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domingo, 9 de diciembre de 2012

Hermann Hesse: "Escribano, terapeuta, pesquisidor"



Carta que Elisabeth Goller escribió en 1908 desde la ciudad checa de Budweis a Hermann Hesse. (nb.admin.ch)

09 de agosto de 2012


Por Gaby Ochsenbein, swissinfo.ch


Hermann Hesse, uno de los grandes escritores del siglo XX, recibió a lo largo de su vida miles de cartas procedentes de todo el mundo, a las cuales respondió casi siempre de propia mano. Parte de esa correspondencia se encuentra en el Archivo Literario Suizo en Berna.


Hermann Hesse, uno de los grandes escritores del siglo XX, recibió a lo largo de su vida miles de cartas procedentes de todo el mundo, a las cuales respondió casi siempre de propia mano. Parte de esa correspondencia se encuentra en el Archivo Literario Suizo en Berna.


“Este obsequio lo recibimos en julio pasado desde Estados Unidos”, indica el archivista Lukas Dettwiler, quien trabaja en el Archivo Literario Suizo desde 2003.
“Se trata de una donación de la familia Ullmann, que antes vivía en Zúrich y le alquilaba una habitación al novelista, quien con frecuencia viajaba a esa ciudad en las décadas de 1920 y 1930”, explica.

Entre las alrededor de 50 postales y cartas de esta donación se encuentran comunicaciones de índole práctico, como el despacho de su correspondencia personal o el envío de calcetines de lana, comenta este empleado de los archivos helvéticos.

Cabe decir que al Archivo Literario Suizo llegan con regularidad misivas descubiertas en el diván de los familiares de aquellos que mantuvieron correspondencia con Hesse. El propio escritor conservó unas 40.000 piezas de correspondencia a su nombre. Gran parte de esta comunicación epistolar se encuentra en Berna y otro buen número en el Archivo Literario Alemán de Marbach.

En el piso sexto del archivo subterráneo de la Biblioteca Nacional Suiza (BNS) no se siente el calor de este día de verano. Temperatura ideal para conservar el legado de Hesse, entre muchos otros tesoros.

Seis mil libros de la biblioteca del literato de su residencia en Montagnola, en el Tesino, se conservan en Berna. “Todos esos libros los tuvo en sus manos, es impresionante”, comenta Dettwiler. “Hesse no solo escribió un sinnúmero de obras y poemas, sino que también leyó mucho y redactó unas 3.000 reseñas literarias”.


 
Correspondencia con contemporáneos y admiradores

“Aquí se encuentran las cajas con las cartas que Hesse recibió”, nos señala Dettwiler. Entre ellas se encuentran firmas de personalidades como la del autor suizo Robert Walser, el escritor austriaco Stefan Zweig, o la correspondencia que Hesse mantuvo con el psicoanalista J.B. Lang.

Se trata de más de 100 cajas en las que se encuentran ordenadas y rotuladas más de 20.000 cartas de 6.000 remitentes provenientes de unos 100 países.


Además de colegas literarios, pintores y músicos, Hesse se escribía con personas “comunes”, que lo admiraban en todo el mundo. Hay cartas procedentes de Tel Aviv, Santiago de Chile, Nueva Delhi, Tokio, varias ciudades de EE.UU. y del continente europeo.

“Mire esta perla”, dice orgulloso Dettwiler al extraer cuidadosamente una carta centenaria de su fino envoltorio. “Es del año 1908 y la firma Elisabeth Goller, diseñadora de moda y gran admiradora de Hesse”.

El Premio Nobel de Literatura (1946) era bien conocido por la atención que prestaba a su correspondencia. Dedicaba más de una tercera parte de su tiempo de trabajo a las misivas, según Volker Michels, lector y editor de la casa Suhrkamp, que imprimía sus obras.
 



La opinión de Hesse como apoyo existencial

El escritor respondía a un sinnúmero de preguntas a través de su correo. “Esas respuestas son una fuente inagotable sobre la vida y obra de Hesse a través de cortos y fascinantes relatos. No hay casi ninguna pregunta existencial a la que el escritor no se hay referido”, escribe Michels sobre el tema en el marco de los festejos conmemorativos a los 50 años de la muerte del famoso literato.

Amor, matrimonio, vida en común, muerte, tristeza o religión: temas todos que tienen lugar en la obra de Hesse, algo que no era corriente en esos tiempos.

El archivista bernés recuerda la pregunta de una mujer sudamericana: “Vivo en un matrimonio adinerado, pero soy infeliz. ¿Tiene un consejo para que pueda cambiar mi vida?”. Hesse le respondió si ya había intentado ejercicios de yoga. “Pese a que tal vez la cuestión le resultó incómoda, decidió responderle extensamente. Lo consideró pertinente”.




Multifacético

¿Hesse se habría alimentado para escribir sus obras de ese inhabitual e intensivo intercambio de cartas o acaso le resultaba una compensación a su vida solitaria en la que poco toleraba las visitas? El archivista no puede responder a esta incógnita, pero le queda claro que Hermann Hesse sentía una fuerte responsabilidad para con sus lectores. “La gente no le resultaba indiferente”.

De algún modo, el escritor también resultaba útil a sus remitentes, era visto como consejero espiritual, como terapeuta, responde Lukas Dettwiler. “Para algunos era más bien un gurú, una figura espiritual”. Pero el propio autor no se consideraba como tal. “Hesse estaba en la búsqueda, sin saber hasta dónde le llevaría ese alto grado de exploración. Esto lo muestran obras como El Lobo Estepario (‘Steppenwolf’) o Siddhartha.

La información epistolar es una fuente más para descubrir y conocer a Hesse, reitera Dettwiler. “Las cartas ofrecen una imagen completa y muestran al escritor en diversas facetas. Muchos de aquellos con los que se cartea ven en él un reflejo de sí mismos, pues les da el sentimiento de no estar solos con sus lamentos o inspiraciones”.

Reserva y respeto

El frío en el sótano de este archivo comienza a calar, en medio de toda esta correspondencia “muy íntima, privada”.

“A veces se percibe tristeza o dificultad en estos escritos. No es correcto adentrarse en ellos, pues su contenido no fue dirigido a nosotros, ni a mí como su actual archivista, ni a aquel que los resguardó aquí hace 50 años”, reflexiona Dettwiler.

Para el “secretario privado póstumo de Hesse”, como el propio Dettwiler se califica, saber que “aquí descansan estas cartas” resulta suficiente. Cierra cuidadosamente las cajas con estos archivos y las devuelve a sus estantes para emerger de ese mundo subterráneo de los archivos suizos, al hoy y aquí, en la capital helvética.


Gaby Ochsenbein, swissinfo.ch
(Traducción: Patricia Islas)


Tomado de  Swissinfo


martes, 23 de octubre de 2012

Bodas de oro del idilio de Alemania con Hermann Hesse




  • El país celebra los 50 años de la muerte del autor de 'Siddhartha' y 'Demian' 
  • Fue uno de los escritores más influyentes para varias generaciones de lectores jóvenes

JUAN GÓMEZ Berlín 8 AGO 2012


La editorial Suhrkamp aún tenía su central en Fráncfort, donde daba una de las fiestas más cotizadas por los principiantes de la abrumadora Feria del Libro. “Ese que entra”, explicaba un veterano, “es el editor de Hermann Hesse… sólo con lo que vende pagamos esta fiesta y todos los libros que publican sin éxito”. Diez años después, cuando se cumplen cincuenta desde su muerte en Suiza, Hermann Hesse sigue siendo un autor de fama mundial y un bestseller. Por el mundo circulan entre 125 y 150 millones de libros suyos, según quién calcule. Hay pocos autores más leídos, menos aún en lengua alemana. En su país natal se conmemora el cincuenta aniversario de su muerte con diversos actos públicos y una notable atención mediática. Der Spiegel le dedica la portada provocadora de la semana: un fotomontaje lo muestra haciéndole una higa al lector. Es una manipulación de la portada que el prestigioso semanario reservó en 1958 al entonces “último Nobel de Literatura en lengua alemana”. Ya hablaba de sus libros como “objetos de culto” para una masa de lectores. Le habían dado el Premio Nobel en 1946.

Hesse era ya tan famoso que siempre respondía a las cartas de sus lectores con la misma cuartilla impresa y colgó de su puerta un cartel de “no se reciben visitas”. Ya en los años 30, el escritor austriaco Robert Musil despreciaba estas rarezas como “debilidades propias de un hombre más grande que él”. De Hesse se ha dicho que es un maestro del kitsch romántico o un escritor propio de adolescentes. Generaciones de escolares se han pasado ejemplares de Demian o de Siddhartha como pasan librillos de papel de fumar. Con el desarrollo del gusto y el abandono de ciertas costumbres, algunos lectores abjuran más tarde, pero Hesse permanece en las estanterías hasta que lo recupera la siguiente hornada. Ya hace 108 años que se hizo famoso con la novela Peter Camenzind.  Hoy, tanto su localidad natal Calw como la de Montagnolo, donde murió el 9 de agosto de 1962 a los 85 años, mantienen sendos museos dedicados a su memoria.
Las novelas de Hesse son una suerte de autobiografía en etapas. Empezando por el poblachón suabo de 23.000 habitantes donde nació en 1877. A Calw le sobran cualidades para asfixiar a un muchacho letraherido. Es pequeño, laborioso y acogedor en el peor sentido turístico: “aquí siempre me han tomado por medio extranjero y es verdad que lo soy”. Con 26 años, Hesse ya vivía en Suiza, a distancia prudencial de los escenarios de su complicada infancia y juventud. La memoria del rigor luterano del hogar paterno y del ambiente provinciano de Calw es el sustrato de diversas historias suyas, como Bajo las ruedas. A las autoridades no les importa este desapego y, lo mismo que Charleville dedica un monumento a Arthur Rimbaud en la Plaza de la Estación que él aborreció en sus versos, Calw se presenta hoy como la ciudad de Hesse. Hace cuatro años que acoge festivales benéficos de música rock en su memoria.
Para el que escribe literatura por vocación, el alemán conserva la definición romántica dichter. Irse del pueblo y alejarse de los planes familiares fueron el primer motivo de Hesse. Quería “escribir o nada”. Su padre Johannes, que fue misionero luterano en India, aspiraba que el niño siquiera sus pasos. Él se negó y empezó varias formaciones y las abandonó todas. Al parecer, no consideraba que ser escritor pudiera convertirse en una profesión, así que escribía mientras trabajaba de librero en Basilea. Después, cuando los fundamentos de la civilización en Europa se vieron sacudidos por las dos Guerras mundiales, Hermann Hesse siguió dándose vueltas a sí mismo desde Suiza con El lobo esteparioNarciso y Goldmundo o, más tarde, El juego de los Abalorios. Siempre con pocas variedades en su estilo de cepa decimonónica.
Las idas y vueltas del prestigio literario de Hesse son tan desconcertantes como algunos de sus temas esotéricos. Escritores de nombradía tan sólida como Thomas Mann o Rainer Maria Rilke lo elogiaron en vida. Después fue el escritor de los hippies. Hoy se le relaciona con los nuevos movimientos contestatarios mundiales. Quizá parte de la explicación es que hizo de sí mismo un escenario espiritual y sentimental coherente, una especie de Yoknapatawpha o Macondo romántico y fugitivo de su época convulsa. Uno puede aburrirse y largarse, pero también regresar si le parece.

Tomado de El Pais

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