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domingo, 9 de agosto de 2020

LOS ABUELOS DE LA LENGUA: LAS VOCES QUE HOY NO DEBEMOS OLVIDAR

(Un breve paseo por don Ángel Rosenblat)







Crónicas del Olvido

LOS ABUELOS DE LA LENGUA: LAS VOCES QUE HOY NO DEBEMOS OLVIDAR

(Un breve paseo por don Ángel Rosenblat)


**Alberto Hernández**

Los abuelos son los constructores de nuestra lengua. Son los hacedores de muchas de nuestras expresiones. Cada abuelo, cada abuela (son las más cumplidoras) lleva un morral de antiguas expresiones castellanas y criollas que abundaron en nuestra carrera hacia la adolescencia y luego hacia la madurez. Muchas se pierden o se han perdido en el tremedal del tiempo. Pero es bueno darle crédito a quienes han hecho posible nuestro diccionario cotidiano.

Los que somos llaneros llevamos un “por si acaso”, una “marusa”, una “faltriquera”, una “mochila”, una “chácara” de voces, que nos salvan a la hora de salir de un escollo. O embrollo. Igual pasa con los orientales, que son muy decidores; con los zulianos, que escandalizan con su inteligencia adjetiva; con los andinos, tan sosegados pero a la hora de las verdades tan entregados a darlo todo por sus razones, y así con los caraqueños, chuscos, más domeñados por el Ávila y sus vertientes venidas del abra geográfico. Pero bueno, los venezolanos somos herederos de esos abuelos que nos dignifican con sus refranes, decires, recreaciones, invenciones, insultos, regaños, citas, aforismos y hasta relatos breves que se han convertido en literatura.

Existe toda una lexicología sonsacada de los fogones, de las salas de costura, de los patios, de las habitaciones iluminadas por grandes ventanales con poyos para sentarse a ver el atardecer o la noche y huir del calor tropical.

Pensarán los lectores que sólo se trata de los abuelos de la casa. Me refiero a los abuelos de la lengua, aunque, por supuesto, tocaré a los míos, a los que nos ayudaron a saber que existe una manera de decir, de crear, de inventar y de tener por cierto y propio un idioma que viene de muy lejos y que seguramente muchos de ellos no supieron de su origen. Pero, no importa.

Tan abuelo nuestro es Cervantes, Quevedo o Antonio Machado como los padres de mi mamá y de mi papá. Y los abuelos de mis amigos, que también decían sus cosas de las que aprendimos mucho.

(***)

El registro se hace casi imposible de completar porque la voz no descansa. La edad no tiene freno y el idioma mucho menos. Claro, no hay idioma sin voz. Pero en los libros reposan esas que pronunciaron el mundo pensado, mirado, tocado, amado y odiado.

Uno recurre al “Refranero Español” (Edit. Cultura, Barcelona, España, 1999) y se tropieza con muchos refranes que llegaron de la península y se quedaron aquí. Unos muy antiguos que fueron vaciados por la boca de los primeros hombres y mujeres que costearon en las barcazas conquistadoras. Más tarde, paso a paso, arribaron otros que se asentaron en la memoria de los habitantes de Venezuela.

Mucha gente opina, y podría tener razón, que los refranes son ecos de una cultura superficial, de “autoayuda”. Que se trata de facilismo. Debemos recordar que quien inventa los refranes, generalmente, es gente iletrada que nos enseñó a leer desde su ingenuidad. Es ya de “cajón” que fue un iletrado el que creó las letras y luego la lectura. Todo viene de otros saberes, y los refranes son decires que arrastran sabiduría. De esa experiencia se desprende el saber, y luego se hace conocimiento.

Literatura hay mucha donde los refranes son parte de su anatomía. Cervantes, los autores del Siglo de Oro, la picaresca española, el antiguo teatro hispano…allí respiran aún muchos de esos decires, portátiles a la hora de querer rellenar una conversación. O de cerrarla con rabia, ironía, cariño y el sentimiento que puedan albergar esas pocas palabras. Los aforismos, tan respetados, son parte del cuerpo original de los refranes. Un buen refrán contiene un aforismo. O al revés.



(***)

(En este instante me viene a la memoria, no refranes ni aforismos, algunas palabras que formaron parte de la cotidianidad de nuestras abuelas, pero que con ellas, con esas palabras, se podían armar expresiones que se aproximaban o eran tomadas como refranes o aforismos (no conocíamos esa palabra hasta que llegaron los estudios de literatura a nuestras vidas).

Por ejemplo: la palabra ternilla, en desuso, era usada con frecuencia por mi abuela paterna. Cualquier poco enterado dirá que se trata de una palabra inventada, que no tiene asidero en el diccionario. Pues bien, esa voz tiene un sinónimo: cartílago.

La abuela decía: “Muchacho, cuando te ríes se te ven las ternillas”. Es decir, el cartílago de las fosas nasales. O: “Me arden las ternillas”, cuando tenía gripe.

Igual usaba el verbo traer en presente en su acepción primitiva o en la suya propia, como creación personal: “Yo truje el agua”, por ejemplo. Algún eco forjado por las bridas del idioma en pleno desierto castellano. Ese vocablo es el viejo idioma que heredamos y se quedó anclado en la memoria de nuestros viejos y ahora se ha perdido para siempre, como es lógico: los idiomas también se cambian la ropa.

En algunas regiones de los Llanos, en Guárico, para ser específico”, usaban las palabras “prosisto” y “safrisco” como sinónimos de “salidos”, brincones, metiches, etc. La palabra safrisco pudo haber dado pie a “sifrino”. Igual, se nota la diferencia entre el uso de ciertas palabras diferentes en pueblos del mismo estado. Por ejemplo, en Valle de La Pascua, a la cometa le dicen papagayo. En Calabozo, “zamura”. A las caraotas rojas, las llaman en Valle de la Pascua, Tucupido, Zaraza o Chuguaramas, “caraotas pintadas”. En Calabozo y sus alrededores, “tapiramas”.

Todo eso forma parte del juego de contenidos semánticos producto de traslaciones tanto sociales como lingüísticas. Claro, todo conglomerado humano viaja con sus palabras y costumbres. Y al establecerse las imponen.

Mi abuela materna voceaba en una región donde nadie lo hacía: “Vos sabés que la vaca ya no da más leche”, decía en la explanada del hato Santa Bárbara, cerca de Guardatinajas, su heredad. Nadie más hablaba como ella en esa región. Y entre sus salidas, ésta: “Sin novedad, mijito”, cuando alguien preguntaba por su salud. Una expresión muy común en el campo de batalla: “Sin novedad en el frente”, título de una novela de guerra). Se podría afirmar, con dudas, que se trata de una expresión de uso castrense aunque la novedad siempre es o no la rutina del ser humano.

Mi abuela paterna, cuando regañaba a algunos de sus nietos porque éramos muy traviesos, nos calificaba de “Lanza e Boves”, para compararnos con la violencia o inquietud criminal del asturiano José Tomás Boves, quien desangró a Venezuela para vengarse de quienes lo habían maltratado, humillado o ninguneado.

(***)

Una ligera revisión del arriba mencionado refranero, da cuenta de algunas expresiones que nacieron en la Península Ibérica y se quedaron un largo tiempo en esta tierra, hoy de desgracia (con el perdón de don Isaac J. Pardo).

Isaac J. Pardo.

(***)

En la ponencia presentada en 1967 en el Instituto Caro y Cuervo de Bogotá, titulada “El criterio de corrección lingüística Unidad o pluralidad de normas en el Español de España y América”, el profesor Ángel Rosenblat, entre otras muchísimas cosas señala:

…ningún sistema es mejor o peor que otro. Pero ¿no es aplicable al “habla”, la realización individual del sistema?”.
Es decir, Rosenblat quiere decir que la norma es colectiva, pero que no se puede aplicar al hablante individual, toda vez que forma parte de su cultura.

Sigue (tomo a saltos algunas ideas):

Si en lugar de tomar una comunidad indígena singular, nos detenemos en una población de los Andes venezolanos ¿hemos de aplicarle otro criterio? Oímos que la gente dice “haiga” o “truje” o “vide” o “mesmo” o “agora” o “jondo” o “máma”, como decían muchos escritores del siglo de Oro. O “máiz, bául, rial, pion, mestro, Rafel”. O “busté” o “su mercé”…

Continúa el maestro:

“…O “teníanos, queríanos” (“Teníanos hambre”, “Queríanos comer”). O “trajites”, “juites”…”.
Voces criticadas, decimos en la ciudad, por estar “mal dichas". Resulta que el viejo español que llegó a nuestro continente hablaba así. El criterio de corrección no aplica en ellos por el grado de su cultura lingüística, que sí debe aplicar en sectores cultos, escolares o académicos.

Continúa Rosenblat:

Como el habla de esa comunidad es afín a la de otras comunidades, vecinas y lejanas, que constituyen en conjunto el mundo de habla española, nos hemos acostumbrado a considerar sus modos expresivos como dialectales y a darles la denominación, mitad comparativa, mitad peyorativa, de rústicos (…) Pero el habla de esa comunidad es irreprochable tal como es, y cualquiera que se acerque a ella, como visitante o como estudioso, debe hacerlo con el mayor respeto. Dentro de ella cabe una rica gama de matices estilísticos, desde la ramplonería más vulgar hasta la elocuencia y la gracia”.

Para quienes andan sujetos de la brida del caballo corrector, sobre todo cuando se trata de gente iletrada, es bueno seguir usando la opinión del profesor Rosenblat:

No parece que quepa aplicar a los usos expresivos de esa comunidad unos juicios de valor extraídos de usos urbanos que han adquirido función social o política prevaleciente”.

(***)

Dice Rosenblat:

la fuerza coercitiva del sistema lingüístico es sin duda mayor en una comunidad estrecha. Las infracciones se sancionan con burlas o menosprecios (…) La lengua se adquiere además por aprendizaje, y todo aprendizaje es por naturaleza imperfecto o incompleto. La enseñanza, incluso la de la lengua propia, es una lucha denodada y permanente contra el error. ¿En nombre de qué corrige la madre el “sabo” o el “andé” de su hijo y le impone los modos de expresión de la colectividad?¿En nombre de qué se enmienda el habla del inmigrante o del extranjero?

En el mismo tono:

Es injusto aplicar al habla de una comunidad un criterio de corrección exterior a ella”.



Y así, entre otras muchas más enseñanzas, Ángel Rosenblat nos dice:

Una lengua no es una suma de variedades dialectales, sino una integración”.

Queda mucho más en el faltriquera. Quedan muchas más palabras que decir. Por hoy, está bien.




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Alberto Hernández. Fotografía de Alberto H. Cobo.


Alberto Hernández, es poeta, narrador y periodista, Fue secretario de redacción del diario El Periodiquito. Es egresado del Pedagógico de Maracay con estudios de postgrado de Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar. Es fundador de la revista literaria Umbra y colabora además en revistas y periódicos nacionales y extranjeros. Ha publicado un importante número de poemarios: La mofa del musgo (1980), Última instancia (1985) ; Párpado de insolación (1989),  Ojos de afuera (1989) ganadora del 1r Premio del II Concurso Literario Ipasme; Nortes ( 1991), ; Intentos y el exilio(1996), libro ganador del Premio II Bienal Nueva Esparta; Bestias de superficie (1998) premio de Poesía del Ateneo de El Tigre y diario Antorcha 1992 y traducido al idioma árabe por Abdul Zagbour en 2005; Poética del desatino (2001); En boca ajena. Antología poética 1980-2001 (México, 2001);Tierra de la que soy, Universidad de Nueva York (2002). Nortes/ Norths (Universidad de Nueva York, 2002); El poema de la ciudad (2003). Ha escrito también cuentos como Fragmentos de la misma memoria (1994); Cortoletraje (1999) y Virginidades y otros desafíos.  (Universidad de Nueva York, 2000); cuenta también con libros de ensayo literario y crónicas. Publica un blog llamado Puertas de Gallina. Parte de su obra ha sido traducida al árabe, italiano, portugués e inglés. 






jueves, 13 de diciembre de 2018

HOY 13/12/2018 EN LA LIBRERÍA "EL BUSCÓN" A LAS 5: 30 PM. PRESENTACIÓN DEL LIBRO EL NERVIO POÉTICO DE ALBERTO HERNÁNDEZ





El nervio poético de Alberto Hernández 



Obra ganadora del XVII Premio Anual Transgenérico Fundación para la Cultura Urbana


• El poeta, narrador y periodista presentará su libro el próximo jueves 13 de diciembre, a las 5:30 p.m. en la librería El Buscón y las palabras estarán a cargo de Ricardo Ramírez Requena.

La Fundación para la Cultura Urbana concluye sus actividades editoriales de este año con el lanzamiento del libro El nervio poético, de Alberto Hernández, obra con la que se hizo acreedor del XVII Premio Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana en 2017. Este esperado texto -presentado con el pseudónimo Rafael Delgado-, se erigió como ganador entre 230 manuscritos por su destacada calidad y por tratarse de un texto muy ajustado a la naturaleza misma del concurso al valerse de diferentes géneros literarios.

Cada año la Fundación para la Cultura Urbana edita en su colección numerada la obra ganadora de sus ediciones consecutivas del Premio Anual Transgenérico. El nervio poético, texto ganador en 2017, será presentada el próximo 13 de diciembre, a las 5:30pm. en los espacios de la librería El Buscón (Sótano Centro C. Paseo las Mercedes, Trasnocho Cultural). Las palabras del acto estarán a cargo del también escritor Ricardo Ramírez Requena.




De acuerdo a lo que señaló el jurado de la edición de 2017, conformado por la arquitecta María Isabel Peña, la dramaturga Karin Valecillos y el ganador de la edición 2016, el escritor Pedro Plaza Salvatti, “El nervio poético es un homenaje, tal vez el mejor de los últimos tiempos, a la vida y obra de los poetas venezolanos. Mediante el empleo de los recursos de la narrativa, de la crónica y del ensayo, el autor crea un universo discursivo en el que muchos de nuestros grandes poetas de las últimas décadas se convierten en personajes: dialogan entre ellos en calles, bares y cafés e inclusive hablan con sus heterónimos y fantasmas. En este manuscrito se incorporan citas de poemas o fragmentos de poemas de manera orgánica, inteligente y acertada, en relación a la materia contada y al poeta/personaje que se convierte en el foco de atención”.

Según el veredicto, se trata de un texto que seduce y conmueve y cuyo fin es ilustrar lo que constituye la esencia de la poesía, vinculada a las preocupaciones existenciales de sus autores: el poema es muerte pero también salva, está en las cavernas del cerebro, en la sangre, la carne, en una enfermedad, proviene del silencio o de un estado de exaltación; es el temblor de quien lo creó. “El nervio poético tiene el mérito de ser accesible a un lector que se anime a comenzar a leer poesía venezolana, así como definitivamente también cautivará a un lector avezado en la materia, a través de descripciones y narraciones asombrosas y alucinantes que generan una conmoción física, mental y espiritual”.

El libro está disponible en las principales librerías del país y también vía online a través de Letramuerdeed.com.

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Alberto Hernández. Fotografía de Alberto H. Cobo.

Alberto Hernández, es poeta, narrador y periodista, Fue secretario de redacción del diario El Periodiquito. Es egresado del Pedagógico de Maracay con estudios de postgrado de Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar. Es fundador de la revista literaria Umbra y colabora además en revistas y periódicos nacionales y extranjeros. Ha publicado un importante número de poemarios: La mofa del musgo (1980), Última instancia (1985) ; Párpado de insolación (1989),  Ojos de afuera (1989) ganadora del 1r Premio del II Concurso Literario Ipasme; Nortes ( 1991), ; Intentos y el exilio(1996), libro ganador del Premio II Bienal Nueva Esparta; Bestias de superficie (1998) premio de Poesía del Ateneo de El Tigre y diario Antorcha 1992 y traducido al idioma árabe por Abdul Zagbour en 2005; Poética del desatino (2001); En boca ajena. Antología poética 1980-2001 (México, 2001);Tierra de la que soy, Universidad de Nueva York (2002). Nortes/ Norths (Universidad de Nueva York, 2002); El poema de la ciudad (2003). Ha escrito también cuentos como Fragmentos de la misma memoria (1994); Cortoletraje (1999) y Virginidades y otros desafíos.  (Universidad de Nueva York, 2000); cuenta también con libros de ensayo literario y crónicas. Publica un blog llamado Puertas de Gallina. Parte de su obra ha sido traducida al árabe, italiano, portugués e inglés.

TW: @CulturaUrbana 
FB: Fundación para la Cultura Urbana
IG: fundculturaurbana

Para mayor información usted puede contactar a:

 Gabriela Lepage
 gabriela.lepage2@gmail.com 
@gabrielalepage 

Verónica Lepage – 04141297917 veronica.lp.contacto@gmail.com


jueves, 4 de octubre de 2018

3ra GALA CORAL 2018 “Un Encuentro para el Canto” el DOMINGO 07 DE OCTUBRE en el TEATRO DE LA ÓPERA DE MARACAY





Siendo Aragua uno de los emporios más importantes de la actividad coral a nivel nacional, bien merece contar con una programación de proyección y difusión de este noble arte con carácter de permanencia en tan hermoso recinto como es el Teatro de la Ópera de Maracay.


Esta actividad, organizada por los Madrigalistas de Aragua, está dirigida a difundir el trabajo coral, ofrecer una alternativa a los amantes de este género musical, promover el gusto por esta hermosa actividad, ofrecer a las agrupaciones corales regionales y nacionales un espacio para mostrar sus distintos repertorios, experiencias y enfoques relacionados al maravilloso mundo de la Música Coral. 

Este evento reviste una especial connotación, ya que se rendirá un merecido homenaje al Padre Salvador Rodrigo y a los Niños Cantores de Villa de Cura” por su fructífera y dilatada trayectoria artística.



En esta 3ra Gala Coral 2018 participarán 3 prestigiosas agrupaciones corales nacionales de gran trayectoria.



*Ancora Ensamble Masculino Director: Gerardo Herrera



*Atapaima Grupo Vocal Femenino Dirección Colectiva


Cabe recordar que la programación “Galas Corales” nace en el año 1998 como una propuesta diseñada y coordinada por los Madrigalistas de Aragua en el marco de la celebración del 45 Aniversario del Teatro de la Ópera de Maracay. Esta programación se retomó en el año 2016 y hasta la fecha 43 agrupaciones corales han deleitado al público asistente con sus diversos trabajos artísticos. 

Es importante destacar que la trayectoria de estas dos instituciones están, a través de su historia, están íntimamente relacionadas, vínculo que se inició con el concierto ofrecido el 24 de noviembre de 1971, en el entonces llamado Teatro Inconcluso, que dio pie para dar inicio a los trabajos de culminación de la obra y que una vez inaugurado, se convirtió en sede oficial de la agrupación desde el año 1978.

Están todos cordialmente invitados para el disfrute de la 3ra GALA CORAL 2018 “Un Encuentro para el Canto”


FECHA: DOMINGO 07 DE OCTUBRE
LUGAR: TEATRO DE LA ÓPERA DE MARACAY 
HORA: 11.00 am.
ENTRADA LIBRE

Alberto Hernandez







sábado, 2 de junio de 2018

LOS TRABAJOS Y LAS NOCHES DE HARRY ALMELA






Estimnados Amigos

Hoy tenemos el gusto de hacerles llegar este texto donde Alberto Hernández hace un acercamiento al libro del poeta venezolano Harry Almela, fallecido en  MariaraCarabobo,​ el  24 de octubre de 2017 Los Trabajos y las Noches.

Deseamos disfruten de la entrada.

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Harry Almela. Fotografía de Leonor Basaló. Tomada del libro Rostro y Poesía.1996



Crónicas del Olvido

“LOS TRABAJOS Y LAS NOCHES”

** Alberto Hernández**


I

Harry Almela se aviene a las distintas voces que lo asedian y escribe Los trabajos y las noches, en un vehemente y arriesgado ejercicio de la memoria. Libro–periplo que despeja nombres y ciudades, la piel de los viajes y los pequeños detalles de cada incursión confiscada a las imágenes que el ojo de adentro reconstruye. Trabajo que le permitió ser mencionado en la Bienal Internacional de Literatura «José Rafael Pocaterra» en 1998, y con el que Almela demuestra la mesura de una madurez incuestionable.

Libro donde el yo y el tú fraguan una lectura derivada en una tercera persona visible en el tono, a pesar de las múltiples maneras de acceder a la imagen. Un hilo perceptible conduce la sintaxis, aquella tan cara al poeta, roce de nuestra herencia castellana. El autor de Los trabajos y las noches logra crear un espacio en el que la cotidianidad y lo destinado al adentro morigeran la intención proteica del libro: cada poema se percibe islote hasta convertirse en respiración mediterránea, abierta en la pausa que ofrece ir de una a otra orilla de lectura.

Harry Almela y Alberto Hernández. Fotografía de Henry Cedeño. Imagen tomada de Aquí

II

El primer texto nos advierte lo que hay en las páginas de este poemario, como una forma de atestiguarse, aliviar las expectativas del lector. No crea usted en lo que voy a decirle/ en las páginas de este libro// El amor es un artificio/ que destroza flores en el parque// El gris de los palacios, suspendidos/ en la niebla, es el sitio de reposo/ para este corazón que tiene miedo.// No crea en mi palabra, vuelvo a repetirle./ La poesía miente, mi querida señora,/ miente como el sol de verano en Dinamarca. Poética en la cual lo dicho revela la constante, el amor como tema de cuidado, tan de Sabines en su brillo.

El amor, ya tocado en El terco amor, es para Almela una forma de desnudar el dolor y el destino incierto.

Amor y poesía, artificio y mentira: ¿qué tiene de falsedad el texto si ya es fuente de enigmas y descubrimientos, si el poema –a decir de Octavio Paz– es el hueso donde se sostiene la belleza, esa extraña esencia? En la escritura de este libro se siente una cierta mística, la lógica amatoria, como lo ha dicho Carlos Brito al abordar la poesía de Rojas Guardia: la palabra se convierte en la imagen de la amada, de un nombre pronunciado con sagrada intención. No en vano Antonio Cisneros se detalla en un susurro traducido en súplica.


III

Los trabajos y las noches es, en definitiva, la consagración de un oficiante de la poesía. La pasión de quien ha sabido verbalizar paisajes e impulsos de un imaginario multiplicado en la insistencia de viajes, experiencias amatorias, soledades, la aventura de vivir para elaborar poesía, ese artificio transformado en quehacer permanente.

Tantas son las lecturas de este libro de viajes de Harry Almela que nos hace abrevar en un soneto cuya sonoridad ocupa la revelación castiza, la templanza de Borges y una tumba en tierra helvética. Para celebrarla, cerramos con él: Perdóname, lector, esta impostura,/ La de haberte inventado algunos versos/ En donde nunca hablé de los cerezos/ Ni de mi dulce temor a la blancura// De la página. Con idéntica pavura/ Confiesa Dante amor a la inocencia/ Que se llamó Beatriz, la de Florencia,/ La villa de los Borgia, tenue y dura.// Y yo la amo, María lo afirmo despacio/ Citando a Virgilio en el prefacio/ De aquel libro sobre los conjurados// Es mi hora. En Ginebra ya está el sitio/ Maduro. Vuelvo a mi Fin, a mi Principio./ Y polvo seré, mas polvo enamorado”.

 Video grabado por Kira Kariakin




Enlace Relacionado:




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Harry Almela


(Caracas, 1953 – Mariara, 2017) Licenciado en Educación, mención Literatura, por la Universidad de Carabobo (1990). Ensayista, escritor, poeta, editor y narrador venezolano.


Coordinó, en 1992, el Taller de Creación Literaria, mención Poesía, del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg), en donde además se desempeñó como investigador. Fundó, en 1991, la editorial La Liebre Libre, activa hasta 2003. En 1996 asistió al Curso para Profesores de Lengua y Literatura Española en el Instituto de Cooperación Iberoamericana, de Madrid, y realizó el Curso de Posgrado en Técnicas Editoriales en la Universidad de Barcelona. Colaborador asiduo de publicaciones venezolanas como Papel Literario, del diario El Nacional.


Ganador del Premio Bienal de Poesía Francisco Lazo Martí (1989), el 46º Concurso de Cuentos del diario El Nacional (1991), la Bienal de Poesía José Rafael Pocaterra (1994), la Bienal de Literatura Casa de la Cultura de Maracay (1994), la Bienal de Literatura Miguel Ramón Utrera (2004) y la Bienal de Poesía Abraham Saloum Bittar (2014), entre otros reconocimientos. Fue becario de la Fundación John Simon Guggenheim, de Nueva York (2009).


Autor de Poemas (1983), Ventana de emergencia (1990), Cantigas (1990), Muro en lo blanco (1991), Fértil miseria (1992), Frágil en el alba (1994), El terco amor (1997), Los trabajos y las noches (1998), Palabra o indigencia (2000), La patria forajida (2006), Instrucciones para armar el meccano (2006) y Los daños colaterales (2019, edición póstuma de La Poeteca), entre otros.


https://cultura-urbana.com/autores/harry-almela/



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Alberto Hernández. Fotografía de Alberto H. Cobo.


Alberto Hernández

Nació en Calabozo, estado Guárico, el 25 de octubre de 1952. Poeta, narrador y periodista. Se desempeña como secretario de redacción del diario “El Periodiquito” de la ciudad de Maracay, estado Aragua

Fundador de la revista literaria Umbra, es miembro del consejo editorial de la revista Poesía de la Universidad de Carabobo y colaborador de publicaciones locales y  extranjeras. Su obra literaria ha sido reconocida en importantes concursos nacionales. En el año 2000 recibió el Premio “Juan Beroes” por toda su obra literaria.

En Venezuela ha publicado sus trabajos en la Revista Nacional de Cultura, Imagen, Solar, Poda, et al. Miembro del consejo editorial de la revista Poesía de la Universidad de Carabobo. Integrante de “Crear en Salamanca”, página digital de la ciudad castellana. Igualmente, en Cervantesmileshighcity de la ciudad de Denver, Estados Unidos. Y en diferentes blog nacionales e internacionales.

Ha publicado ensayos y textos poéticos en las revistas Turia de España, Arcos de la Frontera, Piedra de molino, España,  en Il foglio volante de Italia, ; ,  entre otras.

Ha participado como conferencista o lector de su obra en varias ediciones de la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo (FILUC), en Venezuela.


En 2018 fue reconocido en la XVII Edición del Premio Anual Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana por su novela “El nervio poético”.



Ha publicado los poemarios La mofa del musgo (1980), Amazonia (1981), Última instancia (1989), Párpado de insolación (1989), Ojos de afuera (1989), Bestias de superficie (1993), Nortes (1994) e Intentos y el exilio (1996). Además ha publicado el ensayo Nueva crítica de teatro venezolano (1981), el libro de cuentos Fragmentos de la misma memoria (1994) y el libro de crónicas Valles de Aragua, la comarca visible (1999).  Stravagnza (Italia 2012), 70 poemas burgueses (Caracas 2014), Ropaje (Cancún, México. 2012), Los ejercicios de la ofensa (Estados Unidos. 2010)
.

miércoles, 18 de abril de 2018

Antonio Muñoz Molina a Fernando Aramburu: Siempre que falla el hombre, falla su lenguaje por eso la pereza expresiva es un pecado muy grave. Una conversación entre los escritores Antonio Muñoz Molina y Fernando Aramburu





LA PALABRA: “EL HORIZONTE DE MI MEMORIA”

**Alberto Hernández**



Dos escritores se sientan a conversar. Confluyen en el verbo. Y éste se hizo entrevista, parlamento, diálogo, visión, paseo por el idioma. O, simplemente, un regodeo por la vivido y lo que falta por vivir. Desde la Úbeda de su nacimiento, Antonio Muñoz Molina se descubre en una todo de cuando era aquel niño que no se le despega de una crónica. Y Fernando Aramburu, quien hace de entrevistador, se mueve entre el alemán y el español, idiomas con los que piensa, porque 30 años en un país ajeno significan 30 años de casamiento con declinaciones y atributos lingüísticos, sin olvidar la lengua materna. Sin apartarla de artículos, libros o pensamientos. Sin dejarla en la banca mientras el idioma postizo cabalga sobre el lomo de la primera voz.

Antonio Muñoz Molina

Se trata, digamos, de un contrapunteo en el que ambos españoles, dotados de otras lenguas, hablan desde sus gustos, desde sus visiones, de sus alteraciones geográficas y tutelares. Es, entonces, la palabra, mucho más allá de la frontera de todo el contenido de su conversación. En el fondo y en la superficie es la palabra. Es el español, esta lengua tan viperina como rica en musicalidad, contenidos y voces que hace de otras como el alemán y el inglés, lenguas secas y resumidas. Pero también hablan los dos señores de la verbosidad, lo cual implica recogimiento para no abusar de las palabras y no dejar mal la obra en la boca cerrada de los lectores. O en los ojos alterados de quienes se sientan a leerlos.

Fernando Aramburu. Imagen tomada de aquí


En uno de los fragores literarios de Muñoz Molina está “Ardor guerrero (un memoria militar)”, novela en la que el autor se ve (y quiero especular) como un soldado que en 1979 “se incorpora por leva obligatoria al Ejército espalo, destinado al País Vasco”. Se trata de un muchacho que quería ser escritor y termina siendo soldado, hasta que se le cumple su período cuartelario en medio de sobresaltos de la violencia de la época, provocada por ETA.

Pero lo que suscita interés en esta pieza de Muñoz Molina es el viaje por la península, hasta llegar a su destino, mientras la muerte le es asignada por un posterior eco que le dice “Conejo, vas a morir”. Consigna con la que recibían a los reclutas, al contingente de españoles en edad de ingresar al mundo castrense en un país donde Franco representaba el atraso de la vieja Europa.



Esta referencia, que no es gratuita, retrata al joven Muñoz Molina vestido de militar, así como en la foto fue visto de niño en su pobreza por un grupo de turistas, cuando ya él era famoso. El juego temporal, el juego de las imágenes nos conducen a pensar que nada de lo dicho es gratuito, que todo sigue su curso en la medida en que la palabra. La Palabra, se ajusta a la existencia de quien la escribe. Y así ha pasado con este escritor español: escribe para seguirle los pasos al idioma que habla, más allá de que hable otro como el inglés.

Precisamente, al final de esta novela, el narrador dice: “La ventaja de la ficción es que no tolera finales tan innobles”, y sobre esa base se fundamenta esta conversación: la nobleza de un idioma que es capaz de ser muchos por su carácter democrático: hablar español en el downtown en Nueva York justifica los callos en el cuerpo de Don Quijote. Hablamos gracias a la nobleza de una historia cuyo final es noble: la nobleza de la lengua permite que Aramburu y Muñoz Molina registren sus historias como articulistas, novelistas, hombres de mundo, pero también de su afición doméstica para no perder el tiempo de la escritura.



El títulos que nos congrega “La pereza expresiva es un pecado muy grande” alude todo lo anteriormente señalado arriba: la lengua no permite tal pereza. La lengua trabaja, labora con el escritor, lo obliga a mejorar su salud, la salud de la lengua y la salud del escritor. Y ser o haber sido parte de otra cultura hace posible que el idioma uterino siga siendo la fortaleza de sus escritos.

Los ejemplos añadidos en esta entrevista, clásicos, contemporáneos o por venir, nos dan luces de que tanto Aramburu como Muñoz Molina pertenecen a un mundo que seguirá en el empeño de una escritura de la memoria, como toda, pero ahondada por el sitio, el lugar del origen o el lugar donde el origen se convierte en otro sin perder el original.

La música, más que los viajes, forman parte del universo de Muñoz Molina. Quedarse en casa, escribir y leer y no andar colgado de una maleta mientras se espera un avión.  

Un eco cotidiano: dos hombres que conversan sobre sus asuntos. Sobre sus intimidades verbales. 

Allá, en Úbeda, en esa parte animosa de España, está “El horizonte de mi memoria”, como dice para despedirse Antonio Muñoz Molina.


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Antonio Muñoz Molina: "La pereza expresiva es un pecado muy grande"

El lenguaje es el protagonista de la conversación entre los dos escritores. En ella comprobamos que Fernando Aramburu Antonio Muñoz Molina (que acaba de publicar Un andar solitario entre la gente) comparten orígenes y ejercen el agradecimiento. Los dos persiguen la precisión y la contención del lenguaje, "un deber ético y estético", sostiene uno, "siempre que falla el hombre, falla el lenguaje", añade el otro. Y bajan a la arena: "España es muy clasista, y el mundo literario más".


FERNANDO ARAMBURU | 30/03/2018 |  

Antonio Muñoz Molina. Foto: Sergio Enríquez-Nistal


Fernando Aramburu.- La última vez que nos vimos, meses atrás en Segovia, me revelaste un episodio de tu infancia. Unos extranjeros, de paso por tu Úbeda natal, insistieron en fotografiar al niño que entonces eras. Se conoce que vieron en ti un prototipo de la pobreza rural hispana de aquella época. Para rato iba a pensar aquella gente que el rapazuelo de aspecto humilde, andando las décadas, se convertiría en el escritor que hoy eres, miembro de la RAE, premiado con elPríncipe de Asturias, viajero por el mundo y, en fin, hombre de una vasta cultura. 

Yo, que comparto tus orígenes, bien que en versión urbana, siento a menudo que empleas en público palabras que me podría calzar sin problemas. No pretendo mitificar la infancia. Es sólo que entreveo un punto de consideración, ¿de homenaje?, a los orígenes cuando compruebo que, por venir de donde vienes y haberte criado sin lujos, al amparo de gente trabajadora,
 evitas la opinión rotunda y precipitada, te muestras sereno y reflexivo en público, ejerces el agradecimiento, manifiestas tu gusto por los bienes culturales, postulas el sentido artesanal del oficio literario, defiendes soluciones pragmáticas para los problemas sociales, no insultas, no gritas, no te ufanas.

Antonio Muñoz Molina.- Es verdad que hay que tener cuidado con las mitificaciones y la nostalgia que favorece la edad. Te haces mayor y es natural que se embellezca el pasado lejano. También hay una parte grande de lealtad a los que ya no están. Yo recuerdo muy bien cómo era la vida cuando era niño, en la gente trabajadora del campo, en una provincia tan atrasada como Jaén, cuando quedaban todavía huellas del enorme retroceso de la postguerra, y había señales muy visibles de la brutalidad de la dictadura. Pero había también cosas valiosas que desaparecieron muy poco después, y que yo tuve la suerte de conocer de primera mano. Creo que la nuestra es la última generación que conoció aquel mundo. 

Las personas que me educaron carecían de una cultura formal pero me enseñaron cosas que siguen siendo fundamentales para mí. Por ejemplo, la integridad en la dedicación al trabajo. Lo que se hacía tenía que hacerse bien, con una paciencia y una destreza que a mí me irritaban de adolescente, porque no tenían nada que ver con la recompensa inmediata. Y también una actitud escéptica que es muy propia de la gente del campo, y creo que de la gente trabajadora en general: el recelo hacia la palabrería, y más aún hacia los fervores colectivos.
 Tuve la suerte de que me educaran personas discretas, muy formales a la manera popular de antes, muy sobrias, muy conscientes de la limitación de los recursos y las expectativas. Es una ética quizás anacrónica, pero como tantas cosas anacrónicas me parece que en esta época de emergencia ambiental tiene de pronto un gran futuro.


Francisco Umbral

FA.-Permíteme una conjetura. De igual manera que numerosos escritores de clase social acomodada (no todos, claro está), tienden por reacción a los modos expresivos populares, incluso naturalistas o plebeyos, los de origen humilde se implican con frecuencia en lo que pudiéramos denominar la conquista de un estilo literario de gran relieve estético. Francisco Umbral sería un caso paradigmático al respecto, pero hay otros (García Márquez, Luis Landero), entre los que yo incluyo tus novelas iniciales. Todavía en Plenilunio, que releí hace poco, se observa un trabajo minucioso de orfebrería verbal. Los periodos de la oración son largos; la sintaxis, acumulativa; el vocabulario, culto. En vano esperaría el lector de estas novelas tuyas frases sucintas del tipo: “Eran las tres. Llovía”. 

Gabriel Celaya, hijo de un empresario, nos decía que debíamos escribir de modo que nos entendiesen los obreros, y yo, hijo de un obrero, lo contradecía en un bar de la Parte Vieja donostiarra, a finales de los setenta, afirmando que a nosotros no nos gustaba que nos hablasen como esos padres que se inclinan sobre el carrito del bebé y se dirigen a la criatura remedando sus balbuceos e infantilizando el lengaje.
 Nosotros queríamos alcanzar la lengua alta, y disfrutar de Faulkner y Vicente Aleixandre, y escapar de nuestro precario mundo intelectual, y aprender idiomas, y formar nuestros propios criterios, y ganar libertad por nuestra cuenta. No descarto que, por inercia de aprendices, nos pasáramos de largo en más de una ocasión. Algo me dice que estas especulaciones mías, aunque quizá no las compartas, te han rondado más de una vez en el pensamiento.

AMM.- Es una teoría llamativa... Como si hubiera en nosotros una necesidad de mostrar facultades que se nos pondrían en duda, ¿no? España es muy clasista, desde luego, y el mundo literario más. A mí me han llamado cateto más de una vez. El cateto que se da importancia escribiendo de Nueva York, etc. Lo que me temo es que por influencia de las lecturas de nuestra juventud, los barrocos delboom y las traducciones de Faulkner, quizás algunos de nosotros nos dejamos llevar por una propensión a las sobreabundancias verbales, que por otra parte son siempre un peligro de nuestro idioma verboso, no disciplinado por el ensayismo científico, o por el simple escepticismo laico, a la manera deMontaigne. A mí quien me ha influido mucho, porque me gusta mucho, muchísimo, es Proust, pero él nunca cae en la palabrería ni en el amontonamiento barroco. Una frase suya muy larga está construida tan inflexiblemente como una secuencia musical. Yo siento desde hace años una gran necesidad de contención. Creo que la lengua inglesa me hizo consciente de formas de expresión más concisas. Ahora a veces miro una frase que acabo de escribir y la separo con puntos o puntos y coma a propósito. Pero es la lucha constante contra uno mismo, la insatisfacción sin remedio.

FA.- Este asunto de los escritores que viven en contacto estrecho con idiomas que no son aquel en el que escriben me afecta de lleno. Yo resido de manera permanente en Alemania desde hace más de treinta años. Mi lengua de uso cotidiano es el alemán, y mi roce con su literatura y sus medios de comunicación es constante. Al principio me persuadí de que el idioma adquirido podría redundar en perjuicio del materno. Temí que le arrebatara espacio en el cerebro, me expusiera a continuas interferencias (cosa que a veces me sucede) o, en fin, perturbase mi trabajo literario. Hoy veo esta convivencia de los dos idiomas dentro de mí como un incentivo para la escritura. De hecho, he aplicado en no pocos de mis libros recursos habituales de la lengua alemana, como el de componer conceptos nuevos mediante la fusión, en mi caso con barra en medio, de dos o más palabras. Otro trasvase intencionado puesto por mí en práctica de un tiempo a esta parte es el uso frecuente del participio activo. Y, de vez en cuando, calco expresiones típicas del alemán (serrar los nervios, por ejemplo).Estas peculiaridades lingüísticas sacan de quicio a algunos opinantes que me son tradicionalmente adversos, los cuales hacen sus pinitos filológicos, por supuesto desacertados, con los que ponen la guinda a mi diversión. Te cuento todo esto porque me gustaría saber hasta qué punto la lengua inglesa ha influido en tu manera no sólo de escribir, sino de captar, nombrar y describir la realidad, al hacerte tal vez consciente de algunas carencias de la lengua española o de algunas posibilidades para la creación literaria en las que, sin la familiaridad con el inglés, acaso nunca habrías reparado.
AMM.- Mi inmersión en la lengua inglesa ha sido mucho menos completa que la tuya. Mis periodos en Estados Unidos han alternado con otros igual de largos o más en España, y además el español ha sido siempre, aquí o allí, el idioma de mi vida privada y familiar. No obstante, creo que el contacto con el inglés me ha servido para unas cuantas cosas útiles, como escritor y como lector. Lo primero de todo, la cercanía con un idioma mucho menos propenso a las largas duraciones sintácticas y a la proliferación verbal que el español. Culturalmente, no filológicamente, creo, el inglés es una lengua mucho más contenida, más seca, más precisa que la nuestra. Eso se nota mucho en la escritura de no ficción, desde los periódicos a los libros de historia o de divulgación científica, pero también en la literatura. 

Luego está que
 el otro idioma, al mostrarte singularidades que el hablante nativo no advierte, porque forman parte de su instinto expresivo, te hace consciente de esas singularidades equivalentes en tu lengua. Un ejemplo concreto serían los giros, las expresiones, las construcciones verbales en las que con frecuencia hay una gran poesía implícita: vi el cielo abierto, se me cayó el alma a los pies, las paredes oyen, etc. Paradójicamente, un contacto muy importante para mí en Nueva York ha sido con la variedad de las otras hablas españolas de Estados Unidos y de América latina. Eso te enseña la humildad de que la lengua que tú hablas es una variante entre otras muchas, y no la más musical, ni la más flexible. Literariamente, donde más me he detenido a explorar los cruces y las contaminaciones entre el español y el inglés en Estados Unidos fue en mi novela corta Carlota Fainberg, que está escrita en una mezcla burlesca de spanglish y de jerga universitaria.





FA.- Desde hace varios meses publico en el diario El Mundo un artículo dominical. Eres mucho más veterano que yo en estas lides y me pregunto cómo gestionas la actividad. Para empezar, no es lo único que los dos escribimos. En mi caso, no me puedo permitir más de un día y medio para cada artículo, pues necesito horas y espacio mental para la creación literaria. No sé tú, pero yo no tengo problemas para escribir con el ordenador portátil en aeropuertos, aviones, cafeterías o cuartos de hotel. Así y todo, los viajes numerosos me rompen el ritmo de trabajo y a menudo, si están combinados con actuaciones públicas y tareas de promoción, me imposibilitan la escritura. Como detesto trabajar apresuradamente, acostumbro mantener una despensa de artículos, nunca menos de tres, y de ese modo me marcho de casa tranquilo. 

Yo recuerdo a un compañero de letras, durante un festival de literatura, que se tuvo que retirar al hotel a toda velocidad porque se le agotaba el plazo de entrega de su columna de periódico y andaba el hombre angustiado porque no sabía sobre qué escribir. Sería interesante que contaras cómo compaginas el articulismo con la dedicación a géneros literarios que requieren perseverancia y tiempo, como la novela, y de qué recursos, hábitos o mañas te sirves para cumplir a carta cabal con tu compromiso de cada sábado en Babelia.

AMM.- Mi técnica es muy sencilla, y la voy perfeccionando con el tiempo: no viajar, o viajar lo mínimo. Los viajes largos me agotan, me descentran, me quitan el sueño. Los aeropuertos son cada vez más desagradables. Así es que procuro quedarme en mi casa, o viajar en tren, y no ir muy lejos. A mí lo que me gusta de la literatura es leer y escribir, no hacer vida social de escritor. Cuando tengo que promocionar un libro me comprometo al mínimo de obligaciones que sea imprescindible, y grato. Además, no sé escribir artículos por adelantado. Necesito la inmediatez de la entrega. 

Y al mismo tiempo necesito sosiego para preparar el artículo, ya que los que yo escribo en Babelia son más bien crónica que columnas de opinión. Procuro contar algo, un libro, una exposición, un concierto. Al menos un día de la semana está reservado a esa tarea. Y como es una disciplina que tengo muy interiorizada, ese día siempre queda en reserva, incluso cuando estoy escribiendo un libro. A veces la tarea del libro y la del artículo se contaminan entre sí. Más de una vez un tema que he tratado en una crónica se convierte luego en tema de un libro. Y lo que me tiene ocupado en el libro de vez en cuando se filtra a los artículos que escribo. Todo es parte del mismo oficio, claro.


Art Tatum



FA.- Con frecuencia mencionas en tus escritos la música y los músicos. Por cierto, te debo, a raíz de la lectura de un viejo artículo tuyo, el conocimiento del pianista de jazz Art Tatum, de quien yo no había oído hablar hasta entonces. Aprovecho la ocasión para darte las gracias. Otros parecen recriminarte la costumbre de llegar antes y por méritos propios adonde a ellos les gustaría estar; pero no vamos a subir aquí a nadie al escenario. Yo advierto en ti una confianza loable en la capacidad mejoradora del ciudadano que atribuyes al arte, a la educación, al ejercicio del gusto estético; en fin, a la cultura vinculada con el estudio, los viajes, la observación de la realidad, al ingrediente artesanal del oficio literario. 



Pero, claro, una cosa es postular todo esto y otra expresarlo con el “plectro sabiamente meneado”, que decía
 fray Luis de León. Salta a la vista que eres un melómano. Pienso que no es improbable que haya un punto de criterio musical en tu particular manera de modular por escrito la lengua española. Hay en nuestra literatura casas más ásperas, cabañas más coloquiales, perfectamente legítimas por lo demás. Me pregunto hasta qué punto tu afición por la música se refleja en tu escritura. Dicho de otro modo, si concedes importancia a los aspectos sonoros, rítmicos, armónicos, del arte de expresarse en prosa, ya sea en una página de novela, en un artículo de prensa o en una reflexión sobre la sociedad de tu tiempo.
AMM.- Es verdad lo que dices: yo soy por inclinación un “Ilustrado”, a la manera militante de los del XVIII y los de la Institución Libre de Enseñanza, y estoy convencido de que la educación puede hacer mejores a las personas, y ayudarles a desarrollar sus mejores capacidades y a disfrutar más de la vida. Ser culto no garantiza ser justo, ni mucho menos. Pero una formación humanista que favorezca el ejercicio práctico de los valores democráticos y el disfrute de las artes, incluso la práctica amateur de algunas de ellas, creo que puede ayudar a que la vida privada y la vida en común puedan ser mejores. 

Con respecto a la música, aparte de la felicidad que me da, me inspira cosas que influyen en mi trabajo, y que tal vez podría resumir en una frase:
 la música me enseña a buscar el equilibrio entre la fluidez y la forma en la escritura, a entender lo escrito no como un bloque que se moldea, digamos, sino como una corriente que fluye, palabra por palabra, frase por frase, con sus interrupciones, sus silencios, sus quiebros, etc. Quisiera que el lector tuviera la sensación de estar asistiendo al presente en el que sucede la escritura, de estar notando una pulsación, un discurrir no predeterminado. Luego la música tiene algo que es muy útil como lección de humildad para los que trabajamos con palabras y creemos que sin ellas no pueden decirse las cosas. La música es un lenguaje expresivo autónomo, irreductible, una existencia. También puede enseñarnos en la búsqueda de las dos cosas más difíciles que hay en este trabajo: la del comienzo, la del final. Por no hablar de algo que tú has trabajado mucho en Patria, y que puede entenderse en términos musicales, la polifonía, la suma de voces muy diversas.

FA.-En un pasaje de Todo lo que era sólido escribes lo siguiente: “En un país donde se celebra el despechugamiento expresivo y se presume de espontaneidad es muy raro que se llame a las cosas por su nombre”. No es difícil advertir en tus escritos signos de confianza en las posibilidades de construcción personal y social asociadas al conocimiento y dominio de la lengua. Siempre que falla el hombre, falla su lenguaje. Al menos eso es lo que a mí me ha enseñado la experiencia; aunque no ignoro que hay sinvergüenzas que se expresan muy bien y entienden mucho de Química, Derecho o Politología. 

Antonio Escohotado
 gusta de vincular el conocimiento con la libertad, cosa que disgusta a los señoritos revolucionarios, conscientes de que se quedarían sin tarea si cada cual tuviera la llave de su propia liberación. Me estaba yo preguntando qué peso tiene en esta consideración tuya relativa al poder mejorador y, en suma, liberador de la lengua la circunstancia de que seas miembro de número de la RAE. Los años te han convertido en uno de los más veteranos de la institución, por cierto.

AMM.- La precisión en el lenguaje me parece un deber ético y estético. En eso soy discípulo de los escritores claros, los maestros de la naturalidad de nuestra lengua, antes de que la sofocaran la Inquisición y el barroco: Juan de Valdés, Cervantes, Santa Teresa, Fray Luis. También de mi otro maestro, fundador de la prosa reflexiva, Montaigne. Y por supuesto de Flaubert con su obsesión por la palabra justa, y de la poesía, y, como te dije antes, del contacto con la lengua inglesa. Por no hablar de la claridad del habla popular campesina que escuché cuando era niño. Me molestan mucho la verbosidad, la imprecisión, el desaliño, por un motivo práctico: hablar mal y escribir mal es pensar confusamente y engañar. Todo el que se expresa con confusión y oscuridad es que tiene algo que ocultar. De ahí las jergas insufribles de las dictaduras, del lenguaje corporativo, de los grupos ideológicos de vocación autoritaria. La pereza expresiva es un pecado muy grave. Esa manía ya estaba en mí antes de entrar en la Academia. En ella, al trabajar en el diccionario, me hice más consciente todavía del valor de claridad y la precisión, y de la dificultad enorme de definir hasta lo más simple.


Vista de Úbeda desde el nordeste - Juan de la Cruz Moreno Balboa/Turismo de úbeda. Imagen tomada de aquí



FA.- Tengo una vieja duda, Antonio, de la que intuyo que tú podrías sacarme. ¿Qué se ve desde los cerros de Úbeda?

AMM.- Desde los cerros de Úbeda se ven más cerros todavía, casi todos cubiertos ahora de olivares, y se ve también el valle del Guadalquivir, y más allá la Sierra de Cazorla y la Sierra de Mágina. Ese paisaje es el horizonte de mi memoria. 


@FernandoArambur
 




Tomada de El Cultural.es



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Alberto Hernández. Fotografía de Alberto H. Cobo.


Alberto Hernández

Nació en Calabozo, estado Guárico, el 25 de octubre de 1952. Poeta, narrador y periodista. Se desempeña como secretario de redacción del diario “El Periodiquito” de la ciudad de Maracay, estado Aragua

Fundador de la revista literaria Umbra, es miembro del consejo editorial de la revista Poesía de la Universidad de Carabobo y colaborador de publicaciones locales y  extranjeras. Su obra literaria ha sido reconocida en importantes concursos nacionales. En el año 2000 recibió el Premio “Juan Beroes” por toda su obra literaria.

Ha representado a su país en diferentes eventos literarios: Universidad de San Diego, California, Estados Unidos, y Universidad de Pamplona, Colombia. Encuentro para la presentación de una antología de su poesía, publicada en México, Cancún, por la Editorial Presagios. 

En Venezuela ha publicado sus trabajos en la Revista Nacional de Cultura, Imagen, Solar, Poda, et al.

Miembro del consejo editorial de la revista Poesía de la Universidad de Caraboboen “Crear en Salamanca”, página digital de la ciudad castellana. Igualmente, en Cervantesmileshighcity de la ciudad de Denver, Estados Unidos. Y en diferentes blog nacionales e internacionales.

Ha publicado ensayos y textos poéticos en las revistas Turia de España, Arcos de la Frontera, Piedra de molino, España,  en Il foglio volante de Italia, ; ,  entre otras.

Ha participado como conferencista o lector de su obra en varias ediciones de la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo (FILUC), en Venezuela.

En 2012 recibió de manos de las autoridades rectorales la máxima condecoración de la Universidad de Carabobo, la Orden “Alejo Zuloaga”, en el marco del X Encuentro Internacional de Poesía de la UC.


En 2018 fue reconocido en la XVII Edición del Premio Anual Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana por su novela “El nervio poético”.



Ha publicado los poemarios La mofa del musgo (1980), Amazonia (1981), Última instancia (1989), Párpado de insolación (1989), Ojos de afuera (1989), Bestias de superficie (1993), Nortes (1994) e Intentos y el exilio (1996). Además ha publicado el ensayo Nueva crítica de teatro venezolano (1981), el libro de cuentos Fragmentos de la misma memoria (1994) y el libro de crónicas Valles de Aragua, la comarca visible (1999).  Stravagnza (Italia 2012), 70 poemas burgueses (Caracas 2014), Ropaje (Cancún, México. 2012), Los ejercicios de la ofensa (Estados Unidos. 2010)
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18/07/2025