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jueves, 5 de septiembre de 2024

Armando Rojas Guardia a Franklin Fernández: Escribir poesía es una modalidad de una mística que podemos llamar profana

 



Estimados Liponautas


Hoy tenemos el gusto de compartir con ustedes una entrevista que le fue hecha a Armando Rojas Guardia en el año 2007 por Franklin Fernández. Y al final de la entrevista podrán disfrutar del corto "Armando Rojas Guardia, el esplendor y la espera" hecho por el documentalista independiente Luis Alejandro Rodríguez.


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Armando Rojas Guardia: Escribir poesía es una modalidad de una mística que podemos llamar profana



26 DE MAYO DE 2007


Armando Rojas Guardia: “Escribo para intensificar mi experiencia vital, la conciencia que yo tengo de la vida”.



Nos encontramos con Armando Rojas Guardia a las diez de la mañana, en un café situado en la planta baja del Centro Plaza de Altamira, en Caracas. La cita la concertó Luis Alejandro Rodríguez, un documentalista independiente con más de treinta cortometrajes en su haber; a artistas plásticos, músicos y poetas venezolanos. Lo primero que me sorprendió de Armando fue su voz, su poderosa voz. Profunda, lenta y solemnemente modulada. Recuerdo perfectamente su resplandeciente cabellera, su luminosamente blanquecino pelo. Armando Rojas Guardia reflexiona antes de hablar. Piensa lo que dice. Dice lo que piensa. Es un poeta del pensamiento. Considerado como uno de los ensayistas más importantes del país, Armando Rojas Guardia es un monumento a la vida, un monumento a la sensibilidad, esencialidad y espiritualidad del hombre. Entre sus obras más importantes destacan: Del mismo amor ardiendo (1979); Yo supe de la vieja herida (1985); Poemas de Quebrada de la Virgen (1985); Hacia la noche viva (1989); Antología poética (Monte Ávila Editores, 1993); y La nada vigilante (1994). El principio de la incertidumbre (1996), Crónica de la memoria (1999) y El esplendor y la espera (2000). En 1981, fundó, con un grupo de amigos, el grupo Tráfico.


Franklin Fernández.


F.F. -¿Cómo se le describiría usted a sus lectores? ¿Quién es Armando Rojas Guardia?


A.R.G. –Lo primero que se me viene a la mente cuando pienso en alguna caracterización posible de mi persona o de mi personalidad literaria, diría que soy un creyente. No hay en mí, pasión mayor. Ni estética, ni filosófica, ni sensual, ni práctica, que la de ser cristiano. Intento que mi obra literaria refleje esa condición. Tanto en mi poesía como en mis ensayos, existe ese reflejo. Por otra parte, considero que mi opción por la fe cristiana no es convencional ni es una elección fácil o facilitona. Yo tengo profundas diferencias con respecto a las posturas y opiniones de la institucionalidad católica. De modo que, siento un desapego crítico con respecto a muchos aspectos de esa institucionalidad. De todas formas como poeta no me reduzco sólo a ser un poeta que quiere ser cristiano, como ensayista tampoco. No reduzco toda la complejidad de mi vocación literaria al simple componente cristiano-católico, pero creo que ese componente es fundamental.


F.F. –Se dice que su vocación de poeta comienza con la religión ¿Fue su vocación poética lo que lo llevó a la religión o la religión lo que lo llevó a la poesía?


A.R.G. –Yo creo que ninguna de las dos cosas. Son dos cosas que, en mi caso, son más bien paralelas. Mi familia no era una familia que se hubiera caracterizado por ser religiosa. Mi papá era un buscador de Dios a su manera, creo que la tradición liberal republicana, estaba mucho en él. De modo que también era anticlerical. Un anticlerical militante. Mi mamá era cristiana, católica, pero tenía una idea religiosa muy simple, muy elemental. Yo creo que era más bien católica por ósmosis cultural. De modo que mi religiosidad se la debo fundamentalmente al colegio San Ignacio de Loyola. A los siete años ingreso al colegio San Ignacio, paso toda mi infancia y buena parte de mi adolescencia en el colegio, y los Jesuitas modelaron de manera definitiva, mi religiosidad.


La vocación literaria, en mí, es muy temprana, muy precoz. Yo lo cuento en un documental que me realizó Luis Alejandro Rodríguez¹. Yo relato que, a los cuatro años, una tía mía me preguntó en el jardín de su casa: –Armando, ¿cuando seas grande vas a ser poeta?- Y yo le respondí –No, no lo voy a ser, ya lo soy-. Tenía cuatro años de edad. Creo que la figura paradigmática de mi padre como poeta, jugó un papel fundamental en esa precocidad de mi vocación poética y literaria. Ahora, más adelante, cuando yo ya me asumo como un poeta, es que esa vocación literaria y poética se imbrica con el componente religioso. Pero son dos cosas paralelas, no se debe lo uno a lo otro.


F.F. –También se dice que quién escribe un poema está buscando a Dios ¿Usted busca a Dios en sus poemas?


A.R.G. –Bueno, ahora recuerdo el epígrafe de la película de Luis Alejandro, un texto de Hanni Ossott, cuando dice que el escribir un poema, para ella, es una suerte de invocación, casi una oración². Creo que todos los poetas tenemos esa misma experiencia. Creo que escribir poesía es una suerte de modalidad de una mística que podemos llamar profana. Es decir, hay varios tipos de mística. La mística vinculada a la religión de la naturaleza, la mística vinculada a las religiones de la interioridad, la mística vinculada a las religiones proféticas, históricas o abrahanicas, y la mística que podemos llamar mística profana, no vinculada a ninguna institucionalidad religiosa. Y la poesía es una variante de estos últimos tipos de mística. Creo que todos los poetas en algún momento percibimos que forma parte de nuestra experiencia vivenciada a la hora de escribir un poema, que nos acercamos a través de esa escritura poética, al misterio, a lo trascendente, a un orden de realidad distinto al que accedemos en la vida cotidiana. De modo que yo sí creo que como poeta, he tenido la experiencia de que la escritura lírica, la escritura poética, me lleva a tocar, a bordear ese ámbito de lo sagrado que trasciende la vida cotidiana.


F.F.-En ese ámbito sagrado al que se refiere, ¿el éxtasis juega un papel fundamental?


A.R.G. –Yo no he tenido en mi vida ningún éxtasis, salvo en el momento estático de la cópula erótica. Yo no diría que he tenido experiencia estática a pesar de qué me considero un ser humano orante, es decir; la oración es una de la experiencias fundamentales de mi vida y la oración ha sido milenariamente el espacio privilegiado donde ocurre la experiencia mística. Pero yo no he tenido acceso a altas costas de experiencia mística, simplemente me limito a ser un orante.


F.F. –En ese sentido, ¿un poema suyo puede ser una oración? ¿El poema es una oración?


A.R.G. –Yo creo que sí. Yo creo que sí porque un poema puede acercarlo a uno al ámbito de lo sagrado. Y muchos poetas, incluso no creyentes, ateos militantes, pueden, creo, testimoniar con su vida, que escribiendo poesía, se acercan al ámbito luminoso de lo sagrado.


F.F. –“Dios no es asunto, no es tema, sino pasión donde arder”, es una frase suya. Su poesía siempre acude a Dios, a un Dios compasivo, sensible y misericordioso ¿Por qué?


A.R.G. –Porque ese es el Dios cristiano. Y la definición clásica del Dios cristiano, está en la primera carta de Juan, incluida en el Nuevo Testamento: “Dios es ágape”, “Dios es amor”. No hay mejor definición de la naturaleza de Dios para el cristianismo, que esa. Por eso, el Dios al que yo me aproximo tiene esa característica fundamental, el ser compasivo. La experiencia religiosa cristiana tiene un matiz diferente a la experiencia religiosa en otros tipos de institucionalidades religiosas. Para el cristianismo, a Dios, a la trascendencia no se accede por la vía del templo, es decir; no es una relación vertical de la tierra al cielo pasando por el templo, sino que la religiosidad cristiana pone el énfasis en la relación ética con el otro, con el prójimo. De modo que es en el seno de esa relación horizontal con el prójimo donde ocurre la experiencia de Dios. Y eso se debe, en que la naturaleza misma de Dios, es amorosa. De modo que la compasión es la manifestación divina por excelencia.


F.F. –Para Cioran, Dios significa la última etapa de un camino, punto extremo de la soledad y de la nada. “Dios es, incluso si no es”, afirma. Para usted, ¿quién es Dios? ¿Cuál es la importancia que le concede usted a Dios en sus poemas?


A.R.G. –Bueno, ya lo he ido diciendo a lo largo de la entrevista. Dios es fundamentalmente el trascendente. Aquel que está… Dios es el corazón, el eje del ámbito de lo sagrado. El ámbito de lo sagrado; en ese ámbito, Dios es el orden de realidad que trasciende nuestra vida ordinaria, es la órbita de la satisfacción de nuestras necesidades inmediatas. Porque Dios es el corazón y el eje del ámbito de lo sagrado. El ámbito de lo sagrado no está situado en un trasmundo, es el último extracto de realidad de este mundo. Ernesto Cardenal, en “Coplas a la muerte de Merton”, tiene unos versos que a mí me han impresionado mucho siempre: “Morir no es salir del mundo, es hundirse en el”. En ese sentido, Dios como eje y corazón del ámbito de lo sagrado, envuelve y penetra toda la realidad del mundo. Es también la realidad ontológicamente suprema. Es el valor y el bien absoluto. Es la santidad, también absoluto. Y es el que posibilita esa misma vía ordinaria, trascendiéndola.


F.F.-Además de Dios, como eje esencial y fundamental de su poesía, ¿qué otros temas han sido importantes para usted? ¿De qué nos hablan sus poemas? ¿A cuál experiencia nos remiten?


A.R.G. –Bueno, mi poesía habla de muchas cosas. Yo te decía al principio que no reduzco mi experiencia literaria y poética, solo al componente religioso. Cualquiera que se acerque a mi poesía, va a notar que yo abordo muchos temas. Está el elemento erótico, está el elemento cotidiano, está el elemento histórico, está la contemplación de la naturaleza, está en algún momento la ciudad; como escenario y como protagonista de la poesía, está también mi propia cercanía autobiográfica con la locura, de modo que mi poesía abarca un espectro muy amplio de temas.


F.F. –Calles, plazas, hoteles clandestinos… ¿Qué lugares visita en sus poemas, a qué lugares vuelve?


A.R.G. –Bueno, yo diría que en mi poesía hay dos tipos de lugares fundamentales. Los íntimos, es decir; aquellos enmarcados en los que podemos llamar la casa, mi casa, mi hogar y, por otra parte, aquellos enmarcados en el ámbito que podemos llamar la calle. La calle fue una de las consignas poéticas del grupo Tráfico³: “Venimos de la noche y hacia la calle vamos”. Nosotros en Tráfico nos dimos cuenta que la poesía que se hacía en Venezuela, hasta comienzos de la década de los ochenta, salvo contadas excepciones; no abordaban suficientemente la temática urbana. Y, precisamente, porque no abordaban la temática urbana, soslayaba también esa poesía, la cotidianidad y la historia. De modo que es la impronta de Tráfico la que me llevó a explorar la calle como espacio de mi poesía. Creo que relativamente me he mantenido fiel a esa perspectiva de Tráfico, de modo que yo dividiría los enfoques temáticos de mi poesía, en esos dos grandes ámbitos: el espacio íntimo, el de mi casa; el poema que se hace en el escritorio de mi estudio bajo la luz de la lámpara en completa intimidad y el espacio urbano donde me muevo durante el día. Esos son como los dos grandes espacios que yo abordo en mi poesía.

Grupo literario Tráfico. De izquierda a derecha: Rafael Castillo Zapata, Alberto Márquez, Igor BarretoYolanda Pantin, Armando Rojas Guardia y Miguel Márquez. Foto: Vasco Szinetar.
Imagen tomada de Pinterest.



F.F. –¿De dónde surge el nombre de Tráfico? ¿Quién los bautizó así?


A.R.G. –Yo no recuerdo con precisión, pero creo que fue Igor Barreto a quien se le ocurrió ese nombre. Tráfico quería aludir al tema urbano: el tráfico de las colas, el tráfico cotidiano en Caracas, nos parecía que ese era un nombre que combinaba lo urbano con lo cotidiano.


F.F.- De Tráfico, específicamente, ¿que recuerdos más importantes atesora Armando Rojas Guardia?


A.R.G. -Bueno, Tráfico fue importante en mi vida porque primero, lo que recuerdo es, la radical experiencia de fraternidad con esas cinco personas. Yo siempre digo que, a los integrantes del grupo Tráfico, lo único que nos faltó fue convivir en un mismo espacio, porque nos veíamos continuamente. Hubo épocas en que nos veíamos casi todos los días. De modo que fue una bellísima experiencia de hermandad, de comunión espiritual. Una comunión espiritual que se ha mantenido hasta hoy. En segundo lugar, recuerdo muy vividamente, nuestras discusiones. Nosotros nos reuníamos los jueves a mediodía, en la cervecería El León de la castellana. Era nuestra reunión oficial durante la semana. Lo que pasa es que nos veíamos muchas veces más, pero la reunión canónica, la reunión oficial, era los jueves al mediodía en El León. Y eran discusiones muy ricas, muy preñadas de ideas. Eran discusiones estéticas y filosóficas de alto calibre. Eso si lo recuerdo con mucho placer. Y en tercer lugar creo que, es indudable para mí, que a partir de Tráfico se da una impronta en la poesía venezolana que no se puede negar. Es decir; lo urbano, lo histórico, lo cotidiano, empezaron desde Tráfico a ser tratados incluso, masivamente, por los poetas venezolanos. Y empezó, además, una lectura y una relectura, en algunos casos, de la poesía norteamericana, cosa que no sucedía desde Tráfico porque la poesía venezolana gravitaba en la órbita de la poesía francesa y de cierta poesía italiana. Se soslayaba un orbe poético importantísimo como es la poesía norteamericana contemporánea. Es a partir de Tráfico cuando se empieza a estudiar la poesía de Eliot, Ezra Pound, de William Carlos William, de Robert Lowell, en fin…


F.F.- Cuando escribe, ¿cómo hace usted para identificarse con los sentimientos íntimos de otra persona que ni siquiera conoce?


A.R.G. –Los imagino. La imaginación es una herramienta muy poderosa. Sirve incluso para eso, para identificarse con los sentimientos de la persona que uno imagina. La poesía es el reino de la imaginación simbólica, de la imaginación, porque toda imaginación es simbólica. Entonces, una manera de acercarse a los sentimientos de una persona desconocida, es imaginando.


F.F. – Para usted, es muy importante la palabra, ¿cierto?


A.R.G. – ¡Absolutamente, absolutamente! En el año noventa yo sufrí una crisis psicótica que, probablemente, -eso no está claro para mí, ni para los médicos-, esa crisis afectó quizás, áreas del cerebro que tienen que ver con el lenguaje. El hecho es que yo quedé literalmente mudo. Es decir; me costaba hivanar una simple conversación cotidiana con un amigo o con una amiga. Y, por supuesto, que yo pensé que no iba a volver a escribir más nunca. Fue una crisis enmudecedora. Para una persona que toda la vida ha considerado que la palabra es el centro palpitante de la vida psíquica de uno, el no poder hablar y el no poder escribir, significó, una desgarradura. Yo tarde unos diez años en recuperar la palabra. Eso se lo debo a la dinámica misma de la vida, a la dinámica curadora, sanadora de la vida, se lo debo también a mi propio esfuerzo autoterapéutico. Yo escribí durante la década de los noventa en plena crisis de la mudez, tres libros, uno de ellos La nada vigilante, que es un libro de poesía. Algunos dicen que es mi mejor libro de poesías. Yo me propuse a escribir ese libro de poesía, para devolverme la relación orgánica con la palabra que yo creía haber perdido. Creo que si en este momento ya me curé de aquella mudez, eso se debe a esas dos cosas: a la dinámica misma curadora de la vida y a mi esfuerzo autoterapéutico por devolverme esa relación orgánica con la palabra.


F.F.- Otra cita suya: “¿Quién eres, tú sonoro al fondo de mi mismo?” ¿Qué relación tiene usted hoy consigo mismo?


A.R.G. –Bueno esa cita se refiere, es la primera frase de El Dios de la intemperie, se refiere a la relación con Dios. Porque el testimonio unánime de los místicos cristianos, es que en el centro de la interioridad humana, está Dios mismo. O sea, que Dios es como el último estrato del mundo interior humano. Entonces, cada vez que tomamos contacto con nuestro mundo interior, de una manera radical, nos contactamos con Dios.


Bueno, yo creo que hoy tengo un contacto conmigo mismo muy fértil, vamos a decir así, muy fecundo. Desde hace unos años yo disfruto de un bienestar psíquico que no tenía antes. Ese bienestar psíquico tiene cuatro pilares. El primero, una medicación adecuadísima, yo tengo un déficit eléctrico a nivel neuronal que la medicación corrige. Ese déficit eléctrico a nivel neuronal es como la infraestructura bioquímica de los episodios psicóticos que yo he padecido en mi vida y afortunadamente se ha descubierto la medicación que corrige ese déficit. En segundo lugar, el otro pilar, es la experiencia terapéutica con Jean-Marc Tauszyk, que es mi terapeuta actual. El tercer pilar es mi casa de habitación actual, es un espacio para mí sagrado y donde respiro a mis anchas. Y el cuarto pilar, es el tipo de trabajo cotidiano que realizo, que aunque no es muy rentable económicamente, pues, me permite hacer aquello a lo que vocacionalmente me siento llamado hacer. Bueno, esos son los cuatro pilares de mi actual bienestar psíquico.

Armando Rojas Guardia y Franklin Fernández


F.F. -¿Qué hace usted cuando no está escribiendo?


A.R.G.- Bueno, muchas cosas. Pienso, contemplo, me dedico a mis quehaceres cotidianos, cocino, paseo, estudio, leo mucho, muchísimo. Desde la adolescencia he sido un lector voraz, leo vorazmente…


F.F. -¿Usted escribe para sentirse vivo, para dar vida a sus recuerdos?


A.R.G.-Yo creo que sí. La escritura literaria es un método, hasta cierto punto, de la intensificación de la vida. Cualquier escritor, mejor dicho; cualquier artista puede testimoniar que el arte intensifica la vida, porque implica un impulso de la conciencia y de la libertad frente a la realidad. De modo que yo creo que sí, que yo escribo para intensificar mi experiencia vital, la conciencia que yo tengo de la vida.



NOTAS:


1. El documental al que se refiere Armando Rojas Guardia es: “El esplendor y la espera”. Realizado bajo la dirección de Luis Alejandro Rodríguez en el año 2005, en Caracas, con una duración de 34:00 minutos. Actualmente, Luis Alejandro Rodríguez es un productor independiente. Ha realizado más de treinta documentales a artistas plásticos, músicos y poetas venezolanos.


2. El epígrafe completo, del poema de Hanni Ossott, es el siguiente: Dios / me quedo todo el tiempo posible / ante un poema / para que salga bien. / Es como una oración / una invocación.



3. Tráfico se consolidó como grupo entre los años 1980-1981. “Surge, con un polémico y acentuado interés confrontativo… las discusiones que este grupo de poetas logran desencadenar a propósito de una nueva manera de entender la poesía y el papel ético que debería jugar la misma en el interior de lo que ellos consideraban un ‘nuevo’ espacio intelectual venezolano”. Juan Carlos Santaella (Diez manifiestos literarios venezolanos, La casa de Bello, Caracas, 1986). El grupo estuvo integrado por Yolanda Pantin, Igor Barreto, Rafael Castillo Zapata, Miguel Márquez, Alberto Márquez y Armando Rojas Guardia.



Tomada de La Imagen Doble


Armando Rojas Guardia, el esplendor y la espera


Nota: Armando Rojas Guardia, (1949-9/7/2020). Era filosofo, poeta, ensayista. Su trabajo reconocido internacionalmente fue traducido a diversos idiomas. Fue uno de los fundadores del grupo Tráfico (1981). Entre sus libros publicado en Venezuela: Del mismo amor ardiendo (1979), Poemas de quebrada de la virgen (1985), Yo que supe de la vieja herida (1985), Hacia la noche viva (1989), La nada vigilante (1994), El esplendor y la espera (2000), Patria (2008), Mapa del desalojo (2014). Entre sus ensayos: El Dios de la intemperie (1985), El calidoscopio de Hermes, (1989), Diario merideño (1992), Crónica de la memoria (1999), La otra locura (2017), El deseo y el infinito (diarios 2015-2017) y Proserpina (2015). Premio del Consejo Nacional de Cultura de Venezuela (1986-1996). Premio de ensayos de la Bienal Mariano Picón Salas (1997). Miembro de la Academia del idioma español, (2016-2020).


Tomado de El Nacional.


viernes, 30 de agosto de 2024

Carlos Yusti a Franklin Fernández: La gente debe expresarse artísticamente por encima de las recetas "culturales" del régimen chavista

 



Carlos Yusti: La gente debe expresarse artísticamente por encima de las recetas "culturales" del estado chavista


JUEVES, 17 DE JULIO DE 2008



Carlos Yusti: El arte es una manera de respirar y el aire no tiene matiz político



Carlos Yusti: “Pintar es avanzar por esa vereda donde el color y la imagen también son una escritura”.



Carlos Yusti (Valencia, Estado Carabobo, Venezuela, 1960), es pintor y escritor. Como pintor ha realizado un buen número de exposiciones individuales y colectivas. Como escritor, ha publicado “Vírgenes necias”, “Cuaderno de argonauta”, “De ciertos peces voladores”, “Pocaterra y su mundo” y “Dentro de la metáfora”. Dirige la página de arte y literatura por Internet Arte Literal y Códice. Participa activamente en la revista Rasmia Literaria, que se edita en papel, y sus textos se publican en El Correo del Caroní y en la página cultural Letra Inversa de Noti-Tarde. En 1996 obtuvo el premio de ensayo de la Casa de la Cultura Miguel Ramón Utrera con el libro “Cuaderno de argonauta”. Actualmente reside en Ciudad Guayana, Ciudad Bolívar, donde se desempeña como director de las revistas Fauna Urbana y Fauna Nocturna. Tiene alrededor de cuatro libros inéditos.


Franklin Fernández.


Carlos Yusti. Fotografía de Yuri Valecillo. 1980

F.F. -¿Qué es el ensayo para un escritor de altura como Carlos Yusti?


C.Y. –Eso de altura produce un poco de vértigo. El ensayo es un género bastante maleable lo que permite abordar los temas con algo de poesía, narrativa o crónica, un poco de erudición y lectura por acá; también algo de filosofía y cosa por allá. Uno se puede tomar algunas licencias a la hora de escribirlos buscando quizá desbrozarlo de cierta rigidez académica, de ese profesoral y casposo estilo. Algunos ensayistas también van por la novela o el cuento debido a que al ensayista no se le considera del todo escritor en mayúscula. El ensayo escrito desde la pasión y la inteligencia puede llegar a ser una pieza literaria creativa de altos vuelos para contrarrestar el vértigo de tantos cagatintas iletrados que pululan por las escuelas de letras y periodismo.


F.F. –Usted, además de escritor, también pinta. ¿Cómo es la relación de un ensayista con la pintura?


C.Y. –A manera de broma digo que pinto para no escribir y viceversa. Me gusta hacer crítica de arte, explorar a través del ensayo el universo paralelo de los pintores y sus creaciones. Esto me llevó a la pintura para conocer las técnicas y los materiales que utiliza el pintor. Pintar es avanzar por esa vereda donde el color y la imagen también son una escritura. Escribir es la posibilidad de explorar en nuestro mundo interior, es tratar de aprehender el alfabeto de nuestro espíritu. Escribir y pintar, actividades que realizo desde una posición amateur, desde esa nada agradable posición del outsider, pero no sufro por ello.



F.F. -Sus textos suelen ser autobiográficos. Su visión crítica del mundo la sustenta de sus lecturas, de sus vivencias, de su propia experiencia de vida… ¿no es cierto?


C.Y. –Pienso que la escritura es un pasar en limpio las vivencias, un saldo de cuentas con lo vivido y con la experiencia leída. También es una manera de recuperar eso, que con el transcurrir de los días, hemos olvidado; recuerdos que están en nosotros, pero que parecen flotar en una zona muerta. La escritura es una manera de instaurar memoria donde por decreto o por dejadez mental florece el olvido o se amaña la historia con mitificaciones espurias para que la foto de los héroes impolutos no quede movida.


F.F. -¿Qué tanto influye en sus ensayos el ambiente social o político de un país?


C.Y. –Escribir al margen de los vaivenes políticos y sociales es una soberana estupidez. Susan Sontag que es una escritora por la que no siento mucha devoción escribió: “La primera tarea de un escritor no es tener opiniones, sino decir la verdad... Y negarse a ser cómplice de mentiras e información errónea. La literatura es la casa del matiz y de la indocilidad a las voces de la simplificación. La tarea del escritor es que sea más difícil creer a los saqueadores mentales”. La verdad es relativa, pero la responsabilidad del escritor está en darle majestad y magia al lenguaje cuando desde el poder, político o religioso, lo vacían de contenido o lo convierten en formulas publicitarias, en lugares comunes mediáticos o en oraciones retrogradas, genuflexas y ortodoxas.

Juan Liscano y Carlos Yusti. Fotografía de Yuri Valecillo



F.F. -¿Cómo hace un ensayista para estar “Dentro de la metáfora”?


C.Y. –No estamos a salvo del ridículo ni del absurdo cotidiano y un poco mi último libro Dentro de la Metáfora trata de subrayar ese mecanismo insólito que a veces atrapa a escritores y poetas. Hay una metáfora babosa que chorrea detrás de la normalidad de todos los días, baba que nos salpica a todos por igual, pero que el escritor registra en sus cuentos, poemas, novelas y ensayos. Estar dentro de la metáfora es formar parte de esa gran relojería fantástica que es la literatura y el escritor, el pintor o el poeta tarde o temprano termina como personaje de esta charada metafórica.


F.F. –Hay una frase suya que dice: “Todo escritor, consagrado o que apenas se inicia, tarde o temprano se topa con el bloqueo creativo, se enfrenta a esa pared lejana del silencio”. ¿Es el silencio un indicio de perpetuidad para Carlos Yusti?





C.Y. –Hay un proverbio árabe que dice más o menos así: “No escribas o digas nada que no sea más bello que el silencio”. Desde este punto de vista el silencio tiene un sentido trascendental impecable/implacable. El silencio para mi es no pintar, es no escribir una línea en lo absoluto. Un silencio desde esta perspectiva es la peor tortura, el más humillante de los encierros.


F.F. -¿Cuál es el eje principal en toda su obra? ¿Qué se propone usted con sus ensayos, con sus poemas, con sus pinturas?


C.Y. –El eje fundamental de los pocos libros que he escrito y publicado sería el lenguaje en una situación especial, el lenguaje sometido a las vicisitudes creativas de la vida y de los parámetros lexicales del tiempo que me ha tocado en suerte. Trato de sacarles chispas de belleza al lenguaje, intento crear belleza a partir de una frase, de un párrafo sin dejar las buenas y malas pasiones que me circundan. Como creador me preocupo que mis textos y pinturas agreguen humanismo, belleza y alma a un mundo de groseros apetitos en el cual se reivindican valores contrarios al espíritu.


F.F. –Parafraseando a Vargas Llosa. Al escribir, ¿suelta usted sus demonios?


C.Y. –Más que soltar los demonios, los domésticos, les doy un poco de urbanidad, pero en fin siguen siendo demonios.

F.F. –Carlos, ¿qué se siente al terminar un libro de ensayos?


C.Y. –Es vez de un libro más siempre me digo un libro menos. Esto me permite retomar otros textos y comenzar el ciclo de nuevo. No caigo en esa cursilería barata de considerar los libros como hijos y se a la perfección que son el esfuerzo de una actividad que en nuestro país es mal recompensada. Aquí se es escritor a fuerza de ganas y obstinación y esto es lo endemoniadamente interesante de este oficio. Sin mencionar que el ensayista es un paria del mundillo literario, especie de descamisado que parece estar demás en todos lados.


F.F. -¿En qué lectores piensa constantemente Carlos Yusti? ¿Quiénes han influido más en sus ensayos? ¿Cuáles son sus libros de cabecera?


C.Y. –En Valencia formé parte de un grupo literario, pero en verdad era un grupo de bebedores con veleidades de escritores. No obstante más que la caña nos unió una fe ingenua y algo pagana por la literatura. Nos encontrábamos en algún bar o en uno que otro café y leímos nuestros escritos. Luego nadie quería publicarlos y tuvimos que editar una revista. Esta experiencia me enseñó a pensar el lector. La revista era un panfleto incendiario de groserías y en vez de estilo tenía malos modales. Queríamos que nuestros lectores se sintiesen tocados, para bien o para mal, por la literatura. En estos inicios los lectores son cosas vagas, difusas. Pero un buen día alguien te responde por la prensa sobre algo que escribiste, alguno te detiene en la calle con ganas de partirte el alma por un texto tuyo o en mitad de una charla una persona trae el recorte de un artículo tuyo para recriminarte cierta frases polémicas. En esos momentos uno cae en cuenta que lo escrito hace eco en los demás y entonces escribir se va convirtiendo poco a poco en una responsabilidad, en una ética.


De los autores venezolanos Santiago Key-Ayala, Bolívar Coronado, José Ignacio Cabrujas, Francisco Rivera, Elisa Lerner. De los extranjeros Elías Canetti, Umberto Eco, Francis Bacon, Fernando Savater, Montaigne, Voltaire. Mis libros de cabecera son Extraterritorial de George Steiner, el Diccionario Filosófico de Voltaire y los Aforismos de Georg Christoph Lichtenberg.



F.F. -¿Qué opinión tiene Yusti sobre su obra literaria?


C.Y. –Que podría ser mejor, pero a falta de talento puede que la inteligencia y el empeño den algún fruto exótico. Mis libros no son proyectos pensados o demasiado elaborados y se escriben en el día, en ese trabajo cotidiano en el que se traspapela la vida con lo leído y viceversa.




F.F. –Tengo un poema que dice: un libro es un pájaro cuadrado. ¿Qué representan los libros para usted? ¿Qué son los libros para Carlos Yusti?


C.Y. –Para mi son objetos para el rechazo o el disfrute. Algo de mágico tienen y a veces son como el espejo de la bruja de los cuentos en la que uno como lector intenta verse bello e inteligente. Meterse en un libro es hacerse uno con las palabras y la imaginación. Tengo más aprecio por Don Quijote, Los Tres Mosqueteros, el capitán Ahab y otros personajes que por mucha gente real que conozco, mea culpa.


F.F. –Dice el presidente Hugo Chávez que “cultura es lo que somos, lo que fuimos y lo que debemos ser”. Es decir; la cultura es la vida misma, lo que transformamos en nosotros para un bienestar mutuo. En otras palabras, es lo hace el pueblo con o sin gobierno. ¿Está usted de acuerdo con esa concepción?


C.Y. –Nunca he sido amigo de ideas sumarias o de frases retóricas que buscan simplificarlo todo. Por ejemplo eso de “cultura es todo lo que hace el hombre” me parece exagerado. Los Nazis eran en extremo cultos, pero esto no impidió que gasificaran y quemaran seres humanos. La cultura no es garantía de nada. Mucho menos creo que exista una cultura popular y una cultura de elites. Abogo más bien porque la gente, independientemente de su contexto social, se convierta en protagonista del hecho cultural: que sea Actor y Espectador de la actividad cultural y que independientemente de la calidad estética asuma la literatura, la pintura, la danza y el teatro como una forma de expresarse. Quizá esto no lo convierta en un artista en mayúscula, pero le ayudará entender un poco el proceso creador, le brindará algunas herramientas para ver en la expresión artística una visión crítica y espiritual del mundo.


El Estado siempre quiere que la cultura responda a determinados parámetros políticos e ideológicos, pero creo que la gente debe expresarse artísticamente por encima de las recetas culturales del estado y así el arte pueda vivificarse y renovarse. Siempre tomo como ejemplo el realismo socialista ruso que en vez de tonificar la pintura o la literatura la castró con terribles consecuencias. El arte es una manera de respirar y el aire no tiene matiz político.

Carlos Yusti y Yuri Valecillo. Fotografía de Luis Alberto Angulo.

F.F. -¿Cómo ve el éxito de la democracia en nuestro país? ¿Cómo ves el futuro de Venezuela? ¿Qué es lo que más destacas de nuestro sistema de gobierno? ¿Qué es lo que más admiras de nuestra Revolución? (Obviamente el entrevistador era en ese chavista arrodillado, no sabemos si sigue en esa posición. Cursivas del editor )


C.Y. –Me gusta que la cultura en todas sus facetas pase a primer plano, que sea la protagonista imprescindible. La revolución tiene que ser cultural (note que ya estoy cayendo en el tópico). Que la gente asuma roles de poder real. Que el pueblo deje de ser una consigna gastada y se convierta en protagonista crítico de sus procesos sociales, políticos y culturales para que lo políticos de oficio se jubilen de una vez por todas y para siempre.




Tomada de La Imagen Doble



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Carlos Yusti en Barcelona, con la estatua de Colon al fondo, al final de la Rambla donde desemboca en el puerto.



Carlos Yusti (Valencia, 1959). Es pintor y escritor. Ha publicado los libros Pocaterra y su mundo (Ediciones de la Secretaría de Cultura de Carabobo, 1991); Vírgenes necias (Fondo Editorial Predios, 1994) y De ciertos peces voladores (1997). En 1996 obtuvo el Premio de Ensayo de la Casa de Cultura “Miguel Ramón Utrera” con el libro Cuaderno de Argonauta. En el 2006 ganó la IV Bienal de Literatura “Antonio Arráiz”, en la categoría Crónica, por su libro Los sapos son príncipes y otras crónicas de ocasión. Como pintor ha realizado 40 exposiciones individuales. Fue el director editorial de las revistas impresas Fauna Urbana y Fauna Nocturna. Colabora con las publicaciones  El correo del Caroní en Guayana y  el Notitarde en Valencia y la revista Rasmia. Coordinó la página web de arte y literatura Códice y Arte Literal. Actualmente es coeditor de la revista digital Cárcava



































29/06/2025