (en Buenos Aires y en Santander).