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sábado, 8 de mayo de 2021

Francisco Ibañez: Encadenado a Mortadelo y Filemón y a sus otros personajes

Por Javier Pérez Andújar





Francisco Ibañez. Encadenado a sus personajes

Es el único superviviente de su generación de dibujantes. Ha llegado al éxito acompañado solo por sus criaturas

JAVIER PÉREZ ANDÚJAR - 29/04/2016 - Número 31

 


Es esa manera que tiene Ibáñez de representarse en sus historietas: sentado, adosado a la mesa de dibujo para la eternidad, su cigarrillo, la ceniza, un caracol que deja el rastro de baba de los días en el curro, que carga con la espiral del trabajo, unas gotas de sudor derritiéndose en su calva inmensa, la espalda encorvada por el peso de las entregas, sus gafas cuadradas en forma de viñetas, mirando la vida detrás de los cristales como un hombre tímido, acaso apocado, sin entender que, siendo lo más, su carácter le sujete en lo poco; la camisa blanca de Ibáñez, el bolsillo con los bolígrafos que asoman igual que asoman los puros por la chaqueta del jefe, los brazos arremangados porque va al dibujo como se va a la obra (Nadal, no; Nadal, el de las chicas modernas y Pascual criado leal, era un estiloso, trabajaba con los puños vueltos, y por ahí se le pasaba la elegancia al trazo); pero Ibáñez tiene ese apellido terminado en “z” de las clases que llenan los listines telefónicos de las ciudades. Barcelona es una ciudad de un millón de tebeos y hay un hombre en Bruguera que los dibuja todos: Francisco Ibáñez, un admirador, un esclavo, un amigo, un siervo. El tebeo es un gran invento



Ibáñez llega al cómic desde el mundo del trabajo, lo hace muy joven y contraviniendo a sus padres, que se espantaron cuando dejó el empleo estable del banco. Ibáñez prefiere el trabajo al empleo (Vázquez, ni lo uno ni lo otro, prefiere dibujar Anacletos en la cárcel a cumplir cualquier obligación). Todo el universo de Ibáñez está hilvanado por el mundo laboral: la chapuza, la incompetencia, el escaqueo, la tirria entre jefes y empleados...




El verdadero protagonista de la obra de Ibáñez es el trabajo. Desde Pepe Gotera y Otilio, chapuzas a domicilio hasta esas oficinas donde trabajan, incluso se diría que viven, el botones Sacarino, Ofelia, Pancracio Trapisonda... Pero es que también es así Bruguera: una empresa familiar que ha enfermado de elefantiasis, una empresa del franquismo donde por encima de la gestión manda la jerarquía. Quizá el único personaje de Ibáñez sin oficio ni beneficio, ni domicilio reconocible, sea Rompetechos, fiel al viejo espíritu del Pulgarcito, donde campan a sus anchas el Gordito Relleno, Cucufato Pi, Doña Urraca, Casildo Calasparra..., gente que simplemente va por la calle a ver qué le pasa. Habrá que esperar a que se hunda Bruguera, a que el devorador desempleo juvenil de los años 80 se convierta también en el paro de los veteranos trabajadores de esta factoría (empleados, novelistas, dibujantes...), para que Ibáñez cree, rescatado por Ediciones Junior, a Chicha, Tato y Clodoveo, de profesión sin empleo (pero estos no serán sino la metamorfosis, por este orden, de Filemón, Rompetechos y Mortadelo).



Bruguera, capital del dolor

Tras la Guerra Civil, a la editorial Bruguera había ido a parar un buen puñado de rojos en busca de un trabajo. Escobar (creador de Carpanta, Petra, Zipi y Zape y cuyo tema es el hambre, como en Ibáñez lo es el trabajo) era un funcionario republicano purgado. Peñarroya (autor de Don Pío, el Gordito Relleno, Pepe el Hincha, retratista de la tristeza de la clase media) había combatido en defensa de la República. Marcial Lafuente Estefanía, el prolífico escritor de novelas del Oeste, fue general de artillería del ejército republicano. El mismísimo Rafael González, coordinador general de la editorial Bruguera, director de la revista Pulgarcito y otras cabeceras, el que concibió la mayoría de aquellos personajes y la sainetesca manera en que hablaban, era un periodista republicano que se había tenido que tragar todos sus ideales para ponerse del lado de la censura franquista, a cambio de garantizarles una seguridad a su mujer y sus hijos a los que apenas veía porque había cambiado el encierro en la celda por el encierro en la oficina. Rafael González sale retratado a menudo en las páginas de Ibáñez. Es, por ejemplo, el dire del botones Sacarino, pero esta caricatura no le gustó a González y obligó al dibujante a cambiarla. Aun así, de vez en cuando aparece alguien en sus historietas que se le da un aire. Siempre el gesto agrio, siempre la voz levantada, siempre los ojos torvos, siempre el puñetazo en la mesa. El jefe. El trabajo.



Bruguera había recogido a todo este carnaval de almas derrotadas no por humanitarismo sino para exprimirles al máximo aprovechándose de su necesidad y de su indefensión. Y porque a fuerza de explotación y de usurpación de derechos los dibujantes se sienten como gusanos, las viñetas de Ibáñez están plagadas de gusanos, de lombrices, de ratones, de caracoles que se arrastran.



Los trazos comunicantes

Las bocas de Ibáñez. En ellas se encierra toda la expresividad de sus personajes, desde la mota negra con la que Sacarino dice “¡Sopla!” y “¡Resopla!” hasta la gran muralla de dientes que de pronto cruza el rostro de Pancracio Trapisonda, de Filemón, de los tratantes de animales de Ande, ríase usté con el arca de Noé... El sarcasmo, el aborrecimiento del envenenado mundo laboral de aquella dictadura estaba en esos dientes que Ibáñez dibujaba alineados como la cinta de balas de una ametralladora, permanentemente dispuestos al escarnio, a la alusión directa. Luego están las otras bocas, las simas profundas, el inmenso pozo negro que se abre temblando en Otilio, en Mortadelo... cuando salen corriendo. Pero en una sociedad de la que no hay escapatoria, el sino de un personaje es huir. “Calle y corra, jefe” es lo que exclama Mortadelo en cada última viñeta. España se había convertido en el lugar del “calla y come”, pero Ibáñez, condenado a la inmovilidad y al agradecimiento, condenado a perpetuidad al dibujo, tiene también un oído prodigioso y solo necesita una letra para transformar la frase en “calla y corre”. Lo está explicando a gritos.


Mayo de 1951, grupo de Editorial Bruguera
Algunos de los mencionados artistas se encuentran de pie:
(de izquierda a derecha) Vernet, Giner, Flaqué, Francisco Bruguera,
Cifré, Ángel Duque, Peñarroya y Jose García


Por eso sus personajes andan continuamente con los puños apretados. Por supuesto, el intratable Don Pedrito, que está como nunca, y no digamos Rompetechos, que es el Quijote de Bruguera. Porque del mismo modo que don Quijote confunde los rebaños con ejércitos, Rompetechos jamás va a entender lo que ve, y asimismo en todos los lances acabará apaleado. Los lectores dicen que Rompetechos es las más desternillante de todas la creaciones de Ibáñez. También es la más cervantina, mucho más que Mortadelo y Filemón, que no tienen nada de Quijote y Sancho, ni tampoco de Holmes y Watson. En realidad no son más que un remedo de las hermanas Gilda, como buena parte de la obra de Ibáñez lo es de la de Vázquez por imposición de Rafael González. El jefe. El trabajo.

Mortadelo y Filemón, Pulgarcito nº 1394 (1958)


Épocas de Mortadelo y Filemón

Mortadelo y Filemón se convierten en las estrellas del tebeo español prácticamente desde el momento en que aparecieron, a finales de los años 50. Antes lo habían sido Roberto Alcázar y Pedrín. La historia se repite en forma de historieta. Hay tres épocas en Mortadelo y Filemón. Es en la primera cuando comparten piso a la manera de las Hermanas Gilda, incluso lo tienen amueblado al mismo estilo, el mismo sillón de lectura de la viñeta inicial. Es cuando la serie se llama Mortadelo y Filemón, agencia de información. Las aventuras son cortas, una o dos páginas, y jefe y subordinado están solos en el mundo como la mayoría de los personajes de Bruguera, como se había quedado aquella España autárquica.

Mortadelo y Filemón se convierten en las estrellas del tebeo desde el momento en que aparecen

Muy pocos personajes de Bruguera lograrán crear un universo propio. Claro, Sir Tim O’Theo y los moradores de Bellota Village, o Mortadelo y Filemón en su segunda época, al irrumpir la TIA. Es cuando llegan el superintendente Vicente (que anticipó los rostros de Miguel Ángel Revilla y Raúl Alfonsín), el profesor Bacterio, la secretaria Ofelia, las entradas secretas, las contraseñas inolvidables (“Hay hombres con bigote que tienen cara de hotentote”). Es entonces, a finales de los años 60, cuando Mortadelo y Filemón se hacen con el trono de Bruguera y acaban teniendo una revista propia con el nombre de Mortadelo, que desbancará al resto de la cabeceras.Esta es la época de las rayitas, de cuando Bruguera importa historietas de Pilote, y Rafael González quiere implantar el estilo francobelga en la redacción y le exige a Ibáñez mucho detalle en los dibujos: “Ponga usted más rayitas, más arruguitas”, le conmina. Las aventuras de Mortadelo y Filemón ahora son largas y aparecen en entregas de cuatro páginas. Están pensadas para publicarse juntas en forma de álbum, al igual que Astérix.Pero a quien copia Ibáñez no es a Uderzo, sino a Franquin. Un montón de viñetas de Spirou aparecen minuciosamente reproducidas en las historietas de esta época. Incluso el botones Sacarino es un calco de Spirou y de Gastón el Gafe. A la vez que le exigen a Ibáñez un dibujo más rico en detalles, le imponen más producción. Atado a la mesa, le faltan manos para dibujarlo todo. Fuma y trabaja sin parar. No le da tiempo a pensar y por eso va mirando en los tebeos belgas, para tomar el estilo, el detalle, la viñeta entera, lo que haga falta en ese momento. Tiene puesta debajo del taburete la bomba de relojería de la fama.

La broma infinita

En los años 80 Bruguera se desploma y desaparece, los originales de los que desposeyó a sus autores aparecen entonces tirados en los contenedores de basura. Y encima poco después cae en picado toda la industria del tebeo. Sin embargo, Ibáñez se ha convertido ya en un mito y sobrevive al naufragio. No deja de producir Mortadelos a troche y moche en medio del desastre. En los pisos más cutres del barrio chino de Barcelona hay agencias con jóvenes dibujantes haciendo de negros, encorvados ante una mesa de luz para calcar los disfraces y los gestos de antiguos Mortadelos y así montar nuevas aventuras. Aunque tal vez no se les deba llamar disfraces, pues Mortadelo se transforma. En elefante, en conde Drácula, en bicicleta de cartero... Esto lo ha tomado también de Vázquez, de cuando por ejemplo Rosendo Cebolleta se siente tan humillado que se convierte en lombriz sin perder su rostro y su bigote. Pero de Vázquez, Ibáñez va a heredar por encima de todo la idea de una casa sin fachada, que acabará llamándose 13, rúe del Percebe. Y como muestra de eterno reconocimiento, o como expiación eterna, instalará a Vázquez en la terraza en forma del personaje del moroso. El alzado de ese edificio solitario, estrecho, alto y frágil a la vez, evoca al solitario edificio que tenía Bruguera en medio de un descampado sobre una loma, donde el barrio de Gracia se hace montaña.

Es esa, que llega hasta hoy, la tercera época de Mortadelo y Filemón. Los personajes ya no pertenecen a nada, ya no tienen una revista, un entorno gráfico, y por eso Ibáñez recoge los temas del periódico. Porque han perdido su mundo propio, recurre a la actualidad. Cada año, un asunto con tirón: los juegos olímpicos, la corrupción, las elecciones...

Ibáñez ha trabajado a destajo y se ha liberado de la esclavitud y de los negros. Ha alcanzado el éxito, pero ha llegado a él totalmente solo. Es el único dibujante de su generación al que todo el mundo reconoce. Es un motivo de orgullo, pero también una condena. En todo superviviente hay una injusta sombra de traición. Hoy es el rey Midas de las ferias del libro. Cuando le preguntan, siempre repite contrariado que prefiere trabajar a opinar del trabajo. En una legendaria entrevista publicada en el fanzine U, el hijo de Urich, le preguntaron por qué eligió de joven la profesión de dibujante: “Supongo que me gustaría. Entonces me gustaría todavía, claro”, fue su respuesta.

Tomado de AHORA.



Ibáñez: "Envidio a mis propios personajes, no nos parecemos en absoluto"



DE LA 13 RUE DEL PERCEBE A MORTADELO: LA EDITORIAL BRUGUERA




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JAVIER PÉREZ ANDÚJAR

Javier Pérez Andújar nació en  San Adrián de Besós en 1965. Es licenciado en filología hispánica por la Universidad de Barcelona. Su primera novela apareció en 2007, y sorprendió por su originalidad: Los príncipes valientes, a la que siguió y Todo lo que se llevó el diablo y Paseos con mi madre. También ha editado y prologado las antologías de relatos fantásticos Vosotros los que leéis aún estáis entre los vivos y La vida no vale nada. Fue colaborador habitual de L’hora del lector de TV3 y en la actualidad colabora en el diario El Periódico.

Tomado de Escritores. ORG



jueves, 14 de enero de 2021

«Los príncipes valientes» de Javier Pérez Andújar

 



By PacoMan



Fue mi gran amigo Richard Montenegro, al que nunca he visto, ¡las cosas de internet!, quién me dio a conocer al escritor barcelonés Javier Pérez Andújar y eso ocurrió en setiembre de 2016, por el pleistoceno. Andújar es tres años mayor que yo y compartimos muchas más cosas a parte de la década de nuestro nacimiento: el origen humilde, somos hijos de inmigrantes andaluces y proletarios criados en barrios de aluvión de los años 60, en esos cinturones industriales tan cerca de Barcelona y tan lejos de Dios. Menos mal  y gracias a Dios como diría Buñuel, porque si Dios ama así a los pobres, no quiero ni imaginarme cómo nos iría si nos odiase. Leímos los mismos tebeos, estudiamos en Escuelas Nacionales (colegios públicos franquistas), vimos las mismas series de televisión (eso fue fácil, sólo había dos canales y no existía Internet) y leímos los mismos libros (bueno, Javier bastantes más que yo). Es improbable que no haya leído sus artículos en El País o en El Periódico pues eran los periódicos que yo leía, en los tiempos en que leía periódicos, aunque alguna vez leí algún ejemplar de La Vanguardia, por saber de qué se quejaban, qué les quitaba el sueño a los burgueses de derechas catalanes y perdón por la redundancia.


«Los príncipes valientes». Javier Pérez Andújar. Tusquets Editores.

Fue el pregón de las Festes de la Mercè de 2016, que Richard me mandó, lo que me hizo poner a Javier Pérez Andújar en el mundo con nombre y apellidos. El escritor Armando Boix amablemente accedió a ponerle entradilla al magnífico pregón de Pérez Andújar, que se puede leer en el blog Grupo Li Po en este enlace. Hablaba mi amigo Boix muy bien, por cierto, de la primera novela de Javier: Los príncipes valientes (2007) Tusquets Editores, y, consecuentemente, me la compré ipso facto. El 26 de diciembre de 2016 fui yo quien le hice la entradilla (una entradilla autobiográfica, todo hay que decirlo) del “cuento de Navidad” que Javier publicó el 24 de diciembre en El Periódico: Los que empujan el carrito (consultable en este enlace). Desde entonces he leído muchos artículos de Javier, pero nunca abrí su novela que fue acumulando polvo en mi estantería. Si alguna vez, por casualidad la veía, intuía lo bien que lo iba a pasar al leerla. Y por fin, sin saber por qué, como se hacen las cosas importantes, el 29 de diciembre del 2020 la leí. En el último año de esta desastrosa década para los proletarios que hemos vuelto a ver reducido nuestro poder adquisitivo. Aunque la primera década de este milenio no nos fue mejor. El salario medio del año 2000 podía comprar más cosas que el del 2020. Los proletarios llevamos un milenio de perder sobre perdido y lo que nos va a venir no es mejor. De eso precisamente va la novela de Pérez Andújar (bueno, y de más cosas): de resilencia, de la resilencia de la clase de obrera, narrado a partir de la experiencia de su familia, de su padre obrero del metal y sindicalista en la España franquista, del abuelo materno que los franquistas le dieron el paseíllo en Almería, del tío Lenin que los fascistas obligaron a cambiar el nombre y del tío Ginés todo un superviviente, aguantar, prevalecer, simplemente sobreviviendo como lo hacen los desposeídos en esta balsa pétrea que decía Saramago, echando mano del ingenio y la picardía. En palabras del propio Pérez Andújar con “la ironía popular, que es el escepticismo del que no va a ganar”. Con eso tan español que a la postre nos ha permitido legar un género literario a la humanidad: la novela picaresca.

Javier Pérez Andujar. Fotografía de Eugeni Forcano



Los príncipes valientes narra las vivencias y las historias vividas en un año de la joven vida de Javier Pérez, en particular del 1974 y la narración acaba el 31 de diciembre, el mismo día que yo acabé su lectura: 45 años después de acaecido lo narrado.


Es difícil describir el estilo de Javier Pérez Andújar a caballo entre el ensayo, entre la poesía de verso libre y la narración tradicional. En esta primera novela Javier declara su amor a los libros, un amor sin medida e incondicional, de la mano de su inseparable amigo de la infancia Ruiz de Hita, porque en Cataluña, en el colegio, los niños nos llamamos por el apellido. Con el mismo tono nos describe la ribera del río Besos con sus huertos okupas, como nos hace una vivisección de doce páginas del detective Colombo y su significado antropológico y sociológico — por cierto para enmarcar—, como nos narra una anécdota aparentemente insignificante (lo que viene a llamarse hoy día una “tontá”) de su tío Ginés. Javier observa y deduce lo que los demás sólo somos capaces de ver y no entender: todo un Sherlock Holmes. Al que por cierto saca dos veces a pasear por las páginas de esta novela. Su atenta e inquisidora mirada tanto sirve para encontrar los paralelismos e influencias de ciertas obras de Edgar Alan Poe  en las de Jules Verne, que para analizar a King Kong, como para hacer una lectura sociopolítica de la burguesa familia Ulises, esa familia del TBO del tardofranquismo. TBO, esa revista infantil de dibujos que da origen a la palara tebeo para designar lo que los modernos llaman cómic, con el afán de ser considerados personas muy serias y muy respetables, pese a sus lecturas.


Confesiones de un niño de barrio de trabajadores y familia roja, como llamaban los franquistas de siempre y la ultraderecha de hoy a ser de izquierdas. Se nos narra cómo la conciencia de clase va abriéndose camino en la inmaculada mente de un crío de barriada de inmigrantes de nueve años. Pese a ello, Los príncipes valientes es un libro sobre el amor a los libros y de la firme determinación que se asienta en el alma del joven Javier de ser escritor, escritor por encima de todas las cosas.



Suelo subrayar a lápiz los libros que leo y mi ejemplar de esta novela ahora es puro grafito: párrafos y párrafos marcados con ideas brillantes, comentarios agudos y conclusiones inteligentes. Y mientras leía y subrayaba me animaba a mí mismo, redactando mentalmente esta crónica y aventurando lo bien que iba a lucir con esta y aquella cita literal. No, esta vez no lo haré, bueno sólo una vez y será al final. Pérez Andújar y su forma de ver el mundo merecen leerse directamente en su pulida, directa y aparentemente sencilla prosa: es toda una experiencia. Esta primera novela se cierra bronca, sin concesiones, con dureza: la repentina pérdida del amigo del alma: Ruiz de la Hita se muda a otra ciudad (no había móviles ni Internet) y con una confesión del propio escritor.


Yo también fui un niño autodidacta en el amplio universo de los libros, mi experiencia fue distinta pero parecida a la narrada por Javier en esta novela. Los primeros libros que entraron en mi casa fueron los libros de texto del colegio de mi hermana, cuatro años mayor que yo. Leí lo que pude, asaltando la exigua biblioteca de mi Escuela Nacional Bellavista. Gracias a la veneración casi religiosa que mis padres analfabetos sienten por los libros, pude escoger y tener los libros que quise. Todos los domingos hay mercado en Canovelles, población colindante a mi natal Les Franqueses del Vallés (junto a Granollers). En Canovelles vivía mi tía Dolores, hermana de mi padre, hasta que decidieron volverse al pueblo, a Osuna en Sevilla. Aprovechando la visita dominical que le rendíamos, mi padre y yo parábamos en la librería de barrio obrero: la Ikastola (colegio en vasco y evidentemente regentada por vascos), que estaba al lado de la puerta de mi tía. Allí, yo era libre y rico, podía escoger el libro que quisiera. No nos engañemos, todos ellos eran ediciones rusticas y baratas, ediciones para obreros. Mi padre pagaba gustoso y orgulloso mi elección: su hijo leía como hacen los hijos de los catalanes ricos. Lecturas al asalto, sin guía, sin tutela, bueno, dentro de los márgenes que el fondo de una librería de barrio de inmigrantes pobres tenía en los años 70 tras el final de la dictadura de Franco. En fin, lectura gozosa con el mismo placer que nos cuenta Pérez Andújar en su Los príncipes valientes. Un amor difícil de describir al que nunca se ha envenado con él. Javier nos narra ese amor con una elección de las palabras minuciosa y mimosa, mostrando gran respeto y cariño por las herramientas de su profesión.


Como ya he apuntado son tres libros en uno. El ya comentado del amor a los libros y a la escritura, el segundo es el libro de la construcción de la conciencia de clase construida con los recuerdos de su familia, y, el tercero, son los breves ensayos sobre cultura con c minúscula, esa precisamente que ensalza majestuosamente en el pregón de las Festes de la Mercè de 2016. La cultura, esa cultura que es industria, que no requiere de subvención para sobrevivir, y por la que nunca se va a recibir premio alguno, ni reconocimiento de los muy serios y cultos próceres de la patria de piedra, que es este lamentable y fallido estado nuestro.



Andújar no reniega de dónde viene y su análisis de la realidad —de los tebeos, de las novelas, de las series de detectives americanas—, es un ejercicio de dialéctica hegeliana. Pero tras narrarnos la despedida de su alter ego y camarada de libros Ruiz de la Hita nos confiesa en esta declaración de intenciones, en las páginas 229 y 230, lo que va a ser su vida de ahora en adelante:


«Me fascinará en mi pertenencia a la masa obrera el ideal de pueblo unido, pero a la vez rechazaré este idealismo, afectado de una aristocracia literaria que me ha sobrevenido tardíamente, y poseído por un biográfico resentimiento contra la clase en que nací, producto de mi incapacidad para integrarme en ella. En esta marginación, que ya no distingo si fue voluntaria o accidental, voy a exaltar vehementemente al solitario que corre, al Pinocho de madera cuando quiere huir de su condición artesanal, y voy a aclamar a los detectives vestidos de hombres vulgares que corren como personajes de cuentos entre gigantes de cemento. Pero todavía por encima de la épica de la masa que fluye y aún por encima de la épica del hombre corre escapando de ella, me sentiré fascinado en mi exclusión por la figura marginal del teniente Colombo, que es el individuo hijo de la masa, que se aparta discretamente a un lado para anotarlo todo en su libreta de hombre que escribe, y éste es al que yo voy a querer imitar en todo momento.»


Ya me he comprado La noche fenomenal (2019). Sé que la disfrutaré como lo he hecho con esta novela. Eso sí, espero no tardar cuatro años.


Tomado de Abrir un libro

                         




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JAVIER PÉREZ ANDÚJAR

Javier Pérez Andújar nació en  San Adrián de Besós en 1965. Es licenciado en filología hispánica por la Universidad de Barcelona. Su primera novela apareció en 2007, y sorprendió por su originalidad: Los príncipes valientes, a la que siguió y Todo lo que se llevó el diablo y Paseos con mi madre. También ha editado y prologado las antologías de relatos fantásticos Vosotros los que leéis aún estáis entre los vivos y La vida no vale nada. Fue colaborador habitual de L’hora del lector de TV3 y en la actualidad colabora en el diario El Periódico.

Tomado de Escritores. ORG
                             

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PacoMan


En 1968 nace. Reside en Málaga desde hace más de cuatro lustros.

Economista y de vocación docente. En la actualidad sobrevive como puede: lo que viene siendo malvivir.

Aficionado a la Ciencia Ficción desde antes de nacer. Muy de vez en cuando sube posts a su maltratado blog.

Y colabora con el blog de Grupo Li Po

































































Actualizada el 09/12/2022



lunes, 15 de abril de 2019

La cara oculta de la Luna de Tintín

Por Javier Pérez Andújar





CosmoCaixa celebra el 50 aniversario de la llegada al satélite con una exposición que orbita en torno al díptico lunar de Hergé

El autor exorcizó en esos dos álbumes su crisis creativa y personal, así como sus remordimientos colaboracionistas

Lunes, 17/12/2018

Todo está en Tintín por la sencilla razón de que todo está en los libros. Lo cantaba Aute. Con Tintín los lectores de antaño tuvieron la premonición de que acabaríamos caminando sobre la Luna, como luego nos ocurriría en tantos bares bajo la música de Police; y también en esos dos álbumes de Hergé ('Objetivo: la Luna' y 'Aterrizaje en la Luna'), los lectores de hoy pueden señalar que Tintín, el capitán Haddock, el profesor Tornasol, hasta el perro Milú, vistieron por adelantado el traje de cocinar cristales azules de 'Breaking Bad'. Pero Hergé no nos hablaba del futuro, no era un visionario. Nos hablaba de sí mismo. Es decir, de su pasado. De nuestro pasado.


El año que viene se conmemorará el 50º aniversario del momento en que los astronautas Armstrong, Aldrin y Collins, a bordo del Apollo 11 se convirtieron en los primeros hombres en alcanzar nuestro solitario satélite el 20 de julio de 1969. Para celebrarlo, el CosmoCaixa inaugura este martes la exposición 'Tintín y la Luna. 50 años de la primera misión tripulada'. Por supuesto, buena parte está dedicada a la obra de Hergé, a mostrar cómo se documentó este genial dibujante belga, cómo realizó esos dos fascinantes álbumes a inicios de los años 50, casi dos décadas antes de que todo se convirtiera en realidad. A explicar por qué lo que imaginó resultaría tan parecido a lo que le aguardaba. La otra parte de la expo consiste en un recorrido por la curiosidad científica, por los avances técnicos que han girado alrededor de la luna, desde que Galileo construyó el primer telescopio para observarla hasta la época actual y más allá.


La vuelta al mundo en 80 días

Pero antes que Hergé, estuvo en la Luna Julio Verne. Tampoco se encuentran tan alejados uno y otro. Entre la muerte del escritor y el nacimiento del dibujante sólo han trascurrido dos años y dos meses. En ambos se trata de la misma Luna. Casi todo Hergé viene de Julio Verne. Todo Tintín es una vuelta al mundo en 80 días. El descenso en el submarino tiburón del profesor Tornasol en busca de los restos del Unicornio contiene el eco de las 'Veinte mil leguas de viaje submarino' a bordo del 'Nautilus' del capitán Nemo, príncipe indio en un exilio sumergido. 'Las aventuras del capitán Hatteras' de Verne, ese canto al anorak, impregnan 'La estrella misteriosa de Hergé'. No hay aventura de Tintín que no se asiente sobre una novela de Verne. Los dos álbumes que Hergé dedicó a la conquista de la Luna se corresponden respectivamente con dos títulos del novelista francés: 'De la Tierra a la Luna' y 'Alrededor de la Luna'. En ambos autores la trama está repartida de la misma manera. A lo largo de la primera aventura se explican con todo lujo de detalles y rigor (imaginario, pero también científico), los preparativos del viaje, y en la aventura siguiente se narran las peripecias y el final de dicho viaje. Tecnológicamente, Hergé acertó más que Verne (en el novelista los personajes van al espacio en un proyectil disparado por un cañón, desde Florida). Pero políticamente, Verne lo clava: los primeros en llegar a la luna iban a ser los americanos, y desde Florida.


Hergé, sentado a la mesa de dibujo.


Hergé va a la Luna porque ya no sabe dónde meterse. Es verdad que sigue los pasos de Julio Verne, pero su camino, su huida, es personal. Antes de llegar a la Luna, Tintín acaba de cruzar el desierto en 'El país del oro negro'. Las aventuras de Tintín están llenas de desiertos (el de dicho álbum, el de 'Los cigarros del faraón', el de 'El cangrejo de las pinzas de oro'...); y sin embargo Hergé necesita un desierto aún más lejano, más inhóspito, al que enviar a su personaje, es decir, a sí mismo. Hace tiempo que Hergé tiene los nervios destrozados, está agotado de trabajar sin parar, no soporta su matrimonio, va de depresión en depresión como el capitán Haddock va de salto en salto sobre los hoyos lunares, y todo esto lo somatiza con afecciones de la piel, eccemas en las manos que le causan dolor y le impiden dibujar. Hergé ya ha desaparecido antes varias veces dejando colgadas las aventuras de Tintín. En la revista 'Tintin', donde las historias se publican por entregas antes de salir en álbum, no saben qué hacer. Para calmar la impaciencia de sus lectores, aparecen en sus páginas imaginativas excusas sobre el dibujante. En esos días Hergé le escribe a su mujer Germaine, de la que se ha distanciado, cartas donde le explica que quiere irse al Colorado, a la Argentina, a vivir aventuras. Pero está en el lago Lemán, en la orilla de Suiza, pescando con su nuevo amigo el rey Lepoldo III de Bélgica, que vive en el exilio. Una cicatriz les une. El monarca ha tenido que abandonar el país para expiar su débil reacción ante la ocupación nazi. A Hergé le persigue la misma sombra. Media Bélgica purga en esos primeros años 50 a la otra media. A la vez que aparecen en la revista 'Tintin' las primeras entregas de 'Objetivo: la Luna', en marzo de 1950 se somete a consulta popular la vuelta de Leopoldo III. Gana el sí con el 57% de los votos. Donde ha arrasado es en la parte flamenca. En Bruselas y en la región valona no exoneran al rey. Brota la tensión en las calles, y en julio del año siguiente abdica Leopoldo en su hijo Balduino para evitar un derramamiento de sangre.


Viejos camaradas

Hergé ha reaparecido en la revista y el editor Raymond Leblanc le convence de que abra unos estudios con su firma, de que Tintín es demasiado grande y no lo puede seguir haciendo solo. Al principio Hergé se opone, y dice que él no va a imitar a Walt Disney, que sus personajes sólo pueden vivir por él. Pero acaba aceptando. Bob de Moor se convertirá en su mano derecha en el equipo. Se lo ha recomendado otro ayudante, Albert Weinberg, que es quien pone a Hergé al corriente de las lecturas de astronáutica que necesita para el díptico lunar, y a quien se atribuye la paternidad del personaje más profundo de esas dos aventuras, el atormentado ingeniero Wolff.

Aunque Hergé no va seguir los guiones que le envían, dispone en esta ocasión de dos guionistas: el criptozoólogo Bernard Heuvelmans (más tarde le ayudará con el yeti en 'Tintín en el Tíbet') y Jacques Van Melkebeke (asimismo guionista en otros álbumes de Tintín). Durante la ocupación Van Melkebeke y Hergé habían sido compañeros en el periódico colaboracionista 'Le Soir', donde Hergé siguió publicando las aventuras de su joven héroe. Pero la guerra ya pasó, y ahora Van Melkebeke es el redactor jefe de la revista 'Tintín'. Recientemente, le ha encargado a otro viejo amigo de ambos una serie de ciencia ficción, que ha tenido mucho éxito: 'El secreto del espadón', de Edgar P. Jacobs, donde se dan a conocer los personajes Blake y Mortimer. De nuevo Van Melkebeke quiere probar suerte con el género, y a Hergé le gustaría ganar también en esto a Jacobs. Pero el editor Raymond Leblanc despide fulminantemente a Van Melkebeke. Leblanc fue de la resistencia y acaba de enterarse de que Melkebeke había publicado artículos en 'Le Soir' exaltando los juicios de los nazis contra los civiles belgas. El editor, que intercedió por Hergé para salvarlo de la purga, no va a tolerar esa abyección al redactor jefe. Hergé acoge en su casa a su viejo camarada y le pasa trabajo de negro para la revista, que le paga de su bolsillo. Alguien le denuncia y lo encarcelan. Su mano derecha, Bob de Moor viene de la revista 'Kuifje', la edición flamenca de 'Tintin', y asimismo ha sido investigado por hacer caricaturas colaboracionistas durante la ocupación.

Diseño de un V-2, muy similar al elaborado por Hergé y que aparece en las páginas de Objetivo: la Luna. Tomad de Wikipedia


Los V2 nazis de Von Braun



De ese mundo, de la cara oculta de aquella época, también nos hablan estos dos álbumes. Es preciso atender al personaje del ingeniero Wolff (su nombre significa lobo, término fetiche entre los nazis). Wolff es el traidor que se suicida arrojándose al espacio para dar su oxígeno al resto de los tripulantes y salvarlos de la asfixia. La suya es la historia de quien se ve obligado a servir a los malos y que arrepentido sacrifica su vida para salvar a los buenos. El cohete ajedrezado en blanco y rojo de Tintín, quizá el más icónico de la cultura popular, nos habla de lo mismo. Es un calco de los misiles V2 diseñados por Wernher von Braun para la Wehrmacht. Todo está en Tintín.

Tomado de El periódico


Exposición "Tintín y la Luna" | Museo de la Ciencia CosmoCaixa



Exposición "Tintín y la Luna" | Museo de la Ciencia CosmoCaixa
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Exposición "Tintín y la Luna" | Museo de la Ciencia CosmoCaixa





Las aventuras de Tintín: Destino: la Luna / Exploradores en la Luna (Belvision - Extracto)
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Las Aventuras de Tin Tín Latino - 19 "Destino & Exploradores de La Luna"





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Javier Pérez Andujar. Fotografía de Eugeni Forcano


JAVIER PÉREZ ANDÚJAR

Javier Pérez Andújar nació en  San Adrián de Besós en 1965. Es licenciado en filología hispánica por la Universidad de Barcelona. Su primera novela apareció en 2007, y sorprendió por su originalidad: Los príncipes valientes, a la que siguió y Todo lo que se llevó el diablo y Paseos con mi madre. También ha editado y prologado las antologías de relatos fantásticos Vosotros los que leéis aún estáis entre los vivos y La vida no vale nada. Fue colaborador habitual de L’hora del lector de TV3 y en la actualidad colabora en el diario El Periódico.

Tomado de Escritores. ORG