domingo, 21 de diciembre de 2025

«Historia de una Nochebuena triste» de Mariano Picón Salas

 

Imagen tomada de aquí


Estimados Liponautas


Hoy le haremos llegar un texto de Mariano Federico Picón Salas (Mérida, 26 de enero de 1901 - Caracas, 1 de enero de 1965) dedicado a la navidad. No es un relato ficticio sino una crónica personal, la transcripción de una vivencia hecha recuerdo. 


La crónica fue tomada de la “Antología de cuentos navideños venezolanos” de María Elena Maggi (1985)


Mariano Picón Salas cerca de 1940.




*******



La Nochebuena de aquel año se nos entristeció con la grave en­fermedad de mi abuelo. Parece raro que en esos días tan hermosos alguien pudiera morirse. Como se inauguraba un nuevo Gobier­no, y los venezolanos piensan que en un hipotético futuro está lo mejor, las fiestas religiosas se juntaron con las fiestas cívicas y en coloreados papelotes —azules, verdes o rojos— se programó el re­gocijo. Además de los aguinaldos cantados, de la gran misa de medianoche en la Catedral en la que pontifica el Obispo, de los pesebres con su fantástica muñequería en anime, de los globos y los cohetes que encenderían el cielo de Mérida, de la espumosa chicha y las comilonas de Navidad, otros y más extraordinarios es­pectáculos se ofrecían a los merideños; una gran cabalgata de jóve­nes y damas para la que ya se aprestaban los trajes y se había encar­gado las más decoradas sillas, plateados frenos y brillantes gualdrapas; un gran baile en el recién fundado ‘‘Club de las fami­lias” donde al amparo de la nueva política de concordia se de­pondrían pasiones y rivalidades; una corrida de toros en la Plaza de Milla donde nuestro impetuoso diestro Eloy Calderón sacaría, sin duda, alguna oreja; y serenatas con requinto cuya música lán­guida y amorosa entibiaría las frías, pero muy serenas noches de la ciudad.


Consultas de los últimos figurines, de las novedades de la moda en Caracas, llenaban en todas las casas el alborozado prepa­rativo de fiestas. Y con mis ojos de niño que ya comenzaban a pe­netrar el misterio de la belleza, recuerdo de aquel tiempo lejanísi­mo la figura de algunas muchachas cuya silueta femenina terminaba en los altos sombreros decorados de colibríes y plumas que eran precisamente los sombreros del año 1909, en los zapatitos Luis XV y la gracia con que sus manos llevaban y movían las sombrillas de raso que entonces se usaban.


Era una época de largas y sedosas cabelleras femeninas y de bustos henchidos, de milagro­sa redondez, donde entre los encajes que los cubren, ofrecen su forma y prolongado olor, los jazmines y los claveles reventones. El enigma de la mujer pasa ante mis sentidos de niño en una única y totalizadora sensación de fragancias, de ojos negros, de bocas rojas y uno como aliento —no sabría llamarlo de otra manera— que emana de la vecindad de aquellas damas. Tengo ocho años y toda­vía me besan. Perfumes del tiempo: “Houbigant” en su estuche carmesí; “Peau d’Espagne” en su estuche amarillo que asociaba, no sé por qué, con aquellas rosas “yema de huevo’’ que son tan lindas en Mérida: “Coeur dejeanette” en su frívolo estuche azul.


Ansiaba ya ser hombre para colear un toro en las famosas y he­roicas coleaduras de la Plaza de Milla, para adquirir del “Catire Bravo’’ un potro de impetuosa rienda y pasar, caracoleándolo, junto a la ventana de la muchacha que me guste. Ciertos misterios se me presentan a mi imaginación infantil: en voz baja he oído hablar (porque tengo las orejas muy finas y después pienso y rela­ciono todo lo que escucho) de las aventuras de mi tío Pedro, el más joven de mis tíos, por cuyas empresas de Tenorio penan algu­nas muchachas de la ciudad. Y cuando parecía que iba a casarse y a enseriarse con el último de sus cortejos, dio el escándalo de rap­tar a una hermosa morena de las que llaman “de orilla” y vivir con ella como a la vista de todo el mundo.


“Por las cosas de Pedro’’ han discutido largas horas mi abuelo y mi abuela. Y un día en que mis tías están asomadas a la ventana y yo cerca, es­cuchándolas, pasa por la calle, taconeando fuerte, y con un gran ramo de malabares en el llamativo traje azul, la peligrosa heroína de la historia. ‘‘¡Qué escándalo, niña!” dice una de mis tías a su hermana. “¡Qué atrevimiento inaudito!’’.


Imagen tomada de aquí

En un almuerzo de do­mingo, con la familia congregada, tío Pedro debe soportar la mu­da protesta de todo el clan. Come callado, y nadie le dirige la pa­labra; y con su último trago de café sale de prisa como si no aguan­tara la hostilidad circundante o más bien como si tuviese prisa de juntarse con su amiga. Formando un círculo cerrado, y no dejando acercarse a los niños, los tíos más viejos comentan después de co­mer, a la sombra de un granado del patio, el reprochable suceso:


—Está bien —dice uno de mis tíos— que tenga su queridita, ¿y quién de nosotros no la ha tenido?, pero que de ningún modo la luzca.


En el mundo de las mujeres, la travesura de tío Pedro encuentra mucho menor tolerancia. Es como si el pecado mortal, ya encarna­do y materializado, contaminase la casa. Y la sociedad de Mérida es inexorable en estos asuntos de amor ilícito. “Y sobre todo una muchacha que no es de su clase”. Para volver a tío Pedro al buen camino, mis tías se han propuesto invocar la protección divina en forma de mandas y de novenas. En aquella oración que rezan to­das las noches después del rosario, y en que se ruega por los cami­nantes y navegantes, por los esclavos y los cautivos —típica oración del siglo XVI perdida en nuestras montañas— puede agregarse el nombre de tío Pedro y de su amor obstinado.


Pero tan grave escándalo casi se olvidó con la enfermedad de mi abuelo. Desde hacía varios meses —y como en secreto— él se esta­ba poniendo sus inyecciones calmantes. El cáncer hacía en él su tremenda vida subterránea, llena de proliferaciones y de raíces. Es como uno de esos extraños organismos marinos —mitad planta, mitad animal— que creciera dentro de uno y se distendiera en brazos, en enrojecida vegetación invasora. Todos los venenos que uno acumuló en una vida bien gozada y bien comida, parece que se cristalizan en ese cáncer final.


Y aún hay cánceres latentes que están en nosotros desde el momento que nacemos como regalo de los antepasados y que van creciendo como la semilla de la guayaba hasta alcanzar en la vejez su terrible maduración rojiza. Los libros de medicina que siempre consultaba mi abuelo le enseñaron el proceso de su enfermedad. Y un día de los comienzos de aquel fa­tal diciembre —precisamente el último día que concurrió a la me­sa— dijo delante de todos:


—Este año, si acaso, me como mis últimas hallacas.


Y como para no asustarlo, hubo el propósito de seguir en los preparativos de las comilonas y las fiestas, con la tácita sospecha de que todo se frustraría.


Escúchase en el solar el cloqueo de los pavos gordos que para las comidas de Navidad ha traído el Mocho Rafael, de la Hacienda; se amontonan en la despensa los frascos de aceitunas, alcaparras, en­curtidos y pasas con que se condimentan nuestros agridulces man­jares de Pascua, y sabiamente mi abuela adelgaza y extiende aquellos finos amasillos de harina flor de que se hacen los bizcochuelos y “lazos” pascuales. Entonces hay que canjear obse­quios entre todas las familias, y mandarles piadosamente, tam­bién, sus hallacas a los pobrecitos presos y a los lazarinos del Hos­pital.


Pero mientras en la enorme cocina se realizan tan profusos pre­parativos, murmuran en voz baja las sirvientas:


—¿No sabes? Anoche se volvieron a oír en la ventana los tres to­ques de San Pascual Bailón.


—¿Y qué es eso? —pregunta una que desconoce los secretos del mundo sobrenatural.


—¡Bah! Los que se oyen en las casas cuando alguien va a morir. San Pascual anuncia para que se preparen.



Como aguardando que sonaran en el silencio nocturno los “golpecitos’’ de San Pascual Bailón, dejé de dormir muchas noches. Al otro día en la mesa del desayuno todos estaban con los rostros preocupados.


Ya para el 20 de diciembre empezaron y se difundían por el gran corredor de la casa, el hipo y los quejidos de mi abuelo. Quise verle —porque no me dejaban entrar— y al trasluz de una puerta le observé tendido sobre un rimero de almohadas, con el rostro alargado y amarillento, ese rostro que ya empieza a opacar la muerte, y llevándose la mano al pecho como para dirigir su an­gustiosa respiración.


 

—¿Es éste mi abuelo, el que contaba tan bonitos cuentos? —me pregunto desengañado.


Y como para no seguir pensando torné al silencio del solar, a la animada acequia, a ver los pájaros y los árboles.


Una mañana comienza ya en el dormitorio de mi abuelo, el es­tertor de la agonía. Como una música trágica e intermitente el rit­mo de su entrecortada respiración, la disnea final, puebla toda la casa. Del cuarto salen sombras asustadas y presurosas. Al lado de su lecho las mujeres encendieron la verde vela del alma, esa vela que tiene el color de los agonizantes, y un coro lúgubre empezó a recitar las Letanías Mayores. Llega a mis oídos el sordo abejoneo de los “Ora pro nobis” con que el coro concluye cada apostrofe.


La Muerte, de la que hasta este momento apenas había oído hablar, se materializaba para mí en la semipenumbra de aquella habita­ción, en el rostro de mi abuelo que parecía por momentos enfriar­se y desdibujarse. Y acaso el dolor de verle morir se me juntaba con la curiosidad de conocer la Muerte. Y embebido en su contemplación, en el lívido espectáculo que por primera vez conocía, casi no advertí cuando el coro de las mujeres comenzó a lanzar su convulsivo llanto.


Imagen tomada de aquí

Luego —en aquel día tan extraño y tan largo— veo unos hombres que conducen escaleras, piezas de zaraza negra, enormes cirios y plateados candelabros y parecen adueñarse del salón y los corredores. Con infantil inquietud quisiera participar en su traba­jo, pero bruscamente me apartan. Sobre los pilares del patio cuel­gan ya los mortuorios crespones. Los retratos y los espejos del salón también están enlutados. Me muevo entre las visitas que van lle­gando con sus trajes oscuros o me voy a la cocina donde las sirvien­tas preparan para el velorio grandes cántaros de café.



Cae sobre la casa, después, la melancólica semana del Novenario Como sombras pálidas, sumidas en los pañolones de su luto, avan­zan todas las noches las mujeres a rezar en la capilla fúnebre. Sen­tados en las alineadas sillas del corredor, los hombres ya fuman sus cigarrillos y hablan de los linderos de las fincas que dejó mi abuelo; del café y la caña que producen, de las tomas de agua que las riegan.


Privado de la compañía de mi abuelo, de la gracia y animación de sus cuentos, siento que se cierra un ciclo de mi invencionera in­fancia. Estoy ahora entrando como en un tiempo mucho más asus­tado y oscuro. Creo oírle en la insomne noche, pasearse por los corredores, golpeando el pavimento con la contera de su bastón, la noche densa, la noche, madre de toda fantasía, está ahí en el patio, en la callada y medrosa vigilia de las sombras y de las estrellas.


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