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lunes, 20 de abril de 2026

Alberto Hernández: En el "El habla secreta" segunda parte, José Napoleón Oropeza hace un arqueo de los poetas venezolanos que han mantenido una propuesta individual y coherente

 




CRÓNICAS DEL OLVIDO


El habla secreta (segunda parte), de José Napoleón Oropeza


Alberto Hernández lunes 24 de mayo de 2021


El habla secreta (segunda parte), de José Napoleón Oropeza (CoberGroup / Seguros Caracas / Ipapedi, 2020).


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En el prólogo de la primera parte de El habla secreta, publicado por la Dirección de Medios y Publicaciones del Departamento de Producción Editorial de la Universidad de Carabobo en julio de 2011, su autor, José Napoleón Oropeza, escribió:


Cuando los filósofos o poetas presocráticos nos propusieron la síntesis e indagación del universo tomando como centro cosmogónico la imagen del agua, de la tierra, del fuego o del aire, abrieron la puerta del conocimiento a una especulación de la materia que admitía, en el proceso, la derivación de esas imágenes —tierra-aire-fuego-agua— en otros signos equivalentes a su fuerza centrípeta...


Sin descanso, Oropeza se concentró en estos elementos en compañía del silencio y la soledad, mientras el río de Heráclito sustanciaba la vida y las palabras y se resumían en líneas arteriales para dar a conocer la circulación espiritual del hombre: la poesía.


Así, los elementos, ataviados de voces, se hicieron ecos, resonancias, tiempo y espacio. La poesía le añadió a la vida otra vida. Le insufló aliento eterno. La de nuestro país encuentra en José Napoleón Oropeza a un buceador, a un investigador que entra y sale de los poemas como entra y sale del imaginario de sus reflejos.



El que estudia este oficio, el de escribir, soñar, vivir o morir, es también parte de los sueños.

Aire, agua, fuego, tierra: amasados en el ojo que lee. Revelados en la extensión de las horas, en la historia personal de cada creador.


En ese primer volumen, ganador del Premio I Bienal Nacional de Literatura Orlando Araujo 2001, nuestro ensayista ha estudiado a poetas venezolanos del siglo XX. Largo sería enumerarlos al comienzo de este escrito dedicado al segundo volumen, razón por la cual al final serán dados a conocer los nombres de los autores estudiados por José Napoleón Oropeza.


 


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La segunda parte El habla secreta, rostros y perfiles en la poesía venezolana de los siglos XX y XXI, editado esta vez por CoberGroup, Seguros Caracas y el Instituto de Previsión Social del Personal Docente y de Investigación de la Universidad de Carabobo (Ipapedi), en Valencia, 2020, recoge estudios de autores de poesía de relevancia nacional e internacional de distintos rostros y perfiles, como ha sido la intención del autor en todos los estudios, tanto en el primero como en el segundo y los venideros.


La continuación es una permanente porfía. El que estudia este oficio, el de escribir, soñar, vivir o morir, es también parte de los sueños: escribe para saberse parte del poema, porque la poesía es de quien lee y es leído. De esta manera, Oropeza cuando analiza disfruta; cuando escribe respira, y con él todos los poemas y los autores tratados en estas páginas.


Para darle inicio a este libro, José Napoleón Oropeza se vale de la metáfora del arca de Noé, su construcción, su espacio donde caben todos los milagros, todos los silencios, todos los miedos, todas las esperanzas, todas las palabras.

Miguel Ramón Utrera. Fotografía de Sandra Bracho.



Esa imagen revelada da cuenta entonces de un ensayo en el que Oropeza se embarca para trabajar con denuedo y densidad el trabajo poético de Miguel Ramón Utrera desde “Los nombres de la noche y el paisaje”; de María Calcaño con el título de “Los árboles salvajes de su poesía”; “Ceremoniales y cantos a la muerte”, en Miyó Vestrini; “Relámpagos y puertas”, en Antonia Palacios; “El cielo sin aldabas”, en Martha Kornblith; “Múltiples mares y un mismo caracol”, en Edda Armas; “La palabra como piedra y nube”, en Belkys Arredondo Olivo; “Espejos y caminos para nombrar a un árbol”, en María Clara Salas, y “La luz transmutada en un fulgor de piedra”, en Lázaro Álvarez.


Se dice y confirma un esfuerzo intelectual que merece la atención de los lectores del país, porque no se trata de dos volúmenes que revisan las voces de nuestra poesía. Son cinco los volúmenes que poco a poco se irán integrando a las bibliotecas de los lectores venezolanos.


En el prólogo de esta segunda aventura verbal, el autor expresa:


Tras la meta propuesta, hemos realizado un arqueo e inventario de nombres de algunos poetas venezolanos que, a través de dos o más obras, han mantenido un discurso coherente y sólido en la novedosa indagación formal de un determinado tema. Ello nos permite —al mismo tiempo, quizá— intuir los hallazgos individuales en cada uno de los creadores, el “atisbo” de luz mantenido y desarrollado en sus indagaciones, ofreciendo la posibilidad de fijar un itinerario de las tendencias formales de la poesía venezolana de la actualidad y el aporte de una propuesta individual en el proceso del devenir histórico de nuestra poesía.


Martha Kornblith

 

Seguirán apareciendo volúmenes, porque aún quedan muchos autores que ya José Napoleón Oropeza ha estudiado.

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La primera parte, un poco más voluminosa, acerca al lector a autores como Salustio González Rincones, José Antonio Ramos Sucre, Fernando Paz Castillo, Vicente Gerbasi, Enrique Arvelo Larriva, Luz Machado, Ida Gramcko, Ana Enriqueta Terán, Juan Liscano, Juan Sánchez Peláez, Rafael Cadenas, Rafael José Muñoz, Ramón Palomares, Alfredo Silva Estrada, Víctor Valera Mora, Gustavo Pereira, Rafael Ángel Insausti, Eugenio Montejo, Luis Alberto Crespo, Teófilo Tortolero, José Barroeta, Reinaldo Pérez So, Hanni Ossott, Alejandro Oliveros, Rafael Arráiz Lucca, Armando Rojas Guardia, Yolanda Pantin y Harry Almela.


Una obra que ha mantenido al profesor y académico valenciano inmerso en el mundo de tantos poetas durante varios años. Madrugadas para saber de las sombras y luces de autores que han hecho de sus existencias sonidos y música, ávidos de voces que alimenten la imaginación y provean a los lectores de belleza y pensamientos.


Seguirán apareciendo volúmenes, porque aún quedan muchos autores que ya José Napoleón Oropeza ha estudiado. Ya están escritos esos tomos que serán dados a la luz cuando también se sepa que nuestro país se sostiene anímicamente sobre ecos, revelaciones, secretos, misterios, amores y odios, sobresaltos y quietudes.


Habrá tiempo para trabajar cada uno de los ya publicados tomos de esta necesaria aventura.


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José Napoleón Oropeza

Puerto Nutrias, 1950 – Valencia, 2024. Narrador y ensayista. Licenciado en Educación egresado de la Universidad de Carabobo (1972). Doctor en Literatura por el King’s College London (1982). Fue profesor de la Universidad de Carabobo en la Cátedra de Teoría y Análisis Literario de la Maestría de Literatura Venezolana. Como gestor cultural, presidió el ateneo de Valencia (1991-2007) y la Federación de Ateneos de Venezuela (1991-1994).


Su obra narrativa comprende diversos títulos: Parte de la noche (Cuentos. Universidad del Zulia, Maracaibo, 1971), La muerte se mueve con la tierra encima (Cuentos. Monte Avila Editores, Caracas, 1972), Las redes de siempre (Novela. Monte Ávila Editores, Caracas, 1976), Ningún espacio para muerte próxima. Cuentos 1969-1976  (Cuentos. Monte Ávila Editores, Caracas, 1979), Las hojas más ásperas (Novela. Monte Ávila Editores, 1980), El bosque de los elegidos (Novela. Fundarte, Caracas, 1986) Entre el oro y la carne (Novela. Editorial Planeta Venezolana, Caracas, 1990), La guerra de los caracoles (Cuentos.  Monte Ávila Editores, Caracas, 1991), Testamento de un pájaro (Novela. S.d., 1992 – Universidad de Carabobo, 1999), La carta que contenía arena (Cuentos. Monte Ávila Editores Latinoamericana, 2002) Entre la cuna y el dinosaurio. Cuentos completos 1972-2002 (Cuentos. El otro, el mismo, 2006)), Las puertas ocultas (Novela. Bid&Co Editor. 2011), El cielo invertido (UCAB – Bid & Co Editor, Caracas, 2016), La lluvia inconclusa (novela. Rubiano Ediciones, 2022) y El huésped invisible. Cuentos. 2002-2015 (Monte Ávila Editores, Caracas, 2023). Su obra literaria abarcó también la poesía, el ensayo y la crítica destacándose con títulos como: Para fijar un rostro y El habla secreta.


Premio de Poesía Alberto Arvelo Torrealba (s.d., 1970). Premio Único de Cuentos de la Universidad del Zulia (s.d., 1971 y 1972). Premio Único del Concurso Anual de Cuentos del diario El Nacional con su cuento La muerte se mueve con la tierra encima (1971). Premio de Prosa de la Universidad de Carabobo (s.d., 1971). Premio de Novela Guillermo Meneses por su novela Las redes de siempre (1975). Premio Municipal de Prosa Manuel Díaz Rodríguez (s.d., 1983). Premio CONAC Narrativa (s.d., 1987). Premio Cuarenta años de la Universidad de Carabobo (s.d., 1999). Premio Bienal de Literatura Orlando Araujo por el libro El habla secreta. Rostros y perfiles de la poesía venezolana del siglo XX y XXI (primera parte. 2001). Premio de Cuentos de El Nacional por el texto Entre la cuna y el dinosaurio (2002). Doctorado Honoris Causa en Educación, otorgado por la Universidad de Carabobo (2007). Premio de la Crítica a la Novela por su novela Las puertas ocultas  (2011). Individuo de Número de la Academia Venezolana de la Lengua (2015). Premio Nacional de Cultura Mención Literatura por su trayectoria literaria (2021-2022).  Premio Nacional de Literatura por su obra El habla secreta. Rostros y perfiles de la poesía venezolana del siglo XX y XXI (segunda parte. 2023). ​


Su obra ha sido incluida en diversas antologías y muestras de narrativa venezolana.



https://ficcionbreve.org/autor/jose-napoleon-oropeza/


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Alberto Hernández. Fotografía de Alberto H. Cobo.


Alberto Hernández, es poeta, narrador y periodista, Dirigió el suplemento cultural Contenido, del diario El Periodiquito (Maracay), donde también ejerció como director, secretario de redacción y redactor de la fuente política. Es egresado del Pedagógico de Maracay con estudios de postgrado de Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar. Es fundador de la revista literaria Umbra y colabora además en revistas y periódicos nacionales y extranjeros. En 2020 fue designado miembro correspondiente de la Academia Venezolana de la Lengua por el estado Aragua.  Ha publicado un importante número de poemarios: La mofa del musgo (1980), Última instancia (1985) ; Párpado de insolación (1989),  Ojos de afuera (1989) ganadora del 1r Premio del II Concurso Literario Ipasme; Nortes ( 1991), ; Intentos y el exilio(1996), libro ganador del Premio II Bienal Nueva Esparta; Bestias de superficie (1998) premio de Poesía del Ateneo de El Tigre y diario Antorcha 1992 y traducido al idioma árabe por Abdul Zagbour en 2005; Poética del desatino (2001); En boca ajena. Antología poética 1980-2001 (México, 2001);Tierra de la que soy, Universidad de Nueva York (2002). Nortes/ Norths (Universidad de Nueva York, 2002); El poema de la ciudad (2003). Ha escrito también cuentos como Fragmentos de la misma memoria (1994); Cortoletraje (1999) y Virginidades y otros desafíos.  (Universidad de Nueva York, 2000) y Relatos fascistas (2012),; cuenta también con libros de ensayo literario y crónicas. Además ha publicado los libros de ensayo Nueva crítica de teatro venezolano (1981) y Notas a la liebre (1999); la novela La única hora (2016) y los libros de crónicas Valles de Aragua, la comarca visible (1999) y Cambio de sombras (2001). 

Publica regularmente en Crear en Salamanca (España), en Cervantes@MileHighCity (Denver, Estados Unidos) y en diferentes blogs de Venezuela y otros países. Sus ensayos y escritos literarios han sido publicados en los diarios El Nacional, El Universal, Últimas Noticias y El Carabobeño, entre otros. Parte de su obra ha sido traducida al inglés, al italiano, al portugués y al árabe. Con la novela El nervio poético ganó el XVII Premio Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana (2018).

Publica un blog llamado Puertas de Galina. Parte de su obra ha sido traducida al árabe, italiano, portugués e inglés. 

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sábado, 18 de abril de 2026

FELIZ AÑO 1984 y CARAMELO DE YERBABUENA, Dos cuentos de ciencia ficción de Jesús Puerta

 

Imagen tomada de aquí


Estimados Liponautas

Tenemos el gusto de compartir con ustedes dos cuentos de ciencia ficción del escritor venezolano Jesús Puerta.

Esperamos disfruten de la entrada.

Atentamente 

La Gerencia




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Dos cuentos de ciencia ficción

 Abr 8, 2024


Jesús Puerta

FELIZ AÑO 1984


Él sabía que vendría el momento en que la ruleta de la vida terminara su vuelta completa y le tocaría estar del otro lado, es decir, sentado, más bien eyectado en aquel duro banco de cemento, en ese pasillo tenebroso de tanta fama entre los prisioneros, con su pobre cuerpo como un esqueleto forrado de pellejo debido al hambre, el sueño impedido por la luz nunca apagada del calabozo, la sed abrasadora. Un día vendría, lo supo siempre, en que él sería el torturado, y no el torturador. Le tocaría tarde o temprano, porque las purgas van y vienen, se suceden unas a otras; los que ayer mandaron mañana serán perseguidos y castigados, una y otra vez, a un ritmo vertiginoso, y los verdugos terminarán siendo las víctimas.


Y el día llegó, justo hoy, cuando los guardias dicen que reciben un año nuevo, y se dan palmaditas en los hombros deseándose un feliz año 1984; aunque él sabía, a pesar de los dolores de los golpes y los choques eléctricos en sus genitales, que llevaba por lo menos un año y medio en este papel. Sabía, y nada podía sacarlo de esa seguridad que era su ancla de cordura, que 1984 fue hace años, que ahora, en todo caso, es 1988, aunque también sabía que eso era lo de menos, que tal vez era otro año, cualquiera: 1984 o 1936 o 1976 o 2020, no importaba. Siempre estarían allí las pantallas omnipresentes, en todas las paredes, en todos los rincones, en los baños, en la inmensa fachada de los edificios grises, tristes y viejos, siempre estaría la arenga interminable del “Gran Hermano”, hablando de victorias históricas, de la derrota heroica de los enemigos, de los grandes avances en la economía; su rostro inmenso con su inmenso bigote en todas las paredes. Y también estaría allí la habitación 101, el lugar donde les aguardaban los peores horrores a los detenidos.


Todavía podía recordar (y ello le reconfortaba y hasta le producía placer) aquel prisionero de quien se encargó personalmente, sus alaridos histéricos, aterrados, cuando le pusieron junto a la cara, la jaula con la inmensa rata gris, inquieta, feroz, chillando hambrienta. Él le había colocado el mecanismo en la cara, ese pequeño túnel por donde la bestezuela correría glotona para comerle los ojos, las mejillas, los tejidos blandos de la cara, con tan sólo levantarle la puertecilla.


– ¡A Julia! ¡Póngasela a Julia!- aulló el desgraciado.


La traición se había consumado. Desecho, el prisionero apenas tenía aliento para un ahogado sollozo. Él se sintió bien. Este trabajo le gustaba. Se sentía poderoso. Tanto como el Gran Hermano. En realidad, él era el gran Hermano cuando conseguía, no tanto esas confesiones, que podían ser una simple estratagema para evitar el sufrimiento, y no, como ahora lo estaba experimentado su prisionero, una capitulación absoluta ante el Poder. Su moral, su amor propio, su vida había quedado quebrada después de desear, para aquella tortura insoportable, que se le aplicara a su amor, a Julia.


En la habitación 101 se aplicaban torturas únicas, adecuadas especialmente a cada prisionero, porque cada uno tenía su horror más secreto, idiosincrático, singular.


Tantos años torturando, le habían despertado la curiosidad ¿Cuál horror le reservarían? Él las había aplicado todas, a tantos. Conocía antiguas y novísimas  torturas. Tal vez, todas. No tardaría en saber cuál sería la suya, la únicamente suya.


– ¡Hola!- , le saludó su verdugo-.  Seguro te estás preguntando cuál tortura te aplicaré a ti, que torturaste a tantos durante tantos años.


– Sí, desde 1984 -, contestó con las comisuras contraídas. El verdugo soltó una carcajada.


-¡Caramba! Me parece excelente que tengas tan buen humor en este momento-. Otro verdugo apareció con una mesita de ruedas donde destacaban unas jeringas y unas botellitas con un líquido transparente-. Tú conoces todo el protocolo. Sabes que cada individuo tiene uno y solo un terror singular y definitivo, el que es capaz de quebrarlo, por más valiente y heroico que se considere a sí mismo ¿Verdad? Nosotros, como sabes, estudiamos a cada uno de nuestros prisioneros. Sé que tú mismo dirigiste esos estudios en infinidad de casos ¿Verdad?


– Supongo que la tortura no es ponerme a esperar e imaginar qué podrían hacerme. Ya lo sé todo.


– ¡Oh, no! ¡Claro que no! Eso te haría recordar e imaginar, y sabemos que disfrutas con esos recuerdos y esas figuraciones. Te hacen sentir poderoso y no hay placer más grande que sentirse poderoso ¿Verdad? No, colega, para ti también tenemos preparado algo especial ¿Ves esta jeringa? Contiene una droga. Obvio ¿Ya te imaginas qué es?


– Supongo que no será esa que hace que duela todo el cuerpo. Eso es muy trillado.


El verdugo no escatimó fuerza en la bofetada.


– ¡Vamos! ¡No nos subestimes! Te hemos estudiado, colega. Y sabemos que esto sí que no lo vas a soportar. Sabes que torturar exige unas competencias específicas. Una de ellas es la de estar completamente insensible a la empatía y la culpa. Al pasar los años en este empleo, colega, sólo nos va quedando esa sensación tan placentera del poder puro, el de hacer sufrir al otro, a cualquiera.


El verdugo tomó la jeringa, le dio unos golpecitos con los dedos y empujó el émbolo hasta que un chorrito salió por la aguja. El verdugo se aproximó al cuerpo doliente de Smith, le subió la manga derecha del mono azul propio de los prisioneros políticos y le aplicó la aguja al brazo huesudo.


– Pero, si existiera una manera, así sea química, de lograr que esos sentidos dormidos de la culpa y el remordimiento, despertaran… ¡Ah, qué terrores lograríamos! Preferirás mil veces que mi mano fuera la rata en la jaula que le colocaste a aquel prisionero ¿Te acuerdas? Ya no podrás disfrutar de ese recuerdo. Ahora tendrás un sufrimiento mil veces peor: la culpa y el arrepentimiento.


El alarido se escuchó por todos los pasillos del gran edificio. Y no podrás culpar a nadie más, porque el Gran Hermano eres tú y tú mismo te aplicarás la peor de las torturas.


CARAMELO DE YERBABUENA


 Entró a su automóvil como quien se lanza a un precipicio. Adentro, en el puesto del copiloto, ella lo aguardaba. Lo envolvió con el brillo de sus ojazos y ni siquiera el tapaboca pudo ocultar su sonrisa. Sacó de su cartera una cajita de plástico. Él encendió la máquina, arrancó y pronto bajaba por la avenida que lucía sorprendentemente vacía, libre de otros vehículos y hasta de peatones. Desde afuera era difícil ver lo que ocurría en la cabina por los vidrios oscuros de las ventanas y el parabrisas. Incluso los drones tendrían dificultades para captar los movimientos de sus manos, el significado de esos húmedos resplandores en la única parte de los rostros expuestos.


 Tomaron el distribuidor por una de esas rampas que desafían la gravedad. Ya en la autopista, él aceleró. Así sería casi imposible descubrir que ella había sacado de la cajita de plástico, en un segundo, una diminuta esfera blanca. Ella lo capturó de nuevo con su risueña mirada, al tiempo que, en un instante, llevó su mano a la boca, impulsando la pequeña pastilla adentro. Cerró los ojos y suspiró con satisfacción. 


 Él sabía con seguridad las trayectorias de los drones en el aire, pues había sido uno de sus programadores. Su vuelo era sinuoso. Debían captar lo que ocurría en las cabinas de los pocos vehículos que se desplazaban por las anchas vías que se curvaban peligrosamente a esa velocidad. Por ello, las máquinas voladoras, equipadas con potentes cámaras, oscilaban, de derecha a izquierda, barriendo el campo de aquellas rampas. Había un pequeño hiato que debían aprovechar para cometer el delito. Un grave delito.


 Con decisión, ella se le acercó. Advertido por el calor de su aliento, a menos de un dedo de distancia, él se volteó e impulsó su boca a la de ella. Alzaron rápidamente el borde superior del tapaboca para ofrecer sus labios abiertos.


 El placer, cuando es prohibido, puede resultar eterno aunque dure un segundo. Ella empujó el caramelo con la lengua a la de él, acariciándosela. Las dos prolongaciones musculares, húmedas, ansiosas, se frotaron entre sí por un momento, lubricadas por la miel de su saliva, en medio del delicioso efluvio de yerbabuena.


  Fue tan sólo un segundo. Cuando miraron al frente, descubrieron la cabeza electrónica, idéntica a un insecto monstruoso, que se había colocado frente a su parabrisas. El motor se apagó y él tuvo que aparcar en la orilla para esperar la jaula rodante ya avisada por el dron.


  Era un riesgo previsto y asumido. Aunque ahora les viniera el castigo previsto, la reclusión y la tortura, al tiempo que en sus oídos resonaba la justificación de parte de aquel inquisidor del orden profiláctico total: “debemos, por su propio bien, salvarlos del contagio de nuevas pandemias para siempre”, no se arrepintieron de haber saboreado aquella frescura deliciosa de la yerbabuena, la caricia de sus lenguas y la tibia saliva del otro.


 Era un grave delito en el Gran Orden Profiláctico. Millones de virus fueron de una boca a la otra. Pero aquello podía ser el principio del fin. Los caramelos de yerbabuena ya estaban en las carteras y los bolsillos, sugiriendo nuevas trasgresiones.


https://eldienteroto.org/wp49/dos-cuentos-de-ciencia-ficcion/



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(La Guaira, 1956)

Estudios: Licenciado comunicación social. Maestría literatura latinoamericana. Doctor en ciencias sociales.


Actividad académica: Profesor de la Universidad de Carabobo, de la Escuela de Planificación Nacional. Fundador del Doctorado de Ciencias Sociales de la Universidad de Carabobo. Fundador de la revista Estudios Culturales. Ex director de la revista Faces de la UC. Ponente en eventos científicos.


Otras actividades profesionales: Columnista en varios medios. Ex asesor de la corporación de radiodifusión de Nicaragua. Reportero de Notitarde y últimas noticias.



Libros: El último de los agrios, Círculo abierto, I love kpucha, Arena, Un bello crimen, El humorismo fantástico de julio Garmendia, Modernidad y cuento en Venezuela, Interpretar el horizonte, Cuando los pueblos interpretan y Para leer el socialismo del siglo XXI. Además, ha contribuido con capítulos de varios libros tales como Chavismo: Genealogía de una pasión política y es compositor con más de 50 canciones.




Tomada de El Diente Roto.


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Alegoría, parodia y otras formas de alteridad.

Por Freddy Crescente




Mis contactos con Estuloca,

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ENVÍALO TODO.

Un cuento de Ciencia ficción de Javier Domínguez



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domingo, 5 de abril de 2026

Juan Antonio Segrestáa, un editor "francés" de Los Miserables, nacido en Puerto Cabello




Juan Antonio Segrestáa, o una pasión por la ciudad (Puerto Cabello 6 de marzo de 1830- Puerto Cabello 31 de diciembre de 1902)


Trabajos de los Académicos



Juan Antonio Segrestáa, o una pasión por la ciudad



Escrito por José Alfredo Sabatino Pizzolante



Discurso del Dr. José Alfredo Sabatino Pizzolante, con motivo de su incorporación  como Individuo de Número a la Academia de la Historia del Estado CaraboboCasa La Estrella – 15 de Noviembre de 2008.


Entrada de la Casa de la Estrella. En la intersección de la avenida  Soublette con calle Colombia.


De cuando en cuando la historia nos sorprende con hombres que no viven para sí. Son personas que han comprendido que la vida en sociedad no es fácil, y que todo pueblo tiene necesidades, anhelos y derechos que les deben ser satisfechos. Son esos hombres que levantan su voz ante cualquier injusticia, sin atender a intereses personales, mucho menos a intereses mezquinos. La historia les reconoce con el apelativo de Prohombres. El personaje de quien nos proponemos hablarles, don Juan Antonio Segrestáa, es uno de ellos. Vivió para la ciudad y por los demás, como así lo testimonian sus innumerables actuaciones públicas y ejecutorias personales; tan cierto lo anterior, que es este desempeño público el que arroja mayores datos sobre su figura, pues su vida privada continúa siendo casi desconocida.

Por gentil postulación que hicieran los académicos Asdrúbal González, Miguel Flores Sédek y Enrique Mandry para que el suscrito ocupara el sillón “B” de este importante cónclave, así como por la receptividad de los Académicos quienes se manifestaron a favor, nos encontramos hoy aquí. Gran responsabilidad y al mismo tiempo honor, pues nos toca ocupar el mismo sillón que quedara vacante luego de la súbita desaparición del Dr. Marco Tulio Mérida, científico e historiador de importante obra y múltiples iniciativas, compartiendo así con un grupo de historiadores carabobeños, cuyo trabajo siempre nos ha servido de guía.

A esta casa llegamos por proposición de nuestro recordado y eterno  Cronista don Miguel Elías Dao, de la mano de un intelectual amigo el Dr. Carlos Cruz, y sus puertas nos fueron abiertas sin reservas por don Luis Cubillán Fonseca. En esta casa siempre encontramos el oportuno consejo, y de ella tenemos el recuerdo de amenas conversas con inolvidables personajes hoy ausentes, y entre quienes resultan de obligada mención don Fabián de Jesús Díaz, el Prof. Rafael López Risso y don Eduardo Arroyo Álvarez.

Decíamos que Juan Antonio Segrestáa es un prohombre de extraordinaria valía, y hoy nos proponemos presentarles en apretada síntesis algunos rasgos biográficos, al tiempo que algunas reflexiones sobre el sentido de su vida, producto de una investigación todavía en curso. ¿Acaso la investigación histórica termina alguna vez?

Alí Brett Martínez


Nuestro interés por el personaje nos viene desde que leyéramos la bien documentada obra de Alí Brett Martínez sobre el periodismo y las imprentas del puerto (1973), en el que el periodista falconiano intenta la primera aproximación biográfica sobre Segrestáa, de quien dice era francés y procedía de Puerto Rico al momento de su llegada a estas tierras. Sin embargo, debemos a nuestro hermano Orlando —lamentablemente hoy ausente— la casi obsesión que nos invadió por el personaje, tras las muchas conversaciones y discusiones sobre su papel en el acontecer cultural de la ciudad, cuya monumental hechura perdura hasta nuestros días, materializada en el hermoso teatro que engalana a la urbe marinera.

Carlos Brandt


La oralidad jugó un papel determinante en lo concerniente al origen de Juan Antonio Segrestáa. La especie según la cual aquél habría nacido en Francia y llegado a Puerto Cabello a mediados del siglo XIX, corrió en la ciudad por décadas; esta idea fue tempranamente sostenida por el escritor carabobeño don Carlos Brandt, primer Cronista Oficial de Puerto Cabello, quien tuvo la oportunidad de conocer al notable impresor. Otro de los que así lo sostuvo, en las páginas de la revista Punta Brava fue don Ramón Díaz Sánchez, y a partir de entonces absolutamente todos los que se han referido a Segrestáa le atribuyeron la nacionalidad francesa. De allí que no es de extrañar lo afirmado por Brett Martínez, a pesar de lo acucioso de su trabajo.

Ramón Díaz Sánchez. Imagen tomada de Prodavinci.


Dos hechos, sin embargo, siempre nos llamaron la atención en el marco de la investigación que apenas iniciábamos, producto de la temprana lectura de El Vigilante,  uno de los periódicos más importantes dirigidos por Segrestáa. Primeramente, nuestro personaje había ocupado la presidencia del Concejo Municipal local el año 1860; siendo que algunos fijaban su supuesta llegada a la ciudad hacia 1859, no tenía mucho sentido que un extranjero ocupara tan importante cargo público, mucho menos aquel año. En segundo lugar, la lectura de una crónica, aparecida en la edición del 16 de julio de 1862, que contradecía su condición francesa: “En Pto. Cabello —escribe Juan Antonio— necesitamos un templo, un muelle, un matadero, un teatro y otras obras importantes a que se hace acreedor por ser el segundo puerto de la República y por su importancia en la provincia de Carabobo. Siempre que hemos hablado de localidad, siempre que hemos hablado en nuestra crónica de mejoras ha sido impulsado por el amor que tenemos al pueblo que nos vio nacer…”.

Se trata del único texto en el que Segrestáa hace alusión directa a su lugar de nacimiento, pero aquello no resultaba suficiente, debíamos localizar el documento que así lo confirmara. La búsqueda efectuada en los libros pertenecientes a la Parroquia San José de Puerto Cabello, entonces conservados en el Archivo de la Arquidiócesis de Valencia, nos permitió localizar el acta de matrimonio de Juan Antonio Segrestáa y María Magdalena Salom, hija del prócer porteño, ceremonia celebrada el 15 de febrero de 1858. Lo interesante de esta acta, es que a través de ella pudimos conocer los nombres de sus progenitores: Juan Antonio Segrestáa y Emilia Claverie. Este documento, desafortunadamente, no ayudaba a despejar las dudas en torno a su lugar de nacimiento.



Más tarde, leídos y releídos los asientos contenidos en los libros de bautismo de la parroquia porteña, localizamos el documento que puso fin a nuestra búsqueda: ¡La Fé de Bautismo de un párvulo quien llevaría por nombre Juan Antonio, nacido el 6 de marzo de 1830, y cuya madre era Emilia Claverie, natural de Francia!  

La incógnita estaba despejada: Juan Antonio Segrestáa Claverie había nacido en Puerto Cabello. Aunque su presentación ante la iglesia por parte de su madre y, en especial, la omisión del nombre de su padre en la fe de bautismo, sugieren algún tipo de conflicto, apuntando quizás a su condición de hijo natural, más tarde Juan Antonio adoptará el apellido de su progenitor.


Imagen tomada de aquí.


Nada se conoce de sus andanzas hasta 1854 cuando aparece como traductor del libro Los Misterios del Pueblo, de Eugenio Sue, que viera luz en la imprenta de Rafael Rojas. Se tratan de veinticuatro años vitales para comprender dónde y cómo nuestro personaje adquirió el dominio del francés y el inglés, el extraordinario manejo del castellano y una vasta cultura que rebasan el simple autodidactismo. 

Estamos convencidos que en esta etapa el joven Segrestáa sería enviado a Europa, quizás a Burdeos, para completar sus estudios, lo que explicaría una hermosa tarjeta de presentación que años atrás nos obsequiara el Sr. Manuel Picher, en la que nuestro personaje se identifica como Licencié es Lettres. Sería durante esta estancia europea, además, cuando se inicia en la masonería teniendo luego activa participación en la logia local.

Manuel Felipe de Tovar


De vuelta a la ciudad a la par de sus actividades literarias, trabaja como dependiente de la casa de comercio de José Ma  Castillo Eraso, y en 1859 se independiza ofreciendo “sus servicios á los señores comerciantes de esta plaza en todo lo concerniente al ramo del comercio”. Es esta la época en que se estrena en el oficio del periodismo fundando su primer periódico El Vigilante, que se imprime inicialmente en la Imprenta del Comercio, propiedad de Epifanio Sánchez, establecimiento que más tarde termina adquiriendo. Los acontecimientos del momento parecen despertar en Juan Antonio el animal político que muchos llevan por dentro, de allí que las páginas de su periódico sin reserva de ningún tipo respalden la candidatura de Manuel Felipe de Tovar a la Presidencia de la República, y su propio nombre sea propuesto para representar a la localidad en la diputación regional.

No es casualidad, entonces, que lo encontremos en 1860 ocupando la presidencia del Concejo Municipal. Durante su ejercicio de gobierno la ciudad experimentó muchas mejoras, su mandato municipal ha sido de los más beneficiosos y comparable a los de Federico Carlos Escarrá y Manuel María Ponte también durante el siglo XIX. Es así como se procede a la reparación de los edificios públicos, a introducir mejoras en el suministro de agua para la ciudad y se comienzan las gestiones para la construcción del Templo Nuevo, hoy nuestra Catedral.




Los asuntos que la municipalidad debía atender resultaban tan numerosos que el mismo Segrestáa, en un gesto que lo enaltece, propone que el cuerpo municipal se reúna extraordinariamente todas las noches, a excepción de los días feriados, para conocer de los asuntos pendientes y darle pronta solución.

También durante este tiempo redacta, junto a Ramón Fuentes, el Proyecto de Ordenanza de Instrucción Pública y es designado por el Gobernador de la Provincia agente recaudador en la ciudad porteña del impuesto sobre la renta de los industriales. Positiva debió ser su actuación al frente del Concejo porque cuando en julio de 1860, al sufrir quebrantos en su salud, éste renuncia a la misma, dicho cuerpo municipal no acepta tal renuncia y, por el contrario, se le concede una licencia temporal para su restablecimiento.

Pero, sin lugar a dudas, su mayor preocupación fue el progreso cultural de la ciudad y por ello se convirtió en el principal promotor de la construcción del teatro. Desde las páginas de El Vigilante no se cansaba de emplazar, tanto a los ciudadanos como a la Municipalidad, para su culminación. Le apasionaba el teatro, de hecho era asiduo crítico del arte de Talía, como lo demuestran las numerosas crónicas aparecidas en sus periódicos.

Casa de Juan Antonio Segrestáa y donde había tenido su imprenta. Ubicada en la calle Ricaurte c/c Malecón. Foto coloreada, la fotografía original es de 1968.
Actualmente funciona en ese lugar el restaurant Picúa.
Imagen tomada de aquí
     


Hombre emprendedor y de variadas iniciativas —Orden y Progreso era el lema de su periódico— en una oportunidad expresó: “...Toda empresa, toda obra que redunde en beneficio público, que tienda a hacer progresar este pueblo debe acogerse con entusiasmo, y continuarse con perseverancia hasta su fin, sin detenerse en los obstáculos que para ello se presentan. En línea de progreso materiales no debe oírse más que una voz, la de: adelante...”.

Cónsul de Chile en Puerto Cabello desde 1868. Ocupó también el cargo  de Concejal en varias oportunidades y Diputado a la Honorable Diputación Provincial.



A la par de sus funciones públicas mantenía un establecimiento que bajo el nombre de “IMPRENTA Y LIBRERÍA DE J. A. SEGRESTAA” dejaría honda huella en los anales de la bibliografía patria. En cuanto a su labor como impresor, innumerables resultan las obras que en su taller viéronse impresas, tales como: Los Miserables, una versión integra sin censura, de Víctor Hugo; El Beso de Judas, de Luis M. de Lassa; el Diccionario del Estado Lara, de Telasco A. Mac-Pherson; los Almanaques, de Rojas Hermanos, entre muchas otras.


El almanaque Rojas Hermanos cuando era un libro. No la hoja que es actualmente.


Uno de los títulos más importantes impreso por Segrestáa, lo constituye Las Mentiras Convencionales del escritor alemán Max Nordau cuya traducción le correspondió a Miguel Picher y la revisión del texto a Fernando Olavarría Maytín, quienes laboraban en la misma imprenta. La importancia de dicho texto radica en que al parecer las primeras traducciones al español de ellas se hicieron en Puerto Cabello antes que en España, según el testimonio de don Carlos Brandt.



Sobre la calidad de sus impresos, que podemos apreciar hoy y que fue reconocida por sus contemporáneos, escribió Adolfo Ernst en 1884: “...La imprenta del señor Segrestáa en Puerto Cabello es una de las mejores de la República: tiene prensas mecánicas y está surtida de tipos de formas elegantes. Las muestras de impresiones que había enviado á la Exposición, eran muy hermosas y hacen honor al establecimiento y á su director...”. La Exposición a que hace referencia el sabio Ernst es la Exposición Nacional de Venezuela, celebrada en 1883 con motivo del centenario del natalicio del Libertador Simón Bolívar, y en la que Juan Antonio Segrestáa, en representación de Puerto Cabello, se hizo acreedor de una medalla de bronce por sus materiales de imprenta, y una de plata por sus trabajos tipográficos, compitiendo en este renglón con Herrera Irigoyen y Cía., propietario del célebre establecimiento El Cojo.

Adolfo Ernst

En cuanto a su labor como traductor vertió al castellano: Los Mohicanos de París, de Alejandro Dumás; Historia Filosófica de la Frac-Masonería, de Kauffmann y Cherpin; Los Tiradores en Méjico, de M. Reid; Los Misterios del Pueblo, de Eugenio Sue; por sólo citar algunas.




Como editor Segrestáa demostró estar a la vanguardia, embarcándose en proyectos editoriales de gran calidad y conforme a planes cuidadosamente elaborados, descritos al detalle en las Condiciones que anunciaba al público en búsqueda de suscriptores. Algunas de estas obras fueron publicadas en entregas parciales o por fascículos, susceptibles de agruparse en un tomo cuya tapa, portada e índice eran proporcionadas por la misma librería a los suscriptores, algunas veces de manera gratuita. Bajo este mecanismo, por ejemplo, se editaron Los Mohicanos de  París y un hermoso libro titulado Joyas del Teatro.

Como periodista es quizá donde más descollante fue su labor; ya que de su taller salieron numerosos periódicos, entre los que merecen particular mención El Vigilante, de corte antifederal y que circuló entre 1859 y 1863. El Diario Comercial, uno de los de más larga circulación en los anales del periodismo local. La Prensa Libre el cual jugó un papel importante en la construcción del teatro local, durante la década de los setenta y El Iris, considerada por el historiador Luis Alfredo Colomine como la primera revista literaria de Carabobo. Todos estos órganos de prensa servían de tribuna a las más variadas corrientes políticas, por antagónicas que fueren, incluían importantes secciones literarias y de noticias internacionales poco frecuentes en los periódicos de la época.

Guzmán BlancoImagen tomada de aquí.


Ejerció el periodismo apegado a estrictos principios éticos; así con ocasión de la circulación en 1877 de una hoja suelta contra Guzmán Blanco, supuestamente salida de su imprenta, Segrestáa enfáticamente niega que aquélla hubiese sido impresa en sus talleres, señalando que jamás había salido de su oficina ninguna hoja volante ni periódico sin la firma del establecimiento, ni jamás había publicado ningún escrito sin la firma responsable o del autor, sin que quedara  en la imprenta a disposición del agraviado o perjudicado.

El establecimiento de Segrestáa poseía una gran variedad de libros dispuestos para su venta, libros que abarcaban ramas tan disímiles como literatura, ciencias, artes, industria y comercio. Una librería muy bien surtida, en especial para su época, capaz de ofrecer al curioso 200 títulos en idioma castellano y un buen número en francés. Allí podía obtenerse igual un libro como la Astronomía de Aragó, que las Obras de Zorrilla o Santa Teresa; una novela como La Dama de las Camelias de Dumás el joven o bien las Obras de Hugo, Lamartine, Sand, Segur o Balzac en su idioma original. También agregó a su imprenta una sección de encuadernación y estaba en la posibilidad de hacer impresiones de piezas musicales.

Ramón J. Velásquez.


Es por todas estas facetas que Ramón J. Velásquez ha unido el nombre de Segrestáa al de Espinal, Herrera Irigoyen y Guruceaga, señalando que estos “constituyen cifras fundamentales en la historia de la bibliografía venezolana”.


Vista de Puerto Cabello (1842) Ferdinand Bellermann


Conocía la historia nacional y la regional con extraordinaria precisión, razón por la cual cuando acusan a Antonio Paredes de vender el célebre cañón de Pavía, supuestamente conservado en el Castillo de San Felipe, la Comisión designada por el Ejecutivo Nacional para investigar al asunto solicita colaboración a “personas notables por su competencia en historia patria”, y junto a los nombres de Arístides Rojas, Manuel Landaeta Rosales, Aníbal Dominici y Julián Viso encontramos el de Juan Antonio Segrestáa.

Arístides Rojas


            Sería ilógico pensar que el nombre de nuestro biografiado, refinado impresor y destacado periodista, no apareciese en esa gran revista literaria que fue El Cojo Ilustrado. Aun cuando no fue colaborador habitual de aquella, en la Edición de Gala con motivo de su quinto aniversario (1º de enero de 1896), sus propietarios decidieron solicitar la colaboración, y más que ello el autógrafo, de una serie de venezolanos cuya reputación había hecho conocer la prensa de la república. Por supuesto, allí estaba nuestro impresor, quien escribiría: “Bufón ha dicho que el hombre es el animal más feo de la creación. Físicamente considerada, esta opinión del célebre naturalista sería discutible: abundan para ello serias razones en pro y en contra; pero moralmente, ha planteado, al expresarlo, un axioma: esto es, ha dicho una verdad tan evidente que no necesita demostración”.


Durante la última década del siglo XIX dedicó todo su empeño al avance de las obras del Templo Nuevo, desempeñándose como Administrador ad-honorem del Teatro, próximo a concluirse sus trabajos. Su actividad en este sentido fue incansable y con excepción de los períodos en los que viajaba a Europa, siempre permaneció en la ciudad. En 1899 es nombrado Cónsul de Francia, cargo que desempeñó hasta el momento de su muerte.

Teatro municipal de Puerto Cabello. Imagen tomada de aquí.


En 1897 el Dr. Tomás Tirado, mediante una correspondencia dirigida a la Municipalidad, escribe: “...El pueblo de Puerto Cabello se propone ejercer un acto de estricta justicia colocando, en puesto de honor, en el Teatro Municipal el retrato del progresista Juan Antonio Segrestáa, a quien debe gratitud por sus valiosos servicios en obras de ornato y progreso realizadas á esfuerzo de su ejemplar perseverancia...”. El Concejo Municipal contribuiría con 200 bolívares para aquel retrato, realizado por Antonio Herrera Toro, que hoy puede ser apreciado en el Foyer del Teatro: de cierta estatura, barba poblada, dedos largos en sus arrugadas manos, mirada muy fija como al infinito y un aspecto de serenidad, o más bien de sobriedad, es el Segrestáa que nos presenta el pintor valenciano, hermosa y única imagen que conocemos del personaje.

Antonio Herrera Toro


De su vida privada es muy poco lo que sabemos, aunque comienzan a surgir interesantes elementos. De su matrimonio con María Magdalena Salom, nacerían Emilia, Juan Antonio Bartolomé Eliodoro del Carmen y Sofía Eloisa Benita del Carmen, además de un hijo que murió en 1861. En 1866 Juan Antonio sufre un duro golpe al producirse la muerte de su tía y madre adoptiva Sofie E. Claverie. Al parecer en 1875 muere María Magdalena, lo que explicaría que Segrestáa ahora viudo, y aquejado por problemas de salud, viajara en 1877 a Europa en compañía de sus hijos, quienes permanecerían allí desde entonces. ¿Se sentiría incapaz nuestro personaje de asumir la educación de sus hijos? ¿Temería por la suerte de ellos en una Venezuela que vivía de revolución en revolución? ¿A dónde y bajo el cuidado de quién envió a los niños? Son algunas de las interrogantes en espera de respuestas.


Foyer del Teatro municipal de Puerto Cabello con el retrato de Segrestáa. Imagen tomada de aquí.

La búsqueda que afanosamente adelantamos a principios de los noventa en la Biblioteca Nacional de París y en la Biblioteca de Burdeos, siempre con el ánimo de conseguir nuevas pistas sobre el paradero de sus descendientes y dar respuestas a nuestras muchas interrogantes, resultaron infructuosas. Sin embargo, cuando pensamos era nada la información que podríamos hallar, localizamos de manera por demás fortuita (1998) a través del Internet a Jean-Nöel Segrestaa, este último descendiente directo de Juan Antonio Bartolomé Eliodoro del Carmen Segrestáa, quien nos ha suministrado valiosa información sobre el paradero de los pequeños enviados a Europa en mil ochocientos setenta y siete. Hemos conocido, por ejemplo, que la vena literaria fue heredada por Jean Segrestaa —como firmaba sus trabajos Juan Antonio Bartolomé Eliodoro del Carmen— pues también se dedicó a las letras y la enseñanza, publicando en 1909 un poemario bajo el título de L´Amphore.

Juan Antonio Segrestáa muere el 31 de diciembre de 1902, en medio de la gran conmoción nacional y local causada por el bloqueo que los buques de Alemania, Inglaterra e Italia hacían a nuestras costas, lo que no fue óbice para que los porteños le dedicaran justo reconocimiento como hombre de sobresalientes méritos y virtudes, que le granjearon el respeto de la ciudad que le vio nacer.

***

Hemos titulado nuestro trabajo Juan Antonio Segrestáa o una pasión por la ciudad, por lo que debemos necesariamente reflexionar sobre el personaje y la atracción que siempre sintió por su terruño.

Asdrúbal González


            Sobre su empeño de dotar a la ciudad de las corrientes vanguardistas de la cultura europea, hablan los numerosos libros salidos de su taller; sobre su decidida vocación de periodista y, muy especialmente, su cabal entendimiento del papel imparcial que el comunicador social debe jugar, hablan los muchísimos periódicos que vieron luz bajo sus exquisitos tipos, aunque acierta el historiador Asdrúbal González cuando nos refiere en su obra Noticias de la Guerra Larga —sin duda uno de los mejores libros del autor— que Segrestáa usando la pluma como espada, a veces se dejó llevar abiertamente por un sentimiento antifederalista.

Pero sobre la pasión que Segrestáa mostró por Puerto Cabello, hablan muy especialmente sus numerosas crónicas y actuaciones públicas. Algunas de estas crónicas, bien valen la pena ser conocidas.

Así, con motivo de la renuncia del Mayordomo de la Santa Iglesia Parroquial en 1861, Segrestáa se dirige a sus lectores, en los siguientes términos: “...Ya antes lo hemos dicho: en este puerto puede hacerse cuanto se quiera en objetos de utilidad u ornato público; los habitantes, tanto nacionales como extranjeros prestan gustosos su cooperación a toda empresa que tienda a mejorar o embellecer el pueblo donde residen, solo falta un hombre entusiasta que no se detenga por la negativa de algunos, que no se arredre por los inconvenientes que se le opongan, que no se espante por la magnitud de la obra...”. Y al no concurrir el pueblo para la elección del nuevo Mayordomo de Fábrica de la Iglesia parroquial, indignado nuestro personaje escribe: “...Y luego nos quejaremos de que el Templo está en ruinas, de que no hay quien administre las rentas! Y cuando el señor Cura cansado de tanta indiferencia y apatía, se vaya de aquí, porque él solo no puede hacerlo todo, habrá gritos y clamores, ocurrirán representaciones al Concejo y á las autoridades superiores eclesiásticas para que manden curas nuevos, y se hablará de falta de religión etc., etc., y no pueden concurrir siquiera diez vecinos a la Iglesia para nombrar á los que deban administrarla! Esto puede servir como muestra del espíritu público en Puerto Cabello...”.

En otra oportunidad, en claro mensaje de aliento a sus coterráneos, escribió: “Los que conservan palpitante el amor a Puerto Cabello, los que desean su engrandecimiento y felicidad, estos están dispuestos en todo momento a emprender y trabajar… () … La época de iniciar, la época de obrar ha llegado; y sin embargo no nos movemos: todo está paralizado. La falta de iniciativa nos paraliza en la vía de la prosperidad”.

No dejaba Segrestáa de insistir ante los porteños sobre la necesidad de actuar, de practicar lo que él mismo había adoptado como su lema —“Orden y Progreso”— así que esta vez escribe: “Para los pueblos como para los individuos la iniciativa es el signo de vida, del vigor de la conciencia propia: es sobre todo el distintivo del genio y el precursor del acierto. La historia generalmente nos enseña bien claro esta verdad y tenemos que reconocerla en el ejemplo de las primeras naciones del mundo. La iniciativa es el alma de la prosperidad de los pueblos. Hasta ahora nosotros hemos marchado con vacilación, con temor, en nuestras vidas de adelanto, dejando de practicar mejoras que nos hubieran llevado muy adelante en el camino del progreso. Algunos han opinado que esta conducta es prudente y que ella nos ha librado de desaciertos y de las dificultades y angustias que estos traen consigo. Pero esto no es prudencia, sino cobardía del que siempre se ha ceñido a la rutina, del que ha desconfiado de sus propios cálculos y ha dejado de explotar sus elementos de riqueza esperando que le venga la luz de otra parte, que otro tome la iniciativa”.



            Pero no era sólo un tema de progreso material para la ciudad, por el que abogaba Juan Antonio Segrestáa. La aventura intelectual que junto a Simón Calcaño emprende con la publicación de El Iris, adelantada en medio de la contienda federal, tenía como objeto en palabras de los editores “hacer conocer en el extranjero las buenas producciones de los ingenios venezolanos, y detener en su rápido descenso nuestra afición a la literatura que amenaza hundirse para siempre en el mar de sangre que ha anegado la república y donde tanto noble sentimiento ha naufragado”. Así los nuestros tuvieron acceso a los trabajos de Espinoza, Zorrilla, Gómez de Avellaneda, Bretón de los Herreros y autores nacionales como Bello, Baralt y Julio Calcaño, sin que nuestro personaje percibiera un centavo por ello.

Un año más tarde, edita La Abeja Literaria,  colección de novelas escogidas en la que “se publicarían obras que no sean conocidas en la América del Sur”, comenzando con la obra Así Sea de Alejandro Dumás y Los Cazadores de Cabelleras del Cap. Mayne Reid. Segrestáa está convencido del contenido moralizante de estas grandes obras, y no vacila en llevarla a los lectores, al igual que lo hizo con las muchas piezas de teatro, dramas y comedias que al tiempo que entretener, encierran mensajes sobre los vicios y virtudes que aquejan y exaltan la condición humana. Está persuadido nuestro personaje de que la lectura no tiene distingo de clases, al punto de que en el Gremio de Artesanos local, en el que existía una escuela pública, promueve la formación de una biblioteca que llega a tener mil trescientos volúmenes.

                     

Juan Crisóstomo Falcón. Imagen tomada de aquí.

             

            Pareciese que Segrestáa contradice a Ramón de Basterra quien nos habló de los Navíos de la Ilustración, al referirse a la llegada de la Guipuzcoana a nuestro país. Es ahora este criollo ilustrado el que envía sus libros de hermosa y delicada factura en los muchos navíos que zarpaban de nuestros muelles a otras latitudes, pagando así con creces el proceso de consolidación urbana que décadas atrás fuera iniciado por los vascos en el Puerto de Cabello.

Judas Tadeo Monagas.


            Y dijimos que este singular personaje no sólo vivió para la ciudad, sino también por los demás, como lo testimonian  algunas ejecutorias de obligada referencia, como lo fueron sus desvelos para lograr la liberación de los presos de bando y bando durante los combates de la Guerra Federal, o la donación que a solicitud de don Arístides Rojas hizo de cuatrocientos ochenta folletos que con el título de El Rayo Azul, cuya autoría correspondía al sabio Rojas, imprime sin costo alguno, para que el producto de su venta fuera destinado a la atención de los heridos del combate de Puerto Cabello, entre las fuerzas del gobierno del Mariscal Falcón y las de Monagas en 1868, o sus muchos aportes a los Bazares de Caridad que año tras año se organizaban a través de la Sociedad de Beneficencia.


Vargas Vila. Imagen tomada de aquí


            Por ello no vacilamos en ver en Segrestáa a un Paladín de la Porteñidad, manifestado en ese extraordinario sentido de pertenencia que nuestro biografiado sintió por la urbe marinera, cuyos vientos de sal acariciaron por vez primera su blanca tez.


Procol Harum - A whiter shade of pale - Con tu blanca palidez- (subtitulado en español)


Viajó una y otra vez al extranjero en busca de curas para su frágil salud, y siempre regresó al puerto, con los mismos ánimos con los que irrumpió en la escena pública en 1859, en todo momento guiado por la oportuna iniciativa, y una férrea voluntad de hacer y de actuar. Un hombre de sus condiciones intelectuales y capacidad de trabajo bien pudo haber escogido quedarse en Europa junto a los suyos, disfrutando de las comodidades del viejo continente, y aún así prefirió regresar, trabajando incansablemente hasta avanzada edad.

Por eso Segrestáa encarna las cosas buenas de nuestro puerto, las mismas que deben ser redimidas para reconstruir ese sentimiento de Porteñidad, que hoy algunos meritoriamente tratan de rescatar. Su recuerdo, al igual que el de muchos otros notables personajes de brillante trayectoria, debería contribuir a elevar la autoestima de los porteños.


Periodista, impresor, editor, traductor pero por encima de todo hombre bueno, Segrestáa a través de sus ejecutorias es digno ejemplo de un porteño que tiene aspiraciones materiales y espirituales, que está convencido de que el progreso requiere de orden, convencido de que esas aspiraciones están al alcance de cualquier ciudad, incluso la nuestra. Recordemos, una vez más, sus palabras: “La iniciativa es el alma de la prosperidad de los pueblos”.

 Ciertamente estamos ante la presencia de uno de los porteños más ilustres que haya dado Carabobo, y de uno de los venezolanos más comprometidos con su condición de ciudadano.

¡Sí señor! De cuando en cuando la historia nos sorprende con hombres que no viven para sí; sólo que Vargas Vila parece que tuvo razón cuando escribió: “El olvido, es lo único real; tú serás olvidado porque fuiste bueno…”.

MUCHAS GRACIAS…


José Sabatino (Puerto Cabello, 1965)


http://historiadevalenciaysusforjadores.blogspot.com/2015/10/juan-antonio-segrestaa-o-una-pasion-por.html