Mostrando entradas con la etiqueta Rómulo Gallegos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Rómulo Gallegos. Mostrar todas las entradas

domingo, 15 de diciembre de 2024

Violeta Rojo a Rafael Osío: Todavía no hemos visto desaparecer El miedo, pero Venezuela volverá a ser Altamira.

 



Estimados Liponautas


El pasado jueves 12 de diciembre murió a los 65 años la escritora Violeta Rojo (1959) , reconocida estudiosa del género de la minificción, a causa de un cáncer.


*******



Violeta Rojo: “Doña Bárbara ganó las elecciones en 1998”


*******

I

Estoy pensando en exilarme,

En marchame lejos de aquí

A tierra extraña donde goce

Las libertades de vivir:

Sobre los fueros: hombre-humano

Los derechos: hombre-civil.

Por adorar mis libertades

Esclavo en cadenas caí;

Aquí estoy cargado de hierros,

Sucio, famélico, cerril,

Enchiquerado como un puerco,

Hirsuto como un puerco-espín.

Harto en el día de tinieblas

Asomo fuera del cubil

Bien la cabeza, bien un ojo,

Bien la punta de la nariz;

Temeroso de un escarmiento,

Encorvado, convulso, ruin,

-como ladrón que se robase

Sólo el reflejo de un rubí-

Por mirar brillando en el patio

El claro sol de mi país.


“Balada del preso insomne” (Fragmento), por Leoncio Martínez 

*******


La escritora y especialista en literatura venezolana habla de cómo estamos escribiendo sobre lo que le pasó a nuestra nación, desde adentro, desde afuera, desde los bandos y desde la emoción


Rafael Osío Cabrices


01 de febrero de 2020


Foto: Gabriela Mesones Rojo


"Todos los fenómenos históricos son extremadamente complejos y jamás tienen explicaciones sencillas"



Quien crea que los estudiosos de la literatura viven en una torre de marfil habrán de sorprenderse por el testimonio de la profesora y escritora Violeta Rojo: “Estos años han sido para mí de mucha rabia y dolor y ver mi país destruido por esta marabunta me llena de furia. Eso ha hecho que mis áreas de investigación también estén afectadas: la minificción prácticamente desapareció, nuestra narrativa toca constantemente temas que me afectan. Antes eran mis temas de trabajo, ahora tienen un componente de congoja que me los dificulta. El análisis literario debe hacerse con una cabeza fría que yo ya no tengo y quizás por eso no puedo escribir sobre mis temas. Siempre podría dedicarme a asuntos del siglo XVIII, por ejemplo, pero no puedo evitar vincular los espantos de la guerra a muerte, la huida a Oriente o los asesinatos de Boves con nuestras guerras, huidas y asesinatos actuales. Todo lo que vivo genera un eco que retumba en cualquier cosa que leo: ya sea una novela policial en Mongolia donde encuentro el Arco Minero, un poema de Leoncio Martínez sobre un preso insomne o un libro de Orlando Figes”.

La emigración a Oriente (óleo de Tito Salas, 1913)


Esta conversación apenas se asoma (es un tema enorme por explorar) al registro de la catástrofe nacional en la literatura escrita por venezolanos que publica adentro y afuera del país, desde la perspectiva de una especialista en narrativa venezolana del siglo XXI, teoría literaria y minificción, que ha publicado varios libros de ensayo y antologías sobre estos temas. El más reciente: Las heridas de la literatura venezolana y otros ensayos (El Estilete, 2018). 


Nacida en Caracas, Violeta es Doctora en Letras y Magíster en Literatura Latinoamericana por la Universidad Simón Bolívar y Licenciada en Letras de la Universidad Central de Venezuela. Fue Research Fellow en Kingston University (Reino Unido) en 2000 y 2001. Es profesora titular de la Universidad Simón Bolívar de Caracas, y ha sido profesora invitada en la Universidad del Comahue (Argentina), la Universidad de los Andes y la Universidad Central de Venezuela. Es individuo correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española desde 2013 y dirigió la Revista Argos entre 2002 y 2005.



Leo muchísimos libros sobre el stalinismo, por ejemplo, y estoy segura de que sigo sin tener la más pálida idea de lo que fue vivir realmente el miedo de la época. Por muy potentes que sean, y aunque nos conmuevan mucho, seguro que vivir esas realidades —con el horror interrumpido por algún chiste, la desesperación en la que se mezcla la esperanza, el dolor suspendido por algún pequeño placer, porque la vida es así— no es igual a la sombra que se plasma en una novela. Cuando vemos una película sobre un evento histórico terrible, tenemos una experiencia muy dura durante cien minutos. Nos puede quedar rondando, podemos quedar muy afectados, pero la verdad es que salimos del cine, nos tomamos una cerveza y vamos a cenar. Los que viven eso no tienen la posibilidad de salir”.   


Últimamente siento que hablamos mucho de la literatura hecha por venezolanos que se publica afuera, y sobre todo de Karina Sainz Borgo y Rodrigo Blanco Calderón. Luego vamos a hablar de lo que se está escribiendo en la diáspora, pero comencemos por el origen de todo: ¿qué se está publicando en Venezuela hoy, en narrativa, teatro, poesía?


Aquí vivimos dos países intelectuales: la cultura del régimen y la de quienes lo adversamos. Un espanto, porque no nos mezclamos y escasamente nos comunicamos; quienes se mueven en ambos mundos supongo que son vistos con sospecha. Pero en literatura somos tres países. Está el de los escritores y editoriales oficiales, en el que no sabemos bien qué se publica. Luego está el país de los escritores que seguimos aquí, con casi ninguna posibilidad de publicar. Quedan muy pocas editoriales y no creo que publiquen más de dos libros de ficción o poesía por año. Se escribe un ensayo medio político, medio periodístico, que se publica mucho más. A veces pienso que son libros con fecha de expiración, porque la ola de los acontecimientos va demostrando que sus premisas no tenían mucho agarre. De ensayo propiamente dicho, análisis literario o historia se está publicando muy poco, a menos que tenga ese elemento “actual”. Finalmente está el mundo de los escritores venezolanos que viven afuera, que tienen una vida editorial normal, nunca fácil, pero que escriben y publican. 

Comercial HARINA PAN - Empresas POLAR-VENEZUELA



¿Qué escriben esos tres países, ya no en términos de géneros sino de temas?


Los del régimen no suelen escribir narrativa realista, hasta donde sé, y si la escriben está inmersa en la doctrina oficial. He leído varias novelas históricas de algunos de ellos y, con excepciones, hablan sobre un pasado glorioso que nunca existió. Los opositores que viven aquí escriben novelas realistas, a veces demasiado para mí. Quizás son crónicas largas, más que novelas. Lo ficcional es una excusa para contar una experiencia, explicar el problema económico, social, médico, educativo. Los de la diáspora escriben también ese tipo de novelas, quizás haciendo énfasis en su circunstancia migrante, contando el extrañamiento en una suerte de literatura comparativa entre países. No siempre, claro: varios autores no son literales ni cronísticos, no explican cómo se arma la carpeta Cadivi ni que aquí se paga la gasolina con un cambur porque no hay efectivo, no escriben para asombrar a los europeos con nuestro neorrealismo mágico o nuestra “fábula del deterioro”, para usar el término de Miguel Gomes. Claro que no es lo mismo vivir aquí que verlo desde afuera. Tampoco es lo mismo vivir en Caracas que en Maracaibo, no es igual Cumaná que Lechería. Ni es igual ser venezolano y vivir afuera, sufriendo la diáspora, el ser extranjero, la xenofobia en algunos lugares, haber dejado la biblioteca, la casa familiar e incluso algún animal querido. Esas son experiencias muy dolorosas que no conozco y que estoy segura que no son menos graves porque sea fácil conseguir Harina Pan. Quizás lo único que nos une a los de afuera y los de adentro es tener la familia dispersa, experiencia que, ahí sí, no era nada venezolana. En cualquier caso, lo que sí he notado es el inmenso orgullo cada vez que un compatriota publica en una editorial reconocida, o cuando son publicados en otros idiomas. Creo que a los venezolanos que quieren leer sobre Venezuela les da igual si el autor está afuera o no. 



Siguiendo la línea de tus propios ensayos sobre el género, me pregunto si la memoria personal, la autobiografía o el diario están funcionando como recursos entre la gente allá para procesar la crisis, la transformación del país, el empobrecimiento individual y colectivo, el miedo. Yo sé que muchos emigrados se pusieron a escribir, empujados por la necesidad de entender y de contar lo que están viviendo. ¿Sabes si está pasando eso con los venezolanos de adentro?


Los manuscritos que he leído (poesía y narrativa) hacen mucho énfasis en contar lo que nos está sucediendo: la crónica y lo autorreferencial permean la narrativa, en una suerte de crónica autoficcional con elementos periodísticos; la poesía insiste en nuestros dolores. Es una literatura de mímesis y catarsis al mismo tiempo, a pesar de lo absurdo que pueda sonar. Para mí rara vez es agradable. Las novelas “explicativas” me cuentan lo que ya viví, y me aburren o me hacen revivir eventos tan dolorosos que el placer estético desaparece. Comprendo que todos necesitamos explicar y explicarnos lo que pasa, cosa que suele suceder en todos los países que han sufrido crisis, guerras, descalabros. Ahí están, sin abundar demasiado, el estudio sobre el lenguaje de Victor Klemperer, el psicoanalítico de Viktor Frankl o la Suite Francesa de Irene Némirovski, escritos prácticamente en medio del espanto o poquísimo tiempo después. Pero, como yo no entiendo qué pasó aquí, porque no hay explicación racional para el caos cotidiano, la enorme magnitud de la destrucción y, sobre todo, porque era innecesario desbaratar el país por poder o dinero, sabiendo que pudieron tenerlos sin crear este cataclismo, me complace que los escritores traten de encontrar sentido, origen y causas a la sistemática demolición del país. Pero eso no quiere decir que no sienta que muchas de esas explicaciones son demasiado esquemáticas y simplistas y que el asunto es mucho más complicado. Todos los fenómenos históricos son extremadamente complejos y jamás tienen explicaciones sencillas. A mí que me digan: es que Venezuela siempre ha sido así (y una analiza la historia y no ve ese correlato) o es que los venezolanos somos de tal manera (cuando los determinismos nunca me han convencido), o que me hablen de la oscuridad allá y la luz aquí, o que se pongan positivistas, no me funciona. No es solo que no esté de acuerdo con ciertos planteamientos aunque admire la manera en que se hacen, o el vuelo retórico, o la visión diferente; es que no me dicen demasiado. Claro que quizás soy yo y el problema no son los libros sino la lectora. Esto también va para el auge de la literatura autorreferencial que se está escribiendo adentro y afuera. Es otra manera de contar y tratar de comprender, relatando día a día cómo vivieron el desastre. Algunas veces siento que se dramatiza demasiado y que ha habido cosas peores, pero a lo mejor eso es una equivocación y hasta una injusticia de mi parte.   


¿Cómo es eso de que se dramatiza demasiado?


Mi familia vivió la guerra civil española, tengo amigos que vivieron la postguerra en Alemania, The Troubles en Irlanda del Norte, los ”años de plomo” en Euzkadi, las cruentas dictaduras de Chile y Argentina, el conflicto armado en Colombia. Algunas de esos eventos pueden parecer peores, pero no lo son. Cada tragedia es única y pavorosa para quienes la viven. Esto no es solamente una dictadura, es una tiranía en la que puedo decirte esto, que en otros lugares no podría, pero en esos sitios no tenían hiperinflación, o tenían hiperinflación, pero no escasez, o tenían escasez, pero duró menos tiempo, o duró más tiempo, pero no hubo destrucción. Esta es nuestra tragedia nacional, particular y personal y con eso no hay puntos de comparación. La vivimos y la sobreviviremos, antes de lo que pensamos, pero eso no significa que no nos haya cambiado la vida, que los años no se nos hayan ido luchando contra los monstruos cotidianos, que hayamos visto cosas que hubiéramos preferido no ver jamás, y que quizás se nos haga difícil olvidar la degradación de personas, lugares, instituciones, usos y costumbres. Es un problema heracliteano, el país que perdimos (por la ida o por el desastre) es irrecuperable. 


Con los cierres de librerías y el fin de la importación de novedades, más la dificultad de publicar allá, ¿cómo se está leyendo en Venezuela? ¿Mercado de libros usados, redes de intercambio? ¿Se aprovechan las bibliotecas que los emigrados dejamos atrás?


Fíjate que con tu pregunta me doy cuenta que nunca he pedido prestado un libro a los emigrados. Me sería difícil, las bibliotecas son algo muy privado y es delicado pedir un libro que uno sabe que duele tanto tener lejos. Casi todas las librerías venden libros usados, las que lo hacían antes y las que jamás lo habían hecho. Los precios me parecen demenciales. Aquí un libro usado cuesta lo mismo que un libro de bolsillo nuevo afuera. En cuanto a las novedades, el precio es internacional. Con los sueldos venezolanos, comprar un libro es un esfuerzo económico sustancial. Afortunadamente yo tengo una gran biblioteca, mi pareja otra, los amigos de aquí nos intercambiamos libros y los libros digitales solucionan mucho. Las bibliotecas universitarias, que tanto usé, están en el mismo estado que el país. 

Primera edición de Doña Bárbara por la editorial Araluce



Como investigadora de nuestra literatura y como venezolana que vive allá, ¿te sientes satisfecha con lo que nuestra literatura ha hecho hasta ahora para registrar, traducir lo que hemos vivido en estos años? ¿O crees que la gran literatura, o la gran novela, sobre la Venezuela devastada por el chavismo está todavía por venir?


Esa no es una pregunta para mí. No soy mujer de un solo libro. Nunca me ha convencido eso de que hay una novela (o un libro) que es el definitivo y el determinante para demostrar algo. Un libro es una visión, y la realidad suele ser múltiple, caleidoscópica, compleja y necesita muchos libros, películas y fotografías para entenderse. No creo tampoco en el concepto de la “gran novela”, que me parece que es algo muy de la literatura de Estados Unidos. Según tengo entendido, el concepto de la “gran novela americana” viene desde el siglo XIX y tenía que ver con explicar, casi pedagógicamente, cómo era Estados Unidos. Obviamente, esto está más vinculado a un deseo que a una realidad y la gran novela que explique un país sigue sin escribirse. Dicho lo cual y siendo contradictoria, elegiría una novela positivista y maniquea, Doña Bárbara puede explicar el gomecismo y también este desaguisado que nos ocupa. Para mí, ya lo he dicho otras veces, Doña Bárbara ganó las elecciones en 1998 y ahora manda Ño Pernalete. Todavía no hemos visto desaparecer El miedo, pero volveremos a ser Altamira.


*******




Rafael Osío Cabrices

Periodista basado en Montreal. Editor jefe de Cinco8 y Caracas Chronicles.


Tomada de Cinco8








Enlaces relacionados:


LA BALADA DEL PRESO INSOMNE



“Balada del preso insomne”, por Leoncio Martínez






Violeta Rojo: Todavía no hemos visto desaparecer El miedo, pero Venezuela volverá a ser Altamira.




26/04/2026
19/09/2025

lunes, 22 de marzo de 2021

RÓMULO GALLEGOS :“Todos se imaginan que nací en el llano y que allí pasé mi vida”


Rómulo GallegosImagen tomada de Escritores Mexicanos Unam.



 4 DE NOVIEMBRE DE 1943




Rómulo Gallegos nos habla del proceso de creación de Doña Bárbara y Cantaclaro, sus dos libros más notables.




—Fui al Llano por unos días y al enfrentarme al Llano empezaron a surgir asuntos. Un señor Rodríguez de San Fernando me habló de una mujerona llanera, dueña de un hato, un poco bruja, que medía el dinero en escudillas como lentejas y no lo contaba como los demás mortales. Y al referirme también la historia de un abogado caraqueño a quien la llanura redujo a escombros, quedando de él apenas una sombra tendida en un chinchorro con una totuma de aguardiente en la mano, ambos personajes me sirvieron de piedra fundamental para construir la novela.

CLASA FILMS. Logo entre 1943 y 1946. Imagen tomada de Closing Logos.



¿Y los otros?

—Solamente Santos Luzardo y Marisela son exclusivamente nacidos de mi fantasía. Los demás existieron en la vida real. Maria Nieves todavía existe y hasta lleva ese mismo nombre. Me cuentan que le han leído capítulos de la novela donde aparece. Y que cuando se emborracha y los vecinos del pueblo lo molestan o le dicen frases despectivas, él responde orgullosamente:

 —“Yo no sé, pero estoy en doña Bárbara”.




¿Es cierto que usted no estuvo sino 10 dias en el llano antes de escribir Doña Bárbara?

—Es cierto, aunque casi nadie me lo crea. Todos se imaginan que nací por esos lados o que, al menos, allí ha transcurrido la mitad de mi vida. A este respecto puedo referirles una anécdota: recién publicada Doña Bárbara, estaba yo una tarde en los toros y observé a un espectador vecino que me miraba fijamente. Pensé que terminaría por hablarme, como en efecto lo hizo para decirme: “usted es Rómulo Gallegos. Quería conocerlo pero como no veo por aquí ningún amigo que me presente, le ruego que me excuse esta presentación espontánea. Sucede que soy llanero, leí su libro, me entusiasmó y quiero hacerle un homenaje en mi hato que queda por San Juan de los Morros. Lo invito a que vaya usted el domingo. Le mataré una ternera y pondremos un joropo. Y, además le tengo un caballo como para usted”. Un caballo no, una fiera. Aquel amigo me imaginaba domador.


Imagen tomada de Pinterest



“Estoy satisfecho con la película”

Vino Don Rómulo a informarnos que ya llegó a Caracas la versión cinematográfica de Doña Bárbara, su novela más popular, hecha por la casa mexicana Clasa Film, la cual se estrenará en breve en un cine de esta ciudad. Como es natural, el gran novelista asistió a una exhibición privada de la obra, y su impresión es excelente.

María Félix en un fotograma de la pelicula Doña Bárbara 



“Estoy ampliamente satisfecho de la versión cinematográfica de Doña Bárbara” —nos dijo—. Todos los detalles han sido cuidadosamente estudiados y tratados; los paisajes, los trajes, las costumbres, están reproducidos de tal modo, que la película da la impresión de haber sido efectivamente rodada en Venezuela. En cuanto a los intérpretes, encajan a perfección con el tipo y con el carácter de los personajes concebidos en mi novela, y de una manera muy especial deseo elogiar la realización de la propia doña Bárbara por María Félix que, a mi juicio, es perfecta.





Tomado de El Nacional




Enlaces relacionados:














































































































































































































Entrada actualizada el 03 de agosto de 2022.

19/09/2025

sábado, 21 de noviembre de 2020

PREMIO RÓMULO GALLEGOS: EL PAÍS DE LA CARCOMA

 

Selección de novelas ganadoras del Premio Romulo Gallegos, ARCHIVO Javier Téllez.


Javier Tellez

 


Es lamentable que lo que fue el reconocimiento mas prestigioso de novela en nuestra lengua, el Premio  Rómulo Gallegos que se celebraba cada 5 años en Venezuela, se haya otorgado a “El país del Diablo”, una novela desabrida y sin merito, obra de Perla Suez, una escritora argentina que es conocida fundamentalmente por la escritura de libros para niños y no por sus novelas. 

Perla Suez. Imagen tomada de FM

No es de extrañar esa decisión dada la mediocridad que rodea la organización del certamen y del jurado de este año integrado por la venezolana Laura Antillano (escritora que curiosamente también es conocida dentro del campo de la literatura infantil y parece ser amiga de Suez), el argentino Vicente Battista y el colombiano Pablo Montoya (ganador del premio en su ultima edición).



Decimos adiós con mucha tristeza a los criterios de excelencia que caracterizaban al premio Rómulo Gallegos, que reconoció en su momento obras maestras de la literatura en nuestra lengua como “La casa verde” de Mario Vargas Llosa en 1967, “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez en 1972 y “Los detectives salvajes” de Roberto Bolaño en 1999.  Otras novelas memorables tambien obtuvieron este galardón tales como “Terra Nostra” de Carlos Fuentes en 1977, “Palinuro de México” de Fernando del Paso en 1982,  “Los perros del paraíso” de Abel Posse en 1987, “La visita en el tiempo” de Arturo Uslar Pietri  en 1991, “Mañana en la batalla piensa en mí” de Javier Marías en 1992, “Santo oficio de la memoria” de Mempo Giardinelli en  1993, “Mal de amores” de Ángeles Mastretta en 1997, “El desbarrancadero” de Fernando Vallejo en el 2003, “El tren pasa primero” de Elena Poniatowska en el 2007 y “Blanco nocturno” de Ricardo Piglia en el 2011. Una lista a la que hoy se añade lamentablemente “El país del Diablo” de Perla Suez por consideraciones políticas ajenas a la calidad literaria.   

Laura Antillano. Imagen tomada de Triote.


Podemos ya sin duda sumar el premio Rómulo Gallegos a otras instituciones culturales que han sido devoradas por la carcoma que representa para la cultura venezolana el Chavismo, junto a instituciones que han desaparecido o abandonado su misión, como la editorial Monte Avila, la Biblioteca Ayacucho, los museos nacionales, etc.


Javier Tellez


19/09/2025

lunes, 6 de mayo de 2019

RETAZOS PARA UN PAÍS ESCRITO DE MEMORIA.






Crónicas del Olvido

RETAZOS PARA UN PAÍS ESCRITO DE MEMORIA

**Alberto Hernández**

1.-

Sobre la misma tierra”, como decía el novelista, nos queda mucho terreno que pisar.

Anormales —o más allá de la certeza de serlo—, lubricamos el discurso impelido por un país donde la locura cabe perfectamente en el final de un poema escrito por un personaje de Faulkner. Que nadie lo subestime, somos así, paranormales.






Todos los personajes de Gallegos eran la crisis que somos. Cada uno hizo de su parcela nacional un trozo de vergüenza, de decoro o de misterio. Más allá de la normalidad, nuestro novelista metió la mano en la carne podrida de un país que no termina de saberse Nación. De allí que aún, a esta altura del siglo, seamos el acento de esos personajes. Son nuestra representación.





2.-

La mano junto al muro” revisa el horizonte donde no queda lugar para pensar. Somos un país extraño, demasiado pequeño para lo grande que nos creemos. Nos deslizamos con placer sobre la brasa de un parloteo incesante. Paranormales, no sabemos si ser reales o un invento clásico de nuestra desmesura.


Guillermo Meneses


Merecemos una crítica a nuestros enfermos asuntos. Una mujer, una prostituta, roza la piel de un hombre que la busca. Era aquella costa la visitada por el turismo sexual que bajaba de los mercantes y yates provenientes del resto de la tierra. La miseria nos tatuaba a diario. El novelista, Guillermo Meneses, sólo nos dibujó en el vicio, en la traición, en el descuido, en la arrogancia de quienes nos dieron la sangre de hoy. Eso hemos sido, una mano sucia contra un muro derruido.




3.-


País portátil” que nos lleva de lado y lado.



Líquidos bajo el plomo de una guerra de verbos gastados, terminamos en la penúltima página de una novela premiada. Adriano González León nos introdujo en la maleta de una historia donde la violencia nos arrojó a muchos años de atraso, los mismos que hoy nos apuntan con el hierro de marcar reses.


Adriano González León




Por entre los eucaliptos de la vieja estación venían ellos: verdes, amenazantes, con metralletas y fusiles. De nuevo se iniciaron las carreras, los empujones, el retroceso al cerro”. Esa ha sido nuestra historia, un retroceso hacia el cerro, hacia la pobreza, hacia la violencia, hacia el dolor, hacia nuestra más autóctona estupidez.


4.-


Las historias de la calle Lincoln” se han quedado en la piel reseca del olvido. La mano que la escribió es la artritis de un duende que camina entre botellas e indigentes tirados en las calles de la gran ciudad. La mendicidad tiene sentido muchas veces. Carlos Noguera parece haber olvidado los rincones de Sabana Grande, el Callejón de la Puñalada, los placeres con aquellos que lo acompañaron, los que hoy son sombra y olvido. Aquel país metido en la Lincoln se ha desdibujado. El autor pasó a ser parte de lo que confirmaba como antiestético.


5.-


Cien años de soledad” para quienes despertaron frente al dinosaurio y no supieron que los edificios de la gran ciudad no regaban cagarrutas en los parques del mundo. Gabriel García Márquez regresa a su viejo lar. En el pueblo que lo vio nacer sólo quedan los huesos de los monstruos prehistóricos que se han instalado en nuestro patio doméstico.


6.-


Varios títulos encerrados en una biblioteca que sólo una sola mano podrá extraer escondido de “Los pequeños seres”. Salvador Garmendia supo retratarlos, hacerlos la parte que nos toca, la que somos realmente, esa oscura materia que transita por las calles entrenadas por la desidia, la maledicencia y la celebración repentina. Somos seres anónimos con la pretensión de pasar a la historia subidos en las ancas de un caballo. Somos simples seres manipulables, hechos con papel maché y alambres para ser movidos en un escenario de sonámbulos. Podemos despertar, eso es posible. Podemos ser otra novela.


7.-


Cuando en los lomos del siglo veintiuno el llano, MdeJ., tío Ricardo, la tía Trina y la perra Anémona, lloren una vez más ante la muerte aparente del desierto: Yo, Rey de los Chigüires, no dejaré huellas en las arenas de mi reinado”. Así empieza “Palabreus”, de José Vicente Abreu. Y comienza como se comienza un siglo decadente como éste que nos ha tocado. Un siglo donde caballos, asnos, perros y orangutanes han resucitado para regresarnos al desierto, donde no quedarán huellas, marcas o pivotes para decir que se estuvo allí. Sólo algunas palabras, algunos sonidos huecos, algunas groserías.


8.-


Victoria de Stefano desató la memoria. En “La noche llama a la noche” hizo de la novela un personaje. Noveló la novela, la cabalgó con personajes que aún suben y bajan las escaleras de un país romántico, asido de la nostalgia. No se detuvo en el andamiaje aunque le dio cuerpo con huesos firmes. Una novela del país que ella vivió con la densidad de los gritos y susurros de aquellos días de los años sesenta.



Ese país, el dibujado aquí, el siempre a la orilla de un precipicio, no aprendió la lección. No entendió el cuento de Monterroso. O como dibujó alguien por allí: el dinosaurio no nos entendió, en la creencia de que quien trazaba la hora menguada estaba en el Paraíso. Y de lejos veía a los demonios, vestidos con el traje de un tiranosaurio rex de metal.


9.-


Lo dijo Manuel Bermúdez en el pórtico que abrió en “El invencionero” de Denzil Romero: “El lector... va a tener la dicha de ver la reconstrucción de paraísos derribados por el tiempo”, y no falló el “dictum” de quien vio y leyó este país, porque Bermúdez y Romero lo pasearon, lo tuvieron al alcance de sus reflexiones, lo amasaron con manos amorosas y lo dejaron para que otros le siguieran los pasos. Sin embargo, la invención de país, la invención de esta anécdota, sigue siendo un estadio alucinante. Nada de lo que nos queda se puede decir que nos pertenece. Estamos de paso sobre el filo de un cuento, como en la saliva del tonto de la novela de Faulkner.





10.-


Por El Valle del Lucero no se va a ninguna parte”, excelente entrada para leer “Los caballos de la cólera”, donde Eduardo Casanova nos vierte completos. Novela paisaje humano en el que destaca una tierra de espanto y miedo, crímenes y desolación. Un boceto de país que nos arrastra y nos ahoga. “Tierra pisada con dolor de siglos”, dice el autor. Los personajes recorren todas las páginas y se salen de ellas para someternos a las lecciones de una realidad emergente, tiesa, como el cuero aquel, como la porfía del poema hecho cantata, como una marca en la frente. Son los caballos de la ira, los del apocalipsis, los de las tantas escaramuzas que se convirtieron luego en una épica enfermiza.





11.-


Israel Centeno parece venir de las sombras. Acosado por tantos personajes, ha recreado un país, el que carga a diario en cualquier parte del mundo. “Criaturas de la noche” lo empuja a decir de los extraños que se mueven en la niebla y corren hacia la luz en búsqueda de cómplices. La soledad los aturde, los hace innecesarios. Caracas es un cuento de miedo. En el Ávila alguien siempre espera. No sabemos.


12.-



Hay tantas tierras y una sola. En “La otra isla” hay siempre una sola isla, aunque Coche y Cubagua se peleen el derecho a ser llamadas como la Isla Madre. Francisco Suniaga la ha descubierto para este país que no termina de decirse como tal. Una navegación literaria que abarca los sueños y la realidad bajo el intenso sol testigo de un crimen. La noche también la vio a la orilla de la playa, desnuda y con algunos signos para investigar. La muerte, lo forense, nos ha hecho socios del miedo.

Francisco Suniaga


13.-




Un libro de notas. Un tomo que compendia un país, lo dibuja con sangre, con pólvora, con las huellas digitales de un grupo de hombres cuyo apellido era “Falke”. Federico Vegas lo traduce desde el presente, desde el ADN de un pariente que dejó su cuerpo, la piel y sus huesos, en medio de la invasión, aquella de la década de los 20 del siglo XX. Una historia en libretas, entregadas el 13 de julio de 1929, un poco antes de aquella fallida aventura, como las tantas procuradas en esta tierra de ya poca gracia.


 Federico Vegas .Imagen tomada de Ideas de Babel




14.-


Cubagua navega en la desmemoria. Es la isla abandonada y es la novela que se mira desde su lomo en los estantes, pero que pocos toman para hojearla. “Cubagua”, de Enrique Bernardo Núñez, nos reta, nos llama desde su silabario de emociones. Una novela insigne, una novela fundacional, un relato de aquel país sin mapa, desmembrado, fantasmal, evocador. Una novela que nos designa y asigna el deber de verla en nosotros y el derecho de sentirnos ella. Una de las mejores novelas que se han escrito en este país. Una narrativa que nos descubre desnudos, muertos, vivos desde la sombra del tiempo.


15.-


Casas muertas” sigue siendo un recuerdo. El pueblo de Ortiz nos repara el instante de pasar por sus calles aún solitarias. El país enfermo. La Venezuela desnutrida, apegada al disgusto de ser gobernada por una dictadura. Los estudiantes presos en la memoria de otra novela de Miguel Otero Silva. La malaria como realidad y metáfora. La peste militar y la ira parroquial. La muerte con los ojos abiertos y el paisaje con la sequía del tiempo. 

Una novela que le abre las puertas a otro que, el relato del petróleo en el oriente del país: “Oficina N° 1”. Y así el país hasta estos días en “Cuando quiero llorar no lloro” o en “La piedra que era Cristo” y la muerte de su autor, y la “Fiebre! Que se quedó atrás en el gomecismo, hasta la muerte de quien escribió estos títulos y la agonía de un país que está a punto de resucitar.

*******


Alberto Hernández. Fotografía de Alberto H. Cobo.


Alberto Hernández, es poeta, narrador y periodista, Fue secretario de redacción del diario El Periodiquito. Es egresado del Pedagógico de Maracay con estudios de postgrado de Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar. Es fundador de la revista literaria Umbra y colabora además en revistas y periódicos nacionales y extranjeros. Ha publicado un importante número de poemarios: La mofa del musgo (1980), Última instancia (1985) ; Párpado de insolación (1989),  Ojos de afuera (1989) ganadora del 1r Premio del II Concurso Literario Ipasme; Nortes ( 1991), ; Intentos y el exilio(1996), libro ganador del Premio II Bienal Nueva Esparta; Bestias de superficie (1998) premio de Poesía del Ateneo de El Tigre y diario Antorcha 1992 y traducido al idioma árabe por Abdul Zagbour en 2005; Poética del desatino (2001); En boca ajena. Antología poética 1980-2001 (México, 2001);Tierra de la que soy, Universidad de Nueva York (2002). Nortes/ Norths (Universidad de Nueva York, 2002); El poema de la ciudad (2003). Ha escrito también cuentos como Fragmentos de la misma memoria (1994); Cortoletraje (1999) y Virginidades y otros desafíos.  (Universidad de Nueva York, 2000); cuenta también con libros de ensayo literario y crónicas. Publica un blog llamado Puertas de Gallina. Parte de su obra ha sido traducida al árabe, italiano, portugués e inglés.